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viernes, 22 de agosto de 2014

Conflictos no resueltos, autoayuda y mecanismos de proyección


Gerhard Katterbauer: collage
No hay mejor negocio que vender a la gente desesperada un producto que asegura eliminar la desesperación. (Aldous Huxley)

Cuando la gente de hoy no se encuentra en situación de pagar una sesión de psicoterapia, que le asegure ser oída en el secreto de un consultorio, por un especialista entrenado por la universidad para efectuar esa tarea, consulta libros de autoayuda o abre páginas de internet, en busca de herramientas que permitan resolver los conflictos que arrastra. La televisión programa de lunes a viernes, todas las tardes, exitosos talk shows donde se ventilan historias íntimas narradas por sus mismos protagonistas, que no se avergüenzan de exponer los detalles más comprometedores, con el objeto de obtener el consejo o consuelo de un panel de especialistas y el aplauso de la audiencia.
Esa confianza moderna en la palabra de una autoridad lejana, indiscutible, que evalúa la conducta de otras personas, guiándose por los pocos y tal vez muy sesgados datos que reciben, ha venido a sustituir otra confianza más antigua, que se brindaba a personas dotadas de experiencia, aunque ninguna institución certificara su idoneidad, que vivían cerca de quienes solicitaban su consejo (parientes, amigos, docentes, vecinos).
Mi padre y mi madre eran lectores de diarios y semanarios, no de libros de ficción y cine, como fueron definiéndose mis intereses, apenas llegué a la adolescencia, a mediados del siglo XX. Utilizar esas novelas y películas como fuente de información, capaz de orientarme en la resolución de conflictos que no terminaba de entender y parecían inabarcables, era un proyecto poco sensato, que solo se explica por la carencia de otros mecanismos de apoyo más idóneos y por el modelo de reserva planteado por los mayores. Ellos no pedían consejo, ni esperaban ayuda, aunque les hacía falta.
Delia B.
Mi madre leía poco, tal como iba poco al cine. Era una gran observadora de personajes y situaciones. Su mayor fortaleza era la comunicación oral, que le permitía discernir con exactitud las emociones de amigas y parientes. Su capacidad de ponerse en el lugar del otro era admirable, pero el repertorio de personas con quienes entraba en contacto, quedaba limitado a aquellos a quienes los celos mi padre dejaba entrar en casa.
Cuando escuchaba las radionovelas de la tarde, mi madre estaba siempre haciendo otra cosa. Planchando o remendando la ropa, por ejemplo. Tal vez limpiando la cocina, donde se había instalado la única radio que teníamos. Las voces de los actores le llegaban como si fueran situaciones reales, de las que se enteraba por casualidad, emocionada, aunque no la autorizaran a participar de historias más interesantes y dramáticas, también más felices que la suya, mantenida durante años en sordina, sin explosiones, treguas, ni desenlace.

Si bien el Consultorio Sentimental es un género incluido en medios masivos, la construcción discursiva del vínculo entre consejero y aconsejado sostiene cierta “ilusión” de una comunicación interpersonal entre ambos. En este supuesto diálogo privado la respuesta del consejero hace alusión a cuestiones que sólo están presentes en la carta del lector no publicada. (Ana Victoria Garis: Corazones en conflicto, El consultorio sentimental en Argentina)

No creo que mi madre leyera los consultorios sentimentales que aparecían en las páginas finales de Para Ti, El Hogar, Maribel y otras revistas femeninas. Sus problemas se los guardaba para ella, los consultaba, de acuerdo a la expresión coloquial, con la almohada y eventualmente los dejaba trascender a otras mujeres (dudo que el pudor la autorizara a confesarlos en detalle).  Cuando sufría, lo hacía discretamente, una contención que cuesta entender desde la perspectiva exhibicionista de la actualidad.
Los conflictos de la realidad exterior le llegaban a mi madre filtrados por la opinión de sus pares. Nadie la había alentado a que buscara por su cuenta y riesgo los datos que permiten elaborar una opinión propia. En su época, nada de eso era bien visto. Si lo intentaba, lo más probable es que no la oyeran o le recordaran su ignorancia.
Juan Antonio G.
Mi padre escuchaba las varias emisiones de El Reporter Esso en la radio y leía dos diarios que llegaban en tren, de Buenos Aires, todos los días (un matutino, que llegaba a la hora de la siesta) y un vespertino (que distribuían en la mañana). Por lo tanto, aunque solo hubiera leído los titulares y escuchado los resúmenes radiales, debía estar enterado de los asuntos de actualidad. Esa información general, sin demasiada profundidad ni sesgo personal, era todo lo que necesitaba.
Mi padre nunca hubiera consultado el Horóscopo de la prensa, ni hubiera perdido su tiempo oyendo una ficción radial que no fuera un programa cómico a la hora del almuerzo, cuando los personajes de El Relámpago, un programa escrito por Miguel Coronatto Paz, suplían la ausencia de conversación familiar. Poner en juego sus sentimientos no era un proyecto que le interesara a mi padre.
Él no era un buen observador. Encaraba a la gente desde el rol que debía cumplir en la comunidad. Era un comerciante minorista, que no podía llevarse mal con nadie, porque eran sus clientes, pero en todo caso, tampoco podía confiar demasiado en nadie. En el seno de la familia no escondía su decepción con quienes hasta poco antes había tratado como amigos. De acuerdo a sus palabras, lo habían defraudado (eso le hizo perder repetidamente a sus socios) y eso justificaba que se lamentara de traiciones que no hubieran ocurrido, de estar atento y no dejarse engañar.
Fuera de los textos escolares, de mi padre recibí solo dos libros. Ninguno de ellos puede ser considerado Literatura. El primero fue lo que hoy se denomina un manual de autoayuda, Cómo Ganar Amigos e Influir en los Negocios de Dale Carnegie, escrito a mediados de los años ´30 y convertido en best seller.

Si hay un secreto del éxito, reside en la capacidad para apreciar el punto de vista del prójimo y ver las cosas desde ese punto de vista, así como del propio. (Dale Carnegie: Cómo Ganar Amigos e Influir en los Negocios)

Era difícil no estar de acuerdo con generalidades como esas, y al mismo tiempo cualquiera podía entender que no necesitaba haber leído el libro para llegar a la misma conclusión. Creo que mi padre, por entonces pronto a cumplir 40 años, se encontraba en la búsqueda de algún escape a su rutina de comerciante minorista de San Pedro que le resultaba intolerable. Por eso emigró a Mar del Plata y no dudó en dedicarse a la hotelería, en lugar del comercio minorista, siguiendo el modelo que cuarto de siglo antes había planteado mi abuelo. Deseaba enterarse de las fórmulas infalibles de reorganización de la propia vida que la publicidad le prometía.
Recuerdo haber leído el libro de Carnegie sin que mi visión del mundo cambiara por su causa. Continuaba tartamudeando, no tenía demasiados amigos de mi edad, obtenía buenas notas en el colegio, pero detestaba las clases de Educación Física. Si el diálogo me resultaba intimidante, había descubierto el universo de los libros, que no planteaba exclusiones y podía explorar sin dificultades.
Cuando encaraba en cambio los textos de Kafka, siempre extraños, evidentemente ficticios y al parecer imposibles de relacionar con nada que sucediera en la vida cotidiana, descubría una familiaridad abismante con mi propia situación. No me costaba nada proyectarme en los sentimientos de alguien tan distante, que no pretendía hablar conmigo.

Querido padre: Me preguntaste una vez por qué afirmaba yo que te tengo miedo. Como de costumbre, no supe qué contestar, en parte, justamente por el miedo que te tengo, y en parte porque en los fundamentos de ese miedo entran demasiados detalles como para que pueda mantenerlos reunidos en el curso de una conversación. (Franz Kafka: Carta al Padre)

Mi padre no era un adulto demasiado temible, aunque lo intentara. Hasta un adolescente podía comprender que se trataba de alguien que no había logrado madurar y se veía obligado a afrontar situaciones que superaban su capacidad de decidir, su suerte y la de su familia. Si el texto de Kafka, obtenido en préstamo de la Biblioteca Pública Rafael Obligado, llegaba a decirme tanto sobre mis propios conflictos, era por el retrato involuntario del hijo que había redactado ese reclamo, con el objeto de demostrarle a su progenitor que él rechazaba su modelo de vida, aunque no pasara de ser un escritor que subsistía gracias a un empleo burocrático, sin la menor esperanza de dialogar con alguien tan cercano y atrincherado como el padre en su rol autoritario.

