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sábado, 27 de enero de 2018

La cultura enferma del siglo XX (IV): Amenazas del fanatismo



¡Abajo la inteligencia! ¡Viva la Muerte! (General José Millán Astray)
Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta, pero no convenceréis. (Miguel de Unamuno)
Miguel de Unamuno

El diálogo ocurrido en 1936 en la Universidad de Salamanca, durante la guerra civil española, sigue resonando a pesar del tiempo transcurrido y la disparidad de los interlocutores. Por un lado, un militar del bando franquista, que liquidaba con un gesto la autonomía de una institución centenaria. Por el otro, la indefensión de un hombre la cultura, que solo podía protestar (con no escaso riesgo para su integridad física) y debía ceder ante el empuje del fanatismo triunfante. Gracias al miedo, la resignación y el pragmatismo de una mayoría imposible de ignorar, el régimen autoritario iba a durar cuarenta años, hasta la desaparición previsible y no obstante demorada de su conductor, Francisco Franco.
Josef Mengele
La mayor parte del trabajo sucio de los demagogos, suele estar hecho no por ellos mismos, que se degradarían al involucrarse en tales operaciones al menudeo, sino por sus innumerables seguidores, que dejaron de pensar por sí mismos, y también por los oportunistas, deseosos de mostrar que son dignos de recibir las órdenes de quien admiran (por las evidentes ventajas que esperan obtener a partir de su sumisión). Probablemente el doctor Mengele participó en lo que sus informes presentaba como experimentos científicos y no pasaban de ser torturas refinadas a miembros de una etnia que el régimen nazi había decidido exterminar, pero Adolf Hitler en persona no parece haber hecho otra cosa que ordenar la Solución Final.
Si los responsables de tantos crímenes contra la humanidad, fueron obligados a cometerlos, como fue su defensa posterior a la derrota del proyecto nazi, habrá sido porque dejaron de lado cualquier intento de resistencia ante lo moralmente inaceptable. Pero no lo hicieron, y solo respaldaron al sistema que anunciaba su programa cruel desde sus inicios.

¿Qué mejor suerte que gobernar a hombres que no piensan? (Adolf Hitler)

Pogrom medieval en Frankfurt
El Medioevo y la Edad Moderna europea, presenciaron periódicas explosiones de fanatismo religioso (cristiano) que se dedicaban a la persecución de judíos y musulmanes, paralela al juicio y el exterminio de todos aquellos sospechados de ser adoradores del demonio. Con tal de mantener la uniformidad religiosa de la sociedad, no se dudaba en incurrir en represiones crueles de los disidentes declarados o tan solo sospechados. Encarcelar a los disidentes, despojarlos de sus bienes, torturar, quemarlos en la hoguera, parecían decisiones correctas. Todo lo que se hiciera en esas etapas de locura colectiva, por horrible que se lo considerara más tarde, quedaba justificado ante Dios, porque la gente fanatizada estaba convencida de defender la verdadera Fe, confrontada con la cual todas las demás eran aberraciones.
Voltaire
La llegada de la modernidad supuso un debilitamiento de esas motivaciones que desdeñaban tanto la piedad como la razón.  La tolerancia, que hasta entonces había sido considerada complicidad con el error, que merecía ser castigada, pasó a ser vista como una virtud fundamental por los pensadores del siglo XVIII, que fue conocido también como el Siglo de las Luces (en oposición a una oscuridad mental del Medioevo que se pretendía dejar atrás definitivamente).

Yo no estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a expresarlo. (Voltaire)

¿Quién se atrevería en el pasado o el presente a poner en práctica esa idea, sin que lo consideren insensato? Cándido, el personaje de Voltaire, es un hombre de ideas que no pueden ser más generosas, pero resultan inaplicables en la realidad. Al menos en este mundo, que es único que habitamos hasta la fecha, otras convicciones menos civilizadas se han impuesto.
Concierto de rock
No hay nada reciente en el fenómeno del fanatismo de cualquier tipo, pero el siglo XX le otorgó una característica nueva y más amenazante que nunca: la posibilidad de reunir multitudes dispuesta a actuar como una única entidad, sea durante el transcurso de un concierto de rock, sea en la euforia que conduce a un linchamiento u otros tipos de ajusticiamientos populares, sea para el sostenimiento de un culto religioso que se asume poseedor de la verdad, o la transmisión televisiva de un partido de futbol.
Mientras la gente común retrocede ante cualquier empresa que requiere el sacrificio del interés personal en beneficio de la solidaridad, hay proyectos que obtienen la inmediata adhesión de millones de seguidores, que sin embargo van a verse perjudicados por la obnubilación de su comportamiento.

