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martes, 1 de diciembre de 2015

Discriminación y tolerancia de la diversidad: un lento aprendizaje (II)



Cuando yo era niño, hablaba, pensaba y razonaba como un niño; pero al hacerme hombre, dejé atrás lo que era propio de un niño. (Pablo de Tarso: Corintios 12: 11)

Kaneto Shindo: Genbaku no ko
El siglo XX no fue una época de feliz inocencia, fácil de preservar, porque gran parte de los medios que hoy conocemos se encontraban activos e impregnaban de información, desinformación, publicidad, propaganda y diversión a todos los que se encontraban expuestos a su discurso. Si la diversión inyectaba amnesia, con la información adquirían demasiada visibilidad los conflictos contemporáneos. El planeta que mostraban los medios, no era nada amable, ni parecía destinado a mejorar en el futuro.
Como las comunicaciones no eran tan eficientes como en la actualidad, los grandes enfrentamientos tardaban en ser conocidos y llegaban filtrados por la palabra, en lugar de depender de las evidencias instantáneas y gráficas que hoy se emplean y suelen generar tanta ansiedad y angustia.
Ruinas de Hiroshima
Antes de cumplir los diez años me había enterado de los bombardeos atómicos sobre Hiroshima y Nagasaki por la prensa, pero no atinaba a medir las terribles consecuencias de la radioactividad  sobre la gente, hasta siete u ocho años más tarde, cuando me topé con Genbaku no ko, la película de Kaneto Shindo, que dramatizaba de manera contundente esos datos. Conocía el establecimiento del Estado de Israel en Palestina, me parece recordar que por una aventura del Pato Donald, pero no entendía las consecuencias de los enfrentamientos militares, ni conseguía relacionarlos con el Holocausto judío de la Segunda Guerra Mundial, hasta que vi Nuit et Brouillard, el documental de Alain Resnais sobre los campos de concentración nazis, que por la crudeza de la imágenes de archivo costaba mirar, y luego ya no podía ser olvidado.
Durante mis primeros veinte años de vida, me informaba de acuerdo al interés que me despertaban ciertas situaciones puntuales, como la invasión de Guatemala y el derrocamiento de Jacobo Arbenz por la CIA, o los recambios en la cúpula del poder en la URSS, tras la muerte de Stalin. Debo reconocer que nunca me informaba de manera suficiente,  objetiva, ni oportuna, pero eso lo comprendí bastante más tarde. Por eso quizás no percibía los efectos de la discriminación de los judíos en la vida cotidiana. Probablemente me faltó curiosidad, o me sobró indiferencia. Prestaba atención a los sucesos internacionales, por ser destacados en los titulares de la prensa y la radio, pero no alcanzaba a ponerlos en contexto, ni distinguir las repercusiones podían darse en aquellos que tenía cerca y hubieran podido suministrarme datos más efectivos, si se me hubiera ocurrido mencionar mi curiosidad.
Al menos una de mis compañeras de estudios debió ser judía, según lo que prometían su apellido y hecho de que se retiraba de clase, con otra que debía ser evangélica, cuando llegaba la hora de Religión (Católica, antes de que Perón se ganara la enemistad de la Iglesia, con iniciativas tales como la Ley 14394, que permitía el divorcio). Nunca pregunté a mis compañeras qué hacían en el ramo paralelo de Moral. Probablemente algo tan aburrido como esa versión más enjundiosa del catecismo que sobrellevábamos nosotros, los católicos. Nunca me pareció que la religión o la nacionalidad fueran asuntos capaces de enfrentar a la gente.
Entrada al campo de concentración de Auschwitz
Si los judíos que conocí más tarde, en la Universidad, se sentían amenazados como individuos o comunidad, no solían mencionarlo. Dudo que se sintieran ajenos a lo que sufrían otros como ellos, pero jamás hablamos del Shoah (el Holocausto), a pesar de que uno de ellos, Peter R. había nacido en Europa, durante la Segunda Guerra Mundial, y su padre había sido ahorcado en un campo de concentración, apenas un día antes de la liberación. ¿Valía la pena, sin embargo, que mi amigo mencionara eso, para conmover a quienes ya sentíamos afecto por él, tomando en cuenta lo que él era en el presente? No lo hacía nunca. ¿Qué hubiera pasado de no recibir la solidaridad que merecía, sino el rechazo de alguien con quien compartía clases, como el compañero que había leído y creía la denuncia de Los Protocolos de los sabios de Sión?
Una de las alternativas era que los judíos fueran acusados de exagerar sus problemas, en un país que al menos nominalmente los había recibido con los brazos abiertos, revelando que a pesar de tantas muestras de generosidad, continuaban siendo quejosos y resentidos. De Sirotta se llegó a decir que se había autoinfligido las agresiones que mostraba su cuerpo. Norma Penjerek fue presentada como cómplice de su horrible muerte. Aquellos a quienes se discriminaban, no podían solicitar piedad, porque eso era lo primero que se les negaba.
Shylock
Shakespeare podía ser antisemita, como era frecuente entre los intelectuales de su tiempo, y no obstante llegó a crear en Shylock, no solo la figura del judío desalmado, cuyas maquinaciones son finalmente derrotadas por Portia, sino también la de un ser humano acorralado, indefenso, que se revela contra un sistema que lo ha marginado y reducido a un rol odioso de prestamista.

SHYLOCK: Soy un judío. ¿Es que acaso un judío no tiene ojos? ¿Es que un judío no tiene manos, órganos, proporciones, sentidos, afectos, pasiones? ¿Es que no se alimenta de la misma comida, no es herido por las mismas armas, ni sujeto a la mismas enfermedades, ni curados por los mismos medios, ni calentado y enfriado por el mismo verano y el mismo invierno que un cristiano? Si nos pinchan, ¿no sangramos? Si nos hacen cosquillas, ¿no nos reímos? Si nos envenenan, ¿no morimos? Y si nos ultrajan, ¿no nos vengaremos? (William Shakespeare: El Mercader de Venecia)

