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viernes, 22 de agosto de 2014

Conflictos no resueltos, autoayuda y mecanismos de proyección


Gerhard Katterbauer: collage
No hay mejor negocio que vender a la gente desesperada un producto que asegura eliminar la desesperación. (Aldous Huxley)

Cuando la gente de hoy no se encuentra en situación de pagar una sesión de psicoterapia, que le asegure ser oída en el secreto de un consultorio, por un especialista entrenado por la universidad para efectuar esa tarea, consulta libros de autoayuda o abre páginas de internet, en busca de herramientas que permitan resolver los conflictos que arrastra. La televisión programa de lunes a viernes, todas las tardes, exitosos talk shows donde se ventilan historias íntimas narradas por sus mismos protagonistas, que no se avergüenzan de exponer los detalles más comprometedores, con el objeto de obtener el consejo o consuelo de un panel de especialistas y el aplauso de la audiencia.
Esa confianza moderna en la palabra de una autoridad lejana, indiscutible, que evalúa la conducta de otras personas, guiándose por los pocos y tal vez muy sesgados datos que reciben, ha venido a sustituir otra confianza más antigua, que se brindaba a personas dotadas de experiencia, aunque ninguna institución certificara su idoneidad, que vivían cerca de quienes solicitaban su consejo (parientes, amigos, docentes, vecinos).
Mi padre y mi madre eran lectores de diarios y semanarios, no de libros de ficción y cine, como fueron definiéndose mis intereses, apenas llegué a la adolescencia, a mediados del siglo XX. Utilizar esas novelas y películas como fuente de información, capaz de orientarme en la resolución de conflictos que no terminaba de entender y parecían inabarcables, era un proyecto poco sensato, que solo se explica por la carencia de otros mecanismos de apoyo más idóneos y por el modelo de reserva planteado por los mayores. Ellos no pedían consejo, ni esperaban ayuda, aunque les hacía falta.
Delia B.
Mi madre leía poco, tal como iba poco al cine. Era una gran observadora de personajes y situaciones. Su mayor fortaleza era la comunicación oral, que le permitía discernir con exactitud las emociones de amigas y parientes. Su capacidad de ponerse en el lugar del otro era admirable, pero el repertorio de personas con quienes entraba en contacto, quedaba limitado a aquellos a quienes los celos mi padre dejaba entrar en casa.
Cuando escuchaba las radionovelas de la tarde, mi madre estaba siempre haciendo otra cosa. Planchando o remendando la ropa, por ejemplo. Tal vez limpiando la cocina, donde se había instalado la única radio que teníamos. Las voces de los actores le llegaban como si fueran situaciones reales, de las que se enteraba por casualidad, emocionada, aunque no la autorizaran a participar de historias más interesantes y dramáticas, también más felices que la suya, mantenida durante años en sordina, sin explosiones, treguas, ni desenlace.

Si bien el Consultorio Sentimental es un género incluido en medios masivos, la construcción discursiva del vínculo entre consejero y aconsejado sostiene cierta “ilusión” de una comunicación interpersonal entre ambos. En este supuesto diálogo privado la respuesta del consejero hace alusión a cuestiones que sólo están presentes en la carta del lector no publicada. (Ana Victoria Garis: Corazones en conflicto, El consultorio sentimental en Argentina)

No creo que mi madre leyera los consultorios sentimentales que aparecían en las páginas finales de Para Ti, El Hogar, Maribel y otras revistas femeninas. Sus problemas se los guardaba para ella, los consultaba, de acuerdo a la expresión coloquial, con la almohada y eventualmente los dejaba trascender a otras mujeres (dudo que el pudor la autorizara a confesarlos en detalle).  Cuando sufría, lo hacía discretamente, una contención que cuesta entender desde la perspectiva exhibicionista de la actualidad.
Los conflictos de la realidad exterior le llegaban a mi madre filtrados por la opinión de sus pares. Nadie la había alentado a que buscara por su cuenta y riesgo los datos que permiten elaborar una opinión propia. En su época, nada de eso era bien visto. Si lo intentaba, lo más probable es que no la oyeran o le recordaran su ignorancia.
Juan Antonio G.
Mi padre escuchaba las varias emisiones de El Reporter Esso en la radio y leía dos diarios que llegaban en tren, de Buenos Aires, todos los días (un matutino, que llegaba a la hora de la siesta) y un vespertino (que distribuían en la mañana). Por lo tanto, aunque solo hubiera leído los titulares y escuchado los resúmenes radiales, debía estar enterado de los asuntos de actualidad. Esa información general, sin demasiada profundidad ni sesgo personal, era todo lo que necesitaba.
Mi padre nunca hubiera consultado el Horóscopo de la prensa, ni hubiera perdido su tiempo oyendo una ficción radial que no fuera un programa cómico a la hora del almuerzo, cuando los personajes de El Relámpago, un programa escrito por Miguel Coronatto Paz, suplían la ausencia de conversación familiar. Poner en juego sus sentimientos no era un proyecto que le interesara a mi padre.
Él no era un buen observador. Encaraba a la gente desde el rol que debía cumplir en la comunidad. Era un comerciante minorista, que no podía llevarse mal con nadie, porque eran sus clientes, pero en todo caso, tampoco podía confiar demasiado en nadie. En el seno de la familia no escondía su decepción con quienes hasta poco antes había tratado como amigos. De acuerdo a sus palabras, lo habían defraudado (eso le hizo perder repetidamente a sus socios) y eso justificaba que se lamentara de traiciones que no hubieran ocurrido, de estar atento y no dejarse engañar.
Fuera de los textos escolares, de mi padre recibí solo dos libros. Ninguno de ellos puede ser considerado Literatura. El primero fue lo que hoy se denomina un manual de autoayuda, Cómo Ganar Amigos e Influir en los Negocios de Dale Carnegie, escrito a mediados de los años ´30 y convertido en best seller.

Si hay un secreto del éxito, reside en la capacidad para apreciar el punto de vista del prójimo y ver las cosas desde ese punto de vista, así como del propio. (Dale Carnegie: Cómo Ganar Amigos e Influir en los Negocios)

Era difícil no estar de acuerdo con generalidades como esas, y al mismo tiempo cualquiera podía entender que no necesitaba haber leído el libro para llegar a la misma conclusión. Creo que mi padre, por entonces pronto a cumplir 40 años, se encontraba en la búsqueda de algún escape a su rutina de comerciante minorista de San Pedro que le resultaba intolerable. Por eso emigró a Mar del Plata y no dudó en dedicarse a la hotelería, en lugar del comercio minorista, siguiendo el modelo que cuarto de siglo antes había planteado mi abuelo. Deseaba enterarse de las fórmulas infalibles de reorganización de la propia vida que la publicidad le prometía.
Recuerdo haber leído el libro de Carnegie sin que mi visión del mundo cambiara por su causa. Continuaba tartamudeando, no tenía demasiados amigos de mi edad, obtenía buenas notas en el colegio, pero detestaba las clases de Educación Física. Si el diálogo me resultaba intimidante, había descubierto el universo de los libros, que no planteaba exclusiones y podía explorar sin dificultades.
Cuando encaraba en cambio los textos de Kafka, siempre extraños, evidentemente ficticios y al parecer imposibles de relacionar con nada que sucediera en la vida cotidiana, descubría una familiaridad abismante con mi propia situación. No me costaba nada proyectarme en los sentimientos de alguien tan distante, que no pretendía hablar conmigo.

