Mostrando entradas con la etiqueta Impacto de la radio en la comunicación familiar. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Impacto de la radio en la comunicación familiar. Mostrar todas las entradas

miércoles, 15 de febrero de 2017

De ayer a hoy (II): Tapar el sol con un dedo y reinventar la realidad



En mi línea de trabajo, tienes que seguir repitiendo las cosas una vez y otra, para que la verdad penetre, en una especie de catapulta de propaganda. (George W. Busch)

Fanny Navarro en anuncio de jabón Lux
Siempre resulta infructuoso, de acuerdo a la sabiduría popular el proyecto de tapar el sol con un dedo. Quienes lo intentan van a fracasar más temprano que tarde, pero entretanto no encuentran nada mejor para defender sus puntos de vista y eso les asegura no pocas ventajas a corto plazo, que es todo lo que suele importarles. Afirmar, como la publicidad de mediados del siglo XX, que nueve de cada diez estrellas de cine usaban el jabón Lux, era indemostrable, pero también era imposible de rebatir. ¿Dónde estaban las evidencias en un sentido u otro? Lo mismo podía decirse de “Mejor mejora Mejoral” o “Coca-Cola refresca mejor”. Después de repetirse (inalterados) en la prensa gráfica y la radio, estos slogans eran aceptados como ciertos o al menos desalentaban cualquier intento de discutirlos, porque no se los modificaría. La publicidad no estaba sola en esa tentativa de reinventar la realidad para utilizarla en su beneficio.
Botón Eisenshower
El discurso político intentaba lo mismo a mediados del siglo XX. El lingüista Roman Jakobson analizó en los EEUU de entonces, la eficacia del slogan creado para la campaña presidencial de 1952 de Dwight Eisenhower (I like Ike) basado no tanto en la aprobación que pudiera suscitar el historial del candidato, como en la triple repetición (aliteración, de acuerdo a la Retórica) del fonema /ai/. Se trata de un mecanismo carente de contenido, que sin embargo permite memorizar el nombre y crear una ilusoria sensación de familiaridad con el personaje: si se lo puede llamar por el apodo, si la propuesta se canta en un jingle de la televisión, ¿cómo evitar percibir a Eisenhower como alguien cercano, confiable, digno de ser votado?
Afiche nacionalización FFCC
Raúl Apold, Subsecretario de Informaciones y Prensa de los dos primeros gobiernos peronistas, acuñó el slogan “Perón cumple, Evita dignifica”, reproducido incansablemente durante una década, que no puede ser evaluado como una falacia, porque se trata más bien de un paralelismo retórico, donde se sugiere la complementación ideal, carente de conflictos y sin embargo jerarquizada, no redundante, entre dos personajes y dos competencias distintas. Lo novedoso para la época, es que la mujer fuera incluida a la par del marido. No estaba al margen del hombre público, pero tampoco tenía prioridad sobre él.
La brevedad del enunciado dejaba librada al receptor la responsabilidad de aplicarlo a la realidad (¿qué promesas cumpliría Perón, qué situaciones oprobiosas dignificaría Evita?) sin comprometer la credibilidad del emisor, que implícitamente reclamaba la aceptación de su discurso. No hace falta incluir a nadie más, ajeno a la pareja, alguien que posteriormente pudiera adquirir demasiada relevancia propia (y estorbar) o convertirse en un traidor. Otros slogans atribuidos a Apold fueron: “En la Nueva Argentina los únicos privilegiados son los niños”, “Evita, la abanderada de los humildes” e incluso la frase que todas las radios repetían diariamente: “20:25, hora en que Eva Perón pasó a la inmortalidad” (cuando en la realidad había ocurrido a las 20:23, un dato que se juzgó más difícil de recordar).
Héctor J.Cartier: Retrato de Eva Perón
Apold lograba destacar los datos que favorecían al régimen que servía y ocultar aquellos que podían desgastarlo. Él retiró en 1948 todas las fotos de Eva Duarte previas a su encuentro con Perón (donde aparecía con otro color de pelo, otros peinados y vestuario) para dejar en pie la imagen resplandeciente, perfecta, vestida por Christian Dior y retratada por mi maestro, Héctor Cartier, el ícono que iba a recibir la posteridad. Apold concibió la idea de organizar la Fundación Eva Perón y su imponente actividad benéfica. En 1952, él fue encargado de informar a los medios sobre una ilusoria mejoría de salud de Eva Perón, y luego quien organizó su funeral espectacular, filmado en Technicolor por un equipo de la 20th Century Fox contratado en los EEUU.
La televisión no había desarrollado aún el formidable acompañamiento persuasivo de la audiencia nacional que adquirió más tarde, pero el cine ofrecía desde sus inicios simulacros de la realidad altamente verosímiles, que solicitaban ser aceptados sin cuestionamientos. Barrio Gris, la película de Mario Soffici, comenzaba estableciendo un paralelo entre la feliz Nueva Argentina del presente, donde los niños jugaban en plazas construidas para ellos, y el país del cohecho y la miseria que había sido superado definitivamente. Las aguas bajan turbias, de Hugo del Carril, producida a pesar de la oposición de Apold al autor de la novela, encarcelado por comunista, se ambientaba en un pasado de explotación e injusticia, en las plantaciones de yerba mate del norte del país, con una pareja protagónica que en el final escapaba en una balsa de la masacre, no solo hacia el sur, sino hacia el futuro de Justicia Social prometido por el peronismo.
El régimen ejerció un enorme presión sobre la industria cinematográfica, a la que concedía o negaba los permisos para importar película virgen, mientras le aseguraba exhibición obligatoria en las salas o le imponía las listas de negras de artistas nacionales como Ulyses Petit de Murat, Libertad Lamarque, Francisco Petrone, Delia Garcés, Arturo García Buhr o Niní Marshall, a quienes por distintos motivo se les negaba la posibilidad de trabajar en el país y se vieron obligados a emigrar (tal como le sucedió treinta años más tarde Norma Aleandro, Nacha Guevara, Héctor Alterio, Mercedes Sosa, Antonio Berni y otros integrantes de las listas negras de los militares).
La industria del cine no se rebelaba contra estas presiones, pero tampoco dejaba satisfecho al régimen peronista. Los melodramas y las comedias costumbristas no denunciaban los conflictos de la sociedad y soslayaban la propaganda política. Las notas del noticiario Sucesos Argentinos podían ser esquemáticas y breves, pero esas limitaciones inocultables les permitían respetar las directivas oficiales y llegar todas las semanas a la audiencia. La recepción que se daba a los noticieros en la oscuridad de las salas de cine era otra cosa. El abucheo de algunos espectadores, se combinaba con los aplausos de otros, cuando la pantalla mostraba a las figuras destacadas del gobierno, sonriendo en sempiternas inauguraciones, mientras los acomodadores intentaban calmar el desorden con el haz de luz de sus linternas. La brecha ideológica de la que tanto se habló medios siglo después. ya se estaba manifestando de manera inequívoca.
Libro de lectura de enseñanza primaria (años `40)
Los medios audiovisuales otorgan una ilusión de inmediatez y familiaridad, que facilita el aislamiento de los receptores, para volverlos dependientes de unos pocos emisores distantes e inalcanzables. ¡Cuántas evidencias (y qué amenazantes) se han acumulado sobre esos mecanismos de manipulación en la cultura de la modernidad! Las tendencias al control de la mente de los individuos que estaban perfectamente definidas hace un siglo, no se han debilitado en la actualidad. Más bien ha ocurrido lo contrario, porque los medios que se disponen hoy para seducir a millones de personas que no se oponen a ser seducidas, son cada vez más eficaces.
Prisioneros de campo de concentración nazi
Para los fanáticos del nazismo, el Holocausto de la Segunda Guerra Mundial habría sido una invención de los judíos para descreditar a los alemanes. Hay quienes se encuentran convencidos hasta la fecha de que el hombre nunca llegó a la Luna y todo lo que presenciaron en directo millones de telespectadores en 1969, no pasó de ser un filme de efectos especiales elaborado en un estudios de Hollywood. Hay quienes se encuentran convencidos de que un OVNI aterrizó en 1947 en Roswell, y hasta la fecha el Pentágono ha insistido en ocultarlo, quién sabe por qué.
Hay quienes sostienen que Carlos Gardel no murió en Medellín, que Adolf Hitler huyó con Eva Braun hacia Sudamérica, mientras el mundo lo creía suicidado e incinerado en Berlin; que Elvis Presley adoptó el nombre de John Burrows y escapó hacia Buenos Aires cuando se difundía la noticia de su muerte; que Michael Jackson asistió a su propio funeral disfrazado de mujer. Las muertes de Marilyn Monroe y Diana de Gales, no serían un suicidio y un accidente respectivamente, sino crímenes encubiertos por los servicios secretos. Discutir con los sostenedores de esas ideas no vale la pena, porque ellos tienen preparadas las respuestas para todas las evidencias que se opongan a sus hipótesis y contemplan hasta con lástima a los incrédulos que no comparten su precioso conocimiento.

