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viernes, 12 de febrero de 2016

Ersatz: alcances de una cultura provinciana


¿Qué somos, qué es cada uno de nosotros, sino una combinatoria de experiencias, de informaciones, de lecturas, de imaginaciones? Cada vida es una enciclopedia, una biblioteca, un muestrario de estilos donde todo se puede mezclar continuamente y reordenar de todas las formas posibles. (Italo Calvino)

Franz Kafla
Al convertirme en adulto, mi cultura (no hubiera podido ocultarlo) estaba organizada a partir del ersatz (sustituto) de lo que podía considerarse la Gran Cultura moderna, de acuerdo a la guía no siempre confiable que planteaban los suplementos dominicales del diario La Nación y una polvorienta colección de la revista Sur de Victoria Ocampo, descubierta en la Biblioteca Pública de San Pedro. ¿Cómo hubiera llegado a conocer, por ejemplo, los textos de Kafka y Faulkner, el teatro de T.S.Eliot y Samuel Beckett de otro modo? Los cursos de Literatura Española y Latinoamericana que recibíamos en el colegio secundario, no iban más allá de algún poema de Rubén Darío, capítulos de Don Segundo Sombra y ciertos cuentos de Benito Lynch. Hasta un adolescente desinformado, como era mi caso, percibía que eso no debía ser todo.
La cultura clásica me intimidaba, por las enormes dimensiones con que se anunciaba y la disparidad de contextos históricos que exigía conocer. La colección de Clásicos de la Literatura Universal, con sus pequeños volúmenes ilustrados, intentaba hacerme creer que a los doce años había leído ya La Ilíada, la Odisea, Edipo Rey, El Cantar del Mío Cid, El Quijote, etc. entre otras obras fundamentales de la Literatura, cuando solo me habían suministrado acceso a versiones resumidas, que volvían innecesaria la consulta de los textos completos.
Eso alimentaba el efecto Selecciones del Reader´s Digest: puesto que la editorial se encargaba de leer por mí un libro célebre, para ofrecerme un cómodo sustituto (ersatz) del original, me brindaba la oportunidad de convertirme en la peor clase de ignorante que existe: la de aquellos que creen saber algo, aunque solo es por encima, y de acuerdo a esa convicción ya no creen necesario intentar otro acercamiento, en serio. Si tardé diez, quince y hasta cuarenta años en reintentar la lectura frustrada, hubo casos (Mío Cid) en que la tarea quedó postergada hasta mi próxima reencarnación.
Siempre supe que no me correspondía enorgullecerme de mis límites imposibles de ocultar, ni de presentarme como una de las tantas víctimas de una sociedad que esperaba de mí una actitud más conformista: me había tocado la suerte de nacer en un rincón del mundo, en una época, en un sector de la sociedad, que si bien no se me prohibía el acceso de la cultura, tampoco iba a facilitármelo.
No necesitaba disculparme por las deficiencias de mi formación básica: era lo que había conseguido y si bien se mira, no lo desaproveché. ¿Por qué debería avergonzarme de lo que obtuve, cuando me permitió organizar un proceso de aprendizaje que insumiría años y años, en gran parte por mi cuenta y riesgo, aunque partiera de bases tan endebles?
Robert Wiene: El gabinete del Dr. Caligari
Supe de la existencia del cine expresionista alemán al leer La Pantalla Diabólica de Lotte Eisner, un texto inspirador (que estimulaba a investigar) y al mismo tiempo resultaba desesperante, porque describía un universo tan atractivo como inaccesible. Eisner había visto en su juventud, treinta años antes, filmes de Murnau que al parecer estaban perdidos. Ella había sido testigo privilegiado de una era del cine cuya existencia me era informada y sin embargo me resultaba imposible conocer.
David W. Griffith: Intolerancia
Por entonces me enteré de que cuarenta años antes, durante la Primera Guerra Mundial, se habían producido Birth of a Nation e Intolerance, según The Rise of the American Film de Lewis Jacob, un volumen en inglés, que a alguien acostumbrado a las escuálido lecciones de Miss Austin y Miss Figueroa le costaba leer. Probablemente debo haberlo encontrado también en los estantes de la Biblioteca. El libro incluía fotogramas deslumbrantes, que avivaban mi deseo de ver esas películas y otras, que no debía esperar que fueran proyectadas en el Cine La Palma o el Plaza, mis únicas alternativas para acercarme al cine en San Pedro. Cuando revisaba la página de espectáculos del diario La Nación o escuchaba Diario del Cine, el programa de Chas de Cruz en radio Belgrano, sabía que las películas que se estrenaban en Buenos Aires, tardarían no menos de un año en exhibirse en mi ciudad.

