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domingo, 20 de julio de 2014

¿Dé dónde vienen los niños?



El [tema] del nacimiento [de los niños] me importaba poco. Primero me dijeron que los padres compraban a sus hijos; este mundo era tan vasto y tan lleno de tantas maravillas desconocidas que muy bien podía haber una tienda de bebés. Poco a poco esa imagen se borró y me contenté con una solución vaga: “Dios crea a los chicos.” (…) El recurso a la voluntad divina tranquilizaba mi curiosidad: a grosso modo lo explicaba todo. En cuanto a los detalles, yo me decía que poco a poco los iría descubriendo. Lo que me intrigaba era el cuidado de mis padres por ocultarme ciertas conversaciones: cuando me oían llegar bajaban la voz o callaban. Había por lo tanto cosas que yo hubiera podido comprender y que no debía saber. (Simone de Beauvoir: Memorias de una joven formal)

La posibilidad de que una niña inquieta, perteneciente a una familia europea educada, que gozaba de una buena posición, como era el caso de Simone de Beauvoir durante los primeros años del siglo XX, permaneciera ignorante de los datos básicos sobre la reproducción humana, era mayor de lo que hoy se considera tolerable. Mi suegra me contó que en los años `20, cuando comenzó a trabajar como docente, sus compañeras comentaban que una de ellas había quedado embarazada sin haberse casado, y ella dio por supuesto que a la infortunada le había pasado eso por utilizar un baño público sin tomar precauciones.
Del sexo no se hablaba nunca en la escuela pública, aunque la pregunta sobre el origen de los niños inquietara a los escolares. Cuando Elba Bernasconi, encargada de la clase de segundo grado, explicaba en clase la reproducción de los mamíferos, lo hacía mediante una fórmula que debió haber encontrado en La Obra, la revista mensual del magisterio, capaz de desalentar cualquier posible búsqueda de los estudiantes. Para ella, los mamíferos se reproducían por yuxtaposición. Para los adultos de mi familia, los gallos “pisaban” a las gallinas, los patos a las patas. Más claro, imposible.
El caballo y la yegua de mis vecinos Boccardo no se escondían cuando les llegaba el momento. En ciertas épocas del año, el perro de la casa no aguantaba permanecer atado, y si lograba soltarse, no tardaba en sumarse a una jauría de todos los pelambres, que copulaba en plena calle con cualquier perra bien dispuesta.  Los sapos no solo croaban a la luna en las noches de verano; también mostraban la disparidad de tamaños entre la inmensa hembra montada por un minúsculo macho durante un coito interminable.
La Naturaleza enseñaba mejor que la maestra, el significado de la palabra “yuxtaposición”. No era lo que hacían los peces o los insectos, por ejemplo. Nosotros habíamos visto, sin embargo, al gallo que “pisaba” a sus gallinas rápidamente, para abandonarlas un segundo más tarde. Reconocíamos el dúo de maullidos desiguales de los gatos dos veces por año. Los datos para entender el proceso de la reproducción estaban allí, solo era cosa de prestarles atención y extrapolarlos.
La posibilidad de que la información correcta sobre la sexualidad circulara en el interior de las familias de mediados del siglo XX, no era demasiada. El pudor y los prejuicios de los padres, para no mencionar su desconocimiento del lenguaje adecuado para tratar el tema, su confianza en que de cualquier modo la información llegaría a las nuevas generaciones, sin que ellos tuvieran que pasar el mal momento de responsabilizarse de ello, establecían una alianza difícil de deshacer, en una época en la que ya no quedaban demasiados enigmas sobre el tema.
La unión sexual entre un macho y una hembra pertenecientes a la misma especie, y el embarazo de la hembra que puede derivar de ese encuentro, no estaba demasiado clara para culturas primitivas, incapaces de sistematizar su observación del mundo, pero tampoco sucedía nada distinto en culturas tan admirables como la griega. De acuerdo a las creencias populares, los espíritus de la tierra y el cielo, la vegetación, las piedras, los dioses mismos, eran quienes fecundaban a las mujeres. El rol de la pareja era secundario. Al hombre le correspondía adoptar al niño que le había nacido a su mujer, aunque no entendiera por qué había sucedido.
En las tradiciones folklóricas, me enteré más tarde, al hallar en la Biblioteca Rafael Obligado el resumen de mil páginas de La Rama Dorada de James Frazer, un ser humano puede nacer de una pareja humana, sino también de un vegetal o de un animal, como si existiera una absoluta comunicación entre todas las manifestaciones de la Naturaleza. Para el pensamiento mágico, aprendí más tarde leyendo a Mircea Eliade, todo lo que se deseaba o temía era posible.