El fanatismo consiste en redoblar el esfuerzo cuando has olvidado el fin. (George Santayana)

Multitud nazi
Durante los años `20 y `30 se asistió al clímax del fanatismo político, que condujo al Segunda Guerra Mundial. El pueblo alemán, humillado por la derrota sufrida en la Primera Guerra Mundial de 1914 a 1919, que sus líderes habían iniciado, y la inestabilidad de la República de Weimar que sustituyó al antiguo régimen, eligió democráticamente a Adolf Hitler, un dirigente político que prometía terminar con la clase política y enrumbar al país en una era de estabilidad y progreso que duraría mil años.
El III Reich desembocó en la Segunda Guerra Mundial y el exterminio de millones de judíos y gitanos que no tenían lugar en el proyecto nazi, porque se los responsabilizaba de todos los males del pasado, que el ascenso de Hitler al poder afirmaba haber dejado atrás. 

Debe procurar que solo engendren hijos los individuos sanos, porque el hecho de que personas enfermas o incapaces pongan hijos en el mundo es una desgracia, en tanto que abstenerse de hacerlo es un acto altamente honroso. (Adolf Hitler)

Reverendo Jim Jones
No se trata de líderes únicos, involucrados en circunstancias irrepetibles. En 1978, un predicador carismático del Templo del Pueblo, arrastró a centenares de jubilados norteamericanos y sus familias, lejos de las comodidades y contaminaciones del mundo capitalista, se estableció con ellos en la jungla de Guyana, y al enterarse de que el FBI le seguía la pista y una comisión del Senado llegaba para investigar su manejo de los fondos de los pensionados, consiguió que 918 seguidores tomaran un coctel de Kool-Aid y cianuro que les permitió escapar definitivamente de los problemas de este mundo.

Vendrán fuerzas armadas a matarnos a todos, después de torturar a nuestros hijos y ancianos. No debemos temer a la muerte y nuestra única salida es cometer un suicidio revolucionario. (...) No teman a la muerte, que es nuestra amiga. (Jim Jones)

Matanza de Guyana
La sed de verdades absolutas no se ha calmado a pesar de las reiteradas decepciones que suministró el mundo político a todo aquel que se dejara convencer por el discurso proselitista durante el siglo XX. Para ciertos sectores minoritarios de la sociedad, nunca se dispondrá de suficientes evidencias para someter cada vez la fe, a su puesta a prueba por la razón. Creer en lo que se desea que resulte cierto, sin exigir la menor prueba de lo que se está convencido, involucra emocionalmente al creyente, de una manera tan ajustada que ningún razonamiento conseguirá nunca logrará librarlo.
Aquel que quiere creer, deja de ver los datos contradictorios o reveladores que la realidad le ofrece y se oponen a sus convicciones. Voluntariamente el creyente se ciega, para no perder la confianza en poderes superiores a los suyos, que lo redimen de la experiencia habitual de debilidad y soledad.

Del hecho de que un puñado de creencias o puntos de vista sean abrazados por la mayoría, no es una razón para pensar que, por ese solo hecho, ese puñado de creencias o puntos de vista sea mejor o más verdadero que cualquier otro. Entre las cosas que cree la mayoría o que inspiran la cultura, hay varias que cuando se las mira reflexivamente no son dignas. (Carlos Peña: Preguntas a Francisco)

