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sábado, 26 de agosto de 2017

Sufrir o gozar la vida (I): Esperanzas y temores del siglo XX


Bomba Atómica de Hiroshima
El nihilismo estaba de moda en el siglo XX, entre aquellos que se consideraban inteligentes, probablemente para diferenciarse de una mayoría menos pensante, que sobrevivía sumida en la resignación y el optimismo. La crítica del sistema dominante se alimentaba de una sombría esperanza, a medida que transcurriera el tiempo; todo parecía condenado a ir de mal en peor. Los fantasmas del fin del mundo eran cada vez más contundentes, y denunciarlos de mil modos, tanto en las conversaciones triviales, como en el arte y la filosofía, era una misión que la Historia le había conferido a unos pocos iluminados.

¿Pero no ves, gilito embanderado / que la razón la tiene el de más guita? /  ¿Que la honradez la venden al contado / y la moral la dan por moneditas? / ¿Qué no hay ninguna verdad que se resista / frente a dos pesos moneda nacional? (Enrique Santos Discépolo: ¿Qué vachaché?)

Enrique Santos Discepolo
Haber nacido poco antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial, me aseguró un lugar privilegiado para observar (y participar, me gustara o no) en tales cambios de mentalidades, con sus esperanzas  desmedidas y sus decepciones generalizadas, que hoy todavía me pregunto cómo logré sobrevivir.
Mis padres me engendraron bajo la amenaza de la crisis económica internacional de los años `30. Crecí en la posguerra marcada por la inminencia de un enfrentamiento nuclear que prometía poner fin a la vida sobre el planeta. Llegué a la edad adulta, justo a tiempo para experimentar la eclosión de los intentos de liberación del Tercer Mundo, el feminismo, la píldora anticonceptiva, el VIH, la robotización del trabajo… La Historia no termina allí, pero la mera enunciación de eventos notables que presencié se vuelve abrumadora.
El siglo XX fue calificado como un Cambalache por el tango de Enrique Santos Discepolo, y el diagnóstico llegó muy pronto (1932) durante la etapa de transición entre la memoria cada vez más distante de los horrores de la Primera Guerra Mundial y el inicio de proceso que conduciría a los inimaginables horrores de la Segunda Guerra Mundial, mientras Argentina experimentaba las varias modalidades del fraude institucionalizado, que definieron a la llamada Década Infame.
La crisis generalizada de valores que describe Cambalache, podía reconocerse en una pluralidad de situaciones de la vida pública y privada. No había trabajo. El crimen organizado se revelaba impune. Los derechos políticos se encontraban conculcados. La gente aceptaba la visión tenebrosa del tango y las autoridades percibían ese acuerdo incómodo, por lo que no dudaban en censurar la letra de esas canciones en la radio y obligaban a utilizar un léxico que ignorara el lunfardo, probablemente en la esperanza de que al faltar la expresión de la crisis, la crisis dejara de existir.
¿Cómo caracterizar la realidad de hoy, casi un siglo después? Que más de dieciocho millones de personas, en un país de cuarenta millones de habitantes, dependa para subsistir de los planes sociales subsidiados por el Estado, que más de un tercio de la población se encuentre por debajo del nivel de pobreza, no son las evidencias más tranquilizadoras respecto de la sociedad argentina.
Vladimir Jankelevitch

El porvenir es ambiguo, en primer lugar porque es a la vez cierto e incierto. Lo cierto es que el futuro será, que advendrá un porvenir, pero cuál será es algo que queda envuelto en las brumas de la incertidumbre. De todos modos, el Aún-no, con el tiempo, será un Ahora; de todos modos, el porvenir será presente y será un Hoy, estemos o no ahí para verlo. (Vladimir Jankelevitch: La aventura, el aburrimiento, lo serio)