Una muchacha maravillosa (un hada) sale de un fruto milagroso o adquirido por el héroe a costa de grandes esfuerzos (granada, limón, naranja); una esclava o una mujer muy fea la mata y usurpa su puesto, convirtiéndose así en la esposa del héroe: del cadáver de la muchacha brota una flor o un árbol; o la muchacha se transforma en un pájaro o un pez, al que mata la mujer fea (y de él nace un árbol); del fruto (de la cáscara o de una astilla) del árbol surge, finalmente la heroína. (Mircea Eliade; Tratado de Historia de las Religiones: Morfología y dialéctica de lo sagrado)

La historia de la cigüeña que traía a los niños desde Paris, volando de un continente a otro, peligrosamente envueltos en un pañal que colgaba del pico, no era difundida por una revista con pretensiones educativas, como Billiken, pero sí en la publicidad, como una broma de esas que los adultos hacían a expensas de la ingenuidad de los más jóvenes, protegiéndolos y al mismo tiempo eludiendo la responsabilidad de informarlos.
A pesar de los vecinos de ancestros italianos, nunca escuché la versión del nacimiento en un repollo. Tampoco me enteré de la vieja historia de una indigestión, que las embarazadas ofrecían a los niños observadores, que hacían preguntas incómodas sobre el motivo de los cambios corporales que estaban sufriendo. En otos casos se hablaba de un indigestión que duraba meses y finalmente se resolvía con la llegada de otro niño al mundo.
En distintas culturas, los contactos con poderes sobrenaturales que participan en la gestación humana, continúan durante el resto del embarazo. Para los mapuches del sur de Chile, la mujer embarazada debe permanecer encerrada en su casa, después de la caída del sol, para evitar los encuentros con espíritus capaces de provocar el aborto o graves defectos del feto. La misma prohibición incluye al sacrificio de animales y la cercanía de moribundos. Se teme que el alma de aquellos que mueren, en forma de aliento, se traslada al que todavía no nació y lo perjudica.
Durante el Medioevo europeo, se creía que pneuma (espíritu) de Dios, era el responsable de la propagación de la vida humana. A mediados del siglo XX, las mujeres solteras de Soria (España), tal como le sucedía también a las yeguas y los pájaros, podían quedar embarazadas por haberse expuesto al viento de la primavera. Para evitar esa deshonra, las solteras agredían al viento con piedras recogidas el Sábado de Gloria, en el momento de comenzar a escucharse las campanas de la Pascua de Resurrección.
La verdad científica no es demasiado importante, cuando hay que responder preguntas que ponen en juego la concepción del universo que tiene la gente. Si los adultos han mentido descaradamente a los niños cuando ellos los interrogan sobre su origen, desde que se tiene memoria, debe tomarse en cuenta que los mismos adultos dan una vez y otra la espalda a la realidad, para afirmar mitos que solo preservan la ignorancia y dificultan el diálogo confiable entre distintas generaciones.
En Pulgarcita, el cuento de Hans Christian Andersen que fue una de mis primeras lecturas, la minúscula protagonista nace de la flor de un grano de cebada, que la madre de la niña, que no ha logrado tener hijos, siembra en una maceta. Pinocho era el hijo de otro solitario, Gepetto, que lo tallaba en madera con sus propias manos y luego recibía el auxilio de un hada para convertirlo en un niño de carne y hueso.
En los cuentos folklóricos rusos, las mujeres estériles caminan por el bosque o pasean por el mercado, cuando descubren una arveja reluciente o una manzana, que despiertan en ellas la tentación de comer. Cuando lo hacen, quedan embarazadas. De acuerdo a los mitos, tanto los animales como los vegetales se encuentran estrechamente relacionados con las circunstancias de la reproducción.
De acuerdo al pensamiento mágico, la posibilidad de parir, no se encuentra limitada a las hembras. Zeus paría a Pallas Atenea, después de ordenarle a Hefesto que le abriera la cabeza de un hachazo. En un cuento rumano citado por Eliade, un anciano que come una manzana regalada por san Viernes, tiene como consecuencia que de una de sus pantorrillas le nace una hija. En la mitología griega, Marte nace del contacto entre Juno y Flora, dos diosas, sin la intervención de ningún hombre.
Los errores evidentes de los mitos, podían resultar en el pasado mucho más seductores que la información objetiva. Ese era el riesgo efectivo antes de la modernidad. Ahora, que los viejos mitos fueron archivados y solo se los menciones como tonterías que no atrapan a nadie, ¿reinan la verdad y la información? Probablemente no todo el tiempo. Nuevos mitos se han instalado, sin dioses, pero de todos modos inductores al error. ¿Cómo no interpretar si no, el optimismo de las adolescentes que experimentan la sexualidad sin tomar precauciones, y a pesar de ello esperan no ser contagiadas por enfermedades graves ni quedar embarazadas?

