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domingo, 15 de diciembre de 2013

Expectativas y resacas navideñas

La Navidad que conocí en mi infancia en San Pedro, a mediados del siglo XX, todavía no era blanca (globalizada de acuerdo a los paradigmas del marketing de las empresas multinacionales) y por lo tanto no llegaba a ser consumista. Bing Crosby había cantado White Christmas de Irving Berlin, en el contexto de Holiday Inn, una película musical en blanco y negro de 1942, donde las alusiones cristianas brillaban por su ausencia y todo se equiparaba a otros feriados del calendario norteamericano.
I´m dreaming of a white Christmas / with every Christmas card I write. / May your days be merry and bright / an may all your Christmasses be white, (Inving Berlin: White Christmas)
Mis primeros intentos de armar un árbol de Navidad a los ocho o nueve años, cuando acababa de tomar la Primera Comunión, guiado por los modelos que ofrecía Billiken, fueron desafortunados. Era una idea (comprobé) con la que no se lograba interesar demasiado a los adultos, a diferencia de lo que pasaba con los torneos de zancos o barriletes, donde ellos se involucraban gustosos.
Por ese entonces había bolas de vidrio de color, increíblemente frágiles, había guirnaldas metalizadas, velitas de torta de cumpleaños e incluso soportes de velitas, que podía comprar en alguna tienda del centro (probablemente La Magnolia) siempre y cuando pudiera reunir algunas monedas en mi alcancía metálica y con llave, pero conseguir un pino similar al de las ilustraciones, se reveló pronto como una dificultad insalvable.
Lo más parecido a un pino, eran los cipreses que mis tíos maternos habían plantado como el tupido cerco de su casa, sobre la calle Chivilcoy. Eso me aseguraba contar con algunas ramas, de las cuales confiaba colgar los globos, pero la resistencia de las ramas de cipreses era insuficiente, se desplomaban bajo el peso de las velas y guirnaldas. Tampoco sabía cómo mantener en pie el arbolito. La maceta de greda con tierra apisonada, era insuficiente para otorgarle estabilidad. El pino se iba torciendo solo y no tardaría en caerse o terminaría apoyado en la pared. Llenar la maceta con pesas de una balanza del almacén de mi padre, tampoco era la solución
El resultado de mi proyecto no podía ser más decepcionante. No se parecía al enorme árbol de Navidad cargado de adornos (y regalos) que tanto parecían disfrutar los personajes de las películas. Tampoco había nieve. Tal vez lo peor de todo, pasaba desapercibido en un rincón del comedor de mi casa y no estimulaba a nadie a poner regalos debajo.
No recuerdo haber experimentado una resaca navideña, porque el entusiasmo había desaparecido por sí solo, antes de la Nochebuena, durante el proceso de organizas la celebración, y la ilusión infantil no volvió a repetirse.
En mi infancia había tarjetas de Navidad, pero no se trataba de las importadas por Hallmark, donde no hace falta exprimirse el cerebro para dejar un mensaje personalizado. Se consumía el pan dulce de la tradición europea, sidra La Asturiana y fruta seca ausente de la mesa durante el resto del año. Se escuchaba antes de la medianoche, las campanas de Nuestra Señora del Socorro que convocaban a la Misa de Gallo (a la que nunca asistí, porque hubieran debido acompañarme) y luego los petardos de los vecinos (aunque el mayor estruendo se reservara para Año Nuevo).
Miracle on 34th Street
Las radios difundían villancicos, pero no había nada parecido a una programación navideña sistemática, como suele ocurrir cuando los expertos en marketing se encargan de controlar el discurso de los medios. Todo era menos espectacular y masificado que en la actualidad. No por ello supongo que fuera más auténtico. El Santa Claus de Miracle on 34th Street no tardaría en llegar, gracias a las agencias de publicidad internacionales, demostrando que la desinformación de los niños, convencidos de que los regalos pueden ser suministrados por un ser sobrenatural, que a todos vigila desde el Polo Norte y premia a los niños por ser obedientes, era más confiable que la verdad.
Dar regalos es una forma de desarrollar y mantener vínculos sociales. Por lo tanto, es importante para nuestras relaciones. (…) Todas las culturas intercambian regalos, por lo que se supone que es una necesidad humana básica. (Karen Pine)
En todas las culturas suele haber espacio para momentos privilegiados, en los que se quiebra momentáneamente la rutina de la gente, pasados los cuales resulta inevitable que todo vuelva a ser como siempre. Pueden ser festividades en las que se levantan las prohibiciones habituales y predomina el desenfreno, como era en la Antigüedad (es todavía) el caso del Carnaval en Río de Janeiro o Gualeguaychú, o épocas de tregua y reconciliación, como se daba en el Jubileo de los israelitas o la Navidad de los cristianos. Hay que llegar a programar incluso las excepciones a las normas, indica el mensaje.
Navidad inglesa siglo XIX