Me tocó crecer durante la segunda posguerra del siglo XX, una época de renovadas esperanzas y todavía mayores temores. El futuro que nos anunciaban, después del fin de una guerra que había dejado millones de víctimas en casi todo el planeta y sembrado la destrucción por donde pasaba, tenía que ser mejor, menos cruel, más constructivo, aunque solo fuera porque costaba imaginarlo igual a lo que acababa de concluir o incluso peor. Se lo suponía un mundo menos serio, distante de la solemnidad del discurso político, como anunciaban el boogie-woogie y el mambo, dos bailes que no pretendían ser tan serios como el tango, ni tan elegantes como el fox-trot. El scatting del jazz de Ella Fitzgerald, Sarah Vaughan o Cab Calloway, prescindía de las palabras reconocibles y utilizaba tan solo sílabas sin sentido para dar forma al ritmo bailable. Ningún contenido que no fuera el ritmo apto para moverse en compañía. Trivialidad, pasatiempo, disfrute de estar con otra persona. ¿Para qué buscar más?
Pesticidas
Expectativas razonables sobre lo que ocurriría durante una paz que se confiaba duradera, podían ser compartidas por grandes sectores de la población, sin importar la edad, el género o la condición social. Los regímenes totalitarios de Alemania, Italia y Japón habían sido vencidos definitivamente por la democracia. Nazismo y Fascismo no regresarían, puesto que sus inspiradores habían muerto. La penicilina llegaba para liquidar las infecciones que hasta entonces había sido difícil controlar. El DDT acabaría para siempre con las plagas de la agricultura, con lo que las hambrunas colectivas pasarían a ser cosa del pasado (¿cómo prever que quedaría incorporado a los alimentos que arruinan la salud humana?).
Contaminación oceánica
Los plásticos reemplazarían a la loza y el vidrio en la vajilla doméstica (nadie podía imaginar que setenta años más tarde, los desechos plásticos pulverizado, contaminaran en dos grandes áreas el Océano Pacífico, poniendo en peligro la vida submarina). Las medias de nylon de las mujeres ya no tendrían molestas corridas. Todo el mundo tendría un auto (aunque le costara pagarlo y se viera obligado a vivir cada vez más lejos de su empleo, por lo que necesitaría dedicarle cada vez más tiempo a viajar por carreteras atestadas) generando gases dañinos).
Congestión de tránsito
No conviene descuidar el enorme poder de una sociedad satisfecha pero aburrida, que no se resigna a subsistir con los recursos que le fueron asignados, y se dedica a buscar (no importa dónde) más diversión de la que había imaginado en épocas de crisis. Puesto que la imagen de una revuelta que trastorne los ejes de la sociedad, tras los excesos del estalinismo, causa un temor que paraliza a muchos, les ofrece una barrera que consideran indeseable de franquear. Tal vez los participantes de ese colectivo carezcan de proyectos comunes, tal vez disipen sus energías en actividades que objetivamente se revelan inútiles o incluso autodestructivas, a pesar de que las encaren con tal dedicación, que al menos en esos momentos en que las disfrutan, parecen estar coordinados.
El sexo es uno de esos ámbitos. Habitualmente se lo disfruta en privado, en compañía de parejas estables o eventuales, porque revela demasiado sobre aquel que se expone a compartirlo. La vida en sociedad exige la adopción de máscaras respetables, convencionales, que el sexo derriba. El sexo puede ser temido por muchos y sin embargo promete disfrutes difíciles de resistir para el común de la gente. Pocos son aquellos que intentan desoír su llamado y todavía son menos quienes consiguen dejarlo de lado.

Prácticamente no existe ninguna otra actividad o empresa que se inicie con tan tremendas esperanzas y expectativas, y que no obstante, fracase tan a menudo como el amor. (Erich Fromm: El Arte de Amar)

