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sábado, 8 de octubre de 2016

Del buen gusto (y del malo)


Floren Delbene y Libertad Lamarque
Yo lo había visto en el seno mi familia, durante mi infancia. De mis dos tías paternas, Matilde era quien se encargaba de denostar el mal gusto de la gente y señalarme lo que debía apreciar en el campo de la cultura. Sus dictámenes eran simples, fáciles de recordar, inflexibles, y de acuerdo a mi experiencia actual, bastante desinformados.  El tango era vulgar, mientras la música de ballet era sublime. La época azul o rosa de la pintura de Picasso era deliciosa, pero al cubismo nadie lo entendía, aunque siempre se tratara de la obra de un artista genial, mientras que el comic era basura lisa y llana. En el cine, Greta Garbo o Louise Rainer eran conmovedoras, pero Libertad Lamarque daba vergüenza ajena. Jean Sablon sabía cantar con picardía, mientras Hugo del Carril era chabacano.
Jean Sablon
Cuando alguien es un niño, tiene pocas armas para responder a un adulto. Si mi tía Matilde lo decía, tenía que ser cierto. Hasta alguien tan irritante como podía ser yo, por las constantes preguntas a los adultos (¿por qué esto? ¿por qué aquello?) terminaba aceptando los juicios de alguien a quien todos consideraban una experta en materia de arte, aunque no pasara de ser una pintora aficionada, que copiaba esquemas triviales con una prolijidad maniática y nutría su cultura de las reproducciones nada confiables de la revista Para Ti.
Mi tía Elvira, en cambio, hubiera podido servir de paradigma de la tolerancia. Compartía los mismos datos que su hermana, había recibido una educación formal y artística que a la otra se le había negado (por motivos de salud reales o imaginarios) pero no se dedicaba a evaluar la conducta de nadie. Seguía una dieta vegetariana e iba a misa todos los días, pero no se desvelaba por imponer sus convicciones a nadie. No pretendía tener un gusto, probablemente no lo tuviera muy definido, a pesar de que con los años se fue acentuando en ella el aspecto monacal.
Fundación Eva Perón
Sobre gustos y colores no había nada escrito, planteaba un refrán muy conocido entonces, que solo suele aceptarse cuando alguien no halla la manera de imponer a otros su criterio. El conflicto entre creerse dueño de una verdad tan evidente o desasistida que no se considera necesario discutirla, y reconocer la pluralidad de opiniones más o menos válidas, con las que uno se encuentra confrontado, sin que probablemente logre imponer la suya, define el área entre el dogmatismo y la receptividad.
El gusto del peronismo que conocí durante mi infancia, era contradictorio, pero al fin de cuentas conservador. Las películas producidas con el apoyo del Estado eran melodramáticas. Los edificios oficiales evocaban la tradición hispánica. La música nacional que las radios estaban obligadas a difundir, reciclaba el folclore y la música urbana de décadas pasadas. Los monumentos (como el del Descamisado, que luego hubiera debido estar dedicado a la memoria de Eva Perón) se concebían enormes, pesados, en una escala ya explorada por el nazismo y el estalinismo.
De acuerdo al discurso oficial, se trataba de poner al alcance de los desposeídos, aquello que tradicionalmente les había sido negado. La posibilidad de innovar el gusto de la Nueva Argentina quedaba postergada, porque planteaba el riesgo de que no fuera aceptada por muchos, o tan solo que no llegara a ser interpretada como correspondía. Las casas de los barrios obreros tenían losa de cemento en el techo, pero encima se superponía un tejado innecesario, que debía otorgarle un aspecto confortable (por pretensioso, inútil) de chalet europeo. Lo decorativo, aquello capaz de impresionar al ojo y ser registrado por la cámara fotográfica, podían imponerse sobre la funcionalidad que reclamaba la modernidad.
Landrú: viñeta de Tía Vicenta
Hacia 1957, el humorista Juan Carlos Colombres (conocido como Landrú), a través de la revista Tía Vicenta, acuñó en Argentina el adjetivo mersa, que se aplicaba sistemáticamente a personajes y modales chabacanos, que sin darse cuenta desafiaban los cánones del buen gusto dominante. Reír con alivio de lo que uno considera inferior, es un mecanismo elemental de defensa psíquica: aquel que ríe de otro, se siente por algún motivo libre de la vulgaridad ajena, que logra apartar de sí, mientras se precia de no haber sido contaminado por ella.  

