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lunes, 17 de diciembre de 2018

¡Mirá cómo me ponés!


La frase atribuida a un acusado de abusos y violaciones de mujeres jóvenes, circuló en la prensa argentina de fines del 2018, reportada por al menos dos de sus probables víctimas, que la habrían oído en diferentes ocasiones. Después de que esto toma estado público, porque se encuentran implicados actores famosos, no falta la respuesta de sectores feministas que pasan a identificarse con la frase “Mirá cómo nos ponemos”, para aludir a la organización y denuncia de quienes han sido agredidas o se solidarizan con ellas. 

Son mujeres que dejan de aceptar con vergüenza la experiencia de haber sido sometidas a humillaciones sexuales, en la confianza masculina de que todas ellas preferirían no mencionar esa circunstancia tan penosa, aunque no lograran olvidarla, para no verse degradadas y hasta responsabilizadas por la opinión pública de aquello que sufrieron.
¿Qué habrían hecho las víctimas de abusos y violaciones para merecer ese trato? En su búsqueda de algún justificativo para lo que a todas luces resulta injustificable, la opinión desinformada (prejuiciosa) desanda imaginariamente la genealogía de la agresión. Hubo algo, debió haber algo antes, que no es la ideología machista dominante en la sociedad, que no necesita referirse al contexto patriarcal donde todo ocurrió. Ese algo, entonces, proviene (debe provenir) de la mujer agredida. Ella fue, como Eva en la Biblia, la tentadora, la causante del desastre que involucró a toda la humanidad. También fue su víctima, eso no se niega, pero de no haber existido ella, en las condiciones en que ella decidió manifestarse, el agresor no hubiera sido tentado, lo injustificable no hubiera ocurrido.

De acuerdo a la perspectiva machista, la mujer se exhibía más allá de lo prudente, por ejemplo. Ella provocaba y recibió su merecido, por lo que no debería quejarse. Su cuerpo, origen de tantas fantasías masculinas de posesión, era dejado parcialmente al descubierto, por ropas que permitían atisbar lo que ocultaban. O sus movimientos, al desplazarse por lugares públicos, en actividades cotidianas, alimentaban la imaginación de otras actividades (sexuales) en lugares privados. O sus palabras más inocentes y convencionales, sugerían segundas y terceras intenciones en las que se prometían disfrutes inauditos al hombre que las oyera. Cualquier cosa puede ser vista, oída, sentida por aquel que se encuentra en un estado de sobreexcitación constante, como una invitación perentoria a saltar los límites que plantea el trato civilizado y agredir a la mujer que tiene delante.


Inútil es argumentar es que una mujer pudorosa, cubierta de los pies a la cabeza con ropas sueltas, resguardada en su casa con siete llaves de la vecindad de varones que no sean consanguíneos, como sucede en algunos países islámicos, no aplaca la tentación de abusar en aquellos que se sienten con ganas de intentarlo, dado que después de todo, las sanciones suelen caer sobre las víctimas.

¿Por qué no hacerlo, si otros hombres harían lo mismo, de estar en las mismas circunstancias o si tuvieran agallas para afrontar las consecuencias? Los cuentos de varones que abusan de las mujeres (atractivas o feas, lejanas o cercanas, da lo mismo) demostrando que ellos tienen las hormonas activas y ejercen su poder ancestral, incluso en tiempos revueltos como los actuales, donde las hembras osan mostrar su independencia, suelen ser celebrados como chistes por quienes los cuentan o los oyen. Son hazañas, magnificadas por el narrador, no confesiones, ni en ningún caso arrepentimientos.
Don Juan, en la ópera de Mozart, se revela como un personaje notable por la cantidad de mujeres que ha seducido. Leporello, su sirviente, lleva la contabilidad en una libreta, país por país. Han sido 640 en Italia, 231en Alemania, 100 en Francia, 91 en Turquía, 1003 en España. Desde la perspectiva de un gran macho, importa el número de quienes fueron penetradas por él, no la identidad ni otros detalles fastidiosos (como el afecto, las enfermedades venéreas o los embarazos consecuencias de estas relaciones). Poseer a las mujeres, marcarlas con el semen, tal como tantos animales marcan con la orina su territorio, en la esperanza de que nadie más se atreva a disputarlo: esa parece ser la estrategia de alguien que califica como héroe de su género.
 “¡Mirá cómo me pones!” ¿Por qué impresionan tanto esas pocas palabras, que no requieren ningún talento literario para ser combinadas, ningún talento escénico para ser proferidas? En primer lugar, porque invierten la situación en la que objetivamente se encuentran involucrados los personajes: el agresor se presenta como la víctima de la actividad seductora de aquella a quien está agrediendo de hecho. 
Al exhibir su excitación sexual, como prueba del efecto (placentero y no obstante incómodo) que dice sufrir, está intimidando a la otra parte. ¿Cómo reaccionará ella? ¿Conseguirá intimidarla o sumirla en pánico? Desnudándose o tan solo refiriéndose abiertamente a su sexualidad, el hombre demuestra el poder que posee y no dudará en utilizar. Se ha instalado al margen de las normas de urbanidad, que prohíben exhibir los genitales fuera de una intimidad consentida entre personas de parecida edad y condición social.
 En segundo lugar, el agresor se muestra también como la primera víctima de sus propios impulsos, que le traerán problemas y él no es el último en reconocer. Las hormonas despertadas por la cercanía de la mujer lo han desestabilizado emocionalmente, lo han descontrolado al punto de entregarse a una actividad que la opinión pública repudia. Él se presenta como una persona estabilizada, respetuosa de las normas sociales (no es improbable que sea un padre de familia), y ahora, por culpa de ella, se descubre incapaz de poner freno a un cuerpo que ha dejado de pertenecerle, que le impone sus demandas imposibles de ignorar.

