Mostrando entradas con la etiqueta Tradiciones familiares. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Tradiciones familiares. Mostrar todas las entradas

miércoles, 1 de enero de 2014

De la comida casera al Delivery

Ilustración italiana (circa 1930)
A mediados del siglo XX, gracias a la nula frecuentación de restaurantes atendidos por cocineros profesionales, uno crecía en la firme convicción de que la comida elaborada por su mamá era insuperable. Para llegar a ese acuerdo, que se encontraba impuesto en cada grupo familiar y gozaba del status de dogma, era necesario que también la madre estuviera convencida de su propia superioridad sobre el resto de las madres y se preocupara de mantenerla en pie. ¿Cómo, si no había escuelas que prometieran esa capacitación? Perfeccionando recetas tradicionales (cada una era poseedora de “secretos” que se comunicaban de madres a hijas). Probando recetas nuevas, suministradas por las revistas femeninas como El Hogar, Para Ti, Vosotras, Chabela, Estampa, Damas y Damitas, varias décadas antes de que Cosmopolitan fijara en las revistas femeninas la imagen hedonista de una mujer inútil, centrada exclusivamente en el disfrute del sexo y la captura de parejas masculinas.
Habilidades como la costura, el bordado y la crianza de los niños eran también apreciadas, pero la cocina sobresalía del resto, porque era puesta a prueba cuatro veces por día en cada casa de familia. Una mujer que confesara su incapacidad para cocinar o que se creyera dispensada de la responsabilidad de ejercer su control de la cocina, constituía un absurdo inaceptable.
Mujeres cocinando (mediados siglo XX)
Cuando estaba en la cocina, siempre y cuando no demorara el momento de servir la comida, la mujer gozaba de una libertad insólita. ¿Qué hombre se hubiera atrevido a interrumpirla en sus tareas, aunque fuera con la intención de ayudarla? En la cocina ella escuchaba la radio, que le suministraba canciones que la acompañaban y de lunes a viernes le brindaba la posibilidad de asistir sin ser vista, al desarrollo de ficticias vidas ajenas ofrecidas por los radioteatros.
El dulce de leche se hacía en casa, revolviendo una olla durante horas, y se perfumaba con una chaucha de vanilla. Mi padre podía protestar que había quedado muy líquido, comparado con el producto industrial, pero el perfume era inigualable. Las pastas elaboradas un par de horas antes, no tenían comparación con las industriales. La salsa de tomate y la carne estofada que se cocían toda la mañana, invitaban a mojar un pedazo de pan mucho antes del almuerzo.
Cocina a leña o carbón
Interferir en el trabajo de la mujer mientras cocinaba, o tan solo contemplarla en la coreografía de su trabajo, hubiera sido para el hombre poner en riesgo la satisfacción de su propio estómago y la autoestima. Ni ella le hubiera permitido a nadie observarla en una actividad tan íntima, que le impedía concentrarse, ni él se hubiera arriesgado a que otros hombres se enteraran de una debilidad como esa.
Hoy, los abonados a la televisión por cable tienen acceso a un canal (Gourmet) que transmite programas de cocina las 24 horas del día. A mediados del siglo XX, la televisión abierta estaba naciendo y las cocineras comenzaron a mostrar sus habilidades en la programación de la tarde. Antes de eso, las revistas femeninas concedían poco espacio a la cocina, a pesar de dirigirse a lectoras que no parecían tener otros intereses que la atención de la familia. Simultáneamente, destacaban secciones como la de Petrona C. de Gandulfo en El Hogar, que podían resultar intimidantes para las lectoras, por la magnitud de los desafíos que incluía. ¿Qué mujer se hubiera atrevido a encarar la complejidad técnica y el costo de las tortas de bodas o los pavos rellenos fotografiados a todo color?
Las mujeres de la generación de mi madre habían crecido alrededor del fogón de sus mayores. La escuela no competía en ese plano con el aprendizaje familiar. El adiestramiento comenzaba en los primeros años de vida. Se enseñaba a las niñas a pelar las arvejas, seleccionar las lentejas para separarlas de las piedritas, batir los huevos, pelar las papas. Todas conocían sin necesidad de consultar un recetario, los platos tradicionales de la cocina italiana y la española, en los que solo introducían variantes cuando la memoria o el presupuesto no les alcanzaba.
Publicidad española de mediados del siglo XIX
Desde la infancia, ellas habían sido designadas como depositarias de una cultura gastronómica transmitida mediante demostraciones práctica, de generación en generación, como parte del mundo femenino, con frecuencia oculto al escrutinio de los hombres, que prometía asegurar el rol (decisivo pero sumiso) de la mujer en la sociedad patriarcal.
Tal vez ellas no tuvieran acceso a los derechos y privilegios que los hombres se reservaban para ellos, en el campo de la política y los negocios, pero podían controlar la mesa y la cama, ámbitos donde ellas se volvían insustituibles.