El argentino medio puede aparentar desahogado vivir, y aspirar, como premio, al señorío de las clases altas. Si algo le preocupa verdaderamente es ser confundido con los de abajo, delatarse –en un ademán, en un gesto, una palabra, en un vestido- como mersa. (…) El vulgar temor a la vulgaridad lo lleva a copiar servilmente gustos, usos y costumbres, que la publicidad y las formas masivas de comunicación se encargan de imponerle. (Pedro Orgambide: El racismo en Argentina)

Inodoro decorado
Formar parte de la élite poseedora del buen gusto, de los conocedores, de aquellos que evalúan a la mayoría, era un privilegio que los implicados se encargaban de poner a resguardo, mediante la utilización de un lenguaje técnico o tan solo rebuscado. Para quienes estuvieran dentro de ese círculo, no hacía falta incorporar a nadie más.
Esa convicción trataba de superar un malestar que la cultura moderna plantea no como la señal de una carencia, que de algún modo y gracias a la buena voluntad de todos podría subsanarse, sino como una de sus características fundamentales, que conviene explorar y conservar. Desde hace un tiempo, artistas e intelectuales suelen confesar que no se puede confiar plenamente en nada, ni en nadie. Si los valores tradicionales se han desgastado, como todo el mundo parece estar de acuerdo, la promesa de instalar nuevos valores se encuentra empañada por la sospecha de que se trata de un proyecto absurdo, condenado al fracaso, aunque no se disponga de nada mejor.

Nunca se ha podido, con ayuda de las palabras, expresar todo lo que ocultan las palabras. (Eugene Ionesco)

Samuel Beckett
El teatro del absurdo de Eugene Ionesco y Samuel Beckett había jugado por entonces con elementos similares de la crítica de costumbres de Landrú, pero en clave menos complaciente. Si había risa, era El desencanto del lenguaje se imponía sobre la confianza. La estupidez o en sin sentido del mundo contemporáneo terminaba por imponerse sobre la inteligencia. Fresco estaba el recuerdo de los crímenes de la Segunda Guerra Mundial, y estaban perfectamente definidas las dimensiones catastróficas que podía alcanzar una conflagración nuclear.
Durante las primeras décadas del siglo XX, los textos de Franz Kafka habían planteado una valoración agónica de lo trivial. Eso que se consideraba lo propio de todos los días, que se daba sin esfuerzo para algunos personajes, resultaba inalcanzable para otros.
Susan Sontag
El mal gusto era nombrado y descripto durante los años ´60, con un cuidado que la tradición reservaba exclusivamente para el buen gusto. El mal gusto comenzaba a ocupar un espacio (por lo general, crítico) en los medios masivos, que antes hubiera resultado impensable. Una intelectual joven, Susan Sontag, se encargaba de definir lo camp en la cultura norteamericana y el pop art.
Los pintores Roy Lichtenstein y Andy Warhol exploraban sin ascos, ciertas áreas despreciadas de la visualidad (Lichtenstein utilizando los procedimientos del comic, Warhol recurriendo al periodismo y la publicidad).  La conciencia irónica de la modernidad, que en lugar de resistir el mal gusto, se resigna a la trivialidad y el sin sentido que predomina en la vida cotidiana, comenzaba a ser teorizada por Susan Sontag en los EEUU y las investigaciones sobre el kitsch de Abraham Moles.
Jeff Koon y su escultura de Michael Jackson

El kitsch es la aceptación social del placer mediante la comunión secreta en un “mal gusto” calmante y moderado. (…) Es una virtud que caracteriza al término medio. (Abraham Moles: El Kitsch, arte de la felicidad)