Querido padre: Me preguntaste una vez por qué afirmaba yo que te tengo miedo. Como de costumbre, no supe qué contestar, en parte, justamente por el miedo que te tengo, y en parte porque en los fundamentos de ese miedo entran demasiados detalles como para que pueda mantenerlos reunidos en el curso de una conversación. (Franz Kafka: Carta al Padre)

Mi padre no era un adulto demasiado temible, aunque lo intentara. Hasta un adolescente podía comprender que se trataba de alguien que no había logrado madurar y se veía obligado a afrontar situaciones que superaban su capacidad de decidir, su suerte y la de su familia. Si el texto de Kafka, obtenido en préstamo de la Biblioteca Pública Rafael Obligado, llegaba a decirme tanto sobre mis propios conflictos, era por el retrato involuntario del hijo que había redactado ese reclamo, con el objeto de demostrarle a su progenitor que él rechazaba su modelo de vida, aunque no pasara de ser un escritor que subsistía gracias a un empleo burocrático, sin la menor esperanza de dialogar con alguien tan cercano y atrincherado como el padre en su rol autoritario.

domingo, 15 de diciembre de 2013

Expectativas y resacas navideñas

La Navidad que conocí en mi infancia en San Pedro, a mediados del siglo XX, todavía no era blanca (globalizada de acuerdo a los paradigmas del marketing de las empresas multinacionales) y por lo tanto no llegaba a ser consumista. Bing Crosby había cantado White Christmas de Irving Berlin, en el contexto de Holiday Inn, una película musical en blanco y negro de 1942, donde las alusiones cristianas brillaban por su ausencia y todo se equiparaba a otros feriados del calendario norteamericano.
I´m dreaming of a white Christmas / with every Christmas card I write. / May your days be merry and bright / an may all your Christmasses be white, (Inving Berlin: White Christmas)
Mis primeros intentos de armar un árbol de Navidad a los ocho o nueve años, cuando acababa de tomar la Primera Comunión, guiado por los modelos que ofrecía Billiken, fueron desafortunados. Era una idea (comprobé) con la que no se lograba interesar demasiado a los adultos, a diferencia de lo que pasaba con los torneos de zancos o barriletes, donde ellos se involucraban gustosos.
Por ese entonces había bolas de vidrio de color, increíblemente frágiles, había guirnaldas metalizadas, velitas de torta de cumpleaños e incluso soportes de velitas, que podía comprar en alguna tienda del centro (probablemente La Magnolia) siempre y cuando pudiera reunir algunas monedas en mi alcancía metálica y con llave, pero conseguir un pino similar al de las ilustraciones, se reveló pronto como una dificultad insalvable.
Lo más parecido a un pino, eran los cipreses que mis tíos maternos habían plantado como el tupido cerco de su casa, sobre la calle Chivilcoy. Eso me aseguraba contar con algunas ramas, de las cuales confiaba colgar los globos, pero la resistencia de las ramas de cipreses era insuficiente, se desplomaban bajo el peso de las velas y guirnaldas. Tampoco sabía cómo mantener en pie el arbolito. La maceta de greda con tierra apisonada, era insuficiente para otorgarle estabilidad. El pino se iba torciendo solo y no tardaría en caerse o terminaría apoyado en la pared. Llenar la maceta con pesas de una balanza del almacén de mi padre, tampoco era la solución
El resultado de mi proyecto no podía ser más decepcionante. No se parecía al enorme árbol de Navidad cargado de adornos (y regalos) que tanto parecían disfrutar los personajes de las películas. Tampoco había nieve. Tal vez lo peor de todo, pasaba desapercibido en un rincón del comedor de mi casa y no estimulaba a nadie a poner regalos debajo.
No recuerdo haber experimentado una resaca navideña, porque el entusiasmo había desaparecido por sí solo, antes de la Nochebuena, durante el proceso de organizas la celebración, y la ilusión infantil no volvió a repetirse.
En mi infancia había tarjetas de Navidad, pero no se trataba de las importadas por Hallmark, donde no hace falta exprimirse el cerebro para dejar un mensaje personalizado. Se consumía el pan dulce de la tradición europea, sidra La Asturiana y fruta seca ausente de la mesa durante el resto del año. Se escuchaba antes de la medianoche, las campanas de Nuestra Señora del Socorro que convocaban a la Misa de Gallo (a la que nunca asistí, porque hubieran debido acompañarme) y luego los petardos de los vecinos (aunque el mayor estruendo se reservara para Año Nuevo).
Miracle on 34th Street
Las radios difundían villancicos, pero no había nada parecido a una programación navideña sistemática, como suele ocurrir cuando los expertos en marketing se encargan de controlar el discurso de los medios. Todo era menos espectacular y masificado que en la actualidad. No por ello supongo que fuera más auténtico. El Santa Claus de Miracle on 34th Street no tardaría en llegar, gracias a las agencias de publicidad internacionales, demostrando que la desinformación de los niños, convencidos de que los regalos pueden ser suministrados por un ser sobrenatural, que a todos vigila desde el Polo Norte y premia a los niños por ser obedientes, era más confiable que la verdad.
Dar regalos es una forma de desarrollar y mantener vínculos sociales. Por lo tanto, es importante para nuestras relaciones. (…) Todas las culturas intercambian regalos, por lo que se supone que es una necesidad humana básica. (Karen Pine)
