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lunes, 17 de diciembre de 2018

¡Mirá cómo me ponés!


La frase atribuida a un acusado de abusos y violaciones de mujeres jóvenes, circuló en la prensa argentina de fines del 2018, reportada por al menos dos de sus probables víctimas, que la habrían oído en diferentes ocasiones. Después de que esto toma estado público, porque se encuentran implicados actores famosos, no falta la respuesta de sectores feministas que pasan a identificarse con la frase “Mirá cómo nos ponemos”, para aludir a la organización y denuncia de quienes han sido agredidas o se solidarizan con ellas. 

Son mujeres que dejan de aceptar con vergüenza la experiencia de haber sido sometidas a humillaciones sexuales, en la confianza masculina de que todas ellas preferirían no mencionar esa circunstancia tan penosa, aunque no lograran olvidarla, para no verse degradadas y hasta responsabilizadas por la opinión pública de aquello que sufrieron.
¿Qué habrían hecho las víctimas de abusos y violaciones para merecer ese trato? En su búsqueda de algún justificativo para lo que a todas luces resulta injustificable, la opinión desinformada (prejuiciosa) desanda imaginariamente la genealogía de la agresión. Hubo algo, debió haber algo antes, que no es la ideología machista dominante en la sociedad, que no necesita referirse al contexto patriarcal donde todo ocurrió. Ese algo, entonces, proviene (debe provenir) de la mujer agredida. Ella fue, como Eva en la Biblia, la tentadora, la causante del desastre que involucró a toda la humanidad. También fue su víctima, eso no se niega, pero de no haber existido ella, en las condiciones en que ella decidió manifestarse, el agresor no hubiera sido tentado, lo injustificable no hubiera ocurrido.

De acuerdo a la perspectiva machista, la mujer se exhibía más allá de lo prudente, por ejemplo. Ella provocaba y recibió su merecido, por lo que no debería quejarse. Su cuerpo, origen de tantas fantasías masculinas de posesión, era dejado parcialmente al descubierto, por ropas que permitían atisbar lo que ocultaban. O sus movimientos, al desplazarse por lugares públicos, en actividades cotidianas, alimentaban la imaginación de otras actividades (sexuales) en lugares privados. O sus palabras más inocentes y convencionales, sugerían segundas y terceras intenciones en las que se prometían disfrutes inauditos al hombre que las oyera. Cualquier cosa puede ser vista, oída, sentida por aquel que se encuentra en un estado de sobreexcitación constante, como una invitación perentoria a saltar los límites que plantea el trato civilizado y agredir a la mujer que tiene delante.


Inútil es argumentar es que una mujer pudorosa, cubierta de los pies a la cabeza con ropas sueltas, resguardada en su casa con siete llaves de la vecindad de varones que no sean consanguíneos, como sucede en algunos países islámicos, no aplaca la tentación de abusar en aquellos que se sienten con ganas de intentarlo, dado que después de todo, las sanciones suelen caer sobre las víctimas.