Del comedor de la casa de mi familia en San Pedro, recuerdo que estaba pintado pacientemente con esténcil y reproducía motivos complejos, en estilo art deco, utilizando varios colores. Estaba así, probablemente, desde hacía veinte años o más. Quizás fuera obra del mismo pintor que había decorado el comedor de las hermanas Fenouilh, a una cuadra de distancia. A mediados de los `40, mi padre debe haber considerado que se trataba de algo anticuado, que le recordaba las decisiones de su padre, por lo que hizo pintar los muros de un anodino color verde Nilo. Menos ornamento exigía la modernidad. Ruptura de la tradición. Nada concreto.
Lo viejo no desaparecía, sin embargo. Estaba presente en los platos de pared, decorados con figuras multicolores en relieve, que mi tía Matilde había traído de las sierras de Córdoba, en un costurero decorado con caracoles y una postal de Mar del Plata en la tapa, en la carpeta tejidas al crochet de la mesa Reina Ana del comedor.
Aquello que alguna vez había sido considerado como una anomalía, que en el mejor de los casos no tardaría en desaparecer, si se lo señalaba con el dedo y corregía, pasó a ser reconocido como la normalidad de una cultura que nos gustara o no, allí estaba, desafiante, capaz de imponerse a los críticos, por el simple recurso de su aceptación por la mayoría. Era el universo del rating televisivo, que deja de lado cualquier criterio  de calidad o gusto personal, para indicar pragmáticamente que acepta tomar en cuenta solo aquello que más se vende.

Lo único importante en los camp es destronar lo serio. Lo camp es lúdico, antiserio. Más precisamente, lo camp implica una nueva, más compleja relación con “lo serio”. Es posible ser serio respecto de lo frívolo y frívolo respecto de lo serio. (Susan Sontag: Sobre lo camp)

Esta pretensión taxonómica se daba en los listados de lo In y lo Out que publicaba el semanario Primera Plana de fines de los años `60, medio en serio, medio en broma. Un evaluador autorizado (o al menos alguien investido de la autoridad que podían otorgar los medios, le correspondiera o no ejercer ese rol) suministraba los criterios que tal vez resultaran confusos o discutibles para la gente común. De pronto algo estaba In y una semana más tarde se había vuelto Out. Procesos que en la cultura tradicional llevaban décadas, en el mundo contemporáneo quedaban a merced de un medio, que fijaba un estándar ambiguo, puesto que combinaba el sentido común y la observación de la realidad, con el capricho liso y llano.
Se tenía la impresión de que el paso del buen gusto al mal gusto podía ser imprevisible y verificarse en cualquier momento, de manera tal que el seguidor del proceso debía mantenerse atento a los sospechosos edictos de los medios, para no incurrir en una falta que podía ser sancionada por el ridículo.
Victoria Ocampo
Cuando Victoria Ocampo asiste en 1913 al estreno del ballet Le Sacré du Printemps de Igor Stravinski en Paris, interrumpido por el abucheo sistemático de los asistentes, presencia un quiebre histórico. Por un lado estaban los artistas de vanguardia (músicos, bailarines, pintores) que daban la espalda al buen gusto consagrado, en nombre de una nueva estética, mientras que por el otro lado estaba el público culto, que para su disgusto (dados sus hábitos de gente civilizada, respetuosa de los buenos modales) quedaba expuesto como torpe y anticuado.

A partir de entonces, se volvió habitual el divorcio entre una cultura designada como alta o ilustrada, desde que Mathew Arnold introdujo en Culture and Anarchy la noción (en su ensayo de fines del siglo XIX) y una cultura condenada como baja, que se correspondía sobre todo, pero no exclusivamente, con la cultura popular. ¿Podía ser satisfactoria esta dicotomía? Una voz tan respetada como la del poeta T.S. Eliot proponía liquidar cualquier barrera en Notes Towards the Definition of Culture, y su obra heterogénea (culta y coloquial al mismo tiempo) desafiaba desde mucho antes cualquier intento de ubicarla en un mundo u otro.

“Avant-garde” [vanguardia] era aquello que verdaderamente estaba adelantado a su tiempo, mientras que “kitsch”, vocablo alemán que significa basura, representa, en un contexto cultural, lo chillón y lo decorativo. (…) Dentro del contexto americano, [Clement] Greenberg denominaba al arte comercial popular, como las cintas de Busby Berkeley o las muñecas cursi. (Daniel Bell: La contradicciones culturales de la modernidad)