En Navidad la gente se enviaba tarjetas postales, portadoras de buenos deseos, que cuando alcanzaban cierto volumen, se exhibían como parte de la decoración de los hogares, testimoniando que uno tenía parientes y amigos. Esa costumbre fue impuesta en Inglaterra victoriana de la Revolución Industrial, a mediados del siglo XIX, permanece vigente hasta la fecha y a la vez ha cambiado. Ahora los saludos no llegan a través del cartero, que en ocasiones demoraba su entrega hasta después de pasadas las fiestas, y se difunden a través de Internet, son vistos en una pantalla plana, a través de imágenes en movimiento, con vívidos colores y la música apropiada o toman la forma de gift cards, vales que el receptor puede canjear por un regalo a su gusto, dentro de los límites de costo que ha establecido el emisor.
Los niños son quienes más celebran hoy la Navidad y las fiestas actuales de la Navidad parecen organizadas para satisfacer sus expectativas de consumidores de mercancías, por desubicadas que sean. Ellos quieren ser complacidos y recibir los regalos de no importa quién, comenzando por los familiares a los que se encuentran atados por lazos contradictorios, de afecto y resentimiento. Si no se los satisface, la molestia no tardará en expresarse, y entonces los adultos descubrirán qué no saben cómo controlarlos.
En España o Argentina, los regalos eran atribuidos a la generosidad de los Reyes Magos. Durante mi infancia, Papá Noel era una figura extranjera (Santa Claus, más aún) de la que teníamos conocimiento pero no nos involucraba. Antes, uno podía esperar juguetes y no obstante recibir ropa, útiles escolares o incluso golosinas. Se trataba de regalos, no de lujos..
Niños son los destinatarios de los mensajes navideños y niños también los personajes convocados para servir como evidencia el espíritu paradojal, por amable, de la Navidad.
El camino que lleva a Belén / baja hasta el valle que la nieve cubrió, / los pastorcillos quieren ver a su Rey / le traen regalos en su humilde zurrón / al Redentor, al Redentor. / Yo quisiera poner a tus pies / algún presente que te agrade, Señor / mas tu ya sabes que soy pobre también / y no poseo más que un viejo tambor / rom pom pom pom, rom pom pom pom. (Catherine Kennicott Davis: El Tamborilero)
La imagen del ruidoso tamborilero, el niño que antes de la aparición de los medios masivos convocaba a los pobladores, con el objeto de difundir alguna noticia, se incorpora al pesebre de Belén. La canción es reciente. Fue elaborada a mediados del siglo XX, a pesar de lo cual no cuesta mucho incorporar el personaje a la tradición de los retablos de figuras evocadoras del nacimiento de Jesús de Nazaret, inventados por san Francisco de Asis durante el siglo XIX.
El capitalismo del siglo XX ha sido fértil en imaginería navideña. ¿Por qué desaprovechar un tema que proclama el fin de los conflictos y estimula la buena disposición de la gente para el diálogo y el consumo? En New York, nos mostraba Miracle on 34th Street, los desfiles de la tienda Macy´s eran programados para el Día de Acción de Gracias, algunas semanas antes de la Navidad. McDonalds y Gimbel´s patrocinaban otros desfiles temáticos por la misma época. Desde comienzos del siglo XX, las mercancías quedaron asociadas a la celebración religiosa, que en forma paralela fue despojada de gran parte de su mensaje original, para que pudiera ser aceptada por creyentes y no creyentes por igual.
Los desfiles navideños norteamericanos convocan a cientos de miles de observadores y eventuales consumidores. Incluyen figuras ornamentales infladas con helio son enormes, la música estruendosa y conocida, las carrozas lujosas, hay cientos de extras bien entrenados, que lucen ropas inhabituales y se mueven al unísono. Se trata de un espectáculo gratuito y callejero, que atraviesa una gran ciudad, espectáculo cuya eficacia propagandística fue demostrada por los grandes jefes militares del Imperio Romano hacia el comienzo de nuestra era.
Durante el siglo XX, el desfile ornamental fue utilizado por regímenes de izquierda y derecha, para convencer a las multitudes de que su vida se encuentra bajo control, que pueden relajarse, aplaudir y vitorear a los participantes. Desde mediados de los años ´20, Macy´s planteaba a los norteamericanos un recordatorio difícil de ignorar: era época de no pensar en el futuro, de comprar regalos y engalanarse con ropas nuevas, como si el mentado espíritu navideño fuera una intoxicación deliciosa. Las presiones de todos los días lograban desvanecerse (no por mucho tiempo) y la gente más opuesta se comprometía a seguir un estilo de vida que no era el suyo.
Navidad para recortar y armar
Ese paraíso del consumo, ornamentado por la religión, no nos era desconocido, pero sí inalcanzable. El equivalente argentino a la atmósfera navideña de los pa se daba en Harrod´s y Gath & Chaves, dos tiendas de Buenos Aires que publicitaban las ventas navideñas mediante catálogos fascinantes para quienes vivíamos en provincia y anunciaban en La Nación la presencia del mismísimo Papá Noel en sus locales de la Capital. Definitivamente, los fastos de la Navidad eran ajenos a quienes habían nacido en la provincia y cuando pretendían mostrarle un pesebre a sus mayores, tenían que conformarse con recortar y armar las páginas centrales de Billiken.