domingo, 9 de marzo de 2014

Amigos (y enemigos) del alma

Adiós muchachos, compañeros de mi vida / barra querida de aquellos tiempos. / Me toca a mí hoy emprender la retirada / debo alejarme de mi buena muchachada. (…) Dos lágrimas sinceras / derramo en mi partida / por la barra querida / que nunca me olvidó. (Julio César Sanders y César Vedani: Adiós muchachos)
La solidaria barra de los amigos, antes de la imagen amenazante impuesta por las barras bravas del fútbol actual, era para el tango el último refugio que podía encontrar un hombre en apuros. Tarde o temprano, las novias más enamoradas traicionaban los juramentos de fidelidad o se convertían en esposas rutinarias y regañonas, las madres resistían pero al final la muerte se las llevaba cuando más se las necesitaba, mientras los amigos persistían para consuelo de quien todo podía haberlo perdido.
Juan Antonio Garaycochea
Mi padre se dedicó durante gran parte de su vida a buscar el apoyo de amigos del alma, con quienes de acuerdo a su proyecto emocional, hubiera debido establecer y mantener la comunicación fluida que desdeñó o al menos no intentó con su familia. Mi abuelo había sido una presencia dominante en la familia, que no toleraba discusiones de los hijos. Protegía a los suyos (eso no podía negarse) pero al mismo tiempo les impedía librarse de su rol decisivo.
Pensar en mi abuelo como un amigo, hubiera sido un despropósito. Si mi padre quería establecer en su adolescencia un territorio propio, debía hacerlo a espaldas de su familia, con su grupo de amigos con los que jugaba al fútbol, durante las tardes de domingo, y a los naipes los sábados por la noche. Recuerdo haber oído que las salidas nocturnas se hacían a espaldas de mi abuelo. Con almohadas armaba un bulto que debía engañar a quien echara un vistazo poco minucioso a su cama.
¿Qué padre intentaría hoy, casi un siglo más tarde, prohibir las salidas de sus hijos adolescentes? Pronto quedaría desautorizado por los hechos. Los jóvenes reclaman un espacio propio y al mismo tiempo la protección ilimitada (el financiamiento) de los adultos. En el pasado, como demuestra el caso de mi padre, el control de mi abuelo fallaba, y cuando descubrían su desobediencia, supongo que el castigo (de haberlo) no resultaba intimidante. Eso permitió a mi padre incorporarse a una barra de amigos de su mismo sector social, en la que hubiera podido continuar durante el resto de su vida. Eso no sucedió, no porque mi padre decidiera irse de San Pedro, como había hecho mi abuelo, sino porque él mismo se marginó del ambiente de su soltería al casarse.
Llevar los amigos a su casa, era una decisión impensable para un hombre celoso como él. Dejar a su mujer sola en casa, aunque fuera con hermanas y los hijos que no tardaron en llegar, mientras él andaba de juerga con sus amigos de soltero, tampoco resultaba una alternativa tentadora para quien había experimentado los placeres de la irresponsabilidad hasta poco antes.
¿Quién vigilaba, mientras él estaba ausente, la invulnerabilidad del hogar? Casarse era para mi padre, como había sido para tantos hombres de la sociedad patriarcal, renunciar a los antiguos amigos, dejando ver que podía añorarlos, pero ya no confiaba demasiado en ellos.
El matrimonio, sin embargo, no llegaba a satisfacer las necesidades de comunicación de un hombre con dos dedos de frente. Tener asegurada la presencia de una mujer en la cama y la cocina era una situación conveniente para los intereses del hombre, pero la posibilidad de comunicarse con una mujer tenía limitaciones abrumadoras, los mismos que habían experimentado miles de años antes otros hombres que controlaban la sociedad patriarcal.
¿Con quién podía mi padre hablar de fútbol o política nacional? En ningún caso con mi madre, que no habría tenido nada que decir al respecto, y que de haber intentado manifestarlo, hubiera recibido una descalificación verbal inmediata: “Vos, ¿qué sabés?”. Algo así, no dejaba mucho espacio para una respuesta. El ámbito de la comunicación familiar en el que había crecido mi padre, era uno donde resulta imposible cuestionar la autoridad, uno donde lo masculino y lo femenino se encontraban nítidamente separados la mayor parte del tiempo.
¿Con quién hubiera podido hablar mi madre de la crianza de los hijos o la programación de la comida? No con mi padre, que desconocía los detalles de esas tareas y fuera de aburrirse soberanamente con el tema, no hubiera sido capaz de confirmar en el curso del diálogo su autoridad, respecto de materias que desconocía. No obstante, se hubiera creído obligado a imponer alguna opinión, para que continuaran respetándolo.
Las parejas unidas en matrimonio no estaban formadas precisamente por amigos. En muchos casos, la falta de afinidad, incluso el antagonismo quedaba al descubierto. Una de mis tías se refería a su marido como “el infeliz” y él a ella como “la desgraciada”, a pesar de que me consta que había entre ellos una cohesión que se prolongó hasta que la muerte los separó.
La relación de marido y mujer era a la vez íntima en lo sexual (puesto que no se mencionaba ninguna circunstancia de ese ámbito delante de extraños) de lo que suele ser habitual en una pareja de la actualidad, y a la vez muy distante en una cantidad de asuntos cotidianos. Por eso mi madre recurría a cada rato a sus hermanas, las vecinas y las amigas que ni siquiera vivían en el barrio o estaban disponibles por teléfono, con quienes mantenía un diálogo afectuoso y sin conflictos por años.
¿Cómo no ser amigas de quienes provenían del mismo ámbito social, experimentaban los mismos problemas y tenían las mismas expectativas? La amistad entre quienes se saben perdedores suele resultar más fácil que entre aquellos que se consideran destinados a ganar. Hasta las amigas traidoras podían ser disculpadas, porque la responsabilidad de la traición se atribuía a un hombre con poder para torcer la voluntad de cualquier mujer.
Mi padre buscaba amigos, periódicamente se convencía de haberlos encontrado entre sus clientes y proveedores, para que al cabo de una etapa de ilimitada confianza de su parte, ellos lo traicionaran, de acuerdo a sus quejas reiteradas. Tal vez los había aceptado sin darse cuenta que él había ofrecido su amistad sin condiciones, entre aquellos que después de obtener su confianza, le pedían favores y a continuación se apartaban, le quedaban debiendo dinero o lo inducían a invertir en negocios improductivos para mi padre y rentables para ellos.
Del resto de los amigos, de aquellos que uno convoca solo para disfrutar su presencia, aquellos a quienes se puede recurrir cuando se está en problemas, sea para nos oigan o ayuden, mi padre no hablaba. Para él, era como si la verdadera amistad no existiera.
Es más vergonzoso desconfiar de nuestros amigos, que ser engañados por ellos. (La Rochefoucauld)