Busby Berkeley
En el ámbito de la cultura tradicional, a cuyos estertores me tocó asistir durante la segunda mitad del siglo XX, el buen gusto se formaba gracias a la frecuentación (como consumidor o patrocinador) de la música culta, de la cocina francesa, de las bellas artes y las letras. No era un proceso rápido, ni tampoco libre de enfrentamientos, por conflictos no resueltos, y frecuentes retrocesos o arrepentimientos. Requería impregnarse lentamente del buen gusto. Quizás hubiera que pagar “un derecho de piso” mientras tanto: quedarse en silencio, evitar pronunciarse sobre nada, aceptar lo que decidieran los conocedores. El parvenu, el recién llegado, el advenedizo que pretendiera incorporarse demasiado rápido al ámbito del buen gusto, sería ridiculizado por las inevitables fallas que inevitablemente cometería.
El buen gusto era el residuo que dejaba la alternativa de haber sido expuesto temprana, oportuna y constantemente a lo que se identificaba como las manifestaciones más altas de la sensibilidad humana. No hacía falta mayor esfuerzo ni un sistema, en ese aprendizaje que ocurría fuera de las instituciones educativas, casi siempre en el seno de la familia y a medida que avanzaba el siglo, cada vez más a través de los medios. Bastaba con aprovechar las oportunidades que se iban dando para desarrollarlo o atrofiarlo. Por eso, ciertos ambientes se consideraban propicios y otros adversos para adquirir el buen gusto.

miércoles, 3 de agosto de 2016

Improvisados, graduados y autodidactas


EEUU: graduados universitarios
Ahora son muchos los jóvenes que estudian en la Universidad (y las universidades se han multiplicado para atender la demanda masiva del mercado). Se da por sentado que los jóvenes deben estudiar alguna carrera, dado que con su poca edad  y la incompleta formación que reciben durante su paso por la escuela primaria y la secundaria, si carecen de contactos se les vuelve difícil hallar algún empleo bien remunerado, porque es improbable que se encuentren preparados para aspirar a tanto. Cuando dedican varios años al estudio de alguna carrera, esperan capacitarse efectivamente para ejercer una profesión y obtener los diplomas habilitantes que suelen exigir los empleadores.
Desde la actualidad, cuesta entender lo infrecuentes que eran los estudios superiores hace apenas un par de generaciones. Ser abogado o médico suministraba prestigio social, abría las puertas de la actividad política y permitía sostener un buen nivel de vida, mientras las otras profesiones carecían de una imagen tan definida.  
Aquel que estudiaba, pasaba a ser visto como alguien diferente a la mayoría no iletrada, pero falta de educación, como se muestra en M´hijo el dotor, la pieza teatral de Florencio Sánchez, donde el joven Julio regresa de la ciudad para esquilmar a su padre enfermo.

OLEGARIO: ¡Ese no conoce la vergüenza…! ¿No ves los modales y la insolencia con que nos trata? ¿Qué prueba eso? Que es un libertino, un calavera, un perdido… (…)
JESUSA: El muchacho no es malo en el fondo, pero es muy irrespetuoso y algo botarate. Estudiar, estudia, pues tiene buenas calificaciones y los diarios hablan de él, pero se le han metido en el cuerpo unas ideas descabelladas y hasta creo que le da por ser medio anarquista o socialista y no cree en Dios. (Florencio Sánchez: M´hijo el dotor)