Klos y Kadar: Obchod na korze
¿Cómo vivían los judíos las explosiones aisladas de discriminación que se daban en Argentina durante la primera mitad del siglo XX? No había situaciones extremas, que justificaran reacciones viscerales, como la de la anciana protagonista de Obchod na korze (La tienda en la calle mayor) el filme checo de Klos y Kadar, que entraba en pánico al oír la palabra pogrom. En Europa Central, las operaciones represivas patrocinadas por el Estado eran periódicas y temibles. Durante un pogrom, los judíos eran despojados de sus propiedades, se los encarcelaba, se los obligaba a emigrar y eventualmente  se les daba muerte. En España, tras la derrota de los musulmanes por los Reyes Católicos, se les ofrecía la opción de convertirse al cristianismo o morir. De todos modos, la condición de cristiano nuevo continuaba despertando sospechas. En cualquier momento podían perderlo todo, por lo que no era extraño que decidieran trasladarse al Nuevo Mundo, donde esperaban hallar un ambiente menos prejuicioso.
Convención nazi en el Luna Park de Buenos Aires, 1928
La represión había sido durante más de mil años la actitud del cristianismo respecto de los judíos, a quienes se consideraba culpables de la muerte de Jesús de Nazaret. Poco importa si esto se correspondía con la verdad o era falso, porque desde hace siglos se utiliza el mismo argumento para despojar a los judíos de sus medios de vida, en beneficio de aquellos que detentan el poder.
Muchos años después entendí el peso de la discriminación, cuando en los países donde residí tuve que tolerar, por ejemplo, chistes ofensivos sobre mi nacionalidad, que probablemente no se referían a mí, como persona, pero que tampoco se hubieran hecho si yo no hubiera estado presente. ¿Cómo reaccioné? Era mejor reírse ante las ofensas, demostrando que no importaban, o simular que no se había percibido la mala intención que se manifestaba detrás de una ocurrencia trivial, porque después de todo se trataba de alguna estupidez que no merecía recordarse.
Durante la adolescencia, aprendí que nunca me iban a discriminar por ser negro, ni chino, ni mujer, ni gordo, ni petizo, ni víctima del acné, porque el azar me había librado der tales humillaciones. Bastaba que fuera tartamudo. En tal caso, de acuerdo con mi experiencia, uno comenzaba por automarginarse de manera preventiva, con el objeto de evitar humillaciones que prometían ser penosas. Yo no hablaba demasiado, ni interactuaba más de lo necesario con gente de mi edad. Eso me llevaba a buscar la compañía de gente adulta y a pensar bastante lo que iba a decir, para estar seguro de los recursos verbales que utilizaba. No era casual que prefiriera escribir o dibujar, antes que hablar en público.

Puesto que yo soy imperfecto y necesito la tolerancia y la bondad de los demás, también he de tolerar los defectos del mundo hasta que pueda encontrar el secreto que me permita ponerles remedio. (Mahatma Gandhi)

Nadie hablaba a mediados del siglo XX de inteligencia emocional, ni de educación para la tolerancia de la diversidad. Más bien se lo hubiera considerado una injustificable pérdida de tiempo, que no correspondía ventilar en un colegio, cuando había que pasar tanta materia más urgente, exigida por los programas del Ministerio de Educación.
En tercer año del secundario se sumó a nuestro curso un estudiante nuevo, que acumulaba dos hándicaps temibles, cada uno por su lado: el acné juvenil que enrojecía su cara siempre sonriente, y ser hijo de un profesor que acababa de incorporarse al plantel y residía en las afueras de la ciudad. Tanto el padre como el hijo se convirtieron en víctimas de una mayoría circunstancial, formada por aquellos que ya nos conocíamos, aunque no tuviéramos tanto en común entre nosotros. La llegada de desconocidos bastaba para establecer una coherencia agresiva.
¿Qué podía hacerse para hostilizar a ambos? Nada concreto, dada la disciplina que por entonces regía en el sistema educativo y prodigaba amonestaciones y expulsión a quienes no respetaran las reglas de convivencia.
André Gide
Ambos recibieron sobrenombres que a pesar de circular a sus espaldas, tarde o temprano llegarían a su conocimiento y deberían molestarlos. Hoy no recuerdo si el padre o el hijo era conocido como “el Chacra”, pero estoy seguro de que fue al padre a quien alguien decidió anotar en el pizarrón, poco antes de que entrara en la sala de clases, el nombre Coridón, cosa que lo afectó al punto de increparnos a todos, incapaz de individualizar quién lo agredía. Yo no entendía qué estaba pasando, no había leído los poemas de Teócrito y Virgilio, en los que un pastor griego se enamora infructuosamente de un chico. Tampoco sospechaba que André Gide hubiera publicado con ese título, un libro de ensayos que defiende la homosexualidad. Aún hoy me pregunto si alguno de los estudiantes disponía de algún dato concreto sobre el docente, o si el rumor había surgido de los mismos colegas del docente, pero lo cierto era que la alusión tenía un sentido inequívoco para él, que nos miró en adelante como a sus enconados adversarios.
Cuando comparo este episodio con los recursos que disponen hoy los adolescentes en las llamadas redes sociales, advierto que tal vez no hubiera menos crueldad e inconciencia entonces, pero por suerte nos faltaban los medios para causar más daños por venganza o diversión. Ahora, los jóvenes viven permanentemente conectados a sus teléfonos celulares, que los acompañan a todas partes, incluyendo las escuelas, de donde parece imposible desterrarlos, porque los ocultan o no pueden evitar consultarlos, desatendiendo el aprendizaje.
El bullying (un término desconocido hace medio siglo, que se ha instalado en el vocabulario cotidiano de la gente) puede hacerse de manera presencial o utilizando la complicidad de las redes sociales, que facilitan la distribución de textos e imágenes capaces de documentar y perpetuar lo sucedido. Cuando se decide agredir a alguien, ahora se disfruta, desde muy temprano en la vida, de un anonimato y una repercusión que a mediados del siglo XX resultaban impensables. Los escolares se acosan para divertirse, para ser aceptados por el grupo de acosadores. Eso incrementa en forma paralela la fragilidad de los victimarios, que se vuelven dependientes de las redes sociales y temen recibir un trato parecido en cualquier instante.
Hinchas de futbol
La desconfianza cohesiona a un grupo humano, mientras dura el enfrentamiento de la mayoría con una minoría real o imaginaria, que puede ser designada como culpable de todos los males que experimenta la sociedad. Es la imagen del chivo expiatorio que permanece desde hace miles de años. Alguien debe ser sacrificado, para beneficiar a la mayoría. ¿Por qué no comenzar con un extranjero o con alguien que por cualquier motivo no llega a reconocerse del todo como parte del colectivo? Digamos un homosexual, un gitano, un gordo, el miembro de un culto religioso minoritario. Que sufra aquel que no puede resistirse al tormento al que será sometido para exorcizar los demonios de la mayoría.
Probablemente el temor no suministra ninguna base demasiado sólida para intentar empresas humanas de cierta complejidad, pero es motivador y después de manifestarse se vuelve cada más difícil volver atrás, porque se han tomado decisiones injustificables, basadas más que nada en prejuicios y el miedo.
En el mejor de los casos, a medida que pasa el tiempo, la desconfianza y discriminación inicial cede, los prejuicios se revelan infundados, y aunque solo sea por aburrimiento de las posiciones extremas, gracias al efecto desgastador de la rutina, casi todo el mundo termina aceptando aquello que antes rechazaba.