Los jefes totalitarios de masas basaron su propaganda en la correcta suposición psicológica de que (…) uno podía hacer creer a la gente las más fantásticas declaraciones y confiar en que, si al día siguiente recibía prueba irrefutable de su falsedad, esa misma gente se refugiaría en el cinismo. En lugar de abandonar a los líderes que le habían mentido, aseguraría que siempre había creído que tal declaración era una mentira y admiraría a los líderes por su superior habilidad táctica. (Hannah Arendt: Los orígenes del totalitarismo)

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Caricaturas de niños en el mundo del espectáculo

Anuncio de anestésico de venta libre (Siglo XIX)
¿Quién puede resistir el encanto de la imagen de un niño? Es la pregunta que se hacen los productores audiovisuales y los expertos en marketing desde hace varias generaciones. Su eterna respuesta es: casi nadie resulta inmune y como ventaja extra, son modelos seductores y baratos, que no tienen la menor consciencia de lo que hacen.
La niña Jody Foster fue explotada por su madre, que la comprometió en comerciales del bronceador Coppertone, en los que mostraba el trasero. Los industriales victorianos anunciaban en pleno siglo XIX los productos menos adecuados para los niños (tabacos, medicinas, alucinógenos) exponiendo a criaturas angelicales, vulnerables, muchas veces ligeras de ropas y a pesar de todo sonrientes.
Quizás uno se impaciente con el comportamiento de los niños en el mundo real, cuando reclaman con llanto y quejas, de los adultos que los trajeron al mundo, la atención que no reciben, pero una vez que son puestos bajo control, con promesas o amenazas, posando para una foto, la pantalla de cine o el televisor, recitando un libreto aprendido de memoria, su presencia es infalible. Hay que ser un desalmado para no rendirse.
A los niños se les atribuye una inocencia sin límites; a todos les consta que se prestan a manipulaciones que los adultos menos incautos no aceptarían. Cuando no son utilizados por la publicidad, los padres se deleitan compartiendo con otros adultos las imágenes sonrientes de sus hijos, a la par que aquellas de sus autos y mascotas. ¿Existe alguna diferencia?
Hace un par de generaciones, pagaban para que los fotografiaran en un estudio, delante de un fondo pintado, tal como en otras épocas pagaban para que los pintaran ataviados con sus mejores ropas. Los adultos llevaban esas fotografías en la billetera, para demostrar que no son estériles, como en la actualidad las publican en Facebook. Llenan los muros de sus casas con retratos infantiles que no tardan en desactualizarse y pronto ya no se sabe muy bien a quién corresponden.
Elenco de El Chavo del 8
Junto a los niños que intentaban satisfacer de manera verosímil la demanda de estereotipos de los adultos respecto de la infancia, no faltaban los adultos que encararon el mismo trabajo desde la convención declarada. El Chavo del 8 solo fue la culminación de una caricatura de la infancia interpretada por adultos, que se reiteró en los medios masivos (cine, radio, televisión) durante casi todo el siglo XX.
Chimbela tenía corazón, sinceridad, era dulce, tierna y nunca se supo si tenía madre, padre, novios. El personaje tenía unos quince años, así que contaba con un gran carga de inocencia. (…) Yo era la comadronita del barrio, la que sabía los chimentos. (Elena Lucena)
En los años `40 del siglo XX, la televisión no había llegado aún para capturar a las nuevas generaciones con imágenes tendenciosas, cuidadosamente filtradas, que estimulan el consumo tranquilizador de toda la familia, pero la imagen de los niños ocupaba desde mucho antes las pantallas del cine y las voces de los niños llegaban a través de la radio. Recuerdo a mi tía Matilde informándome, ante mi incredulidad, que Elena Lucena, intérprete radial del personaje llamado Chimbela, era una señora grande. ¿Cómo podía ser? Su voz sonaba como la de una adolescente. Ella usaba inadecuadamente las palabras, como hacen los niños que se guían por el sonido, y lo que hubiera debido alertarme, causaba la risa de los adultos que la rodeaban. Ella era cómica, no por su ingenio, sino por su inadecuación. Al reír de ella, se la marginaba.
En la radio, la edad de la actriz carecía de importancia. Fanny Brice, en los EEUU, se eternizó interpretando a Baby Snooks, una niña incorregible, desde comienzos de los años `30 hasta fines de los `40, cuando ella tenía más de medio de siglo de edad. Los niños de la radio o el cine quedaban incluidos en dos categorías: los pícaros y los conmovedores. La picardía no superaba el doble sentido.
Los adultos podían entender las alusiones a su modo, mientras los niños se quedaban en el plano de lo aparente, disfrutando el comportamiento de un personaje infantil ingobernable, que no llegaba a ser castigado aunque en la realidad ese hubiera sido el desenlace de sus travesuras.
Denis the Menace
El comediante Jorge Luz interpretaba en Argentina a Corchito, un niño terrible de La Cruzada del Buen Humor, un programa que transmitía Radio Belgrano. Era un personaje armado en la tradición de Baby Snooks y Denis the Menace (Daniel el travieso) a partir de 1951; una criatura malvada, que a pesar de sus malas intenciones no causaba daños permanentes a los adultos que convertía en sus víctimas, y tampoco recibía ningún castigo que prometiera una mejora de su conducta a lo largo de una serie interminable de sketches.
La memoria de Tatín, el personaje radial de Tato Cifuentes de fines de los años ´40 (una generación más tarde reapareció convertido en muñeco de la televisión) es más conformista. No pasaba de ser la caricatura del niño hacendoso pero sometido, que había en todas las familias y los adultos adiestraban para que los divirtiera cuando se lo ordenaban. Era el niño payaso, que cantaba y contaba chistes proclamándose aquello que no era. Aunque Tatín no dejara de lado las diabluras, tampoco llegaba a cuestionar el orden de los adultos. Su inocencia contrastaba con la complejidad de un mundo que no entendía, ni se preocupaba de develar ante su audiencia.
En México, el niño terrible de los cuentos picantes se llamaba Pepito. En Argentina era Jaimito. Fuera de la habitual censura de los medios, en los chistes que la gente comunicaba de boca en boca, esas criaturas humillaban a sus parientes y maestros con la enunciación de palabras obscenas y un conocimiento detalladas de las debilidades humanas, que solo podría esperarse de un adulto.
Pepito y Jaimito eran adultos prematuros, travestis de la infancia que los adultos organizaban quién sabe con qué intenciones, tal vez para desensibilizarse ante la eventualidad de abusar de la infancia sin cargos de conciencia. Al dar por supuesto que los niños son perversos, no pocas veces crueles y se encuentran bien informados sobre la sexualidad humana, ¿por qué tenerles consideración?
Los niños podían ser malvados y al mismo tiempo ignorantes, por lo que cabía disculparlos. Eran inaguantables y a la vez cómicos. Apenas se escarbaba un poco en las situaciones que protagonizaban, había que verlos como víctimas. Los conflictos provenían de los adultos, que podían ser muy convencionales (los padres de Denis) o inexistentes (aquellos de Charlie Brown). Situaciones como esas justificaban las malas maneras infantiles.
De acuerdo a los personajes cómicos infantiles, ser adulto era ser hipócrita. Desde la perspectiva implacable de la infancia, el doble estandar de los adultos podía ser parte de una guerra no declarada entre los miembros de distintas generaciones, obligadas a compartir el territorio familiar. Quizás los niños desconozcan las complejidades de la política y los negocios, ámbitos en los que se les niega el ingreso, pero no ignoran los detalles contradictorios de la vida doméstica, donde los adultos suelen demostrar que no suelen ser lo que aparentan.
Los niños terribles complementan la imagen enternecedora pero unilateral de la infancia, organizada al estilo de las pinturas y fotografías victorianas, que idealizan la vida familiar. Es lo que plantea una interminable serie de filmes que utilizan a los niños (poco importa si ellos hacen algo admirable o solo sirven de relleno, con tal que sean bonitos) para seducir a la audiencia. ¿Quién podría resistir el encanto de la imagen en movimiento de un niño? Ellos sonríen, gatean, lloran, dan sus primeros pasos, se ensucian la cara al comer, son limpiados y no hace falta demasiado más para justificar el atractivo que ejercen sobre la audiencia de todas las edades.
A veces los niños son convocados para disfrazarse de lo que todavía no son; se convierten en payasos que exageran su inadecuación para interpretar el rol de adultos. En Bugsy Malone, un filme musical de los años 1976, se presenta una historia de fabricantes de alcohol ilegal, gangsters y bailarinas, ambientado medio siglo antes, que se encuentra interpretado en su totalidad por niños. La obscenidad se encuentra siempre cerca de esas imágenes, a diferencia de lo que pasaba en los sketches de El Chavo del 8, donde sucedía lo contrario. Los adultos que asumen roles infantiles quedan expuestos en su inadecuación, no llegan a confundirse nunca con aquello que imitan, mientras los niños que asumen roles de adultos rondan la pornografía.
Shirley Temple
Shirley Temple comenzó a trabajar en el cine en 1931 a los tres años, protagonizando cortometrajes sonoros donde se parodiaban situaciones propias de adultos, como el enamoramientos, trabajo en clubes nocturnos, etc. Cuando Shirley imita a Mae West, la situación resulta demasiado perturbadora para la sensibilidad actual, que ha recibido tantos datos de niños abusados: Temple se muestra como una niña que simula a la perfección el personaje adulto de una prostituta experimentada. En la complejidad de los adultos, la posibilidad de alimentar fantasías eróticas a partir de una ficción que se anuncia como inocente, lo que incomoda. La conciencia del abuso que suelen sufrir los niños de parte de los adultos y sus iguales, no había tomado forma aún.