sábado, 9 de abril de 2011

Diálogos táctiles que no se consideran


El tacto es el más desmistificador de los sentidos, al contrario de la vista, que es el más mágico. (Roland Barthes: Mitologías)

La comunicación entre los seres humanos no se reduce al intercambio de palabras habladas o escritas, como pretenden las instituciones que no existirían sin ellas. Eso apenas describe la superficie de un proceso más complejo, para el que no suele haber educación formal que se encargue de adiestrarnos.
Mi madre era muy delgada cuando me trajo al mundo y no estuvo en condiciones de amamantarme mucho tiempo. Me buscaron un ama de cría que dejó impresa en mi memoria sus senos enormes y perfumados. Eran un sustituto.
Con mi tío Juan participaba en una serie de juegos que debieron ocurrir cuando yo tenía dos, tres o cuatro años. En uno de ellos, me montaba sobre su espalda, a veces me sentaba sobre sus hombros y él trotaba, sujetándome por las manos, como si él fuera la cabalgadura y yo el jinete. Le llamábamos andar a cococho. ¡Era tan agradable ver el mundo desde lo alto, en lugar de la perspectiva habitual, a menos de un metro del suelo, sentirse obligado a bajar la cabeza cuando pasábamos debajo del dintel de una puerta o la rama de un árbol! En otro juego, que llamábamos la vuelta carnera, me sentaba sobre las piernas de mi tío sentado, que me sujetaba por las manos y permitía que alzara mis rodillas, girara sobre mi cabeza hasta caer parado.
Cuando tuve cuatro o cinco años y confío en mi buen juicio, mi tío comenzó a llevarme en su bicicleta. Me sentaba de costado, en el travesaño, me sujetaba del manubrio, y él pedaleaba tal vez cien metros, ida y vuelta. Era una aventura desprovista de riesgo, cuando podía deslizarse a tal velocidad, por las mismas calles de siempre, gracias a un adulto que me protegía y me alentaba a probar por mí mismo cuando creciera.
No recuerdo que me sucediera nada parecido con mi padre. Él no tenía tiempo para dedicarme o (lo que es más probable) no disfrutaba demasiado el contacto con sus hijos. Muchos años más tarde, mi madre confesó que mi padre se ponía celoso cuando ella nos dedicaba más tiempo del que él consideraba justo. Supongo también que ella nos utilizaba como excusa, para evitar el contacto con él. No guardo memoria de que mi padre nos castigara, pero tampoco abrazos, ni caricias, ni contenciones. El contacto que prevalecía entre nosotros era verbal. Órdenes, preguntas, ironías sobre nuestra presunta incapacidad para aprender (en las que repetía, supongo, los diálogos con mi abuelo, una generación atrás, para asumir el rol opuesto al suyo).
Mi padre no era un hombre que tocara a sus hermanos o su madre. Tengo la impresión de que las raras veces que lo vi palmear la espalda de un amigo, fue para evitar un abrazo (cuando viví en el Caribe, aprendí que los abrazos entre hombres estaban sometido a un protocolo: las manos de uno palpaban la parte alta de la espalda del otro una vez, dos, tres y a continuación lo soltaban rápidamente, para evitar malentendidos).
En mi familia paterna, el contacto físico del saludo a mi tía Matilde no duraba más de un segundo, porque a continuación ella separaba a quien la hubiera saludado con un beso, porque no olía bien o para no contagiarse de quién sabe qué enfermedades imaginarias.
En esa época, el beso en la mejilla que intercambiaban mujeres y hombres era frecuente, pero sometido a las reglas de un protocolo bastante estricto. Solo un beso estaba permitido a cada uno, a diferencia de lo que es corriente en Brasil o España, donde cada participante tiene derecho a dos: uno en cada mejilla de la otra persona.
Cuando la diferencia de edad era mucha, se imponía el beso en la frente (de los niños o los ancianos). El besado de las manos femeninas por los amigos y pretendientes ya no se practicaba en mi infancia: era un gesto arcaico, que no se hubiera intentado ni en burla.
El beso en la boca vuelto famoso por las películas de Hollywood, se encontraba reglamentado por el Código Hays desde 1934, y establecía que las bocas estuvieran convenientemente cerradas y el contacto no se prolongara más allá de ocho segundos. Los besos interminables y de bocas abiertas que se ven en la actualidad, en cualquier parte donde se concentren jóvenes, no se veían en el mundo real de mi infancia. Las parejas se besaban, de acuerdo a los rumores, en la oscuridad de los zaguanes, y esto resultaba tan criticable como acceder a las relaciones sexuales sin haberse casado antes.
Cuando se imagina el pasado como una época en que la gente se tocaba más, porque no existían los medios de comunicación actuales, se está inventando una
Durante mi asistencia a la escuela primaria Nº 2 de San Pedro, constantemente nos obligaban a formar filas, en un procedimiento que recordaba a las formaciones de presos, antes o después de salir de sus celdas. Niñas por un lado, niños por el otro, nos ordenábamos por estatura, desde los más bajos a los más altos, y “tomábamos distancia”, vale decir, nos poníamos a un brazo del que estaba delante y del que quedaba detrás. Luego nos hacían entrar, sin demorarnos ni atropellarnos.
Tal vez hubiera contactos durante los deportes y otros juegos. Nada muy estrecho ni tampoco prolongado, como se da en el rugby. El juego de la “mancha venenosa” que entretenía a los niños chicos, planteaba una visión fóbica del contacto. Aquel que era tocado por otro participante, quedaba contagiado, se convertía en un indeseable del que todos huían y se veía obligado a correr tras los demás, para contagiarlos y librarse de la incómoda mancha.
No había mucho espacio en el colegio, a veces el pupitre se nos pegaba al estómago, pero de todos modos entre los compañeros de clases teníamos pocas posibilidades de tocarnos. Niñas y niños nos sentábamos por separado. Hablar entre nosotros o mandarse mensajes escritos en papelitos doblados, era una falta que la maestra castigaba si la sorprendía, como si ella fuera la chaperona que restringía la comunicación de aquellos que hubieran caído en el más completo desorden, si no los controlaban.
Durante los prolongados noviazgos (seis o siete años para alguna de mis tías) la familia se encargaba de poner a resguardo a las mujeres, organizando visitas a plena luz, con algún niño o tía vieja presentes, no fuera que el pretendiente se acostumbrar a tocar más de lo prudente y la novia a permitir que la tocaran, con la consecuencia indeseable de que la mercadería probada ya no fuera comprada. Escuché esa metáfora mercantil más de una vez, para referirse a historias infortunadas de mujeres solteras que debían cargar con la mala fama de haber sido abandonadas.

En los primeros momentos de sus entrevistas, siempre se hablaban así [del tiempo, de la salud del interlocutor], empleando fórmulas corteses y preguntando cosas insignificantes; su saludo era el saludo de ordenanza en sociedad; estrecharse la mano. Ni ellos mismos podrían explicar la razón de ese procedimientos extraño, que acaso fuese la cortedad debida a lo reciente e impensando de su trato amoroso. (Emilia Pardo Bazán: Insolación)


Uno piensa que la tradición del recato español marcó a tantas parejas que luego, una vez casadas, simplemente no funcionaron, porque sus integrantes no toleraban el contacto, pero la incompatibilidad en el diálogo táctil es más compleja. Se cuenta que durante la conquista de México por los españoles, el emperador Moctezuma, a quien los aztecas consideraban un dios, fue saludado por Hernán Cortés mediante un apretón de manos. Dos hombres pertenecientes a distintas culturas, que no habían tenido ningún contacto hasta entonces, iniciaron un diálogo de sordos, por el desconocimiento que cada uno tenía de la cultura del otro, en una situación capaz de decidir la suerte de sus dos naciones. Moctezuma había nacido y crecido en un ámbito palaciego donde tocarlo era un sacrilegio. Todavía hoy, cuando el Primer Ministro australiano o Michelle Obama toca la espalda de la reina Elizabeth II, la prensa se encarga de señalar la falta protocolar inaceptable. No se toca de ese modo a la reina. En otras épocas, la sanción hubiera sido la prisión o la muerte.
Las reglas de etiqueta de la corte española eran más liberales en el siglo XVI. El rey de España no hubiera aceptado que Cortés lo tocara de otro modo que besando su mano (en realidad, el anillo que ostentaba su mano y constituía uno de los emblemas del cargo). Era la forma de honrar a un alto prelado de la Iglesia: besar la amatista del anillo del Obispo, como recuerdo del día de mi Confirmación en la Nuestra Señora del Socorro.
Me cuesta a veces reconocer a mi madre en las fotografías, porque aparece mirando a cámara, por imposición del fotógrafo, cuando lo más probable era que en la vida cotidiana ella mirara el suelo y solo de soslayo uno pudiera tropezar con sus ojos. Ese contacto breve, como si tratara de evitar que la descubrieran en una actividad inadecuada, era una de sus características. Otras personas de su edad y condición pasaban revista a los niños con la mirada. Mi tía Matilde era implacable. Podía evaluar a cualquiera en pocos segundos y de todos modos no apartaba la vista, por encima de los anteojos. Mi madre había aprendido a desaparecer del diálogo sin moverse.

