Mostrando entradas con la etiqueta Instrucción de los niños. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Instrucción de los niños. Mostrar todas las entradas

miércoles, 17 de junio de 2015

Niños acusadores que nos miran


No juzguen a nadie, para que nadie los juzgue. Porque así como juzguen a otros los juzgarán, y con la vara con que midan a otros, los medirán. (Mateo 7: 1-2)
Leo en la prensa argentina la historia de la muerte de Agustín, un chico de cinco años, como consecuencia de los golpes de la nueva pareja de su madre, un experto en artes marciales. Valentina, su hermana de ocho años, presenció el maltrato y testimonió con precisión lo sucedido ante la Justicia, a diferencia de la madre de ambos (probablemente una mujer golpeada) que insistía en atribuir el deceso a una caída del niño en la bañera. La imagen es perturbadora para un adulto de hoy. Incluye a un niño víctima (otro más y ya son miles, de acuerdo a las estadísticas) y una niña acusadora, capaz de derribar la complicidad que organizan aquellos que deberían protegerlo.
¿Por qué se ensaña un adulto con un niño? Primero, porque tiene la oportunidad de ejercer su superioridad física, y luego porque es capaz de mentir sistemáticamente, incluso cuando las evidencias lo inculpan, mientras que el niño entra en contradicciones o se calla por vergüenza. Descontrolarse con alguien que no puede defenderse, es una tentación demasiado grande para alguien que haya visto debilitados sus límites morales por la soledad o el uso de drogas. ¿Por qué respetar límites?
Otra razón para el desborde de violencia que se ha vuelto notorio en la actualidad, es la convicción de que si bien se piensa, los niños son temibles, porque la indefensión actual en la que se encuentran hoy, va a revertirse en el futuro, al cabo de unos pocos años. Si un adulto se porta bien con ellos, si los compra, si los corrompe, no los tendrá como enemigos cuando envejezca.
Atemorizar a los niños (o matarlos, si se lo considera necesario) son intentos desesperados de garantizar impunidad respecto de acciones que hoy mismo se sabe condenables. La sensibilidad colectiva ante las agresiones de los adultos contra los menores está cambiando (¡por fin!) y las franquicias que disfrutaron los adultos en el pasado, se encuentran cuestionadas y sancionadas. Hasta el adulto más irresponsable percibe entonces que los niños constituyen una amenaza efectiva, porque se han revelado capaces de articular acusaciones coherentes, que son oídas por la sociedad y abren la alternativa de una condena del agresor, como sucedió en el caso de Valentina.
Apenas se comienza a oír a los niños, comienzan a acumularse las evidencias que cuestionan el descontrolado comportamiento de los adultos, potenciado hoy por el uso y abuso de estimulantes. Así como nadie puede ser demasiado grande para quienes lo conocen en el ámbito doméstico y conocen en detalle sus mezquindades, los adultos que se desbordan dejan de ser inmunes cuando enfrentan a sus niños.
Cuando uno es chico, asiste sin quererlo ni buscarlo, como espectador privilegiado (no pocas veces espantado) al drama doméstico que le brindan los mayores, del cual preferiría no enterarse. ¡Qué bueno sería que el Ratón Pérez se llevara los dientes de leche y dejara dinero a cambio! ¡Qué satisfactorio si los Reyes Magos trajeran los regalos que uno solicitó en una cartita redactada con tanto esfuerzo!
La realidad es otra, se aprende muy temprano en la infancia. Repetidas veces se recibe la misma lección. Un niño se encuentra incómodo, porque no halla la forma de apartarse de las escenas que le brindan los adultos, cuando manifiestan conflictos tan enconados que amenazan su futuro, puesto que implican a las personas más cercanas a él, de las cuales depende su subsistencia, tanto si se las ama como si las detesta. Desconcertado, porque los padres y parientes no suelen dar explicaciones sobre sus enfrentamientos, ni menos aún pedir disculpas por los exabruptos en los que incurrieron.
Vittorio de Sica: I bambini ci guardano
A comienzos de los años `40, Vittorio de Sica produjo en Italia I Bambini ci guardano (Los Niños nos miran) una película que planteaba de manera insólita la perspectiva de los niños ante el proceso de ruptura de una pareja con un hijo. No es que el divorcio fuera un tema inédito para el cine, puesto que desde los ´30 había sido objeto de triviales comedias de Hollywood como The Gay Divorcee, donde Ginger Rogers bailaba con Fred Astaire para olvidar un matrimonio fracasado.  Podían ser también las comedias de enredos producidas por el cine argentino (a pesar de que en el país no existiera por entonces el divorcio) como La señora de Pérez se divorcia y Divorcio en Montevideo. En todos los casos se trataba de personajes adultos, sin hijos, que resolvían entre ellos sus diferencias y llegaban a un final satisfactorio para todos.