Todo eso ha cambiado (¿alguien se sorprende?) con la modernidad que no deja ningún territorio de la cultura humana sin invadir y explotar. La comida casera se encuentra hoy en retirada, o al menos en una situación de alto riesgo, amenazada por la industria multinacional de los alimentos, que invade el territorio antes controlado por las madres y ha llegado a seducirlas tanto a ellas como a quienes ellas mantenían convencidas de su superioridad sobre la comida elaborada fuera del hogar.
La alimentación es uno de los planos de relación entre los seres humanos que la sociedad ha codificado con mayor precisión, aunque no suela otorgarle la misma trascendencia que a otros como el lenguaje.
La posibilidad de comer fuera del núcleo familiar, en locales dedicados a elaborar comidas, atendidos por especialistas en la materia, capaz de ofrecer platos que por su complejidad no sería posible encontrar en el ámbito privado, solo se da en sociedades que ostentan cierta división de funciones. La institución del restaurante es reciente. Apareció en Europa tras la Revolución Francesa.
A mediados del siglo XX, la mayor parte de las mujeres había recibido entrenamiento informal que las capacitaba para encargarse de la alimentación del grupo familiar, y de ellas se esperaba que ejercieran ese rol sin acudir a otras ayudas que sus manos y algunos instrumentos elementales.
Preparación de pizza
Hacia fines de los años ´40, la pizza entró en el horizonte de mi madre y sus hermanas. Varias de mis tías maternas se habían instalado en Buenos Aires y conocían los placeres modestos de comer en pizzerías de barrio. La orquesta de Feliciano Brunelli ejecutaba un boogie-woogie que se llamaba “Pizza Caliente”. Mi madre se dedicó a elaborar pizzas de acuerdo al recetario de los Polvos Royal y el resultado era novedoso para nosotros, pero no seductor. Sin duda, nos atraía aquello que ya conocíamos, porque mi madre lo había perfeccionado durante años y años de práctica..
La masa de esa primera pizza era esponjosa, alta, como de focaccia (palabra desconocida por entonces). La combinación de tomate, cebolla, orégano y queso resultaba sabrosa, pero después de todo, según mi padre, era lo mismo que comer pan. Fundamentar una comida en una pizza hubiera sido para mi madre la confesión de no haber trabajado tanto como se esperaba de ella.
Una ofensa similar hubiera sido suministrarle un lavarropas, cuando disponía de una batea de madera y una cómoda tabla de lavar. Cuando mi padre compró el primer lavarropas artesanal, desarrollado por un vecino ingenioso, que se limitaba a centrifugar el agua jabonosa, mi madre lo miró con desconfianza. Podía dañar las prendas finas. No estaba equivocada. Liberarla en parte del esfuerzo de mantener una casa con tres hijos, un marido y un hermano, era algo parecido a cuestionar su rol en el mundo.
Alguna vecina le sugirió a mi madre otra forma menos laboriosa de armar la pizza, gracias a rodajas de pan de molde y el agregado de anchoas a la cobertura. Si bien resultaba más sabrosa, la base resultaba tan esponjosa que el jugo del tomate humedecía todo hasta convertirla en un mazacote. Mi madre experimentó otras alternativas, que expuso a la evaluación de sus hermanas, que tenían una experiencia directa, como consumidoras también, hasta que optó por abandonar el intento.
La pizza, como el pan, los helados, los alfajores o el Pan Dulce a Año Nuevo, eran alimentos que se compraban fuera, porque ninguna mujer del barrio estaba capacitada para elaborarlos. Técnicamente, el desafío superaba sus nada superficiales conocimientos de cocina, y al insistir en sus ensayos se exponía al ridículo ante el resto de la familia como una incapaz, dos situaciones demasiado incómodas para cualquier mujer de entonces.
Supongo que en el centro de San Pedro se elaboraban pizzas profesionales. Yo no los conocí en mi infancia o en mi adolescencia. La alternativa de comer fuera se limitaba en nuestra familia a comer en la casa de alguna familia amiga o en la de parientes. Si las mujeres no cocinaban, los hombres las reemplazaban (exclusivamente en el ámbito de las carnes, porque se daba por supuesto que el asado era materia masculina, como analizó Gaston Bachelard en su ensayo sobre el fuego.
Caja de ravioli
Mandar a comprar comida hubiera sido una ofensa para las mujeres. En grandes ocasiones, desde mi casa se mandaba un lechón a la panadería que estaba a medio kilómetro de distancia, por calle Chivilcoy. Eso era todo lo que correspondía que una mujer confiara en otras manos, y según recuerdo, siempre decía que el asado de horno de panadería era infinitamente superior al que se podía elaborar en casa. ¿No era una forma insidiosa de sugerir la inferioridad femenina incluso en el único territorio donde no solían tener competencia?
Durante sus últimos años, mi madre se acostumbró al Delivery. No se usaba esa palabra todavía, pero se había resignado a comprar tapas de empanadas, tortas para decorar, cajas de ravioles, pollos rostizados, pizzas precocidas. Nunca lo hablé con ella. Debe haber sido una pequeña liberación. También una renuncia a su rol decisivo en el interior de la familia.

