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lunes, 5 de agosto de 2013

Casi pido perdón por sobrevivir

Giorgio di Chirico: Pintura
Cada uno de nosotros espera que las generaciones que nos precedieron dejen este mundo antes de que nos llegue el turno, que liberen de su presencia un territorio que puede ser nuestro, con todas las responsabilidades que acarrea ocuparlo.
Con frecuencia nos duele que los mayores se ausenten, pero sabemos que no es otro el orden habitual de las cosas. Hasta los menos dados a la resignación, esperan esa soledad inevitable.
Los padres habrán de morir antes que los hijos. Conocer a los nietos es una dádiva de la suerte y los genes que siempre se agradece, pero tal vez no llegue a disfrutarse, y en tal caso no tienen mucho sentido las quejas.
La muerte de los contemporáneos, en cambio, siembra un desasosiego del que cuesta librarse. Si ellos murieron, cuando teníamos la misma edad, o al menos compartíamos las mismas experiencias, ¿cuándo será mi turno? La historia de los amigos anuncia nuestra historia. ¿Cómo es que comenzó tan pronto el turno de morir, si hasta el momento en que un amigo murió, yo esperaba no irme nunca de este mundo?
Mi primer contemporáneo en desaparecer, fue un compañero de secundaria, de apellido García, a quien de la noche a la mañana se le diagnosticó cáncer y en pocas semanas murió. No éramos amigos, pero habíamos compartido tres o cuatro años de clases y nos sentábamos en bancos cercanos. Su padre era un ordenanza del colegio. Creo recordarlo sentado, como yo, junto a una de las ventanas de nuestro salón.
Estaba acostumbrado a verlo, moreno, peinado a la gomina, sonriente, y de pronto lo encontraba tendido en un ataúd, en una casa de la bajada al Balneario Municipal de San Pedro. Nunca he podido mirar la cara de un muerto. Me impresiona como obscena la observación impune de alguien que ya no puede respondernos. El velatorio de García, fue la primera oportunidad en que lo comprobé. Sabía que era él, pero no lo verifiqué. No quise confrontarlo con la imagen de alguien que recordaba tal vez enfermo, pero de todos modos vivo.
O.G. y Mauricio Scherevschevsky (arriba, en el centro) y cinco amigos hoy muertos
Hay muertes y muertes. Algunos esperan el fin o luchan con todas las fuerzas para evitarlo, mientras otros salen a buscar, no la muerte, pero al menos un riesgo que puede desembocar en ella, como si solo así valiera la pena estar en este mundo. Pupi R. era uno de esos tipos encantadores que uno encontraba en la universidad y con los cuales parecía fácil ser amigo, sin complicarse demasiado en los detalles. Un día desapareció y meses más tarde nos enteramos que había sido hallado muerto por el ejército, que perseguía a una guerrilla que intentaba emular la aventura de los cubanos en Tucumán. Cómo se había incubado la aventura, cómo fracasó por un descuido inaceptable (bajar de la selva a un arroyo, con el objeto de bañarse) no terminaré de entenderlo. A comienzos de los `60, las esperanzas de cambio social parecían al alcance de la mano de los primeros que se decidieran a intentarlo. Era el asalto al cielo, de acuerdo a la metáfora de Marx, en su ensayo sobre la Comuna de Paris, una promesa que la revolución cubana renovaba.
El despertar fue cruel. Varios de mis compañeros de universidad murieron por su propia mano, desengañados. Armando B. era uno de mis amigos más radicales. Lo recuerdo afirmando a mediados de los `60, que después de los 30 años y la aceptación de los valores dominantes en nuestra sociedad, nadie merecía vivir. Cuando tiempo más tarde pasó por la experiencia de ser traicionado por un socio inescrupuloso y pagar su credulidad con la cárcel, optó por eliminarse. Mario B. murió en el exilio, solo y con sobrepeso. Carlos F. debió ser víctima de los estimulantes que consumía. De Myrtha L. nunca me llegaron detalles, pero su última carta, escrita tras la muerte de su pareja, era de despedida.
