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jueves, 2 de junio de 2016

Propaganda, rumores y sacar el cuero (I)


Durante el siglo XX se desarrollaron medios de comunicación tan poderosos como el cine, la radio y la televisión, que permitían masificar la difusión de informaciones, logrando que enormes sectores de la población quedaran expuestos a esos datos simultáneamente, sin exponerse a la distorsión que introducen los intermediarios. Si alguien lograba el acceso al medio, podía utilizarlos para decir lo que quisiera, sin quedar demasiado expuesto a la respuesta de los destinatarios.
La publicidad de empresas y servicios encontró en los medios un vehículo dispuesto a acogerla sin restricciones. A partir de los años `30, la propaganda política no tardó en utilizar el poder de los medios para lograr sus objetivos de control social.

La propaganda, cuidadosamente coordinada con los ejércitos, puede contribuir en forma devastadora a la caída de Hitler (…). Los puntos débiles en la armadura enemiga (…) solo pueden ser alcanzados por los tiros de la propaganda hábilmente dirigidos. La más peligrosa y efectiva de esta propaganda ofensiva, es el RUMOR INSPIRADO. El rumor difundido con el objeto de confundir al enemigo, puede valer por muchas divisiones y muchos escuadrones aéreos. (Ronald Turnbull)

Himmel y su hija Gundrun
Los nazis no fueron los primeros en utilizar las informaciones falsas, imposibles de confirmar. Los adversarios de los alemanes, durante la Primera Guerra Mundial, habían propagado el rumor de que en Alemania se utilizaba grasa humana (de judíos) para fabricar jabones. Era una idea horrible, que alentaba a derrotar a una nación tan cruel. Durante la Segunda Guerra Mundial, ese proyecto imaginario se convirtió en realidad, gracias a la visión delirante de los antisemitas, pero esto sucedió en pequeña escala, y fue suspendido por los mismos jerarcas nazis, cuando advirtieron que sus repercusiones eran incontrolables para ellos. Si iban a exterminar judíos, aprovecharían el pelo como relleno de sillones y colchones, pero lo harían discretamente, para no escandalizar.
Los mitos, encarados por el gobierno de Gran Bretaña de comienzos de los años `40 como una herramienta bélica de primer orden, debían infundir en ciertos casos un optimismo excesivo a los ciudadanos ingleses y en otros desmoralizar a los adversarios, haciéndoles creer que eran superiores a los alemanes, o por lo contrario, que los alemanes eran invencibles.  En tal caso, ¿por qué prepararse para la confrontación o por qué resistirse? Un medio tan reciente y eficaz para difundir ideas como era entonces la radio, o uno tradicional y bastante más lento, como el comentario boca a boca, fueron sistemáticamente utilizados por los países en conflicto, a partir de los años ´30.
Se dijo, por ejemplo, que las defensas de la Línea Maginot que marcaban la frontera entre Francia y Alemania, podían considerarse inexpugnables, o que los cada vez más numerosos tanques alemanes eran de madera. Todo esto era falso, pero mientras tanto, los desinformados que lo aceptaban y lo difundían entre sus parientes y amigos, habían comenzado a perder la guerra.

Tu enemigo es muchos menos proclive a hacer lo que tú quieres que haga, si ve que tú quieres que lo haga. (…) Tu enemigo es mucho menos proclive a hacer lo que quieres que haga, si ve que eres tú quien quiere que lo haga. (…) Atribuye lo que dices a la autoridad más alta que puedas encontrar. (…) Saca de las noticas que hagas toda apariencia de propaganda, porque la propaganda no debe parecer propaganda. (…) El mejor propagandista para nosotros es el enemigo mismo. (A.R. Walmsley; Propaganda to the Enemy)