viernes, 12 de noviembre de 2010

Arqueología personal


Cada uno nace donde el azar o Dios (de acuerdo a sus convicciones) decidieron que naciera. Nadie suele preguntarse demasiado sobre las circunstancias que rodearon ese evento, fundamental para el observador y poco relevante para el resto de la humanidad. Yo nací con toda probabilidad en la misma cama de metal esmaltado, para que simulara madera, en la que fui engendrado, el mueble más moderno de esa casa donde había altas sillas Reina Ana, con patas de garra de león en el comedor, estrechos silloncitos Biedermeier en los que nadie se sentaba nunca, enormes roperos victorianos donde hubiera podido ocultarse un asesino o dos, como alguna vez nos intimidaron.
La mayor parte de esos artefactos había sido dejado atrás por los anteriores ocupantes de la casa: mi abuelo, posteriormente su cuñado, hasta que finalmente se convirtieron en los objetos de mis padres y nuestros, a lo largo de un proceso de acumulación que rara vez enfrentaba la decisión de desechar nada.
La cocina de hierro podía tener más de medio siglo de antigüedad y estaba en perfectas condiciones, con su gran plancha en la que se podía asarse la carne, el horno donde calentábamos naranjas con miel en invierno y el hornillo que periódicamente alimentábamos con maderas o trozos de carbón y lográbamos mantener durante las jornadas frías una temperatura cálida en ese ambiente. Por lo tanto, allí se comía, allí se hacían las tareas escolares, allí se escuchaba radio, allí se secaba ropa, se tejía o remendaba, se jugaba a la Lotería o las damas chinas, alrededor de una gran mesa, no muy lejos del fuego. Todas las casas de la vecindad tenían una cocina similar. Eran pesadas, indestructibles y cuando se las comenzó a sustituir (en nombre de la modernidad) por malolientes cocinas a kerosene, que solo se encendían para calentar alimentos, las relaciones de la familia cambiaron.
Recuerdo los mosquiteros de tul amarillento, guardados en cajas de cartón, sobre los roperos, que se desempolvaban durante los veranos húmedos de San Pedro, estructuras engorrosas de instalar, que alguna vez se utilizaron para proteger las camas de niños y adultos del tormento de los mosquitos, que llegaban de la laguna cuatro meses por año. Tenían la desventaja de impedir la circulación del aire en esas noches de verano en las que nadie conseguía pegar los ojos. En algún momento aparecieron las espirales de piretro, que se quemaban lentamente, durante las ocho horas de oscuridad y dejaban una huella de cenizas grises que copiaban la forma que habían tenido.
Los pisos eran de baldosas de cerámica roja, que mi madre, temiendo resbalones, nunca aceptó encerar, como hacían nuestras vecinas, Sofía B. o las hermanas F. que obligaban a los visitantes a calzar patines de tela, para no dejar huellas en la pulida superficie. Las paredes conservaron hasta cerca de la mitad del siglo XX, la complicada pintura mediante estarcido en varios colores, que debió estar de moda cuatro o cinco décadas antes y mi padre decidió modernizar, cubriéndolas de un aburrido color verde Nilo. Los techos, de cinco metros de alto, tenían cielorrasos de arpillera pintados con tiza, que soportaban el paso de los ratones y a veces también el de los gatos que subíamos para eliminar a los roedores.
En mis sueños, la casa tenía pasadizos secretos, altillos inexplorados, escaleras empinadas, que en la realidad no existían. No obstante, la esquina del almacén de Ramos Generales planteaba enigmas. El sótano no era muy grande y estaba debajo del Despacho de Bebidas. Se bajaba por una puerta trampa que debía abrirse con precauciones, porque estaba en un rincón oscuro y sin señalización de ningún tipo. Al bajar, uno quedaba envuelto en los vapores de los grandes toneles de vino que allí se guardaban. Era un mundo mal iluminado, húmedo, perfumado, con desniveles, clausurado por las telarañas. Me hubiera gustado que continuara en cualquier dirección, como se decía del túnel del convento frente a la iglesia de Nuestra Señora del Socorro, para brindar las sorpresas que no encontraba en la vida cotidiana.
Ciertas zonas del almacén, las partes altas de la estantería o los grandes cajones de la parte inferior, revelaban a veces lo inesperado. En un cajón repleto de viejas mechas para lámparas de kerosene, que habían dejado de usarse en el barrio un par de generaciones antes, descubrí hermosos mecheros de bronce, inútiles para cualquiera que no fuera un coleccionista de lámparas de kerosene. En otro escondite aparecieron balas polvorientas y puntiagudas, que me dediqué a desarmar con un cortaplumas, para averiguar cómo eran por dentro. Un gran dispensador de sogas de distinto calibre, utilizadas en el pasado para elevar de los pozos los baldes llenos de agua, servía como separador del local de Ramos Generales del Despacho de Bebidas. En el fondo de la vitrina de la papelería, hallé pliegos de papel tornasolado, como el que se empleaba para el interior de las tapas de los grandes libros y no servía para forrar cuadernos escolares. El almacén era inagotable. En el patio quedaban, oxidándose lentamente, las rejas de hierro forjado que mi padre o mi abuelo habían eliminado en alguna remodelación, junto a los restos de un auto que mi padre chocó antes de alcanzar la mayoría de edad. Veinte años después de haberse marchado, las huellas de mi abuelo estaban presentes en objetos que mis padres no utilizaban y hasta parecían no percibir.
La variedad de olores que brindaba el local era asombrosa. Estaba el perfume a desinfectante que emanaba de las pastillas de jabón Salvavidas y el de romero que provenía del jabón Lux de tocador, el lacre que se encendía con un fósforo y permitía sellar las cartas, el del tabaco rubio y el tabaco negro, el olor denso de las piezas de bacalao seco y la panceta ahumada que se conservaba en un cajón lleno de sal gruesa, el torbellinos de aromas provenientes de la fiambrera, donde se guardaban los quesos de rallar, los mantecosos, las piernas de jamón crudo, los salames y mortadelas que olían a comino y clavo de olor, los toneles de vino que perfumaban el sótano, el olor pungente del carbón, del alcohol de quemar, del café que se guardaba en grano y se molía delante del cliente, el aroma a vainilla de las latas de galletitas Bagley, de los paquetes de yerba mate, de las latas de té. Durante décadas, la memoria atesora esos datos en los que apenas se piensa, que parecen no tener ninguna importancia y de todos modos no se borran.
Las casas de mis vecinos deparaban otros misterios. Los Boccardo, por ejemplo, disponían los roperos en diagonal, en una esquina de los dormitorios, y detrás de esos grandes artefactos guardaban cosas que podían no ser tan extrañas (revistas viejas, escupideras enlozadas) pero no podían ser vistas de inmediato, y al ser descubiertas por un chico adquirían el aura de lo oculto. En esa casa, las lámparas de flecos de mostacilla eran de otra época, como las tazas de loza inglesa pintada o el hule que cubría la mesa de la cocina. Todo estaba allí desde mucho tiempo antes, perfectamente conservado, cada cosa poseía una Historia (o varias) que podía conocerse apenas uno efectuaba preguntas en el momento oportuno, a la persona adecuada.