Fiebre de los teléfonos celulares
Durante la primera mitad del siglo XX, probablemente por influencia de las dos guerras mundiales y las grandes crisis económicas, no se consideraba correcto abandonarse a ningún disfrute. A los niños se nos pregonaba desde muy temprano la moderación en todos los aspectos. No debíamos comer demasiado, ni pedir regalos imposibles a los Reyes Magos, ni sobresalir en una reunión de adultos. Tampoco estaba permitido no comer lo que se nos presentaba, ni revelar que no nos gustaban los regalos, ni quedarnos callados cuando los adultos esperaban que nos luciéramos con recitados u otras habilidades.
Aurea mediocritas es la locución latina que expresa ese ideal de medianía, de discreción, de contención, que hoy parece referirse a otro universo, paralelo y desconectado del actual, donde el exceso es la norma y hasta se lo celebra. Los nuevos héroes de la modernidad, los millonarios músicos de rock, se drogan en público, se desnudan en el curso de sus shows, destruyen instrumentos, insultan a sus admiradores, cuando lo deseable, medio siglo antes, era que fueran un modelo de elegancia, hicieran música, halagaran a quienes pagaron por ver su desempeño. Durante la sicodelia de los años `60 y `70 se revivió la enigmática frase de William Blake que probablemente se refería a otras situaciones: “El camino del exceso conduce al palacio de la sabiduría”.
Sifones
La presencia del sifón de soda aseguraba en las mesas argentinas la moderación en el consumo de alcohol que se pregonaba desde el mundo antiguo. Un vaso de vino era en realidad un vaso de agua con vino (y burbujas, para darle un carácter menos trivial a la bebida). El abandono al vino bebido sin atenuantes, con el propósito de embriagarse y perder el contacto con la realidad, era mal considerado por la gente.
El ebrio era un vicioso, a veces un participante incómodo de las reuniones sociales, no un enfermo que debiera compadecerse o someterse a un tratamiento desintoxicante. La copa del olvido (de los compromisos familiares y buena educación) era eludida mediante la incorporación del sifón al consumo de la bebida alcohólica, relegada a la categoría de inocente refresco.
Había que disfrutar moderadamente los placeres de la vida, casi como si hubiera que disculparse de intentarlo, cuando había tantas cosas más urgentes. Si no quedaba otra alternativa que sufrir, se esperaba que se contuvieran las efusiones de dolor mientras resultara posible. Una cultura de la contención permitía que una existencia probablemente poco placentera, se volviera sin embargo tolerable.

sábado, 14 de enero de 2017

Viveza criolla (IV): El arte de avivarse


Los chocolatines donados por los niños a los soldados que combatían en Malvinas durante 1982, los mismos que terminaron por ser vendidos en los kioscos del Gran Buenos Aires, pasaron a formar parte del anecdotario de un régimen de aspecto serio y accionar contradictorio. ¿Cómo se puede anunciar que se reivindica a la Patria y a la vez se incurre en la indignidad de traficar con golosinas? 
La viveza criolla permitía esas combinaciones inimaginables, de un discurso heroico y mezquindades que avergüenzan hasta a los testigos, al enterarse de la impunidad entronizada. Cuando los avivados se apoderaban del Estado, solo puede esperarse que el fraude pierda todo atisbo de actividad ingeniosa, para dejar en evidencia toda su crueldad y bajeza.
Durante mi infancia, los tíos de Buenos Aires me llevaron a lo que recuerdo como el Parque Japonés (aunque debió llamarse Parque Retiro, después de la tardía declaración argentina de guerra al Japón). Estaba instalado frente a la estación terminal del Ferrocarril Central Argentino. Era un territorio donde se concentraban diversiones tan inocentes como El Látigo, Los Autos Chocadores, el Tiro al Blanco, la Pesca de Botellas y otras más pecaminosas, de acuerdo lo que sugería la letra del tango Garufa. Entre las atracciones que allí se exhibían estaba una mujer barbuda, un faquir que se perforaba la piel con enormes agujas, forzudos que desafiaban a los espectadores a un combate sin guantes…  y la siniestra Flor Azteca, una cabeza de mujer que emergía de un angosto florero. Supongo que respondía las preguntas de los curiosos, porque no me permitieron verla, ni yo lo hubiera tolerado, como quedó demostrado cuando hice todo el viaje del Tren Fantasma con los ojos cerrados.
Una versión de La Flor Azteca
Las falsedades del mundo del espectáculo no podían ser tomadas nunca demasiado en serio. La fórmula de Samuel Johnson respecto de la ficción (una suspensión voluntaria de la incredulidad) que descubrí en mi adolescencia, leyendo un texto de Jorge Luis Borges, resumía el complejo proceso de aceptación condicionada del engaño que se daba en el arte. No había ningún problema en jugar por un rato a engañar y dejarse engañar, siempre y cuando todas las partes involucradas respetaran las reglas de un acuerdo transitorio. 
Fu-Manchú
Una de mis frustraciones infantiles fue no haber podido asistir nunca a un espectáculo del mago Fu-Manchú, que todos los años veía anunciados en La Nación. Él presentaba revistas musicales de magia negra, con títulos tan sugestivos como La Noche de Shanghai, La Butaca de la Muerte o La Hija de Satán.
Para mucha gente, lo más lamentable no era ser honesto, pobre y sin futuro, sino haber demostrado ser incapaz de aprender y aplicar oportunamente las malas artes de cualquier avivado. Esa torpeza no tenía disculpa y contaba con un agravante: el honesto sin tacha quedaba sindicado como un imbécil, por quienes se reconocían como sus amigos y estaban seguros de que nunca hubieran sido tan ciegos como él.