Clase universitaria en la Edad Media
Irse a estudiar, para los jóvenes del interior del país, era exponerse a la seducción de las pocas grandes ciudades donde había universidades, instalarse lejos de la familia, hallarse de pronto con la posibilidad de organizar (o desorganizar, de acuerdo al gusto) su vida. Eso había sido así, tradicionalmente, desde por lo menos la Edad Media: estudiar era liberarse de las limitaciones mentales que caracterizaban al sitio donde uno hubiera tenido la suerte (o la desgracia) de nacer, para alcanzar un estándar superior y más libre de vida. Algunos estudiantes no volvían más a su terruño, tanto si concluían exitosamente su carrera, como si malgastaban su tiempo sin llegar a titularse.  La vida provinciana se destacaba por sus limitaciones de todo tipo.
Los estudiantes de las grandes ciudades gozaban de una envidiada mala fama de borrachines, mujeriegos, iconoclastas, y otras formas alegres de (re)organizar la vida mientras duraba esa etapa de su existencia, entendida como un intervalo festivo entre el aburrimiento de la enseñanza secundaria y la rutina de la vida profesional.
Mi padre no había terminado su educación secundaria en el Colegio Nacional de Buenos Aires. Desaprovechó las oportunidades de estudiar que le estaba brindando mi abuelo, y hubiera debido convertirlo en el primer profesional universitario de una familia de comerciantes. Entonces, decidió mi abuelo (como castigo o premio) tuvo que encargarse del comercio que había pertenecido a la familia durante seis décadas, tras una etapa de aprendizaje bajo la tutoría de José Félix Grigioni, uno de sus tíos maternos.
De acuerdo a mi tía Matilde, que podía ser demoledora en sus tajantes definiciones de la gente que conocía, su hermano se había pasmado intelectualmente a los doce años, cuando sufrió la fiebre tifoidea. No parece una argumentación demasiado confiable, porque provenía de alguien a quien se le negó esa oportunidad de desarrollo.
Mi padre era un rebelde que había sido sometido por la preferencia y el rigor de mi abuelo, y no aceptaba esa imagen. Él percibía a su padre como una autoridad imposible de desafiar, pero intentaba reproducir el modelo, a pesar de su inadecuación. De haber estudiado, mi padre se hubiera liberado de la tutela de mi abuelo, hubiera podido instalarse lejos de San Pedro y el comercio de la familia, pero decidió fracasar, para frustrar las expectativas de mi abuelo, aunque al mismo tiempo perdió la autoestima.
A pesar de su notable inteligencia, que le permitía relacionar datos no demasiado evidentes para la mayoría, mi madre tuvo que ponerse a trabajar cuando apenas se encontraba en la primaria. Luego, los celos de mi padre le cerraron el paso a cualquier intento de formarse.  De haber vivido en otra época, menos limitada respecto de los roles femeninos, ella hubiera podido
Fui el primero de mi familia en completar una carrera universitaria, gracias a mi trabajo de verano en Mar del Plata y las becas que obtenía. Había que buscar a un primo segundo de mi padre para encontrar a un odontólogo, pero vivía en San Nicolás y no teníamos contacto con él. Mi primo Carlos N. que era cuatro o cinco años mayor que yo, abandonó la carrera de Derecho, por razones que nunca supe y solo en su treintena, ya casado (y sospecho que gracias a la vigilancia de su mujer, que le impedía dispersarse) completó sus estudios de Agronomía.
Mi primo materno Miguel Ángel G., unos diez años más joven que yo, se convirtió en un exitoso abogado, y a partir de él, se volvió frecuente en los miembros de las nuevas generaciones de nuestras familias, que estudiaran y completaran sus carreras universitarias.

La educación autodidacta es, creo firmemente, el único tipo de educación que existe. (Isaac Asimov)

Usuario de Internet
Aquellos que de un modo u otro se involucran en la educación formal (debo incluirme entre ellos) suelen tener en menos a los improvisados en cualquier actividad y mirar con no poca desconfianza a los autodidactas, que se arriesgan a tomar la iniciativa de formarse a ellos mismos, con todos los riesgos de complacencia y limites intelectuales que tal iniciativa implica. ¿Obtendrán acaso una educación bien balanceada, que les permita encarar una actividad profesional sin fallas?  ¿Descuidarán en el aprendizaje, por lo contrario, ciertos aspectos fundamentales para su formación, que ellos no advierten y a la larga quitarán toda credibilidad a su desempeño?
Biblioteca Rafael Obligado
Elegir una institución para educarse, no es una decisión tan racional, informada y confiable como podría suponerse. Recuerdo el pesado matroteto que consulté repetidamente en la Biblioteca Rafael Obligado de San Pedro, a mediados de los `50. para decidir qué estudiaría cuando terminara la escuela secundaria. Las universidades que entonces eran pocas y no tenían tantas carreras como en la actualidad, presentaban los programas de estudio y las condiciones de ingreso. Debo haberlo hojeado decenas de veces, porque para mí tenía la seducción de una novela de aventuras. ¡Cuántas alternativas, qué variedad de futuros planteaba!
A pesar de lo que plantean los especialistas, las instituciones tienen programas que se establecieron Dios sabe cómo y no siempre cumplen con lo prometido, cuando reclutan a docentes que merecen asumir esas complejas funciones o tal vez no, se ajustan a las expectativas de los estudiantes que han emprendido una carrera, o las defraudan. De todos modos, como un colectivo dotado de un historial, de una denominación impuesta en el mercado educativo, reclaman una credibilidad, que a medida que pasa el tiempo se les concede cada vez con menos análisis, por simple inercia. Puesto que han permanecido, su idoneidad queda garantizada.
Los autodidactas llegan para arruinar el excesivo optimismo de los graduados. Ellos demuestran con sus actos que hay otras maneras de abordar los mismos proyectos, aunque se trate de alternativas poco satisfactorias, que los conducen al fracaso, porque en esa eventualidad llegan a sembrar una duda incómoda: es probable que también los graduados fracasen cuando intenten algo parecido, y en tal caso la situación será todavía más lamentable para ellos, porque dedicaron varios años y emplearon bastante dinero para seguir estudios que carecen de futuro.