viernes, 5 de noviembre de 2010

Rituales: salir de visita

Cartones y fichas de lotería
La cercanía de las casas de los amigos te convierte (…) en hijo de otra gente, Y te ayuda a querer a otros padres (que son otros mundos), a conocerlos en la intimidad y la sobremesa. (Hernán Casciari: El milagro de los pueblos)
A mediados del siglo XX, los niños jugábamos desde muy temprano a las visitas, como una forma de entrenarnos en el empleo de los códigos de comportamiento, que luego ordenaban la vida de los adultos. Durante el juego, se hablaba de los temas habituales entre los adultos, como el tiempo, el estado de salud de la familia, el trabajo de los hombres, las preocupaciones domésticas de las mujeres, a lo que se sumaban las inevitables distorsiones que introducíamos los desinformados observadores infantiles. No solo eran las convenciones de la charla de los adultos. También se imitaba hasta la caricatura, su gestualidad convencional y el empleo del tiempo libre.
Juego de té.
Para que nos resultara más fácil asumir esos roles tan complejos, disponíamos de sillitas y mesas construidas a nuestra medida, tacitas de loza o lata estampada, cucharitas, tenedores, vasitos que permitían reproducir los encuentros de los adultos que habíamos presenciado tantas veces. Ir de visita era uno de los juegos preferidos de las niñas, que incorporaban a sus hermanos o primos menores, para que cumplieran el rol de hijos.
Los adultos también recibían visitas en sus casas, en ocasiones preparadas para esos encuentros, como sucedía con los cumpleaños, las fiestas religiosas y días correspondientes al santo del visitado, que esperaba esas muestras de afecto y las retribuía con copitas de licores caseros, refrescos y pasteles que a nadie se le hubiera ocurrido comprar en la panadería. Fuera de esas fechas, se aprovechaba cualquier oportunidad, como hacían mi madre y sus hermanas, para visitar a los parientes y amigos que no vivían en el barrio. Cargaban con los niños, que garantizábamos la inocencia de tales salidas ante los maridos celosos, y recorrían a pie una distancia que podía ser de varios kilómetros, como quien se encamina en una peregrinación. Cuando llegábamos, nos ofrecían algún refresco hecho en casa (limonada, horchata) y nos invitaban a que jugáramos en otra parte, lejos de los adultos, con los niños de la casa, porque en esos momentos las amigas debían entregarse a las confidencias que justificaban el viaje y nosotros no debíamos oír.
Las visitas se recibían y pagaban, en un orden estricto. Aquellos que un día llegaban a la casa de alguien, esperaban que la respuesta fuera la aparición de esa persona por su casa, tiempo después (no demasiado tarde, para evitar disgustos). Cuando alguien dejaba de visitar a un conocido que lo había visitado previamente, las relaciones entre ambos se tensaban y podían cortarse si la falta de correspondencia se prolongaba.
Los niños de mi familia visitábamos en cualquier momento la casa de nuestros vecinos y amigos, los Boccardo. Lo más probable es que la puerta de ellos estuviera abierta, para facilitar la ventilación, pero de todos modos golpeábamos las manos antes de entrar, o utilizábamos el llamador, que era una pesada mano de bronce con una bola sujetada. No recuerdo oportunidades en que los vecinos nos rechazaran. Ellos continuaban su vida siempre atareada, como si nuestra presencia formara parte de su rutina. Por eso nos ofrecíamos para ayudarlos de distintas maneras (bombear agua, traer leña para la cocina, recoger huevos del gallinero, secar los platos que acababan de lavar). En esa casa había siempre algo interesante para nosotros (un ejemplar de Radiolandia que no habíamos visto, la posibilidad de oír un programa familiar de radio El Mundo (Los Pérez García) el disfrute de un pan con mermelada de ciruela que no tenía el mismo sabor que la mermelada de ciruela preparada por nuestra madre).
Cuando no encontrábamos afecto suficiente en casa, porque nuestros padres no eran felices juntos, lo buscábamos cruzando la calle, y habitualmente allí estaba disponible, sin preguntas de los dueños de casa, ni necesidad de dar explicaciones por nuestra presencia.
Las visitas son los actos que más eficazmente contribuyen a fomentar, consolidar y amenizar las relaciones amistosas; a conservar las fórmulas y ceremonias que tanto brillo y realce prestan a la socializad; a facilitar todos los negocios y transacciones de la vida, y a formar, en fin, lo buenos modales y todas las cualidades que constituyen una fina educación. (Manuel Carreño: Manual de Urbanidad y Buenas Costumbres)
Tanto en invierno como en verano, los sábados por la noche, chicos y adultos salíamos a visitar amigos y parientes, dentro y fuera del barrio. Los hombres llevaban linternas, con las que iluminaban las veredas poco confiables de esas calles de tierra. Llevábamos a veces los cartones del juego de Lotería, para entretener la velada. La conversación de los adultos no era siempre la más adecuada para ser oída por los niños. La Lotería, en cambio, podía reunirnos a niños y adultos por igual, en torno a la gran mesa de la cocina, cada uno con tres cartones elegidos al azar y un montón de granos de maíz que permitían marcar los puntos que se iban cantando. No había premios. El ganador de una quintina, de un cartón o de los tres, no tenía otra satisfacción que el haber sido favorecido por la suerte. En otras oportunidades, jugábamos a la perinola, apostando de nuevo granos de maíz o porotos, un capital simbólico que se encontraba al alcance de todos.
Es curiosa la imagen que uno se forma durante la infancia del mundo de los adultos. Al parecer, nada muy dramático sucedía en esas vidas rutinarias. De pronto, una muerte, una enfermedad que no nos mostraban en detalle, pero también las fiestas en las que participábamos, y el resto de tiempo solo actividades irrelevantes, conversaciones amables, que ocurrían en el seno de la familia, bajo el escrutinio del núcleo de amistades, un ámbito distante de los conflictos contemporáneo, como de la mitología de los medios a la que hoy nos vemos expuestos. Ir de visita era salir de nuestros límites habituales, para confirmar que más allá continuaba siendo casi lo mismo.
En la eventualidad de alguna crisis familiar, los conocidos a los que visitábamos aparecían por la casa, para confirmar el lazo de amistad existente, para auxiliarnos o consolarnos. a los enfermos, a los que habían sufrido la pérdida de algún pariente o disfrutaban el nacimiento de un hijo. La oportunidad de las visitas, como su duración y los temas que en ellas podían tratarse, se encontraban reglamentadas desde hacía un siglo en el Manual de Urbanidad y Buenas Costumbres de Manuel Carreño, un texto que no recuerdo haber visto en las casas del barrio, pero debía haberse difundido mucho antes, de boca en boca, generación tras generación, desde que fuera escrito a mediados del XIX, en una Venezuela que salía una guerra civil para internarse en otra, hasta convertirse en un saber que compartía toda la comunidad y nadie se hubiera atrevido a desafiar.