martes, 21 de mayo de 2013

Copas del olvido: Masculinidad, música popular y penas de amor

Durante mi infancia y adolescencia hubieran debido obligarme para que escuchara con la debida atención los tangos y rancheras que conocía de memoria todo el mundo, pero nadie consideró necesario proveerme de una educación musical de ese tipo. Yo escuchaba por la radio baladas de jazz, en los programas de Radio Mitre, sin prestarle ninguna atención a la letra, que a veces me preocupaba de leer en unos cancioneros modestísimos que se publicaban en papel de diario, con la intención de practicar el inglés que nos enseñaba nuestra pelirroja profesora del secundario, Miss Austin. Al descifrar esas canciones, lo más probable era descubrir que sus letras no tenían mucho sentido.
Jeanne Moreau en Eva
Oh, life could be a Dream / Sh-Boom / If I can take you up in Paradise up above / Sh-Boom / If you would tell me I´m the only one that you love. / Life coud be a dream / sweetheart. / Sh-boom, sh-boom / Ya-da-da Da-da-da Da-da-da Da. (James Keyes y James Edwards: Sh-Boom)
En cuanto al jazz más estricto, el scat de Louis Armstrong y Ella Fitzgerald, prescindía de palabras. Solo eran fonemas rítmicamente organizados y desprovistos de sentido. El deslumbramiento de la modernidad de mediados del siglo XX, condenaba de antemano a la música producida al sur del Río Grande, considerándola rémora de un pasado provinciano que subsistía gracias a la radio, sin enorgullecer a nadie.
Los adultos podían conocer las letras de memoria, pero no les prestaban mucha atención al cantarlas, porque no pasaban de ser una excusa para bailar sujetando a la pareja.
Hubiera sido imposible, sin embargo, aislarse del aporte de ese tipo de música sentimental, que había reinado durante los años `30 y nos asaltaba desde la radio o los altoparlantes publicitarios del centro de San Pedro. Sus letras narraban historias melodramáticas, emparentadas con aquellas de la prensa amarilla de Ahora, imposibles de dejar indiferente a quienes las oyeran, pero extrañas al mundo de la Cultura (eso creíamos, al menos).
Aprendí a disfrutar la música culta después, al llegar a los veinte años, cuando trabajé en un laboratorio fotográfico y durante meses, mientras revelaba y ampliaba fotos en la penumbra, tuve como compañía la discoteca de música del Barroco y moderna de un compañero de trabajo. Haber crecido oyendo música de películas de Hollywood y el Hit Parade de Radio Excelsior, no me preparaba de la mejor forma para concentrarme en las complejidades de la música popular del continente, que existían y sin embargo yo no llegaba a percibir.
Luego, en los años `60, llegaron los Beatles y se afianzó la noción de que la música popular del pasado, quedaba archivada para siempre, cuando sucedía otra cosa: yo, al menos, no había madurado lo suficiente para escucharla con la atención que requería.
Cuando oigo cantar rock (nunca, debo confesar) no llego a entender la letra de lo que se grita o gruñe con tanta energía. Me desconecto. Supongo que el texto del vocalista importa bastante menos que el aporte de la percusión y el resto de los instrumentos. De vez en cuando reaparecen las denuncias de bienpensantes que descubren mensajes satánicos o elogios de la droga en las letras del rock, y eso me desconcierta y maravilla: ¿cómo llegan a entender algo en ese magma de sonidos inarticulados y estridentes?
Los viejos tangos, las rancheras mexicanas, efectivamente refieren historias pobladas por personajes conflictivos, que el oyente capta en toda su complejidad o simpleza, que no cuesta recordar y acomodar a las experiencias personales.
Quiero emborrachar mi corazón / Para apagar un loco amor / Que más que amor es un sufrir. / Y aquí vengo para eso / A borrar antiguos besos / En los besos de otras bocas. (Enrique Cadícamo y Juan Carlos Cobián: Nostalgias)
No recuerdo que mi tío Miguel, después de la ruptura de un noviazgo de varios años se explayara delante de testigos, ni que ellos lo interrogaran sobre las circunstancias o lo comentaran a sus espaldas. En la realidad, la gente de mediados del siglo XIX era púdica (tal vez torpe) cuando se trataba de exponer sus sentimientos. La música popular llegaba entonces para expresar lo mismo que ellos guardaban sin atinar a expresarlo.
Eche amigo, nomás, écheme y llene / hasta el borde la copa de champán, ( que esta noche de farra y de alegría / el dolor que hay en mi alma quiero ahogar. (Francisco Caruso y Juan Andrés Caruso: La última copa)
En los tangos que durante mi infancia oía por la radio, puesto que en mi casa no había tocadiscos, el tema del alcohol y las penas de amor reaparecía asociado a la imagen de esas mujeres pérfidas que no me había tocado conocer, porque mi madre nunca se hubiera animado a dialogar con ellas y mi padre las hubiera despreciado o deseado tanto (no veo muy bien la diferencia) porque desencadenaban un drama, al burlar las promesas de fidelidad.