Tita Merello
A mediados del siglo XX en Argentina, durante el primer gobierno de Juan Domingo Perón, el rumor aseguraba que la actriz Tita Merello, declarada partidaria del régimen, había sido favorecida con un permiso para importar té, un producto que todavía no se cultivaba en el país y por entonces escaseaba. De otra actriz, Fanny Navarro, a quien se sabía relacionada sentimentalmente con Juan Duarte y desde varios años antes amiga íntima de Eva Duarte, se decían cosas peores, que después de la llamada Revolución Libertadora de 1954, decidieron su prematuro (también injusto) retiro de la actividad profesional.
Eva Duarte y Libertad Lamarque
Probablemente eran historias inventadas, o al menos, adoptadas sin objeciones por la oposición antiperonista, una circunstancia que a diferencia de lo que pasa hoy, no llegaban a ser mencionadas por los medios masivos. Circulaban eficazmente, de acuerdo al circuito tradicional del rumor boca a boca. Tal vez tardara en llegar al último rincón del país, pero el sistema de circulación lo volvía altamente creíble. Eso mismo había pasado con la anécdota de la bofetada que la conocida actriz y cantante Libertad Lamarque le habría dado a Eva Duarte durante la filmación de La Cabalgata del Circo, cuando la más joven y menos famosa acababa de conocer al coronel Juan Domingo Perón, una situación que la destinaba a encumbrarse como una figura política fundamental de la Historia Argentina.
Eva Perón y enfermeras
Algo tenía que haber pasado entre las dos mujeres, algo que al mismo tiempo fuera capaz de explicar el exilio en México de Lamarque y confirmaba el carácter despótico y rencoroso atribuido a una mujer que de ningún modo ocultaba haber sufrido humillaciones inaceptables desde la infancia. Ella iba a ser descripta poco después por Mary Main, en un libro que no circulaba públicamente, como “la mujer del látigo”, que controlaba al país desde un cargo no electivo. Pocos años más tarde, cuando Eva Perón estaba agonizando, circuló el rumor de que los niños de clase media, provenientes del Barrio Norte de Buenos Aires, eran sometidos a involuntarias donaciones de sangre, con el objeto de mantener con vida a la moribunda.
Marie Langer
La sicoanalista Marie Langer analizó este mito y otro no menos atroz, que no sé si antes o después había circulado, sobre la cena servida a una pareja de la alta burguesía por una empleada doméstica, que en una bella fuente de plata descubrían el cuerpo asado de su hijo de pocos años. La lectura de esta escena era múltiple. Por un lado, evocaba los cuentos del Medioevo sobre judíos que comían niños (cristianos) asados, para celebrar impíamente la Pascua, con lo que se justificaba cualquier respuesta antisemita, desde la discriminación verbal cotidiana, al más sangriento pogrom.


En el término de una semana me llegaron nueve versiones, sólo en sus detalles distintas, fue aceptado como verídico por personas generalmente capaces de un juicio crítico. Esto comprueba que el rumor corresponde, aunque en forma muy disfrazada y elaborada, a una situación interior reprimida y a angustias infantiles persistentes en la gran mayoría de las personas. (Marie Langer: “El mito del niño asado y otros mitos sobre Eva Perón”)


Manifestación peronista
El mito expresaba también el temor de entonces ante el resentimiento de los pobres (los “cabecitas negras” celebrados por Eva Perón) que habían emigrado del campo a la ciudad, en busca de mejores condiciones de vida, eran envalentonados por la prédica del peronismo y no solo exigían justas reivindicaciones, sino venganza contra aquellos que los habían explotado desde que tenían memoria. Viejos prejuicios adquirían gracias al rumor, un poder de convicción que no requería de mayores pruebas para ser aceptado como algo cierto.

El desprecio por el cabecita negra, su rechazo por parte de la pequeña burguesía liberal y democrática, muestra hasta qué extremo el prejuicio impregna nuestras racionalizaciones. (…) El pequeño burgués transfiere sus propias carencias al cabecita negra: el otro es el indolente, el ignorante, el poca cosa, el advenedizo. (Pedro Orgambide: El racismo en Argentina)