Nave de refugiados sirios en el Mediterráneo
Si se concuerda en que la llegada masiva de extranjeros (judíos europeos en los años `30, haitianos o venezolanos en la actualidad) a países que gozan de cierta estabilidad social, reduciría las oportunidades de trabajo para los nativos y pondría en grave riesgo las características étnicas o éticas que por tradición han definen a cada territorio, se justificaría impedir que los de afuera continúen entrando, como se justificaría expulsarlos de inmediato si ya estuvieran radicados, o al menos aterrorizarlos mediante atentados de todo tipo, para convencerlos de la urgencia de irse por decisión propia, cuanto antes.
Aquellos que comparten estas ideas simplistas, que en ningún caso suelen ser puestas a prueba, se arriesgan a cometer delitos que habitualmente condenarían durante épocas menos conflictivas, porque saben que no están solos en sus convicciones brutales, y hasta creen ser merecedores de algún reconocimiento, por patriotas, por pensar en el futuro de sus hijos, en la integridad sexual de sus mujeres, en el perfil genético de su nación.
El enceguecimiento grupal es una actitud bastante cómoda, no avergüenza a nadie asumirla cuando está de moda, y mientras son muchos quienes la comparten, reconforta a quienes se identifican con sus planteos, se vuelve una convicción plausible y urgente. En el interior de una cultura donde las instituciones políticas y los medios tienden a aislar a sus integrantes, para encararlos como simples consumidores, no hay demasiadas oportunidades de sentirse acompañado, ni de entender la soledad como fortaleza.
Las religiones lograban satisfacer esa demanda fundamental de comunidad en el pasado, mientras que en la modernidad, una vez perdido el impacto que tuvieron casi todos los credos, adquieren inusitado poder el terrorismo y las sectas, que asumen el desafío de unir a la gente en torno a sus consignas, con resultados tan lamentables como los que registra la Historia contemporánea. Si la gente se conecta, suele ser para perder el tiempo o para destruir aquello que se les designa como el enemigo.
Portada revista
En 1997, cuando resultaba inminente el paso del cometa Hale-Bopp, Marshall Applewhite convenció a sus seguidores, los treinta y ocho participantes de una secta llamada Heaven´s Gates, que se aproximaba el fin de la vida sobre la Tierra y que debían matarse (tomando la precaución de castrarse previamente) para ser aceptados en la nave espacial de otra galaxia que seguía al cometa. Applewhite era un fanático de la serie televisiva Star Trek, donde encontraba mensajes encriptados que habrían sido dejados allí por los extraterrestres y solo él descifraba. Un coctel de fenobarbital y vodka terminó con todos los miembros de la secta. Eliminar al adversario externo, que se describe como implacable, o eliminar al adversario que representa uno mismo: el fanatismo tiene que destruir para demostrarse que aún existe.

lunes, 13 de noviembre de 2017

Cultura enferma del Siglo XX (III): El triunfo de la trivialidad


Leni Riefenstahl: Triumph des Willens
Triumph des Willens (Triunfo de la Voluntad) es el abrumador documental de Leni Liefenstahl sobre la multitudinaria aceptación que brindó en Nurenberg, en 1934, el pueblo alemán a los rituales nazis que cinco años más tarde desembocaron en la Segunda Guerra Mundial. Nadie desentona en las calles o estadios abarrotados, tanto de día como de noche, lo mismo da si son trabajadores, soldados, mujeres o niño. Todos los brazos se alzan al mismo tiempo, en el mismo ángulo, para saludar a Adolf Hitler. Todas las voces se oyen coordinadas. Hay allí una falta de conflictos, una uniformidad perfecta que asustaba a los contemporáneos ubicados en el otro bando, como cuenta Luis Buñuel en su autobiografía, Mi último suspiro.
Adolf Hitler y Leni Riefenstahl
El siglo XX no inventó los desfiles, ni las masas organizadas, pero les otorgó una contundencia sobre el resto del planeta que otras épocas ignoraron. Las multitudes pasaron a ser sinónimo de autenticidad y relevancia de las causas que ellas sostenían. También se convirtieron en evidencia de acuerdo, unanimidad, superación de las diferencias internas, que desanima cualquier intento de cuestionarlas. En la gigantesca manipulación de la realidad que documenta Triumph des Willens, todo se simplifica, se vuelve trivial, para que impresione más en el espectáculo audiovisual. Hasta la pretendida trascendencia histórica del régimen de Hitler, que debería perdurar por un milenio, queda al descubierto. 
Matanza de Jonestone