domingo, 15 de diciembre de 2013

Expectativas y resacas navideñas

La Navidad que conocí en mi infancia en San Pedro, a mediados del siglo XX, todavía no era blanca (globalizada de acuerdo a los paradigmas del marketing de las empresas multinacionales) y por lo tanto no llegaba a ser consumista. Bing Crosby había cantado White Christmas de Irving Berlin, en el contexto de Holiday Inn, una película musical en blanco y negro de 1942, donde las alusiones cristianas brillaban por su ausencia y todo se equiparaba a otros feriados del calendario norteamericano.
I´m dreaming of a white Christmas / with every Christmas card I write. / May your days be merry and bright / an may all your Christmasses be white, (Inving Berlin: White Christmas)
Mis primeros intentos de armar un árbol de Navidad a los ocho o nueve años, cuando acababa de tomar la Primera Comunión, guiado por los modelos que ofrecía Billiken, fueron desafortunados. Era una idea (comprobé) con la que no se lograba interesar demasiado a los adultos, a diferencia de lo que pasaba con los torneos de zancos o barriletes, donde ellos se involucraban gustosos.
Por ese entonces había bolas de vidrio de color, increíblemente frágiles, había guirnaldas metalizadas, velitas de torta de cumpleaños e incluso soportes de velitas, que podía comprar en alguna tienda del centro (probablemente La Magnolia) siempre y cuando pudiera reunir algunas monedas en mi alcancía metálica y con llave, pero conseguir un pino similar al de las ilustraciones, se reveló pronto como una dificultad insalvable.
Lo más parecido a un pino, eran los cipreses que mis tíos maternos habían plantado como el tupido cerco de su casa, sobre la calle Chivilcoy. Eso me aseguraba contar con algunas ramas, de las cuales confiaba colgar los globos, pero la resistencia de las ramas de cipreses era insuficiente, se desplomaban bajo el peso de las velas y guirnaldas. Tampoco sabía cómo mantener en pie el arbolito. La maceta de greda con tierra apisonada, era insuficiente para otorgarle estabilidad. El pino se iba torciendo solo y no tardaría en caerse o terminaría apoyado en la pared. Llenar la maceta con pesas de una balanza del almacén de mi padre, tampoco era la solución
El resultado de mi proyecto no podía ser más decepcionante. No se parecía al enorme árbol de Navidad cargado de adornos (y regalos) que tanto parecían disfrutar los personajes de las películas. Tampoco había nieve. Tal vez lo peor de todo, pasaba desapercibido en un rincón del comedor de mi casa y no estimulaba a nadie a poner regalos debajo.
No recuerdo haber experimentado una resaca navideña, porque el entusiasmo había desaparecido por sí solo, antes de la Nochebuena, durante el proceso de organizas la celebración, y la ilusión infantil no volvió a repetirse.
En mi infancia había tarjetas de Navidad, pero no se trataba de las importadas por Hallmark, donde no hace falta exprimirse el cerebro para dejar un mensaje personalizado. Se consumía el pan dulce de la tradición europea, sidra La Asturiana y fruta seca ausente de la mesa durante el resto del año. Se escuchaba antes de la medianoche, las campanas de Nuestra Señora del Socorro que convocaban a la Misa de Gallo (a la que nunca asistí, porque hubieran debido acompañarme) y luego los petardos de los vecinos (aunque el mayor estruendo se reservara para Año Nuevo).
Miracle on 34th Street
Las radios difundían villancicos, pero no había nada parecido a una programación navideña sistemática, como suele ocurrir cuando los expertos en marketing se encargan de controlar el discurso de los medios. Todo era menos espectacular y masificado que en la actualidad. No por ello supongo que fuera más auténtico. El Santa Claus de Miracle on 34th Street no tardaría en llegar, gracias a las agencias de publicidad internacionales, demostrando que la desinformación de los niños, convencidos de que los regalos pueden ser suministrados por un ser sobrenatural, que a todos vigila desde el Polo Norte y premia a los niños por ser obedientes, era más confiable que la verdad.
Dar regalos es una forma de desarrollar y mantener vínculos sociales. Por lo tanto, es importante para nuestras relaciones. (…) Todas las culturas intercambian regalos, por lo que se supone que es una necesidad humana básica. (Karen Pine)
En todas las culturas suele haber espacio para momentos privilegiados, en los que se quiebra momentáneamente la rutina de la gente, pasados los cuales resulta inevitable que todo vuelva a ser como siempre. Pueden ser festividades en las que se levantan las prohibiciones habituales y predomina el desenfreno, como era en la Antigüedad (es todavía) el caso del Carnaval en Río de Janeiro o Gualeguaychú, o épocas de tregua y reconciliación, como se daba en el Jubileo de los israelitas o la Navidad de los cristianos. Hay que llegar a programar incluso las excepciones a las normas, indica el mensaje.
Navidad inglesa siglo XIX