Imagina que tu gobierno te dice que hay un conjunto bastante numeroso de inmigrantes que van a venir a tu país. Ante esa noticia, lo primero que quieres saber cuáles son sus intenciones y van a participar o no en la economía, o si, por lo contrario, lo hacen con la intención de competir con nosotros. Los colectivos que están vistos como explotadores, no nos gustan, y si además son de fuera, no nos caen bien. Tampoco nos agrada la gente pobre. Es algo generalizado, que se da en todo el mundo. En cambio, los estereotipos concretos dependen de cada cultura. (Susan Fiske)

Encontrarse en minoría, expuesto a la discriminación, no resulta una situación cómoda, cuando por cualquier motivo la mayoría se siente insegura de aquello que tradicionalmente consideró sus posesiones.  Aquellos susceptibles de ser discriminados ven cómo proliferan las actitudes defensivas, que comienzan por designar al de afuera como un probable competidor, en enemigo, alguien que les arrebatará los escasos empleos, que tendrás más seguidores en Facebook y cortejará a las mujeres más atractivas, que los otros, los llegados antes, creían reservadas para ellos y nadie más, como si Dios les hubiera indicado esa misión. Hagan lo que hagan esos intrusos, los miembros de la mayoría no van a tolerar siquiera que piensen en estorbar  su camino.

lunes, 5 de agosto de 2013

Casi pido perdón por sobrevivir

Giorgio di Chirico: Pintura
Cada uno de nosotros espera que las generaciones que nos precedieron dejen este mundo antes de que nos llegue el turno, que liberen de su presencia un territorio que puede ser nuestro, con todas las responsabilidades que acarrea ocuparlo.
Con frecuencia nos duele que los mayores se ausenten, pero sabemos que no es otro el orden habitual de las cosas. Hasta los menos dados a la resignación, esperan esa soledad inevitable.
Los padres habrán de morir antes que los hijos. Conocer a los nietos es una dádiva de la suerte y los genes que siempre se agradece, pero tal vez no llegue a disfrutarse, y en tal caso no tienen mucho sentido las quejas.
La muerte de los contemporáneos, en cambio, siembra un desasosiego del que cuesta librarse. Si ellos murieron, cuando teníamos la misma edad, o al menos compartíamos las mismas experiencias, ¿cuándo será mi turno? La historia de los amigos anuncia nuestra historia. ¿Cómo es que comenzó tan pronto el turno de morir, si hasta el momento en que un amigo murió, yo esperaba no irme nunca de este mundo?
Mi primer contemporáneo en desaparecer, fue un compañero de secundaria, de apellido García, a quien de la noche a la mañana se le diagnosticó cáncer y en pocas semanas murió. No éramos amigos, pero habíamos compartido tres o cuatro años de clases y nos sentábamos en bancos cercanos. Su padre era un ordenanza del colegio. Creo recordarlo sentado, como yo, junto a una de las ventanas de nuestro salón.
Estaba acostumbrado a verlo, moreno, peinado a la gomina, sonriente, y de pronto lo encontraba tendido en un ataúd, en una casa de la bajada al Balneario Municipal de San Pedro. Nunca he podido mirar la cara de un muerto. Me impresiona como obscena la observación impune de alguien que ya no puede respondernos. El velatorio de García, fue la primera oportunidad en que lo comprobé. Sabía que era él, pero no lo verifiqué. No quise confrontarlo con la imagen de alguien que recordaba tal vez enfermo, pero de todos modos vivo.
O.G. y Mauricio Scherevschevsky (arriba, en el centro) y cinco amigos hoy muertos
Hay muertes y muertes. Algunos esperan el fin o luchan con todas las fuerzas para evitarlo, mientras otros salen a buscar, no la muerte, pero al menos un riesgo que puede desembocar en ella, como si solo así valiera la pena estar en este mundo. Pupi R. era uno de esos tipos encantadores que uno encontraba en la universidad y con los cuales parecía fácil ser amigo, sin complicarse demasiado en los detalles. Un día desapareció y meses más tarde nos enteramos que había sido hallado muerto por el ejército, que perseguía a una guerrilla que intentaba emular la aventura de los cubanos en Tucumán. Cómo se había incubado la aventura, cómo fracasó por un descuido inaceptable (bajar de la selva a un arroyo, con el objeto de bañarse) no terminaré de entenderlo. A comienzos de los `60, las esperanzas de cambio social parecían al alcance de la mano de los primeros que se decidieran a intentarlo. Era el asalto al cielo, de acuerdo a la metáfora de Marx, en su ensayo sobre la Comuna de Paris, una promesa que la revolución cubana renovaba.
El despertar fue cruel. Varios de mis compañeros de universidad murieron por su propia mano, desengañados. Armando B. era uno de mis amigos más radicales. Lo recuerdo afirmando a mediados de los `60, que después de los 30 años y la aceptación de los valores dominantes en nuestra sociedad, nadie merecía vivir. Cuando tiempo más tarde pasó por la experiencia de ser traicionado por un socio inescrupuloso y pagar su credulidad con la cárcel, optó por eliminarse. Mario B. murió en el exilio, solo y con sobrepeso. Carlos F. debió ser víctima de los estimulantes que consumía. De Myrtha L. nunca me llegaron detalles, pero su última carta, escrita tras la muerte de su pareja, era de despedida.
Edward Hooper: Pintura
Haber sobrevivido a las desilusiones es una ventaja que deja en condiciones de afrontar nuevos desafíos, pero rara vez se la disfruta como una victoria.
Es abrumadora la muerte de aquellos que de una manera u otra desearon morir. Por un lado, se salieron con la suya, por dolorosa que sea su decisión para los testigos que desconocen las circunstancias. Por el otro, ¿no alentaban ya ninguna esperanza?¿Quién no ha sentido en algún momento de crisis una desolación parecida? Sin embargo, ha continuado resistiendo, como la rata que cae en depósito industrial de leche, y en lugar de abandonarse a la muerte, patalea durante una noche entera, hasta despertar en la mañana, sin fuerzas, pero descansando sobre un gran pote de manteca.
Durante los `70, se produjo una sucesión de muertes de gente que yo había estimado, colegas, amigos, víctimas de la represión del Estado, tanto en Argentina como en Chile. Varios desaparecieron. No es estuvieran muertos, de acuerdo a la información oficial, pero tampoco podía verificarse que permanecieran vivos, y entonces uno luchaba por encontrarlos, presumiendo lo peor. Mauricio, un sacerdote uruguayo que hacía trabajo social en las villas de Buenos Aires, fue visto por última vez en un centro de tortura, como supimos casi una década más tarde. Pasó en nuestro departamento de Caracas su última noche en Venezuela, y estaba tan decidido a regresar, en 1979, para reiniciar sus actividades, que hubiera sido indecente tratar de convencerlo de lo contrario.
Horacio C., nuestro testigo de matrimonio, a quien mi mujer conocía desde su infancia, por haber sido estudiante de mi suegra, regresó a Chile en 1976, donde esperaban su mujer, sus hijos y el partido político en el que militaba. El Golpe de Estado lo había sorprendido en Europa y allí hubiera podido mantenerse, en el exilio pero seguro. Al regresar, lo atraparon, delatado por alguien que él y nosotros conocíamos. La búsqueda de los familiares fue incansable y en vano. A mediados de los `90 se detectó una pista. Hallaron una pieza dental de Horacio, en el sitio donde enterraron por primera vez su cuerpo, antes de inhumarlo (algunos años más tarde) para que desapareciera definitivamente, quizás en alta mar. Por el ADN de ese diente, nuestro amigo fue reconocido casi treinta años más tarde.
Durante los últimos años `80 y comienzos de los `90, llegaron las muertes por VIH, que la gente enmascaraba para eludir el rechazo social. Mi amigo Ricardo L., director teatral, se había resignado a morir, cuando nos vimos por última vez en Caracas, en 1993. No luchaba. Era portador del virus. La muerte iba a alcanzarlo sin que él hiciera nada para oponerse. No alimentaba ningún reproche por su suerte. Otro director de teatro, Carlos G., en cambio, se encerró a morir en un departamento inaccesible, rodeado por su madre y su hermana, convocadas para aislarlo del mundo que lo había celebrado (y que probablemente había sido contagiado por él). Se hablaba de una muerte horrible, tras haber sido deformado por la enfermedad, mientras sus pocos amigos y sus más numerosos enemigos lo creían disfrutando un año sabático en Europa.
En el curso de los `90 no lloré la muerte de mi madre, porque su vida fue una secuela terrible de dolores que ella mantuvo en secreto (como si no tuviera derecho a hacerse oír) y se atrevió a revelar solo cuando la muerte se anunciaba, convertida en circunstancia liberadora para ella. Tampoco lamenté la muerte de mi padre, porque la suya había sido una vida a la deriva, que si bien no podía despertar rencor, tampoco me permitía apiadarme de sus opciones equivocadas. De hecho, viví el duelo de aquellos que amaba antes de que murieran, por lo que su desaparición sólo confirmó una resolución que yo había imaginado.
Haber sobrevivido no nos obliga a pedir perdón a los que se fueron. Cada uno siguió el camino que se le presentó como inevitable o consideró el más adecuado. La suerte o la decisión de sobrevivir incluso en las circunstancias más difíciles, eso que ahora se denomina resiliencia, no reclaman disculpas. Lamentablemente ellos no están (todos nos iremos, tarde o temprano) cuando otros sobrevivimos, por lo que de algún modo cargamos con responsabilidad de recordarlos. Hay quienes llevan flores a las tumbas. Yo escribo este artículo, en la esperanza de que alguien los recuerde por estas páginas, cuando me toque el turno de irme.