Los hombres que cantaban, exponían de manera elocuente su penosa situación de borrachos y cornudos. No era que bebieran por adicción al alcohol, como cualquiera puede suponer. La causante era otra persona, alguien que ni siquiera estaba presente para desmentir lo que se cantaba de ella, una mujer traidora, que había defraudado la confianza masculina.
Mozo, traiga otra copa / Que anoche juntos los vi a los dos. / Quise vengarme, matarla quise / Pero un impulso me serenó. / Salí a la calle desconcertado, / Sin saber cómo hasta aquí llegué / A preguntarle a los hombres sabios / A preguntarles qué debo hacer. / Olvide amigo, dirán algunos, / Pero olvidarla no puede ser, / Y si la mato, vivir sin ella, / Vivir sin ella nunca podré. / Alberto Vacarezza y Enrique Delfino: La Copa del Olvido (tango)
José Guadalupe Posada: grabado
Entre el despecho amoroso y la adicción etílica no suele mediar mucha distancia en el ambiente de los tangos y rancheras. Alguien se embriaga con el objeto de olvidar que acaban de abandonarlo (¿o tal vez lo abandonaron porque se embriagaba con excesiva frecuencia, porque era incapaz de resistir la tentación del alcohol?). Las mujeres y el aguardiente son dos fatalidades que aguardan al hombre, por lo general asociadas para perderlo.
Esta noche me voy de parranda / Para ver si me puedo quitar / Una pena que traigo en el alma / Que me agobia y que me hace llorar. / Si me encuentro por ahí con la muerte
A lo macho no le he de temer, / Si su amor ya perdí para siempre / ¿qué me importa la vida perder? (José Alfredo Jiménez: Esta noche)
No era cosa de sufrir sin anestesia, como uno hubiera supuesto de un macho confirmado en su inagotable capacidad de aguante. No, el hombre enamorado se volvía frágil, manipulable incluso para alguien, tan temible (a pesar de los golpes que habitualmente recibía durante la relación de pareja) como llegaba a ser una mujer.
Tampoco se trataba de cerrar un capítulo sin duda penoso y abrir otro, para demostrar ante el mundo que se mantenía cierto control masculino sobre las emociones. Los hombres de las canciones populares se derrumbaban literalmente en los mostradores y mesas de los bares, delante de otros hombres que en un momento u otro habían pasado por la misma situación, y aunque no se apiadaran, tampoco habrían de burlarse del espectáculo su debilidad.
Estoy en el rincón de una cantina / Oyendo una canción que yo pedí; / Me están sirviendo orita mi tequila, / Ya va mi pensamiento rumbo a ti. / Yo sé que tu recuerdo es mi desgracia, /Y vengo aquí nomás a recordar; / ¡qué amargas son las cosas que nos pasan, / cuando hay una mujer que paga mal. (José Alfredo Jiménez: Tu recuerdo y yo)
Una de las ventajas más evidentes del canto, es que sustituye al llanto y de ese modo le permite expresarse a quien se apropia de esas palabras ajenas para decir lo propio. Un hombre que se abandona al dolor personal en público, se denigra, pierde gran parte de su virilidad, mientras que un hombre que canta despierta las emociones de sus iguales, que han atravesado experiencias similares y en lugar de reírse de su desgracia, lo aplauden.
El enamoramiento que expone al engaño y el abandono, debilita al hombre, mientras que en forma paralela otorga poderes inusitados a las mujeres.
Entre copa y copa se acaba mi vida, / Llorando borracho tu pérfido amor. / ¡Qué negros recuerdos me trae tu mentira! / ¡Cómo cuesta lágrimas una traición! (Felipe Valdés Leal: Traigo penas en el Alma)
Emilio Petorutti: La canción del pueblo
Aunque el hombre declara que le canta a una mujer que se ha ido, los verdaderos destinatarios de la canción son los testigos de la humillación sufrida por el hombre. Ellos se han enterado o habrán de hacerlo, y evaluarán al perdedor como un pobre tipo que se merecía lo que se recibió, como alguien fuerte a pesar de la traición. Desde el punto de vista de la víctima, hay que justificar el duelo, insultando al objeto del enamoramiento.
A veces la verdadera poesía se desliza en el desarrollo de una canción que relaciona al alcohol y el despecho, para decir en pocos versos la decisión de ponerle fin a un duelo que de otra manera derivaría en algo tan poco masculino como la tristeza.
Hoy vas a entrar en mi pasado / en el pasado de mi vida… / Tres cosas lleva mi alma herida: / amor, pesar, dolor. / Hoy vas a entrar en mi pasado / hoy nuevas sendas tomaremos / ¡Qué grande ha sido nuestro amor! / Y sin embargo, ay / mira lo que quedó! (Juan Carlos Cobián y Enrique Cadícamo: Los mareados)