El máximo de ambición que descubrían, era parangonable con el de un aventurero. Dar un golpe de suerte o de azar para enriquecerse y “pasarla bien”. Respetaban y odiaban a sus jefes, admiraban incondicionalmente a los pilletes audaces que se imponían en la ciudad con su trabajo de extorsión y eran sumamente amargos escépticos, burlones y joviales. (Roberto Arlt)

Enrique Santos Discepolo
El tramposo podía ser disculpado por el atolondramiento de sus víctimas, que aceptaban el discurso seductor del primero que les acercara, por lo que tenían bien merecida la estafa. De ese modo, sin duda costoso y humillante, aprenderían a no confiar en desconocidos (aunque tampoco eran más seguros los conocidos). El avivado llegaba a ser admirado cuando la operación resultaba exitosa para él y no mortal para su víctima. Eso pasaba al menos cuando el estafador era un hombre. La alternativa de que una mujer fuera capaz de engañar a un hombre, no suscitaba la misma simpatía.

Por ser bueno / me pusiste en la miseria / me dejaste en la palmera / me afanaste hasta el color. / En seis meses / me comiste el mercadito / la casiya de la feria / la ganchera, el mostrador. / ¡Chorra! / Me robaste hasta el amor. / Aura / tanto me asusta una mina / que si en la calle me afila / me pongo al lao el botón., (Enrique Santos Discépolo: ¡Chorra!)

El encuentro de la viveza criolla con la misoginia típica del tango, generaba una indignación mayúscula entre los hombres. Ser (o tan solo imaginarse) engañado por una torpe mujer, a la que todos habían considerado la víctima ideal, y de pronto se revelaba como victimaria, constituía una ofensa intolerable para el ego masculino. El personaje masculino del tango de Discépolo tiene una herida que no puede sanar, ni ocultar, porque otros lo recordarán cuando él la haya olvidado. Una mujer se burló de él, tal como él se ha burlado de tantas mujeres.
Las malas artes del estafador complican la posibilidad de identificarlo a tiempo y detener el daño que puede causar. Como se trata de un actor que interpreta un personaje altamente seductor, sabe cómo predisponer a la víctima, para convertirla en principal cómplice del engaño que habrá de sufrir.