martes, 25 de diciembre de 2012

Orquesta de Señoritas

En su palco las señoritas / repetían con todo esmero / pasodobles y rancheritas / que no daban para el puchero. / Eran rubias, llevaban flores / en el pelo y en la cintura. / Se movían como muñecas / con tristísima compostura. (María Elena Walsh: Orquesta de Señoritas)
Orquesta de Señoritas años `30
Cuando tenía cinco años, a comienzos de los `40, descubrí a mi primera orquesta de señoritas, actuando en una confitería de calle Suipacha, en Buenos Aires, adonde mi tía Matilde nos condujo, a mi madre, mi hermana y a mí, que visitábamos la gran ciudad por primera vez y todo nos deslumbraba, desde el ornamentado interior del hotel España de Avenida de Mayo, hasta los huevos fritos de forma absolutamente circular (gracias al molde inimaginable para nosotros, provincianos) o la cantidad abrumadora de autos que circulaba por las calles (para alguien crecido en la tranquila intersección de las calles Libertad y Chivilcoy, donde era un acontecimiento que pasara alguno).
En ese local forrado en paneles de madera oscura, adornado con grandes vitrales internos, iluminados por luz artificial en pleno día, el angosto palco art deco donde cinco mujeres mustias ejecutaban valses vieneses a la hora del té, excedía todo lo que habíamos experimentado antes y mi tía Matilde nos concedía la oportunidad de descubrirlo, mientras nos observaba con evidente placer: ella estaba acostumbrada a ese mundo urbano, gracias a que llegada a los cuarenta años se mantenía soltera (en otras palabras, se podía considerarla vagamente disponible para cualquier hombre de su misma clase social y edad madura, que se interesara en su persona). Desgraciadamente era también una mujer sin un oficio que le permitiera independizarse. No obstante, se movía sin pedirle permiso a nadie, padre, hermano o marido.
Atrás habían quedado, gracias a las prohibiciones de los sucesivos gobiernos conservadores de la Década Infame, las confiterías animadas por falsas orquestas de señoritas, formadas a veces por decenas de presuntas ejecutantes (violinistas sobre todo) que durante los años ´20 ofrecían otra fachada de la prostitución, según cuenta Albert Londres en El Camino de Buenos Aires. Los clientes decidían quiénes eran aquellas que les interesaban como parejas ocasionales, mediante señas o enviando mensajes a través de las camareras. Las elegidas se retiraban del palco donde se habían exhibido, se trasladaban a una casa vecina, en compañía del cliente, mientras sus puestos en la orquesta pasaban a ser ocupados por otras damas igualmente disponibles.
Anuncio de baile, con orquesta femenina
En los `40, esa imagen oscura se estaba saneando, tal como iba a ocurrir poco después con la letra de los tangos que difundía la radio, con el objeto de acatar la censura de los gobiernos conservadores. El pecado no iba a obtener demasiado espacio en los medios, ni siquiera para demostrar que era un error entregarse a él.
Niní Marshall en Orquesta de Señoritas
Niní Marshall protagonizaba una película de Luis César Amadori titulada Orquesta de Señoritas, en la que varias actrices jóvenes aparentaban sin demasiada convicción seguir sus órdenes, mientras actuaban en una confitería familiar de Buenos Aires. Ser huérfana y haber trabajado en una orquesta como esa, eran dos circunstancias que el diálogo mencionaba como graves handicaps para que el matrimonio de Blanca, la chica de la mandolina, que encarnaba Zully Moreno, fuera aceptado por el tío del novio.
A comienzos de los ´50, San Pedro tuvo una orquesta de señoritas, en la que participaba una de mis compañeras de escuela primaria, que se llamaba Nelly C. si puedo confiar en la memoria. Horacio Montes era un músico muy conocido en la zona. Su pequeña orquesta amenizaba los bailes (como se decía entonces) con un variado repertorio, que iba desde los valses vieneses y los fox-trots norteamericanos, hasta los tangos y pasodobles.
La orquesta femenina fue consecuencia del éxito continuado de Montes en los bailes de San Pedro. Mi padre organizó algunos en el galpón del almacén, que todavía existe, frente a la Escuela que en la actualidad lleva el nombre de mi abuelo. No atino a imaginar cómo vaciaron ese gran recinto de las pilas de cajas y cajones de mercaderías, de las bolsas de maíz y café, de la gran balanza, de los toneles de vino y aceite, para dejar el espacio libre, tras pintar las paredes con cal y tender guirnaldas de papel de barrilete. El piso era de tierra apisonada y el palco de la orquesta se encontraba en lo que había sido hasta entonces el depósito del carbón. El quinteto de Montes amenizaba esos bailes, como los que de vez en cuando se celebraban en el salón de la fábrica de ladrillos de los Cedraschi, que podían ser a beneficio de la Cooperadora de la Escuela Nº 2.