Lo que han logrado armar los nazis en el poco tiempo que llevan en el poder, es impresionante pero también tan falso como el liderazgo de Jim Jones en Guyana, cuando dejó centenares de seguidores muertos, en el momento en que su estafa quedaba al descubierto, gracias a la ingestión de un refresco con cianuro.
El siglo XX fue el escenario de gigantescas imposturas, no por ello menos triviales, que no cesan de reproducirse durante el XXI, como si el aprendizaje colectivo resultara imposible. Una de las visiones recurrentes, es la del aplanamiento de los valores, como si la indiferencia hubiera devorado la conciencia de millones de seres humanos.

Todo es igual, nada es mejor. (Enrique Santos Discepolo: Cambalache)

Stultorum infinitus est numerus (el número de tontos es infinito) rezaba el proverbio atribuido a Cicerón, quien lo habría traducido del Eclesiastés bíblico y expresa un pronóstico desalentador, por lo generalizado, respecto de la condición de la inteligencia humana. No convendría esperar mucho de una especie que cuenta con un historial de irracionalidad, torpeza y crueldad tan extenso, que impide creer que solo sea fruto del descuido o de circunstancias externas.
Las posibilidades de hacer el bien (y hacerlo bien, en el momento oportuno) son muchas y no siempre exigen sacrificios heroicos de quienes lo intentan, pero las posibilidades de abortar esos proyectos tan prometedores, en unos casos por descuido, en otros atendiendo a las consideraciones más egoístas, parecen todavía mayores. 
Robert Musil

Quien hoy en día tenga la audacia de hablar de la estupidez corre graves riesgos; puede interpretarse como arrogancia (…). Por mi parte, hace ya varios años escribí: “Si la estupidez no se asemejase perfectamente al progreso, al talento, a la esperanza o al mejoramiento, nadie querría ser estúpido”. Esto ocurría en 1931 y nadie pondrá en duda que incluso después, el mundo ha visto todavía progresos y mejoras. (Robert Musil: Sobre la estupidez)

La estupidez se protege de aquellos que podrían denunciarla, para sobrevivir y en lo posible imponerse a sus críticos. Se camufla de algo respetable, como dice Musil, para que no la detecten o para que si lo hacen, consideren que no tiene mayor importancia. Lo trivial es una de esas máscaras. La modernidad es enfática respecto de lo que quiere destacar, valga la pena reparar en ello o no. El marketing ha desarrollado técnicas refinadísimas para seducir a millones de consumidores y promover en cada uno de ellos necesidades que de no haber intervenido, tampoco hubieran llegado a existir.
Las buenas intenciones o lo que se considera intrascendente, irrelevante, enmascaran situaciones bastante menos defendibles. Cuando alguien supone que sus actos se encuentran justificados, levanta la barrera sobre los detalles que pueden contrariar esa imagen difusa pero tranquilizadora. Un gobierno puede ser corrupto, pero también hace obras (como demuestra la propaganda oficial) o protege a los desposeídos (que aceptan cualquier limosna, en lugar de exigir Justicia).
Una gran industria minera o de crianza de cerdos o pollos ofrece empleo a cientos de lugareños que antes de su instalación no lo tenían, pero al mismo tiempo contamina el ambiente y perjudica la salud de toda la comunidad. Un narcotraficante acumula millones con la adicción de sus clientes, pero a la vez colabora con sus vecinos, a los que convierte en sus cómplices y eficaces agentes de relaciones públicas. Rituales vacíos de significado o dotados de un significado engañoso, indescifrable para quienes los practican, ocupan gran parte de la existencia de la gente y dificultan la comprensión de aquello que es relevante.

