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domingo, 29 de abril de 2012

Vida Provinciana

Felisberto Hernández
He revuelto mucho los recuerdos. (…) Les debo haber echado por encima conceptos (…) que los modificaron; los debo haber cambiado de posición, debo haber cambiado el primer golpe de vista, debo haber mirado unas cosas primero que otras, en un orden distinto al de antes, pues muchos de los que llegan a la conciencia son obligados a ser concretos y claros. Algunos me deben haber engañado con audacia, con gracia, con nuevos encantos y hasta deben haber sido sustituidos con cosas que les han ocurrido a otros, cosas que yo he visto (…) como mías. (Felisberto Hernández: Por los tiempos de Clemente Collins)

1. La memoria inventa (o si se prefiere: miente sin darse cuenta, porque no puede evitarlo) cuando ofrece su repertorio de personajes y situaciones del pasado. Después de tantas búsquedas infructuosas de recuerdos, uno se resigna a la idea de que probablemente no hay nada que sea demasiado confiable en las imágenes de su propia juventud que atesora, pero goza de la ventaja de que tal vez nadie lo contradiga cuando las falsifica.

2. He conocido otras ciudades y otras gentes que no sospechaba antes de comenzar un viaje que no he terminado y ni siquiera se planteaba como tal cuando fue iniciado. Aprendí otras lenguas, intenté acomodarme a otras costumbres. Durante muchos años, más de la mitad de mi vida, residí en países a los que me costó adaptar. No obstante los cambios que sobrellevé, continúo siendo un provinciano de este planeta.

3. Home, sweet Home. La simplificación extrema de los eslogans comerciales y las canciones populares logra instalarse en la conciencia de cada uno, como verdad suprema, una simplificación que de acuerdo a todas las evidencias miente.

4. Si el territorio natal fuera tan amable como uno lo imagina cuando se encuentra lejos, ¿quién hubiera aceptado dejarlo? ¿Quién nos hubiera obligado o tan solo invitado a dejarlo, sin hallar inmediata resistencia?

5. Nací en un barrio en los aledaños de un pueblo al que no he vuelto después de más de medio siglo, y bastante a mi pesar he terminado por reconocer el rol privilegiado que tiene en mi memoria ese lugar y esa época. Es el museo de mi infancia y mi adolescencia (también su infierno, si recuerdo con objetividad los detalles). Un territorio clausurado, inaccesible para mí, condenado a permanecer tal como fue en la memoria. Solo me permito asomarme después de tomar las debidas precauciones para que no me devore.

6. Cuando era un adolescente, los diarios, los libros y las películas se convirtieron en los vehículos que me permitían escapar de un mundo que consideraba estrecho, aunque no estuviera en condiciones de entender por qué. Fue un sacrificio que me privó del contacto con mis raíces, pero no consigo imaginar qué otra cosa hubiera podido hacer, por erradas que fueran mis decisiones. Uno se define cuando toma opciones y paga las consecuencias, no cuando las posterga.

7. La fama pueblerina es una de las situaciones más temibles que logro imaginar. Que llegado el momento de alcanzada, no haga falta ya ningún esfuerzo adicional para completarla o desmentirla, porque todos te conocen bien (o al menos creen que te conocen) y todos te aprecian (o detestan) sin posibilidad de alterar el acuerdo establecido. ¿No es lo más parecido al eterno bostezo de la muerte?

8. A pesar de lo que puedan pensar aquellos que no se encuentran en tu lugar, no hubieras podido permanecer mucho tiempo en el territorio provinciano del que saliste, convencido de que para ti al menos era un encierro inaceptable. No hay nostalgia posible en tus sentimientos, ni planes de recuperar el pasado. Cuando recuerdas lo que dejaste atrás, es para celebrar que ya no tengas nada que ver con eso.