Edward Hooper: Pintura
Haber sobrevivido a las desilusiones es una ventaja que deja en condiciones de afrontar nuevos desafíos, pero rara vez se la disfruta como una victoria.
Es abrumadora la muerte de aquellos que de una manera u otra desearon morir. Por un lado, se salieron con la suya, por dolorosa que sea su decisión para los testigos que desconocen las circunstancias. Por el otro, ¿no alentaban ya ninguna esperanza?¿Quién no ha sentido en algún momento de crisis una desolación parecida? Sin embargo, ha continuado resistiendo, como la rata que cae en depósito industrial de leche, y en lugar de abandonarse a la muerte, patalea durante una noche entera, hasta despertar en la mañana, sin fuerzas, pero descansando sobre un gran pote de manteca.
Durante los `70, se produjo una sucesión de muertes de gente que yo había estimado, colegas, amigos, víctimas de la represión del Estado, tanto en Argentina como en Chile. Varios desaparecieron. No es estuvieran muertos, de acuerdo a la información oficial, pero tampoco podía verificarse que permanecieran vivos, y entonces uno luchaba por encontrarlos, presumiendo lo peor. Mauricio, un sacerdote uruguayo que hacía trabajo social en las villas de Buenos Aires, fue visto por última vez en un centro de tortura, como supimos casi una década más tarde. Pasó en nuestro departamento de Caracas su última noche en Venezuela, y estaba tan decidido a regresar, en 1979, para reiniciar sus actividades, que hubiera sido indecente tratar de convencerlo de lo contrario.
Horacio C., nuestro testigo de matrimonio, a quien mi mujer conocía desde su infancia, por haber sido estudiante de mi suegra, regresó a Chile en 1976, donde esperaban su mujer, sus hijos y el partido político en el que militaba. El Golpe de Estado lo había sorprendido en Europa y allí hubiera podido mantenerse, en el exilio pero seguro. Al regresar, lo atraparon, delatado por alguien que él y nosotros conocíamos. La búsqueda de los familiares fue incansable y en vano. A mediados de los `90 se detectó una pista. Hallaron una pieza dental de Horacio, en el sitio donde enterraron por primera vez su cuerpo, antes de inhumarlo (algunos años más tarde) para que desapareciera definitivamente, quizás en alta mar. Por el ADN de ese diente, nuestro amigo fue reconocido casi treinta años más tarde.
Durante los últimos años `80 y comienzos de los `90, llegaron las muertes por VIH, que la gente enmascaraba para eludir el rechazo social. Mi amigo Ricardo L., director teatral, se había resignado a morir, cuando nos vimos por última vez en Caracas, en 1993. No luchaba. Era portador del virus. La muerte iba a alcanzarlo sin que él hiciera nada para oponerse. No alimentaba ningún reproche por su suerte. Otro director de teatro, Carlos G., en cambio, se encerró a morir en un departamento inaccesible, rodeado por su madre y su hermana, convocadas para aislarlo del mundo que lo había celebrado (y que probablemente había sido contagiado por él). Se hablaba de una muerte horrible, tras haber sido deformado por la enfermedad, mientras sus pocos amigos y sus más numerosos enemigos lo creían disfrutando un año sabático en Europa.
En el curso de los `90 no lloré la muerte de mi madre, porque su vida fue una secuela terrible de dolores que ella mantuvo en secreto (como si no tuviera derecho a hacerse oír) y se atrevió a revelar solo cuando la muerte se anunciaba, convertida en circunstancia liberadora para ella. Tampoco lamenté la muerte de mi padre, porque la suya había sido una vida a la deriva, que si bien no podía despertar rencor, tampoco me permitía apiadarme de sus opciones equivocadas. De hecho, viví el duelo de aquellos que amaba antes de que murieran, por lo que su desaparición sólo confirmó una resolución que yo había imaginado.