miércoles, 1 de enero de 2014

De la comida casera al Delivery

Ilustración italiana (circa 1930)
A mediados del siglo XX, gracias a la nula frecuentación de restaurantes atendidos por cocineros profesionales, uno crecía en la firme convicción de que la comida elaborada por su mamá era insuperable. Para llegar a ese acuerdo, que se encontraba impuesto en cada grupo familiar y gozaba del status de dogma, era necesario que también la madre estuviera convencida de su propia superioridad sobre el resto de las madres y se preocupara de mantenerla en pie. ¿Cómo, si no había escuelas que prometieran esa capacitación? Perfeccionando recetas tradicionales (cada una era poseedora de “secretos” que se comunicaban de madres a hijas). Probando recetas nuevas, suministradas por las revistas femeninas como El Hogar, Para Ti, Vosotras, Chabela, Estampa, Damas y Damitas, varias décadas antes de que Cosmopolitan fijara en las revistas femeninas la imagen hedonista de una mujer inútil, centrada exclusivamente en el disfrute del sexo y la captura de parejas masculinas.
Habilidades como la costura, el bordado y la crianza de los niños eran también apreciadas, pero la cocina sobresalía del resto, porque era puesta a prueba cuatro veces por día en cada casa de familia. Una mujer que confesara su incapacidad para cocinar o que se creyera dispensada de la responsabilidad de ejercer su control de la cocina, constituía un absurdo inaceptable.
Mujeres cocinando (mediados siglo XX)
Cuando estaba en la cocina, siempre y cuando no demorara el momento de servir la comida, la mujer gozaba de una libertad insólita. ¿Qué hombre se hubiera atrevido a interrumpirla en sus tareas, aunque fuera con la intención de ayudarla? En la cocina ella escuchaba la radio, que le suministraba canciones que la acompañaban y de lunes a viernes le brindaba la posibilidad de asistir sin ser vista, al desarrollo de ficticias vidas ajenas ofrecidas por los radioteatros.
El dulce de leche se hacía en casa, revolviendo una olla durante horas, y se perfumaba con una chaucha de vanilla. Mi padre podía protestar que había quedado muy líquido, comparado con el producto industrial, pero el perfume era inigualable. Las pastas elaboradas un par de horas antes, no tenían comparación con las industriales. La salsa de tomate y la carne estofada que se cocían toda la mañana, invitaban a mojar un pedazo de pan mucho antes del almuerzo.
Cocina a leña o carbón
Interferir en el trabajo de la mujer mientras cocinaba, o tan solo contemplarla en la coreografía de su trabajo, hubiera sido para el hombre poner en riesgo la satisfacción de su propio estómago y la autoestima. Ni ella le hubiera permitido a nadie observarla en una actividad tan íntima, que le impedía concentrarse, ni él se hubiera arriesgado a que otros hombres se enteraran de una debilidad como esa.
Hoy, los abonados a la televisión por cable tienen acceso a un canal (Gourmet) que transmite programas de cocina las 24 horas del día. A mediados del siglo XX, la televisión abierta estaba naciendo y las cocineras comenzaron a mostrar sus habilidades en la programación de la tarde. Antes de eso, las revistas femeninas concedían poco espacio a la cocina, a pesar de dirigirse a lectoras que no parecían tener otros intereses que la atención de la familia. Simultáneamente, destacaban secciones como la de Petrona C. de Gandulfo en El Hogar, que podían resultar intimidantes para las lectoras, por la magnitud de los desafíos que incluía. ¿Qué mujer se hubiera atrevido a encarar la complejidad técnica y el costo de las tortas de bodas o los pavos rellenos fotografiados a todo color?
Las mujeres de la generación de mi madre habían crecido alrededor del fogón de sus mayores. La escuela no competía en ese plano con el aprendizaje familiar. El adiestramiento comenzaba en los primeros años de vida. Se enseñaba a las niñas a pelar las arvejas, seleccionar las lentejas para separarlas de las piedritas, batir los huevos, pelar las papas. Todas conocían sin necesidad de consultar un recetario, los platos tradicionales de la cocina italiana y la española, en los que solo introducían variantes cuando la memoria o el presupuesto no les alcanzaba.
Publicidad española de mediados del siglo XIX
Desde la infancia, ellas habían sido designadas como depositarias de una cultura gastronómica transmitida mediante demostraciones práctica, de generación en generación, como parte del mundo femenino, con frecuencia oculto al escrutinio de los hombres, que prometía asegurar el rol (decisivo pero sumiso) de la mujer en la sociedad patriarcal.
Tal vez ellas no tuvieran acceso a los derechos y privilegios que los hombres se reservaban para ellos, en el campo de la política y los negocios, pero podían controlar la mesa y la cama, ámbitos donde ellas se volvían insustituibles.
Todo eso ha cambiado (¿alguien se sorprende?) con la modernidad que no deja ningún territorio de la cultura humana sin invadir y explotar. La comida casera se encuentra hoy en retirada, o al menos en una situación de alto riesgo, amenazada por la industria multinacional de los alimentos, que invade el territorio antes controlado por las madres y ha llegado a seducirlas tanto a ellas como a quienes ellas mantenían convencidas de su superioridad sobre la comida elaborada fuera del hogar.
La alimentación es uno de los planos de relación entre los seres humanos que la sociedad ha codificado con mayor precisión, aunque no suela otorgarle la misma trascendencia que a otros como el lenguaje.
La posibilidad de comer fuera del núcleo familiar, en locales dedicados a elaborar comidas, atendidos por especialistas en la materia, capaz de ofrecer platos que por su complejidad no sería posible encontrar en el ámbito privado, solo se da en sociedades que ostentan cierta división de funciones. La institución del restaurante es reciente. Apareció en Europa tras la Revolución Francesa.
A mediados del siglo XX, la mayor parte de las mujeres había recibido entrenamiento informal que las capacitaba para encargarse de la alimentación del grupo familiar, y de ellas se esperaba que ejercieran ese rol sin acudir a otras ayudas que sus manos y algunos instrumentos elementales.
Preparación de pizza
Hacia fines de los años ´40, la pizza entró en el horizonte de mi madre y sus hermanas. Varias de mis tías maternas se habían instalado en Buenos Aires y conocían los placeres modestos de comer en pizzerías de barrio. La orquesta de Feliciano Brunelli ejecutaba un boogie-woogie que se llamaba “Pizza Caliente”. Mi madre se dedicó a elaborar pizzas de acuerdo al recetario de los Polvos Royal y el resultado era novedoso para nosotros, pero no seductor. Sin duda, nos atraía aquello que ya conocíamos, porque mi madre lo había perfeccionado durante años y años de práctica..
La masa de esa primera pizza era esponjosa, alta, como de focaccia (palabra desconocida por entonces). La combinación de tomate, cebolla, orégano y queso resultaba sabrosa, pero después de todo, según mi padre, era lo mismo que comer pan. Fundamentar una comida en una pizza hubiera sido para mi madre la confesión de no haber trabajado tanto como se esperaba de ella.
Una ofensa similar hubiera sido suministrarle un lavarropas, cuando disponía de una batea de madera y una cómoda tabla de lavar. Cuando mi padre compró el primer lavarropas artesanal, desarrollado por un vecino ingenioso, que se limitaba a centrifugar el agua jabonosa, mi madre lo miró con desconfianza. Podía dañar las prendas finas. No estaba equivocada. Liberarla en parte del esfuerzo de mantener una casa con tres hijos, un marido y un hermano, era algo parecido a cuestionar su rol en el mundo.
Alguna vecina le sugirió a mi madre otra forma menos laboriosa de armar la pizza, gracias a rodajas de pan de molde y el agregado de anchoas a la cobertura. Si bien resultaba más sabrosa, la base resultaba tan esponjosa que el jugo del tomate humedecía todo hasta convertirla en un mazacote. Mi madre experimentó otras alternativas, que expuso a la evaluación de sus hermanas, que tenían una experiencia directa, como consumidoras también, hasta que optó por abandonar el intento.
La pizza, como el pan, los helados, los alfajores o el Pan Dulce a Año Nuevo, eran alimentos que se compraban fuera, porque ninguna mujer del barrio estaba capacitada para elaborarlos. Técnicamente, el desafío superaba sus nada superficiales conocimientos de cocina, y al insistir en sus ensayos se exponía al ridículo ante el resto de la familia como una incapaz, dos situaciones demasiado incómodas para cualquier mujer de entonces.
Supongo que en el centro de San Pedro se elaboraban pizzas profesionales. Yo no los conocí en mi infancia o en mi adolescencia. La alternativa de comer fuera se limitaba en nuestra familia a comer en la casa de alguna familia amiga o en la de parientes. Si las mujeres no cocinaban, los hombres las reemplazaban (exclusivamente en el ámbito de las carnes, porque se daba por supuesto que el asado era materia masculina, como analizó Gaston Bachelard en su ensayo sobre el fuego.
Caja de ravioli
Mandar a comprar comida hubiera sido una ofensa para las mujeres. En grandes ocasiones, desde mi casa se mandaba un lechón a la panadería que estaba a medio kilómetro de distancia, por calle Chivilcoy. Eso era todo lo que correspondía que una mujer confiara en otras manos, y según recuerdo, siempre decía que el asado de horno de panadería era infinitamente superior al que se podía elaborar en casa. ¿No era una forma insidiosa de sugerir la inferioridad femenina incluso en el único territorio donde no solían tener competencia?
Durante sus últimos años, mi madre se acostumbró al Delivery. No se usaba esa palabra todavía, pero se había resignado a comprar tapas de empanadas, tortas para decorar, cajas de ravioles, pollos rostizados, pizzas precocidas. Nunca lo hablé con ella. Debe haber sido una pequeña liberación. También una renuncia a su rol decisivo en el interior de la familia.