domingo, 17 de febrero de 2013

¿Natural sometimiento de las mujeres?

Florén Delbene y Libertad Lamarque
En las películas de Libertad Lamarque, desde fines de los años `30 hasta los `80, la protagonista se sacrificaba en distintas etapas de su vida: como joven soltera, como esposa, como madre, como abuela. El tema de la mujer que sufre sin quejarse (incluso cantando, en el caso de Lamarque) víctima del desamor de su pareja primero, del abandono de sus hijos más tarde y hasta de la incomprensión de los nietos en la tercera edad, demuestra la persistencia de una actitud que no tiene equivalentes en los personajes masculinos. Los hombres pueden cumplir una variedad de roles, mientras que a la mujer suele estarle reservado solo uno.
¡Déjame, no quiero que me beses! Por tu culpa estoy sufriendo / la tortura de mis penas… / ¡Déjame, no quiero que me toques! / Me lastiman esas manos, / me lastiman y me queman. / No prolongues más mi desventura. / Si eres hombre bueno así lo harás. (Alfredo Maleaba y Rodolfo Sciammarella: Besos brujos)
En todos los conflictos posibles, la mujer calla, suplica, cede, llora y de ese modo conmueve a quienes contemplan su sometimiento, dando a entender que es la única actitud digna de ser imitada. Yo lo había visto durante mi infancia en mi madre y en menor medida en mis tías. Lo escuchaba en los radioteatros de Hilda Bernard o Rosa Rosen. ¿Qué otra cosa podían hacer las mujeres en su relación con los hombres? ¿Qué reclamaban los hombres de las mujeres? Sometimiento era la situación que no se nombraba, porque después de todo parecía ser algo tan natural que hubiera sido ofensivo recordársela a nadie.
Genoveva de Brabante
Genoveva de Brabante, heroína de un cuento publicado por la Editorial Tor, fue una de mis primeras lecturas. Ella sufría el acoso del Mayordomo, que al ser rechazado la acusaba de infidelidad, mientras Sigifredo, el marido, estaba ausente, luchando contra los moros. En prisión, Genoveva paría un hijo al que llamaba Desdichado. Conducida al bosque por quienes habían sido designados como sus verdugos, ella lograba apiadarlos. Por primera vez, Genoveva se resistía y demostraba su elocuencia, para evitar la muerte de su hijo. Los verdugos entregaban al Mayordomo los ojos de un perro, como prueba de que habían cumplido la tarea. En el bosque, mientras tanto, una cierva protegía a Genoveva, que no salía de una cueva. Cuando Sigifredo regresaba, la daba por muerta. Durante una cacería, hallaba a la mujer y el hijo, como corresponde a un cuento de hadas. La virtud era recompensada, a pesar de que el personaje había sufrido situaciones que hubieran debido destruirla. Tal vez las mujeres tuvieran un Dios aparte, como se decía entonces. O no consideraran que podían enfrentar a los hombres.
¡Arrésteme, sargento, y póngame cadenas! / Si soy un delincuente, que me perdone Dios / yo he sido un criollo güeno, me llamo Alberto Arenas… / Señor, me traicionaban, y los maté a los dos… / Mi china fue malvada, mi amigo era un sotreta / Cuando me fui a otro pago me basureó la infiel. / Las pruebas de la infamia las traigo en la maleta: / las trenzas de mi china y el corazón de él. (Carlos Vicente Geroni Flores y Julio Navarrine: A la luz de un candil)
¿Por qué arrestarlo? Es una formalidad, no sea que las mujeres griten que no hay Justicia. ¿Acaso no se vio obligado a hacer lo que se esperaba de él?
De la madre de uno de mis amigos de infancia, se contaba que había abandonado el hogar, dejando a un chico que no tenía diez años al cuidado del padre. Eso bastaba para condenarla. ¿Qué conflictos desconocidos para sus jueces la habían llevado a tomar esa decisión? Nunca se me ocurrió preguntarlo a quien debía tener conocimiento directo de ello. Nunca escuché ninguna defensa. En el interior de su casa, el hombre gozaba de una impunidad digna de un monarca árabe. En la letra de los tangos, las mujeres (con excepción de las madres) eran todas pérfidas y a veces recibían su merecido, mientras que paralelamente resultaba imposible detectar versos que delataran a los hombres patológicamente celosos, golpeadores o asesinos.