Haber sobrevivido no nos obliga a pedir perdón a los que se fueron. Cada uno siguió el camino que se le presentó como inevitable o consideró el más adecuado. La suerte o la decisión de sobrevivir incluso en las circunstancias más difíciles, eso que ahora se denomina resiliencia, no reclaman disculpas. Lamentablemente ellos no están (todos nos iremos, tarde o temprano) cuando otros sobrevivimos, por lo que de algún modo cargamos con responsabilidad de recordarlos. Hay quienes llevan flores a las tumbas. Yo escribo este artículo, en la esperanza de que alguien los recuerde por estas páginas, cuando me toque el turno de irme.

viernes, 19 de julio de 2013

Historia sentimental de las máquinas de escribir

Desde hace más seis décadas, me siento casi todos los días ante el teclado de diferentes máquinas de escribir e intento cumplir con mi tarea, que me ha permitido ganarme la vida, unas veces mejor que otras, cuando redacto artículos periodísticos, guiones de cine, libretos de televisión, piezas de teatro, cartas a los amigos, ensayos sobre los medios audiovisuales, apuntes destinados a mis estudiantes universitarios o blogs como éste, que publico en la red.
Al comienzo, no comenzaba a escribir nada, hasta haber completado un borrador a mano, que era sometido a una multitud de correcciones y agregados que le volvían ilegible para cualquiera que no fuera yo. Con el tiempo, esos preparativos se acortaron y luego desaparecieron. No es improbable que al enfrentarme a la máquina, no tenga una idea demasiado concreta de lo que voy a hacer durante esa jornada. Son tantos los años, que parte de ese trabajo se ha vuelto inconsciente.
No pienso donde debo apretar las teclas para redactar una frase. Alguna vez utilicé mis diez dedos. En la actualidad no estoy seguro de cuántos dedos empleo. Probablemente son cuatro dedos de la mano izquierda y tres de la derecha.
Mi primer contacto con una máquina de escribir fue a los once años, cuando me preparaba para estudiar en la secundaria. Una de las materias que aprendíamos en la llamada Sección Comercial Anexa al Colegio Nacional de San Pedro, era Mecanografía. Recuerdo al profesor Ernesto Rosito, obligándonos a memorizar el teclado: qwertyuiop, asdfghjklñ, zxcvbnm, para teclear a continuación, sin mirar, los ejercicios sin mayor sentido que iban a acostumbrarnos a escribir “al tacto”; vale decir, sin mirar el teclado y utilizando los diez dedos.
Evoco el ruido ensordecedor generado por una treintena de estudiantes escribiendo al mismo tiempo. Semanalmente nos sometíamos a dictados, que ponían a prueba la velocidad y exactitud de la escritura (los errores quedaban en el papel, antes de la invención de los papeles y el líquido corrector que llegaron en los ´70).
En ese momento adquirí las cincuenta palabras por minuto que todavía estoy en condiciones de tipear (aunque en la actualidad cometa más errores que antes, confiado en la facilidad de las correcciones que me permite la computadora).
Antes de esas clases que se realizaban en una sala de la segunda planta del colegio, a la izquierda del salón de actos, descubrí que nuestros vecinos, los Boccardo, tenían un teclado de cartón impreso tal vez una generación antes, que reproducía la disposición de las teclas una máquina de escribir. Para facilitar el acostumbramiento de los dedos, el espacio de cada tecla se encontraba perforado en el cartón.
Durante mi adolescencia dependí de máquinas de escribir que pedía prestadas. La del martillero Calderón la utilizaba para escribir los artículos que comencé a publicar (con seudónimo) en La Palabra y El Imparcial. Cuando nos mudamos a Mar del Plata, usaba la Remington del Hotel de mis tíos. Uno de los primeros trabajos que me encomendaron, fue la escritura de los menús del comedor, dos veces por día. Usaba papel carbónico para evitar el tedio de tipear tantas veces lo mismo. Debo haber sido un buen mecanógrafo, porque entonces el intento de borrar una copia de papel carbón dejaba un borrón inaceptable.