domingo, 15 de diciembre de 2013

Expectativas y resacas navideñas

La Navidad que conocí en mi infancia en San Pedro, a mediados del siglo XX, todavía no era blanca (globalizada de acuerdo a los paradigmas del marketing de las empresas multinacionales) y por lo tanto no llegaba a ser consumista. Bing Crosby había cantado White Christmas de Irving Berlin, en el contexto de Holiday Inn, una película musical en blanco y negro de 1942, donde las alusiones cristianas brillaban por su ausencia y todo se equiparaba a otros feriados del calendario norteamericano.
I´m dreaming of a white Christmas / with every Christmas card I write. / May your days be merry and bright / an may all your Christmasses be white, (Inving Berlin: White Christmas)
Mis primeros intentos de armar un árbol de Navidad a los ocho o nueve años, cuando acababa de tomar la Primera Comunión, guiado por los modelos que ofrecía Billiken, fueron desafortunados. Era una idea (comprobé) con la que no se lograba interesar demasiado a los adultos, a diferencia de lo que pasaba con los torneos de zancos o barriletes, donde ellos se involucraban gustosos.
Por ese entonces había bolas de vidrio de color, increíblemente frágiles, había guirnaldas metalizadas, velitas de torta de cumpleaños e incluso soportes de velitas, que podía comprar en alguna tienda del centro (probablemente La Magnolia) siempre y cuando pudiera reunir algunas monedas en mi alcancía metálica y con llave, pero conseguir un pino similar al de las ilustraciones, se reveló pronto como una dificultad insalvable.
Lo más parecido a un pino, eran los cipreses que mis tíos maternos habían plantado como el tupido cerco de su casa, sobre la calle Chivilcoy. Eso me aseguraba contar con algunas ramas, de las cuales confiaba colgar los globos, pero la resistencia de las ramas de cipreses era insuficiente, se desplomaban bajo el peso de las velas y guirnaldas. Tampoco sabía cómo mantener en pie el arbolito. La maceta de greda con tierra apisonada, era insuficiente para otorgarle estabilidad. El pino se iba torciendo solo y no tardaría en caerse o terminaría apoyado en la pared. Llenar la maceta con pesas de una balanza del almacén de mi padre, tampoco era la solución
El resultado de mi proyecto no podía ser más decepcionante. No se parecía al enorme árbol de Navidad cargado de adornos (y regalos) que tanto parecían disfrutar los personajes de las películas. Tampoco había nieve. Tal vez lo peor de todo, pasaba desapercibido en un rincón del comedor de mi casa y no estimulaba a nadie a poner regalos debajo.
No recuerdo haber experimentado una resaca navideña, porque el entusiasmo había desaparecido por sí solo, antes de la Nochebuena, durante el proceso de organizas la celebración, y la ilusión infantil no volvió a repetirse.
En mi infancia había tarjetas de Navidad, pero no se trataba de las importadas por Hallmark, donde no hace falta exprimirse el cerebro para dejar un mensaje personalizado. Se consumía el pan dulce de la tradición europea, sidra La Asturiana y fruta seca ausente de la mesa durante el resto del año. Se escuchaba antes de la medianoche, las campanas de Nuestra Señora del Socorro que convocaban a la Misa de Gallo (a la que nunca asistí, porque hubieran debido acompañarme) y luego los petardos de los vecinos (aunque el mayor estruendo se reservara para Año Nuevo).
Miracle on 34th Street
Las radios difundían villancicos, pero no había nada parecido a una programación navideña sistemática, como suele ocurrir cuando los expertos en marketing se encargan de controlar el discurso de los medios. Todo era menos espectacular y masificado que en la actualidad. No por ello supongo que fuera más auténtico. El Santa Claus de Miracle on 34th Street no tardaría en llegar, gracias a las agencias de publicidad internacionales, demostrando que la desinformación de los niños, convencidos de que los regalos pueden ser suministrados por un ser sobrenatural, que a todos vigila desde el Polo Norte y premia a los niños por ser obedientes, era más confiable que la verdad.
Dar regalos es una forma de desarrollar y mantener vínculos sociales. Por lo tanto, es importante para nuestras relaciones. (…) Todas las culturas intercambian regalos, por lo que se supone que es una necesidad humana básica. (Karen Pine)
En todas las culturas suele haber espacio para momentos privilegiados, en los que se quiebra momentáneamente la rutina de la gente, pasados los cuales resulta inevitable que todo vuelva a ser como siempre. Pueden ser festividades en las que se levantan las prohibiciones habituales y predomina el desenfreno, como era en la Antigüedad (es todavía) el caso del Carnaval en Río de Janeiro o Gualeguaychú, o épocas de tregua y reconciliación, como se daba en el Jubileo de los israelitas o la Navidad de los cristianos. Hay que llegar a programar incluso las excepciones a las normas, indica el mensaje.
Navidad inglesa siglo XIX
En Navidad la gente se enviaba tarjetas postales, portadoras de buenos deseos, que cuando alcanzaban cierto volumen, se exhibían como parte de la decoración de los hogares, testimoniando que uno tenía parientes y amigos. Esa costumbre fue impuesta en Inglaterra victoriana de la Revolución Industrial, a mediados del siglo XIX, permanece vigente hasta la fecha y a la vez ha cambiado. Ahora los saludos no llegan a través del cartero, que en ocasiones demoraba su entrega hasta después de pasadas las fiestas, y se difunden a través de Internet, son vistos en una pantalla plana, a través de imágenes en movimiento, con vívidos colores y la música apropiada o toman la forma de gift cards, vales que el receptor puede canjear por un regalo a su gusto, dentro de los límites de costo que ha establecido el emisor.
Los niños son quienes más celebran hoy la Navidad y las fiestas actuales de la Navidad parecen organizadas para satisfacer sus expectativas de consumidores de mercancías, por desubicadas que sean. Ellos quieren ser complacidos y recibir los regalos de no importa quién, comenzando por los familiares a los que se encuentran atados por lazos contradictorios, de afecto y resentimiento. Si no se los satisface, la molestia no tardará en expresarse, y entonces los adultos descubrirán qué no saben cómo controlarlos.
En España o Argentina, los regalos eran atribuidos a la generosidad de los Reyes Magos. Durante mi infancia, Papá Noel era una figura extranjera (Santa Claus, más aún) de la que teníamos conocimiento pero no nos involucraba. Antes, uno podía esperar juguetes y no obstante recibir ropa, útiles escolares o incluso golosinas. Se trataba de regalos, no de lujos..
Niños son los destinatarios de los mensajes navideños y niños también los personajes convocados para servir como evidencia el espíritu paradojal, por amable, de la Navidad.
El camino que lleva a Belén / baja hasta el valle que la nieve cubrió, / los pastorcillos quieren ver a su Rey / le traen regalos en su humilde zurrón / al Redentor, al Redentor. / Yo quisiera poner a tus pies / algún presente que te agrade, Señor / mas tu ya sabes que soy pobre también / y no poseo más que un viejo tambor / rom pom pom pom, rom pom pom pom. (Catherine Kennicott Davis: El Tamborilero)
La imagen del ruidoso tamborilero, el niño que antes de la aparición de los medios masivos convocaba a los pobladores, con el objeto de difundir alguna noticia, se incorpora al pesebre de Belén. La canción es reciente. Fue elaborada a mediados del siglo XX, a pesar de lo cual no cuesta mucho incorporar el personaje a la tradición de los retablos de figuras evocadoras del nacimiento de Jesús de Nazaret, inventados por san Francisco de Asis durante el siglo XIX.
El capitalismo del siglo XX ha sido fértil en imaginería navideña. ¿Por qué desaprovechar un tema que proclama el fin de los conflictos y estimula la buena disposición de la gente para el diálogo y el consumo? En New York, nos mostraba Miracle on 34th Street, los desfiles de la tienda Macy´s eran programados para el Día de Acción de Gracias, algunas semanas antes de la Navidad. McDonalds y Gimbel´s patrocinaban otros desfiles temáticos por la misma época. Desde comienzos del siglo XX, las mercancías quedaron asociadas a la celebración religiosa, que en forma paralela fue despojada de gran parte de su mensaje original, para que pudiera ser aceptada por creyentes y no creyentes por igual.
Los desfiles navideños norteamericanos convocan a cientos de miles de observadores y eventuales consumidores. Incluyen figuras ornamentales infladas con helio son enormes, la música estruendosa y conocida, las carrozas lujosas, hay cientos de extras bien entrenados, que lucen ropas inhabituales y se mueven al unísono. Se trata de un espectáculo gratuito y callejero, que atraviesa una gran ciudad, espectáculo cuya eficacia propagandística fue demostrada por los grandes jefes militares del Imperio Romano hacia el comienzo de nuestra era.
Durante el siglo XX, el desfile ornamental fue utilizado por regímenes de izquierda y derecha, para convencer a las multitudes de que su vida se encuentra bajo control, que pueden relajarse, aplaudir y vitorear a los participantes. Desde mediados de los años ´20, Macy´s planteaba a los norteamericanos un recordatorio difícil de ignorar: era época de no pensar en el futuro, de comprar regalos y engalanarse con ropas nuevas, como si el mentado espíritu navideño fuera una intoxicación deliciosa. Las presiones de todos los días lograban desvanecerse (no por mucho tiempo) y la gente más opuesta se comprometía a seguir un estilo de vida que no era el suyo.
Navidad para recortar y armar
Ese paraíso del consumo, ornamentado por la religión, no nos era desconocido, pero sí inalcanzable. El equivalente argentino a la atmósfera navideña de los pa se daba en Harrod´s y Gath & Chaves, dos tiendas de Buenos Aires que publicitaban las ventas navideñas mediante catálogos fascinantes para quienes vivíamos en provincia y anunciaban en La Nación la presencia del mismísimo Papá Noel en sus locales de la Capital. Definitivamente, los fastos de la Navidad eran ajenos a quienes habían nacido en la provincia y cuando pretendían mostrarle un pesebre a sus mayores, tenían que conformarse con recortar y armar las páginas centrales de Billiken.