En todas las culturas suele haber espacio para momentos privilegiados, en los que se quiebra momentáneamente la rutina de la gente, pasados los cuales resulta inevitable que todo vuelva a ser como siempre. Pueden ser festividades en las que se levantan las prohibiciones habituales y predomina el desenfreno, como era en la Antigüedad (es todavía) el caso del Carnaval en Río de Janeiro o Gualeguaychú, o épocas de tregua y reconciliación, como se daba en el Jubileo de los israelitas o la Navidad de los cristianos. Hay que llegar a programar incluso las excepciones a las normas, indica el mensaje.
Navidad inglesa siglo XIX
En Navidad la gente se enviaba tarjetas postales, portadoras de buenos deseos, que cuando alcanzaban cierto volumen, se exhibían como parte de la decoración de los hogares, testimoniando que uno tenía parientes y amigos. Esa costumbre fue impuesta en Inglaterra victoriana de la Revolución Industrial, a mediados del siglo XIX, permanece vigente hasta la fecha y a la vez ha cambiado. Ahora los saludos no llegan a través del cartero, que en ocasiones demoraba su entrega hasta después de pasadas las fiestas, y se difunden a través de Internet, son vistos en una pantalla plana, a través de imágenes en movimiento, con vívidos colores y la música apropiada o toman la forma de gift cards, vales que el receptor puede canjear por un regalo a su gusto, dentro de los límites de costo que ha establecido el emisor.
Los niños son quienes más celebran hoy la Navidad y las fiestas actuales de la Navidad parecen organizadas para satisfacer sus expectativas de consumidores de mercancías, por desubicadas que sean. Ellos quieren ser complacidos y recibir los regalos de no importa quién, comenzando por los familiares a los que se encuentran atados por lazos contradictorios, de afecto y resentimiento. Si no se los satisface, la molestia no tardará en expresarse, y entonces los adultos descubrirán qué no saben cómo controlarlos.
En España o Argentina, los regalos eran atribuidos a la generosidad de los Reyes Magos. Durante mi infancia, Papá Noel era una figura extranjera (Santa Claus, más aún) de la que teníamos conocimiento pero no nos involucraba. Antes, uno podía esperar juguetes y no obstante recibir ropa, útiles escolares o incluso golosinas. Se trataba de regalos, no de lujos..
Niños son los destinatarios de los mensajes navideños y niños también los personajes convocados para servir como evidencia el espíritu paradojal, por amable, de la Navidad.
El camino que lleva a Belén / baja hasta el valle que la nieve cubrió, / los pastorcillos quieren ver a su Rey / le traen regalos en su humilde zurrón / al Redentor, al Redentor. / Yo quisiera poner a tus pies / algún presente que te agrade, Señor / mas tu ya sabes que soy pobre también / y no poseo más que un viejo tambor / rom pom pom pom, rom pom pom pom. (Catherine Kennicott Davis: El Tamborilero)
La imagen del ruidoso tamborilero, el niño que antes de la aparición de los medios masivos convocaba a los pobladores, con el objeto de difundir alguna noticia, se incorpora al pesebre de Belén. La canción es reciente. Fue elaborada a mediados del siglo XX, a pesar de lo cual no cuesta mucho incorporar el personaje a la tradición de los retablos de figuras evocadoras del nacimiento de Jesús de Nazaret, inventados por san Francisco de Asis durante el siglo XIX.
El capitalismo del siglo XX ha sido fértil en imaginería navideña. ¿Por qué desaprovechar un tema que proclama el fin de los conflictos y estimula la buena disposición de la gente para el diálogo y el consumo? En New York, nos mostraba Miracle on 34th Street, los desfiles de la tienda Macy´s eran programados para el Día de Acción de Gracias, algunas semanas antes de la Navidad. McDonalds y Gimbel´s patrocinaban otros desfiles temáticos por la misma época. Desde comienzos del siglo XX, las mercancías quedaron asociadas a la celebración religiosa, que en forma paralela fue despojada de gran parte de su mensaje original, para que pudiera ser aceptada por creyentes y no creyentes por igual.
Los desfiles navideños norteamericanos convocan a cientos de miles de observadores y eventuales consumidores. Incluyen figuras ornamentales infladas con helio son enormes, la música estruendosa y conocida, las carrozas lujosas, hay cientos de extras bien entrenados, que lucen ropas inhabituales y se mueven al unísono. Se trata de un espectáculo gratuito y callejero, que atraviesa una gran ciudad, espectáculo cuya eficacia propagandística fue demostrada por los grandes jefes militares del Imperio Romano hacia el comienzo de nuestra era.
Durante el siglo XX, el desfile ornamental fue utilizado por regímenes de izquierda y derecha, para convencer a las multitudes de que su vida se encuentra bajo control, que pueden relajarse, aplaudir y vitorear a los participantes. Desde mediados de los años ´20, Macy´s planteaba a los norteamericanos un recordatorio difícil de ignorar: era época de no pensar en el futuro, de comprar regalos y engalanarse con ropas nuevas, como si el mentado espíritu navideño fuera una intoxicación deliciosa. Las presiones de todos los días lograban desvanecerse (no por mucho tiempo) y la gente más opuesta se comprometía a seguir un estilo de vida que no era el suyo.
Navidad para recortar y armar
Ese paraíso del consumo, ornamentado por la religión, no nos era desconocido, pero sí inalcanzable. El equivalente argentino a la atmósfera navideña de los pa se daba en Harrod´s y Gath & Chaves, dos tiendas de Buenos Aires que publicitaban las ventas navideñas mediante catálogos fascinantes para quienes vivíamos en provincia y anunciaban en La Nación la presencia del mismísimo Papá Noel en sus locales de la Capital. Definitivamente, los fastos de la Navidad eran ajenos a quienes habían nacido en la provincia y cuando pretendían mostrarle un pesebre a sus mayores, tenían que conformarse con recortar y armar las páginas centrales de Billiken.