La orquesta masculina de Montes no podía cumplir con todos los compromisos. La femenina estaba formada por media docena de adolescentes, bastante tímidas todas ellas, que estudiaban música con él y no tenían un repertorio demasiado extenso, pero el simple hecho de ser mujeres jóvenes las disculpaba de sus evidentes limitaciones profesionales.
Las recuerdo actuando en Balcones al Paraná, un recreo ubicado al comienzo de la calle Mitre, durante una noche de verano, en que mis tíos maternos me llevaron con ellos. Reconocí a Nelly C. entre las otras chicas, tan delgada como siempre, tal vez con un peinado de trenzas recogidas sobre las orejas. Ella cantaba sin demasiado entusiasmo, cuando la pieza lo exigía. Algunas parejas bailaban. Tanto si las aplaudían, como si no lo hacían, lo más probable era que repitieran la pieza.
Uno de mis compañeros de secundaria era responsable de la frase que se suponía graciosa, aunque solo resultara discriminatoria y sexista: “No es lo mismo las chicas de la orquesta de Montes, que montarse a las chicas de la orquesta”. La imagen de mujeres que trabajaban de noche, en lugares donde se expendía alcohol y la gente disfrutaba la oportunidad de acercarse durante el baile, continuaba marcada por las sospechas de las generaciones anteriores. Aunque se tratara de un chiste, los prejuicios de quien lo contaba y la risa de quienes lo celebraban quedaban en evidencia. A pesar de que teníamos tantas compañeras de estudio que nos demostraban diariamente su capacidad intelectual, cuando un adolescente le preguntaba a otro si su hermana trabajaba, no se entendía en otro sentido que no fuera la prostitución.
El documentado artículo publicado en su blog por Fernando Chiodini, sobre las orquestas que proliferaron en San Pedro, a mediados del siglo XX, sitúa ese momento irrepetible, precioso desde la perspectiva actual, en el que tantos músicos vivían de su oficio y los bailes permitían un tipo de comunicación entre los jóvenes, que de acuerdo a lo que me cuentan, hoy se encuentra extinta.
Tony Curtis, Jack Lemmon y Marilyn Monroe en Some Like It Hot
En una de las comedias de Billy Wilder, Some like it hot, Tony Curiis y Jack Lemmon interpretaban a dos músicos obligados a esconder su identidad, para escapar de la persecución de unos gansters. Disfrazados de mujer se incorporaban a una orquesta de señoritas que actuaba en un balneario de los años `20. La situación daba lugar a una serie de equívocos sexuales, que desafiaban a la censura de Hollywood. Reunir a tantas mujeres (ciertas o aparentes) no podía ser visto como una coincidencia trivial. No se trataba de considerar a las mujeres un objeto decorativo y anónimo, como sucedía en los filmes musicales de Bubsby Berkeley en los años `30. Algo estaba cambiando en la mentalidad de la audiencia de los medios, porque las relaciones entre los géneros comenzaba a ser analizada desde la perspectiva del feminismo y la difusión de anticonceptivos para la mujer.
HORTENSIA: ¡Señoritas, nada de discusiones en el palco! ¡Aún cuando no toquemos, el público no deja de mirarnos! ¡Por favor. sonrisas y gracia! Puedecirse lo que piensan, sin dejar de sonreír. (...) Se lo deben al público. (Jean Anouilh: Orquesta de Señoritas)
A comienzos de los años `60, en Francia, Jean Anouilh escribió una comedia teatral de las que él mismo denominaba desagradable, La Orquesta, ambientada en la segunda posguerra, que presentaba a las integrantes de un maduro grupo femenino, dedicado a ejecutar música sentimental en un balneario de Mediterráneo, mientras ventilaba sus ideas triviales y frustraciones sexuales.
Diez años más tarde, Jorge Petraglia montó en Buenos Aires una versión travesti (hombres que interpretaban los roles femeninos) que alteró de manera perdurable la imagen de la obra. En adelante, ya no sería el retrato de una época superada, en la que se daba por sentada la sumisión de la mujer al macho, para revelarse como la visión grotesca, desactualizada, de las fantasías masculinas respecto de unas mujeres que en el mundo real ya no eran las mismas.
Graciela Bello: Orquesta de Señoritas
Ese enfoque fue inmediatamente aceptado por la audiencia. La pieza se representó durante décadas en varios países, respetando ese planteo. Reírse de las mujeres que salen del encierro del hogar para ganarse la vida, no se consideraba que fuera discriminarlas. En 1973, Rolando Rivas, taxista, una exitosa telenovela de Alberto Migré, se burlaba de la orquesta de señoritas, reciclando (y de paso vulgarizando) los mismos aspectos que atraían en la puesta en escena de Petraglia. Cuarenta años más tarde, como demuestra la pintura ingenua de Graciela Bello, el enfoque no ha variado, como si la realidad histórica de las mujeres que fueron (y son) exhibidas y explotadas, continuara fascinando a los testigos, pero tuviera que ser encubierta y distorsionada, hasta convertirse en chiste.