¿Por qué no hacerlo, si otros hombres harían lo mismo, de estar en las mismas circunstancias o si tuvieran agallas para afrontar las consecuencias? Los cuentos de varones que abusan de las mujeres (atractivas o feas, lejanas o cercanas, da lo mismo) demostrando que ellos tienen las hormonas activas y ejercen su poder ancestral, incluso en tiempos revueltos como los actuales, donde las hembras osan mostrar su independencia, suelen ser celebrados como chistes por quienes los cuentan o los oyen. Son hazañas, magnificadas por el narrador, no confesiones, ni en ningún caso arrepentimientos.
Don Juan, en la ópera de Mozart, se revela como un personaje notable por la cantidad de mujeres que ha seducido. Leporello, su sirviente, lleva la contabilidad en una libreta, país por país. Han sido 640 en Italia, 231en Alemania, 100 en Francia, 91 en Turquía, 1003 en España. Desde la perspectiva de un gran macho, importa el número de quienes fueron penetradas por él, no la identidad ni otros detalles fastidiosos (como el afecto, las enfermedades venéreas o los embarazos consecuencias de estas relaciones). Poseer a las mujeres, marcarlas con el semen, tal como tantos animales marcan con la orina su territorio, en la esperanza de que nadie más se atreva a disputarlo: esa parece ser la estrategia de alguien que califica como héroe de su género.
 “¡Mirá cómo me pones!” ¿Por qué impresionan tanto esas pocas palabras, que no requieren ningún talento literario para ser combinadas, ningún talento escénico para ser proferidas? En primer lugar, porque invierten la situación en la que objetivamente se encuentran involucrados los personajes: el agresor se presenta como la víctima de la actividad seductora de aquella a quien está agrediendo de hecho. 
Al exhibir su excitación sexual, como prueba del efecto (placentero y no obstante incómodo) que dice sufrir, está intimidando a la otra parte. ¿Cómo reaccionará ella? ¿Conseguirá intimidarla o sumirla en pánico? Desnudándose o tan solo refiriéndose abiertamente a su sexualidad, el hombre demuestra el poder que posee y no dudará en utilizar. Se ha instalado al margen de las normas de urbanidad, que prohíben exhibir los genitales fuera de una intimidad consentida entre personas de parecida edad y condición social.
 En segundo lugar, el agresor se muestra también como la primera víctima de sus propios impulsos, que le traerán problemas y él no es el último en reconocer. Las hormonas despertadas por la cercanía de la mujer lo han desestabilizado emocionalmente, lo han descontrolado al punto de entregarse a una actividad que la opinión pública repudia. Él se presenta como una persona estabilizada, respetuosa de las normas sociales (no es improbable que sea un padre de familia), y ahora, por culpa de ella, se descubre incapaz de poner freno a un cuerpo que ha dejado de pertenecerle, que le impone sus demandas imposibles de ignorar.

Por eso tendría que abusar, para calmarse después de haberse salido con la suya, para recuperar el dominio sobre su cuerpo (aunque la frase de un acusado, que alardea de haber pasado la noche excitado, tras cometer la violación, sugiere precisamente lo contrario). La memoria del abuso, lejos de prometer que no habrá reincidencia, la naturaliza, la anuncia como proyecto futuro, la estimula en otros. El abuso vivido abre la alternativa de disfrutar la narración del abuso ante una audiencia masculina cómplice, de adornarlo con descalificativos a la víctima y endiosamiento del victimario.
TARTUFO: ¡Cúbrete el seno, que yo no pueda verlo! Las almas caen heridas con semejantes visiones, que excitan pensamientos pecaminosos. (Moliére: Tartufo)

sábado, 26 de agosto de 2017

Sufrir o gozar la vida (I): Esperanzas y temores del siglo XX


Bomba Atómica de Hiroshima
El nihilismo estaba de moda en el siglo XX, entre aquellos que se consideraban inteligentes, probablemente para diferenciarse de una mayoría menos pensante, que sobrevivía sumida en la resignación y el optimismo. La crítica del sistema dominante se alimentaba de una sombría esperanza, a medida que transcurriera el tiempo; todo parecía condenado a ir de mal en peor. Los fantasmas del fin del mundo eran cada vez más contundentes, y denunciarlos de mil modos, tanto en las conversaciones triviales, como en el arte y la filosofía, era una misión que la Historia le había conferido a unos pocos iluminados.

¿Pero no ves, gilito embanderado / que la razón la tiene el de más guita? /  ¿Que la honradez la venden al contado / y la moral la dan por moneditas? / ¿Qué no hay ninguna verdad que se resista / frente a dos pesos moneda nacional? (Enrique Santos Discépolo: ¿Qué vachaché?)