En Navidad la gente se enviaba tarjetas postales, portadoras de buenos deseos, que cuando alcanzaban cierto volumen, se exhibían como parte de la decoración de los hogares, testimoniando que uno tenía parientes y amigos. Esa costumbre fue impuesta en Inglaterra victoriana de la Revolución Industrial, a mediados del siglo XIX, permanece vigente hasta la fecha y a la vez ha cambiado. Ahora los saludos no llegan a través del cartero, que en ocasiones demoraba su entrega hasta después de pasadas las fiestas, y se difunden a través de Internet, son vistos en una pantalla plana, a través de imágenes en movimiento, con vívidos colores y la música apropiada o toman la forma de gift cards, vales que el receptor puede canjear por un regalo a su gusto, dentro de los límites de costo que ha establecido el emisor.
Los niños son quienes más celebran hoy la Navidad y las fiestas actuales de la Navidad parecen organizadas para satisfacer sus expectativas de consumidores de mercancías, por desubicadas que sean. Ellos quieren ser complacidos y recibir los regalos de no importa quién, comenzando por los familiares a los que se encuentran atados por lazos contradictorios, de afecto y resentimiento. Si no se los satisface, la molestia no tardará en expresarse, y entonces los adultos descubrirán qué no saben cómo controlarlos.
En España o Argentina, los regalos eran atribuidos a la generosidad de los Reyes Magos. Durante mi infancia, Papá Noel era una figura extranjera (Santa Claus, más aún) de la que teníamos conocimiento pero no nos involucraba. Antes, uno podía esperar juguetes y no obstante recibir ropa, útiles escolares o incluso golosinas. Se trataba de regalos, no de lujos..
Niños son los destinatarios de los mensajes navideños y niños también los personajes convocados para servir como evidencia el espíritu paradojal, por amable, de la Navidad.
El camino que lleva a Belén / baja hasta el valle que la nieve cubrió, / los pastorcillos quieren ver a su Rey / le traen regalos en su humilde zurrón / al Redentor, al Redentor. / Yo quisiera poner a tus pies / algún presente que te agrade, Señor / mas tu ya sabes que soy pobre también / y no poseo más que un viejo tambor / rom pom pom pom, rom pom pom pom. (Catherine Kennicott Davis: El Tamborilero)
La imagen del ruidoso tamborilero, el niño que antes de la aparición de los medios masivos convocaba a los pobladores, con el objeto de difundir alguna noticia, se incorpora al pesebre de Belén. La canción es reciente. Fue elaborada a mediados del siglo XX, a pesar de lo cual no cuesta mucho incorporar el personaje a la tradición de los retablos de figuras evocadoras del nacimiento de Jesús de Nazaret, inventados por san Francisco de Asis durante el siglo XIX.
El capitalismo del siglo XX ha sido fértil en imaginería navideña. ¿Por qué desaprovechar un tema que proclama el fin de los conflictos y estimula la buena disposición de la gente para el diálogo y el consumo? En New York, nos mostraba Miracle on 34th Street, los desfiles de la tienda Macy´s eran programados para el Día de Acción de Gracias, algunas semanas antes de la Navidad. McDonalds y Gimbel´s patrocinaban otros desfiles temáticos por la misma época. Desde comienzos del siglo XX, las mercancías quedaron asociadas a la celebración religiosa, que en forma paralela fue despojada de gran parte de su mensaje original, para que pudiera ser aceptada por creyentes y no creyentes por igual.
Los desfiles navideños norteamericanos convocan a cientos de miles de observadores y eventuales consumidores. Incluyen figuras ornamentales infladas con helio son enormes, la música estruendosa y conocida, las carrozas lujosas, hay cientos de extras bien entrenados, que lucen ropas inhabituales y se mueven al unísono. Se trata de un espectáculo gratuito y callejero, que atraviesa una gran ciudad, espectáculo cuya eficacia propagandística fue demostrada por los grandes jefes militares del Imperio Romano hacia el comienzo de nuestra era.
Durante el siglo XX, el desfile ornamental fue utilizado por regímenes de izquierda y derecha, para convencer a las multitudes de que su vida se encuentra bajo control, que pueden relajarse, aplaudir y vitorear a los participantes. Desde mediados de los años ´20, Macy´s planteaba a los norteamericanos un recordatorio difícil de ignorar: era época de no pensar en el futuro, de comprar regalos y engalanarse con ropas nuevas, como si el mentado espíritu navideño fuera una intoxicación deliciosa. Las presiones de todos los días lograban desvanecerse (no por mucho tiempo) y la gente más opuesta se comprometía a seguir un estilo de vida que no era el suyo.
Navidad para recortar y armar
Ese paraíso del consumo, ornamentado por la religión, no nos era desconocido, pero sí inalcanzable. El equivalente argentino a la atmósfera navideña de los pa se daba en Harrod´s y Gath & Chaves, dos tiendas de Buenos Aires que publicitaban las ventas navideñas mediante catálogos fascinantes para quienes vivíamos en provincia y anunciaban en La Nación la presencia del mismísimo Papá Noel en sus locales de la Capital. Definitivamente, los fastos de la Navidad eran ajenos a quienes habían nacido en la provincia y cuando pretendían mostrarle un pesebre a sus mayores, tenían que conformarse con recortar y armar las páginas centrales de Billiken.