lunes, 11 de marzo de 2013

Canciones de la Nostalgia

Lili Marleen: Portada de disco 78 rpm
Uno de los privilegios de la música popular es adecuarse a los contextos más variados y darle forma oportuna a los sentimientos complejos y no siempre disponibles para ser expresados, de la gente que la oye, memoriza y reproduce en su vida cotidiana. Otro privilegio (y no el menor) es la inmensa difusión que los medios masivos otorgan a la música popular. Alain Resnais elaboró en 1997 un filme musical, On connaît la chanson, donde casi todo lo que sus personajes intentan decir y no podrían decirlos sin ayuda, procede de las canciones contemporáneas. Ellos se comunican citando fragmentos de canciones famosas. Allí parece estar lo que necesitan decirse unos a otros.
Los soldados alemanes de la Segunda Guerra Mundial descubrieron una canción que había surgido pocos años antes, del poema escrito por un veterano de la contienda anterior. En tiempos de paz, esa canción hubiera dicho lo suyo: el entusiasmo de un soldado por una chica que probablemente se ofrece a todos los uniformados que pasan por la calle, en las inmediaciones de un cuartel. Cuando la misma canción es oída durante la guerra, lejos de la patria y las mujeres amadas, antes o después de una batalla, la nostalgia adquiere mayor dignidad y hasta patriotismo. No ha cambiado la música, ni la letra, pero sí el contexto y la intención de quienes la cantan y quienes la oyen y acompañan.
Vor der Kaserne / Vor dem grossen Tor / Stand eine Laterne / Und steht sie noch davor / So woll´n wir uns wieder seh´n / Bei der Laterne woll´n wir steh´n / Wie einst Lili Marleen. (Hans Leip y Norbert Schulze: Lili Marlene)
Frente al cuartel / delante del portón / había una farola / y aún se encuentra allí / Allí volveremos a encontrarnos / como antes, Lili Marlene. (Hans Leip y Norbert Schulze: Lili Marlene)
Marlene Dietrich (circa 1940)
Gracias a un medio como la radio, la canción se difundió en poco tiempo allí donde había soldados alemanes dedicados a imponer el nazismo en todo el planeta y también del otro lado, en las filas enemigas. No hay fronteras para las ondas herzianas, las melodías son universales, las letras se traducen. La radio alemana la programaba Lili Marlene todas las noches a las 20.57, antes de cerrar las transmisiones dedicadas a los combatientes. Pronto la canción fue tan popular entre aquellos que peleaban en un bando, como en el otro. Los aliados la parodiaron, introduciendo burlas a Hitler. En varios países donde se admiraba a Alemania, se convirtió en marcha militar, ejecutada durante los desfiles solemnes. Rainer Werner Fassbinder armó un filme de 1980, titulado Lili Marlene sobre esa reiteración obsesiva de un mismo mensaje que cambia de sentido y de ser una canción sentimental (como la consideraba Goebbels, que trató en vano de suprimirla) pasa a revelarse como la expresión de la resistencia antifascista.
Una vez que la canción es adoptada por la gente, resulta muy difícil de controlar. Pasa a pertenecer a la gente común, que en el caso de Lili Marlene le atribuyó el carácter de otro reclamo de paz y amor.
Hay tal cantidad y variedad de canciones de amor, porque se trata de una de las aspiraciones básicas de la humanidad, compartida por casi todo el mundo. ¿Quién no quiere sentirse acompañado, protegido? Ante un diagnóstico como ese, la música popular no retrocede ante la posibilidad de reciclar los tópicos más frecuentes de la pasión, desde el enamoramiento ciego al desengaño, para no dejar indiferente a nadie. Hay canciones sobre la familia, sobre la patria, sobre la vida y la muerte. Algunas tienen destinatario y operan como cartas que muchos pueden suscribir; otras son reflexiones sobre experiencias fundamentales.
Cuando Carlos Gardel cantaba Volver, muchos de los oyentes no habían salido nunca de su país natal, ni habían sufrido desencuentros en el extranjero, por lo que ignoraban el sentimiento de desubicación típico de los exiliados, como le sucedía al protagonista de Luces de Buenos Aires, la película de 1935. De todos modos, no podían evitar la proyección en ese personaje sonriente y nostálgico, tras una ausencia demasiado larga.
Volver / con la frente marchita / las nieves del tiempo / platearon mi sien. / Sentir / que es un soplo la vida / que veinte años no es nada, / que febril la mirada / errante en las sombras / te busca y te nombra. (Carlos Gardel y Alfredo Le Pera: Volver)
El universo temático de las canciones populares de mediados del siglo XX podía ser tan extenso, que recuerdo un juego de mi juventud, que consistía en hacerle preguntas al fantasma de Gardel, cualquier pregunta imaginable, en la seguridad de que en alguna letra de sus canciones se encontraba la respuesta. El juego solo era posible porque los participantes poseían un conocimiento erudito sobre un extenso repertorio de canciones, acumulado a lo largo de cuatro décadas, que a diferencia de lo que pasa en la actualidad, no pasaba de moda.