En el eterno carnaval de la vida, el psicólogo debe observar, en el interior de la máscara, la personalidad real de quien la lleva. (José Ingenieros: La simulación de la locura)

Emile Maxim St.Patrick Higgins
Las comunidades pequeñas son el sitio menos apropiado para que en su interior surja un embaucador, porque todos se conocen y controlan desde hace generaciones. Si alguien lo intenta, se lo detecta pronto y se margina al tramposo antes de que pueda causar demasiado daño. La llegada de un embaucador proveniente del exterior, en cambio, sorprende a la comunidad desarmada. Cuando la confianza que despierta el vecino cuya trayectoria se conoce, se traslada automáticamente a un recién llegado, la estafa no tarda en aparecer, como demuestra la historia de Emile Maxim St. Patrick Higgins, aventurero jamaiquino, que en el 2007 prometía construir una franquicia de Disney World en San Pedro, evoca por la trama de El Inspector, la pieza teatral de Nicolai Gogol, donde un aventurero que ha perdido todo su capital jugando a los naipes, logra embaucar a un pueblo entero, como si todos hubieran estado esperando que los engañaran.
Diego Armando Maradona había compartido con él la convocatoria de un show televisivo. ¿Podía ser Maradona víctima de una burda estafa? Funcionarios municipales certificaban que el hipotético magnate había llegado en una flota de helicópteros, necesarios para transportar un séquito de veinte personas. ¿Cómo no dejarse impresionar por esa fastuosa puesta en escena? Su auto avaluado en cientos de miles de dólares podía ser alquilado, pero eso aún se ignoraba.  ¿Necesitaba embaucar inversores? Tal vez ellos solicitaban ser embaucados. Mientras el engaño duró, muchos debieron disfrutarlo.  El desengaño tuvo que ser penoso. La posibilidad de extraer una moraleja de la anécdota, no tiene mucho sentido. Cuando alguien quiere ser engañado, puede apostarse que tarde o temprano aparecerá quien lo haga caer en su propia trampa.

No hay credulidad tan ciega como la credulidad de la codicia, que es, en su medida universal, la miseria moral y la indigencia intelectual de la humanidad. (Joseph Conrad)
 

viernes, 4 de noviembre de 2016

Todo es igual, nada es mejor: la era de la guaranguería


Hipódromo de Palermo, 1907
Hubo tradicionalmente en Argentina, más de una diferencia perceptible entre demostrarse educado, capaz de alternar en sociedad, exhibir buenos modales, y carecer de un mínimo de educación (o lo que es igual, ser grosero, guarango, desubicado, y por lo tanto susceptible de recibir algún castigo por tales infracciones a las normas de la comunidad). A veces el guarango no tardaba en descubrir que se generaba un vacío alrededor suyo, un espacio de incomunicación que le indicaba sin necesidad de palabras, la condena social callada pero unánime. A veces se lo reconvenía en público o privado, para lograr que reconociera su error y modificara de inmediato su comportamiento.
Ortega y Gasset en Buenos Aires
Cuando un visitante extranjero detectaba esta situación, no era bien recibido, como sucede siempre con los portadores de malas noticias.

El argentino típico no tiene vocación de ser, ya que él imagina ser. Vive pues entregado, pero no a una realidad, sino a una imagen. Y en efecto el argentino se está mirando siempre en la propia imaginación. Es sobremanera Narciso. El guarango tiene el apetito de ser admirable, superlativo, único, pero necesita creer en esa imagen, y para poder creer tiene que obtener triunfos, y si los triunfos no llegan, duda de sí mismo deplorablemente. (Ortega y Gasset: La Pampa… promesa)

¡Qué odiosa suena la expresión “el argentino típico”! Más aún, proviniendo de un intelectual respetado, que uno supone libre del error elemental de confundir el mapa con el territorio, como planteó hace tiempo Alfred Korzybski.
Ser guarango suele ser visto como la evidencia de un handicap que en lugar de avergonzar y poner límites a la conducta del infractor, lo ha vuelto agresivo, incluso desafiante, pero no logra esconder la situación desventajosa que le ha dado origen. Si se intenta presentarlo como una señal de autenticidad, que reclama la aceptación del resto del mundo, no puede ocultar la confesión de ser menos, de no haber tenido la oportunidad de adecuarse mejor a los criterios dominantes.
En épocas de cambios sociales, la guaranguería aflora, imposible de ser ignorada, demostrando que había estado contenida (reprimida) todo el tiempo y de pronto reclama una visibilidad que le corresponde y sin embargo se le negó.