Juan Domingo Perón y Eva Perón regalando bicicletas
En San Pedro se inauguraron hacia fines de los `40 juegos infantiles en alguna plaza que no recuerdo, con el patrocinio de la Fundación Eva Perón, como solían advertir los llamativos carteles, pero las madres nos advertían que en ningún caso los utilizáramos, porque podíamos sufrir consecuencias horribles. Una de las historias que circularon y causaban explicable espanto, fue que en un tobogán alguien (probablemente un opositor, pero podía ser también un desequilibrado partidario del régimen, que se suponía animado por las peores intenciones) había dispuesto una hoja de afeitar, con el propósito de dañar a los niños que se aventuraran en ese espacio que se anunciaba como un oasis en medio de la indiferencia urbana hacia los niños.
Nada de eso llegaba a ser mencionado por los medios de la época (a diferencia de lo que pasa hoy con las circunstancias menos amables de la vida de personajes célebres) por lo que el rumor encontraba un terreno propicio para difundirse y aumentar su credibilidad. Después de junio de 1954, las historias de orgías en la Quinta Presidencial de Olivos combinaban la novedad de las motonetas italianas, el auge de bellas adolescentes en el mundo del espectáculo y el desenfreno sexual que se atribuía a los altos funcionarios. ¿Cómo rehusarse a oír esos rumores que no hubieran podido ser mencionados por la prensa? ¿Cómo dejar de reproducirlos entre los más cercanos, aunque fuera para reírse de ellos (solo que después de haberlos hecho circular)?
Desde el formidable aparato propagandístico organizado por Raúl Apold, que controlaba la radio, la prensa gráfica, el cine y la televisión ¿cómo desacreditar esos mensajes? El poder del rumor fue utilizado con habilidad desigual por los antiperonistas y también por los peronistas, como parte de la lucha ideológica que dividía al país de entonces. Perón se creyó obligado a mencionar el tema en uno de sus discursos, después del golpe militar abortado:
Perón paseando en motocicleta

Lo justo es esperar que la elección y que la mayoría del pueblo sea la que decida, y no decidir por la violencia, ni por los panfletos, ni por las calumnias que se hacen correr con móviles inconfesables. (…) En los últimos tiempos, los insensatos que no han querido esperar las elecciones y han comenzado a lanzar rumores, panfletos y toda suerte de inconvenientes para la paz y para el orden de la Nación, los acusamos realmente de no saber cumplir con su deber de argentinos. (Juan Domingo Perón)

martes, 7 de abril de 2015

Vivir a la Bartola


Mi amor por las palabras nunca fue demasiado técnico. Las iba recolectando, a medida que las obtenía de la conversación con los parientes y conocidos, de la radio, de los libros, ignorando si habría de usarlas algún día o no, probablemente seleccionadas por el sonido, sin averiguar de dónde provenían. Las utilizaba cuando estaba seguro de su sentido o las dejaba archivadas en la memoria, donde a veces, como me sucede en la actualidad, al haber envejecido, me cuesta encontrarlas.
 “Vivir a la bartola” era una expresión familiar, que nunca se me ocurrió buscar en un diccionario, ni preguntar a quienes la usaban cuál era su significado, porque yo no la empleaba nunca, tal vez por considerarla propia de una generación de la que intentaba distanciarme. Hoy lo sé: es hacer las cosas despreocupadamente, sin tomar el cuidado necesario.
Bartolomé Mitre
Al investigar si se empleaba en un ámbito más amplio que el de la familia y mi barrio, me entero de una hipótesis (¿hasta qué punto la etimología es una aventura, no una ciencia?) que conduce a la fiesta de San Bartolomé, el 24 de agosto, en medio del verano del hemisferio norte, cuando se daba fin a las cosechas y comenzaba a disfrutarse una breve etapa de descanso y fiestas, en el que la gente se encontraba libre de obligaciones. La posibilidad de relacionar la expresión con Bartolomé Mitre, planteada por Héctor Zimmerman, es imaginativa pero indemostrable. Nada parece ser más ajeno al atareado político, militar e historiador argentino, que el descuido o la pérdida de tiempo.
Bartolo de Sassoferrato
Según Ignacio Frías, la expresión aparece en los textos de juristas españoles del siglo XV, que se referían (despectivamente) a Bártolo de Sassoferrato, prestigioso abogado del siglo XIV, a quien sus adversarios acusaron por el desorden y la improvisación de su trabajo.
A mediados del siglo XX, “A la bartola” era una expresión de mi padre, a quien ahora veo como un coleccionista no declarado de términos arcaicos. El odio que sentía por cualquier estudio serio, cuando le dieron la oportunidad de emprenderlos, me sugiere que había armado su vocabulario como sustituto de una agresividad (no era un hombre de golpes) que no encontraba mejor forma de manifestarse que las palabras. Como no tenía aliento suficiente para elaborar frases insultantes que estuvieran bien articuladas, recurría a expresiones que ya existían y confesaban una imagen contradictoria de sí mismo.
Él fue un hombre de iniciativas aisladas e inconclusas. No digo que se planteara grandes obras, ni que asumiera enormes riesgos. Había heredado un comercio y establecido una familia. No estaba satisfecho con nada de eso, pero no lo echaba por la borda. Se desalentaba en la mitad del camino, porque había esperado resultados rápidos para sus proyectos, éxitos instantáneos, que la realidad no suele conceder nunca, y al desencantarse, en lugar de buscar otras alternativas o delegar responsabilidades, no tardaba en echarse a la Bartola.
La casa donde vivíamos era la que había construido mi abuelo por lo menos medio siglo antes. Durante mi infancia, ese lugar sufrió pocas alteraciones, a pesar de que los tiempos habían cambiado. Mi padre no estaba conforme con la vieja cocina de hierro, que se alimentaba con carbón y leña, con una chimenea que eliminaba el humo, capaz de calentar todo el ambiente, por lo que decidió comprar una cocina a kerosene, maloliente y grasosa, que instaló junto la antigua, inutilizada y sin embargo presente.
Juan A. Garaycochea