9. En la vieja fábula de Esopo, el ratón citadino que visita al ratón campesino, le pinta a su amigo una imagen envidiable, pero distorsionada de su propia existencia. Si el diálogo resulta verosímil, si nos proyectamos en esos dos personajes tan distantes de nosotros y les atribuimos nuestros sentimientos sobre el tema, es porque comenzamos por aceptar el improbable diálogo de dos ratones que usan nuestras palabras para expresar nuestros sentimientos.

10. Tal vez no halle el espacio más adecuado para desarrollar mi potencial, ni disponga de mucho futuro en este rincón que suelo ver como un bastión contra el mundo amenazante, pero es imposible negar que el estar aquí otorga impulso y sentido a una disconformidad con la que he terminado por identificarme. Si fuera demasiado feliz, si finalmente nada me incomodara, ¿quién sería?

11. Los vecinos de su pueblo lo vigilan y (antes o después) él es también quien vigila a sus vecinos. Tiene a veces la impresión de estar encerrado en un sistema bastante laxo, pero no por ello menos eficaz cuando se trata de reprimir a la gente (como podría ser también para ayudarla). Sin duda, es el guardián de aquellos que sin embargo lo controlan. Puede parecer a veces que se queja, pero no halla una manera mejor de sentirse acompañado.

12. Tarde o temprano, la experiencia de formar parte de un grupo humano que se consolidó hace tiempo, suele suministrar el impulso más adecuado para quien trate de hallar su propio camino, desafiando las convenciones de la mayoría. Cuando alguien experimenta la estabilidad, no tarda en buscar el desequilibrio.

13. Vivir en una gran ciudad, rodeado (diré mejor, asediado) por la vecindad de millones de desconocidos que no prestan atención al resto, parece ser la forma ideal de aislarse para todos ellos, hasta que la soledad se les revela como un ahogo intolerable, que no saben cómo controlar.

14. Vivía pegada a la ventana, detrás de cortinas que impedían reconocer su presencia, con el objeto de averiguar los movimientos de los vecinos que pasaban frente a su casa. En el Panóptico de Bentham, el carcelero tenía la misión de vigilar a los presos. La vecina escondida aceptó convertirse en prisionera de aquellos que espiaba, aquellos que a pesar de su desconfianza daban sentido a su vida.

15. Provincianas en el interior de la provincia: las mujeres del barrio vivían hace medio siglo su aislamiento en el hogar, sin disfrutarlo ni protestar. Hubieran debido ser tontas para aceptar lo primero y demasiado arriesgadas para intentar lo segundo. Los tiempos estaban cambiando. Esa era toda su esperanza, aunque la vida se les fuera sin ver los resultados.

16. Después de vivir en el anonimato habitual de las grandes ciudades, ¿te adaptarías a la sobreexposición interminable del pueblo, donde todo lo que existe llegó a ser lo que es, poco a poco y sin otras interrupciones que las fallas de memoria?

17. Tu regreso no les hace ninguna falta a tus coterráneos y probablemente no habrían de recibirte con los brazos abiertos, porque llevas contigo la marca de la distancia, como la señal delatora del crimen, que Dios puso en la frente de Caín y nadie puede quitar.

18. El que se fue no hace falta / (…) en el juego de la vida / unos vienen y otros van, proclaman los versos del guaguancó de Tito Rodríguez. Suena cruel para quienes se atormentan pensando que podrían regresar con las mejores intenciones, aunque no les convenga, pero al menos confirma el sentimiento generalizado de aquellos que por falta de oportunidades o iniciativas se quedaron.

19. No hay que mirar atrás, advierten los mitos. La mujer de Lot queda convertida en estatua de sal. Orfeo pierde definitivamente a su mujer en el Infierno. Una vez que alguien se aleja del territorio en el que por el azar de nacer hubiera debido permanecer, cualquier nostalgia está de más.
Ulises contra los pretendientes de Penélope

20. Después de colaborar en la ruina de la invencible ciudad de Troya, Ulises descubre que nada le importa más que regresar a Itaca, su isla natal, donde lo aguardan su esposa, su hijo, las tareas nada gloriosas de todos los días. Antes de partir para Troya, Itaca no pasaba de significar el encierro de una rutina doméstica, probablemente fácil de sobrellevar, pero indigna del potencial de alguien como él. Cuando está lejos, Ítaca se convierte en la visión del paraíso inalcanzable para un héroe, que debe luchar contra los hombres y los dioses para recuperarlo.