La guaranguería es la espontaneidad de las nuevas clases, de las promociones que irrumpen con cada ascenso de la sociedad, porque los dos grandes movimientos populares del siglo [en Argentina] –el [radical] de 1914-18 y el [peronista] de 1943-45- han sido la expresión de eso: de ascensos masivos.  (Arturo Jauretche: Tilingos)

Cabecitas negras en fuente de Plaza de Mayo
Los “cabecitas negras” de ascendencia indígena, que se habían mantenido en el interior del país, emigraron a la Capital, en busca de mejores condiciones de vida. Esperaban encontrar los empleos que la cerrada sociedad provinciana les negaba, y descubrieron la marginalidad urbana de las villas miseria. Había un sitio para ellos, cerca y sin embargo lejos del mito del progreso ilimitado que se les había prometido o solo anunciado desde los medios de comunicación y el discurso político. Físicamente, ellos discrepaban de la imagen blanqueada que Argentina había intentado construir desde hacía un siglo, al promover la inmigración europea masiva.
Plaza de mayor, 17/10/1945
De acuerdo a una fotografía mítica de la prensa, el 17 de octubre de 1945, los “cabecitas negras” que exigían del gobierno militar argentino, en la Plaza de Mayo, la liberación del Coronel Juan Domingo Perón, por entonces preso en la isla Martín García, se refrescaron los pies en las fuentes decorativas que habían sido puestas ahí con otros propósitos, indudablemente menos prácticos.
De acuerdo a la visión de buena parte de la sociedad, no hacía falta mucho más para indicar el cariz de los nuevos tiempos. No se respetaría nada, ningún valor tradicional, y el irrespeto sería estimulado y hasta refrendado desde el Poder, porque era una forma eficacísima de liquidar a quienes habían estado en el control de la situación durante décadas. Repentinamente, el viejo orden quedaba derogado y el nuevo orden imponía sus propias normas, que angustiaban a muchos.

En este país donde uno aprovechaba cualquier oportunidad para joder a los demás y pasarla bien a costillas ajenas, había que tener mucho cuidado para conservar la dignidad. (Germán Rozenmacher: Cabecita negra)

Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares
Se sabe el tenor de la repulsa del peronismo expresada en un texto humorístico y aterrorizante de 1947, escrito bajo seudónimo, por Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares. En La fiesta del monstruo, publicado una década después del 17 de octubre, la chusma peronista (heredera directa de aquella mazorquera que Esteban Echeverría presentó en El Matadero, más de un siglo antes) se presenta como una amenaza a un estilo de vida que se suponía propio de Argentina, una realidad de la cual un par de intelectuales intenta burlarse, porque ni siquiera puede ser analizada.

¡Qué entusiasmo partidario te perdiste, Nelly! En cada foco de población muerto de hambre se nos quería colar una verdadera avalancha que tenía emberretinada el más puro idealismo, peo el capo de nuestra carrada, Garfunkel, sabía repeler como corresponde a ese farabutaje sin abuela, máxime si te metés en el coco que entre tanto mascalzone patentado bien se podía emboscar un quintacolumna. (Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares: La fiesta del Montruo)