Mezclar a los niños en una disputa de adultos, resulta inevitable cuando la pareja que los ha traído al mundo está por separarse. Los hijos plantean las contradicciones más difíciles de resolver. La guerra de los padres deja víctimas, que pueden ser ellos mismos, que planearon una vida en común y fallaron. Aunque la separación resuelva los conflictos de los adultos, el rol de los hijos suele ser el de víctimas. ¿Qué puede hacer un chico cuando asiste a una ruptura como esa? ¿Tomará partido por uno u otro? ¿Intentará mantenerlos juntos, porque así le conviene?
Pricò en I bambini ci guardano
Debo haber visto Los Niños nos miran cuando tenía diez años. Por lo tanto, doblaba en edad a Pricò, el protagonista infantil. Si la historia me emocionó tanto, fue (supongo) porque proyectaba en ella mis propias experiencias y frustraciones. La madre del chico de la pantalla era una adúltera, que primero engañaba a su marido y después del suicidio del hombre, se casaba con su nueva pareja. ¿Qué había pasado entre los adultos?  El niño no lo entendía nunca y finalmente optaba por ser internado en una institución religiosa, antes que continuar viviendo con su madre y el padrastro.
Nada de eso me había sucedido a mí. Aunque mis padres no fueran felices juntos (una situación que venía incluso antes de que yo naciera, por lo que llegué a atisbar medio siglo más tarde) cada uno siguió fiel junto al otro por el resto de sus vidas, honrando el compromiso adquirido, y hasta llegaron a casarse por la iglesia al cumplir 25 años de sufrirse mutuamente.
Fuera de la pantalla, de acuerdo a mi experiencia, el mundo era bastante menos dramático (lo que significa, no que todo estuviera bien, sino que los conflictos no llegaban a exteriorizarse y resolverse). Solo tenía noticias de la ruptura del hogar de uno de mis amigos, a quien su madre había abandonado, y no lograba conectar esa evidencia de una familia rota, con la idea de una situación inaceptable para la mujer. Solo era una circunstancia rara, como la caída de un rayo, que es imposible ignorar, pero a la que no suelen buscársele mayores explicaciones. El drama podía existir, pero desde mi experiencia infantil de hogares formados por gente resignada a cargar con él, me resultaba imposible discernirlo.
Allí donde veía, encontraba familias unidas, no necesariamente felices, pero al menos decididas a seguir adelante. Los niños no solo éramos testigos, sino también garantes de que el comportamiento de los adultos se apegara a las normas aceptadas por la sociedad. Por culpa nuestra, que no teníamos otra que la de haber nacido, los padres no podían decidir su vida tal como hubieran deseado.
¿Qué hubiera hecho mi madre, cargada con sus tres hijos, de intentar separarse de mi padre? Podía trabajar en las tareas domésticas para las que había sido entrenada desde la infancia. Sus hermanos la hubieran ayudado, en la medida de sus posibilidades. Toda su vida lo hizo bien y sin quejarse, pero no habría podido mantenernos a nosotros. Cuando crecimos, continuó ocultando su infelicidad hasta sus últimos años, probablemente para no comprometernos a auxiliarla.
Mis padres
En cuanto a mi padre, más de una vez le oí lamentarse de las restricciones que le imponía mantener una familia (que pudo ser más extensa, por su manera irreflexiva de relacionarse con su esposa) pero tomaba en cuenta la opinión de sus parientes y conocidos. Por lo tanto, no intentó escapar de las obligaciones contraídas, como afirmaba que había sido su deseo. Buscarse otra mujer, que lo hiciera feliz, como cualquier ser humano tiene derecho a esperar, era un proyecto que fue postergando año tras año, supongo que por temor a caer en una situación similar a esa tan lamentable de la que intentaba escapar.
Al quedar viudo, durante los tres años que sobrevivió a mi madre, intentó al menos una vez convencer a una mujer del círculo familiar para que se casaran. Él continuaba necesitando una pareja y ella simuló que era una broma, porque lo conocía demasiado bien y sabía a qué atenerse. Me enteré de la historia algún tiempo después, cuando mi padre había muerto.  Le aterraba vivir solo y depender de los suyos le resultaba humillante.
¿Acaso los hijos lo hubiéramos juzgado? Éramos gente madura y la oportunidad de buscar compañía no puede negársele a nadie, sobre todo a un anciano. Mi padre había logrado superar ese temor al que dirán (de aquellos que no teníamos derecho a decir nada sobre sus decisiones) pero la pretendida no opinaba lo mismo. De algún modo, a pesar de ignorábamos la situación, a través de la negativa de quien hubiera podido asegurarle una existencia menos desdichada, decidimos su suerte, lo medimos con la vara que él había medido a mi madre.