Es lamentable que la gran mayoría de los seres humanos nace como un ser original y muere como una copia. (Carl Jung)

Frank Lloyd Wright: Casa Kauffman
El desfase cultural entre la Capital y la Provincia, entre lo que podía ser actual y lo que resultaba inevitablemente desactualizado, entre lo auténtico y el sustituto, reaparecía en todo lo que descubría en el ámbito de la cultura, y por más que me molestara, no había manera de superar el handicap.
Me estaba permitido conocer la arquitectura de avanzada de Frank Lloyd Wright y Le Corbusier, gracias a la colección de la revista Sur de los años ´30. Debía resignarme a que la información estuviera desactualizada, porque ¿acaso hubiera encontrado en mi ciudad estímulos parecidos?  Hoy sigo sin haber recorrido la casa Kaufmann como deseaba entonces, pero desde mi escritorio me está permitido acercarme desde el aire, utilizando los mapas de Google; he llegado a recorrerla virtualmente, con el auxilio de un video de You Tube. Descubierta a los diecisiete o dieciocho años, cuando todavía soñaba con estudiar Arquitectura, la casa era mostrada a través de unas pocas fotos en blanco y negro, situación que resultaba una tortura. Yo quería mucho más, la experiencia de la cosa real, y algo así no iba a conseguirlo.
Tarde o temprano, el ersatz dejaba en evidencia sus límites odiosos. Más de lo que el medio había dispuesto conceder a quienes participaban en el juego, no había. Eso, a todas luces insuficiente, era todo lo que obtendría, porque la experiencia de lo real se encontraba reservada a quienes estaban en condiciones de pagarla, que eran tan pocos a mediados del siglo XX, como habían sido en el Medioevo o la Antigüedad. Nuestra única diferencia, aquello que podíamos considerar una ventaja de la modernidad, era que se nos invitaba a ser espectadores de un esplendor distante y ajeno.
Leopold Stokowski en Fantasía (Walt Disney)
Entré en contacto con la música de Bach y Beethoven, gracias a los Conciertos del Sábado que programaba Julio Gallino Rivero en Radio Excelsior y los maltratados  álbumes de discos de 78 rpm de mi tía Elvira, que ofrecían las discutibles transcripciones de Leopold Stokowski. Ahora sé que puede ser considerada una traición que una Tocata y Fuga en Re menor de Bach suene como si fuera otra pieza de Musorgski (tampoco el auténtico Musorgski, sino aquel que había sido retocado primero por Rimsky-Korsakov y luego por el mismo Stokowski).

Si Beethoven hubiera nacido en Tacuarembó, hubiera llegado a ser director de banda. (Eduardo Galeano)