21. Según Fray Luis de León: ¡Oh, descansada vida / la que huye del mundanal ruido / y sigue la escondida senda / por donde han ido / los pocos sabios / que en este mundo han sido! Intenta despojarte de los hábitos de la vida en sociedad y pronto verás cómo te mueres de tedio, antes de que ningún sabio se te cruce en el camino, para intentar convencerte de lo que has ganado, al perder aquello que realmente deseabas.

22. Según Eduardo Galeano, si Beethoven hubiera nacido en Tacuarembó (una localidad uruguaya) habría llegado a ser director de la banda municipal. Por suerte para él, no es demasiado probable que en tal caso tuviera ninguna conciencia de ser Beethoven.

23. En un pueblo de provincia, las tres hermanas de Anton Chejov languidecen por la distancia que las separa de la civilizada Moscú. Si estuvieran en Moscú, probablemente suspirarían por la cosmopolita San Petersburgo. Si estuvieran en San Petersburgo, desearían estar en Paris. La felicidad es imposible para quienes se niegan a reconocer el territorio de sus verdaderos conflictos.

24. ¿Acaso en el mundo actual, avasallado por la red de comunicaciones instantáneas, queda en pie algo que pueda ser denominado como vida provinciana? Probablemente sí, la convicción de ser espectadores de un drama que ocurre siempre en otra parte y recuerda (como si hiciera falta) que uno está al margen de aquello que lo conmueve. Eso no ha cambiado. Eso se ha vuelto más urgente y ofensivo que un siglo antes.