La idiotez es una enfermedad extraordinaria; no es el enfermo el que sufre por ella, sino los demás. (Voltaire)

Lars von Trier: Idioterne
Ser tonto o al menos comportarse como tal (con el objeto de eludir las numerosas responsabilidades que recaen sobre alguien apto para pensar y tomar decisiones) era el tema provocador de un filme de Lars von Trier, Idioterne (1998) donde un personaje que atraviesa un duelo se suma a un grupo de anarquistas en el que todos simulan ser estúpidos, jugando un juego que conduce a nada, pero que al menos los pone temporariamente al margen de las convenciones sociales.
Participar en una celebración colectiva de la trivialidad, como los certámenes de belleza, los paseos dominicales por un mal, la visión de eventos deportivos o los desfiles de moda, tal vez no consuele demasiado a nadie, pero pone límites a la inevitable sensación de soledad que acompaña a la vida moderna. Se trata de espectáculos vacíos, no obstante atractivos, por la fugacidad de estímulos desconectados de la realidad, por la dificultad que evidencia su factura, por la aprobación no cuestionada que despiertan.

No quiero ser apocalíptico, pero el espectáculo ha tomado el lugar de la cultura. El mundo está convertido en un enorme escenario, en un enorme show. (José Saramago)

Celebración Día de los Enamorados
Casi todo el mundo tiene una madre por quien siente apego y a la que desea retribuir su cariño. Por eso la modernidad instituye el Día de la Madre que se vuelve obligatorio celebrar en una fecha precisa, mediante la entrega de regalos de todo tipo, que reactivan el mercado y calman los conflictos emocionales de los hijos. Aquello que surgía de la espontaneidad y no tenía fecha estipulada, que significaba una respuesta personal y concreta para los involucrados, se convierte en un rito colectivo difícil de eludir, como sucede también con el Día del Padre, el Día de los Enamorados, el Día del Amigo y otras festividades a las que nadie se atreve a oponerse, porque automáticamente se margina como alguien insensible o inhumano.
Trivia
Durante los años `80, poco antes de que la computación invadiera la vida cotidiana de millones de personas para transformarla en lo que es hoy, se difundió un juego de mesa, el denominado Trivia, que consistía en una serie de tarjetas distribuidas al azar, que contenían preguntas sobre temas tan variados que terminaban por ser irrelevantes y ponían a prueba la cultura general de los participantes. Cuando se jugaba, se tenía la impresión de competir con otras personas, del círculo de amigos o familiar, para medir los conocimientos dispersos (triviales) de cada uno de ellos.
Al final de la sesión no se había aprendido nada nuevo, que pudiera ser utilizado en algo concreto, ni se había establecido ningún acuerdo productivo entre los participantes, pero al menos se había experimentado un contacto de ningún modo conflictivo que Internet llegó para destruir. Durante el siglo XXI, las conexiones más demandantes de los usuarios de las redes sociales, son aquellas en las que desaparece la presencia física de quienes participan y el medio adquiere un protagonismo capaz de subordinar cualquier aspecto de la comunicación humana que toque.
La sociedad de los medios uniforma de tal manera a quienes convoca, los solicita con tal intensidad, que la imagen mítica del filme Matrix (un sistema tecnológico automatizado, todopoderoso, eficiente, que ha sustituido a la realidad por una hipnosis colectiva) adquiere el valor de una metáfora de la modernidad. Es el mundo del espectáculo, desprovisto de los límites tradicionales del espectáculo, que incluso denunciaba su falsedad, para sustituir a la realidad y evitar que se los cuestione.
Guy Debord

El espectáculo se presenta como una inmensa positividad indiscutible e inaccesible. (…) La actitud que el espectáculo exige por principio es esta aceptación pasiva que en realidad ya ha obtenido por su manera de aparecer sin réplica, por su monopolio de la apariencia. (Guy Debord: La sociedad del espectáculo)