sábado, 16 de octubre de 2010

Cultura de las cocinas


Buena parte de mis vecinos en San Pedro eran extranjeros o hijos de extranjeros. Pocos recordaban la lengua de sus mayores y no era mucha la correspondencia que recibían del exterior. Eso me consta, porque el cartero la dejaba en el almacén de mi padre o en la carnicería de los Boccardo, para que la entregaran en los domicilios de quienes eran sus clientes, o la conservaran para cuando ellos pasaran a recogerla, al llegar de compras.
Los contactos con familiares y amigos que permanecían en sus lugares de origen, debían ser escasos. Resignados o deseosos de incorporarse a la nueva comunidad que hallaron en San Pedro, se habían asimilado a las costumbres de su nueva residencia. Hablaban en español, utilizaban modismos argentinos, se vestían como veían que se vestían sus vecinos. Algo de la cultura de procedencia quedaba incólume, sin embargo, en el ámbito menos esperado: la cocina.
En épocas en que la comunicación entre adultos y menores se encontraba supeditada a la imagen de autoridad que unos y otros respetábamos, los mensajes no verbales eran muy precisos. Durante las comidas que reunían a toda la familia, los niños teníamos una mesa separada de los mayores, aunque solo estuviéramos a un metro de distancia, oyéramos sus conversaciones y se nos sirviera prácticamente lo mismo que a ellos (con excepción de las bebidas alcohólicas, aunque a veces el vino llegaba también, diluido en soda).
En mi familia paterna, quedaban escasos rastros de la cocina italiana que debió haber conocido mi abuela María Grigioni, porque mi abuelo Juan Garaycochea impuso la cocina de sus ancestros vascos. Por lo tanto, en su casa se nos ofrecían cosas tan extrañas al contexto culinario de Argentina, como los cardos pelados y hervidos en leche, los alcauciles rellenos de jamón, los espárragos bañados en alioli, los caracoles con salsa verde, el bacalao con garbanzos, las croquetas de acelga, los tallos de acelga con salsa bechamel, los inmensos pucheros y potajes que reunían una multitud de ingredientes, el arroz con leche perfumado con cáscara de limón y espolvoreado con canela.
En mi familia materna, los Bovio, mi abuela española de apellido Robles había adoptado la cocina italiana de su marido y ese fue el conocimiento que transmitió a media docena de hijas. Mis tías preparaban una gran variedad de pastas (ravioles y canelones rellenos de espinaca y sesos), ñoquis de papa, diversas formas de presentar la polenta (con salsa de carne, empanizada y frita, con leche y dulce), elaboraban salsas con hongos secos, rellenaban zapallitos y pimientos con arroz y carne, preparaban una deliciosa Pasta Frola con dulce de membrillo.
Para la generación de mi madre, las dos tradiciones se habían combinado en la cocina de las mujeres (paralela a otra cocina que debería definirse como propia de los hombres, que se especializaba en la preparación de carne asada). Durante mi infancia, no conocí a ninguna mujer que no fuera una experta en el tema y considerara su orgullo elaborar la mayor parte de los alimentos que consumía la familia. Los enlatados podían formar parte de la dieta de los hombres solteros, pero se los hubiera considerado una ofensa en la mesa de una mujer.
En torno a la mesa, convocada por las mujeres, se reunía la totalidad de familia, tres o cuatro veces por día. Comer en grupo, respetando los mismos puestos y distancias de los comensales, permitía que a pesar de la existencia de conflictos no resueltos, incluso negados entre ellos, circularan informaciones verbales relevantes o no, se impusieran modales de mesa a los más jóvenes y se afianzaran las nociones de unidad y jerarquía familiar (dónde sentarse cada uno, el orden en que se repartía la comida).
Esa imagen mítica de tregua y homogeneidad grupal, se ha perdido hace tiempo. La pluralidad de modelos familiares ya no es negada por nadie, los roles tradicionales no se corresponden demasiado con la realidad actual, las mujeres trabajan fuera del hogar, los alimentos provienen de la industria, los temas de conversación son agendados por los medios masivos, con frecuencia la televisión es el interlocutor dominante.
La Navidad no tenía celebraciones especiales para mi familia, pero el primero de enero, todo el grupo de los Bovio se reunía para almorzar en nuestra casa, que era la más amplia. A pesar de que la noche de fin de año todos habían estado despiertos hasta la medianoche, las mujeres madrugaban y trabajaban para presentar al mediodía fuentes de ensalada rusa con pescado, cubierta de espesa mayonesa que habían batido con enorme cuidado (la cercanía de una mujer que estuviera menstruando hubiera podido cortar irremediablemente la salsa) y adornada con aceitunas y cortes de pimientos. Después venían fuentes de ravioles con estofado o carne que mi tío Juan había asado en la parrilla, con enorme paciencia, durante horas, y una ensalada de frutas marinadas en vino blanco, que denominaban clericot.
El asado era un territorio de los hombres, que ninguna mujer se hubiera atrevido a disputar y se instalaba fuera de la casa, en un rincón del patio, que estuviera protegido del viento. En todas las familias había un hombre que se dedicaba a esa tarea, que requería parillas ennegrecidas por el humo o cruces de metal, que se clavaban en el suelo. La cocina era el territorio de las mujeres, que los hombres frecuentaban solo cuando la mesa estaba servida. Rara vez enviaban un lechón para que lo hornearan en la panadería. Más raro era que consumiéramos conservas, a pesar de que mi padre las vendía.
La comida se preparaba en casa y tenía secretos que las mujeres de la familia se trasmitían oralmente. Los únicos textos de cocina que vi consultar a mi madre o sus hermanas, eran folletos que regalaban a quien lo solicitara por correo, los fabricantes de polvos de hornear o margarina. Todo lo que una mujer sabía hacer, estaba en su memoria. Cuando interrogué a mi madre, muchos años más tarde, en busca de una pasta que había dejado de preparar, cuando vivió en una gran ciudad y se acostumbró a depender de la oferta de los supermercados, comprobé que ya no la recordaba, y pedirle datos era como hablarle de otra persona, que habitaba en otro mundo.
Durante los almuerzos de Año Nuevo, todos parecíamos entendernos. Las esposas no se quejaban de sus maridos, ni los maridos hacían bromas a expensas de sus esposas. No recuerdo que nadie considerara necesario elogiar la comida. No hacía falta, porque de una manera u otra, todos habían aportado algo.
Cuando mi tía Matilde nos visitaba una vez por año, exhibía habilidades gastronómicas inaplicables en la vida cotidiana de mi familia, que conseguían humillar a mi madre, que debía alimentarnos el resto del año. Mi tía preparaba empanadas de vigilia con masa de hojaldre, que requería una jornada completa y luego no tenían demasiado sabor. O deshuesaba un pollo durante horas, hasta convertirlo en una proteína pálida e irreconocible. Eran recetas extraídas del enorme libro de doña Petrona C. de Gandulfo, que alguna vez hojeé en la casa de mi abuela María, deslumbrado por las ilustraciones a todo color de postres y ensaladas, que probablemente nunca llegaría a probar.