martes, 8 de enero de 2013

Desprestigiadas buenas maneras (II)



Cultive buenas maneras / para sus malos ejemplos / si no quiere que sus pares / le señalen con el dedo. / Cubra sus bajos instintos / con una piel de cordero. (Joan Manoel Serrat: Lecciones de urbanidad)
 

La vida en sociedad depende de reglas que promueven o restringen ciertos comportamientos de sus miembros que no quedan librados al capricho personal, tanto si se manifiestan en público, como si ocurren en privado. Cada cultura tiene sus reglas (como las referidas al matrimonio) y no son demasiadas aquellas que un gran número de sociedades comparten (es el caso de la prohibición del incesto, de acuerdo a las teorías de Claude Lévy-Strauss).
No puedo decir que en mi niñez desconociera las normas de la Urbanidad, porque me sobraban los adultos decididos a imponérmelas, tanto si se lo pedía como si deseaba no escucharlos, aunque lo último era imposible. Todos se sentían calificados para educarme, aunque no hubieran leído el Manual de Carreño, y al transmitir ese conocimiento difuso me hacían un favor, porque de inmediato pasaban a exigirme que lo acatara.
Por eso, yo saludaba respetuosamente a los mayores antes de que ellos me dirigieran la palabra. Era puntual en la escuela. Efectuaba los mandados que me encomendaban mis padres y no me quedaba con el vuelto, para comprar golosinas. No me llevaba el cuchillo a la boca durante las comidas. Tampoco bostezaba, tosía ni estornudaba con la boca destapada. No levantaba la falda a las damas, como se me ocurrió hacer cuando tenía cuatro edad y a continuación me fue recordado por años, frente a quienes no se hubieran enterado (y no precisamente para felicitarme por ese gesto de inocente curiosidad).
Una de las palabras identificada muy temprano por los niños de mi generación, era el monosílabo NO. Ahora los padres temen pronunciarlo, con consecuencias fatales para el futuro de ellos y sus hijos. Durante mi infancia, a nadie se le hubiera ocurrido que podía causarnos algún trauma. ¡No hagas ruido con la sopa! ¡No hables con la boca llena! ¡No te sientes torcido! ¡No cuentes con los dedos! ¡No te rasques la cabeza! ¡No metas las manos en los bolsillos del pantalón! ¡No pongas los codos sobre la mesa! ¡No escribas fuera de los renglones! ¡No te comas las uñas! ¡No muerdas la hostia durante la Comunión! ¡No te rías en un velorio! ¡No hables en voz alta mientras pasan la película! ¡No andes con los zapatos desatados! ¡No apartes la cara cuando la señora te besa! ¡No te distraigas en clase! ¡No pidas otro bombón, cuando estamos de visita o las recibimos!
Me recuerdo preguntando repetidamente por qué tal cosa o tal otra, desde muy temprano en la vida (la etapa del Edipo, se diría después de Piaget) y no por ello creo que haya sido recompensado por una respuesta satisfactoria todas las veces. Preguntar demasiado no estaba bien considerado. Era preferible oír a los adultos y recordar sus órdenes.
Gracias a ese aprendizaje forzado, a los ocho o nueve años me lavaba detrás de las orejas sin que tuvieran que revisarme después, era capaz de armar solo el nudo de mi corbata (el Oxford o el Cambridge por igual) y lustrarme los zapatos con betún Nugget, para que brillaran a pesar de haberse deformado por años de uso.
Elaboración de un nudo de corbata
Ir a la escuela sin corbata o con los zapatos sucios, hubiera sido mal evaluado (no recuerdo si eso formaba parte de la nota de concepto de Presentación Personal). Usar lenguaje inadecuado en clase o agredir a un compañero, hablar con alguien mientras la maestra exponía, me hubiera expuesto a sanciones variadas, como esa vez que el profesor de Química de la Secundaria consideró que me estaba burlando de él y me mandó fuera de la sala. Cuando alguien se rebelaba, le caían las amonestaciones que se acumulaban y podían excluirlo del sistema escolar.
Ligas de hombre
Cuando me puse los primeros pantalones largos, en el segundo año de la Secundaria, me dieron también ligas que sostenían en su lugar las medias de hombre (que por entonces no incluían elástico y tendían a caer sobre los tobillos, un descuido inaceptable hasta en los futbolistas). Si hoy tengo que hacer un nudo de corbata, cosa que me sucede un par de veces por año, sé cómo hacerlo, pero las medias de hombre ya no necesitan ligas y en buena hora sucedió eso, porque las ligas dificultaban la circulación de la sangre.
Carlos Gardel con su chambergo
El uso del sombrero se había desactualizado pocos años antes de que yo estuviera en situación (en obligación) de lucir uno. Las gorras y boinas eran exclusividad de los viejos y los obreros. Por lo tanto, los jóvenes de mi generación no estábamos obligados a aprender a saludar a las damas quitándonos el sombrero, como había sido de rigor durante siglos, ni tampoco nos permitían abrigarnos la cabeza de la lluvia y el frío del invierno o el calor del verano. Simplemente, la cabeza iba descubierta.
El sombrero había sido también una refinada herramienta de seducción masculina o femenina. Aumentaba la estatura y escondía la humillación del cabello raleado en un hombre joven. Al cubrir buena parte de la cara, otorgaba cierto enigma a la mirada de ambos sexos, posibilitaba poses en diagonal, como el abanico de las damas. La capucha de los jóvenes de hoy, las gorras con enormes viseras, son más bien una forma de camuflaje defensivo, que siembra dudas sobre la identidad de quien las usa y anuncia lo peor de ellos.
Los años `60 derrumbaron en poco tiempo gran parte de los códigos tradicionales del comportamiento. Las mujeres que habían fumado siempre en privado, fumaban de pronto en público y se maquillaban los ojos, sin que las consideraran prostitutas. Los hombres ostentaban cabelleras enormes, collares y pulseras, sin que los motejaran de vagabundos. En algún momento, los padres dejaron de castigar a los hijos, por desobedientes que se mostraran, para no responsabilizarse de lo que podía ser su frustración emocional (que costaría años y años de psicoterapia, una vez convertidos en adultos). De los viejos no se respetaba nada, porque se esperaba que defendieran instituciones caducas que merecían desaparecer lo antes posible. De pronto, los parámetros de la urbanidad tradicional habían rotado de tal manera que resultaba imposible tomarlos en serio. Se los respetaba en ocasiones infrecuentes, como las fiestas de bodas o las ceremonias oficiales, pero durante el resto del tiempo volvían a ser vistos como una lengua muerta.
El desarrollo de las comunicaciones permitió entrar en contacto con otras culturas, que tenían una tradición de miles de años de existencia y obligaban a dejar de lado los dogmas provincianos, para reconocer la validez de otros códigos de comportamiento, diferentes de los nuestros, en ocasiones chocantes y a pesar de ello tan válidos como los nuestros.
Mi esposa trabajó varios años como Secretaria de un Banco internacional y gracias a eso aprendió que para los coreanos y japoneses, por ejemplo, era un gesto de buena educación eructar después de haber comido. Carreño hubiera sufrido un infarto, de verse obligado a compartir la mesa con ellos. Para él, ni el estornudo, ni el bostezo, ni la tos estaban permitidos. ¿Había que corregir a esos ejecutivos para que no dieran tan mal ejemplo a los nativos del continente americano?
Al viajar, uno se entera que los europeos no consideran que sea necesario el baño frecuente, situación por la cual la asistencia a una poblada sala de teatro en invierno, incluye no solo la experiencia de costosos perfumes, sino la de intensos aromas corporales. ¿Son ellos menos civilizados que los centroamericanos fanáticos del baño cotidiano y el abuso de desodorantes?
Joven Sophia Loren
Recuerdo de mi infancia las conversaciones de los hombres que comentaban el rasurado de las piernas de mujeres con las que no estaban emparentados. Al parecer, solo se rasuraban las pantorrillas, porque la ropa cubría el resto y se reservaba como sorpresa (no demasiado agradable) el vello de los muslos para quienes lograban mayor intimidad. Las axilas de las mujeres, como se sabe, tampoco se exponían en público hasta comienzos de los `50 y por lo tanto desconocían las buenas maneras de la depilación y el desodorante. Los norteamericanos, fanáticos de un look idealizado de la mujeres, que proviene de la era victoriana, cuando su cuerpo se equiparaba con el mármol de las estatuas antiguas, comprobaron espantados que la joven Sofia Loren no escondía sus axilas peludas.
En países de Europa central, comprobé hacia fines de los `60, las mujeres no se depilaban las piernas, porque ese había sido un rasgo distintivo de aquellas que se acostaban con los invasores alemanes durante la Segunda Guerra Mundial. Tampoco los hombres se hubieran puesto nunca pantalones blancos, porque esa prenda refería a los colaboradores de los nazis, una generación antes. En cuanto a la comida, no estaba bien visto dejar nada en el plato, a diferencia de lo que me había enseñado Carreño, porque el desperdicio ofendía la sensibilidad de una sociedad que había pasado hambre no hacía tanto.
En el pasado, aprendí a lo largo de mi vida, las reglas del comportamiento tardaban en imponerse en amplios sectores de la sociedad, hasta volverse obligatorias y fuera de toda discusión para la mayoría. Tardaban mucho más en perder vigencia y ser reemplazadas por nuevas restricciones. Los medios de comunicación masiva han alterado en la actualidad esos ritmos generacionales, a pesar de que la uniformidad instantánea y universal se encuentra lejos de haberse alcanzado. En buena hora, me digo. Cuando no haya diferencias, nos habremos convertido en algo semejante a la sociedad de las abejas o las hormigas.