domingo, 14 de octubre de 2012

Inútil humo del tabaco

Publicidad cigarrillos, circa 1940
Haber nacido y crecido en la trastienda de un almacén de barrio, me dio la oportunidad de acercarme en cualquier momento al alcohol y el tabaco, dos de las drogas cuyo consumo era y todavía es aceptado por casi todo el mundo. Si no me entregué a ellas, debe ser porque no es cierto que la oportunidad hace al ladrón. Hay temperamentos adictivos y otros que no sienten la misma urgencia. Las drogas que en la actualidad circulan por los más opuestos sectores de la sociedad, eran hace tres generaciones privilegio de la clase alta. Se las mencionaba al pasar en la letra de los tangos (“No se conocían popó, ni morfina / Los muchachos de antes no usaban gomina”) o en textos de circulación restringida (como la novela Cocaína de Pitigrilli). Correspondía a gente quizás envidiada, sin embargo desconectada de la experiencia de la mayoría.
Me recuerdo a la edad de cinco o seis años ordenando los paquetes de cigarrillos en el casillero de madera que estaba debajo del reloj de péndulo del almacén, probablemente por mi abuelo, medio siglo antes, cuando los paquetes traían regalos para atraer a los compradores: fotos de mujeres poco vestidas, artistas célebres, naipes.
Sin fumar, aprendí a diferenciar el aroma de los cigarrillos negros y el de los rubios, los colores y marcas que los distinguían: estos eran los 43, estos otros Particulares, Fontanares, Imparciales. Quizás hubiera Chesterfield y Parliament. Había también papel de armar cigarrillos y paquetes de tabaco picado que en mi infancia rara vez se vendían. Cerca estaban los cigarros de hojas, de marca Avanti, que se vendían en paquetes chatos, de cuatro toscanos, que olían más intenso que los cigarrillos comunes y eran pedidos por algunos viejos chacareros italianos. Se decía que los mascaban (y escupían) en lugar de fumarlos.
En mi niñez, no quedaban las escupideras latón dorado en otros locales públicos que no fueran las peluquerías de hombres. La costumbre de mascar tabaco no era bien vista. Había pasado de moda. Los hijos de inmigrantes no la habían heredado de sus padres. Los hombres fumaban en cualquier parte y no se disculpaban ni pedían permiso a las mujeres para hacerlo. Ellos estaban en su derecho y más bien constituía una obligación que se veían obligados a respetar, para ser aceptados por otros hombres.
En el almacén de mi padre se vendía tabaco de hebra, para alimentar pipas, pero solo recuerdo a un consumidor de esa modalidad, nuestro vecino inglés, John Cummings. Los dedos y los dientes amarillentos por el tabaco eran la confirmación de pertenecer a un género privilegiado, incluso cuando alguien era un pobre diablo (tuve que salir de Argentina para enterarme de que en otras partes se vendían cigarrillos sueltos, a quienes no podían afrontar el costo de un paquete).
Mis tíos fumaban constantemente y sufrieron problemas pulmonares que al menos en un caso condujeron a la muerte. No era, sin duda, la óptica de esa época. Mi padre fumaba ocasionalmente, en compañía de amigos. Me parece recordarlo jugando a los naipes los sábados por la noche y fumando, aunque más no fuera para no desairar a sus visitantes. Solo había un cenicero en la casa, de bronce, que representaba la cara de un diablo y entre los cuernos lucía la publicidad de Pineral.
Las mujeres no fumaban. Sé que medio siglo antes, muchas lo hacían, no en público, sí en las reuniones reservadas a su género. El tabaco, muchas veces mascado, no necesariamente quemado y aspirado, facilitaba la comunicación entre ellas.
A la distancia cuesta entender que las feministas norteamericanas de los años `20 se fotografiaran fumando en las calles de New York, para indicar su resistencia a las discriminaciones que sufrían (entre todas, aquella de fumar en público). Debió pasar bastante tiempo para que una voz femenina adaptara la letra de un tango que Gardel había cantado en 1922 para hacerla suya:
Fumar es un placer /genial, sensual / fumando espero / al hombre que yo quiero / tras los cristales / de alegres ventanales / y mientras fumo / la vida no consumo / porque flotando el humo / me suelo adormecer. (Villadomat y Garzo: Fumando espero).
Marlene Dietrich, circa 1950
¿Qué podía ser más atractivo que una mujer desafiante de las tradiciones y el recato, que sin embargo confesaba su dependencia del hombre que la hacía esperar? Que George Sand, Lola Montes o notorias prostitutas del siglo XIX se hicieran fotografiar con cigarrillos en la manos, era un espectáculo excitante para los hombres.
En las películas nacionales y extranjeras, las actrices de los años `40 fumaban. Utilizaban largas boquillas que evitaban el contacto de sus labios pintados con el papel de cigarrillo. No abrían ruidosos paquetes de cigarrillos, como todo el mundo, porque los guardaban en relucientes pitilleras (esa palabra nunca la oí en el mundo real, a pesar de leerla en novelas de Mickey Spillane y subtítulos de las películas de Hollywood). El humo creaba un filtro interpuesta entre la cámara y el rostro maquillado de las actrices, que las volvía más hermosas y distantes. ¿Había algo más seductor que el humo lanzado por los labios de Marlene Dietrich, María Félix o Zully Moreno? Anunciaban una sexualidad sin límites, que debía ser imaginada por el observador, puesto que ellas nada mostraban.
El humo resultaba fotogénico, romántico y nadie parecía asociarlo con complicaciones respiratorias o cardiovasculares. El cáncer de pulmón era un asunto que discutían los médicos y ni siquiera ellos lo relacionaban con el consumo de tabaco. Gracias al tabaco los seres humanos se seducían unos a otros en la pantalla. Bette Davis encendía dos cigarrillos en Now Voyager: uno para ella, otro para su enamorado, Paul Henried.
Tuve que esperar hasta los años `60 para ver a las mujeres jóvenes que fumaban al igual que los hombres y en la vecindad de los hombres. La píldora anticonceptiva y el cigarrillo en público coincidieron para indicar que ellas iban a tomar decisiones que las generaciones anteriores dejaban en exclusividad para los hombres. Mis compañeras de secundaria no fumaban o lo hacían muy de vez en cuando, pero las universitarias lo hacían. Pronto serían fumadoras más asiduas que los hombres del mismo segmento social y etario.
Las empresas tabacaleras han logrado relacionar en su publicidad el control del apetito por las mujeres, con el consumo de cigarrillos. La presión de los pares y las tendencias antiautoritarias, se combinan para motivar en las jóvenes de todo el planeta el deseo de fumar. Las investigaciones efectuadas en Chile durante 2008, revelaron que 40% de la población femenina de entre 13 y 15 años reconocía haber fumado durante el último mes.
Fumar daba prestigio, el suficiente para sentirse adulto. Al parecer, las adolescentes miran esto como una forma de liberación. (Roberto del Águila)
Hace medio siglo, los niños se entretenían chupando cigarros de chocolate, antes de probar a escondidas los verdaderos cigarrillos, robados a los adultos, a pesar de que se les advirtiera que al fumar podían atrofiar su crecimiento. Cuando se veían películas producidas tras el fin la Segunda Guerra Mundial, la imagen de los huérfanos en Lustrabotas o En Cualquier lugar de Europa, asociaba a los fumadores infantiles con familias destruidas e indefensión. Nada que ver con los vagabundos anárquicos y fumadores de pipa que aparecen en las novelas del siglo XIX de Mark Twain.
Durante los recreos, los adolescentes fumaban en los baños del Colegio Nacional. Se juntaban para protegerse de la vigilancia de celadores y personal administrativo que los hubieran amonestado en caso de descubrirlos in fraganti. Restricciones como esas, en lugar de desalentar el consumo de tabaco, le otorgaban un aire de desafío muy difícil de ignorar Desde la actualidad, ahogados por una cultura de la droga que promete arruinar el futuro de una generación, todo aquello que tanto alarmaba a los adultos, nos parece trivial, inocente. La búsqueda de placer (o al menos, de consuelo) adquirió en un par de generaciones un carácter de urgencia que en el pasado no tenía. ¿Adónde nos lleva?
Now laughing friends deride / tears I can not hide / oh, so I smile and say / when a lovely flame dies / smoke gets in your eyes. (Jerome Kern y Otto Harbach)