Por eso tendría que abusar, para calmarse después de haberse salido con la suya, para recuperar el dominio sobre su cuerpo (aunque la frase de un acusado, que alardea de haber pasado la noche excitado, tras cometer la violación, sugiere precisamente lo contrario). La memoria del abuso, lejos de prometer que no habrá reincidencia, la naturaliza, la anuncia como proyecto futuro, la estimula en otros. El abuso vivido abre la alternativa de disfrutar la narración del abuso ante una audiencia masculina cómplice, de adornarlo con descalificativos a la víctima y endiosamiento del victimario.
TARTUFO: ¡Cúbrete el seno, que yo no pueda verlo! Las almas caen heridas con semejantes visiones, que excitan pensamientos pecaminosos. (Moliére: Tartufo)

domingo, 3 de abril de 2016

Sobre la indiferencia (real o fingida) al sexo (II)


Crlos Gardel
Simular indiferencia al sexo opuesto, aparentar una negativa pudorosa, incluso indignada, al contacto con el hombre que ha tomado la iniciativa del cortejo, aunque solo sea una herramienta más en el proceso de negociación amorosa, ha llegado a ser una de las técnicas más refinadas que emplearon tradicionalmente las mujeres, en las más opuestas culturas. Una escritora y cortesana francesa del siglo XVII, no dudaba en reconocerlo:

La resistencia de una mujer no es siempre una prueba de su virtud, sino más frecuentemente de su experiencia. (Ninón de Lenclos)

Ellas pueden hacerse valer, negándose a suministrar aquello que se les solicita (y se les arrebata con frecuencia) en una cultura que tiende a marginarlas de las iniciativas de todo tipo. Dado que disponen de pocas cartas, deben aprender a utilizarlas bien, porque carecen de otras.
Baile apache años `30
La indiferencia a los reclamos del sexo era una de las virtudes pregonadas (aunque no necesariamente practicada) por el cristianismo, heredada de los grandes filósofos estoicos de la Antigüedad, tanto para los hombres como para las mujeres. De acuerdo a un mito que circuló hace tiempo, el Papa de Roma habría recomendado a las mujeres alemanas que intentaran moverse durante el coito, aunque no sintieran la necesidad de hacerlo, para evitar el pecado nefando en el que habría incurrido un Emperador de ese origen, que llegó a consumar la relación carnal con su esposa, sin advertir que ella estaba muerta. Necrófilo a pesar suyo, la culpa era de una mujer indiferente a los placeres de la carne.
Una mujer que no opone ningún tipo de resistencia (efectiva o fingida) se devalúa ante los ojos masculinos. Katherina, la mujer irascible de La fierecilla domada de William Shakespeare, manifiesta su mala educación ante el pretendiente que le impone su familia, pero no puede eludir una serie de humillaciones a las que él la somete cuando la convierte en su esposa. Las mujeres que no aceptan la dominación masculina, deben ser domadas sin tomar en cuenta su resistencia, es la moraleja de la comedia, tal como se procede con las yeguas salvajes.
Grupo familiar años `40
Si el proceso de adiestramiento en el ámbito de la sexualidad ocurría, al amparo del matrimonio, todo estaba en orden para la sociedad. Ella y él saldrían ganando con el derrumbe de la resistencia femenina. Si el adiestramiento ocurría fuera del matrimonio, él ganaría un trofeo humano, como los que hicieron la fama del coleccionista Giacomo Casanova en el siglo XVIII, y ella perdería toda respetabilidad, pasaría a ser una mujer usada y devaluada, a quien le resultaba improbable rescatar su dignidad.
Pensar que en condiciones tan desiguales, las mujeres pudieran entregarse confiadas a sus parejas, era aceptar la mitología conformista de la industria cultural de la primera mitad del siglo XX, no tan poderosa como la actual, pero no menos tendenciosa.