En algún momento, mi padre pretendió instalar un fregadero en la cocina, que carecía de agua corriente. Para eso, recordó que tenía una pileta de piedra, debajo de un grifo, en medio del patio, a la que habían superpuesto otra, de cemento, en la que bebían las gallinas. Mi padre desenterró la primera y la instaló en el mesón de mampostería, junto a la cocina de leña y perforó el muro para hacer la conexión del agua. Por algún motivo, eso no llegó a suceder nunca. La pileta quedó allí, inútil como una ruina de la Antigüedad y mi madre continuó lavando la vajilla en un fuentón de cinc.
En el caso de mi padre, ceder al desánimo debió ser un tormento para él, porque la evidencia de sus empresas fallidas lo rodeaban en San Pedro, al punto de estimularlo a dejar todo y cambiar a los cuarenta y cinco años de ciudad, de oficio y de amigos. La nostalgia del ambiente despreocupado de su juventud, en el que efectivamente había vivido a la bartola, chocando autos, jugando a los naipes, controlado pero también consentido por mi abuelo, no se debilitaba en su madurez. No podía regresar a ese momento feliz, que su discurso condenaba, ni lograba encarar con buen ánimo sus responsabilidades de adulto.
Mi tía Matilde, que permaneció soltera hasta los cuarenta años, gozaba de una triste fama de maniática en la familia. Ella era así, decían, con más disgusto que afecto. La falta de mayores responsabilidades que le brindaba la soltería, le permitía dedicar grandes esfuerzos y tiempo a cualquier tarea que se propusiera, lo mismo daba si era cocinar empanadas de hojaldre para Semana Santa, pintar un cuadro que iba a colgar en el comedor de la casa u organizar una visita a los parientes.
Preocuparse por los detalles, en su caso, era imponer su punto de vista (no negociable) en un contexto familiar donde no se la tomaba en cuenta. No era que los demás desatendieran sus responsabilidades, sino que ella se definía como quien (de antemano) estaba dispuesta a rechazar cualquier interferencia de otros criterios que no fueran los suyos.
Lo más desconcertante para mí, era que este control absoluto de sus actos y los ajenos, fuera percibido por el resto del mundo como una evidencia de locura. Ella no estaba dispuesta a ceder, con lo que no tardaba en revelarse, ante la mirada infantil, como alguien admirable. Despreocuparse, en cambio, dejar que las cosas fueran por sí mismas, relajarse, no resultaba necesario justificarlo como sucede en la actualidad, porque se la presentaba como la única opción correcta.

Todo estaba relacionado: mis sentimientos de fracaso total como ser humano y el deseo de compensar esto siendo el profesional más consumado posible. Esto a su vez hizo que tuviera que tomar ciertas decisiones: un estilo de vida tremendamente ascético. Precisión, puntualidad, sobriedad, un rigor que se volvió un desafío para mis colegas. Yo pretendía lo mismo de ellos. (Ingmar Bergman)