La cadena de sustitutos de los grandes hitos culturales que hallé en mi adolescencia, filtraba, edulcoraba y terminaba por desvirtuar todo lo que había caído bajo su control, pero en ese momento yo no estaba en condiciones de darme cuenta, ni tenía demasiadas posibilidades de recurrir a algo mejor. Gracias al contacto con el ersatz, pero también a pesar de la inadecuación del ersatz, me sería dado alcanzar alguna vez a la experiencia de lo auténtico, o lo que todavía era más desalentador, podría quedarme definitivamente a medio camino: ni tan ignorante, ni bien informado.
Haber nacido en una ciudad provinciana, promediado el siglo XX, me aseguraba cierto contacto espurio con la Cultura, que hubiera sido impensable pocos antes, pero a la vez planteaba un peligro nuevo: que armara una cultura de sustitutos.
Lata de dulce
La imagen de La Gioconda había estado siempre a mi alcance, impresa en las redondas latas de dulce de membrillo o batata. La Última Cena estaba representada en las latas de sardina. Dudo que fuera la mejor forma de acercarse al arte del Renacimiento. ¿Por qué tomar en consideración algo que había sido reproducido incontables veces y se encontraba ligado al consumo? Tampoco las páginas centrales de la revista Para Ti que coleccionaba Sofía Boccardo, nuestra vecina y amiga, eran la guía más idónea para entrar en contacto con las artes plásticas, pero gracias a esas imágenes borrosas y los breves párrafos biográficos que las acompañaban, me fui familiarizando con las obras y los nombres de artistas que luego exploré por mi cuenta.
Pablo Picasso: Les demoiselles d¨Avignon
Hacia el fin de mi adolescencia, me familiaricé con las artes plásticas del Renacimiento y el mundo contemporáneo, a través de los grabados en colores de los libros editados por Skira, que atesoraba Pablo M., un amigo de más edad y mayores recursos que los míos. ¡Deslumbrantes láminas adheridas a las hojas de grueso papel! Gracias a esas láminas, la reproducción de una pequeña figura de Klee podía tener un tamaño parecido a la reproducción de la enorme Les demoiselles d´Avignon de Picasso. Aunque al pie de cada lámina figurara el tamaño de cada obra, no creo haber reparado en eso, y de hacerlo, de todos modos la experiencia del tamaño me resultaba ajena.
En el libro, el fondo de Le grand verre de Duchamp, una pintura transparente, era un muro blanco, neutro, no el resto de la sala donde se encuentra expuesto. Los nenúfares de Monet eran puestos cerca unos de otros, en lugar de ocupar una sala oval que rodea por tres de los lados al observador. En cuanto a la textura de una obra de Goya o Matisse, pasaba desapercibida en una lámina, que aparecía siempre impresa en papel brillante.
George Gamow
Nada de lo que había disfrutado era lo auténtico, y yo no hubiera debido ignorarlo, pero ¿cómo concebir la experiencia directa cuando solo se tiene la experiencia de los sustitutos? George Gamow planteaba en Un, dos, tres… Infinito, un libro de mi primo Carlos N. que leí por entonces, la dificultad que hubieran encontrado los habitantes de un mundo bidimensional que intentaran imaginar algo para nosotros tan familiar como el universo tridimensional. Hipotetizar algo parecido, solo era posible mediante un esfuerzo que desafiaba la razón; tener la experiencia era otra cosa.

En la época de la reproducción técnica de la obra de arte, lo que se atrofia es el aura de ésta. El proceso es sistemático; su significación señala por encima del ámbito artístico. Conforme a una formulación general, la técnica reproductiva desvincula lo reproducido del ámbito de la tradición. (Walter Benjamin: La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica)

Yo no podía haber leído por entonces los ensayos de Albert Bandura (fueron publicados una generación más tarde). Sin ese auxilio fundamental, no era capaz de sistematizar las diferencias que pueden darse entre la experiencia directa de la Gran Cultura y el ersatz, los sustitutos insuficientes que el azar ponía a mi alcance. Todo lo que podía obtener era una experiencia vicaria, gracias a los relatos de otras personas y la mediación de instituciones que me correspondía aceptar como modelos válidos, en un proceso que facilitaba el filtrado, la deformación, la interferencia, el debilitamiento de los objetos culturales.
No podía sentirme demasiado satisfecho, pero al mismo tiempo, si quedaba librado a mis propias fuerzas, no conseguiría ir más allá. Supongo que a partir de esa insatisfacción surgió el impulso de estudiar, de viajar y conocer lo que interesaba por mí mismo. Esa había sido la decisión de mi abuelo paterno, puesta en práctica en sus años juveniles, que sus hijos dejaron de lado.