Entregarse a un hombre no ha sido nunca la garantía de que la mujer habrá de recibir el amor y la protección que le prometieron. Cuando el hombre toma posesión de la mujer, de acuerdo a la tradición patriarcal, puede hacer con ella lo que desee, incluyendo destruirla, si se siente defraudado. Esos poderes los ejerce incluso después de muerto, porque la familia exige de la viuda una fidelidad sin objeto. Si la mujer muere, el hombre puede reemplazarla sin preocupaciones y de inmediato. La posibilidad de quedarse sin un hombre, en cambio, solo promete dificultades para la mujer que podría comenzar a considerarse libre de su tutela.
Durante mi infancia tuve, sin embargo, dos imágenes de mujeres fuertes. Doña Justa, a la que llamaban la Brava (a sus espaldas) conducía un sulky tirado por un caballo al que castigaba con un látigo que los hombres del barrio afirmaban que también era usado contra su marido, que permanecía en casa mientras ella hacía las compras en el pueblo y tomaba un vaso de vino tinto con soda para refrescarse. La segunda era doña Paulina, viuda y madre de un hijo, que administraba sus propiedades con una firmeza alarmante para los varones. Ninguno hubiera intentado propasarse, pero tampoco le hablaban de igual a igual, ni sus congéneres la tomaban como ejemplo. Mujeres independientes eran una anomalía de la naturaleza, como los ocupantes exóticos del Zoológico. Podía mirárselas con extrañeza y alivio de mantenerlas a distancia.
La noción moderna de pareja supone cierta igualdad entre sus integrantes. Aunque la Naturaleza establezca roles nítidos para los géneros (la mujer es quien se embaraza y pare, el hombre es quien la embaraza) otros son intercambiables (el hombre o la mujer pueden sostener el hogar, por separado o en forma conjunta, como cuando se trata de lavar los platos o criar los hijos). A pesar de lo anterior, ninguno debería subordinar al otro. La noción de una pareja tan dispar que alguno de los integrantes pase a ser considerado propiedad del otro o carga del otro, sin atisbos de reciprocidad, escandaliza al pensamiento de la modernidad.
Schahriar y Scherezada
En el texto de Las Mil y una Noches, el rey Schariar se entera de que su primera esposa lo ha engañado, a pesar de los recaudos que ha tomado, como mantenerla encerrada en el harem, lejos de los hombres que pudieran quitársela, ordena que la decapiten y a continuación contrae sucesivos matrimonios con vírgenes a las que sus servidores ajustician después de la noche de bodas. Tiene que aparecer Scherezada, para que el monarca se convierta en prisionero virtual de las historias que ella le cuenta por las noches y deja inconclusas al amanecer, con el objeto de salvar su vida.
De no haber sido una eximia narradora y estratega, Scherezada y decenas de jóvenes inocentes hubieran muerto para satisfacer el rencor de Schariar. El único rol que se atribuye a las mujeres, desde las más pérfidas hasta las más inocentes, suele ser para muchas culturas el de reiteradas víctimas de sus parejas masculinas. Que ellas sean inocentes, no cambia demasiado la situación. Más bien facilita el abuso.
En los cuentos de hadas, el poderoso Barba Azul se ha propuesto controlar el comportamiento de las seis esposas que pasaron por su vida, al punto de asesinarlas cuando lo desobedecen, para continuar (sin mayores obstáculos planeados por la sociedad, que no puede ignorar sus crímenes) la decepcionante búsqueda de aquella mujer que se someta a su voluntad, sin oponer ninguna resistencia, como la única forma de salvar la vida.