martes, 4 de octubre de 2011

Animales domésticos (o no) de la infancia


A mediados del siglo XX, en la casa de mi familia estábamos rodeados por animales domésticos. Había gallinas de todos los colores, que nos daban huevos y mi madre se resistía a matar (lo mismo fuera retorciéndoles el cogote o decapitándolas con el hacha). Teníamos gatos que mantenían a raya a los temidos ratones. Un perro atado ladraba a cualquier extraño que se hubiera aventurado por su territorio (el nuestro). En el corral, un par de caballos que arrastraban los carruajes en los que mi tío Miguel visitaba a los clientes del almacén dispersos por el campo de San Pedro y Santa Lucía, dos veces por semana.
Entre los animales invasores, había moscas pertinaces, mosquitos que llegaban de la laguna apenas caída la tarde y espantábamos encendiendo espirales de piretro. Había avispas muy temidas que se aposentaban al abrigo de una cornisa y palomas torcazas que tampoco aportaban nada y escondían sus nidos en lo alto de un rosal leñoso, enredado en la base del tanque de agua. En ciertas épocas llegaban las dañinas langostas que devoraban las cosechas y los niños, instigados por las maestras de escuela, recogíamos en bolsas de arpillera que luego se quemábamos. El mismo trato se le dedicaba a los bicho canastos.
La observación y atención de los animales domésticos era una de las actividades más instructivas para los niños. Nos mandaban a buscar huevos, teníamos que alimentar con maíz a las gallinas, preparábamos afrecho húmedo para los patos, alcanzábamos los restos del almuerzo al perro, acariciábamos el lomo de los gatos, pasábamos una rasqueta metálica por el costado de los caballos, poníamos queso en las trampas de los ratones. Veíamos el comportamiento sexual de estos animales, tan frecuente y previsible que no llamaba demasiado la atención. El gallo pisaba rápidamente a una gallina y pasa a otra cosa, los gatos mordían el cuello de las gatas, después de haber maullado durante horas, los caballos copulaban ostentosamente en medio del corral, una vez al año, mientras el perro, que vivía en obligado celibato, se higienizaba con la lengua los genitales de aspecto cambiante.
No debíamos mirar. Los adultos intentaban distraernos (retarnos hubiera sido peor) cuando nos descubrían recibiendo evidencias tan claras del comportamiento reproductivo animal, cuando la información que nos daban en el hogar o en la escuela sobre la sexualidad humana, era ninguna. Los animales nos instruían sin necesidad de palabras, mientras los seres humanos continuaban encargando los niños a París o aguardaban la llegada de la cigüeña.
Al repertorio de los animales domésticos se sumaban los depredadores visitantes, comenzando por los ratones que alcanzaban gran tamaño y se escondían en sus madrigueras o circulaban por el cielo raso de las habitaciones, en medio de la noche. También estaban las comadrejas que muy de vez en cuando llegaban tras los huevos de las gallinas, los halcones que volaban muy alto pero podían descender para robarse un pollito, las pequeñas lagartijas verdosas tal vez no hicieran mal a nadie, pero de todos modos gozaban de mala fama y debíamos perseguir, los caranchos que sobrevolaban las islas del Paraná.
Había sapos, inofensivos pero de aspecto desagradable, que en verano llegaban de quién sabe dónde, atraídos por las luces de la casa, tal vez desde la gran zanja recolectora del agua de lluvia de calle Litoral. Ellos permanecían quietos y de pronto avanzaban a saltos. Los adultos los espantaban con una escoba, nos decían que eran capaces de comer las brasas o los cigarrillos encendidos que algunos malintencionados les arrojaban, para verlos echar humo y reventar a continuación. Pobres sapos, que a veces eran arrojados a los pozos de agua, para que la purificaran al comerse las larvas de insectos; su fealdad nos alentaba a asustarlos, pero nunca se nos hubiera ocurrido matarlos.
En la casa de nuestros vecinos, los Boccardo, había una cigüeña a la que nunca vi volar, porque le cortaban las plumas de las alas. Tenían también un teru teru (Vanellus Chilensis) pájaro estridente, cuyo plumaje gris y negro lo camuflaba entre las flores del jardín. Nadie me dijo que controlaba las plagas del jardín y avisaba la presencia de extraños. Los animales domésticos eran vistos como parte de la familia, que no hacía falta justificar.
Uno de los vecinos de mis primos Gaido, tenía un palomar que me asombraba. Era una construcción instalada en la terraza, provista de habitáculos ordenados, como no me había tocado ver nunca. El dueño de casa y sus dos hijos pasaban mucho tiempo limpiando el palomar y curando a las palomas. Durante los fines de semana, sus aves competían con las de otros criadores de la Asociación Colombófila, identificadas por los anillos en sus patas. ¿Cómo podían recorrer cientos de kilómetros y regresar al nido? Los animales domésticos estaban cerca, pero de todos modos se reservaban complejidades, enigmas que nos obligaban a respetarlos.
Nuestras gallinas, menos heroicas, dormían protegidas por dos grandes matas de laurel y recorrían todo el barrio. Durante la época en que mi abuelo construyó y mantuvo la casa, debieron estar encerradas en un gallinero rodeado por una cerca de alambre de tres metros de alto. Durante mi infancia, la puerta del gallinero y el sitio donde las gallinas hubieran debido dormir, habían desaparecido, nunca supe por qué, puesto que la totalidad de las casas vecinas tenía pequeños gallineros bien ordenados. Nuestras gallinas más curiosas se acercaban a la casa, pero no entraban en las habitaciones. Otras salían a la calle, pasando por debajo del gran portón de madera y cinc, para dedicarse a recorrer el barrio en busca de piedritas o gusanos. La imagen de esas gallinas callejeras, que nadie robaba, ni terminaban víctimas del tránsito, define un mundo que hace tiempo dejó de existir y ahora cuesta imaginar.
Mis tíos Bovio faenaban de vez en cuando un cerdo que habían criado en un rincón del gallinero de su casa y los niños asistíamos al espectáculo del trabajo de todos los parientes, creo que sin el menor susto de nuestra parte. Era formidable ver a la familia convocada para realizar una serie abrumadora de tareas tan especializadas, que iban desde el sacrificio del animal, del que se recogía la sangre para fabricar morcillas, hasta el aprovechamiento de cada una de sus partes: las tripas se usaban para envasar la carne de los chorizos, condimentada con pimentón, los jamones se curaban con sal gruesa y humo, la panceta se salaba, las orejas, hocicos y otras partes blandas de la cabeza se preparaban como gelatinoso queso de chancho, las patitas se hervían con porotos o garbanzos, etc.
Los adultos de mi infancia lo habían aprendido de sus padres, los hombres y las mujeres por igual, y nos lo transmitían a los niños, mediante el ejemplo, sin recurrir a explicaciones. Esa comunicación de los adultos y entre distintas generaciones, en torno a algo tan fundamental como la comida, se ha interrumpido.
El fin de semana que duraba la celebración, la mesa de la cocina permanecía en medio del patio para facilitar el trabajo, una gran olla de hierro negro hervía las viandas que iban a alimentar a toda la familia, mis parientes dialogaban durante el trabajo, contaban historias, bebían vino tinto, revelaban que eran efectivamente un equipo, donde cada uno contaba con los otros.

martes, 9 de agosto de 2011

Fertilidad de las familias


Mi mujer y yo no hemos tenido hijos. Durante más de cuarenta años de matrimonio nos desplazamos demasiado, de un país al otro, por motivos algunas veces laborales y otras políticos, sentimentales también, dificultando cualquier intento de adoptar legalmente. Llegamos demasiado maduros a la época en que se desarrollaron las técnicas confiables de fertilización asistida. Cuando lo intentamos, a comienzos de los ´70, no existían los conocimientos que hoy se disponen y (sobre todo) los tiempos estaban demasiado revueltos en todo el continente, para pensar en el tema. Luego, por nuestra edad, los hijos hubieran sido más bien nietos que no hubiéramos sido capaces de atender. Conozco, entonces, los ventajas (y no pocas limitaciones) de vivir en pareja, encarando los conflictos que dan entre dos adultos, sin las interferencias y puentes que plantea una familia.
Desde chico, la imagen de mis tíos Rosa y Eduardo me acompañó, como la demostración palpable de una pareja que a pesar de sus eternas discusiones, que la familia no tomaba en serio, se amaban más que mis propios padres. A pesar de carecer de hijos, ellos dedicaban un afecto sin límites a todos los sobrinos de la familia, aunque no siempre eran retribuidos del mismo modo. Ser estéril por una causa u otra, de acuerdo a la opinión generalizada, no era una situación digna de respeto, por la limitación generalmente involuntaria que la fundamentaba, sino una discapacidad que salía a relucir cada vez que se pretendía ofender a quien la sufría.
Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir habían decidido no tener hijos ni compartir el mismo techo, pero ese modelo de independencia parecía tan lejano de la imaginación de la mayoría, que resultaba imposible de conectar con la realidad de un país que se pretendía culto y moderno, pero no tardaba en revelarse anticuado en la moralidad. Había que reproducirse, más que disfrutar del sexo. Para la mentalidad tradicional cristiana, que viene desde las epístolas de los santos Pablo y Pedro, solo lo primero justificaba lo segundo.
Mi padre fue el primer hijo hombre de una (desigual) pareja de inmigrantes, nacido después de las dos hermanas mayores y antes que su hermano menor. Sospecho que para mi abuelo, las dos mujeres no figuraban en sus planes de continuidad personal, como comerciante en la periferia de San Pedro. Eran una molestia, cuando necesitaba hijos varones. Aunque mi abuelo se preocupó de asegurar a las dos hijas una educación y no les escamoteó su parte en el patrimonio familiar, repartido varios años antes de su muerte, supongo que esperaba librarse de ellas lo antes posible, mediante un par de buenos matrimonios. Los dos hombres, en cambio, debían ocuparse de los negocios familiares, puesto que en la adolescencia habían demostrado tan escasa disposición para convertirse en los profesionales que el jefe de la familia deseaba.
Vistos a la distancia, los planes de mi abuelo paterno eran racionales y solo tuvieron una falla: la mayor parte de sus hijos se dedicaron a contrariarlo (mi padre hasta mediados de sus veinte años, mi tía Matilde el resto de su vida).
Mi madre era una de las hijas mayores de un grupo de diez hermanos, nacidos en los aledaños de San Pedro, donde para gente de las chacras, tener muchos hijos era la manera de asegurar la subsistencia de una familia, mediante el trabajo no remunerado de todos. Ese esquema tradicional, todavía vigente a comienzos del siglo XX, se mantuvo en otros países del continente hasta dos generaciones más. Cuando pasé por Chile y Venezuela, descubrí familias enormes, como la de mi madre, hijos que habían sido engendrados regularmente, mientras se prolongaba la etapa fértil de las mujeres, como evidencia de la solidez de unión establecida ante la Iglesia Católica o de hecho.
Una familia numerosa, tanto legal como ilegal, era la demostración fehaciente de la potencia sexual del padre y la dedicación de la madre al universo hogareño. Gran parte de la autoridad del hombre surgía de su destreza para preñar mujeres dentro y fuera del matrimonio. El valor de las mujeres casadas, dependía por entonces de su fertilidad. Cuanto mayor fuera el número de hijos que trajera al mundo, mejor la consideraban sus parientes y amigos. No tenerlos, como se presenta en Yerma de García Lorca, era considerado por muchos la señal de una maldición.
En Chile y Venezuela era habitual que un hombre tuviera una familia legal y otra al margen, las dos tan extensas como sus parejas lo permitieran. Las leyes favorecían ese doble estándar, al negar cualquier derecho a herencia a quienes tuvieran la desgracia de haber nacido fuera del matrimonio. En ciertos casos, el reconocimiento de los hijos “naturales” se encontraba obstaculizado expresamente.
En la Argentina que conocí al crecer, los hijos solían nacer dentro del matrimonio. Con cierta frecuencia, la gente se casaba precisamente para que los hijos ya concebidos nacieran de una pareja legalmente constituida. La gente podía reírse de las novias embarazadas, pero el hecho de que esa fuera una causal de matrimonio indica que la institución estaba bien considerada (una situación que parece haber cambiado de manera ostensible en la actualidad).
A mediados del siglo XX, advierto ahora, las familias de mi barrio tenían muy pocos hijos. Uno o dos era lo más frecuente. Los métodos anticonceptivos habían logrado una difusión mayor y la gente los utilizaba sin problemas de conciencia. Una de las amigas de mi mujer, muchos años más tarde, decía que ella, ferviente católica, le agradecía a Dios haber permitido la existencia de anticonceptivos que otorgaban mayor alegría a la vida de una pareja.
Los preservativos se vendían en unos expendedores automáticos de colores brillantes que uno encontraba en los baños de hombres de los bares y estaciones de servicio (supongo que también en las farmacias, pero me pregunto quién era el valiente que se atrevía a dar la cara en esos locales de una ciudad pequeña, donde todo el mundo se conocía).
Me tocó pasar por la revolución de la píldora anticonceptiva cuando me convertí en adulto. Formidable coincidencia, que en su momento no aprecié como tal, porque uno vive más de un cambio histórico sin entender muy bien lo que está pasando. De pronto, las mujeres que desde siempre habían debido defenderse de los avances de los hombres para no quedar embarazadas, se encontraban en condiciones de tomar la iniciativa en materia sexual y dejar de lado la visión de la maternidad como el castigo que esperaba a quienes aceptaran el sexo fuera del matrimonio. Ellas habían sido hasta entonces las elegidas o discriminadas, mientras que el futuro de la píldora les ofrecía el poder de elegir a los padres de su descendencia, chequeando a cuántos hombres estimaran necesarios, hasta localizar al más adecuado, o dejar de lado la maternidad hasta que lo creyeran oportuno.
Disfrute sexual y fertilidad quedaron desvinculados, tanto para los hombres como para las mujeres. Comenzó a ser bien visto que uno lo pasara bien durante las actividades sexuales y no tuviera que preocuparse por la fertilidad. En la actualidad, tras un cuarto de siglo de convivir con el VIH, cuesta recuperar el optimismo sexual de aquellos años ´60. La liberación de entonces ha tenido una resaca prolongada, pero al mismo tiempo, la noción de una fertilidad obligatoria desapareció del horizonte. Desde la Economía a la Ecología, nada alienta a reproducirse de manera indiscriminada.