martes, 4 de octubre de 2011

Animales domésticos (o no) de la infancia


A mediados del siglo XX, en la casa de mi familia estábamos rodeados por animales domésticos. Había gallinas de todos los colores, que nos daban huevos y mi madre se resistía a matar (lo mismo fuera retorciéndoles el cogote o decapitándolas con el hacha). Teníamos gatos que mantenían a raya a los temidos ratones. Un perro atado ladraba a cualquier extraño que se hubiera aventurado por su territorio (el nuestro). En el corral, un par de caballos que arrastraban los carruajes en los que mi tío Miguel visitaba a los clientes del almacén dispersos por el campo de San Pedro y Santa Lucía, dos veces por semana.
Entre los animales invasores, había moscas pertinaces, mosquitos que llegaban de la laguna apenas caída la tarde y espantábamos encendiendo espirales de piretro. Había avispas muy temidas que se aposentaban al abrigo de una cornisa y palomas torcazas que tampoco aportaban nada y escondían sus nidos en lo alto de un rosal leñoso, enredado en la base del tanque de agua. En ciertas épocas llegaban las dañinas langostas que devoraban las cosechas y los niños, instigados por las maestras de escuela, recogíamos en bolsas de arpillera que luego se quemábamos. El mismo trato se le dedicaba a los bicho canastos.
La observación y atención de los animales domésticos era una de las actividades más instructivas para los niños. Nos mandaban a buscar huevos, teníamos que alimentar con maíz a las gallinas, preparábamos afrecho húmedo para los patos, alcanzábamos los restos del almuerzo al perro, acariciábamos el lomo de los gatos, pasábamos una rasqueta metálica por el costado de los caballos, poníamos queso en las trampas de los ratones. Veíamos el comportamiento sexual de estos animales, tan frecuente y previsible que no llamaba demasiado la atención. El gallo pisaba rápidamente a una gallina y pasa a otra cosa, los gatos mordían el cuello de las gatas, después de haber maullado durante horas, los caballos copulaban ostentosamente en medio del corral, una vez al año, mientras el perro, que vivía en obligado celibato, se higienizaba con la lengua los genitales de aspecto cambiante.
No debíamos mirar. Los adultos intentaban distraernos (retarnos hubiera sido peor) cuando nos descubrían recibiendo evidencias tan claras del comportamiento reproductivo animal, cuando la información que nos daban en el hogar o en la escuela sobre la sexualidad humana, era ninguna. Los animales nos instruían sin necesidad de palabras, mientras los seres humanos continuaban encargando los niños a París o aguardaban la llegada de la cigüeña.
Al repertorio de los animales domésticos se sumaban los depredadores visitantes, comenzando por los ratones que alcanzaban gran tamaño y se escondían en sus madrigueras o circulaban por el cielo raso de las habitaciones, en medio de la noche. También estaban las comadrejas que muy de vez en cuando llegaban tras los huevos de las gallinas, los halcones que volaban muy alto pero podían descender para robarse un pollito, las pequeñas lagartijas verdosas tal vez no hicieran mal a nadie, pero de todos modos gozaban de mala fama y debíamos perseguir, los caranchos que sobrevolaban las islas del Paraná.
Había sapos, inofensivos pero de aspecto desagradable, que en verano llegaban de quién sabe dónde, atraídos por las luces de la casa, tal vez desde la gran zanja recolectora del agua de lluvia de calle Litoral. Ellos permanecían quietos y de pronto avanzaban a saltos. Los adultos los espantaban con una escoba, nos decían que eran capaces de comer las brasas o los cigarrillos encendidos que algunos malintencionados les arrojaban, para verlos echar humo y reventar a continuación. Pobres sapos, que a veces eran arrojados a los pozos de agua, para que la purificaran al comerse las larvas de insectos; su fealdad nos alentaba a asustarlos, pero nunca se nos hubiera ocurrido matarlos.
En la casa de nuestros vecinos, los Boccardo, había una cigüeña a la que nunca vi volar, porque le cortaban las plumas de las alas. Tenían también un teru teru (Vanellus Chilensis) pájaro estridente, cuyo plumaje gris y negro lo camuflaba entre las flores del jardín. Nadie me dijo que controlaba las plagas del jardín y avisaba la presencia de extraños. Los animales domésticos eran vistos como parte de la familia, que no hacía falta justificar.
Uno de los vecinos de mis primos Gaido, tenía un palomar que me asombraba. Era una construcción instalada en la terraza, provista de habitáculos ordenados, como no me había tocado ver nunca. El dueño de casa y sus dos hijos pasaban mucho tiempo limpiando el palomar y curando a las palomas. Durante los fines de semana, sus aves competían con las de otros criadores de la Asociación Colombófila, identificadas por los anillos en sus patas. ¿Cómo podían recorrer cientos de kilómetros y regresar al nido? Los animales domésticos estaban cerca, pero de todos modos se reservaban complejidades, enigmas que nos obligaban a respetarlos.
Nuestras gallinas, menos heroicas, dormían protegidas por dos grandes matas de laurel y recorrían todo el barrio. Durante la época en que mi abuelo construyó y mantuvo la casa, debieron estar encerradas en un gallinero rodeado por una cerca de alambre de tres metros de alto. Durante mi infancia, la puerta del gallinero y el sitio donde las gallinas hubieran debido dormir, habían desaparecido, nunca supe por qué, puesto que la totalidad de las casas vecinas tenía pequeños gallineros bien ordenados. Nuestras gallinas más curiosas se acercaban a la casa, pero no entraban en las habitaciones. Otras salían a la calle, pasando por debajo del gran portón de madera y cinc, para dedicarse a recorrer el barrio en busca de piedritas o gusanos. La imagen de esas gallinas callejeras, que nadie robaba, ni terminaban víctimas del tránsito, define un mundo que hace tiempo dejó de existir y ahora cuesta imaginar.
Mis tíos Bovio faenaban de vez en cuando un cerdo que habían criado en un rincón del gallinero de su casa y los niños asistíamos al espectáculo del trabajo de todos los parientes, creo que sin el menor susto de nuestra parte. Era formidable ver a la familia convocada para realizar una serie abrumadora de tareas tan especializadas, que iban desde el sacrificio del animal, del que se recogía la sangre para fabricar morcillas, hasta el aprovechamiento de cada una de sus partes: las tripas se usaban para envasar la carne de los chorizos, condimentada con pimentón, los jamones se curaban con sal gruesa y humo, la panceta se salaba, las orejas, hocicos y otras partes blandas de la cabeza se preparaban como gelatinoso queso de chancho, las patitas se hervían con porotos o garbanzos, etc.
Los adultos de mi infancia lo habían aprendido de sus padres, los hombres y las mujeres por igual, y nos lo transmitían a los niños, mediante el ejemplo, sin recurrir a explicaciones. Esa comunicación de los adultos y entre distintas generaciones, en torno a algo tan fundamental como la comida, se ha interrumpido.
El fin de semana que duraba la celebración, la mesa de la cocina permanecía en medio del patio para facilitar el trabajo, una gran olla de hierro negro hervía las viandas que iban a alimentar a toda la familia, mis parientes dialogaban durante el trabajo, contaban historias, bebían vino tinto, revelaban que eran efectivamente un equipo, donde cada uno contaba con los otros.