¿Qué valor tiene toda la cultura, cuando la experiencia no nos conecta con ella? (Walter Benjamin)

viernes, 19 de julio de 2013

Historia sentimental de las máquinas de escribir

Desde hace más seis décadas, me siento casi todos los días ante el teclado de diferentes máquinas de escribir e intento cumplir con mi tarea, que me ha permitido ganarme la vida, unas veces mejor que otras, cuando redacto artículos periodísticos, guiones de cine, libretos de televisión, piezas de teatro, cartas a los amigos, ensayos sobre los medios audiovisuales, apuntes destinados a mis estudiantes universitarios o blogs como éste, que publico en la red.
Al comienzo, no comenzaba a escribir nada, hasta haber completado un borrador a mano, que era sometido a una multitud de correcciones y agregados que le volvían ilegible para cualquiera que no fuera yo. Con el tiempo, esos preparativos se acortaron y luego desaparecieron. No es improbable que al enfrentarme a la máquina, no tenga una idea demasiado concreta de lo que voy a hacer durante esa jornada. Son tantos los años, que parte de ese trabajo se ha vuelto inconsciente.
No pienso donde debo apretar las teclas para redactar una frase. Alguna vez utilicé mis diez dedos. En la actualidad no estoy seguro de cuántos dedos empleo. Probablemente son cuatro dedos de la mano izquierda y tres de la derecha.
Mi primer contacto con una máquina de escribir fue a los once años, cuando me preparaba para estudiar en la secundaria. Una de las materias que aprendíamos en la llamada Sección Comercial Anexa al Colegio Nacional de San Pedro, era Mecanografía. Recuerdo al profesor Ernesto Rosito, obligándonos a memorizar el teclado: qwertyuiop, asdfghjklñ, zxcvbnm, para teclear a continuación, sin mirar, los ejercicios sin mayor sentido que iban a acostumbrarnos a escribir “al tacto”; vale decir, sin mirar el teclado y utilizando los diez dedos.
Evoco el ruido ensordecedor generado por una treintena de estudiantes escribiendo al mismo tiempo. Semanalmente nos sometíamos a dictados, que ponían a prueba la velocidad y exactitud de la escritura (los errores quedaban en el papel, antes de la invención de los papeles y el líquido corrector que llegaron en los ´70).
En ese momento adquirí las cincuenta palabras por minuto que todavía estoy en condiciones de tipear (aunque en la actualidad cometa más errores que antes, confiado en la facilidad de las correcciones que me permite la computadora).
Antes de esas clases que se realizaban en una sala de la segunda planta del colegio, a la izquierda del salón de actos, descubrí que nuestros vecinos, los Boccardo, tenían un teclado de cartón impreso tal vez una generación antes, que reproducía la disposición de las teclas una máquina de escribir. Para facilitar el acostumbramiento de los dedos, el espacio de cada tecla se encontraba perforado en el cartón.
Durante mi adolescencia dependí de máquinas de escribir que pedía prestadas. La del martillero Calderón la utilizaba para escribir los artículos que comencé a publicar (con seudónimo) en La Palabra y El Imparcial. Cuando nos mudamos a Mar del Plata, usaba la Remington del Hotel de mis tíos. Uno de los primeros trabajos que me encomendaron, fue la escritura de los menús del comedor, dos veces por día. Usaba papel carbónico para evitar el tedio de tipear tantas veces lo mismo. Debo haber sido un buen mecanógrafo, porque entonces el intento de borrar una copia de papel carbón dejaba un borrón inaceptable.
En algún momento, mi padre me compró una vieja máquina portátil, una Olivetti de preguerra, de color gris verdoso, que hacía demasiado ruido, una situación que limitaba las horas de trabajo, para no molestar al resto de la familia. Esa máquina me acompañó durante seis o siete años, mientras estudié en la Universidad de La Plata y escribí artículos para la revista de cine que fundamos con otros compañeros, hasta que me fui a Europa y renuncié a llevarla conmigo. Se la dejé a mi padre, que la usó hasta el final de sus días. Era un equipo indestructible, que admitía el cambio del rodillo de goma, resecado por el tiempo y el constante golpeteo de la tipografía.