Portada Life: We are de the World
Cuando se verifica una crisis humanitaria imposible de ignorar (la hambruna de Etiopía en 1985, la guerra de los Balcanes, las migraciones masivas de Líbano) los artistas populares más famosos se reúnen para grabar canciones, como We are the World, de Michael Jackson y Lionel Ritchie, con el producto de cuya venta (U$ 50 millones) se esperaba aliviar la catástrofe del norte de África. Esta combinación de espectáculo y buenas intenciones llegó a convertirse en un modelo del discurso de los medios.
Figuras notorias de los medios se convierten en portavoces de causas benéficas. La Princesa Diana de Gales inició una campaña para humanizar el trato a las pacientes con VIH a mediados de los `80, cuando no se sabía demasiado sobre las posibilidades de contagio, y luego centró su atención en las víctimas de minas antipersonales de Angola y Bosnia, durante los `90. Muchos de estos encuentros se hicieron a espaldas de los medios, cosa que no puede decirse de otras figuras, cuyos gestos solidarios quedaron cuidadosamente documentados y difundidos.
Lady Di con mina antipersonal
Daniel Radclife, protagonista de la saga fílmica de Harry Potter, apoya una asociación que recibe a adolescentes homosexuales en riesgo de suicidio. La animadora Ellen Degeneres colabora con un hogar para animales maltratados. Victoria Beckham dona a la Fundación Save the Children, 25 vestidos de grandes diseñadores que su hija dejó de utilizar. O el cantante Justin Beaver acepta la propuesta matrimonial de un admiradora de ocho años, que sufre un dolencia hepática que con toda probabilidad no le permitirá continuar con vida, como parte de una campaña de la Fundación Make-A-Wish, que se propone convertir en realidad los deseos de niños. En el mundo actual, de la seriedad a la trivialidad hay solo un paso.
Victoria Beckham e hija
Para los representantes de la inteligencia tradicional, el panorama que ofrece la modernidad suele ser más que desalentador. La pornografía para todos los gustos reemplaza a una práctica sexual informada y tolerante de la diversidad; las selfies irrelevantes ocupan el sitio de las imágenes construidas para comunicar contenidos relevantes; los whatsaps innecesarios distraen de tareas no triviales; las noticias falsas (fake news) dominan espacio de  internet.
La gente dispone de enormes posibilidades para contactarse con el resto del planeta, pero lo más probable es que lo haga solo con el círculo de sus seguidores, tal como en el pasado los habitantes de una aldea solo dialogaban con el estrecho círculo de quienes conocía de siempre y carecían de otras perspectivas.
El cine de Hollywood se ha especializado en abastecer la demanda de la audiencia adolescente internacional, gracias a la escenificación de catástrofes y personajes dotados de poderes excepcionales. Los políticos más votados suelen ser aquellos que explotan los resentimientos colectivos y realizan promesas de mejoras en las condiciones vida que son imposibles de cumplir. En la televisión, triunfan los reality shows que convierten el voyeurismo de la audiencia en su principal justificación.

En la civilización de nuestros días es normal y casi obligatorio que la cocina y la moda ocupen buena parte de las secciones dedicadas a la cultura y que los chefs y los modistos tengan ahora el protagonismo que antes tenían los científicos, los compositores y filósofos.(…) Las estrellas de la televisión y los grandes futbolistas ejercen sobre las costumbres, los gustos y la modas, la influencia que antes tenían los profesores, los pensadores y (antes todavía) los teólogos. (Mario Vargas Llosa: La civilización del espectáculo)

Demasiada información, ofrecida desde una pluralidad de fuentes simultáneas, imposibles de ser contextualizada, las veinticuatro horas del día; espectacularización de la actualidad, que se vuelve cada vez más trivial, para satisfacer la demanda de la audiencia, mientras que reitera la perspectiva más simplista, para convencer de que no hace falta buscar más y ya se lo ha expresado todo, con el objetivo de llegar a la mayor audiencia posible, durante el mayor tiempo posible, en un proyecto ideológico que la equipara con la ficción que ofrecen los mismos medios.

Hoy en día se habla de una crisis de fe en el humanitarismo (…): se podría incluso hablar de un pánico que está a punto de sustituir a la seguridad, de forma que nos sea posible hacer avanzar nuestros asuntos en libertad y de forma racional. Y no debemos eludirlo: esos conceptos morales (…) ya hacia la mitad del siglo XIX o poco después no estaban en tan buenas condiciones. Lentamente fueron quedando “fuera de uso”. (Robert Musil: Sobre la estupidez)