En algún momento, mi padre me compró una vieja máquina portátil, una Olivetti de preguerra, de color gris verdoso, que hacía demasiado ruido, una situación que limitaba las horas de trabajo, para no molestar al resto de la familia. Esa máquina me acompañó durante seis o siete años, mientras estudié en la Universidad de La Plata y escribí artículos para la revista de cine que fundamos con otros compañeros, hasta que me fui a Europa y renuncié a llevarla conmigo. Se la dejé a mi padre, que la usó hasta el final de sus días. Era un equipo indestructible, que admitía el cambio del rodillo de goma, resecado por el tiempo y el constante golpeteo de la tipografía.
Una de mis primeras compras cuando llegué a Praga fue una hermosa máquina de escribir portátil, de marca Cónsul, que era un clon de la Lettera 22 de Olivetti y tenía la ventaja de contar con varias vocales acentuadas y la desventaja menor de algunas consonantes que solo existen en checo. En esa máquina escribí un libro de ensayos que nunca se publicó, sobre cinco directores de cine checo, un libro de poemas que extravié e innumerables artículos para una enciclopedia femenina que publicaba Editorial Abril, cuando regresé a Argentina. El borrado de los errores se había simplificado, gracias a la aparición de un líquido blanco que se aplicaba con el pincelito adosado a la tapa.
La Cónsul me acompañó hasta comienzos de los `80, pero durante los últimos cinco años descansaba en un estante de mi oficina, porque me sentía más cómodo con una IBM eléctrica, que utilizaba en mi oficina de la productora donde trabajaba. Al comienzo, me sentía traicionado por los dedos. Bastaba un toque mínimo para que la letra quedara impresa. ¡Nada que ver con la Cónsul, que exigía un golpe certero del dedo para imprimir. La IBM cambiaba de tipografía con solo quitar una bolita metálica y por entonces lo complementaba con una cinta correctora que dejaba una escritura perfecta.
Durante los `80 compré una Olivetti eléctrica, elegantísima, con una caja de fibra de vidrio negra y un sistema de impresión que se conocía como margarita y permitía cambiar la tipografía. Con ella escribí docenas de libretos de telenovela que se producían en Puerto Rico.
La nueva Olivetti era silenciosa, negra, bien diseñada en Italia (pero fabricada en Hong Kong), me permitía escribir hasta de noche sin que los vecinos del edificio donde vivíamos protestaran por el ruido. No obstante, la margarita de los caracteres era demasiado frágil para el uso intensivo que yo le daba (escribíamos seis capítulos de telenovela por día) y sobre todo había llegado tarde a un mercado en el que las máquinas de escribir estaban condenadas a competir muy pronto con equipos digitales.
Mi amiga Josefina Bigott compró para escribir la miniserie de televisión que estábamos armando a mediados de los `80, un procesador de texto cuya marca no recuerdo. Era un aparato grande y silencioso, con una pequeña pantalla en la que aparecía parte de lo que se escribía, en letras verdes fluorescentes, sobre fondo negro. Ese texto podía ser corregido sin dificultad antes de imprimirlo y nosotros utilizamos esa alternativa constantemente. Escribir era tan decisivo como corregir.
De todos modos, se anunciaba la era de la computación. En 1987 puse mis manos sobre el teclado de mi primera computadora personal, una Macintosh 512K Enhanced. La pantallita era del tamaño de una tarjeta postal. Me acostumbré a utilizar los diskettes de 3 ½” que introducía en la caja de la memoria adicional. Esa primera computadora me acompañó por doce años, desde Venezuela a Chile, más por hábito que por practicidad.
O.G. Macintosh 512K, 1990
Cuando la reemplacé por otra de la misma marca, con una pantalla tres o cuatro veces más grande, me había resignado a la idea de que los nuevos artefactos no debían durar mucho tiempo. Aunque me costara acostumbrarme a ellos, no tendría que reemplazarlos por otros más cómodos, con monitores que reproducían colores, pantallas de mayor tamaño, que al cabo de unos años se volvieron planas y me condujeron a Internet, antes de que terminara el siglo XX.