jueves, 3 de febrero de 2011

Amigos de infancia: los eslabones perdidos


Ahora que lo pienso, muchos de mis amigos de infancia eran adultos. En la actualidad suena extraño, porque los miembros de distintas generaciones no tienen mayor contacto, fuera del inevitable en las familias, pero entonces uno creía posible hablar, no digo que de igual a igual, pero habitualmente, sin desigualdades evidentes, con personas de otras generaciones, que de ese modo transmitían sus experiencias y modos de hacer las cosas (también sus prejuicios) a los más jóvenes.
No había demasiados chicos de mi edad en el barrio donde nací y crecí. Cuando los encontraba, automáticamente nos convertíamos en amigos. Solo recuerdo a un par de chicos de la primaria, que encontré una vez en la calle y quién sabe por qué estuvieron a punto de golpearme. Fue una única vez y luego nos hicimos amigos con uno de ello, como si el encontronazo nunca hubiera sucedido.
Entre amigos hablábamos de los programas de radio que cada uno oía en su casa, nos prestábamos revistas infantiles, íbamos juntos a las matinés del Cine Palma, los sábados a la hora de la siesta, cuando proyectaban dibujos animados, cortometrajes de Laurel y Hardy o los Tres Chiflados, episodios de viejos seriales como Dick Tracy, El Llanero Solitario o Flash Gordon.
Uno de mis amigos (no recuerdo ya su nombre, pero sí la ubicación de su casa a dos cuadras de la mía) me confesó con mucha seriedad, antes de cumplir los nueve años, que él había tenido un hijito con su hermana. La situación era incomprensible para mí, que había oído a Dora B. nuestra maestra de segundo grado explicar que los mamíferos se reproducían por yuxtaposición, una frase que acepté sin pedir más detalles, pero me sumía en mayores interrogantes.
Había que poner a uno sobre otro. ¿Quién arriba, quién abajo? Faltaban detalles. La imagen de la transferencia de calcomanías, era la primera que surgía en mi mente. ¿A qué mamíferos se refería la maestra? Yo había visto al gato montando a la gata después de una trifulca que se prolongaba durante horas, recordaba al caballo montando a la yegua.
Sin duda, eran mamíferos y el macho se montaba sobre la hembra. Pero también el gallo pisaba a las gallinas y el pato a las patas y el palomo a la paloma, a pesar de que todos ellos formaban parte de la familia de las aves. Percibir a los seres humanos como mamíferos, me parecía una generalidad irrelevante, que no permitía entender qué sucedía.
Lo fundamental para nosotros, los estudiantes de primaria que teníamos ocho o nueve años, era memorizar de la manera más exacta posible, aquello que la maestra decía en clases, porque tarde o temprano ella nos obligaría a demostrar que habíamos prestado atención. Entender el contexto, extrapolar los conocimientos, no figuraba entre nuestras expectativas. Bastaba con que uno fuera capaz de repetir las palabras de alguien a quien representaba la autoridad, para que todo se pusiera en su lugar, a pesar de que el conjunto de la información permaneciera en una incómoda nebulosa.
Tengo la impresión de que la escuela pública de entonces no era capaz de fomentar las relaciones de amistad y colaboración entre los chicos. Cuando medio siglo más tarde me dediqué a la docencia, aprendí que esas relaciones suelen ser más decisivas para el aprendizaje, que las tradicionales entre el docente y los estudiantes.