Una de mis primeras compras cuando llegué a Praga fue una hermosa máquina de escribir portátil, de marca Cónsul, que era un clon de la Lettera 22 de Olivetti y tenía la ventaja de contar con varias vocales acentuadas y la desventaja menor de algunas consonantes que solo existen en checo. En esa máquina escribí un libro de ensayos que nunca se publicó, sobre cinco directores de cine checo, un libro de poemas que extravié e innumerables artículos para una enciclopedia femenina que publicaba Editorial Abril, cuando regresé a Argentina. El borrado de los errores se había simplificado, gracias a la aparición de un líquido blanco que se aplicaba con el pincelito adosado a la tapa.
La Cónsul me acompañó hasta comienzos de los `80, pero durante los últimos cinco años descansaba en un estante de mi oficina, porque me sentía más cómodo con una IBM eléctrica, que utilizaba en mi oficina de la productora donde trabajaba. Al comienzo, me sentía traicionado por los dedos. Bastaba un toque mínimo para que la letra quedara impresa. ¡Nada que ver con la Cónsul, que exigía un golpe certero del dedo para imprimir. La IBM cambiaba de tipografía con solo quitar una bolita metálica y por entonces lo complementaba con una cinta correctora que dejaba una escritura perfecta.
Durante los `80 compré una Olivetti eléctrica, elegantísima, con una caja de fibra de vidrio negra y un sistema de impresión que se conocía como margarita y permitía cambiar la tipografía. Con ella escribí docenas de libretos de telenovela que se producían en Puerto Rico.
La nueva Olivetti era silenciosa, negra, bien diseñada en Italia (pero fabricada en Hong Kong), me permitía escribir hasta de noche sin que los vecinos del edificio donde vivíamos protestaran por el ruido. No obstante, la margarita de los caracteres era demasiado frágil para el uso intensivo que yo le daba (escribíamos seis capítulos de telenovela por día) y sobre todo había llegado tarde a un mercado en el que las máquinas de escribir estaban condenadas a competir muy pronto con equipos digitales.
Mi amiga Josefina Bigott compró para escribir la miniserie de televisión que estábamos armando a mediados de los `80, un procesador de texto cuya marca no recuerdo. Era un aparato grande y silencioso, con una pequeña pantalla en la que aparecía parte de lo que se escribía, en letras verdes fluorescentes, sobre fondo negro. Ese texto podía ser corregido sin dificultad antes de imprimirlo y nosotros utilizamos esa alternativa constantemente. Escribir era tan decisivo como corregir.
De todos modos, se anunciaba la era de la computación. En 1987 puse mis manos sobre el teclado de mi primera computadora personal, una Macintosh 512K Enhanced. La pantallita era del tamaño de una tarjeta postal. Me acostumbré a utilizar los diskettes de 3 ½” que introducía en la caja de la memoria adicional. Esa primera computadora me acompañó por doce años, desde Venezuela a Chile, más por hábito que por practicidad.
O.G. Macintosh 512K, 1990
Cuando la reemplacé por otra de la misma marca, con una pantalla tres o cuatro veces más grande, me había resignado a la idea de que los nuevos artefactos no debían durar mucho tiempo. Aunque me costara acostumbrarme a ellos, no tendría que reemplazarlos por otros más cómodos, con monitores que reproducían colores, pantallas de mayor tamaño, que al cabo de unos años se volvieron planas y me condujeron a Internet, antes de que terminara el siglo XX.
De la vieja Remington negra y lustrosa, provista de una cinta bicolor que saltaba en cada letra y ensuciaba los dedos al instalarla, ese artefacto que si era mal digitado enredaba dos o más tipos de metal que habían sido golpeados al mismo tiempo por un usuario impaciente, de la máquina cuya campanilla anunciaba el final del renglón, solo quedaba el recuerdo de un teclado en el que continuaba golpeando (ya no con la misma intensidad que sesenta y cinco años antes) qwertyuiop, asdfghjklñ, zxcvbnm, día tras día.

viernes, 25 de enero de 2013

Desprestigiadas buenas maneras (III)