La música culta logra pocas veces una repercusión tan inmediata en la vida cotidiana de aquellos que la disfrutan. Para los italianos del siglo XIX, durante la época de la lucha por la reunificación de su país, las óperas de Giuseppe Verdi contenían mensajes patrióticos, que les otorgaron enorme repercusión, a pesar de referirse a historias del pasado remoto.
Cuando yo tenía menos de diez años, durante la Segunda Guerra Mundial, escuchaba por radio Belgrano la voz de Jean Sablon, por entonces un cantante exiliado francés que recorría las ciudades de Argentina y Brasil dando recitales en teatros y boîtes (término que aprendí entonces y no hubiera podido aplicar nunca en San Pedro, porque se refería a centros nocturnos de diversión, propios de las grandes ciudades).
Jean Sablon a mediados años `40
J´attendrai / le jour et la nuit, j`attendrai toujours / ton retour / J`attendrai / car l`oiseau qui s´enfuit vient chercher l´oubli / dans son nid. / Le temps passe et court / en battant tristement / dans mon coeur si lourd / Et pourtant j´attendrai / ton retour. (Louis Poterat y Dino Olivieri: J´Attendrai)
Esperar, no una circunstancia vaga, sino el regreso a la patria, el reencuentro con los parientes y amigos dejados atrás, por circunstancias superiores a la voluntad de quien cantaba. ¿Cómo podía entender un chico ese mensaje, a pesar de estar expresado en otra lengua y corresponder a otra visión del mundo?
Sablon era un hombre encantador, maduro, que en las fotos de los años `40 se veía siempre sonriente y a la vez triste, de acuerdo a lo expresado por la elevación central de las cejas. Rina Ketty había popularizado la misma canción poco antes de la guerra y no costaba entenderla como el lamento de una mujer que espera con toda seguridad al hombre que la ha abandonado, probablemente contra su voluntad. En Tornerai, el texto original italiano, cantado por Carlo Buti, se trata de otra historia. La letra muestra a un hombre que confía en el regreso de una mujer que lo ha dejado solo. Es una canción que no tiene otras dimensiones que aquellas propias de una relación amorosa:
Tornerai da me / perche l`unico sogno sei / del mio cuor / tornerai perche / senza i tuoi baci languidi / non vivró. / ho qui dentro ancor / la tua voce que dice / torneró… / perche tuo é il mio cuor (Nino Rastelli y Dino Olivieri).
Durante la Segunda Guerra Mundial, sin embargo, esa letra se alteró, para mencionar la contienda y ser atribuida a una mujer que espera con impaciencia el regreso del hombre que ama. La voz de Miriam Ferretti infundía esperanzas a un hombre que no sabe dónde se encuentra.
Non ti ricordi quella canzon / piena d´amore e di passion / che dolcemente ci avvinse un dí / e che per sempre ci uní? / Or che lontano / tu sei da me / mentre la guerra / scheggia in ciel / Con un tremor / io canto ancor.
En España, la canción fue grabada por un coro masculino y se convirtió inesperadamente en un himno de camaradería franquista. Gracias a J’Attendrai, el tema del exilio se había introducido sin dificultad en nuestra vida cotidiana, aunque la palabra exilio todavía no se utilizara. En la escuela nos hablaban de los inmigrantes recibidos por nuestra patria generosa, pero no iban más allá, para explicarnos las razones del desplazamiento forzado de millones de personas, desde una región del mundo a otra, desde una cultura a la opuesta, dejando atrás la mayor parte de lo que había sido su vida.
¡Tantos vecinos de mi infancia en San Pedro eran hijos de extranjeros o habían llegado a Argentina con sus padres, cuando eran niños, que la nueva oleada de desplazados solo confirmaba la inestabilidad del mundo contemporáneo y la paradojal estabilidad de América, del norte al sur, a pesar de los gobiernos militares y las crisis económicas, había sido consolidada por la política del Buen Vecino de los EEUU que promovía el presidente Franklin Delano Roosevelt.
Los europeos, en cambio, con su cultura milenaria, que en América conocíamos de segunda mano, pero de todos modos considerábamos el paradigma al que aspirábamos, no lograban estabilizarse. Periódicamente, los países de donde llegaban los grandes artistas y pensadores, quedaban involucrados en guerras atroces, donde buena parte de su patrimonio milenario se destruía, para obligarlos a dedicarse a una periódica reconstrucción. Eso estaba más próximo de las reflexiones amargas de tangos y rancheras, que las celebraciones bobas de las comedias musicales norteamericanas.
Mon amour est parti pour longtemps, / Quelque part, je ne sais sur la terre. / Son retour n`est pas pour le printemps. / Les oiseaux n´auront plus qu´à se taire, / Le soleil n´brill´ra plus si souvent / Et les bois auront perdu tour leur mystère. / Je serai solitaire / Mais jâttendrai, le couer battant, / Mon amour est parti pour longtemps. (Charles Trénet: Mon amour est parti pour longtemps)