Hacer las cosas bien, de acuerdo a un criterio que no es ajeno a nadie, porque puede haber sido elaborado por uno mismo (o al menos fue adoptado por uno, a partir de iniciativas ajenas) puede ser una demanda que explica, desde muy temprano, un estilo de vida que no se deja de lado ante el menor contratiempo.  
En el almacén de mi padre, desde muy chico, me fue atribuida la responsabilidad de exponer los productos envasados que se encontraban en venta, en los altos estantes de madera que habían sido construidos en la época de mi abuelo. Debían estar visibles, para que tanto los clientes como los vendedores pudieran identificarlos desde lejos. Eso requería, no hizo falta que nadie me lo dijera, disponerlos en filas, con las etiquetas orientadas hacia el observador. Esa norma que rutinariamente sigue hoy cualquier supermercado, no tenía por entonces una tradición establecida.
Objetivamente, costaba menos trabajo sacar los productos de las cajas de cartón acanalado en las que habían llegado y ubicarlos de cualquier modo, para ganar tiempo, o lo que todavía exigía menos esfuerzo, dejarlos en sus cajas, con tal que resultara posible saber qué contenían. Trabajar un poco más, en consideración a uno mismo, a la opinión favorable que uno espera obtener de quienes lo rodean, no abandonarse a la ley del menor esfuerzo, era una norma entrañable, por haber sido autoimpuesta, a partir de la observación de una variedad de modelos de comportamiento dignos de respeto.
Cuando mi madre y mis tías colaboraban para armar el almuerzo de Año Nuevo que reunía a toda la familia, las veía dividirse las tareas y desempeñarse en equipo. Ninguna se quedaba sin trabajar. Una armaba la masa de los ravioles, otra se encargaba del relleno de espinaca y sesos, otra preparaba la salsa de tomates, otra se encargaba de la ensalada rusa con caballa, cubierta de mayonesa fresca, otra cortaba en trozos pequeños la ensalada de frutas macerada en vino blanco. Mientras tanto, mi tío Juan asaba durante horas la carne en el patio. Lo hacían no más de una vez por año, pero siempre a la perfección. O mejor dicho, como debía ser, sin quejarse ni buscar excusas.
Para asistir al colegio había que estudiar todos los días y no era cosa de dejar la memorización de unos cuantos datos para la fecha del examen, había que trabajar aunque no dependiera de eso llevarse el pan a la boca, había que cuidarse de no perjudicar a nadie con actos u omisiones, había que aprovechar los recursos que uno tenía, había que… La noción de imperativo categórico no figuraba en los planes de estudio de la Escuela Primaria o el Bachillerato, ni era teorizada por ningún pariente en las reuniones familiares, pero estaba presente en la conciencia de quienes preservaran su autoestima.   
La negligencia es una actitud que puede ser condenada o aceptada con resignación, como quien se dice, cuando la descubre en los momentos difíciles, “así somos”, por lo tanto “no cabe esperarse más”. De algún modo, se la celebra, se oculta cualquier discrepancia mediante la omisión de criterios para evaluarla, probablemente porque ha llegado a imponerse como una tendencia dominante de la cultura moderna.
Enrique Santos Discepolo
¿Se trata de algo nuevo? A comienzos de los años ´30, Enrique Santos Discepolo describía en la letra de un tango poco menos que un apocalipsis en curso.

Que el mundo fue y será una porquería / ya lo sé / en el quinientos seis / y en el dos mil también. / Que siempre ha habido chorros / maquiavelos y estafaos / contentos y amargados / valores y dublé. / Pero es que el siglo XX / es un despliegue / de maldá insolente / ya no hay quien lo niegue. / Vivimos revolcaos / en un merengue / y en un mismo lodo / todos manoseados. (Enrique Santos Discépolo: Cambalache)

Avanzado el siglo XXI, la perspectiva del mundo contemporáneo suele ser menos catastrófica, no por eso más optimista. Quizás no haya más esperanzas que antes, en medio de la Gran Depresión económica de los años ´30, cuando algunos las consideraban pocas, pero las creían capaces de transformar la sociedad. Tampoco es el inminente fin del mundo que se anunció tantas veces durante la Guerra Fría y luego fue postergado, sino un estado de cosas lamentable, que al parecer puede prolongarse indefinidamente. Por eso, no se quiere alimentar demasiado la conciencia de lo que ocurre, sino acallarla, si fuera posible y conformarse con lo que hay:
Bobby McFerrin

Listen to that I say / In your life expect some trouble / when you worry you make it double / Don´t worry, be happy! Don´t worry, be happy! Don´t worry, be happy! (Bobby McFerrin)