domingo, 20 de julio de 2014

¿Dé dónde vienen los niños?



El [tema] del nacimiento [de los niños] me importaba poco. Primero me dijeron que los padres compraban a sus hijos; este mundo era tan vasto y tan lleno de tantas maravillas desconocidas que muy bien podía haber una tienda de bebés. Poco a poco esa imagen se borró y me contenté con una solución vaga: “Dios crea a los chicos.” (…) El recurso a la voluntad divina tranquilizaba mi curiosidad: a grosso modo lo explicaba todo. En cuanto a los detalles, yo me decía que poco a poco los iría descubriendo. Lo que me intrigaba era el cuidado de mis padres por ocultarme ciertas conversaciones: cuando me oían llegar bajaban la voz o callaban. Había por lo tanto cosas que yo hubiera podido comprender y que no debía saber. (Simone de Beauvoir: Memorias de una joven formal)

La posibilidad de que una niña inquieta, perteneciente a una familia europea educada, que gozaba de una buena posición, como era el caso de Simone de Beauvoir durante los primeros años del siglo XX, permaneciera ignorante de los datos básicos sobre la reproducción humana, era mayor de lo que hoy se considera tolerable. Mi suegra me contó que en los años `20, cuando comenzó a trabajar como docente, sus compañeras comentaban que una de ellas había quedado embarazada sin haberse casado, y ella dio por supuesto que a la infortunada le había pasado eso por utilizar un baño público sin tomar precauciones.
Del sexo no se hablaba nunca en la escuela pública, aunque la pregunta sobre el origen de los niños inquietara a los escolares. Cuando Elba Bernasconi, encargada de la clase de segundo grado, explicaba en clase la reproducción de los mamíferos, lo hacía mediante una fórmula que debió haber encontrado en La Obra, la revista mensual del magisterio, capaz de desalentar cualquier posible búsqueda de los estudiantes. Para ella, los mamíferos se reproducían por yuxtaposición. Para los adultos de mi familia, los gallos “pisaban” a las gallinas, los patos a las patas. Más claro, imposible.
El caballo y la yegua de mis vecinos Boccardo no se escondían cuando les llegaba el momento. En ciertas épocas del año, el perro de la casa no aguantaba permanecer atado, y si lograba soltarse, no tardaba en sumarse a una jauría de todos los pelambres, que copulaba en plena calle con cualquier perra bien dispuesta.  Los sapos no solo croaban a la luna en las noches de verano; también mostraban la disparidad de tamaños entre la inmensa hembra montada por un minúsculo macho durante un coito interminable.
La Naturaleza enseñaba mejor que la maestra, el significado de la palabra “yuxtaposición”. No era lo que hacían los peces o los insectos, por ejemplo. Nosotros habíamos visto, sin embargo, al gallo que “pisaba” a sus gallinas rápidamente, para abandonarlas un segundo más tarde. Reconocíamos el dúo de maullidos desiguales de los gatos dos veces por año. Los datos para entender el proceso de la reproducción estaban allí, solo era cosa de prestarles atención y extrapolarlos.
La posibilidad de que la información correcta sobre la sexualidad circulara en el interior de las familias de mediados del siglo XX, no era demasiada. El pudor y los prejuicios de los padres, para no mencionar su desconocimiento del lenguaje adecuado para tratar el tema, su confianza en que de cualquier modo la información llegaría a las nuevas generaciones, sin que ellos tuvieran que pasar el mal momento de responsabilizarse de ello, establecían una alianza difícil de deshacer, en una época en la que ya no quedaban demasiados enigmas sobre el tema.
La unión sexual entre un macho y una hembra pertenecientes a la misma especie, y el embarazo de la hembra que puede derivar de ese encuentro, no estaba demasiado clara para culturas primitivas, incapaces de sistematizar su observación del mundo, pero tampoco sucedía nada distinto en culturas tan admirables como la griega. De acuerdo a las creencias populares, los espíritus de la tierra y el cielo, la vegetación, las piedras, los dioses mismos, eran quienes fecundaban a las mujeres. El rol de la pareja era secundario. Al hombre le correspondía adoptar al niño que le había nacido a su mujer, aunque no entendiera por qué había sucedido.
En las tradiciones folklóricas, me enteré más tarde, al hallar en la Biblioteca Rafael Obligado el resumen de mil páginas de La Rama Dorada de James Frazer, un ser humano puede nacer de una pareja humana, sino también de un vegetal o de un animal, como si existiera una absoluta comunicación entre todas las manifestaciones de la Naturaleza. Para el pensamiento mágico, aprendí más tarde leyendo a Mircea Eliade, todo lo que se deseaba o temía era posible.