Autodidacta por obra de las circunstancias, me forjaría a solas una cultura desordenada y caprichosa, cuyos efectos arrastraría hasta la treintena y de la que no lograría zafarme sino el día en que relajado (…) comencé a revisar por mi cuenta los valores y normas que habían regulado hasta entonces mi vida sin las anteojeras ni prejuicios inherentes a toda ideología y sistema. (Juan Goytisolo)

Manuel López Blanco, mi recordado profesor de Filosofía y Estética en la Universidad Nacional de La Plata (un hombre que no se avergonzaban de no haber concluido ninguna carrera) decía que a los autodidactas les queda una marca que no suele quitárseles nunca, sobre todo porque ellos mismos se cuidan de exhibirla, con toda justicia, orgullosos del esfuerzo de formarse, que realizaron por sí mismos, incluso cuando a nadie más que a ellos pudo haberles importado si alguna vez se graduaron o no.
¿Quedan lagunas en la formación del autodidacta? Eso parece inevitable, también en el caso de aquellos que han completado estudios académicos en áreas que la modernidad desactualiza. Las instituciones educativas prometen que aquellos formados de acuerdo a su malla curricular, se encuentran bien preparados para desempeñarse en las más opuestas áreas de la actividad profesional, pero a medida que pasa el tiempo y se junta mayor experiencia sobre los actuales sistemas pedagógicos, uno se vuelve cada vez más escéptico sobre el tema.
La promesa de salir formado de una universidad, es un argumento especialmente válido para convencer a aquellos estudiantes que no tienen ideas demasiadas claras sobre el funcionamiento interno de las instituciones y su propia capacidad, por lo que prefieren aceptar al pie de la letra el discurso publicitario.
De acuerdo a la visión ingenua de los estudiantes universitarios, ellos adquieren durante su paso por las aulas, una imagen que no siempre llega a ser tan sólida como esperaban, y la realidad se encargó de destruir.
En la actualidad,  muchos de los profesionales universitarios son autodidactas, se han formado por su cuenta, después de haber aprendido los rudimentos de su profesión en la universidad. Naturalmente, frente a ellos se encuentran aquellos que desconfían de su responsabilidad para actualizarse de manera confiable y prefieren depender del apabullante surtido de Diplomados, Magisters y Doctorados que las instituciones del país y el extranjero ofrecen, en cursos presenciales y on line, como si fueran los supermercados de la educación, que tratan de seducir a los potenciales consumidores. Para ellos, los nuevos improvisados, como para todos los adictos a la acumulación de cualquier clase, no hay posibilidad de poner fin a los estudios.

sábado, 31 de octubre de 2015

La sesión de torturas pedagógicas de Miss Austin


Escuela Normal de San Pedro
En la Secundaria había que estudiar Inglés o Francés, como había que estudiar Álgebra, Física o Trigonometría. No era cosa de quitarle el cuerpo a las materias que se consideraban difíciles o penosas, porque por entonces nadie hablaba aún de currículos flexibles, ni de tomar en cuenta el interés de los estudiantes. En el Bachillerato se estudiaban (superficialmente) dos lenguas modernas. En la Sección Comercial Anexa al Colegio Nacional de San Pedro donde me había inscripto, solo una, porque se suponía que la cultura de un Perito Mercantil no estaba a la par de la Cultura de un Bachiller.