De la vieja Remington negra y lustrosa, provista de una cinta bicolor que saltaba en cada letra y ensuciaba los dedos al instalarla, ese artefacto que si era mal digitado enredaba dos o más tipos de metal que habían sido golpeados al mismo tiempo por un usuario impaciente, de la máquina cuya campanilla anunciaba el final del renglón, solo quedaba el recuerdo de un teclado en el que continuaba golpeando (ya no con la misma intensidad que sesenta y cinco años antes) qwertyuiop, asdfghjklñ, zxcvbnm, día tras día.

domingo, 22 de mayo de 2011

Encuentros (y desencuentros) de parejas a mediados del siglo XX


La verdad es como una novia sin ajuar. (Francis Bacon)

Durante los años ´30, mi padre sostuvo con mi madre un noviazgo de seis o siete años, precaución que no obstante fue insuficiente para que la relación de ambos resultara satisfactoria cuando se casaron. Mi tía Matilde esperó veinte años a Isidro, su novio de juventud, y la opresión de la vida en común derivó en enfermedad mental apenas se casaron. Se habían equivocado en un paso que todo el mundo considera trascendente y no supieron cómo retroceder, para no sufrir las consecuencias de una relación fallida.
Mis tías maternas, a comienzos de los ´40, se casaron después de prolongados noviazgos. Eso era lo correcto en San Pedro, que las mujeres prepararan el ajuar (generalmente con sus propias manos, en lugar de comprarlo) trabajando durante años, tras haber decidido casarse, aunque sin fijar todavía fecha para el evento. Debían bordar el monograma de la pareja en sábanas, manteles y toallas, después de haber adquirido la tela con sus ahorros. Soñar con el ajuar, se consideraba un buen augurio. El matrimonio sería feliz, lo completarían bellos hijos y la aprobación de todo el mundo para la mujer que protagonizaba ese cuento de hadas.
Al hurgar en la memoria, recuerdo las sábanas caladas, que probablemente fueron bordadas en conjunto por mi madre y sus hermanas, que solo en grandes ocasiones se utilizaban en mi casa. Las novias cosían los edredones y camisas de dormir, bordaban los pañuelos, las zapatillas de noche, tejían las mañanitas (como luego los escarpines de sus hijos). Mientras no se casara, la joven no podía usar ninguna de esas prendas.
Desde épocas inmemoriales se repetían estas interminables dedicaciones al ajuar, que suministraban un aura mítica en torno al matrimonio, como el ámbito donde las destrezas de un género se ponían de manifiesto, para exclusivo disfrute de un único espectador, el marido.
Cuando las parejas no disponían de muchos recursos, el tiempo, las habilidades y energías de las novias eran la fuente principal de esos primores, que quedaban (en el caso de mis padres) como monumento a un proyecto largamente preparado y no obstante fracasado.
Un casamiento de apuro (que los había, no pocas veces exitosos, aunque estaban basados en la pura atracción física) se convertía en tema de conversación de hombres y mujeres por un tiempo, pero no tengo la impresión de que nadie fuera discriminado de manera duradera por eso. El tiempo restañaba las infracciones. Hasta las uniones de hecho terminaban por ser aceptadas con el tiempo (a pesar de la indignación de mi padre, que en esos casos aplicaba un código ético que pasaba por alto habitualmente).
Las parejas que se formaban a mediados del siglo XX, dependían de factores tan ajenos a la iniciativa de sus integrantes, como el haberse conocido desde la infancia, haber compartido la escuela o conocerse desde los bailes de fin de semana.
Cuando mi amiga S.C. recuerda su fiesta de quince años, preparada por su familia, en la que ella y sus amigas del colegio religioso tuvieron la oportunidad de bailar. La música la había traído uno de sus primos, provenía de un tocadiscos, donde tocaban discos de 78 rpm. Una de sus compañeras convenció a su padre de que permitiera la asistencia de unos cuantos amigos varones. Por ese entonces, varias compañeras tenían novio. ¿Cómo pudieron conseguirlos, cuando se movían en un ambiente que parece salido del Medioevo?