Anthony Burgess describe en A Clorkwork Orange, con recursos parecidos de humor y promiscuidad lingüística, el mundo futuro de una Inglaterra seducida (más que derrotada) por todo lo que en medio de la Guerra Fría se esperaba de una amenaza soviética que pondría fin a la civilización occidental. La juventud del nuevo régimen combina en la novela de Burgess el irrespeto habitual del hooligan futbolero con la más completa ignorancia de los valores del pasado.
En Venezuela encontré un término insultante, “parejero”, que expresa la protesta de la gente educada contra la insubordinación del guarango, inaceptable para la opinión tradicional. ¿Cómo puede ser que alguien se atreva a demostrar, por ejemplo, que es igual a quienes se saben superiores a él en conocimientos, modales o ancestros, cuando es a todas luces inferior y debería resignarse a su situación desventajosa, porque (sin importar la continuidad de sus esfuerzos) no le estará permitido superar su situación? Suena cruel y lo es. El habla cotidiana lo dice sin esfuerzo ni violencia.
Ser un “pata en el suelo” (como se denigraba desde la alta sociedad caraqueña al prócer de la Independencia José Antonio Páez) indica la idea complementaria: el desposeído queda condenado por esa experiencia previa de la desventaja, a no esperar nada mejor para sí mismo o sus descendientes. Aunque no haya nacido en una sociedad de castas, como se declara la hindú, sobran las evidencias de que no le estará permitido escapar de la marginalidad en la que tuvo la mala suerte de nacer.
En Chile descubrí años más tarde los términos “patudo” o “fresco”, que describen la condición de aquellos que en el curso del trato social se toman demasiada confianza, que abusan de la paciencia de otros, y aprovechan la tolerancia ajena para sacar ventajas. “Patudo” refiere a aquellos que por su pobreza no habían conseguido calzarse durante sus primeros años y quedarían marcados definitivamente por tal carencia (preferirían andar descalzos, con todos los inconvenientes que eso les acarree, incluso cuando tienen la oportunidad de calzarse).
Había en el continente americano, de acuerdo a los criterios dominantes de mediados del siglo XX, un lugar establecido para cada uno, de manera tal que los posibles conflictos se redujeran al mínimo. Entre personas de distinto género y en público, la gente se comportaba de cierta manera, que no era lo mismo que en privado o entre personas del mismo género.
El trato socialmente aceptado en sociedad, utilizaba un lenguaje plagado de eufemismos y gestos corteses, que tal vez no dijera mucho, pero de todos modos resultaba difícil de aprender. El “grasa” argentino era un desubicado, alguien que no había podido instruirse para que lo aceptaran, o que había rechazado instruirse, creyéndose capaz de vivir al margen del juicio de la sociedad. Estaba condenado por su origen (un dato sobre el cual cabe mentir, pero no puede alterarse). Más temprano que tarde “mostraba la hilacha”, dejaba ver su verdadera índole, por lo general sin darse cuenta y hasta contra su voluntad, porque se lo estaba vigilando y se tomaba en cuenta cada detalle.
Ser educado era pronunciar todas las letras del alfabeto cuando se hablaba y disponer de un vocabulario apropiado para cada ocasión, así como ser guarango era tropezar con la conjugación de los tiempos verbales, comerse las letras finales de cada palabra, recurrir a un léxico limitadísimo, donde las muletillas y las interjecciones llevaban el mayor peso de la comunicación, intercalar vocablos obscenos o tan solo malsonantes, en los contextos menos apropiados, para facilitar una expresión que no lograba ser controlada.
La buena educación no era un privilegio de las clases acomodadas, que sus miembros hubieran adquirido gracias a la frecuentación de colegios privados y el roce cotidiano con los sectores más ilustrados de la sociedad. Los pobres también podían ser bien educados, en el sentido meramente formal que desde mediados del siglo XIX planteaba el Manual de Urbanidad y Buenas Costumbres de Manuel Carreño.
Ellos podían respetar sin equivocarse las jerarquías sociales existentes, a ellos les correspondía callarse cuando no se les invitaba a decir nada, no participar si no se les invitaba, pedir perdón cuando intuían haber cometido alguna falta en el trato social. En una palabra, tenían la oportunidad de revelar su total sumisión a los códigos dominantes en una sociedad que demostraba su generosidad al concederles algún espacio.
Enrique Santos Discepolo
Nada parece más alejado de ese conformismo, no pocas veces repugnante, por las injusticias aceptadas, por la autoestima vulnerada, que la actual carencia de buenas maneras. ¿Se trata de un fenómeno nuevo? Enrique Santos Discépolo lo detectaba a comienzos de los `30, como indica la letra del tango Cambalache.

Todo es igual. / Nada es mejor /  lo mismo un burro / que un gran profesor. / Siglo XX, cambalache / problemático y febril. / El que no llora no mama / y el que no mama es un gil. (Enrique Santos Discépolo: Cambalache)