sábado, 14 de enero de 2012

Mitología de la Memoria


A lo largo de los últimos dos años, al redactar este blog, he comprobado que la memoria acumula los datos más opuestos, algunos útiles, otros inservibles, sin que me sea posible entender muy bien cuáles son sus criterios de selección, ni atreverme a detenerla cuando se pone en movimiento y exige de mí una paciencia y un respeto que no sé si ella merece. La memoria me ofrece datos que por algún motivo le ha interesado conservar, acorta aquello que se vuelve reiterativo, relaciona personajes y situaciones que yo hubiera supuesto inconexos, propone hipótesis que me obligan a reinterpretar el pasado, investiga las oscuridades que descubro por todos partes, deduce los nexos que faltan, recupera lo que ella considera significativo, allí donde yo no sospechaba que hubiera nada digno de atención. La memoria compara, diferencia, distorsiona, desecha parte de su materia prima y aunque estoy tan directamente implicado en el proceso, yo soy el primer sorprendido por su trabajo.
¿Debo limitarme entonces a recordar, tratando de ser lo más fiel posible a ese flujo que recibo, hasta convertirme en el médium de un discurso incontrolable? Mi respuesta no es afirmativa. Pocas veces he utilizado material autobiográfico en mis textos de ficción, mientras que la observación y la documentación me parecen capaces de suministrar un repertorio más atractivo. Hace quince años, al decidirme a estudiar portugués, uno de los ejercicios que nos planteaban era redactar una semblanza personal. Para mi sorpresa, al emplear otra lengua, la resistencia a lo autobiográfico, que no había analizado nunca, pero sin duda ha existido, desaparecía. Por lo tanto, hay fantasmas que no controlo y se oponen a una exposición demasiado directa.
Al decidirme a anotar mis recuerdos, eludiendo los artificios de la ficción, no estaba demasiado seguro de lo que encontraría durante el proceso. Eran situaciones y personajes que podía considerar míos y sin embargo no estaba seguro de que me pertenecieran del todo, porque el tiempo los había erosionado durante más de medio siglo y no iba a devolvérmelos sin dejar alguna marca de su trabajo destructor (o creador: como se quiera).
Cuando tenía quince años, me identificaba con el autor de la Carta al Padre (Franz Kafka) a pesar de no ser judío, ni sufrir de tuberculosis. La vida conyugal de mis padres la entendí cuando era un hombre maduro, a través de la ficción de La Mansa (Feodor Dostoievski) a pesar de que mi madre no se mató para escapar del encierro al que la sometía un marido posesivo, ni mi padre confesó nunca la magnitud de su duelo, tras haberla perdido.
La resistencia de mi padre a regresar a San Pedro durante sus últimos años, la interpreté según el modelo de Ulises cuando llega de incógnito a Ítaca, en La Odisea y demora el contacto que. Debo ser la marca profesional de un escritor, sentirse inclinado a relacionar cualquier experiencia del mundo real con algún modelo literario o mítico. Lo propio tiende a conectarse con lo ajeno, con lo admirado, con aquello que proviene del pasado y alerta a percibir el presente.
Al trabajar, los escritores mienten a sus lectores todo el tiempo, lo mismo cuando confiesan inventar personajes y situaciones, que cuando declaran referirse a sus circunstancias más íntimas. Borges es el personaje narrador de El Aleph o de Tlön, Uqbar, Orbis Tertium, y uno pecaría de ingenuo si se lo tomara demasiado en serio, pero de nuevo demostraría no entender para nada el juego que el autor propone a sus lectores, si no percibiera lo bien informado que se encuentra esos autorretratos que se afirman falsos.
Un texto de Abelardo Castillo me alentaba a sospechar que buena parte de lo que yo podía encontrar en el curso de mi búsqueda, probablemente fuera una invención, de las tantas que marcan el oficio de un escritor: alguien se pone en disposición de recordar, y las imágenes que lo asaltan satisfacen su demanda, pero no siempre informan sobre algo real.
Hay una casa muy vieja en San Pedro, en la barranca. O había hace muchos años. Una casa con un mirador. El mirador tiene una grieta que baja hasta la cornisa de la portada. Como una cuña. En verano, te sientas en el tercer banco de la plaza de la iglesia, como viniendo del río, y esperás. Ya de por sí la rajadura impresiona bastante, fuera de que tiene la forma de un triángulo y eso debe ser simbólico. Cuando el reloj del cabildo da el primer campanazo hay que tener los ojos muy abiertos, fijos en el mirador, y arrepentirse de todos los pecados. Entonces empieza a aparecer la Loca en mitad de la rajadura. (Abelardo Castillo: Crónica de un iniciado)

Precisiones como ese “tercer banco de la plaza de la iglesia” viniendo desde el río, alientan a creer que todo lo que sigue se corresponde con la realidad, ahora o hace décadas, en un pueblo que el lector probablemente desconoce, iniciando un proceso que Samuel Johnson (y luego Coleridge) describieron como una suspensión voluntaria de la incredulidad. Si esa disponibilidad para aceptar lo improbable que ofrece el autor no se obtiene, la ficción difícilmente prospera.
Castillo recuerda en un ensayo la lección magistral que habría recibido de Bossio Arnaes, un profesor sin cátedra y escritor sin textos publicados (capaz, sin embargo, de inspirar la escritura de Los Isleros, la novela de Ernesto L. Castro) que habría habitado una casa sobre las barrancas de San Pedro y le demostró lo que era el estilo literario, al corregir sin anestesia las primeras líneas de un cuento que el autor consideraba perfecto y la demostración reveló ripioso.
Lectores y comentaristas que han reproducido esa anécdota, no ponen en duda que haya ocurrido, supongo que convencidos por la circunstancia de que el autor no deja bien parado al distante adolescente que la vivió. Si alguien recuerda una humillación sufrida o un aprendizaje que modificó su visión del mundo, debe ser porque confiesa una verdad que habitualmente nadie refiere.
En mi memoria figura una clase de Rodolfo Constantin, nuestro profesor de Literatura en la secundaria, que también fue profesor de Castillo. Él citaba una historia que Antonio Machado le atribuye a un personaje apócrifo. Juan de Mairena convoca al pizarrón a uno de sus estudiantes y le dicta la siguiente frase: “Los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa”. ¿Léxico rebuscado? No tanto, comparado con la retórica de la poesía española, desde el Siglo de Oro hasta comienzos del XX. Mairena, identificado como un hombre de gustos modernos, le pide a su estudiante que lo traduzca al habla cotidiana, con lo que se obtiene: “Las cosas que pasan en la calle”. ¿Por qué complicar aquello que puede ser simple? Arnaes o Mairena tienen toda la razón, pero es inevitable que un escritor invente, a diferencia de lo que pasa con un cronista.
Como cineasta y periodista, he entrevistado a centenares de personas. No me cuesta elaborar preguntas que los invitan a contar sus experiencias, que pasan a convertirse en la materia prima de mi propio discurso. Oír, descubrir, coordinar, son tareas que disfruto más que redactar mis comentarios. Mientras viví en San Pedro, nunca traté de averiguar las circunstancias en las que nací o crecí, mediante un interrogatorio sistemático a mis mayores, porque ese tipo de comunicación tan abierto, desgraciadamente no se daba en mi familia, y sobre todo, porque no llegué a imaginar que tuviera la menor importancia investigar el tema, hasta muchos años después, cuando estuve en condiciones de relacionar por mí mismo la cantidad de pistas contradictorias que fui acumulando sin darme cuenta de lo que hacía.
Según mi padre, que había oído contar la historia a su tío Félix, Juan Moreira había frecuentado el Despacho de Bebidas de mi abuelo. Todo habría ocurrido en las últimas décadas del siglo XIX, cuando en la calle Chivilcoy se corrían carreras cuadreras muy concurridas por apostadores y mi abuelo mantenía junto a la caja, donde guardaba el dinero de los vueltos, un garrote de quebracho de casi un metro de largo, con el que desalentaba a los clientes que intentaran consumir sin pagar o pretendieran asaltarlo.
Yo conocí el garrote, que permanecía en el mismo lugar, pero nunca vi que lo usaran. De acuerdo a la documentación, el gaucho bandido, protagonista de una novela de folletín y una pantomima teatral, había muerto en 1874. Mi abuelo pudo conocerlo en su adolescencia, pero de ahí a enfrentarlo... No hubiera estado mal. Por lo contrario, hubiera sido estupendo que un chico español desafiara a una figura mitológica como Juan Moreira, munido de una herramienta que en su tierra natal se emplea hasta en competencias atléticas. Nunca supe si mi padre creía realmente en esas anécdotas que se situaban por lo menos ochenta años antes del momento en que las contaba. Dejar que el mito se mantuviera y prosperara, imposibilitado de confrontarlo con la memoria de testigos, debió ser lo más seductor de todo para él. Mientras lo comunicaba, conseguía que se fijaran en él, que de algún modo lo conectaran con un pasado más atractivo que el presente.