sábado, 2 de octubre de 2010

Marginaciones e integración: los discapacitados

Lenguaje gestual napolitano
Nacer con alguna discapacidad en la primera mitad del siglo XX, era quedar condenado a la categoría de vergüenza familiar, que se mostraba lo menos posible y daba lugar a todo tipo de especulaciones sobre la herencia genética del grupo. No eran pocos los que tenían un opa en la familia. Utilizar una palabra parecida, quedaba en evidencia el rechazo. Lo mismo hubiera ocurrido con un enano o un jorobado. Algo anormal ocurría en el interior de ese grupo humano, que aconsejaba distanciarse de ellos, o al menos no hablar del tema (como plantea el título del cuento de Julio Llinás y el filme de María Luisa Bemberg que lo adaptó), para no herirlos señalando algo que por obvio uno pasa por alto.
Casi daba lo mismo que la discapacidad fuera física o mental, porque de todos modos aislaba a quien la sufría y contagiaba a quienes se encontraban cerca. Una tía de mi madre, Rita R., había parido tres hijos. Dos eran atractivos e inteligentes. Se casaron, tuvieron hijos, trabajaban en oficios que les permitían sostenerse y nada parecía enturbiar sus vidas. El tercero, en cambio, era el tonto de la familia. Nunca aprendió a hablar y se expresaba mediante gestos desacompasados y quejidos. Siempre se lo veía en el jardín, junto a la puerta de la casa, impedido de salir a la calle y desesperado por comunicar quién sabe qué, a cualquiera que pasara por la vereda. Los niños le temían y los adultos lo saludaban con la mano, pero no se acercaban.
La tía Rita era una figura doliente, la viva imagen de la resignación. No recuerdo haberla oído quejarse de su situación. Solo esperaba morir después que su hijo discapacitado, para no dejarle esa carga a sus otros hijos y nueras. Alguna vez oí una explicación sobre las circunstancias que habían permitido la existencia del vociferante. Rita y s7u marido eran primos hermanos. Habían tenido que solicitar una dispensa eclesiástica para casarse. La consanguinidad de una pareja era un factor peligroso para su descendencia. Los hijos nacían a veces con problemas.
Algo parecido pasaba en la familia de mi abuela paterna. No nos gustaba visitarlos, porque allí estaba el primo Fito, que era un joven de edad imprecisa, muy delgado, más descolorido que rubio, extremadamente limpio, que se reía por cualquier cosa y nunca se separaba demasiado de su madre. Él hablaba con una vocecita nasal e indecisa, que no llegaba a terminar ninguna frase que comenzaba. Era afectuoso con los niños, quería tocarnos el hombro, una, dos, tres veces, sin el menor motivo o quizás para llamarnos la atención, aunque después no se le ocurriera nada. No debíamos permitirle que nos tocara, nos habían advertido los mayores, sin explicarnos el motivo.
Eran desconcertantes esos dos adultos (uno vociferante y el otro el de las risitas) que vivían como niños irresponsables, cometiendo pequeñas infracciones que nadie aparentaba notar, protegidos por sus padres, ni cuerdos ni locos, imposibles de clasificar.
A comienzos de los años ´50 conocí a los mellizos P., hijos del mecánico del barrio. Eran recién llegados, alegres y resultaban imposibles de ignorar. Se movían tan rápidos y sincronizados, que mareaban. Eran idénticos en la ropa, en el corte de pelo, aunque se diferenciaran en detalles que los padres advertían pero el resto del mundo no, andaban siempre juntos y habían nacido sordos.
Su padre los mandaba a un internado fuera de San Pedro, en el que estaban aprendiendo a hablar, con esas voces desentonadas que adquieren los sordos y una variedad tal de señas de las manos, que distraían. Algo había cambiado y no parecía necesario compadecerse de ellos, que hacían preguntas (aunque costara entenderles), a veces los dos al mismo tiempo y no se quedaban encerrados en su casa. La gente no se resignaba a las desgracias inexplicables. Trataba de superarlas. El padre de los mellizos andaba todo el tiempo con ellos, que circulaban por el taller mecánico, ayudando aquí o allá, dialogando todo el tiempo a su manera. A la distancia, advierto que envidiaba su libertad y la comunicación fluida que imperaba en la familia.