Según el informe de Amnistía Internacional, durante la Guerra de los Balcanes de fines del siglo XX, en Bosnia-Herzegovina hubo entre veinte mil y cincuenta mil mujeres violadas por los invasores kósovos, mientras que en Kosovo, se calcula que hasta el 50% de las mujeres capaces de reproducir fueron violadas por los invasores serbios. Tragedias como esas marcan de manera perdurable a las naciones. No es que suceda por primera vez. En la actualidad el abuso trasciende el silencio que imponía tradicionalmente la vergüenza, y por lo tanto se denuncia.
¿Cómo imponer los mismos derechos y obligaciones en una pareja que incluye a individuos a quienes la naturaleza y/o la sociedad asignan distintos roles y desiguales cuotas de poder? Los hombres suelen ser designados por el contexto social como cazadores, mientras se define paralelamente a las mujeres como sus presas inevitables. Si un hombre se resiste a acechar y perseguir, tanto como si una mujer se niega a ofrecerse y negarse por turnos, eso afecta a la otra parte, que se desconcierta o reclama por la ruptura de un acuerdo tradicional basado en la disparidad.
Los hombres sospechan de la fidelidad de las mujeres, y no tardan en volverse violentos por ese motivo, aunque no tengan pruebas, mientras que las mujeres sufren el desamor de los hombres, que atribuyen a su propia incapacidad para retenerlos, o a la maldad de otras mujeres decididas a arruinar su relación de pareja.
De un hombre agredido, la sociedad espera (más bien reclama) que no acepte ser exhibido como una víctima pasiva, deshonor de su género, sino que reaccione de inmediato, no solo defendiéndose de la injuria, sino superando a quien lo ofendió, mientras que de una mujer que sufra una situación similar, se aguarda que huya de la amenaza y solicite ayuda (en lo posible, de otros hombres).
Siempre hay lugar para las dudas que afectan de manera desigual a ambos géneros. ¿La víctima femenina fue tan inocente como proclama? ¿El presunto victimario masculino fue tan culpable como se afirma? ¿No se tratará más bien de un pobre hombre, momentáneamente controlado por sus hormonas y la imagen de su género que la sociedad le ha impuesto y él no puede rechazar?