Yo quiero un hombre copero / de los del tiempo del jopo / que al truco conteste quiero / y en toda banca va al copo. / Tanto me da que sea un pato / y si mi novio preciso / empeño hasta la camisa / y si eso es poco, el colchón. / Mama, yo quiero un novio / que sea milonguero, guapo y compadrón. (Ramón Collazo y Roberto Fontaina: Mama, yo quiero un novio)

¿Para qué querría una mujer con dos dedos de frente, atarse a un hombre irresponsable? Si fuera un estupendo amante, de todos modos la convertiría a ella en un pálido sustituto de su madre proveedora. La indiferencia femenina, en cambio, por difícil de sostener que resultara a una enamorada, rendía mejores frutos: los hombres eran quienes se preocupaban de atraer a las mujeres.
Responder a la pasión de los hombres, excitarlos mediante gestos y palabras, excitarse durante el intento, no eran las estrategias más utilizadas por las mujeres bien consideradas por la comunidad, y definían en cambio la situación de las prostitutas, a las que cabía admirar por sus dotes amatorias, lo cual equivalía a desearlas y despreciarlas al mismo tiempo. Después de todo, ¿de qué modo inaceptable para un hombre celoso podían haber adquirido esas destrezas? Mejor no averiguarlo.
No plantear ninguna resistencia a los avances masculinos en materia sexual, ni suministrarles ningún estímulo después de que las parejas se constituyen legalmente: tales eran los límites planteados por la opinión dominante a las mujeres. Adiestradas por sus madres o libradas a su propio ingenio, ellas dejaban toda la iniciativa a sus parejas.
Egon Schiele: dibujo
En épocas en que se desestimulaba la instrucción de las mujeres, cuando los hombres querían disfrutar un trato más experto en la cama, debían solicitarlo de las profesionales del sexo, que durante milenios han sido adiestradas en esas prácticas, para simular una excitación convincente, siempre y cuando se les compensara por sus servicios. Las prostitutas podían ser despreciadas socialmente, pero no perdían por eso su atractivo. Todo lo contrario. Recurrir a ellas tenía (tiene) para muchos hombres el incentivo de desafiar los tabúes de la sociedad, liberarse de restricciones que habitualmente se respetan.

Los hombres van de putas para sentirse varones. (Fito Páez)