sábado, 9 de abril de 2011

Diálogos táctiles que no se consideran


El tacto es el más desmistificador de los sentidos, al contrario de la vista, que es el más mágico. (Roland Barthes: Mitologías)

La comunicación entre los seres humanos no se reduce al intercambio de palabras habladas o escritas, como pretenden las instituciones que no existirían sin ellas. Eso apenas describe la superficie de un proceso más complejo, para el que no suele haber educación formal que se encargue de adiestrarnos.
Mi madre era muy delgada cuando me trajo al mundo y no estuvo en condiciones de amamantarme mucho tiempo. Me buscaron un ama de cría que dejó impresa en mi memoria sus senos enormes y perfumados. Eran un sustituto.
Con mi tío Juan participaba en una serie de juegos que debieron ocurrir cuando yo tenía dos, tres o cuatro años. En uno de ellos, me montaba sobre su espalda, a veces me sentaba sobre sus hombros y él trotaba, sujetándome por las manos, como si él fuera la cabalgadura y yo el jinete. Le llamábamos andar a cococho. ¡Era tan agradable ver el mundo desde lo alto, en lugar de la perspectiva habitual, a menos de un metro del suelo, sentirse obligado a bajar la cabeza cuando pasábamos debajo del dintel de una puerta o la rama de un árbol! En otro juego, que llamábamos la vuelta carnera, me sentaba sobre las piernas de mi tío sentado, que me sujetaba por las manos y permitía que alzara mis rodillas, girara sobre mi cabeza hasta caer parado.
Cuando tuve cuatro o cinco años y confío en mi buen juicio, mi tío comenzó a llevarme en su bicicleta. Me sentaba de costado, en el travesaño, me sujetaba del manubrio, y él pedaleaba tal vez cien metros, ida y vuelta. Era una aventura desprovista de riesgo, cuando podía deslizarse a tal velocidad, por las mismas calles de siempre, gracias a un adulto que me protegía y me alentaba a probar por mí mismo cuando creciera.
No recuerdo que me sucediera nada parecido con mi padre. Él no tenía tiempo para dedicarme o (lo que es más probable) no disfrutaba demasiado el contacto con sus hijos. Muchos años más tarde, mi madre confesó que mi padre se ponía celoso cuando ella nos dedicaba más tiempo del que él consideraba justo. Supongo también que ella nos utilizaba como excusa, para evitar el contacto con él. No guardo memoria de que mi padre nos castigara, pero tampoco abrazos, ni caricias, ni contenciones. El contacto que prevalecía entre nosotros era verbal. Órdenes, preguntas, ironías sobre nuestra presunta incapacidad para aprender (en las que repetía, supongo, los diálogos con mi abuelo, una generación atrás, para asumir el rol opuesto al suyo).
Mi padre no era un hombre que tocara a sus hermanos o su madre. Tengo la impresión de que las raras veces que lo vi palmear la espalda de un amigo, fue para evitar un abrazo (cuando viví en el Caribe, aprendí que los abrazos entre hombres estaban sometido a un protocolo: las manos de uno palpaban la parte alta de la espalda del otro una vez, dos, tres y a continuación lo soltaban rápidamente, para evitar malentendidos).
En mi familia paterna, el contacto físico del saludo a mi tía Matilde no duraba más de un segundo, porque a continuación ella separaba a quien la hubiera saludado con un beso, porque no olía bien o para no contagiarse de quién sabe qué enfermedades imaginarias.
En esa época, el beso en la mejilla que intercambiaban mujeres y hombres era frecuente, pero sometido a las reglas de un protocolo bastante estricto. Solo un beso estaba permitido a cada uno, a diferencia de lo que es corriente en Brasil o España, donde cada participante tiene derecho a dos: uno en cada mejilla de la otra persona.
Cuando la diferencia de edad era mucha, se imponía el beso en la frente (de los niños o los ancianos). El besado de las manos femeninas por los amigos y pretendientes ya no se practicaba en mi infancia: era un gesto arcaico, que no se hubiera intentado ni en burla.
El beso en la boca vuelto famoso por las películas de Hollywood, se encontraba reglamentado por el Código Hays desde 1934, y establecía que las bocas estuvieran convenientemente cerradas y el contacto no se prolongara más allá de ocho segundos. Los besos interminables y de bocas abiertas que se ven en la actualidad, en cualquier parte donde se concentren jóvenes, no se veían en el mundo real de mi infancia. Las parejas se besaban, de acuerdo a los rumores, en la oscuridad de los zaguanes, y esto resultaba tan criticable como acceder a las relaciones sexuales sin haberse casado antes.
Cuando se imagina el pasado como una época en que la gente se tocaba más, porque no existían los medios de comunicación actuales, se está inventando una
Durante mi asistencia a la escuela primaria Nº 2 de San Pedro, constantemente nos obligaban a formar filas, en un procedimiento que recordaba a las formaciones de presos, antes o después de salir de sus celdas. Niñas por un lado, niños por el otro, nos ordenábamos por estatura, desde los más bajos a los más altos, y “tomábamos distancia”, vale decir, nos poníamos a un brazo del que estaba delante y del que quedaba detrás. Luego nos hacían entrar, sin demorarnos ni atropellarnos.
Tal vez hubiera contactos durante los deportes y otros juegos. Nada muy estrecho ni tampoco prolongado, como se da en el rugby. El juego de la “mancha venenosa” que entretenía a los niños chicos, planteaba una visión fóbica del contacto. Aquel que era tocado por otro participante, quedaba contagiado, se convertía en un indeseable del que todos huían y se veía obligado a correr tras los demás, para contagiarlos y librarse de la incómoda mancha.
No había mucho espacio en el colegio, a veces el pupitre se nos pegaba al estómago, pero de todos modos entre los compañeros de clases teníamos pocas posibilidades de tocarnos. Niñas y niños nos sentábamos por separado. Hablar entre nosotros o mandarse mensajes escritos en papelitos doblados, era una falta que la maestra castigaba si la sorprendía, como si ella fuera la chaperona que restringía la comunicación de aquellos que hubieran caído en el más completo desorden, si no los controlaban.
Durante los prolongados noviazgos (seis o siete años para alguna de mis tías) la familia se encargaba de poner a resguardo a las mujeres, organizando visitas a plena luz, con algún niño o tía vieja presentes, no fuera que el pretendiente se acostumbrar a tocar más de lo prudente y la novia a permitir que la tocaran, con la consecuencia indeseable de que la mercadería probada ya no fuera comprada. Escuché esa metáfora mercantil más de una vez, para referirse a historias infortunadas de mujeres solteras que debían cargar con la mala fama de haber sido abandonadas.