domingo, 1 de julio de 2012

Esperanzas perdidas: El Fin del Futuro

Walt Disney: Patro Donald
En mis recuerdos me veo rumbo de la Escuela Nº 2, entonces ubicada en Tres de Febrero y Chivilcoy, a comienzos de mayo de 1945, mientras oigo las campanas de la iglesia en la distancia. Anunciaban el fin de la Segunda Guerra Mundial, que habíamos estado esperando desde hacía tanto tiempo, que cualquier futuro sería digno de ser vivido. Adolf Hitler había sido derrotado en Berlin. Antes que entregarse y ser juzgado por sus crímenes, había preferido envenenarse junto a Eva Braun y sus fanáticos seguidores lo incineraron para que no sufriera humillaciones póstumas. Los guerrilleros italianos no le brindaron tanta consideración a Mussolini, cuando lo ahorcaron junto a Chiara Petacci, su amante, cuando intentaban escapar del país. La fotografía del par de cuerpos colgados no se borraría tan pronto de mi memoria.
Benito Mussolini, Chiara Pettaccia muertos
Solo quedaban dispuestos a prolongar el enfrentamiento bélico los japoneses, que preferían inmolarse colectivamente, por lo que oía decir a los adultos que habían aprendido la palabra kamikaze, antes que rendirse. Las historias de hijos que mataban a sus padres o padres que mataban a sus hijos más pequeños y luego se suicidaban, para librarlos del oprobio, tal como se recuerda en Level Five, el documental de Chris Marker, todavía no habían llegado a la prensa. Los japoneses eran presentados como la amenaza amarilla, una fuerza anónima y ciega, tan incontrolable como las langostas que llegaban en verano y debían ser espantadas por los niños que golpeábamos latas o las quemábamos en hogueras, después de haberlas atrapado en zanjas, para que no devoraran las cosechas.
Niños judíos llegando a campo de concentración
El descubrimiento de los horrores de los campos de concentración fue filtrándose de a poco y encontraron el escepticismo de los adultos que admiraban la disciplina e industriosidad de los alemanes. Las bombas atómicas que fueron lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki tiempo después, nos eran presentadas por los diarios y la radio como una experiencia disuasiva admirable, en lugar de constituir una crueldad innecesaria, que castigaba a la población civil, cuando el fin de la guerra era inevitable. Gracias a las bombas atómicas, se afirmaba, no se perderían miles de vidas norteamericanas.
Antes de cumplir los diez años, lo más probable es que uno carezca de una visión articulada del mundo, pero en ese entonces la actualidad resultaba más atractiva que la suministrada por los cuentos de hadas o los radioteatros de aventuras que ofrecía Radio Splendid en la tarde. Los personajes de comic (Superman, el Capitán Marvel) participaron en la Segunda Guerra Mundial, y a pesar de los superpoderes formidables que les conocíamos, no lograban que los bondadosos Aliados impusieran la paz de una buena vez.
El cine europeo que de vez en cuando llegaba a San Pedro, abriéndose paso entre las comedias musicales de la Metro-Goldwyin-Meyer y los melodramas de Zully Moreno, traía datos desconcertantes. Las imágenes de antiguas ciudades arrasadas por los bombardeos, de gente hambreada (Paisá, En cualquier lugar de Europa, Balada Berlinesa) ofrecían evidencias difíciles de entender para nosotros, que éramos pobres y sin duda provincianos, pero comíamos todos los días y disponíamos de un techo. ¿Eso había ocurrido en el mundo? No es que me resultaran desconocidos los hechos, pero leer los artículos de la prensa gráfica o escuchar los boletines de la radio no causaba la misma impresión de realidad.
El cine (todavía no era la televisión, que llegó a comienzos de los `50) no podía mentir, pero de todos modos desconcertaba, porque hasta poco antes reinaba el optimismo de los aliados o el escapismo de los europeos (de Italia llegaban comedias de teléfonos blancos, de Alemania, fantasías como Las aventuras del Barón de Münchaussen, donde descubrí mis primeras mujeres desnudas en la pantalla). La gente de casi todo el mundo se había matado durante años y al llegar la paz, de todos modos continuaban pasando hambre, no tenían techo ni trabajo, querían juzgar a los responsables de su situación o estaban muriendo por causa las radiaciones.
Después de semejantes horrores, cualquier futuro, estábamos convencidos, debía ser mejor, porque de acuerdo a mi maestra de tercer grado, la señorita Elba Bernasconi, la Humanidad entera habría aprendido de la guerra una gran lección. El país donde nos tocó en suerte nacer, Argentina, había sido marcada por Dios para ser el granero del mundo. Yo imaginaba una hilera interminable de panes y buenos cortes de carne vacuna, rumbo al humillado continente europeo. Desde los muelles del puerto de San Pedro se cargaban naves de ultramar y a veces íbamos a mirar de lejos nuestro aporte indirecto a la paz mundial.
Cuando no más de tres años más tarde un álbum del Pato Donald me informó sobre la existencia del nuevo Estado de Israel y los conflictos con los palestinos, mi visión del futuro esplendoroso que aguardaba a la humanidad comenzó a enturbiarse. La guerra que había sido desterrada para siempre, continuaba activa por aquí o allá. No era la misma de antes, conviene aclararlo.
La Guerra Fría nos introdujo de nuevo en un mundo de propaganda amenazante, donde los buenos y los malos se dividían el mundo y estaban a punto de iniciar la batalla de la cual probablemente nadie saldría ganador, dado el tipo de armamento nuclear que se disponía. Era la amenaza roja que debía detenerse a cualquier precio. Ese fue el mundo de mi adolescencia. Los justicieros de la Segunda Guerra Mundial invadían pequeños países de Centro América, rusos y norteamericanos acumulaban bombas atómicas y estaban a punto de perder el control, en Corea, Berlín o Irán. Fueron años de un aprendizaje brutal de Geografía, siguiendo el vaivén de los enfrentamientos entre las grandes potencias. Hoy aquí, mañana allá. El futuro se encontraba hipotecado, sin importar lo que sucediera. Quizás la guerra mundial que se nos anunciaba repetidamente quedara postergada, pero no la discriminación institucionalizada de grandes sectores de la sociedad, ni el agotamiento de los recursos renovables, ni la contaminación ambiental, ni… La lista de amenazas que un chico debe identificar ahora, es mucho más compleja que la que a mí me tocó aprender durante mi infancia. El desengaño de los jóvenes respecto del modelo idealizado que suministraban los maestros y los medios de comunicación.
No hay futuro en el sueño de Inglaterra. / (…) Cuando no hay futuro, ¿cómo puede haber pecado? / Somos las flores del basurero / Somos el veneno en tu máquina humana / Somos el futuro, tu futuro. (Sex Pistols: God save the Queen)
El estribillo de la canción de los Sex Pistols, desde los últimos años `70, ha calado hondo en la mentalidad contemporánea. De acuerdo a amplios sectores de la sociedad, que rechazan el sistema, no hay futuro posible. Si alguien supone con optimismo que eso significa una reproducción sin demasiados cambios del presente, la continuidad de los problemas y solucione actuales, por no encontrar nada mejor, una sensación de encierro termina por imponerse.
Cuando Voltaire define a Cándido, el protagonista de la novela que lleva su nombre, como un perfecto imbécil, convencido de vivir en el mejor de los mundos posibles, uno que ningún esfuerzo humano sería capaz de alterar, describe la visión desesperada de aquellos que se descubren atrapados en situaciones horribles, que se les fueron de las manos y ni siquiera pueden darse el lujo de darles la espalda. A lo largo de mi vida, partiendo de una convicción bastante menos esperanzada que la de Cándido, he llegado más de una vez a sobrevivir en crisis donde otros quedaron atrapados. No lo presento como una hazaña, porque no lo es, pero al menos he de morir viejo.
Has agotado todo tu crédito / en una familia de niños que te quitan las píldoras / y fuman tu pipa / después de que la guerra quebró tu Banco / los bastardos quebraron el mundo esta vez. (No Future Shock)