¿Para qué preocuparse? La orden implícita es la de ser feliz y se repite decenas de veces en el estribillo de la canción, tal como sucede en la publicidad y hasta en los slogans políticos, en la confianza de que a pesar de sus limitaciones e inadecuación a la realidad, habrá de imponerse, por falta de otros mensajes. De acuerdo, es una orden, perentoria. que se plantea como la única alternativa. Hay que relajarse ante el desequilibrio del mundo que nos ha tocado en suerte. El trabajo de modificarlo está desechado.
Hay conflictos de la actualidad que no se encaran, junto a situaciones difíciles, que si bien existían, no podían ser concebidas en su peligrosidad hace un par de generaciones.
Hoy mi padre hubiera podido observar la proliferación de comportamientos “a la bartola” por doquier, tal como Eugene Ionesco pronosticó a mediados del siglo XX en la pieza teatral Rinocerontes.  Lo irracional se impone en el comportamiento público, desde gente anónima hasta figuras destacadas.
¿Hay algo más a la bartola que una manada de paquidermos, que hasta poco antes fueron seres humanos, embistiendo contra no importa qué? Mi padre no se hubiera sentido feliz con la constatación de comportamientos irracionales que brinda al actualidad, pero al menos habría reforzado su desprecio heroico (y estéril) del mundo contemporáneo.

BERENGER: ¡Me defenderé contra todo el mundo! Soy el último hombre, seguiré siéndolo hasta el fin! ¡No capitulo! (Eugene Ionesco: Rinocerontes)

miércoles, 1 de octubre de 2014

Del amor (no siempre correspondio) por las palabras


Leían como lo hacían en otro tiempo los adolescentes de catorce y dieciséis años, es decir, con exceso, con frenesí, de día y de noche, en la copa de los árboles, en las perreras. (Colette: Sido)

En Sido, un libro de Colette sobre su infancia, la autora reconstruye el ambiente de la casa provinciana de su madre, y la adquisición del vocabulario entrañable (por la forma casual en que lo adquirió) convertido luego en materia prima de su obra literaria. Ese repertorio de recursos expresivos que nace del entorno familiar, le permite nombrar con precisión las cosas comunes: plantas de jardín, objetos de la cocina, y en paralelo adquirir un estilo fresco, directo, depurado de adjetivos.
Colette niña
Puede ser a veces un lenguaje no del todo correcto, cuando se lo compara con la norma académica, a pesar de lo cual identifica sin desvíos la complejidad de los sentimientos humanos. El establecimiento del vocabulario puede verse como una aventura extremadamente personal, llena de riesgos y eventos afortunados, que nos diferencia a unos de otros. El amor por las palabras (también el desprecio y el temor por las palabras) se establece en la infancia, una etapa de la vida humana en la que cada quien toma lo que puede y como puede, de lo que encuentra en aquellos que lo rodean.

Aprender a examinarse e instruirse a sí mismo es algo muy cómodo y no tan peligroso como afeitarse solo. Cada cual debería aprenderlo a cierta edad para no ser un día víctima de una navaja de afeitar mal gobernada. (Georg Lichjtenberg)