Una muchacha maravillosa (un hada) sale de un fruto milagroso o adquirido por el héroe a costa de grandes esfuerzos (granada, limón, naranja); una esclava o una mujer muy fea la mata y usurpa su puesto, convirtiéndose así en la esposa del héroe: del cadáver de la muchacha brota una flor o un árbol; o la muchacha se transforma en un pájaro o un pez, al que mata la mujer fea (y de él nace un árbol); del fruto (de la cáscara o de una astilla) del árbol surge, finalmente la heroína. (Mircea Eliade; Tratado de Historia de las Religiones: Morfología y dialéctica de lo sagrado)

La historia de la cigüeña que traía a los niños desde Paris, volando de un continente a otro, peligrosamente envueltos en un pañal que colgaba del pico, no era difundida por una revista con pretensiones educativas, como Billiken, pero sí en la publicidad, como una broma de esas que los adultos hacían a expensas de la ingenuidad de los más jóvenes, protegiéndolos y al mismo tiempo eludiendo la responsabilidad de informarlos.
A pesar de los vecinos de ancestros italianos, nunca escuché la versión del nacimiento en un repollo. Tampoco me enteré de la vieja historia de una indigestión, que las embarazadas ofrecían a los niños observadores, que hacían preguntas incómodas sobre el motivo de los cambios corporales que estaban sufriendo. En otos casos se hablaba de un indigestión que duraba meses y finalmente se resolvía con la llegada de otro niño al mundo.
En distintas culturas, los contactos con poderes sobrenaturales que participan en la gestación humana, continúan durante el resto del embarazo. Para los mapuches del sur de Chile, la mujer embarazada debe permanecer encerrada en su casa, después de la caída del sol, para evitar los encuentros con espíritus capaces de provocar el aborto o graves defectos del feto. La misma prohibición incluye al sacrificio de animales y la cercanía de moribundos. Se teme que el alma de aquellos que mueren, en forma de aliento, se traslada al que todavía no nació y lo perjudica.
Durante el Medioevo europeo, se creía que pneuma (espíritu) de Dios, era el responsable de la propagación de la vida humana. A mediados del siglo XX, las mujeres solteras de Soria (España), tal como le sucedía también a las yeguas y los pájaros, podían quedar embarazadas por haberse expuesto al viento de la primavera. Para evitar esa deshonra, las solteras agredían al viento con piedras recogidas el Sábado de Gloria, en el momento de comenzar a escucharse las campanas de la Pascua de Resurrección.
La verdad científica no es demasiado importante, cuando hay que responder preguntas que ponen en juego la concepción del universo que tiene la gente. Si los adultos han mentido descaradamente a los niños cuando ellos los interrogan sobre su origen, desde que se tiene memoria, debe tomarse en cuenta que los mismos adultos dan una vez y otra la espalda a la realidad, para afirmar mitos que solo preservan la ignorancia y dificultan el diálogo confiable entre distintas generaciones.
En Pulgarcita, el cuento de Hans Christian Andersen que fue una de mis primeras lecturas, la minúscula protagonista nace de la flor de un grano de cebada, que la madre de la niña, que no ha logrado tener hijos, siembra en una maceta. Pinocho era el hijo de otro solitario, Gepetto, que lo tallaba en madera con sus propias manos y luego recibía el auxilio de un hada para convertirlo en un niño de carne y hueso.
En los cuentos folklóricos rusos, las mujeres estériles caminan por el bosque o pasean por el mercado, cuando descubren una arveja reluciente o una manzana, que despiertan en ellas la tentación de comer. Cuando lo hacen, quedan embarazadas. De acuerdo a los mitos, tanto los animales como los vegetales se encuentran estrechamente relacionados con las circunstancias de la reproducción.
De acuerdo al pensamiento mágico, la posibilidad de parir, no se encuentra limitada a las hembras. Zeus paría a Pallas Atenea, después de ordenarle a Hefesto que le abriera la cabeza de un hachazo. En un cuento rumano citado por Eliade, un anciano que come una manzana regalada por san Viernes, tiene como consecuencia que de una de sus pantorrillas le nace una hija. En la mitología griega, Marte nace del contacto entre Juno y Flora, dos diosas, sin la intervención de ningún hombre.
Los errores evidentes de los mitos, podían resultar en el pasado mucho más seductores que la información objetiva. Ese era el riesgo efectivo antes de la modernidad. Ahora, que los viejos mitos fueron archivados y solo se los menciones como tonterías que no atrapan a nadie, ¿reinan la verdad y la información? Probablemente no todo el tiempo. Nuevos mitos se han instalado, sin dioses, pero de todos modos inductores al error. ¿Cómo no interpretar si no, el optimismo de las adolescentes que experimentan la sexualidad sin tomar precauciones, y a pesar de ello esperan no ser contagiadas por enfermedades graves ni quedar embarazadas?