En los primeros momentos de sus entrevistas, siempre se hablaban así [del tiempo, de la salud del interlocutor], empleando fórmulas corteses y preguntando cosas insignificantes; su saludo era el saludo de ordenanza en sociedad; estrecharse la mano. Ni ellos mismos podrían explicar la razón de ese procedimientos extraño, que acaso fuese la cortedad debida a lo reciente e impensando de su trato amoroso. (Emilia Pardo Bazán: Insolación)


Uno piensa que la tradición del recato español marcó a tantas parejas que luego, una vez casadas, simplemente no funcionaron, porque sus integrantes no toleraban el contacto, pero la incompatibilidad en el diálogo táctil es más compleja. Se cuenta que durante la conquista de México por los españoles, el emperador Moctezuma, a quien los aztecas consideraban un dios, fue saludado por Hernán Cortés mediante un apretón de manos. Dos hombres pertenecientes a distintas culturas, que no habían tenido ningún contacto hasta entonces, iniciaron un diálogo de sordos, por el desconocimiento que cada uno tenía de la cultura del otro, en una situación capaz de decidir la suerte de sus dos naciones. Moctezuma había nacido y crecido en un ámbito palaciego donde tocarlo era un sacrilegio. Todavía hoy, cuando el Primer Ministro australiano o Michelle Obama toca la espalda de la reina Elizabeth II, la prensa se encarga de señalar la falta protocolar inaceptable. No se toca de ese modo a la reina. En otras épocas, la sanción hubiera sido la prisión o la muerte.
Las reglas de etiqueta de la corte española eran más liberales en el siglo XVI. El rey de España no hubiera aceptado que Cortés lo tocara de otro modo que besando su mano (en realidad, el anillo que ostentaba su mano y constituía uno de los emblemas del cargo). Era la forma de honrar a un alto prelado de la Iglesia: besar la amatista del anillo del Obispo, como recuerdo del día de mi Confirmación en la Nuestra Señora del Socorro.
Me cuesta a veces reconocer a mi madre en las fotografías, porque aparece mirando a cámara, por imposición del fotógrafo, cuando lo más probable era que en la vida cotidiana ella mirara el suelo y solo de soslayo uno pudiera tropezar con sus ojos. Ese contacto breve, como si tratara de evitar que la descubrieran en una actividad inadecuada, era una de sus características. Otras personas de su edad y condición pasaban revista a los niños con la mirada. Mi tía Matilde era implacable. Podía evaluar a cualquiera en pocos segundos y de todos modos no apartaba la vista, por encima de los anteojos. Mi madre había aprendido a desaparecer del diálogo sin moverse.

sábado, 25 de diciembre de 2010

Mundos paralelos: mis abuelos, mis padres y yo


Uno habla de sí mismo, no por satisfacción de ser quien es, sino por desconcierto, cuando trata de averiguarlo. Mis abuelos maternos llevaron en América la misma existencia precaria que habían sufrido durante siglos sus antepasados en la vieja Europa. Ellos venían del campo, eran agricultores, dependían de los ciclos incontrolables de la lluvia, la sequía, el calor, las heladas, la salud y la enfermedad. Generación tras generación, habían respetado los ritos de los cuales dependen la siembra, la cosecha y la fertilidad de los animales domésticos.
Al comparar a mis abuelos maternos con los paternos, advierto algo en común: cada pareja estaba formada por quienes habían nacido en distintos países. Ellos no hablaban la misma lengua (esa dificultad de comunicación que reaparece en los sainetes criollos de Armando Discepolo, Nemesio Trejo o Alberto Novión). Mis abuelos nunca hubieran tenido la oportunidad de conocerse, de no haberse decidido a emigrar en busca de mejores condiciones de vida.
Ignoro las circunstancias de su encuentro, pero sé que engendraron numerosos hijos y trataron de afincarse en un territorio inmensamente fértil y apenas poblado, hasta poco antes en poder de los indígenas, que les ofrecía la posibilidad de cultivar una parcela suficiente para alimentar a una familia hacendosa, pero no para permitirles que progresaran.
La casa que ocupaban mis abuelos maternos era chica para cobijar a tantos niños: una decena sobrevivió, pero es probable que fueran más. En un corral, criaban algunas gallinas. En otro, un único cerdo que faenaban en otoño, para alimentarse con sus conservas durante el resto del invierno. No creo que tuvieran una vaca que les diera leche, porque una vaca exige demasiado terreno alimentarse, y mis abuelos disponían de una superficie escasa, que dedicaban al cultivo de hortalizas, tubérculos y frutas.
Me hubiera gustado que tuvieran un caballo y un sulky (carruaje liviano de dos ruedas) en esa época en la que todavía no circulaban demasiados automóviles, para facilitar el desplazamiento de mis abuelos, por ejemplo, cuando mi abuela paría un hijo tras otro, pero lo más probable es que caminaran hasta el pueblo, cuando se trataba de hacer algún trámite, y que mi abuela pariera en su propia cama, ayudada por alguna de las vecinas o las hijas mayores.
La escuela quedaba lejos de todo y era un lujo para los hijos que no estaban ocupados en mantener la producción de la chacra. Si alguien les escribía una carta, no había cartero que se aventurara tan lejos, por lo que la correspondencia dirigida a ellos quedaba depositada en el comercio más próximo, adonde ellos acudían en busca de comestibles.
Toda la vida del grupo familiar se organizaba en torno al pequeño territorio de la chacra. No estoy seguro de que tuvieran electricidad, y en tal caso se iluminarían en las noches con débiles lámparas de kerosene. Si la electricidad hubiera llegado a ese lugar, la radio pudo ser su contacto más directo con el resto del mundo: ellos se habrían enterado por las emisiones radiales de las guerras mundiales, de las crisis económicas, de las canciones de moda, pero incluso en tal caso, el contacto con el resto del mundo hubiera sido unilateral, porque la posibilidad del diálogo que suministra el teléfono, todavía les resultaba desconocido.
Mis abuelos maternos vivían (también murieron) muy lejos de comodidades que para mí son imprescindibles en la actualidad, limitados a una visión del mundo que me cuesta reconstruir. Al evocarlos, no pretendo demostrar los cambios que ha sufrido la sociedad en poco más de un siglo, sino confesar la extrañeza ante la pluralidad de experiencias que revelan esos cambios.
Mis abuelos paternos vivían en el perímetro de San Pedro. Él era más de veinte años mayor que ella, y antes de casarse había juntado suficiente dinero en su comercio, como para viajar dos veces a Europa y visitar las grandes ferias mundiales de la época. Allá adquiría pinturas mitológicas cuyo significado es probable que no conociera, juntaba enciclopedias y libros de Historia ilustrados, que años más tarde terminaron arrumbándose en un cobertizo, junto a la pieza de la empleada, porque nadie los apreciaba, mandaba a sus dos hijos varones a estudiar en el viejo Colegio de San Carlos, internados, lejos de San Pedro, como parte de un proceso que hubiera debido culminar con ambos convertidos en profesionales universitarios.
Ningún proyecto de mi abuelo pudo estar más descaminado. Mi padre detestaba que lo obligaran a estudiar violín y en lugar de plantearlo de ese modo, en el taller del colegio se las compuso para dañarse un dedo por el resto de su vida.
Luego, a los dieciocho, mi abuelo le entregó las llaves de un auto que mi padre chocó, ignoro si alcoholizado o no. En lugar de informarlo, se metió en cama, a la espera de no imagino qué milagro capaz de librarlo de la inevitable reprimenda de mi abuelo, porque tenía una costilla rota.
La idea de que sus hijos varones se limitaran a ser comerciantes como él, nunca satisfizo demasiado a mi abuelo, pero al fin y al cabo eso era todo lo que cabía esperar de ellos, por lo que diez años antes de morir, se apresuró a repartirles una herencia que no se habían ganado.
Mi abuelo paterno era un hombre bien informado, menos por los estudios formales que nunca tuvo, que por la decisión de mantenerse actualizado. Cuando tenía setenta años cambió de oficio, dejó el comercio que había atendido desde la infancia a un sobrino político, y luego a mi padre, el mayor de los hijos varones, se mudó con el resto de la familia a una ciudad más grande, Mar del Plata, en la que supuso que sus hijas tendrían mejores oportunidades de hallar marido, instaló un hotel con el nombre de su comarca y aprendió a tocar el piano sin ayuda de nadie. Era un hombre a quien la gente recordaba como alguien decidido, rara vez amable, pero de todos modos digno de admiración, que se hizo a sí mismo y marcó la existencia de quienes lo rodeaban.
Escribo este blog, que a pesar de los límites que plantea su temario, tiene lectores en cuatro continentes, desde un país que no es aquel donde nací, en un rincón de una gran ciudad, lo más lejos posible del tráfago de las calles que transito casi todos los días. Aunque es una zona residencial, cuando me asomo a una ventana de mi oficina, enfrento las ventanas de algunos vecinos, a quince metros de distancia. Por las noches (aunque apague las luces) el resplandor del cielo me recuerda que continúo en medio de un denso asentamiento humano. Si bien puedo prescindir de mis visitas a las bibliotecas o archivos públicos que necesito para efectuar mi trabajo, no porque haya acumulado una enorme colección de documentos, sino por disponer de acceso telefónico a un par de buscadores de Internet y varios corresponsales distribuidos en distintos países, que me suministran los datos que requiere la elaboración de mis propios textos. Conozco (de manera insuficiente) varias lenguas modernas que me permiten acceder a la producción intelectual de otras culturas y épocas. Recibo llamadas telefónicas que anulan las distancias que me separan de mis interlocutores. Enciendo el televisor y recibo decenas de señales a través de un satélite que orbita a suficiente distancia de la Tierra, como para conectarla en su totalidad y convertirme en testigo de los dramas que ocurren en cualquier rincón del planeta, según se anuncia, en vivo y en directo.
No sé si mi vida ha sido más fácil o más difícil que la de mis antepasados, pero me consta que es otra. Pude estudiar y enseñar, viajé, residí en varios países, he conocido a gente que proviene de culturas distintas de la mía, por lo que aprendí a tolerar y en muchos casos disfrutar las diferencias que se definen entre nosotros, leo libros y los publico, miro programas de televisión y a veces los produzco.
Mis territorios son otros, evidentemente más complejos y sobre todo más inestables que aquellos ocupados por mis abuelos y mis padres, para no nombrar nada más que aquellos a quienes conocí y con quienes puedo comparar mis experiencias.
Lo que ocurre en el interior de este territorio, a veces me abruma, porque no consigo entenderlo de manera satisfactoria, ni mucho menos controlarlo. Cuando trato de imaginar la existencia tediosa y modesta que sobrellevaron mis abuelos a comienzos del siglo XX, la tarea se revela superior a mi imaginación, como les resultaría a ellos entender mi existencia actual (si por un milagro resucitaran). Tres o cuatro generaciones han cambiado la faz del mundo y no dejan de hacerlo a cada rato, no siempre para volverlo más amable.