Recuerdo a mi padre enseñándome palabras tan arcaicas y ajenas a nuestro vocabulario cotidiano, como cetrería y genuflexo, que correspondían a situaciones que lo indignaban especialmente. No dudo que las recibiera de su padre, un inmigrante vasco nacido a mediados del siglo XIX. Cuando crecí y tuve suficiente curiosidad, las busqué en el diccionario. La caza medieval con halcón no correspondía del todo a lo que mi padre pretendía expresar: que los seres humanos atrapaban incautos, utilizando señuelos. Esa metáfora debía ser, calculo, su imagen de las mujeres que intentaba comunicarme.
La segunda la aplicaba con desprecio a todos aquellos que carecían de principios y se sometían al poder (en ese momento, se refería al primer gobierno peronista, poco antes de su caída). Probablemente era el lenguaje ornamentado, efectista, al estilo de Vargas Vila, que uno descubría en los editoriales de La Palabra.
Debí haber aprendido cientos de palabras de mi padre, como los nombres de las piezas de ajedrez o los de la infinidad de productos de consumo doméstico que vendía en su almacén. Entre ellas no estaban las palabras obscenas, que rara vez soltó en su vida (y al hacerlo sonaban arcaicas, aprendidas una generación antes, necesitadas de un Glosario que las aclarara).
De mis parientes y vecinos adquirí los nombres de las piezas del apero de un caballo, las herramientas de albañil y el carpintero, las técnicas de la costura y la cocina. Ciertas palabras, fui descubriendo, las usaban exclusivamente los hombres, mientras otras parecían pertenecerles a las mujeres. Algunas eran frecuentes en los jóvenes, mientras que otras llegaban de los ancianos.
La gente más educada tenía un léxico que podía no coincidir demasiado con el de aquellos que no habían estudiado. Los medios de comunicación masiva (diarios y radios) no habían logrado uniformar todavía el lenguaje de la gente, como sucede en la actualidad, y la observación del habla de las personas que iba encontrando, recompensaba con datos preciosos que iba a utilizar el resto de mi vida.
Aprender a leer me facilitó el acceso a una torrente de palabras nuevas y fascinantes, en muchos casos inútiles, que nunca había escuchado hasta entonces y me obligaban a deducir el significado por el contexto, puesto que en mi casa y en las casas de nuestros vecinos, no había un diccionario: clepsidra, marisma, braquicéfalo, tentempié, carantoña, ambidextro, caterva, ferruginoso, caletre, maniqueísmo, sedentario, coito. Gracias a las palabras, descubrí, podían ser evocados objetos y situaciones que habitualmente hubieran resultado innombrables o ni siquiera hubiera llegado a imaginar.

Una persona que no lee, o lee poco, o lee solo basura, puede hablar mucho, pero dirá siempre pocas cosas, porque no dispone de un repertorio mínimo para expresarse. No es una limitación solo verbal; es, al mismo tiempo, una limitación intelectual, una indigencia de pensamientos y de conocimientos, porque los conceptos mediante los cuales no apropiamos de la realidad, no están disociados de las palabras a través de las cuales los reconoce y define la conciencia. (Marrio Vargas Llosa)

En Selecciones del Reader´s Digest publicaban todos los meses una sección denominada Enriquezca su Vocabulario, que proponía una veintena de términos inusuales y ofrecía cinco alternativas para que el lector eligiera. Al voltear la página se daba el significado correcto y se ofrecía una frase donde la palabra era usada. Aprender podía ser un juego y era conveniente que lo pareciera, porque de ese modo perdía cualquier atisbo de obligatoriedad.
Recuerdo a mi maestra de tercer grado, Dora B., cuando me informó durante un ejercicio que denominaba “familia de palabras”, que el término estantigua no existía (al menos en su memoria, porque sí en el diccionario, a pesar de que no sé cómo llegué a aprenderla, pero sí que quedé encantado de su sonido tan extraño).
Uno se define en esas situaciones inexplicables, como aquel que se encuentra destinado a ser, que por algún motivo se siente obligado a ser, sin que importen los factores que se le opongan en el camino. Las palabras me habían estado esperando. Eran miles que aguardaba el turno de ser conocidas. Todavía no desconfiaba de ninguna de ellas, como le sucede a los adultos que experimentan el desengaño de los grandes discursos.

Yo empuñé las armas porque busco las palabras justas. (Paco Urondo)

Durante mi educación secundaria aprendí palabras tan técnicas que resultaban inútiles en el mundo real (como usucapión, que utilizo por primera vez desde entonces) monocotiledónea, trigonometría y centenares de palabras en otras lenguas modernas, porque el año en que comencé a estudiar desaparecieron Griego y Latín de la malla curricular, con lo que nos dejaron al margen de la cultura clásica. Era una situación contradictoria. Por un lado se nos ataba al lenguaje de los adultos, de la tradición, de aquellos que administraban el saber y habían decidido lo que debíamos aprender, y por el otro se nos liberaba de las ataduras a la lengua materna.
Las palabras que aprendí entonces, eran la herramienta privilegiada que utilizaría el resto de mi vida. Por eso me enamoraba de ellas al leerlas, las almacenaba en la memoria, aguardaba la oportunidad de usarlas, y a veces me arrepentía de haberlo hecho, porque la palabra justa (no creo que lo sospechara Flaubert) si bien es el ideal de aquel que escribe, puede resultar inoportuna en el trato social. Exhibir las palabras que corresponden, es como exhibir joyas en un entorno donde tal vez no se acostumbra nada parecido, porque no se ha tenido la oportunidad de acumularlas.