domingo, 9 de enero de 2011

La radio familiar a mediados del siglo XX


Los más jóvenes pueden recurrir a Radio days, el filme donde Woody Allen, siguiendo el modelo planteado por Federico Fellini en Ammarcord, reconstruye su infancia a mediados del siglo XX, para entender el complejo ambiente emocional de las familias que oían radio unidas, y organizaban su rutina en torno a esa situación que desapareció hace un par de generaciones, en parte por la difusión de la TV, pero en mayor medida por la multiplicación de receptores, que disminuyeron su tamaño, dejaron de depender de la red eléctrica y dispersaron a quienes reciben los mensajes del medio.
Durante los ´40, uno se juntaba a oír radio. Eso provocaba silencio y atención de los auditores. Perder una palabra era una pequeña catástrofe, que sumía en el desconcierto. Cuando mi padre oía la narración de un partido de fútbol durante la tarde de un domingo, o un encuentro de box transmitido desde el Luna Park, los sábados en la noche, no se podía hablar en la cocina, y si lo hacíamos, debía ser mediante susurros. Si mi madre estaba cocinando a tres metros de distancia, se cuidaba de hacer ruido o se iba a hacer otra cosa en otra parte de la casa. Por un rato, ni siquiera nos mirábamos unos a otros, porque cada uno estaba perdido en sus imágenes interiores, sugeridas (de algún modo controladas) por las voces de narradores tan hábiles como Fioravanti, Enzo Ardigó, Ricardo Lorenzo (Borocotó), Alfredo Aróstegui, Luis Elías Sojit.
Cuando transmitían las crónicas de Juan José de Soiza Reilly, que era un periodista veterano y respetado, uno de cuyos textos aparecía en mi libro de lectura de tercer o cuarto grado, todos debíamos callar, hasta oír la frase final: “Ya pasó mi cuarto de hora”.
La radio nos acompañaba a los chicos mientras hacíamos los deberes del colegio, pero en ese caso bajábamos el volumen, porque en ese entonces los adultos consideraban que era imposible concentrarse y divertirse al mismo tiempo (eso marca la diferencia con la actualidad, en la que se vuelve difícil hallar a un joven que no esté conectado a un reproductor de música, en la calle, en familia, en clase). Nunca vi a mi madre ni a otras mujeres del barrio, cocinar y oír una radionovela. Menos aún, interrumpir por un rato el trabajo para oír radio. Cuando uno oía, era porque disfrutaba del tiempo libre
La radio de mi familia tenía un gabinete de madera, que no adoptaba la forma de catedral, pero debía ser de los comienzos de los años ´30, cuando los aparatos a galena que requerían de auriculares para los auditores, por el escaso volumen del sonido que reproducían, eran el centro de las reuniones. Nuestra radio era de buen tamaño, tenía pocas perillas y la parte superior era plana. La habían instalado en una mesita alta, con un estante en la parte inferior, donde se guardaban las revistas como Radiolandia o Antena, que traían la programa radial en las últimas páginas.
La radio se encendía a la hora del almuerzo, para que escucháramos el Informativo de Radio El Mundo y luego alguno de los programas cómicos escritos por Miguel Coronato Paz (El Relámpago). Como mi padre era radical, detestaba los microprogramas del mediodía de Luis María Albamonte (Américo Barrios) de abierta filiación peronista, que se transmitía en cadena y se dirigía abiertamente a los auditores. Todos concluían con la frase “¿No le parece?”. Era propaganda, sin duda, y una tan eficaz como la del diario Democracia, que él dirigía y llegó vender medio millón de ejemplares.
A las dos de la tarde, cuando la familia dormía la siesta, yo tenía la radio para mí solo, sintonizaba Diario del Cine de Chas de Cruz, un programa de media hora en el que se incluían datos sobre estrenos de películas y música de películas.
La hora de la siesta era también el momento de los radioteatros de media hora de duración. Había compañías encabezadas por actores famosos, como Rosa Rosen, Delfy de Ortega, Sussy Kent, Hilda Bernard, Jorge Salcedo, Eduardo Rudy, que cambiaban de obras todos los meses. Me parece recordar que hacía las tareas escolares en la gran mesa de la cocina y escuchaba esas historias apasionadas que Manuel Puig ha evocado en Boquitas Pintadas.
Hacia el final de la tarde había programas cómicos y costumbristas como Los Pérez García, Ella y él, que se alternaban con espacios musicales, como Glostora Tango Club o el programa de Héctor y su orquesta de Jazz, donde cantaban Lona Warren y Blackie (antes de convertirse en animadora de la TV). Se acercaba la hora de la comida, durante la cual toda la familia oía los grandes programas cómicos, como Felipe, interpretado por Luis Sandrini.
Los domingos, escuchábamos radio desde el mediodía. Había un gran programa de ambiente gauchesco, en el que se alternaban sketches cómicos, recitado de poesías de Alberto Vacarezza e intermedios de música folklórica. No creo que fuera el mítico Chispazos de Tradición que había sido difundido desde los años ´30, pero estoy seguro de que lo auspiciaba Jabón Federal, un jabón en grandes panes, que era lo más frecuente en esa época en que el jabón en polvo no existía y el jabón en escamas constituía un lujo reservado a prendas finas. Los grandes programas, como El Radioteatro Lux de las estrellas o El Reporter Esso, tenían un único auspiciador, de acuerdo a la tradición que habían establecido las agencias publicitarias que los producían, desde comienzos de los años ´40.
Los sábados eran días dedicados a la radio. A la hora de la siesta llegaba Calle Corrientes, un extenso programa de sketches cómicos. Por la noche, oíamos adaptaciones radiales de películas o transmisiones de representaciones teatrales o narraciones de encuentros de box que se celebraban en el Luna Park de Buenos Aires..
El domingo ofrecía los conciertos de Radio Fénix, que me permitieron organizar mi cultura de música clásica. La radio presentaba una oferta de entretenimiento que la TV no pudo imitar por varios años. Los programas de preguntas y respuestas brindaban un potpurrí de cultura nada sólido, que sin embargo tenía la ventaja de presentar al conocimiento como algo atractivo. ¿Cómo era posible que esos concursantes conocieran tantos temas de manera tan detallada, que podían ganar grandes sumas de dinero con un par de palabras? De manera indirecta, el estudio era presentado como una actividad deseable para cualquiera.
Al fútbol lo mencioné antes. El impacto de aquellas transmisiones radiales fue tal, que aún hoy, los comentaristas de la TV no pueden evitar su reciclaje. Después del deporte venían los programas de música bailable. La gente subía el volumen y efectivamente se bailaba en el interior de las familias. Los jóvenes aprendían a bailar con los adultos. Las parejas nuevas se acercaban delante de los testigos de la familia a la que tal vez habrían de incorporarse.