jueves, 19 de agosto de 2010

Pulcro y decente (en el mejor de los casos)




No te has de bañar por gusto o por dar hermosura a tu cuerpo, sino tan sólo como remedio para la salud. Es decir, que usarás el baño cuando la enfermedad lo exija, no cuando el placer lo apetezca. Si lo tomas cuando no sea preciso, faltarás [pecarás] pues está escrito: No pongáis vuestra solicitud en la concupiscencia dela carne. (Leandro de Sevilla: La instrucción de las vírgenes)

Hace tiempo encontré en una venta de libros usados un ensayo de Lawrence Wright, que se titula Pulcro y Decente, La interesante y divertida historia del cuarto de baño y del W.C. ¿Cómo conciliar esas dos virtudes, cuando tradicionalmente la higiene personal tenía una mala imagen para el mundo cristiano? El tema que puede juzgarse hoy como irrelevante, concentró los esfuerzos de una multitud de ingenieros e inventores durante siglos de pruebas y errores, hasta desembocar en el actual cuarto de baño.
La higiene pudo haber tenido una dimensión religiosa en la Antigüedad, cuando la gente se lavaba para librarse de los pecados y malos espíritus, para caer más tarde en el más completo descrédito, durante la Edad Media, cuando la posibilidad de cuidar el cuerpo era entendida como una ostentación vana y un riesgo de entrar en diálogo con el Demonio (¿por qué le prestaría un buen cristiano tanta atención a la carne, cuando debía preocuparse por su vida eterna?), motivos por los cuales nada resultaba más aconsejable que la suciedad para garantizar la salud del alma.
No te has de bañar por gusto o para dar hermosura a tu cuerpo, sino tan solo como remedio para la salud. Usarás el baño cuando la enfermedad lo exija, no cuando el placer lo apetezca. Si lo tomas cuando no sea preciso, faltarás, porque está escrito: No pongáis vuestra solicitud en la concupiscencia. (Leandro de Sevilla: siglo VI)
En mi casa paterna había dos baños internos, uno de los cuales incluía ducha (que calentaba el agua mediante una espiral de cobre expuesta a a una llama de alcohol de quemar), un lavabo de grandes dimensiones y un inodoro de loza inglesa, ornamentado con delicadas flores pintadas en el interior, cuando lo más frecuente en el barrio, que carecía de agua corriente, era el excusado construido lo más lejos posible del resto de las habitaciones, para preservar a sus moradores de efluvios desagradables. Sentarse en la letrina (o con mayor propiedad, acuclillarse sobre ella, como se continúa haciendo en los países árabes) no invitaba a permanecer mucho tiempo en el recinto, que servía de ventilación al pozo negro. ¿Cómo pudo Lutero hallar en un sitio como ese, inspiración para las 95 tesis que hacia fines del siglo XVI cambiaron la Historia del Cristianismo, es cosa que todavía no me explico.