Cuando Flaubert habla del mot juste (la palabra adecuada), no quiere decir necesariamente, inevitablemente, la palabra asombrosa; no, la palabra justa, que puede ser muchas veces trivial o ser un lugar común, pero es la palabra exacta. (…) De modo que ese cuidado excesivo que ponía, no corresponde a la vanidad; al contrario, es una forma de modestia, (Jorge Luis Borges)

Mi amor por las palabras nació de la lectura, que ocurría en circunstancias poco favorables. Mi familia no era de gente demasiado letrada. Mi madre no había tenido oportunidades de educarse, por la pobreza de su familia, que la obligó a trabajar muy temprano, sacrificando la escuela. Mi padre, en cambio, había rechazado esas ventajas, al oponerse al proyecto de mi abuelo, que lo mandó al Colegio Nacional de Buenos Aires, cuando él solo quería que lo expulsaran. Mi padre y mi madre apenas hablaban entre ellos, como si cualquier intento de negociar sus puntos de vista, condujera inevitablemente a una ruptura.  
Si la conversación podía llegar a ser instructiva y amena, capaz de plantear lo que uno pensaba y sentía, si valía la pena prestarle atención, porque me brindaba oportunidades de participar, aunque solo fuera preguntando, tuve que aprenderlo fuera del ámbito de mi familia, entre los clientes de mi padre, las hermanas de mi madre y una cantidad de vecinos. Por suerte no me faltaron instructores. Los adultos, en aquel tiempo, no dudaban en hablar con un niño.
Cuando no encontraba interlocutores en el barrio, las palabras llegaban desde la radio, en la que abundaban locutores de dicción perfecta, como Jaime Font Saravia y Julio César Barton. Hasta los narradores deportivos se expresaban con una fluidez y propiedad que han pasado a convertirlos en mitos. Ellos hacían que el auditor paladeara las palabras y tratara de imitarlos.
En una sección de Radiolandia premiaban a los auditores que detectaran errores gramaticales o lexicales en los programas de las emisoras de Buenos Aires. Los crucigramas de La Nación y La Prensa eran publicados todos los días y uno trataba de resolverlos como un desafío personal. Poco importaba que después de luchar media hora quedaran incompletos. Con el próximo tendría mejor suerte. Más tarde, comencé a elaborar mis propios crucigramas. Gracias a estímulos tan triviales como estos, el joven de entonces adquiría un respeto y una familiaridad con el lenguaje que hoy me cuesta reconocer en las nuevas generaciones.
Para gente de la edad de mis padres, describir la complejidad de los sentimientos humanos era una tarea que les resultaba excesiva y con toda probabilidad los avergonzaba encarar. Durante las mayores explosiones de enojo, se conformaban con unas pocas sílabas, cuyo efecto era sin embargo imposible de olvidar.
No fue la mejor escuela que pude haber tenido. Como escritor (en algún momento el término comenzó a figurar en mi documento de identidad, pero continuaba resultándome excesivo) trabajo con las palabras, me dejo llevar por las asociaciones que las palabras entablan entre ellas, verifico la etimología, reconozco los usos que han hecho de ellas otros más hábiles que yo. Confío y al mismo tiempo desconfío de una herramienta como esa, que promete no dejar nada sin ser expresado, y sin embargo se rebela contra cualquier intención de emplearlas.
De mis parientes adquirí, según advierto a la distancia, el aprecio por el laconismo cuando se trata de expresar aquello que más importa. Cuando descubrí los textos de Borges, que por ser contemporáneos todavía no figuraban en el programa de Literatura del Bachillerato, hallé la confirmación de que se trataba de una decisión difícil pero ineludible. No hay que abultar el discurso, se dice que en señal de respeto al destinatario, pero en el fondo más por consideración a uno mismo. En esos casos, menos puede ser más (el eslogan no había nacido aún) si logra evitar la pereza del escritor, que se conforma con lo primero que encuentra.


Descifrar lecturas largas y ojalá complejas, nos “entrena” para descifrar mejor la realidad. Los ciudadanos que no leen son víctimas fáciles de la publicidad engañosa, del populismo de la calle, de la demagógica de los políticos. (…) Un buen lector tiende a ser más crítico. (Carlos Franz)