jueves, 26 de mayo de 2011

Sueños de mujeres jóvenes

Portadas de novelas de Corín Tellado
Aquellos que a mediados del siglo XX estudiábamos la secundaria en la escuela pública, mirábamos desde lejos, con tanta ignorancia como prejuicios, la formación que podía impartirse en un establecimiento privado dirigido por sacerdotes y monjas. La existencia de instituciones como esas, organizadas al amparo de la libertad de pensamiento que garantiza la Constitución, entraba sin embargo en conflicto con la visión laicista de Sarmiento y otros próceres del siglo XIX que uno podía no respetar y sin embargo aceptaba como la más coherente con la modernidad.
Aunque nosotros teníamos Religión y Moral como una de las materias del programa de estudios, y nos exponíamos a ser vistos como judíos o masones si rehusábamos cursarla, imaginábamos la enseñanza de una escuela privada como una rémora inaceptable del Medioevo, donde se castigaba la llegada tarde a misa y probablemente la Tierra continuaba siendo el centro del universo.
Desprender al Estado de la tutela que había sido ejercida por la Iglesia Católica desde la época de la Colonia, fue una de las batallas históricas de fines del siglo XIX en Argentina, que había tenido como hitos la ley de matrimonio civil, el establecimiento de cementerios públicos y la enseñanza laica. Hoy la polémica entre educación laica y educación privada es cosa del pasado, pero llegó a generar apasionados enfrentamientos a comienzos de los ´60.
Mi amiga Susana C. me describe desde San Pedro su experiencia de haberse formado en ese espacio que imaginábamos retrógrado: En la escuela religiosa donde estudié [Nuestra Señora del Socorro] estábamos bajo las órdenes de la Comunidad de la Misericordia y éramos solo mujeres. En cuanto a la enseñanza profesional, no puedo quejarme. Casi todas las egresadas ejercimos la docencia primaria, terminamos nuestras carreras con cargos jerárquicos, pero sin duda lo que nos marcaba era la parte ética, vista desde la perspectiva del catolicismo, donde todo era pecado, cuando entrábamos en la época de los primeros noviazgos”.
Tanta cautela, al acercarse el fin de los años `50 y comienzo de los ´60, una de las etapas más agitadas del siglo XX en cuanto a cambios de costumbres y valores (uno de sus hitos culminantes fue el Concilio Vaticano II que renovó profundamente a la Iglesia Católica), hubiera debido rendir frutos, al formar mujeres preservadas de la compañía masculina durante los estudios, destinadas a una profesión tradicionalmente femenina, conscientes de lo que les correspondía aceptar y desechar de las nuevas tendencias.
A mediados del siglo XX había quedado en claro que la prohibición no era la mejor forma de obtener la obediencia de los jóvenes, que por primera vez eran encarados por la sociedad moderna como consumidores dignos de ser tomados en cuenta.
De acuerdo a mis informantes, en la escuela se rezaba cuando las estudiantes entraban y cuando se retiraban, además estaba la capilla a la que solían concurrir en horas libres, que no eran tales, porque se convertía en horas de oración. La Madre Superiora Quirubina era la directora del establecimiento. Ella enseñaba Botánica, Zoología y Química. Si por cualquier causa faltaba alguno de los profesores seglares (muy pocos) mandaban a las estudiantes a la capilla, a rezar, pero tampoco en ese lugar consagrado las dejaban solas, porque las acompañaba la Hermana Silvia, que enseñaba Psicología y Religión. Raramente quedaban a solas en el patio o en el salón de clases.
Cuesta imaginar desde la actualidad un universo tan estricto y defensivo, respecto de una modernidad que se estaba imponiendo en todos los ámbitos, fuera de los muros del colegio.
En la escuela pública de San Pedro, dominaba el guardapolvo blanco, almidonado, que tanto costaba mantener limpio, ajustado en la cintura, con tablas y vuelo para las muchachas y recto para los chicos. En la escuela religiosa, las estudiantes usaban un uniforme de camisa blanca, con júmper azul cortado en la cintura, la falda con tablas encontradas, larga sobre la rodilla, medias tres cuartos hasta la rodilla, color marrón y zapatos abotinados, negros y bien lustrados. No podía faltar la boina azul en la cabeza. Durante el otoño y el invierno, el uniforme incluía una campera azul sin cuello y con botones. Los días de mucho frío, se cubrían con un tapado azul, de paño muy grueso, cruzado, con botones, cuello solapa, una tabla en la parte de atrás encontrada y una martingala.
En el júmper no debía faltar un escudo blanco con letras en azul que identificaban al colegio. En el colegio religioso que me describen mis informantes, era obligatorio concurrir de uniforme a la misa de los domingos a las 10, y a clase todos los días. Puede imaginarse la satisfacción de adolescentes obligadas a vestir las mismas ropas casi todo el tiempo.