Que usted será lo que sea / -escoria de los mortales- / un perfecto desalmado / pero con buenos modales. / Insulte con educación / robe delicadamente / asesine limpiamente / y time con distinción. / Calumnie pero sin faltar, / traicione con elegancia / perfume su repugnancia / con exquisita urbanidad. (Joan Manoel Serrat: Lecciones de Urbanidad)


Durante mi infancia, nos encargaban a los niños poner la mesa para los almuerzos que una o dos veces por año reunían a toda la familia. Las mujeres estaban ocupadas en la cocina, preparando enormes cantidades de mayonesa, ravioles y ensalada de fruta. Los hombres se reunían en torno al asado, que tardaba horas en llegar a su punto en el patio, mientras compartían vasos de vermouth, aceitunas, salame y queso. Los niños trabajábamos, ampliando la mesa oval del comedor, que no se usaba nunca, con dos tablas extras que se guardaban detrás de un aparador. Tendíamos un gran mantel a cuadros que tampoco salía del cajón donde se guardaba más que en raras ocasiones, colocábamos los platos y cubiertos (con los tenedores a la izquierda, el cuchillo a la derecha, con el filo en dirección opuesta al plato, como nos habían dicho).
Los adultos comían en la mesa oval y los niños en otra, cuadrada, en un rincón del comedor, tal vez acompañados por alguna madre con un hijo incapaz de alimentarse solo, para que no molestáramos en las conversaciones de los mayores, que podían volverse inapropiadas, a medida que el vino corría y las reglas de urbanidad se relajaban, hasta que alguien recordaba nuestra presencia y todo volvía al orden. Sin saberlo, estábamos aplicando las reglas de un Manual de Carreño que no habíamos leído y se comunicaba de generación en generación, verbalmente. Las tareas que realizábamos eran un juego y simultáneamente un examen de buenas maneras.
La mesa es un espacio decisivo para la puesta a prueba de las buenas maneras. Uno puede dejarlas de lado en el baño, donde se suele estar solo; o en el dormitorio, que se comparte exclusivamente con los más íntimos. Allí, las reglas quedan en suspenso.
La mesa, en cambio, aunque se encuentre en ubicada en un lugar reservado, brinda la oportunidad de una actividad pública, que se conecta con los negocios, los compromisos y homenajes. He compartido comidas con hindúes y egipcios, que utilizaban las manos y no cubiertos para alimentarse, cuando en mi infancia me enseñaron que solo el pan se tocaba y resto debía manejarse con cubiertos, por complicada que fuera la pieza que nos daban a comer. Las patas y alas de pollo terminaban por derrotar la paciencia de cualquiera, y en esos casos uno debía pedir disculpas antes de aferrarlas con la mano.
Con el tiempo, advertí otra característica de mis amigos musulmanes: solo utilizaban la mano derecha para conducir el alimento a la boca (la otra mano era considerada impura: la usaban para higienizarse con agua el trasero). ¿Se justificaba iniciar una guerra santa contra ellos, para imponerles el uso del tenedor y el cuchillo en un caso, y el papel higiénico en el otro? Las buenas maneras no se dan solas, forman parte de un tejido complejo de acuerdos que no se adoptan ni renuncian con facilidad. Aquellos que se creen dueños de la verdad, no tardan en alimentar conflictos que luego resulta difícil desmontar.
En el curso de mi vida me tocó asistir a un cambio de eje de las buenas y malas maneras, que alteró de manera perdurable la definición de unas y otras. A comienzos de los `60, la cultura juvenil comenzó a reclamar una paradojal independencia de la cultura de los adultos. Se necesitaba otro espacio, menos convencional y represivo que el descrito y codificado hasta la saciedad por Carreño.
Todo lo que pareciera relacionarse con el mundo de los adultos, quedaba automáticamente devaluado: el nudo de la corbata, el almidón y las ballenitas en los cuellos de las camisas, el agua de Colonia y las pastillitas Sen-Sen para mejorar el aliento, los pantalones con raya y bocamanga, las creencias religiosas tradicionales, el baile apretado de las parejas, el peinado con gomina de los hombres, los preservativos, puesto que se había impuesto la píldora anticonceptiva.