Nosotros no efectuábamos trabajos en equipo, ni compartíamos nuestros conocimientos, ni discutíamos, ni nos ayudábamos unos a otros. Los docentes eran el centro de la comunicación de cada grupo. Ellos exponían los contenidos y nosotros oíamos o anotábamos o levantábamos la mano para responder a las preguntas. ¡Competíamos de tantas maneras, obligados por el sistema escolar! Se nos evaluaba individualmente y sin apelación.
Mis notas debían ser altas, porque me recuerdo bajando la bandera nacional del mástil instalado en el patio, delante del resto de los compañeros, formados en fila (probablemente cantábamos, acentuando los ripios, el aria de la ópera Aurora: Altá en el cielo / un águila guerrera, / audaz se eleeva / en vueelo triunfal…). Una escena que hoy evalúo como bienintencionada pero nefasta para el objetivo de socializar a los niños. ¿Por qué destacar a uno y relegar al resto al rol de espectadores? ¿Por qué hacer que el varón se encargara de subir o bajar la bandera, y a la niña del mejor promedio de nota las funciones de ayudante? ¿Qué mensajes incorrectos difundía la ceremonia, junto a los patrióticos? La opción era: bajar la bandera o tener amigos (solo que si a uno lo designaban para bajar la bandera, no podía declinar el honor).
Con uno de mis amigos, que vivía frente a la propiedad de los descendientes de Facundo Quiroga, frecuentábamos la cancha del Club Mitre (ubicado junto a la torre del agua corriente, donde luego se construyó la escuela 2 y 6), como espectadores de los partidos de fútbol y basketbol. El centro de nuestra amistad era una colección de soldados de plomo, no demasiado grande, con los que intentábamos reconstruir batallas de la II Guerra Mundial mencionadas por la prensa.
Con Abelardo Castillo, que vivía a tres cuadras de distancia de mi casa y era dos años mayor, compartía su ruidoso proyector de cine Hollywood, que yo había visto anunciado tantas veces en la revista Billiquen y él poseía, junto a una colección de películas de papel (no creo que el celuloide fuera el soporte). Las películas se averiaban con cada exhibición, y había que pegarlas (¿con acetona, como hice después, al entrar en la Universidad?). Recuerdo un corto de Tom Mix, tal vez un dibujo animado de Ub Iwerks, probablemente algo de Chaplin.
No recuerdo que jugáramos al ajedrez, como parece que hacían él y Fernando Chiodini. A veces leíamos los argumentos de películas argentinas que publicaban las páginas finales de Radiolandia, cuando todavía no se estrenaban, e improvisábamos los diálogos que hubieran debido tener los personajes. Era un magnífico entrenamiento para la escritura dramática, que cada uno de nosotros intentó años más tarde. En la actualidad, utilizo una técnica similar en mis seminarios, para facilitar el proceso creativo en estudiantes que entran en pánico y no consiguen hacer hablar a sus personajes.
Mi amistad con Abelardo concluyó en la adolescencia. Nos veíamos diariamente en el Colegio Nacional, pero a esa edad, un par de años de diferencia alcanzan para definir experiencias totalmente distintas y establecer mundos que no vale la pena conectar. Él tenía amigos de su edad, se destacaba en todo lo que emprendía, incluyendo teatrales gestos de rebeldía contra la autoridad escolar, durante esos años finales del gobierno peronista, mientras yo era demasiado tímido para sentirme cómodo en su vecindad y debía luchar contra el handicap que entonces parecía insuperable de mi tartamudez. Continuar el diálogo entre nosotros hubiera sido inútil, a pesar de que compartíamos el interés por la Literatura, ignorándolo, cada uno por su lado.