Postal años `30
Las mujeres públicas, compartidas por innumerables clientes, esas que simulan experimentar con todos el mismo placer, para causar una impresión óptima a quienes exigen ese espectáculo privado que reconforta su ego, unen a los hombres que las frecuentan, a sabiendas de que ninguno será tan desubicado para reclamar exclusividad sobre ninguna ellas. Pertenecen por un rato a cualquiera que pague la tarifa estipulada. Alimentar celos o imaginar duraderos proyectos de vida con ellas, relaciones que las quiten de circulación y las reserven para el disfrute de uno solo, son ideas ridículas que pueden concebirse en un momento de entusiasmo, pero al pensarlo mejor se desechan.
Compartir mujeres de mala vida (no al mismo tiempo) establece una camaradería y una complicidad inevitable entre quienes las frecuentan y sin embargo, en la vida social, en caso de encontrarlas, negarían conocerlas. En los prostíbulos nacieron tradicionalmente negocios, amistades, acuerdos masculinos, alimentados por el reconocimiento y la aceptación de las debilidades de todos los que buscaban allí compañía.
En cuanto a las denostadas (por aburridas) esposas legítimas, bajo ninguna circunstancia se aceptaba que pudieran ser compartidas con otros hombres. ¿Cómo tener alguna certeza sobre la filiación de la prole (antes de los infalibles tests de ADN actuales), si la promiscuidad se toleraba? Uno de los temas recurrentes de las radionovelas era la identidad cuestionada de los hijos.
Cuando el engaño era un hecho y la situación no llegaba a ser ocultada, en los tangos se convertía en causal de crimen. La esposa del amigo es sagrada, se dicen tradicionalmente los hombres, unos a otros. En Argentina no había divorcio, gracias a la intercesión de la jerarquía católica. Aquellos que disponían de dinero, se divorciaban en Uruguay o México. Cuando el segundo gobierno de Perón legalizó el divorcio en 1954, se dijo que la Iglesia había decidido romper su alianza con el régimen y lograr su caída. Cuando alguien se atrevía a violar esta norma de fidelidad conyugal, se lo consideraba una traición imperdonable y estallaba una enemistad mortal entre el infractor y el traicionado.
Para la mentalidad masculina, es inaceptable que las esposas disfruten la pasión ilegítima tanto como la legal, y peor aún que en la práctica revelen haber disfrutado más lo ilegítimo que lo legal. Cualquier posibilidad de comparación entre los dos órdenes resulta odiosa, porque se supone que esas mujeres habían quedado reservadas para los hombres que las desposaron, y si por cualquier motivo no disfrutaban demasiado la legalidad, mejor hubieran hecho en resignarse o considerarlo un justo castigo a sus expectativas, porque nada mejor les estaba reservado.

La mujer es como la sombra: si le huyes, te sigue; si la sigues, te huye. (Nicolás Chamfort)

viernes, 6 de marzo de 2015

Territorios disputados por la guerra de los sexos



Operarias fabriles años `20
Desconcierto, por decir lo menos. Incomodidad evidente. Resistencia a los hechos consumados y al parecer irreversibles. Enojo, con frecuencia. Las fronteras que tradicionalmente se establecían entre las actividades propias de hombres y mujeres, fueron desplazándose en el curso del siglo XX, más de lo que se habían modificado en el curso de los dos o tres milenios previos. Experimentar la aceleración de ese proceso fue una de las oportunidades que dejaron una huella más profunda en nuestra generación.
En pocos años cambió de manera contradictoria una mentalidad bien asentada, que se vio obligada a rechazar aquello que hasta poco antes había aceptado. Cambiaron las leyes que iban a remolque de las protestas colectivas.
La música popular no podía ignorar ese sentimiento colectivo de alteración de parámetros considerados inamovibles, desde su óptica habitual, la masculina, expresada verbalmente en la letra de los tangos, boleros y rancheras, y gestualmente en el control de la pareja femenina por los brazos del hombre durante el baile. Desde los `60 se bailaba separado y se confesaba sin pudor la desorientación masculina:

Fumé mil puchos mientras pensaba / qué estará haciendo mi peor es nada. / ¿Qué puedo hacer si ella es así / con una hippie yo me metí. / Nunca viví nada igual / yo en mi casa y ella en el bar. / Sale de noche y vuelve de día / dice que estudia filosofía. (Francis Smith: Yo en mi casa, ella el bar)

¿Cómo saber dónde podía estar una mujer que de pronto se había vuelto imprevisible, porque no daba cuenta de sus actos (poco importa si por desordenada o rebelde respecto de la autoridad masculina)?  El dato fundamental era que las mujeres no se resignaban a permanecer entre las cuatro paredes del hogar, dónde se las había encerrado por generaciones, para mantenerlas a resguardo (según argumentaban sus guardianes) al margen de los riesgos y penurias de la vida, que los hombres más fuertes, mejor capacitados o simplemente resignados a la dureza de ese estilo de vida, afrontaban sin quejarse, todos los días, tanto cuando salían a trabajar, como cuando se iban de juerga con sus amigos.
Mary O´Graham
Durante el último tercio del siglo XIX, que hubiera maestras como Mary O´Graham, Florence y Sarah Atkinson, contratadas en los EEUU por el presidente Domingo Faustino Sarmiento, con el objeto de profesionalizar la docencia primaria, un territorio donde predominaban las mujeres, no causaba demasiada extrañeza. Reiteradamente la maestra se autodesignaba como “segunda mamá”. La educación se encontraba tan cerca de la atención maternal, que la profesión docente podía ser compartida por hombres y mujeres (ellos en los cargos directivos, ellas en el contacto directo con el aula).
Más rara era la situación de algunas pocas mujeres, como Elida Passo, Cecilia Grierson, Elvira Rawson o Alicia Moreau, que se habían empecinado en inscribirse en un reducto masculino como la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires. Si bien fueron aceptadas tras haber insistido bastante, tampoco les aguardaba una vida profesional demasiado fácil.
Doctora Cecilia Grierson (al centro)