La letrina era inevitablemente sucia y obligaba a los usuarios a recordar la fragilidad de la existencia humana, donde todo lo que tocamos (e ingerimos) se corrompe. Se trataba de un recinto sofocante en verano, helado en invierno, generalmente oscuro, para facilitar la intimidad y solía encontrarse desprovista de luz eléctrica. De allí que no se la usara de noche, cuando la gente utilizaba las bacinillas o escupideras que se guardaban debajo de la cama, para aliviarse sin tener que salir al exterior. Si uno necesitaba lavarse las manos o la cara, podía utilizar jarras y palanganas de loza inglesa, como la que tenía en mi habitación, o las más resistentes al uso y el abuso, de metal esmaltado, que podían presentarse en un pedestal metálico (la palangana arriba, la jarra debajo).

La suciedad, tal como la conocemos, consiste esencialmente en desorden. No hay suciedad absoluta: existe solo en el ojo del espectador. (...) La suciedad ofende al orden. Su eliminación no es un movimiento negativo, sino un esfuerzo positivo por organizar el entorno. (Mary Douglas: Pureza y Entorno)

Entre las curiosidades de mi casa paterna, había una bañera de cinc, en forma de butaca, que luego reconocí como un artefacto existente ya en el siglo XVIII. No tenía una ubicación preestablecida. Podía estar en el patio, expuesta al sol y la lluvia, porque era inalterable. En verano, la instalábamos debajo de un parrón, para refrescarnos a la hora de la sieta. En invierno, la entrábamos a las habitaciones.

De acuerdo a la época del año se llenaba de agua fría o caliente, gracias a los baldes que traíamos desde la cocina, y el usuario podía disfrutar de un baño de asiento, que en el caso de los adultos dejaba fuera las rodillas, los brazos y la cabeza, pero a los niños nos permitía hundirnos hasta el cuello. Podía tomarse un baño en la cocina, cerca de la provisión de agua caliente, o en los dormitorios, para pasar del baño a la cama, cuando estábamos enfermos.
El momento más engorroso del proceso era el correspondiente al vaciado de las bañeras portátiles. Eso requería paciencia y repetidos viajes al patio con los baldes de agua usada. Más frecuente que nuestra bañera era lo que denominaban un fuentón de cinc, un tanque provisto de dos asas, en el que también se lavaba la ropa. Con eso, una esponja y un balde de agua, cualquiera podía higienizarse como ha sido tradicional en tantos países de Europa que uno considera civilizados.

Paula Rego: Pintura
Los misterios de la chata y la perilla de los enemas y lavados vaginales, dos artefactos que estaban guardados fuera del alcance de los niños, no porque estuvieran sucios, sino por la complejidad de las explicaciones verbales, nos fueron revelados durante alguna enfermedad, pero no había manera de incorporar esa temática a ninguna conversación con los adultos, para que pudiéramos pedirles que nos explicaran cómo se usaban, por lo que pronto fue como si nunca los hubiéramos conocido.
El bidet fue durante años otro artefacto enigmático, que descubrí en un gran hotel de la Avenida de Mayo, en Buenos Aires, cuando tenía cinco años. Nadie se hubiera molestado en informarnos cómo utilizarlo (probablemente los adultos no sabían si lo correcto era sentarse en el bidet, enfrentando la pared o dándole la espalda).
De la forma oblonga del sanitario, deduje que servía para lavarse los pies, aunque lo más desconcertante fuera el chorro divertido pero inútil, que quedaba justo debajo de la planta del pie, cuando uno se empeñaba en someterlo a ese uso.