sábado, 1 de octubre de 2011

De Juvenilia al bullying del siglo XXI


Los adolescentes de Juvenilia, en la segunda mitad del siglo XIX, eran poco convencionales, pero fáciles de controlar. Provenían de los sectores más adinerados de la sociedad. Admiraban el conocimiento de algunos adultos que eran sus profesores, mientras criticaban la estrechez de criterio de otros. Sus mayores desafíos a la autoridad eran fumar cigarrillos y escapar por las noches del recinto del colegio en el que se los concentraba. Sus gestos de rebeldía parecen justificados y contribuyen a unirlos contra los adversarios comunes, que son la estupidez y el dogmatismo.
En esta segunda década del siglo XXI, el portal You Tube se ha convertido en la tribuna privilegiada para aquellos que cometen abusos contra sus iguales, con el auxilio de otros miembros del grupo al que todos ellos pertenecen, haciendo víctimas a individuos que por algún motivo se encuentran desprotegidos o no pueden responderles.
El abuso en el interior de respetables instituciones educacionales, gracias a la relativa protección o la ignorancia que ofrecen las jerarquías, dista de ser una situación nueva. Los colegios ingleses más prestigiosos fueron el territorio tradicional de esos maltratos. Los chicos se golpean y humillan desde hace siglos como parte de rituales de iniciación.
En la actualidad se habla del tema, los órganos de prensa lo recogen como noticia, la evocación de lo sucedido ocupa varios minutos de los noticieros, donde testigos o víctimas conmovidas evocan el bullying, el tema preocupa a los parlamentarios que plantean leyes antidiscriminatorias, en contraste con la relativa impunidad que eso disfrutó en el pasado. Cuesta decidir si antes había menos violencia que en la actualidad, o si se miraba en otra dirección cuando ocurrían atentados de todo tipo, mientras no pusieran en riesgo la propiedad ajena.
Ahora el abuso puede ser registrado por las cámaras de video instaladas en los teléfonos celulares que todo el mundo posee y permiten elevar las imágenes a Internet, para aumentar (inmortalizar) la humillación de la experiencia. Antes el abuso quedaba guardado en la memoria de las víctimas y un reducido número de testigos, hasta que se olvidaba o confundía con otras anécdotas del mismo tipo. En la actualidad, la prueba de lo sucedido circula por el hiperespacio y llega a millones de espectadores que se horrorizan o disfrutan el espectáculo.
Desde muy temprano, los estudiantes se golpean, se patean, se escupen, se insultan, son despojados de sus pertenencias, son sometidos a vejámenes variados y todo eso queda publicado, como si se tratara de una hazaña del agresor y sus cómplices, digna de ser imitada y también destinada a amenazar e inmovilizar cualquier reacción del colectivo.
Uno de los recuerdos más enigmáticos de mi infancia, es un encuentro con dos compañeros de escuela primaria que tenían apellidos comenzados por P. y me amenazaron con golpearme cuando los encontré en la calle, montados en bicicletas, no muy lejos de mi casa. No me parece que hayan concretado su amenaza, ni por qué lo hacían. Uno de los matones había sido hasta entonces un amigo y compañero de curso, a quien solía visitar en su casa para consultar las tareas escolares.
Di por sentado que el otro lo controlaba y lo había obligado a cambiar su actitud. El líder era el chico lindo del colegio, que llegaba por Tres de Febrero, desde el centro de San Pedro a nuestra Escuela Nº 2 ubicada en una calle de tierra. Lo recuerdo petulante, con su anticuada corbata de moño azul con pintas blancas, como los chicos de las ilustraciones de Vida Espiritual, una serie de libritos de Constancio C. Vigil que aparecían anunciados en Billiken y yo quería poseer, entre los siete y ocho años.
Nunca le conté el encuentro a mi familia y la situación tampoco se repitió, pero puso fin a mi relación con quien había considerado mi amigo. ¿Por qué dos chicos amenazaban a un tercero? Imagino que para sellar un pacto entre los agresores y definir el poder de ambos sobre el más débil (de paso, también para fijar el status privilegiado del líder sobre el seguidor).
Durante mi paso por la secundaria, utilicé una bicicleta para atravesar la ciudad y llegar desde mi casa en Libertad y Chivilcoy, al edificio del Colegio Nacional o el Estadio Nacional, los días que nos tocaba Educación Física. Éramos decenas de estudiantes, pero solo dos empleábamos bicicletas en el turno de la tarde, una chica de apellido Roselló (si la memoria no me engaña) y yo. Las dejábamos estacionadas a ambos lados de la escalera que sube a la sala de actos y la Biblioteca.
Con frecuencia encontraba los neumáticos desinflados. Llevar todos los días un inflador con mis libros y cuadernos era una de las alternativas. La otra, caminar con la bicicleta desinflada tres cuadras, a la hora de salida, hasta llegar a un bicicletería en la calle del cine Palma, donde me permitían inflar gratis los neumáticos, cada vez que sufría el percance. Yo era el extraño. Vivía fuera del centro de la ciudad, me pasaba la vida leyendo, era tartamudo y tenía uno de los mejores promedios a pesar de mi handicap comunicacional. Si me molestaban, aunque los descubrieran, ¿qué les pasaría?
El hostigamiento duró años. Nunca se me ocurrió pensar que fueran estudiantes que me conocían, compañeros de curso que por cualquier motivo se hubieran planteado perjudicarme. Nunca denuncié la situación a las autoridades del Colegio. Probablemente no lo haya mencionado tampoco a mi familia. Era algo que podía pasar y efectivamente pasaba, como la lluvia en invierno, que me obligaba a conducir la bicicleta con más prudencia, para no quedar empapado de la cabeza a los pies, en los charcos de la avenida Sarmiento. No tenía cómo evitar el bullying y por eso no le otorgaba importancia.
Hubiera podido ser peor: que me cortaran los frenos o que la bicicleta desapareciera, porque al salir, todos los estudiantes estábamos vestidos iguales y nos movíamos en la misma dirección. Que no sucediera, me indica que se trataba de un juego del que se podía hacer víctima a alguien que se revelaba vulnerable, por el hecho de estar en minoría y no tener control sobre sus pertenencias.
Comparado con los crueles rituales de Oxford o Eton, nada de lo que viví resulta digno de atención. Nunca vi azotes, servidumbres sexuales, cobros de peajes o bandas de mayores que se impusieran a los menores, solo porque en el pasado ellos hubieran tenido que tolerar el mismo juego, en esos lugares ideales para el abuso entre pares que eran los baños del colegio durante los recreos o el vestuario del Estadio Municipal, antes o después de las clases de Educación Física. De acuerdo a mi experiencia, los escolares nos respetábamos, a pesar de que la vigilancia de los adultos no se hiciera sentir demasiado.
¿En qué contexto no institucional, privado, quizás de enemistad personal, adquiría sentido un gesto poco amistoso como la rutina de desinflar mi bicicleta? Estábamos al borde de un quiebre cultural. Durante los ´50 se establecieron los mitos de los enfrentamientos generacional que continúan vigentes medio siglo más tarde. Los jóvenes pasaron a ser considerados rebeldes con aspiraciones comunes, enfrentados a los adultos.
Las anécdotas del Colegio Nacional de Buenos Aires evocadas por Miguel Cané en Juvenilia, eran todas amables, aunque no siempre respetuosas de una disciplina escolar que ya por entonces resultaba anacrónica. Se trataba de una visión edulcorada, mentirosa, del comportamiento juvenil, que casi un siglo más tarde los escolares continuábamos consumiendo por obra y gracia de los programas de estudio. Una generación más tarde, con la dictadura militar, esa visión trivial se derrumbó. Los escolares se habían politizado, no eran solo rebeldes sin causa y podían ser reprimidos por el Estado, con tanta ferocidad como se reprimía a los adultos.
Escapar de esa atmósfera cruel, después de recuperar la democracia, no es una tarea fácil. Hoy la juventud es vista con evidente desconfianza. Los chicos roban las pertenencias de sus compañeros, consumen y distribuyen drogas, portan armas y no dudan en usarlas contra sus iguales o contra los docentes. La solidaridad y el respeto de la autoridad son cosa del pasado. Los adultos que se encuentran en los colegios no son menos temibles: hay docentes o preceptores que abusan de sus estudiantes, registran y difunden sus imágenes obscenas, distribuyen drogas. La crónica periodística brinda historias horribles que complementan al bullying y dan cuenta de una atmósfera penosa, donde el aprendizaje queda relegado a las relaciones de poder.