viernes, 19 de noviembre de 2010

La casa-fortaleza de mi abuelo

Hoy mi casa natal, en Chivilcoy y Libertad
Mi abuelo paterno era español, viejísimo, totalmente calvo, callado, bastante sordo, a pesar de lo cual tocaba el piano, sin haber estudiado música, con más decisión que arte. Debió nacer en lo alto de una serranía del país vasco, un territorio hermoso pero insuficiente para mantener a sus pobladores, que se dedicaban a la agricultura y veían como una amenaza contra sus costumbres centenarias (los fueros medievales) las leyes modernas impuestas por Napoleón a comienzos del siglo XIX, que los obligaban a repartir su escaso patrimonio por igual entre todos sus hijos.
En algún momento me dijeron (ya no recuerdo quién) que la aldea natal de mi abuelo estaba cerca de Roncesvalles, en los Pirineos, el sitio donde en 778 se habría librado el enfrentamiento con los musulmanes que recuerda El Cantar de Roldán. Al buscar información sobre esos parajes, descubro imágenes de conventos medievales y grandes casonas blancas, con aristas de piedra al descubierto, que albergaban al ganado en la planta baja, y una extensa familia en los pisos superiores. De ese mundo arcaico, mi abuelo fue expulsado en la niñez, con el objeto de que cruzara el Atlántico y no estorbara en la sucesión de la familia, que debía favorecer al hermano mayor (el primogénito) y excluir al resto.
Una vez que mi abuelo llegó al país sudamericano donde iba a pasar el resto de su vida, cuando se instaló en la periferia de un pueblo del interior de Argentina, él o su tío Manuel Altolaguirre eligieron a comienzos del último cuarto del siglo XIX, a constructores nacidos en el sur de Italia, para que alzaran el local del comercio y la casa adjunta, en la que debería crecer paralelamente su capital y su familia.
Decenas de maestros de obra y albañiles, inmigrantes como mi abuelo, se habían afincado en San Pedro y dejaron su huella en los edificios del centro del pueblo, con sus patios embaldosados, las galerías que los rodeaban y las filas de habitaciones construidas bajo su protección, siguiendo un modelo milenario que se encontraba vigente en las viviendas del Imperio Romano. Un edificio muy parecido al de mi abuelo, aparece en las viejas fotografías del Zanjón de Mora, a pocas cuadras de la iglesia de Nuestra Señora del Socorro.
Esos operarios decidieron con toda seguridad la ornamentación de la casa de mi abuelo: los arcos románicos resguardados con rejas que imitaban los rayos del sol, que coronaban las grandes puertas y ventanas de la fachada, el encasetonado decorativo de los muros exteriores, que sugería bloques de piedra, en la ochava la cabeza de un león sosteniendo una serpiente en las fauces, las cornisas y balaustres que coronaban el edificio y se fueron extraviando con el tiempo.
Los muros de la casa de mi abuelo tenían más de cincuenta centímetros de espesor. Cuando yo era chico, esos ladrillos no se fabricaban más, y en las construcciones de barrio habían sido reemplazados por otros que eran la mitad de su tamaño. Todo era desmedido en el edificio original. Los techos tenían más de cinco metros de alto. Las puertas estaban forradas de chapa metálica y las ventanas se encontraban protegidas por fuertes rejas de hierro y persianas de madera por el exterior, celosías metálicas hacia el patio. Era una casa-fortaleza, que se hubiera podido defender de cualquier ataque de indios o matreros, cuando ellos constituían una amenaza y no eran vistos como los perdedores de la Guerra del Desierto.
Trampa de osos
En el interior de la casa de mi abuelo, había un gran tanque elevado siete u ocho metros sobre el suelo, que aseguraba la provisión de agua durante más de una semana. Las bodegas guardaban todo tipo de alimentos y combustible. Desde la terraza que cubría la parte principal del edificio, hubiera sido fácil disparar con un anticuado trabuco naranjero, contra los agresores de a pie o a caballo, a través de los balaustres decorativos, pero también defensivos. En un rincón del corral había (abandonadas quién sabe desde cuándo, por el óxido que las corroía) dos trampas para osos que mi abuelo importó de Europa. Osos no había en San Pedro, cuando mi abuelo vivía en la casa y dudo que los hubiera antes, pero lo más probable es que mi abuelo planeara defenderse de asaltantes humanos, que de atreverse a poner un pie en alguna de ellas, no tardaría en encontrar una de sus pantorrillas perforadas por puntas de hierro de tres pulgadas de largo, que lo desangrarían, si no lo dejaban lisiado. Así era él, generoso cuando estaba convencido de que eso era lo correcto, pero en nungú caso incauto.
Mi abuelo controlaba sus dominios con decisión y supongo que sin oponentes, porque en el barrio se lo recordaba muchos años después de que se hubiera marchado, como un hombre fuerte y justo, con quien no se discutía ni permitía bromas. Debajo de la caja registradora, fuera de la vista de la clientela de su almacén, pero en un lugar bien conocido por las anécdotas que se contaban, mi abuelo guardaba un garrote que debe haber esgrimido más de una vez, cuando un borracho lo importunaba.

Home is so sad. It stays as it was left / Shaped to the confort of the last to go / As if to win them back. Instead, bereft / Of anyone to please, it withers so, / Having no heart to put the deft. (Philip Larkin: Home is so sad)

viernes, 12 de noviembre de 2010

Arqueología personal


Cada uno nace donde el azar o Dios (de acuerdo a sus convicciones) decidieron que naciera. Nadie suele preguntarse demasiado sobre las circunstancias que rodearon ese evento, fundamental para el observador y poco relevante para el resto de la humanidad. Yo nací con toda probabilidad en la misma cama de metal esmaltado, para que simulara madera, en la que fui engendrado, el mueble más moderno de esa casa donde había altas sillas Reina Ana, con patas de garra de león en el comedor, estrechos silloncitos Biedermeier en los que nadie se sentaba nunca, enormes roperos victorianos donde hubiera podido ocultarse un asesino o dos, como alguna vez nos intimidaron.
La mayor parte de esos artefactos había sido dejado atrás por los anteriores ocupantes de la casa: mi abuelo, posteriormente su cuñado, hasta que finalmente se convirtieron en los objetos de mis padres y nuestros, a lo largo de un proceso de acumulación que rara vez enfrentaba la decisión de desechar nada.
La cocina de hierro podía tener más de medio siglo de antigüedad y estaba en perfectas condiciones, con su gran plancha en la que se podía asarse la carne, el horno donde calentábamos naranjas con miel en invierno y el hornillo que periódicamente alimentábamos con maderas o trozos de carbón y lográbamos mantener durante las jornadas frías una temperatura cálida en ese ambiente. Por lo tanto, allí se comía, allí se hacían las tareas escolares, allí se escuchaba radio, allí se secaba ropa, se tejía o remendaba, se jugaba a la Lotería o las damas chinas, alrededor de una gran mesa, no muy lejos del fuego. Todas las casas de la vecindad tenían una cocina similar. Eran pesadas, indestructibles y cuando se las comenzó a sustituir (en nombre de la modernidad) por malolientes cocinas a kerosene, que solo se encendían para calentar alimentos, las relaciones de la familia cambiaron.
Recuerdo los mosquiteros de tul amarillento, guardados en cajas de cartón, sobre los roperos, que se desempolvaban durante los veranos húmedos de San Pedro, estructuras engorrosas de instalar, que alguna vez se utilizaron para proteger las camas de niños y adultos del tormento de los mosquitos, que llegaban de la laguna cuatro meses por año. Tenían la desventaja de impedir la circulación del aire en esas noches de verano en las que nadie conseguía pegar los ojos. En algún momento aparecieron las espirales de piretro, que se quemaban lentamente, durante las ocho horas de oscuridad y dejaban una huella de cenizas grises que copiaban la forma que habían tenido.
Los pisos eran de baldosas de cerámica roja, que mi madre, temiendo resbalones, nunca aceptó encerar, como hacían nuestras vecinas, Sofía B. o las hermanas F. que obligaban a los visitantes a calzar patines de tela, para no dejar huellas en la pulida superficie. Las paredes conservaron hasta cerca de la mitad del siglo XX, la complicada pintura mediante estarcido en varios colores, que debió estar de moda cuatro o cinco décadas antes y mi padre decidió modernizar, cubriéndolas de un aburrido color verde Nilo. Los techos, de cinco metros de alto, tenían cielorrasos de arpillera pintados con tiza, que soportaban el paso de los ratones y a veces también el de los gatos que subíamos para eliminar a los roedores.
En mis sueños, la casa tenía pasadizos secretos, altillos inexplorados, escaleras empinadas, que en la realidad no existían. No obstante, la esquina del almacén de Ramos Generales planteaba enigmas. El sótano no era muy grande y estaba debajo del Despacho de Bebidas. Se bajaba por una puerta trampa que debía abrirse con precauciones, porque estaba en un rincón oscuro y sin señalización de ningún tipo. Al bajar, uno quedaba envuelto en los vapores de los grandes toneles de vino que allí se guardaban. Era un mundo mal iluminado, húmedo, perfumado, con desniveles, clausurado por las telarañas. Me hubiera gustado que continuara en cualquier dirección, como se decía del túnel del convento frente a la iglesia de Nuestra Señora del Socorro, para brindar las sorpresas que no encontraba en la vida cotidiana.
Ciertas zonas del almacén, las partes altas de la estantería o los grandes cajones de la parte inferior, revelaban a veces lo inesperado. En un cajón repleto de viejas mechas para lámparas de kerosene, que habían dejado de usarse en el barrio un par de generaciones antes, descubrí hermosos mecheros de bronce, inútiles para cualquiera que no fuera un coleccionista de lámparas de kerosene. En otro escondite aparecieron balas polvorientas y puntiagudas, que me dediqué a desarmar con un cortaplumas, para averiguar cómo eran por dentro. Un gran dispensador de sogas de distinto calibre, utilizadas en el pasado para elevar de los pozos los baldes llenos de agua, servía como separador del local de Ramos Generales del Despacho de Bebidas. En el fondo de la vitrina de la papelería, hallé pliegos de papel tornasolado, como el que se empleaba para el interior de las tapas de los grandes libros y no servía para forrar cuadernos escolares. El almacén era inagotable. En el patio quedaban, oxidándose lentamente, las rejas de hierro forjado que mi padre o mi abuelo habían eliminado en alguna remodelación, junto a los restos de un auto que mi padre chocó antes de alcanzar la mayoría de edad. Veinte años después de haberse marchado, las huellas de mi abuelo estaban presentes en objetos que mis padres no utilizaban y hasta parecían no percibir.
La variedad de olores que brindaba el local era asombrosa. Estaba el perfume a desinfectante que emanaba de las pastillas de jabón Salvavidas y el de romero que provenía del jabón Lux de tocador, el lacre que se encendía con un fósforo y permitía sellar las cartas, el del tabaco rubio y el tabaco negro, el olor denso de las piezas de bacalao seco y la panceta ahumada que se conservaba en un cajón lleno de sal gruesa, el torbellinos de aromas provenientes de la fiambrera, donde se guardaban los quesos de rallar, los mantecosos, las piernas de jamón crudo, los salames y mortadelas que olían a comino y clavo de olor, los toneles de vino que perfumaban el sótano, el olor pungente del carbón, del alcohol de quemar, del café que se guardaba en grano y se molía delante del cliente, el aroma a vainilla de las latas de galletitas Bagley, de los paquetes de yerba mate, de las latas de té. Durante décadas, la memoria atesora esos datos en los que apenas se piensa, que parecen no tener ninguna importancia y de todos modos no se borran.
Las casas de mis vecinos deparaban otros misterios. Los Boccardo, por ejemplo, disponían los roperos en diagonal, en una esquina de los dormitorios, y detrás de esos grandes artefactos guardaban cosas que podían no ser tan extrañas (revistas viejas, escupideras enlozadas) pero no podían ser vistas de inmediato, y al ser descubiertas por un chico adquirían el aura de lo oculto. En esa casa, las lámparas de flecos de mostacilla eran de otra época, como las tazas de loza inglesa pintada o el hule que cubría la mesa de la cocina. Todo estaba allí desde mucho tiempo antes, perfectamente conservado, cada cosa poseía una Historia (o varias) que podía conocerse apenas uno efectuaba preguntas en el momento oportuno, a la persona adecuada.