martes, 2 de noviembre de 2010

Diálogo entre distintas generaciones

En la actualidad, muchos adultos desconfían, incluso temen la cercanía de los más jóvenes, a los que no entienden o contemplan con espanto, como si no se reconocieran en ellos. ¿De dónde salieron esas criaturas extrañas por su aspecto y comportamiento, por sus valores y carencias de valores, que ellos formaron o fallaron al formar, que les ocultan quién sabe qué atrocidades, a pesar de que surgieron del ámbito nada alarmante de sus mayores? Durante los años ´60, la televisión presentaba una serie de ciencia-ficción que se llamaba Los Invasores, donde seres de otro mundo suplantaban a los humanos, dispuestos a apoderarse del planeta, con lo que justificaban que se los persiguiera y destruyera, aunque al morir no dejaran huellas que permitieran demostrar la existencia de la invasión. Esa metáfora paranoica tiene a comienzos del siglo XXI más vigencia que nunca. Solo ha cambiado el énfasis sobre la posibilidad de ganar esa guerra, por aquellos que se ven a sí mismos como los únicos humanos. Los invasores, sin importar el desagrado que causen, llegaron para quedarse.
Hoy suele considerarse como un hecho inevitable que cada generación tenga sus propios temas de interés, sus propias formas de entender el mundo, que no vale la pena detenerse a investigar, porque los más probable es que se provoquen odiosos enfrentamientos. Paralelamente, los jóvenes se quejan de que los adultos los descuidan y los obligan a crecer solos, cuando ellos buscaban comunicación, a pesar de que en otros casos reclaman de los adultos, precisamente que no se metan en sus cosas, porque las malinterpretan y pretenden ejercer un control excesivo.
A mediados del siglo XX, cuando yo estaba en la escuela primaria, muchos de mis amigos eran adultos que vivían en la vecindad. Las mujeres estaban en sus casas y compartían con los chicos las revistas de actualidad y los programas de radio. Ellas nos contaban historias horribles, que habían escuchado de otras mujeres de su amistad, por lo que no dudaban en aceptarlas como ciertas. Nunca tuve nada parecido a una abuela que me leyera cuentos de hadas, pero las narraciones de mis tías y vecinas cumplían el mismo rol aleccionador. Allí estaban, por ejemplo, el Hombre de la Bolsa que raptaba niños (no nos decían que lo hiciera para devorarlos o curarse una enfermedad repulsiva, como sucede en otras partes con la historia del Viejo del Saco); allí andaba la Viuda, que se aparecía a la medianoche en determinado callejón; o la esposa joven e inocente, odiada por la familia del marido, que criaba a sus hijos en un lugar inhóspito (Genoveva de Brabante) y las intrincadas historias de mujeres núbiles disponibles y hombres difíciles de conducir al matrimonio, que años después descubrí en las novelas de Jane Austin (la escritora del siglo XIX, no mi pelirroja y enorme profesora de inglés de la secundaria).
Los hombres visitaban el despacho de bebidas de mi padre, que operaba como un club del que estaban excluidas las mujeres. Sé que para la sensibilidad de hoy, la presencia de un chico en un lugar donde se expende alcohol es altamente criticable, pero mi experiencia demuestra lo contrario. Nunca he sentido la necesidad de ese tipo de estimulante, a pesar de haberme movido (como adulto) en ambientes donde ese consumo es habitual y hasta difícil de eludir.
Pude en cambio observar la interacción de los adultos que comentaban los progresos de la Segunda Guerra Mundial desde su óptica distorsionada (admiraban a los alemanes, se negaban a creer que los cultos europeos hubieran llegado a consumir gatos y ratas en medio de la hambruna). Yo conseguía que me leyeran las historietas cuando todavía no lograba descifrar la escritura. Con ellos aprendí a jugar a las damas y el ajedrez; obtuve de mi tío Juan Bovio o de Romeo C. un diálogo fluido sobre casi cualquier tema, que me estaba negado iniciar con mi padre. Yo lograba que los hermanos Casini me construyeran complejos barriletes de papel de seda y me ayudaran a remontarlos, que mi tío Goyo me prestara su bicicleta y me enseñara a andar antes de que en mi casa decidieran comprarme una, que Rubén B. me quitara el miedo a montar a caballo, que el pintor Villagra coloreara con pinturas al óleo mis dibujos, que el martillero C. me prestara su máquina de escribir Underwood para escribir mis primeros artículos para la prensa local.
¡Qué fácil parecía el acuerdo establecido por un chico con tantos adultos, aunque los diálogos se mantuvieran en el plano más estricto del respeto y la trivialidad! No me costaba nada tomar la iniciativa de solicitar el diálogo, como no le costaba nada a ellos concederlo. Allí estaba en funcionamiento un modelo de relación fluida con otras generaciones, que podía utilizar durante el resto de mi vida (esa hipótesis tan optimista no era sin embargo la más correcta, fui entendiendo luego). Mi padre no había logrado comunicarse con mi abuelo, que probablemente le daba órdenes y no esperaba de su hijo disculpas, ni demoras, sino rendiciones de cuentas. Para él, estaban demás las añagazas y carantoñas que solo anunciaban engaños de los más jóvenes. Ese era todavía el modelo que intentaba aplicar mi padre conmigo, cuando mi abuelo había muerto y los esquemas de las relaciones parentales del siglo XIX se estaban desarticulando en la segunda mitad del siglo XX. Sé que lo defraudé. En buena hora para ambos.
Fui afortunado por hallar a adultos que aceptaban la presencia de un chico que oía y dibujaba del otro lado del mostrador, que intentaba averiguar por intermedio de ellos qué pasaba en el mundo y los obliga a convertirse en sus informantes. Cuando alguien se embriagaba, dejaban se servirle. Gran parte de la concurrencia iba a conversar de pie o sentados en un banco de madera. Eran chacareros, peones y artesanos que oían los noticieros radiales y leían la prensa nacional. De vez en cuando aparecía un desconocido, como el viejo delirante que afirmaba haber descubierto el principio del movimiento continuo, que permitiría elevar el agua del Paraná, para consumirla en San Pedro, sin recurrir a bombas dependientes de la electricidad. Yo escuchaba a esos adultos que discutían sobre temas que desafiaban mi capacidad de entender el mundo, y me sentía cómo en su vecindad

lunes, 11 de octubre de 2010

¿Continuar o descontinuar la tradición?