Paula Rego: El hombre almohada
Vestirse igual, comportarse igual, incluyendo las oraciones, coincidir en los mismos horarios, son algunos de los requerimientos de todos los grupos humanos (isopraxis es la denominación técnica) dotados de cierta homogeneidad ideológica. Si los individuos se parecen lo suficiente, y muchos lo necesitan tanto como alimentarse o dormir, pasan a compartir valores y establecer proyectos conjuntos. La vida en sociedad depende del establecimiento de estos rituales que pueden parecer irrelevantes.
En el caso de las mujeres, que la tradición consideraba atadas al hogar, apartadas de las grandes estructuras sociales, el vestuario era (es) una de las formas más eficaces de incorporarse al colectivo. La vida de las adolescentes de entonces, dicen mis informantes, estaba marcada por las prohibiciones de todo tipo. Si las dejaban salir un fin de semana, era hasta el Butti, temprano y acompañadas por amigas. Allí tomaban alguna gaseosa o café. Los padres las iban a buscar, a pesar de que todo ocurría a poca distancia de sus casas. Cuando existían las matinés del club Paraná, las dejaban ir, pero allí también los padres las pasaban a buscar, después haber visto alguna película en el cine. Si los adultos no estaban disponibles, matrimonios conocidos las llevaban a los bailes del Club Mitre. Siempre andaban en grupo y los padres de una u otra chica las iban acompañando hasta sus casas. No conviene imaginar que la diversión vigilada por los adultos fuera todas las semanas. Por lo general, era cada quince días.
Las celebraciones de entonces eran discretas. Mi amiga S.C. recuerda su fiesta de quince, en la casa de su familia, que mi abuelo había construido medio siglo antes en calle Libertad. La comida había sido preparada por sus padres, el vestido lo había cosido su tía, era celeste, con mangas y lo acompañaba con un saco (puesto que las monjas, con celo digno de la cultura islámica, insistían en que las jóvenes que ellas educaban no debían mostrar los brazos). Los invitados eran sus abuelos, sus tíos, los primos y otros parientes, sus compañeras de escuela.
Mis informantes recuerdan un panorama curioso de su paso por la escuela religiosa. Por un lado, sus padres estaban convencidas de que esa era la mejor educación que podían suministrar a sus hijas; por el otro, aunque estuviera en desacuerdo, una adolescente no podía cuestionarlos. Ellos habían elegido esa educación que debían pagar y resultaba bastante cara para la época.
De acuerdo a lo que me cuentan: “Algo muy significativo fue que muchas de nosotras nos casamos con nuestros primeros novios, a pesar de que un alto porcentaje terminó separada y algunas volvieron a formar pareja”. El mundo simplificado, optimista, del amor romántico, las tradiciones a veces opresivas, se estaban quebrando por muchos lados al mismo tiempo, durante la segunda mitad del siglo XX. La prédica de unas cuantas monjas que resistían a la desacralización del mundo, no podía revertir el proceso.
S.C. me cuenta: “De las religiosas que estaban al mando del colegio, recuerdo que la Superiora era muy vieja y falleció en el cargo, mientras otras monjas pasaron por crisis de vocación y dejaron los hábitos. Una de las más jóvenes, terminó casándose años más tarde con el hermano de una compañera de ella, de la misma Congregación. Ese ambiente contradictorio, apegado a las tradiciones y en crisis, resultaba poco menos que inimaginable para quienes pertenecíamos a la misma generación, pero nos educábamos en la escuela pública. Protegida por los altos muros de un convento, en pleno siglo XX, se formaba una mentalidad femenina progresista en más de un sentido, puesto que incluía la decisión de encarar una profesión (la docencia) que permitiera a las mujeres ganarse la vida, y notablemente anticuada al mismo tiempo, porque ponía la constitución de una familia como vocación fundamental de las mujeres.
Roy Lichtenstein:El beso
Las novelas de Corín Tellado dieron forma simultáneamenta banal y perversa (de aceptar la interpretación ya clásica de Guillermo Cabrera Infante) a ese imaginario femenino. Los miles de personajes femeninos que ella inventó durante décadas, reviven los modelos antiquísimos de la Bella Durmiente y Cenicienta, plantean una visión del mundo que debería tranquilizas a las lectoras y las invita a esperar el desenlace feliz a todos sus interrogantes, que un hombre gruapo habrá de suministrarles.
El pintor norteamericano Roy Litchenstein dio forma paródica a esa cosmovisión miope en sus obras pinturas, que reciclan los estereotipos del comic elaborado para mujeres (Sussy), poblado por figuras glamorosas e irreales, volcadas por completo a las emociones amorosas, donde las mujeres se entregan siempre a las decisiones masculinas para otorgarle algún sentido a sus vidas.