sábado, 26 de marzo de 2011

El colegio de la adolescencia

Escuela Normal (también Colegio Nacional) de San Pedro
Entrar en la secundaria cambió mi vida. Un signo de la nueva etapa, fue que no volví a encontrarme con mis compañeros de primaria. El tránsito de un nivel educativo a otro no era, como en la actualidad, imperceptible. A mediados del siglo XX, pocos estudiantes de la primaria pasaban a la secundaria (y luego, muchos menos ingresaban a la universidad). Para los planes sobre mi futuro que debió haber tenido mi padre, pero nunca compartió conmigo, se trataba de mandarme a lo que entonces se denominaba Sección Comercial Anexa al Colegio Nacional de San Pedro. ¿Podían haber inventado un rótulo menos descalificador?
Mi promoción era la tercera o cuarta y algunos de nuestros profesores habían egresado apenas un par de años antes de la misma institución. Otros docentes eran maduros y enseñaban también en la Escuela Normal. Sospecho que no se suponía que fuéramos demasiado brillantes, puesto que nos dedicaríamos al comercio. A nosotros no nos enseñaban dos lenguas clásicas (Griego y Latín) tal como sucedía en el Bachillerato hasta 1950. Tampoco estudiábamos dos idiomas modernos, sino uno durante los cinco años (la mayoría optaba por el inglés, que ya por entonces había desplazado al francés como lengua diplomática y de los negocios). Nos obligaban a estudiar Mecanografía (gracias a lo cual fui capaz de escribir “al tacto” como se nos decía) durante el resto de mi vida, y tomar dictado de hasta 120 palabras por minutos, en el ramo Taquigrafía (una habilidad que hubiera podido conducirnos, en el mejor de los casos, a convertirnos en funcionarios del Congreso de la República).
Constantini, nuestro profesor de Castellano, era un hombre joven y utilizaba técnicas heterodoxas, como evaluar los aciertos parciales, que de pronto se daban en la dinámica de una clase. A él le debí, por ejemplo, un 10 por acertar la definición de la palabra ¡Zape! que aparecía en un dictado y solo Dios sabe cómo recordaba después de haber leído una novela de Pardo Bazán.
Mis compañeros no podían ser más heterogéneos, advierto en la distancia. Uno de los más chistosos (no digo que ocurrente) siguió una carrera militar, me han dicho. Otro de los que gozaban de fama de divertidos, se convirtió en empresario de la agroindustria y no creo que siga haciendo rimas obscenas con su apellido, cuando alguien lo nombre. A uno cuyo nombre no recuerdo, le decíamos Alan Ladd (también Cara de Piedra), ya no recuerdo si por rubio o inexpresivo. Mi amigo E.S. viajaba todos los días en tren, desde Baradero. Compartíamos el gusto por los programas nocturnos de música de Radio Splendid y las comedias musicales del cine. ¡Qué distante parece todo eso! Un día lo sorprendieron con una postal pornográfica que nos había mostrado generosamente. Era la foto de una mujer desnuda, de pie, cuyo pubis aparecía cubierto por un grueso punto oscuro. Nuestra bella profesora de Inglés, que tenía un delicado bozo en el labio superior, debió haberla descubierto, porque recuerdo su reproche a mi compañero: ¿acaso no tenía él una madre, una hermana? A la distancia, el argumento suena poco atinado. El haber sido descubierto lo hacía acreedor de amonestaciones, ¿pero se suponía que mi amigo sintiera por todas las mujeres el mismo respeto, la misma distancia que le correspondía tener por su familia?
Quien ostentaba el promedio más alto del colegio, era H.P.F. (las iniciales las había propuesto él, que debía detestar su anticuado primer nombre). Confieso que no lo estimaba, a pesar de que nunca hubo ningún conflicto entre nosotros, por el simple motivo de que a él parecía no costarle nada superar obstáculos que para mí eran una muralla temible. Sus respuestas eran fluidas y oportunas, las prácticas de caligrafía impecables, su desempeño deportivo sobresaliente. No recuerdo qué falta de disciplina lo dejó fuera del cuadro de honor que lo designaba para bajar la bandera nacional por las tardes, con lo que yo pasé a reemplazarlo.
Una de mis compañeras, Ruth E., que era rubia y de ojos grises, comprometida en matrimonio con un hombre trece o catorce años mayor desde que la recuerdo, fue consagrada Reina de la Primavera en una celebración que incluía desfile de carrozas y show musical en Pellegrini y Tres de Febrero. No sé si las otras chicas la detestaban por ese privilegio que había logrado merecidamente y sin alardes, por decisión de un jurado en el que participaba nuestro profesor de Taquigrafía, un hombre joven que mostraba la secuela de la poliomielitis.
En el mismo edificio, por la mañana funcionaba la Escuela Normal, por la tarde el Colegio Nacional y la sección Comercial anexa, que era donde yo estudiaba. Nunca se me ocurrió protestar por la decisión de mi padre, que me inscribió en esa carrera que debía hacer de mí lo que hoy se considera un Contador o Auditor, porque detestaba la materia básica, Contabilidad, no lograba manejarme con el Debe y el Haber de la doble partida, mi letra cursiva inglesa era lamentable y solo me destacaba en Mecanografía y Taquigrafía, entre las materias que podían considerarse propias de la especialidad.
Quejarme no pasó nunca por mi cabeza, porque la otra alternativa era la misma que había tenido que afrontar mi padre cuando se rebeló contra la oportunidad que le brindaba mi abuelo de estudiar en el Colegio Nacional de Buenos Aires. Era eso o la atención al público de un almacén de barrio. Mi padre eligió lo segundo y lo lamentó el resto de su vida. Yo pretendía otra cosa, aunque todavía no supiera qué. Pensé en estudiar Arquitectura, una idea que me llevó a estudiar la Historia de la disciplina, desde lo más reciente a lo más antiguo. Me imaginé estudiando Psiquiatría, después de haber visto varias películas de Hollywood que le otorgaban glamour de cine negro a esa profesión, pero no tardé en desmoralizarme al averiguar que antes debería completar Medicina. La sola idea de participar en una disección (aunque fuera de una rana, para repetir el experimento de Faraday) me revolvía el estómago. Como había tenido buenas notas en Química Orgánica (probablemente gracias a una buena profesora) me hizo pensar en seguir una carrera que se relacionara con esa materia. Esa fue una de las alternativas de mi vida que no exploré. Otra, estudiar Arquitectura.