En la actualidad, las nuevas generaciones no se creen de ningún modo obligadas a continuar con el legado de las anteriores, que en muchas ocasiones juzgan absurdo o equivocado, y viceversa: los adultos desesperaron hace tiempo de cualquier proyecto de obtener alguna continuidad de sus proyectos de vida a través de los hijos. Cada grupo etario coexiste hoy en un universo disociado del resto, plagado de desconfianzas mutuas y escasas conexiones, la mayor parte de las cuales conflictivas. Compiten, se desplazan, de vez en cuando se hacen zancadillas, se difaman, se amenazan.
Entre los jóvenes circula el mito de los esquimales que, llegada cierta edad en la que no son capaces de aportar mucho al grupo, son abandonados a la intemperie, para que mueran sin convertirse en estorbo. Entre los adultos, adquiere credibilidad la imagen de jóvenes ignorantes, prepotentes, que con tal de salirse con la suya destruyen todo lo que tocan.
En el pasado, las cosas eran distintas, como lo atestiguan hasta los cuentos de hadas. Las nuevas generaciones eran modeladas (y no pocas veces malditas) por los miembros de las viejas generaciones. Mi padre fue comerciante, porque mi abuelo fue comerciante, y le dejó como herencia un local que no podía dedicarse a otra cosa. Mi abuelo fue comerciante porque su pariente más próximo, su tío, que tal vez se llamaba Manuel Altolaguirre también lo era, desde mediados del siglo XIX, cuando lo recibió cuando era un niño de menos de diez años, apenas llegado del norte de España, donde permanecía el resto de la extensa familia.
Mi padre hubiera querido otra cosa y era evidente que siempre deseó ser alguien distinto, pero fracasó en la escuela secundaria (dudo que su cerebro hubiera dejado de funcionar después del tifus que sufrió a los doce años, como solía decirle en sus momentos de enojo mi tía Matilde). Tampoco era capaz de convertirse en un deportista profesional, hacia fines de los años ´20. Pudo librarse de la humillación de tocar el violín, mediante la decisión cruel de mutilarse un dedo en un taller del Colegio Nacional de Buenos Aires, donde había estudiado la élite del país desde el siglo XVIII, pero debía ocupar el sitio menos destacado que le destinaban. Él estaba condenado a reemplazar a mi abuelo, poniéndose al frente del comercio de la familia, en una pequeña ciudad provinciana, por el solo hecho de ser el mayor de los hijos varones.
La tradición familiar solía tener esas características implacables, antes de que la modernidad instalara la idea de que cada generación vive en un mundo propio, que no se conecta con el de los antecesores. Mi padre no estuvo a la altura de mi abuelo, que al plantearle oportunidades tan generosas de desarrollo, exigía una respuesta que su hijo no estaba en condiciones de darle.
Algo debo saber sobre maldiciones, porque mi padre me lanzó una cuando yo tenía veinte años. “Nunca vas a ser capaz de ganarte la vida”, me dijo, a pesar que yo estudiaba y me mantenía con mi trabajo desde los diecisiete. Él esperaba probablemente otra cosa de mí, nunca me dijo qué, tal vez que ganara mucho dinero y fuera muy famoso (convertirme en un jugador de fútbol o ajedrez, en un cantante popular, hubiera sido perfecto), y en tal caso, de algún modo sus predicciones pesimistas se cumplieron, pero es difícil que pudiera sentirse satisfecho de haberse salido con la suya, porque un buen padre se plantea otros objetivos más amables para sus hijos.
La maldición tiene como objeto programar mentalmente a la víctima, para que a pesar de estar en condiciones controlar su vida, termine aceptando el sistema (dañino) que ha dispuesto para ella otra persona. Quizás mi padre había oído palabras desalentadoras de mi abuelo, cuando lo convirtió en heredero del comercio que pertenecía a la familia desde hacía un par de generaciones. ¿Hubiera debido rechazar la dádiva? Legalmente le correspondía, pero también lo condenaba a aceptar una vida de responsabilidades y rutina, cuando él soñaba con rechazar los compromisos y prolongar la adolescencia, todo el tiempo que le fuera posible.
Mi padre no tuvo demasiadas opciones: a los veintisiete años aceptó reemplazar a su tío materno, José Félix Grigioni, presentarse ante el mundo como un comerciante más de una familia dedicada a esa actividad, casarse con una novia a la que conocía desde la adolescencia, engendrar los hijos que se esperaban de él, pero lo más probable es que todo esto fuera apreciado por él como una serie de frustraciones de su libertad personal. Él hubiera preferido continuar en las juergas de sus amigos del centro, no responsabilizarse de nada y depender de las decisiones de su padre, que lo maltrataba verbalmente (de creer la confesión que le hizo a mi mujer cuarenta años más tarde) pero al mismo tiempo le entregaba recursos considerables, por el solo hecho de haber nacido hombre.
Ese era él. Debió representar un rol que no se adecuaba a sus deseos y nunca dejó de hacerlo sentirse incómodo. A los catorce o quince años leí la Carta al Padre de Franz Kafka, un texto con el cual me identificaba, aunque no me ayudara a resolver mi conflicto, que no se expresaba directamente en mi casa, pero hubiera sido imposible ignorar. Nosotros nunca fuimos amigos, tal como él nunca lo fue de mi abuelo, a quien temía (de acuerdo a lo que también llegó a confesarle a mi mujer). Solo recuerdo un instante de comunicación explícita entre nosotros dos, su despedida, cuando yo tenía veintiocho años, la misma edad que el había tenido al casarse. Yo, en cambio, partía en un viaje a Europa. Mi padre me recomendó que tuviera mucho cuidado con las mujeres. Muy poco y demasiado tarde, para un adulto que había aprendido a valérselas por su cuenta.
El desencuentro con mi padre duró hasta el final de sus días, incluso cuando estuve en condiciones de ayudarlo a mantenerse, sin pedirle nada a cambio. Probablemente sintió alguna satisfacción al enterarse (a la distancia) de mis fracasos de todo tipo, que nunca le oculté, porque no había elaborado ninguna imagen mítica que debiera mantener. Tampoco intenté que participara de mis éxitos, para que pudiera mantener su confianza en el poder de su maldición. Desengañarlo, mejor dicho, ponerlo en situación de reconocer una verdad bastante más compleja, que no se ajustaba a sus deseos, hubiera sido agredirlo con una crueldad innecesaria.
El estreno de mis piezas teatrales ocurrió muy lejos de donde mi padre vivía, y por ese motivo no tuvo que presenciar aplausos que no le hubieran hecho demasiado bien. No pude evitar que viera alguno de mis documentales, durante una visita que hizo a Caracas, coincidente con la exhibición en televisión, pero no le pedí su opinión, ni tampoco insistimos en el tema.
Después de invitarlo a una de mis conferencias en Mar del Plata, quince años antes, me dijo que no le interesaba y consideré que era sincero y no debía insistir. Respecto de mis libros, ni siquiera intenté mostrárselos, para no ofenderlo con la evidencia de algo que solo hubiera significado una ostentación irritante para él. Tan temprano como cuando yo tenía dieciocho o diecinueve años, él se enteró por don Alejandro Maino que su hijo colaboraba con seudónimo en los semanarios de San Pedro, y se sintió ofendido. ¿Por qué había debido enterarse por un extraño? Más aún, ¿por qué había debido reconocer su desinformación ante uno de los hombres que más admiraba?
Mi abuelo se vio expulsado muy temprano de la tierra y las tradiciones de sus mayores, para favorecer a un hermano que no tenía otro mérito que el haber nacido antes que él. Esas eran las costumbres de Euzkadi, que desafiaban inclusive las leyes nuevas impuestas por la invasión napoleónica a España. Cuando mi abuelo se instaló en América, fundó otra tradición, que sin embargo repetía el viejo esquema. Las dos hijas que nacieron primero, no iban a estorbar su plan. Elvira hubiera dedicarse a la docencia y la música (como lo hizo). Matilde hubiera debido entrar en un convento (cosa que falló, por la estrategia de enfermarse).
Mi padre era el elegido para cumplir el rol de primogénito, y a pesar del miedo que mi abuelo infundía, se rebeló contra ese proyecto, sin ser capaz de armar nada nuevo y viviendo a sus expensas. Desde la adolescencia, yo no acepté la tradición de mi padre, y con el tiempo demostré que al no quedarme encerrado en los límites de una profesión o un país, aceptaba riesgos parecidos a los que había superado mi abuelo, en lugar de la dependencia penosa respecto de las generaciones que me precedían.