jueves, 23 de septiembre de 2010

El arreglo personal a mediados del siglo XX


La gente se comunica no solo a través de las palabras, que a veces utilizan con timidez o torpeza, por lo que no logran comunicar más que la superficie de aquello que les ocurre. Hay otros recursos (otros lenguajes) a los que sin embargo no se les concede la misma importancia que a la palabra, y por ello son objeto de menor censura.
Vestirse, calzarse, peinarse, maquillarse, adornarse con accesorios, no suelen ser analizadas como actividades relevantes para entender una comunidad humana. Se da por sentado que cada uno de sus integrantes debe hacerlo de cierto modo, puesto que vive en un ámbito organizado y no puede andar desnudo o arreglado de manera “inadecuada”. Cualquier intento de ignorar o desafiar esas normas que (lo más probable) no se encuentran escritas, pero de todos modos son conocidas por todos, suele ser sancionado mediante el rechazo social. Alguien se viste de manera inapropiada para su edad, o se maquilla para simular lo que no es o disimular lo que es. No se necesita más para definir un código de comportamiento, que cambia de manera periódica.
El calzado elegante era incómodo, ajustado, puntiagudo y costaba mantener el brillo perfecto que socialmente se exigía. El calzado de entre casa era rústico: las alpargatas de áspera suela de cáñamo, que usaban hombres y mujeres por igual, las chancletas muchas veces manufacturadas por las mujeres.
Durante los años ´30, hombres y mujeres apretaban los cabellos lisos o en ordenadas ondas contra el cráneo, utilizando aceites perfumados (brillantinas) o fijadores (gomina). Poco importaba que los genes hubieran decidido suministrarles cabellos ondulados o ensortijados. La moda imponía un casco de pelos tan prolijo que un solo pelo fuera de lugar causaba espanto.
Durante loa años ´40, el peinado de las mujeres se volvió más elaborado y voluminoso. Poco importaba que la Naturaleza les hubiera dado una cabellera abundante o raleada. Mis tías usaban un postizo de fibra vegetal que denominaban banana, por la forma que lo caracterizaba y podía usarse de dos maneras: sobre la frente, para enmarcar la cara con un volumen curvo de cabellos que envolvían el postizo; o por detrás de la cabeza, como un subrayado a la curva del cráneo en el sitio donde se une con el cuello. En ambos casos, peinarse para salir o recibir al novio, requería el auxilio de al menos otra mujer de la familia. Para mis cinco tías, eso no era un problema. Siempre estaban dispuestas a ayudarse unas a otras.
Las peluquerías de damas eran escasas en San Pedro, a mediados del siglo XX. En mi barrio no había ninguna. La peluquería de hombres de la Avenida Sarmiento, en un local situado poco antes de llegar a Tres de Febrero, era la alternativa para las mujeres que optaban por el corte “a la garçonne”, una rémora de los años ´20 que se encontraba en retirada entre los adultos, pero que se convertía en el último recurso de las madres, cuando las niñas regresaban de la escuela con piojos.
Las tinturas para el pelo de las mujeres, quedaban reservadas a la figuras del espectáculo, pero incluso ellas eludía comentar el tema y trataban de argumentar que su belleza era natural, sin retoques de la química. El drástico cambio de color de pelo de Eva Duarte, al convertirse en Eva Perón, debió causar comentarios desfavorables de los adversarios políticos. Recuerdo el reportaje de Radiolandia sobre la joven Mirtha Legrand, en el que se informaba que ella “refrescaba” el rubio natural de sus cabellos con enjuagues de manzanilla. Si la belleza no era natural, quedaba disminuida para los evaluadores.
Los hombres maduros se teñían los bigotes y las cejas, a veces de manera afrentosa, de negro azabache, como el eterno líder socialista Alfredo Palacios o el escritor Enrique Larreta, opuestos en cuanto a ideologías políticas, pero coincidentes en su rechazo de las canas y el cuidadoso desplazamiento de los pelos que crecían en alguna parte de la cabeza, hasta cubrir lo que había quedado al descubierto.
A mediados de los ´60, uno de nuestros profesores de la Universidad apareció con las canas teñidas de un color que la publicidad denominaba visón, después de haber constituido una nueva pareja con una mujer por lo menos veinte años más joven y peluquera de profesión, una situación que alentó los comentarios mordaces de quienes lo detestaban. El artificio declarado era visto como un signo de debilidad en los hombres, y una muestra de poco decoro en las mujeres, incluso en una época en que la píldora anticonceptiva revolucionaba ideas milenarias sobre los límites de los géneros.
A mediados de los ´40, mis tías y mi madre discutían las ventajas de la croquiñol, una ondulación del pelo que se anunciaba como “permanente”, pero que de todos modos iba cediendo con el tiempo, el crecimiento natural del cabello y los lavados, por lo que al cabo de un año ya no quedaban rastros de ella. Cuando las mujeres regresaban de la peluquería de damas, traían un olor extraño y desagradable, de amoníaco y pelo quemado, como si acabaran de salir de la limpieza en seco de una tintorería. Había que resignarse a eso, porque tenían prohibido lavarse la cabeza durante varios días, para no deshacer la ondulación producto del calor.
Los rizos más sueltos, se armaban siguiendo un procedimiento del siglo XVIII, gracias al empleo de bigudíes variados a los que se sometía el pelo húmedo durante la noche. El tirabuzón que se obtenía, duraba pocas horas. En algunos casos, los bucles se modelaban con broches de metal y tiras de goma que mantenían sujeto el pelo. El procedimiento resultaba tan laborioso que exigía la colaboración de varias mujeres de la familia y se reservaba para algunas ocasiones especiales, como la Primera Comunión de mi hermana Marta, registrada por una foto del estudio Bennazar.
El fijador en spray, que hizo su entrada triunfal en los ´60, no existía. Por eso, no había que esperar que un arreglo capilar femenino durara mucho tiempo, a pesar del arsenal de horquillas y hebillas que se utilizaban. Ir a una fiesta, en esas condiciones, exigía una prudencia similar a la de Cenicienta: ningún encanto duraba hasta pasada la medianoche, y el espectáculo del artificio que se deshace delante de aquellos a quienes debiera encantar, es uno de los más deprimentes que puedan darse.
Los hombres gozaban de ventajas respecto de las mujeres, porque los jopos empinados que aparecieron hacia el final de los ´40, se armaban en segundos y duraban horas en su lugar, gracias a la gomina perfumada que antes había sido utilizada para aplastar en casco los cabellos más rebeldes.
Las mujeres del barrio se depilaban las cejas hasta dejarlas convertidas en un rastro indeciso, que retocaban con lápiz graso. Probablemente las maduras lo habían hecho durante años, y en algunas la carencia de cejas propias les otorgaba un aire de sutiles figuras del Renacimiento. Veinte años más tarde, al recorrer centro Europa, descubrí que la mayoría de las mujeres no se depilaban, porque ese tipo de cuidado las hubiera mostrado ante los demás como prostitutas. Tampoco los hombres vestían pantalones claros, para no ser confundidos con colaboradores del ejército de ocupación alemán (aunque la guerra hubiera concluido más de veinte años antes). En el arreglo personal que se efectuaba antes de que la televisión sincronizara y otorgara obligatoriedad a los paradigmas de todo el mundo, los cambios tardaban cierto tiempo (años) en imponerse en los distintos sectores de la sociedad, y mucho más en perder su atractivo inicial y reclamar su sustitución por otro paradigma.
El cine y la prensa podían marcar los cambios de la moda, como habían hecho desde comienzos del siglo XX, pero no llegaban a todos los consumidores en el mismo instante. Si lo isocronía es uno de los fenómenos que define a la modernidad desde el punto de vista de la comunicación, en mi infancia presencié los preparativos de una planificación de una estrategia que hoy otorga un abismante poder a los medios.
Cuando mi madre se pintaba la boca levemente, con el mismo lápiz labial que le conocí durante años, a continuación besaba repetidamente un pañuelo de papel, para que el artificio pasara desapercibido. Los celos de mi padre y el pudor de ella, no hubieran tolerado el empleo de otro maquillaje que unos polvos de arroz. Hasta un hombre tan poco convencional como Giaccomo Casanova, apreciaba el arreglo menos ostensible de las mujeres. Pintarse era propio de las actrices y prostitutas, dos profesiones que necesitaban atraer las miradas masculinas desde bastante lejos y bajo pésimas condiciones de iluminación. El resto de las mujeres, que era la mayoría, evitaba arreglarse o aparentaba no hacerlo, para que los hombres las respetaran. Menos maquillaje podía ser más efectivo cuando se trataba de preservar la imagen pública.