Existía un grupo de amigos que iban a la escuela pública, con quienes las chicas del colegio religioso se encontraban en los bailes. Deben haber parecido más atractivas, cuanto más encerradas se encontraban. En algunos casos, los familiares del otro género y la misma edad servían de contacto. Uno de los primos de S.C., que disfrutaba el privilegio inusitado de conducir un auto, llevó a la fiesta de quince a un grupo de jóvenes no invitados inicialmente, desde el Butti, donde habían estado esperando que les avisaran la autorización del padre. Tal era el respeto que todos tenían por los mayores, tanto las chicas como los chicos (algo que difiere bastante de lo que sucede en la actualidad).
De acuerdo a mis informantes, las amigas del mismo grupo conocían a sus novios de diversas maneras: algunas en los bailes, otras en las salidas por la calle Mitre durante la tarde cuando salíamos a caminar, mientras se escuchaba la emisora de circuito cerrado Apa, con sus secuencias de publicidad, música popular y noticias.
Las hormonas de las adolescentes eran un factor incontenible, contra el cual las restricciones de las monjas perdían la batalla. Las reglas de la educación religiosa no lograron impedir que muchas se pusieran de novio.
Como después de todo eran chicas serias, de buenas familias, los novios no tardaban en conocer a los padres y someterse a las reglas de comportamiento que ellos imponían. Años más tarde, algunas se quejan de no haber tenido la oportunidad de salir a escondidas y conocer a quienes se convirtieron en su pareja de otra manera.
Una de mis informantes cuenta que conoció a su primer novio (el mismo que iba a convertirse luego en su marido) en una fiesta que se hizo en la misma escuela religiosa, porque él tocaba en la Banda Municipal, y era pariente de una de sus compañeras.
El primer encuentro de la joven pareja fue a la salida de misa del domingo, a la que concurrían obligatoriamente (se pasaba lista). En adelante, se encontraron en las matinés bailables del club Paraná, aunque no por mucho tiempo, porque los padres no tardaron en darse cuenta y los obligaron a verse en la casa. Esto, en lugar de facilitar el conocimiento efectivo de ambos, se convirtió en un obstáculo, porque no les permitían salir por su cuenta. En algún momento decidieron casarse, hasta que la muerte los separara, sin estar demasiado informados respecto de la persona con quien lo hacían.
Casarse con el primer novio era el ideal de las chicas de entonces, como si las decisiones tomadas bajo la ceguera del enamoramiento, pudieran ser las mejores para construir una relación estable.
Más de una mujer se casaba y luego descubría que ese matrimonio había resultado un fracaso, que no existía compatibilidad con el marido, que debía compartirlo con otra, etc. Cuando había hijos de por medio, costaba rectificar la decisión inicial. Las leyes no las favorecían y la publicidad del fracaso era ya una situación humillante. Luego, estaban los medios de vida de una separada. ¿Cómo se las hubiera arreglado aquella que no disponía de una profesión o recursos propios? Cuando la pareja no había tenido hijos, de todos modos costaba iniciar la separación, porque las familias detestaban confesar el fracaso, que podía ser atribuido a la mujer antes que al hombre. No era raro que matrimonios fracasados se arrastraran durante años.
Según mis informantes, el superficial conocimiento con el que las parejas de hace cuarenta o cincuenta años llegaban al matrimonio, terminó revelándose como un obstáculo grave para una convivencia duradera.
En la actualidad, los índices de nupcialidad han descendido en todo el continente. El descrédito del matrimonio era tradicional en países del Caribe como Venezuela, donde la mayor parte de los hijos nacían fuera del matrimonio, pero hoy, tanto en Argentina como Chile, cada vez se casan menos jóvenes y cuando lo hacen es tras haber convivido varios años y haber procreado algún hijo. La gente teme fracasar en una relación estable o considera inútil cualquier compromiso a largo plazo.