martes, 11 de enero de 2011

Marginaciones e integración: el Martillero

José María Vargas Vila
El aprendizaje de la soledad no fue penoso. Yo había sido un solitario y lo fui desde mi niñez. (…) Nunca tuve amores, nunca tuve amigos. Las mujeres que fatigaron mi sexo, no entraron jamás en mi corazón. Cuando entré en la soledad, no tuve que expulsarlas de ella. (José María Vargas Vila)
Acostumbrado a visitar las casas de mis vecinos, manejadas por mujeres hacendosas, que gracias a su esfuerzo mantenían los pisos brillantes y los objetos instalados desde hacía tiempo en los lugares precisos que definían las carpetas tejidas al crochet y los esquemas simétricos, me fascinaba la casa de C., el martillero del barrio, donde una capa de fino polvo se había asentado tiempo atrás sobre todas las cosas dejadas de cualquier modo y probablemente en cualquier parte por el propietario.
C. era un hombre solo o (para ser más preciso) un hombre separado de su esposa, que tenía un hijo adolescente, al que no parecía ver nunca. Del orden o el desorden de sus cosas, él era el responsable.
Viendo no hace mucho Sátantango, una película húngara de Béla Tarr, he recuperado ese ritmo pausado, desesperante, de aquellos que por estar marginados de las fuerzas sociales más relevantes, no tienen la menor esperanza de alterar su rutina, y no obstante permanecen en lo mismo, como las arañas que carecen de otros objetivos, después de haber tendido pacientemente la tela con la que confían atrapar su alimento. En el barrio había por aquí y allá personajes dotados de esas características que los volvían invisibles. Gente que giraba en torno a ejes ínfimos. Testigos de no importaba qué.
Los rumores del barrio planteaban que la separación del martillero había ocurrido por la adicción al alcohol de C. No sé si había comprado o si alquilaba una parte de la casa de las hermanas F., que mandaron a construir un muro divisorio de ladrillos en el medio del patio, a pesar de que compartían la bomba de agua. En ese barrio de familias constituidas, un solitario estaba fuera de los esquemas habituales. No se lo rechazaba, podía hablarse con él en la calle, en el almacén, pero al mismo tiempo nadie lo hubiera invitado a entrar en una casa reservada para las familias.
Bandoneón / ¿Para qué nombrarla tanto? / ¿No ves que está de olvido el corazón / y ella vuelve, noche a noche, como un canto / en las notas de tu llanto / che bandoneón? (Homero Manzi y Aníbal Troilo: Che bandoneón)
 Como nací en un barrio de trabajadores rurales y artesanos, C. era lo más próximo a un intelectual que conocí en mi infancia. Había libros en su casa (libros cubiertos de moho, como el resto de los objetos de C.) a diferencia de lo que pasaba en las casas de otros vecinos, incluyendo la de mi familia. Allí estaban, por ejemplo, El Hombre Mediocre de José Ingenieros, subrayado profusamente por su dueño, y una compilación de aforismos del colombiano José María Vargas Vila, cuyo título no recuerdo, en la que leí por primera vez la palabra aborto, que me obligó a consultar el diccionario y enterarme de una realidad que entre los adultos del barrio no se hubiera mencionado nunca en mi presencia.
C. debía ser, probablemente, un anarquista solitario, un marido desengañado que bebía regularmente sus vasos de tinto o grappa en el almacén de mi padre y perdía su tiempo en discusiones desapasionadas, que a veces resolvía con una cita de un autor desconocido para sus contertulios, pero capaz de confirmar su imagen de hombre ilustrado.
C. era también el propietario de la única máquina de escribir que existía en mi barrio, una Underwood de por lo menos treinta años antes, para concluir los contratos con sus clientes, hasta que yo comencé a pedírsela prestada (nunca me preguntó qué hacía con ella) con el objeto de redactar los pequeños artículos que me permitían colaborar bajo seudónimo en La Palabra y El Imparcial, los dos semanarios que se publicaban en San Pedro.
Hubiera debido saberlo entonces, pero los grandes gestos solían evitarse por entonces, C. era el primer fracasado que me fue dado conocer. Muchos de los hombres que podía observar en el barrio, mis vecinos y parientes, nunca llegarían demasiado lejos y a nadie parecía importarle el tema, mientras C. había encontrado su límite en este mundo y cualquiera podía notarlo. No le sería posible convencer a una mujer de que lo acompañara, ya podría recuperar a su hijo, ni escaparía de esa vida rutinaria que Juan Carlos Onetti había comenzado a describir en sus novelas sobre la ciudad imaginaria de Santa María, a la que yo tardé quince años en acercarme.
C. era la conciencia moderna (por lo tanto absurda) de que lo más probable en el mundo actual es que nadie se encuentre nunca a la altura de sus propios sueños. De allí el polvo que se acumulaba sobre cada cosa que había utilizado y él no se molestaba en remover. La muerte llegaría un día, para poner fin a su vida que estaba desprovista de sentido, como indicaban los gestos rituales (levantarse de la cama al mediodía, aunque durmiera vestido, llegar a paso lento al almacén, beber un vasito de grappa, un vermouth, hablar de lo que se diera en el momento con otros parroquianos, comprar algo para almorzar, a veces allí mismo, por ejemplo salame, queso, pickles y pan, recibir la visita de algún cliente o hacer una llamada telefónica para cerrar el acuerdo de un remate); solo era cuestión de ocupar sin impacientarse, el tiempo desmedido que le restara, hasta que la muerte decidiera suministrar un desenlace carente de drama, a la interminable serie de desencuentros que acumulaba su vida.