I think that I shall never see / a poem lovely as a tree. / A tree whose hungry mouth is prest / against the earth´s sweet flowing breast; / a tree that looks at God all day / and lifts her leafy arms to pray. (Alfred Joyce Kilmer)


Tuve como profesoras de Inglés, primero a Jane Austin (se entiende que no era Jane Austen, la autora de Orgullo y Prejuicio) luego a la señora Figueroa (no recuerdo su nombre de pila) una mujer joven, de ojos tristes y trenzas recogidas en los lados, de la que probablemente todos estábamos enamorados. No era fácil por entonces hallar a profesoras de alrededor de treinta años en ninguna materia. Las pocas mujeres que se dedicaban a educarnos, eran matronas dignas del mayor respeto, como la señora Montalvo, cuya edad era la de nuestras abuelas.
Margaret Rutherford
Miss Austin era una autoritaria pelirroja de melena corta, soltera, grandota y algo masculina, como hemos visto a tantas actrices secundarias de las películas inglesas (la más memorable, Margaret  Rutherford). Usaba zapatos de gruesa suela de goma y abrigos de tweed. Al evocarla por el vestuario, no descuento que la imagen de la Rutherford interpretando a Miss Marple, la protagonista de las novelas de Agatha Christie se haya superpuesto en mis recuerdos a la de Miss Austen.
Me parece haber simpatizado con ella, que me recordaba a mi tía Matilde en sus modales bruscos. Miss Austin no hacía nada para atraer a los estudiantes, pero nos brindaba la oportunidad de conectarnos con otra manera de pensar nuestras responsabilidades, donde no cabían las excusas ni las demoras. Nosotros debíamos esforzarnos, puesto que estábamos inscritos en el curso. Durante las fiestas escolares, ella tocaba el piano y dirigía el coro del colegio, pero lograba separar ese desempeño menos formal de la enseñanza del Inglés.
Fuera de las clases, mi amigo S. y yo compartíamos letras de canciones populares difundidas por Radio Mitre (en programas tales como el Hit Parade o Música en la Noche). El Karaoke no había sido inventado en ese momento, pero uno solía cantar por su cuenta, en la casa, siguiendo la radio. Cantar en Inglés planteaba un enorme alivio, para alguien como yo, porque al hacerlo respiraba donde correspondía respirar, prestaba atención a los labios y otros órganos fonatorios y (¡oh milagro!) entonces no tartamudeaba. ¿Hubiera podido avanzar más con este sistema, como me probó muchos años más tarde la profesora de Portugués, que nos hacía cantar bossa-nôva para mejorar la fonética? Miss Austin nunca lo tomó en cuenta y probablemente no imaginaba que eso fuera posible. Sentarse al piano del Salón de Actos e invitarnos a cantar en Inglés, nos hubiera alentado a percibir sus clases como un rato placentero, en lugar de verlas como una cámara de tortura de la que se deseaba escapar lo antes posible (aunque fuera al precio de aprender).
Anthony Asquith; The Browning Version
Llegué al Secundario un año después de que se suprimiera en Argentina la enseñanza de una Lengua muerta (a elegir, entre Griego y Latín). Lo menciono ahora, porque las nuevas generaciones no imaginan los verdaderos desafíos que incluía por entonces la decisión de educarse. ¿Para qué me hubieran servido el Griego o el Latín? Para nada práctico, sobra decirlo, como demostró Terence Rattingan en The Browning Version y al mismo tiempo para otorgar a la Cultura (con mayúscula) una profundidad que iba más allá de la etimología.
El conocimiento (con toda seguridad, superficial) de una lengua muerta nos hubiera debido poner a la par de la gente educada del mundo que uno admiraba: aquellos que habían nacido en Europa y tenían la oportunidad de frecuentar sus milenarias instituciones educativas. Borges declaraba conocer del sánscrito, aquello que conoce cualquiera; un planteo que debe entenderse como una ironía, antes que como un alarde. Haber tenido la oportunidad de estudiar en Ginebra, mientras comenzaba la Primera Guerra Mundial, le otorgaba la secreta convicción de no ser inferior a un europeo, a pesar del handicap de provenir de otro continente, desprovisto de tradiciones similares. Después de la Segunda Guerra Mundial, Europa quedaba expuesta como un territorio con Historia, indudablemente culto, destruido, hambreado, capaz de entregarse a un salvajismo no inferior al nuestro. Continuaba solicitando respeto, pero no lograba impedir que también se sintiera algo de lástima.
La enseñanza de una lengua extranjera moderna a lo largo de cinco años, no planteaba demasiadas alternativas en la escuela argentina de mediados del siglo XX. Miss Austin o Miss Figueroa comenzaban anotando en la pizarra el interminable vocabulario y su fonética. Luego leían un texto e iban dando el significado de las palabras nuevas. Nosotros leíamos una frase y a continuación la traducíamos (o al revés). Debe haber sido la rutina planteada por el Ministerio de Educación, sospecho, porque en otros países, al estudiar otras lenguas, descubrí sistemas diferentes y bastante más eficaces.
Quince años más tarde, Jirina Millerová, mi profesora de Checo en una aldea de Bohemia, se las componía para enseñar una lengua eslava a un grupo heterogéneo de egipcios, hindúes y yo, con una pizarra, tiza, textos que iba escribiendo a medida que los leía, y poquísimas traducciones al inglés o el español. A veces utilizaba canciones folklóricas, otras poesías, nos invitaba a escuchar la radio y ver películas. En pocos meses de total inmersión en una lengua tan ajena a sus estudiantes, ella lograba que habláramos y cantáramos.
Cuando intenté estudiar griego, a los sesenta y tantos años de edad, mi joven profesora utilizaba el mismo método de Crooker-Harris, el protagonista de la obra de Rattingan. En lugar de obligarnos a leer en voz alta y traducir el Agamenón de Esquilo, ella había elegido nada menos que el texto de Medea de Eurípides (probablemente por la interpretación feminista que le brindaba actualidad). De haber persistido más allá del tercer mes de clases, no creo que hubiera llegado a ser capaz de hablar o escribir griego, pero sí de llenar el bache emocional que la reforma educativa de casi medio siglo antes había dejado en mi ego, al modificar lo que hoy se conoce como malla curricular.
William Wordsworth
En mi adolescencia en San Pedro, durante las clases de Miss Austin, ella nos obligaba a estudiar de memoria algunos poemas, que gracias a ella todavía soy capaz de recitar:

I wandered lonely as a cloud / that floats on high o´er vales and hills, / when all at once I saw a crowd / a host of Golden daffodils; / beside the lake, beneath the tres, / fluttering and dancing in the breeze. (William Wordsworth: I wandered lonely as a cloud)

Mi tartamudez de entonces planteaba dificultades atroces. Si me concentraba en la melodía de los poemas, podía reproducirlos en voz no demasiado alta (el aire parecía volverse escaso en tales ocasiones) con el objeto de evitar las bromas de mis compañeros, tal vez postergadas durante las clases, pero inevitables durante los recreos. Creo que si logré sobrevivir a las humillaciones que experimenté en esa etapa de mi vida, las que llegaron más tarde me confirmaron en la convicción de que podría sobrevivir a todo, aunque fuera al precio de acumular cicatrices que no se borran.
Robert Louis Stevenson

Under the wide and starry sky  / Dig my grave and let me die. / Glad did I live and gladly die / And I laid me down with a will. / This be the verse you grave for me: / Here he lies where he log´d to be; / “Home is the sailor, home from the sea, / And the hunter home from the hill”. (Robert Louis Stevenson: Requiem)

Eran bellos poemas (el de Kilmer, sentimental a más no poder) y debo reconocerlo, cortos. Me quitaron el miedo a leer textos en una lengua que en gran parte desconocía. Me alentaron a emprender un camino que más tarde descubrí era el aconsejado por T.S. Eliot a quien pretendiera aprender italiano:  bastaba con comenzar por una obra literaria fundamental, como La Divina Comedia, por desalentador que resultara el desafío, para ir afrontando poco a poco los problemas que el texto presenta, sin disociarlos por eso del disfrute.
No asocio a Miss Austin con el maltrato que ejercían otros colegas suyos impunemente, pero al mismo tiempo no puedo evitar el recuerdo de las tensiones que suscitaban las tareas que encomendaba. El dictado era un trámite horrible, tanto si uno debía escribir en el pizarrón, delante de una veintena de testigos que recordarían cada error, como en los cuadernos, para entregarlo a la profesora y quedar a la espera de sus correcciones en rojo. Hay que someterse al rigor para aprender (hoy esto suena a herejía pedagógica) y sobre todo no hay que retroceder ante lo que asusta. Ella pudo habérmelo enseñado, porque es una frase de Shakespeare, que años después descubrí gracias a Borges: los cobardes mueren mil veces, los valientes solo una.