Las mujeres separadas en el último tercio del siglo XX, me cuentan, concurrían a sesiones de terapia, con el objeto de superar la experiencia. ¿No era un progreso? En la generación anterior, no hubieran tenido ningún profesional que las asesorara. Algo debía haber cambiado en la mentalidad colectiva, puesto que se las consideraba víctimas y no pecadoras. Se esperaba de ellas que reorganizaran sus vidas, que armaran otras parejas, no que se encerraran para llorar (avergonzadas, golpeándose el pecho) una desgracia irreversible.
Tal vez alguien las mire todavía hoy como las únicas responsables de su desgracia. Debieron tolerar su desgracia con resignación, como una prueba que Dios les ha mandado y sus abuelas ni siquiera mencionaban. Debieron elegir mejor al hombre con el que se unieron de manera tan solemne (aunque nadie las preparó para hacer otra cosa que aceptar la imagen idealizada de los hombres que habían decidido tomarlas como pareja). La misma Corín Tellado, pésima consejera por intermedio de sus novelas de tapa blanda sometidas a la censura de los editores de la España franquista, en la realidad se las compuso para sacar a las patadas de su entorno, al marido ideal que la defraudó. Otros tiempos, otras costumbres. Las parejas fracasan, a pesar de las buenas intenciones, y en tal caso la gente trata de retomar el control de su vida.

sábado, 26 de marzo de 2011

El colegio de la adolescencia

Escuela Normal (también Colegio Nacional) de San Pedro
Entrar en la secundaria cambió mi vida. Un signo de la nueva etapa, fue que no volví a encontrarme con mis compañeros de primaria. El tránsito de un nivel educativo a otro no era, como en la actualidad, imperceptible. A mediados del siglo XX, pocos estudiantes de la primaria pasaban a la secundaria (y luego, muchos menos ingresaban a la universidad). Para los planes sobre mi futuro que debió haber tenido mi padre, pero nunca compartió conmigo, se trataba de mandarme a lo que entonces se denominaba Sección Comercial Anexa al Colegio Nacional de San Pedro. ¿Podían haber inventado un rótulo menos descalificador?
Mi promoción era la tercera o cuarta y algunos de nuestros profesores habían egresado apenas un par de años antes de la misma institución. Otros docentes eran maduros y enseñaban también en la Escuela Normal. Sospecho que no se suponía que fuéramos demasiado brillantes, puesto que nos dedicaríamos al comercio. A nosotros no nos enseñaban dos lenguas clásicas (Griego y Latín) tal como sucedía en el Bachillerato hasta 1950. Tampoco estudiábamos dos idiomas modernos, sino uno durante los cinco años (la mayoría optaba por el inglés, que ya por entonces había desplazado al francés como lengua diplomática y de los negocios). Nos obligaban a estudiar Mecanografía (gracias a lo cual fui capaz de escribir “al tacto” como se nos decía) durante el resto de mi vida, y tomar dictado de hasta 120 palabras por minutos, en el ramo Taquigrafía (una habilidad que hubiera podido conducirnos, en el mejor de los casos, a convertirnos en funcionarios del Congreso de la República).
Constantini, nuestro profesor de Castellano, era un hombre joven y utilizaba técnicas heterodoxas, como evaluar los aciertos parciales, que de pronto se daban en la dinámica de una clase. A él le debí, por ejemplo, un 10 por acertar la definición de la palabra ¡Zape! que aparecía en un dictado y solo Dios sabe cómo recordaba después de haber leído una novela de Pardo Bazán.