viernes, 5 de noviembre de 2010

Rituales: salir de visita

Cartones y fichas de lotería
La cercanía de las casas de los amigos te convierte (…) en hijo de otra gente, Y te ayuda a querer a otros padres (que son otros mundos), a conocerlos en la intimidad y la sobremesa. (Hernán Casciari: El milagro de los pueblos)
A mediados del siglo XX, los niños jugábamos desde muy temprano a las visitas, como una forma de entrenarnos en el empleo de los códigos de comportamiento, que luego ordenaban la vida de los adultos. Durante el juego, se hablaba de los temas habituales entre los adultos, como el tiempo, el estado de salud de la familia, el trabajo de los hombres, las preocupaciones domésticas de las mujeres, a lo que se sumaban las inevitables distorsiones que introducíamos los desinformados observadores infantiles. No solo eran las convenciones de la charla de los adultos. También se imitaba hasta la caricatura, su gestualidad convencional y el empleo del tiempo libre.
Juego de té.
Para que nos resultara más fácil asumir esos roles tan complejos, disponíamos de sillitas y mesas construidas a nuestra medida, tacitas de loza o lata estampada, cucharitas, tenedores, vasitos que permitían reproducir los encuentros de los adultos que habíamos presenciado tantas veces. Ir de visita era uno de los juegos preferidos de las niñas, que incorporaban a sus hermanos o primos menores, para que cumplieran el rol de hijos.
Los adultos también recibían visitas en sus casas, en ocasiones preparadas para esos encuentros, como sucedía con los cumpleaños, las fiestas religiosas y días correspondientes al santo del visitado, que esperaba esas muestras de afecto y las retribuía con copitas de licores caseros, refrescos y pasteles que a nadie se le hubiera ocurrido comprar en la panadería. Fuera de esas fechas, se aprovechaba cualquier oportunidad, como hacían mi madre y sus hermanas, para visitar a los parientes y amigos que no vivían en el barrio. Cargaban con los niños, que garantizábamos la inocencia de tales salidas ante los maridos celosos, y recorrían a pie una distancia que podía ser de varios kilómetros, como quien se encamina en una peregrinación. Cuando llegábamos, nos ofrecían algún refresco hecho en casa (limonada, horchata) y nos invitaban a que jugáramos en otra parte, lejos de los adultos, con los niños de la casa, porque en esos momentos las amigas debían entregarse a las confidencias que justificaban el viaje y nosotros no debíamos oír.
Las visitas se recibían y pagaban, en un orden estricto. Aquellos que un día llegaban a la casa de alguien, esperaban que la respuesta fuera la aparición de esa persona por su casa, tiempo después (no demasiado tarde, para evitar disgustos). Cuando alguien dejaba de visitar a un conocido que lo había visitado previamente, las relaciones entre ambos se tensaban y podían cortarse si la falta de correspondencia se prolongaba.
Los niños de mi familia visitábamos en cualquier momento la casa de nuestros vecinos y amigos, los Boccardo. Lo más probable es que la puerta de ellos estuviera abierta, para facilitar la ventilación, pero de todos modos golpeábamos las manos antes de entrar, o utilizábamos el llamador, que era una pesada mano de bronce con una bola sujetada. No recuerdo oportunidades en que los vecinos nos rechazaran. Ellos continuaban su vida siempre atareada, como si nuestra presencia formara parte de su rutina. Por eso nos ofrecíamos para ayudarlos de distintas maneras (bombear agua, traer leña para la cocina, recoger huevos del gallinero, secar los platos que acababan de lavar). En esa casa había siempre algo interesante para nosotros (un ejemplar de Radiolandia que no habíamos visto, la posibilidad de oír un programa familiar de radio El Mundo (Los Pérez García) el disfrute de un pan con mermelada de ciruela que no tenía el mismo sabor que la mermelada de ciruela preparada por nuestra madre).
Cuando no encontrábamos afecto suficiente en casa, porque nuestros padres no eran felices juntos, lo buscábamos cruzando la calle, y habitualmente allí estaba disponible, sin preguntas de los dueños de casa, ni necesidad de dar explicaciones por nuestra presencia.
Las visitas son los actos que más eficazmente contribuyen a fomentar, consolidar y amenizar las relaciones amistosas; a conservar las fórmulas y ceremonias que tanto brillo y realce prestan a la socializad; a facilitar todos los negocios y transacciones de la vida, y a formar, en fin, lo buenos modales y todas las cualidades que constituyen una fina educación. (Manuel Carreño: Manual de Urbanidad y Buenas Costumbres)
Tanto en invierno como en verano, los sábados por la noche, chicos y adultos salíamos a visitar amigos y parientes, dentro y fuera del barrio. Los hombres llevaban linternas, con las que iluminaban las veredas poco confiables de esas calles de tierra. Llevábamos a veces los cartones del juego de Lotería, para entretener la velada. La conversación de los adultos no era siempre la más adecuada para ser oída por los niños. La Lotería, en cambio, podía reunirnos a niños y adultos por igual, en torno a la gran mesa de la cocina, cada uno con tres cartones elegidos al azar y un montón de granos de maíz que permitían marcar los puntos que se iban cantando. No había premios. El ganador de una quintina, de un cartón o de los tres, no tenía otra satisfacción que el haber sido favorecido por la suerte. En otras oportunidades, jugábamos a la perinola, apostando de nuevo granos de maíz o porotos, un capital simbólico que se encontraba al alcance de todos.
Es curiosa la imagen que uno se forma durante la infancia del mundo de los adultos. Al parecer, nada muy dramático sucedía en esas vidas rutinarias. De pronto, una muerte, una enfermedad que no nos mostraban en detalle, pero también las fiestas en las que participábamos, y el resto de tiempo solo actividades irrelevantes, conversaciones amables, que ocurrían en el seno de la familia, bajo el escrutinio del núcleo de amistades, un ámbito distante de los conflictos contemporáneo, como de la mitología de los medios a la que hoy nos vemos expuestos. Ir de visita era salir de nuestros límites habituales, para confirmar que más allá continuaba siendo casi lo mismo.
En la eventualidad de alguna crisis familiar, los conocidos a los que visitábamos aparecían por la casa, para confirmar el lazo de amistad existente, para auxiliarnos o consolarnos. a los enfermos, a los que habían sufrido la pérdida de algún pariente o disfrutaban el nacimiento de un hijo. La oportunidad de las visitas, como su duración y los temas que en ellas podían tratarse, se encontraban reglamentadas desde hacía un siglo en el Manual de Urbanidad y Buenas Costumbres de Manuel Carreño, un texto que no recuerdo haber visto en las casas del barrio, pero debía haberse difundido mucho antes, de boca en boca, generación tras generación, desde que fuera escrito a mediados del XIX, en una Venezuela que salía una guerra civil para internarse en otra, hasta convertirse en un saber que compartía toda la comunidad y nadie se hubiera atrevido a desafiar.