Lastima, bandoneón, mi corazón / tu ronca maldición maleva. / Tu lágrima de ron me lleva / hasta el hondo bajo fondo / donde el barro se subleva. / ¡Ya sé, no me digás! ¡Tenés razón! / La vida es una herida absurda, / y es todo tan fugaz / que es una curda, ¡nada más! / mi confesión. (Aníbal Troilo y Cátulo Castillo: La última curda)
 

sábado, 25 de diciembre de 2010

Mundos paralelos: mis abuelos, mis padres y yo


Uno habla de sí mismo, no por satisfacción de ser quien es, sino por desconcierto, cuando trata de averiguarlo. Mis abuelos maternos llevaron en América la misma existencia precaria que habían sufrido durante siglos sus antepasados en la vieja Europa. Ellos venían del campo, eran agricultores, dependían de los ciclos incontrolables de la lluvia, la sequía, el calor, las heladas, la salud y la enfermedad. Generación tras generación, habían respetado los ritos de los cuales dependen la siembra, la cosecha y la fertilidad de los animales domésticos.
Al comparar a mis abuelos maternos con los paternos, advierto algo en común: cada pareja estaba formada por quienes habían nacido en distintos países. Ellos no hablaban la misma lengua (esa dificultad de comunicación que reaparece en los sainetes criollos de Armando Discepolo, Nemesio Trejo o Alberto Novión). Mis abuelos nunca hubieran tenido la oportunidad de conocerse, de no haberse decidido a emigrar en busca de mejores condiciones de vida.
Ignoro las circunstancias de su encuentro, pero sé que engendraron numerosos hijos y trataron de afincarse en un territorio inmensamente fértil y apenas poblado, hasta poco antes en poder de los indígenas, que les ofrecía la posibilidad de cultivar una parcela suficiente para alimentar a una familia hacendosa, pero no para permitirles que progresaran.
La casa que ocupaban mis abuelos maternos era chica para cobijar a tantos niños: una decena sobrevivió, pero es probable que fueran más. En un corral, criaban algunas gallinas. En otro, un único cerdo que faenaban en otoño, para alimentarse con sus conservas durante el resto del invierno. No creo que tuvieran una vaca que les diera leche, porque una vaca exige demasiado terreno alimentarse, y mis abuelos disponían de una superficie escasa, que dedicaban al cultivo de hortalizas, tubérculos y frutas.
Me hubiera gustado que tuvieran un caballo y un sulky (carruaje liviano de dos ruedas) en esa época en la que todavía no circulaban demasiados automóviles, para facilitar el desplazamiento de mis abuelos, por ejemplo, cuando mi abuela paría un hijo tras otro, pero lo más probable es que caminaran hasta el pueblo, cuando se trataba de hacer algún trámite, y que mi abuela pariera en su propia cama, ayudada por alguna de las vecinas o las hijas mayores.
La escuela quedaba lejos de todo y era un lujo para los hijos que no estaban ocupados en mantener la producción de la chacra. Si alguien les escribía una carta, no había cartero que se aventurara tan lejos, por lo que la correspondencia dirigida a ellos quedaba depositada en el comercio más próximo, adonde ellos acudían en busca de comestibles.
Toda la vida del grupo familiar se organizaba en torno al pequeño territorio de la chacra. No estoy seguro de que tuvieran electricidad, y en tal caso se iluminarían en las noches con débiles lámparas de kerosene. Si la electricidad hubiera llegado a ese lugar, la radio pudo ser su contacto más directo con el resto del mundo: ellos se habrían enterado por las emisiones radiales de las guerras mundiales, de las crisis económicas, de las canciones de moda, pero incluso en tal caso, el contacto con el resto del mundo hubiera sido unilateral, porque la posibilidad del diálogo que suministra el teléfono, todavía les resultaba desconocido.
Mis abuelos maternos vivían (también murieron) muy lejos de comodidades que para mí son imprescindibles en la actualidad, limitados a una visión del mundo que me cuesta reconstruir. Al evocarlos, no pretendo demostrar los cambios que ha sufrido la sociedad en poco más de un siglo, sino confesar la extrañeza ante la pluralidad de experiencias que revelan esos cambios.
Mis abuelos paternos vivían en el perímetro de San Pedro. Él era más de veinte años mayor que ella, y antes de casarse había juntado suficiente dinero en su comercio, como para viajar dos veces a Europa y visitar las grandes ferias mundiales de la época. Allá adquiría pinturas mitológicas cuyo significado es probable que no conociera, juntaba enciclopedias y libros de Historia ilustrados, que años más tarde terminaron arrumbándose en un cobertizo, junto a la pieza de la empleada, porque nadie los apreciaba, mandaba a sus dos hijos varones a estudiar en el viejo Colegio de San Carlos, internados, lejos de San Pedro, como parte de un proceso que hubiera debido culminar con ambos convertidos en profesionales universitarios.
Ningún proyecto de mi abuelo pudo estar más descaminado. Mi padre detestaba que lo obligaran a estudiar violín y en lugar de plantearlo de ese modo, en el taller del colegio se las compuso para dañarse un dedo por el resto de su vida.
Luego, a los dieciocho, mi abuelo le entregó las llaves de un auto que mi padre chocó, ignoro si alcoholizado o no. En lugar de informarlo, se metió en cama, a la espera de no imagino qué milagro capaz de librarlo de la inevitable reprimenda de mi abuelo, porque tenía una costilla rota.
La idea de que sus hijos varones se limitaran a ser comerciantes como él, nunca satisfizo demasiado a mi abuelo, pero al fin y al cabo eso era todo lo que cabía esperar de ellos, por lo que diez años antes de morir, se apresuró a repartirles una herencia que no se habían ganado.
Mi abuelo paterno era un hombre bien informado, menos por los estudios formales que nunca tuvo, que por la decisión de mantenerse actualizado. Cuando tenía setenta años cambió de oficio, dejó el comercio que había atendido desde la infancia a un sobrino político, y luego a mi padre, el mayor de los hijos varones, se mudó con el resto de la familia a una ciudad más grande, Mar del Plata, en la que supuso que sus hijas tendrían mejores oportunidades de hallar marido, instaló un hotel con el nombre de su comarca y aprendió a tocar el piano sin ayuda de nadie. Era un hombre a quien la gente recordaba como alguien decidido, rara vez amable, pero de todos modos digno de admiración, que se hizo a sí mismo y marcó la existencia de quienes lo rodeaban.
Escribo este blog, que a pesar de los límites que plantea su temario, tiene lectores en cuatro continentes, desde un país que no es aquel donde nací, en un rincón de una gran ciudad, lo más lejos posible del tráfago de las calles que transito casi todos los días. Aunque es una zona residencial, cuando me asomo a una ventana de mi oficina, enfrento las ventanas de algunos vecinos, a quince metros de distancia. Por las noches (aunque apague las luces) el resplandor del cielo me recuerda que continúo en medio de un denso asentamiento humano. Si bien puedo prescindir de mis visitas a las bibliotecas o archivos públicos que necesito para efectuar mi trabajo, no porque haya acumulado una enorme colección de documentos, sino por disponer de acceso telefónico a un par de buscadores de Internet y varios corresponsales distribuidos en distintos países, que me suministran los datos que requiere la elaboración de mis propios textos. Conozco (de manera insuficiente) varias lenguas modernas que me permiten acceder a la producción intelectual de otras culturas y épocas. Recibo llamadas telefónicas que anulan las distancias que me separan de mis interlocutores. Enciendo el televisor y recibo decenas de señales a través de un satélite que orbita a suficiente distancia de la Tierra, como para conectarla en su totalidad y convertirme en testigo de los dramas que ocurren en cualquier rincón del planeta, según se anuncia, en vivo y en directo.
No sé si mi vida ha sido más fácil o más difícil que la de mis antepasados, pero me consta que es otra. Pude estudiar y enseñar, viajé, residí en varios países, he conocido a gente que proviene de culturas distintas de la mía, por lo que aprendí a tolerar y en muchos casos disfrutar las diferencias que se definen entre nosotros, leo libros y los publico, miro programas de televisión y a veces los produzco.
Mis territorios son otros, evidentemente más complejos y sobre todo más inestables que aquellos ocupados por mis abuelos y mis padres, para no nombrar nada más que aquellos a quienes conocí y con quienes puedo comparar mis experiencias.
Lo que ocurre en el interior de este territorio, a veces me abruma, porque no consigo entenderlo de manera satisfactoria, ni mucho menos controlarlo. Cuando trato de imaginar la existencia tediosa y modesta que sobrellevaron mis abuelos a comienzos del siglo XX, la tarea se revela superior a mi imaginación, como les resultaría a ellos entender mi existencia actual (si por un milagro resucitaran). Tres o cuatro generaciones han cambiado la faz del mundo y no dejan de hacerlo a cada rato, no siempre para volverlo más amable.