Intenté inútilmente ingresar al profesorado de la Facultad [de Medicina] (…). No era posible que a la mujer que tuvo la audacia de obtener en nuestro país el título de Médica Cirujana, se le ofreciera alguna vez la oportunidad de ser jefa de sala, directora de algún hospital o se le diera algún puesto de médica escolar, o se le permitiera ser profesora de la Universidad. (Cecilia Grierson)

Solo en 1927 y no antes de superar una firme oposición burocrática, María Teresa Ferrari llegó a ser la primera profesora universitaria del continente. La rareza de una mujer médica, abogada, profesora o ingeniera (como Elisa Bachofen, titulada en 1917), era comparable a la exhibición de un ternero con dos cabezas en un parque de diversiones. Llamaba la atención, nadie hubiera negado que se trataba de un hecho notable, que se comentaba en ocasiones con sorna y en otras como el anuncio del Apocalipsis, pero al mismo tiempo no permitía esperar que la excepción se convirtiera en regla.
Las mujeres predominaban en oficios que dependían del trato personal con una clientela femenina. Sombrereras, corseteras, zurcidoras de medias, peluqueras, vendedoras de tienda, podían acercarse al cuerpo de otras mujeres y tocarlo para tomar sus medidas, efectuar pruebas o ayudarlas a decidir qué les quedaba mejor, sin ofender el pudor de sus clientes, ni despertar los celos de padres y maridos.
En décadas posteriores, algunos de esos oficios tradicionales desparecieron. Los sombreros dejaron de usarse. Las fajas reemplazaron a los corsets. ¿Quién se molestaría en zurcir los puntos corridos de las medias de nylon? Mientras tanto, los hombres invadieron las peluquerías de damas y los cocineros profesionales desplazaron a las mujeres en hoteles y restaurantes, los diseñadores de moda se encargaron de vestir a la clientela adinerada.
Telefonistas comienzos años ´40
Durante mi infancia, a mediados del siglo XX, no conocí mujeres pediatras, ni abogadas, pero abundaban las modistas, peluqueras y profesoras de piano (dudo que un hombre les hubiera disputado esas tareas tan poco lucrativas). Había profesoras en la educación secundaria, y algunas de las que conocí en San Pedro estaban muy bien evaluadas, como la señora Montaldo, que enseñaba Física o la señorita Austin, que enseñaba Inglés, mientras otras eran objeto de burlas por su incapacidad, como sucedía con la profesora de Religión.
Había operadoras, que atendían la central telefónica de San Pedro y pedían el número con el que uno pretendía comunicarse, y se las imaginaba como solteronas chismosas, que oían todas las conversaciones y derivaban chismes insubstanciales de ese conocimiento (hoy hubieran sido funcionarias calificadas de los organismos de Inteligencia).  La profesión de enfermera, tan necesaria en los momentos de crisis, no gozaba de buena fama (¿cómo podía tomarse en serio la actividad de mujeres que, al igual que las prostitutas, dejaban de lado el pudor y entraban en contacto con la miseria del cuerpo humano?).
Las mujeres habían salido a estudiar con un entusiasmo inexplicable para muchos hombres desconfiados, como si el estado de ignorancia que dejaban atrás fuera un grillete del que deseaban librarse desde hacía tiempo. Las satisfacciones que las aguardaban no se correspondían con las expectativas. Para su decepción, no encontraron las puertas abiertas en ese mundo en el que ellas habían cambiado mentalmente, mientras la visión masculina solía ser la misma.
Ellas se habían incorporado a profesiones liberales o tan solo continuaban fuera de su casa, al emplearse como operarias de fábricas, empleadas domésticas, vendedoras, oficinistas, una dependencia de los hombres similar a la que habían sobrellevado puertas adentro o todavía más desventajosa. Estaban compitiendo con los hombres, que las percibían como una amenaza, porque aceptaban salarios menores y una eficacia similar.
Sumadas al mercado de trabajo, no iban a respetarlas más que antes, se les había advertido y lo estaban comprobando. Se les exigía “buena presencia” (términos que incluían juventud, atractivo sexual y disponibilidad para ser cortejadas por sus superiores masculinos). Se consideraba el embarazo como una enfermedad y la atención de los hijos más pequeños como un handicap que desaconsejaba contratarlas.
Grete Stern: Todo el peso del mundo (collage)
A pesar de los indicios desalentadores, ellas no estaban dispuestas a renunciar a la independencia que acababan de ganar. En el curso de un par de generaciones se estaba produciendo una alteración imposible de ignorar en la relación entre los géneros. A medida que ganaban espacio en la administración pública y el mundo de los negocios, las mujeres no estaban dispuestas a devolverlo.
Desde fines de los 40´ la participación de mujeres en la política nacional fue incrementándose lentamente. Durante décadas de exclusión de los derechos cívicos, las feministas habían luchado por obtener el voto y sus adversarios les respondían con argumentos que iban desde los modelos de sumisión que suministra la Biblia, hasta el temor de que ellas se revelaran más ignorantes y fáciles de influir que los hombres.
Desde los 60´, gracias a la píldora anticonceptiva, fue definiéndose otra imagen de la mujer contemporánea, que dejaba de estar sometida al hombre, que estaba en condiciones de desgraciarla y huir, sin que ella pudiera hacer otra cosa que lamentarse de su suerte, para entrar en otra situación, en la que ella decidía cuándo aceptaba embarazarse, cuándo disfrutaba sin compromisos ni temores, la sexualidad que antes debía negociar.
Uno de las fantasías más temidas por los hombres tomaba cuerpo: las mujeres no dependerían más del capricho masculino, que en un momento las endiosaba y en el siguiente las hundía en el oprobio. Ellas disponían de sus propios ingresos, ganados de manera lícita (no como en el pasado, cuando no les quedaban muchas alternativas fuera de la prostitución) eran consideradas miembros productivos de la sociedad, y en el ámbito privado tomaban la iniciativa también sobre lo sexual.
Elegían pareja sin atender presiones familiares, tal como elegían los zapatos o peinados que consideraban más satisfactorios, desechando aquellos que no les convenían. Los hombres de la modernidad se vieron obligados a reconocer que en la intimidad ellos iban a verse obligados a rendir examen de suficiencia, en un terreno que tradicionalmente habían considerado su coto de caza.
Hoy las mujeres de buena parte del planeta alcanzan un nivel de escolaridad superior al masculino. Las tasas femeninas de asistencia escolar son más altas que aquellas de los hombres y se demuestran más responsables en el estudio, por lo que egresan antes. El acceso a roles de creciente responsabilidad, tanto en sus empleos como cuando sostén de sus hogares, afirma una independencia que comenzó a plantearse hace medio siglo y no se ha revertido.
Alicia Moreau de Justo