martes, 11 de enero de 2011

Marginaciones e integración: el Martillero

José María Vargas Vila
El aprendizaje de la soledad no fue penoso. Yo había sido un solitario y lo fui desde mi niñez. (…) Nunca tuve amores, nunca tuve amigos. Las mujeres que fatigaron mi sexo, no entraron jamás en mi corazón. Cuando entré en la soledad, no tuve que expulsarlas de ella. (José María Vargas Vila)
Acostumbrado a visitar las casas de mis vecinos, manejadas por mujeres hacendosas, que gracias a su esfuerzo mantenían los pisos brillantes y los objetos instalados desde hacía tiempo en los lugares precisos que definían las carpetas tejidas al crochet y los esquemas simétricos, me fascinaba la casa de C., el martillero del barrio, donde una capa de fino polvo se había asentado tiempo atrás sobre todas las cosas dejadas de cualquier modo y probablemente en cualquier parte por el propietario.
C. era un hombre solo o (para ser más preciso) un hombre separado de su esposa, que tenía un hijo adolescente, al que no parecía ver nunca. Del orden o el desorden de sus cosas, él era el responsable.
Viendo no hace mucho Sátantango, una película húngara de Béla Tarr, he recuperado ese ritmo pausado, desesperante, de aquellos que por estar marginados de las fuerzas sociales más relevantes, no tienen la menor esperanza de alterar su rutina, y no obstante permanecen en lo mismo, como las arañas que carecen de otros objetivos, después de haber tendido pacientemente la tela con la que confían atrapar su alimento. En el barrio había por aquí y allá personajes dotados de esas características que los volvían invisibles. Gente que giraba en torno a ejes ínfimos. Testigos de no importaba qué.
Los rumores del barrio planteaban que la separación del martillero había ocurrido por la adicción al alcohol de C. No sé si había comprado o si alquilaba una parte de la casa de las hermanas F., que mandaron a construir un muro divisorio de ladrillos en el medio del patio, a pesar de que compartían la bomba de agua. En ese barrio de familias constituidas, un solitario estaba fuera de los esquemas habituales. No se lo rechazaba, podía hablarse con él en la calle, en el almacén, pero al mismo tiempo nadie lo hubiera invitado a entrar en una casa reservada para las familias.
Bandoneón / ¿Para qué nombrarla tanto? / ¿No ves que está de olvido el corazón / y ella vuelve, noche a noche, como un canto / en las notas de tu llanto / che bandoneón? (Homero Manzi y Aníbal Troilo: Che bandoneón)
 Como nací en un barrio de trabajadores rurales y artesanos, C. era lo más próximo a un intelectual que conocí en mi infancia. Había libros en su casa (libros cubiertos de moho, como el resto de los objetos de C.) a diferencia de lo que pasaba en las casas de otros vecinos, incluyendo la de mi familia. Allí estaban, por ejemplo, El Hombre Mediocre de José Ingenieros, subrayado profusamente por su dueño, y una compilación de aforismos del colombiano José María Vargas Vila, cuyo título no recuerdo, en la que leí por primera vez la palabra aborto, que me obligó a consultar el diccionario y enterarme de una realidad que entre los adultos del barrio no se hubiera mencionado nunca en mi presencia.
C. debía ser, probablemente, un anarquista solitario, un marido desengañado que bebía regularmente sus vasos de tinto o grappa en el almacén de mi padre y perdía su tiempo en discusiones desapasionadas, que a veces resolvía con una cita de un autor desconocido para sus contertulios, pero capaz de confirmar su imagen de hombre ilustrado.
C. era también el propietario de la única máquina de escribir que existía en mi barrio, una Underwood de por lo menos treinta años antes, para concluir los contratos con sus clientes, hasta que yo comencé a pedírsela prestada (nunca me preguntó qué hacía con ella) con el objeto de redactar los pequeños artículos que me permitían colaborar bajo seudónimo en La Palabra y El Imparcial, los dos semanarios que se publicaban en San Pedro.
Hubiera debido saberlo entonces, pero los grandes gestos solían evitarse por entonces, C. era el primer fracasado que me fue dado conocer. Muchos de los hombres que podía observar en el barrio, mis vecinos y parientes, nunca llegarían demasiado lejos y a nadie parecía importarle el tema, mientras C. había encontrado su límite en este mundo y cualquiera podía notarlo. No le sería posible convencer a una mujer de que lo acompañara, ya podría recuperar a su hijo, ni escaparía de esa vida rutinaria que Juan Carlos Onetti había comenzado a describir en sus novelas sobre la ciudad imaginaria de Santa María, a la que yo tardé quince años en acercarme.
C. era la conciencia moderna (por lo tanto absurda) de que lo más probable en el mundo actual es que nadie se encuentre nunca a la altura de sus propios sueños. De allí el polvo que se acumulaba sobre cada cosa que había utilizado y él no se molestaba en remover. La muerte llegaría un día, para poner fin a su vida que estaba desprovista de sentido, como indicaban los gestos rituales (levantarse de la cama al mediodía, aunque durmiera vestido, llegar a paso lento al almacén, beber un vasito de grappa, un vermouth, hablar de lo que se diera en el momento con otros parroquianos, comprar algo para almorzar, a veces allí mismo, por ejemplo salame, queso, pickles y pan, recibir la visita de algún cliente o hacer una llamada telefónica para cerrar el acuerdo de un remate); solo era cuestión de ocupar sin impacientarse, el tiempo desmedido que le restara, hasta que la muerte decidiera suministrar un desenlace carente de drama, a la interminable serie de desencuentros que acumulaba su vida.



Lastima, bandoneón, mi corazón / tu ronca maldición maleva. / Tu lágrima de ron me lleva / hasta el hondo bajo fondo / donde el barro se subleva. / ¡Ya sé, no me digás! ¡Tenés razón! / La vida es una herida absurda, / y es todo tan fugaz / que es una curda, ¡nada más! / mi confesión. (Aníbal Troilo y Cátulo Castillo: La última curda)
 