En el ambiente universitario se puso de moda hablar mal (no masacrando la sintaxis ni reduciendo el léxico, como sucede en la actualidad, sino utilizando un vocabulario obsceno que hasta poco antes se consideraba inaceptable en el dialogo de gente culta). Las jergas del marxismo y el psicoanálisis marcaban todo y pretender marginarse de ellas hubiera sido una opción que condenaba a la soledad.
Cuando alguien no se aleja demasiado del ámbito donde nació y alterna con la misma gente con la que creció, tal vez no abrigue muchas dudas sobre una serie de reglas de urbanidad, que supone inamovibles, pero eso no lo libra de tener que responder preguntas incómodas, a medida que pasa el tiempo y las nuevas generaciones toman la palabra. ¿Es aceptable que los hijos (e hijas) traigan a sus parejas a la casa de los padres, para pasar la noche? ¿Cómo encarar las relaciones amorosas con personas del mismo sexo? ¿Qué drogas se aceptan en una casa decente (por ejemplo, el alcohol y el tabaco) y qué drogas se rechazan?
La moral no es el único terreno incierto de la urbanidad contemporánea. ¿Qué pasa con situaciones nuevas de la tecnología, como se dan en las comunicaciones por email? Para los teóricos de Internet, hay que desarrollar una netiqueta o código de buenas maneras propias de la red.
Anotar todo un mensaje en letras mayúsculas, es una falta de educación, como dialogar a los gritos o señalar a la otra persona con el índice. Utilizar un avatar en un chat, plantea serias dudas sobre los propósitos de quien se oculta. Repetir el envío del mismo mensaje, se interpreta como SPAM (una modalidad de acoso a distancia). Enviar o recibir mensajes de texto durante una clase o una misa, se consideran faltas. Tardar en responder un mensaje se convierte en un gesto de hostilidad. Reenviar una cadena de oraciones, caridad o curaciones milagrosas, no importa a quién, autoriza a los destinatarios a quejarse y colocar al emisor en la lista de los no deseados.
En los teatros y ceremonias religiosas, se advierte a los asistentes que los teléfonos celulares deben ser puestos en modalidad de vibración, para evitar la cacofonía de los ringtones. Fotografiar en situación incómoda a un conocido, equivale a introducirse en su domicilio sin ser invitado. Registrar con el teléfono la intimidad de una pareja, para difundirla a continuación en Facebook o You Tube, para vanagloriarse de lo vivido o en un gesto de venganza, denostar a la otra parte, cuando la relación se ha quebrado, son agresiones que en el pasado hubiera sido imposible convertir en realidad, mientras hoy se encuentran al alcance de cualquiera.
La gente podía hablar mal de sus amigos, vecinos y parientes para entretenerse; gran parte del diálogo socialmente aceptado consistía en intercambiar chismes o suposiciones malévolas sobre conocidos ausentes, pero la posibilidad de aportar testimonios visuales de la conducta ajena reprochable, quedaba reservada a quienes se daban el lujo de contratar a profesionales de la vigilancia, con el objeto de entablar demandas de separación. Dada la facilidad del registro de imágenes y sonidos en la actualidad, cualquiera puede acosar a quienes desea intimidar o destruir. Al mismo tiempo, hay quienes se exhiben públicamente a través de los nuevos medios, ¿tratan de seducir a los eventuales testigos?
O tempora o mores, planteaba una milenaria locución latina: otros tiempos, otras costumbres. Si las maneras de hoy, tanto las que consideramos buenas como las inaceptables, no son las de antes, conviene no descuidarlas. Lo efímero de las buenas maneras no demuestra que carezcan de sentido y se justifique ignorarlas, como se vanagloriaba Diógenes en la Antigüedad, sino que uno debe permanecer más atento que nunca a los cambios de actitud de la sociedad, porque las variaciones de los códigos de comportamiento, pueden ocurrir en semanas, incluso en horas y no se limitan a la superficie.