De los trabajos de la tierra, el único que va a conseguir una mujer es el trabajo de poda. No, el patrón poda a la mujer le da, que la mujer acompañe al marido sí, pero sola no, será que a lo mejor el patrón piensa que las mujeres no sabemos podar. (…) Quizás las mujeres son mejores que algunos hombres para la poda, porque por ahí los hombres, por hacer más rápido el trabajo, cortan mal y, a lo mejor, una hace más prolijo el trabajo. (Claudia: citada en Elena Mingo: Género y Trabajo: la participación laboral de las mujeres en la agricultura del Valle de Uco, Mendoza, Argentina)

Ámbitos que hasta no hace mucho se consideraban reservados para los hombres, como el periodismo político, deportivo o económico, son ocupados hoy por mujeres, sin que nadie tenga que justificar la situación como un experimento por el cual hay que pedir disculpa a los más conservadores. La pesca, la minería y la construcción son todavía ámbitos masculinos donde trae mala suerte incluir mujeres. El culto católico sigue resistiéndose a la incorporación de mujeres en roles similares a los de los hombres, pero en otras iglesias cristianas eso comienza a variar.
Ellas están ahí (vale decir, por todas partes) y si en algunas actividades son discriminadas, buscan a otras mujeres que las defienden en Tribunales. Si sus parejas las defraudan, se divorcian sin tener que buscar engorrosas pruebas de infidelidad. Si las abandonan con hijos no reconocidos, exigen exámenes de ADN. Todavía son insultadas, golpeadas y asesinadas por los más recalcitrantes partidarios del viejo orden paternalista, pero la condena de la sociedad (aunque tardía) llega a ejecutarse, mientras que en el pasado la mayor parte de esos crímenes quedaban impunes.