Mis compañeros no podían ser más heterogéneos, advierto en la distancia. Uno de los más chistosos (no digo que ocurrente) siguió una carrera militar, me han dicho. Otro de los que gozaban de fama de divertidos, se convirtió en empresario de la agroindustria y no creo que siga haciendo rimas obscenas con su apellido, cuando alguien lo nombre. A uno cuyo nombre no recuerdo, le decíamos Alan Ladd (también Cara de Piedra), ya no recuerdo si por rubio o inexpresivo. Mi amigo E.S. viajaba todos los días en tren, desde Baradero. Compartíamos el gusto por los programas nocturnos de música de Radio Splendid y las comedias musicales del cine. ¡Qué distante parece todo eso! Un día lo sorprendieron con una postal pornográfica que nos había mostrado generosamente. Era la foto de una mujer desnuda, de pie, cuyo pubis aparecía cubierto por un grueso punto oscuro. Nuestra bella profesora de Inglés, que tenía un delicado bozo en el labio superior, debió haberla descubierto, porque recuerdo su reproche a mi compañero: ¿acaso no tenía él una madre, una hermana? A la distancia, el argumento suena poco atinado. El haber sido descubierto lo hacía acreedor de amonestaciones, ¿pero se suponía que mi amigo sintiera por todas las mujeres el mismo respeto, la misma distancia que le correspondía tener por su familia?
Quien ostentaba el promedio más alto del colegio, era H.P.F. (las iniciales las había propuesto él, que debía detestar su anticuado primer nombre). Confieso que no lo estimaba, a pesar de que nunca hubo ningún conflicto entre nosotros, por el simple motivo de que a él parecía no costarle nada superar obstáculos que para mí eran una muralla temible. Sus respuestas eran fluidas y oportunas, las prácticas de caligrafía impecables, su desempeño deportivo sobresaliente. No recuerdo qué falta de disciplina lo dejó fuera del cuadro de honor que lo designaba para bajar la bandera nacional por las tardes, con lo que yo pasé a reemplazarlo.
Una de mis compañeras, Ruth E., que era rubia y de ojos grises, comprometida en matrimonio con un hombre trece o catorce años mayor desde que la recuerdo, fue consagrada Reina de la Primavera en una celebración que incluía desfile de carrozas y show musical en Pellegrini y Tres de Febrero. No sé si las otras chicas la detestaban por ese privilegio que había logrado merecidamente y sin alardes, por decisión de un jurado en el que participaba nuestro profesor de Taquigrafía, un hombre joven que mostraba la secuela de la poliomielitis.
En el mismo edificio, por la mañana funcionaba la Escuela Normal, por la tarde el Colegio Nacional y la sección Comercial anexa, que era donde yo estudiaba. Nunca se me ocurrió protestar por la decisión de mi padre, que me inscribió en esa carrera que debía hacer de mí lo que hoy se considera un Contador o Auditor, porque detestaba la materia básica, Contabilidad, no lograba manejarme con el Debe y el Haber de la doble partida, mi letra cursiva inglesa era lamentable y solo me destacaba en Mecanografía y Taquigrafía, entre las materias que podían considerarse propias de la especialidad.
Quejarme no pasó nunca por mi cabeza, porque la otra alternativa era la misma que había tenido que afrontar mi padre cuando se rebeló contra la oportunidad que le brindaba mi abuelo de estudiar en el Colegio Nacional de Buenos Aires. Era eso o la atención al público de un almacén de barrio. Mi padre eligió lo segundo y lo lamentó el resto de su vida. Yo pretendía otra cosa, aunque todavía no supiera qué. Pensé en estudiar Arquitectura, una idea que me llevó a estudiar la Historia de la disciplina, desde lo más reciente a lo más antiguo. Me imaginé estudiando Psiquiatría, después de haber visto varias películas de Hollywood que le otorgaban glamour de cine negro a esa profesión, pero no tardé en desmoralizarme al averiguar que antes debería completar Medicina. La sola idea de participar en una disección (aunque fuera de una rana, para repetir el experimento de Faraday) me revolvía el estómago. Como había tenido buenas notas en Química Orgánica (probablemente gracias a una buena profesora) me hizo pensar en seguir una carrera que se relacionara con esa materia. Esa fue una de las alternativas de mi vida que no exploré. Otra, estudiar Arquitectura.