viernes, 19 de noviembre de 2010

La casa-fortaleza de mi abuelo

Hoy mi casa natal, en Chivilcoy y Libertad
Mi abuelo paterno era español, viejísimo, totalmente calvo, callado, bastante sordo, a pesar de lo cual tocaba el piano, sin haber estudiado música, con más decisión que arte. Debió nacer en lo alto de una serranía del país vasco, un territorio hermoso pero insuficiente para mantener a sus pobladores, que se dedicaban a la agricultura y veían como una amenaza contra sus costumbres centenarias (los fueros medievales) las leyes modernas impuestas por Napoleón a comienzos del siglo XIX, que los obligaban a repartir su escaso patrimonio por igual entre todos sus hijos.
En algún momento me dijeron (ya no recuerdo quién) que la aldea natal de mi abuelo estaba cerca de Roncesvalles, en los Pirineos, el sitio donde en 778 se habría librado el enfrentamiento con los musulmanes que recuerda El Cantar de Roldán. Al buscar información sobre esos parajes, descubro imágenes de conventos medievales y grandes casonas blancas, con aristas de piedra al descubierto, que albergaban al ganado en la planta baja, y una extensa familia en los pisos superiores. De ese mundo arcaico, mi abuelo fue expulsado en la niñez, con el objeto de que cruzara el Atlántico y no estorbara en la sucesión de la familia, que debía favorecer al hermano mayor (el primogénito) y excluir al resto.
Una vez que mi abuelo llegó al país sudamericano donde iba a pasar el resto de su vida, cuando se instaló en la periferia de un pueblo del interior de Argentina, él o su tío Manuel Altolaguirre eligieron a comienzos del último cuarto del siglo XIX, a constructores nacidos en el sur de Italia, para que alzaran el local del comercio y la casa adjunta, en la que debería crecer paralelamente su capital y su familia.
Decenas de maestros de obra y albañiles, inmigrantes como mi abuelo, se habían afincado en San Pedro y dejaron su huella en los edificios del centro del pueblo, con sus patios embaldosados, las galerías que los rodeaban y las filas de habitaciones construidas bajo su protección, siguiendo un modelo milenario que se encontraba vigente en las viviendas del Imperio Romano. Un edificio muy parecido al de mi abuelo, aparece en las viejas fotografías del Zanjón de Mora, a pocas cuadras de la iglesia de Nuestra Señora del Socorro.
Esos operarios decidieron con toda seguridad la ornamentación de la casa de mi abuelo: los arcos románicos resguardados con rejas que imitaban los rayos del sol, que coronaban las grandes puertas y ventanas de la fachada, el encasetonado decorativo de los muros exteriores, que sugería bloques de piedra, en la ochava la cabeza de un león sosteniendo una serpiente en las fauces, las cornisas y balaustres que coronaban el edificio y se fueron extraviando con el tiempo.
Los muros de la casa de mi abuelo tenían más de cincuenta centímetros de espesor. Cuando yo era chico, esos ladrillos no se fabricaban más, y en las construcciones de barrio habían sido reemplazados por otros que eran la mitad de su tamaño. Todo era desmedido en el edificio original. Los techos tenían más de cinco metros de alto. Las puertas estaban forradas de chapa metálica y las ventanas se encontraban protegidas por fuertes rejas de hierro y persianas de madera por el exterior, celosías metálicas hacia el patio. Era una casa-fortaleza, que se hubiera podido defender de cualquier ataque de indios o matreros, cuando ellos constituían una amenaza y no eran vistos como los perdedores de la Guerra del Desierto.
Trampa de osos
En el interior de la casa de mi abuelo, había un gran tanque elevado siete u ocho metros sobre el suelo, que aseguraba la provisión de agua durante más de una semana. Las bodegas guardaban todo tipo de alimentos y combustible. Desde la terraza que cubría la parte principal del edificio, hubiera sido fácil disparar con un anticuado trabuco naranjero, contra los agresores de a pie o a caballo, a través de los balaustres decorativos, pero también defensivos. En un rincón del corral había (abandonadas quién sabe desde cuándo, por el óxido que las corroía) dos trampas para osos que mi abuelo importó de Europa. Osos no había en San Pedro, cuando mi abuelo vivía en la casa y dudo que los hubiera antes, pero lo más probable es que mi abuelo planeara defenderse de asaltantes humanos, que de atreverse a poner un pie en alguna de ellas, no tardaría en encontrar una de sus pantorrillas perforadas por puntas de hierro de tres pulgadas de largo, que lo desangrarían, si no lo dejaban lisiado. Así era él, generoso cuando estaba convencido de que eso era lo correcto, pero en nungú caso incauto.
Mi abuelo controlaba sus dominios con decisión y supongo que sin oponentes, porque en el barrio se lo recordaba muchos años después de que se hubiera marchado, como un hombre fuerte y justo, con quien no se discutía ni permitía bromas. Debajo de la caja registradora, fuera de la vista de la clientela de su almacén, pero en un lugar bien conocido por las anécdotas que se contaban, mi abuelo guardaba un garrote que debe haber esgrimido más de una vez, cuando un borracho lo importunaba.