sábado, 23 de octubre de 2010

Violencia doméstica del siglo XX: el caso de mi madre


Mi madre no quería abandonar San Pedro, cuando mi padre decidió vender todo lo que había recibido en herencia de mi abuelo e irse a Mar del Plata, para instalarse cerca de su familia, estoy seguro que sin consultarla a ella, porque en la mentalidad en que fue criado él, una mujer (su propia esposa) no pasaba de ser un estorbo para las decisiones de los hombres y consultarla hubiera sido renunciar a derechos de género imposibles de transar.
Recuerdo haber visto a mi madre encerrarse en su habitación, donde permanecía durante horas en penumbra, con toda seguridad llorando por un cambio de su vida sobre el que no se le permitía decir nada. Mi madre no era una mujer que se rebelara contra su destino. Cuando recibía un golpe, se retiraba a su interior y sufría, sin exhibirlo, hasta que el cansancio o la resignación se imponían. En mi ignorancia de una relación de pareja que se arrastraba casi desde el comienzo del matrimonio, durante mi adolescencia creí que su encierro era un signo de limitación intelectual propio de su género, cuando se trataba de su manera de reunir fuerzas para continuar una vida de sacrificio, sin expectativas inmediatas de alivio, como las heroínas del cine de Kenji Mizoguchi. Ella tenía esa grandeza que se manifiesta en silencios y contenciones, antes que en grandes gestos y discursos conmovedores.
Hasta el fin de sus días, San Pedro conservaba para mi madre un aura de hogar protector que me costaba entender, porque su familia había conocido la pobreza y el desamparo, aunque también el apoyo que se brindaban unos a otros. Desde comienzos de los ´50, atraídos por la industrialización que prometía el régimen peronista, cuatro de sus hermanos se radicaron en Buenos Aires. Ella fue la primera en casarse. Luego la siguieron todas las mujeres y el hermano menor. Poco quedaba del grupo de diez huérfanos de todas las edades que debieron apoyarse unos a otros, a mediados de los años ´30.
Cuando se encontraba con sus hermanas, como sucedió una vez en Buenos Aires, a comienzos de los ´70, mi mujer notó que hablaban todas al mismo tiempo, sin estorbarse por ello, en un intento de recuperar en pocas horas los meses o años que habían estado separadas. Mis tías y mi madre se entendían y confiaban unas en otras, mientras mi padre veía con recelo un estilo abierto de comunicación que no se daba en su familia.
Hasta donde yo recuerdo, mi madre decía “mi casa”, refiriéndose a la que había ocupado alguna vez con sus hermanos, en calles Chivilcoy y Colón, de ningún modo a las varias casas que compartió con su marido y sus hijos, durante más de medio siglo que duró su vida de casada..
Solo en sus últimos años, los hijos comenzamos a ser para ella una alternativa de apoyo emocional y vida independiente, similar a la que había tenido con sus hermanos, una situación bastante inesperada en nuestra familia, porque desde antes de haber nacido, los hijos fuimos utilizados como el instrumento de mi padre para retenerla en un sitio donde ella no quería estar. Duele pensar que uno fuera engendrado y criado, con el objeto de controlar a otra persona, pero esa fue nuestra función, de la que no tuvimos la menor conciencia, hasta que nos convertimos en adultos y la crueldad de las relaciones de nuestros padres quedó al descubierto.
No creo que en su vida mi madre se hubiera fijado en otros hombres que su marido, en parte por su timidez, pero sobre todo por la voluntad de respetar un compromiso que desde el comienzo se había revelado como un error para ella. Al aprender a leer, descubrí en un cajón de su tocador algunas cartas que mi padre le había mandado durante los cuatro o cinco años que fueron novios. Estaban escritas en una pulcra caligrafía inglesa, sobre papel perfumado de color lila. Esas cartas, esos versos con toda seguridad ajenos, pero copiados con la intención de seducir con su lenguaje fluido y artificioso, indicaban que alguna vez hubo entre ellos una expectativa romántica de la que no quedaban otras huellas, no más de diez años más tarde. Lo desconcertante para mí, es que mi madre conservara esas pruebas de un proyecto frustrado.
Cuando murió, después de una odiosa enfermedad que le impidió moverse de la cama durante tres años, mi hermana dio cumplimiento a su voluntad de ser enterrada en San Pedro, junto a quienes consideraba los suyos, en el sitio donde nació, no entre aquellos que no aceptaba del todo como su familia. Ese fue el último (irreductible) mensaje que le dejó al hombre que la retuvo contra su voluntad, por algo más de medio siglo, un punto de vista que cerraba cualquier posibilidad de negociar un acuerdo. Así se hizo.