Home is so sad. It stays as it was left / Shaped to the confort of the last to go / As if to win them back. Instead, bereft / Of anyone to please, it withers so, / Having no heart to put the deft. (Philip Larkin: Home is so sad)

viernes, 12 de noviembre de 2010

Arqueología personal


Cada uno nace donde el azar o Dios (de acuerdo a sus convicciones) decidieron que naciera. Nadie suele preguntarse demasiado sobre las circunstancias que rodearon ese evento, fundamental para el observador y poco relevante para el resto de la humanidad. Yo nací con toda probabilidad en la misma cama de metal esmaltado, para que simulara madera, en la que fui engendrado, el mueble más moderno de esa casa donde había altas sillas Reina Ana, con patas de garra de león en el comedor, estrechos silloncitos Biedermeier en los que nadie se sentaba nunca, enormes roperos victorianos donde hubiera podido ocultarse un asesino o dos, como alguna vez nos intimidaron.
La mayor parte de esos artefactos había sido dejado atrás por los anteriores ocupantes de la casa: mi abuelo, posteriormente su cuñado, hasta que finalmente se convirtieron en los objetos de mis padres y nuestros, a lo largo de un proceso de acumulación que rara vez enfrentaba la decisión de desechar nada.
La cocina de hierro podía tener más de medio siglo de antigüedad y estaba en perfectas condiciones, con su gran plancha en la que se podía asarse la carne, el horno donde calentábamos naranjas con miel en invierno y el hornillo que periódicamente alimentábamos con maderas o trozos de carbón y lográbamos mantener durante las jornadas frías una temperatura cálida en ese ambiente. Por lo tanto, allí se comía, allí se hacían las tareas escolares, allí se escuchaba radio, allí se secaba ropa, se tejía o remendaba, se jugaba a la Lotería o las damas chinas, alrededor de una gran mesa, no muy lejos del fuego. Todas las casas de la vecindad tenían una cocina similar. Eran pesadas, indestructibles y cuando se las comenzó a sustituir (en nombre de la modernidad) por malolientes cocinas a kerosene, que solo se encendían para calentar alimentos, las relaciones de la familia cambiaron.
Recuerdo los mosquiteros de tul amarillento, guardados en cajas de cartón, sobre los roperos, que se desempolvaban durante los veranos húmedos de San Pedro, estructuras engorrosas de instalar, que alguna vez se utilizaron para proteger las camas de niños y adultos del tormento de los mosquitos, que llegaban de la laguna cuatro meses por año. Tenían la desventaja de impedir la circulación del aire en esas noches de verano en las que nadie conseguía pegar los ojos. En algún momento aparecieron las espirales de piretro, que se quemaban lentamente, durante las ocho horas de oscuridad y dejaban una huella de cenizas grises que copiaban la forma que habían tenido.
Los pisos eran de baldosas de cerámica roja, que mi madre, temiendo resbalones, nunca aceptó encerar, como hacían nuestras vecinas, Sofía B. o las hermanas F. que obligaban a los visitantes a calzar patines de tela, para no dejar huellas en la pulida superficie. Las paredes conservaron hasta cerca de la mitad del siglo XX, la complicada pintura mediante estarcido en varios colores, que debió estar de moda cuatro o cinco décadas antes y mi padre decidió modernizar, cubriéndolas de un aburrido color verde Nilo. Los techos, de cinco metros de alto, tenían cielorrasos de arpillera pintados con tiza, que soportaban el paso de los ratones y a veces también el de los gatos que subíamos para eliminar a los roedores.
En mis sueños, la casa tenía pasadizos secretos, altillos inexplorados, escaleras empinadas, que en la realidad no existían. No obstante, la esquina del almacén de Ramos Generales planteaba enigmas. El sótano no era muy grande y estaba debajo del Despacho de Bebidas. Se bajaba por una puerta trampa que debía abrirse con precauciones, porque estaba en un rincón oscuro y sin señalización de ningún tipo. Al bajar, uno quedaba envuelto en los vapores de los grandes toneles de vino que allí se guardaban. Era un mundo mal iluminado, húmedo, perfumado, con desniveles, clausurado por las telarañas. Me hubiera gustado que continuara en cualquier dirección, como se decía del túnel del convento frente a la iglesia de Nuestra Señora del Socorro, para brindar las sorpresas que no encontraba en la vida cotidiana.
Ciertas zonas del almacén, las partes altas de la estantería o los grandes cajones de la parte inferior, revelaban a veces lo inesperado. En un cajón repleto de viejas mechas para lámparas de kerosene, que habían dejado de usarse en el barrio un par de generaciones antes, descubrí hermosos mecheros de bronce, inútiles para cualquiera que no fuera un coleccionista de lámparas de kerosene. En otro escondite aparecieron balas polvorientas y puntiagudas, que me dediqué a desarmar con un cortaplumas, para averiguar cómo eran por dentro. Un gran dispensador de sogas de distinto calibre, utilizadas en el pasado para elevar de los pozos los baldes llenos de agua, servía como separador del local de Ramos Generales del Despacho de Bebidas. En el fondo de la vitrina de la papelería, hallé pliegos de papel tornasolado, como el que se empleaba para el interior de las tapas de los grandes libros y no servía para forrar cuadernos escolares. El almacén era inagotable. En el patio quedaban, oxidándose lentamente, las rejas de hierro forjado que mi padre o mi abuelo habían eliminado en alguna remodelación, junto a los restos de un auto que mi padre chocó antes de alcanzar la mayoría de edad. Veinte años después de haberse marchado, las huellas de mi abuelo estaban presentes en objetos que mis padres no utilizaban y hasta parecían no percibir.
La variedad de olores que brindaba el local era asombrosa. Estaba el perfume a desinfectante que emanaba de las pastillas de jabón Salvavidas y el de romero que provenía del jabón Lux de tocador, el lacre que se encendía con un fósforo y permitía sellar las cartas, el del tabaco rubio y el tabaco negro, el olor denso de las piezas de bacalao seco y la panceta ahumada que se conservaba en un cajón lleno de sal gruesa, el torbellinos de aromas provenientes de la fiambrera, donde se guardaban los quesos de rallar, los mantecosos, las piernas de jamón crudo, los salames y mortadelas que olían a comino y clavo de olor, los toneles de vino que perfumaban el sótano, el olor pungente del carbón, del alcohol de quemar, del café que se guardaba en grano y se molía delante del cliente, el aroma a vainilla de las latas de galletitas Bagley, de los paquetes de yerba mate, de las latas de té. Durante décadas, la memoria atesora esos datos en los que apenas se piensa, que parecen no tener ninguna importancia y de todos modos no se borran.
Las casas de mis vecinos deparaban otros misterios. Los Boccardo, por ejemplo, disponían los roperos en diagonal, en una esquina de los dormitorios, y detrás de esos grandes artefactos guardaban cosas que podían no ser tan extrañas (revistas viejas, escupideras enlozadas) pero no podían ser vistas de inmediato, y al ser descubiertas por un chico adquirían el aura de lo oculto. En esa casa, las lámparas de flecos de mostacilla eran de otra época, como las tazas de loza inglesa pintada o el hule que cubría la mesa de la cocina. Todo estaba allí desde mucho tiempo antes, perfectamente conservado, cada cosa poseía una Historia (o varias) que podía conocerse apenas uno efectuaba preguntas en el momento oportuno, a la persona adecuada.