Enrique Santos Discepolo
Haber nacido poco antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial, me aseguró un lugar privilegiado para observar (y participar, me gustara o no) en tales cambios de mentalidades, con sus esperanzas  desmedidas y sus decepciones generalizadas, que hoy todavía me pregunto cómo logré sobrevivir.
Mis padres me engendraron bajo la amenaza de la crisis económica internacional de los años `30. Crecí en la posguerra marcada por la inminencia de un enfrentamiento nuclear que prometía poner fin a la vida sobre el planeta. Llegué a la edad adulta, justo a tiempo para experimentar la eclosión de los intentos de liberación del Tercer Mundo, el feminismo, la píldora anticonceptiva, el VIH, la robotización del trabajo… La Historia no termina allí, pero la mera enunciación de eventos notables que presencié se vuelve abrumadora.
El siglo XX fue calificado como un Cambalache por el tango de Enrique Santos Discepolo, y el diagnóstico llegó muy pronto (1932) durante la etapa de transición entre la memoria cada vez más distante de los horrores de la Primera Guerra Mundial y el inicio de proceso que conduciría a los inimaginables horrores de la Segunda Guerra Mundial, mientras Argentina experimentaba las varias modalidades del fraude institucionalizado, que definieron a la llamada Década Infame.
La crisis generalizada de valores que describe Cambalache, podía reconocerse en una pluralidad de situaciones de la vida pública y privada. No había trabajo. El crimen organizado se revelaba impune. Los derechos políticos se encontraban conculcados. La gente aceptaba la visión tenebrosa del tango y las autoridades percibían ese acuerdo incómodo, por lo que no dudaban en censurar la letra de esas canciones en la radio y obligaban a utilizar un léxico que ignorara el lunfardo, probablemente en la esperanza de que al faltar la expresión de la crisis, la crisis dejara de existir.
¿Cómo caracterizar la realidad de hoy, casi un siglo después? Que más de dieciocho millones de personas, en un país de cuarenta millones de habitantes, dependa para subsistir de los planes sociales subsidiados por el Estado, que más de un tercio de la población se encuentre por debajo del nivel de pobreza, no son las evidencias más tranquilizadoras respecto de la sociedad argentina.
Vladimir Jankelevitch

El porvenir es ambiguo, en primer lugar porque es a la vez cierto e incierto. Lo cierto es que el futuro será, que advendrá un porvenir, pero cuál será es algo que queda envuelto en las brumas de la incertidumbre. De todos modos, el Aún-no, con el tiempo, será un Ahora; de todos modos, el porvenir será presente y será un Hoy, estemos o no ahí para verlo. (Vladimir Jankelevitch: La aventura, el aburrimiento, lo serio)

Me tocó crecer durante la segunda posguerra del siglo XX, una época de renovadas esperanzas y todavía mayores temores. El futuro que nos anunciaban, después del fin de una guerra que había dejado millones de víctimas en casi todo el planeta y sembrado la destrucción por donde pasaba, tenía que ser mejor, menos cruel, más constructivo, aunque solo fuera porque costaba imaginarlo igual a lo que acababa de concluir o incluso peor. Se lo suponía un mundo menos serio, distante de la solemnidad del discurso político, como anunciaban el boogie-woogie y el mambo, dos bailes que no pretendían ser tan serios como el tango, ni tan elegantes como el fox-trot. El scatting del jazz de Ella Fitzgerald, Sarah Vaughan o Cab Calloway, prescindía de las palabras reconocibles y utilizaba tan solo sílabas sin sentido para dar forma al ritmo bailable. Ningún contenido que no fuera el ritmo apto para moverse en compañía. Trivialidad, pasatiempo, disfrute de estar con otra persona. ¿Para qué buscar más?
Pesticidas
Expectativas razonables sobre lo que ocurriría durante una paz que se confiaba duradera, podían ser compartidas por grandes sectores de la población, sin importar la edad, el género o la condición social. Los regímenes totalitarios de Alemania, Italia y Japón habían sido vencidos definitivamente por la democracia. Nazismo y Fascismo no regresarían, puesto que sus inspiradores habían muerto. La penicilina llegaba para liquidar las infecciones que hasta entonces había sido difícil controlar. El DDT acabaría para siempre con las plagas de la agricultura, con lo que las hambrunas colectivas pasarían a ser cosa del pasado (¿cómo prever que quedaría incorporado a los alimentos que arruinan la salud humana?).
Contaminación oceánica
Los plásticos reemplazarían a la loza y el vidrio en la vajilla doméstica (nadie podía imaginar que setenta años más tarde, los desechos plásticos pulverizado, contaminaran en dos grandes áreas el Océano Pacífico, poniendo en peligro la vida submarina). Las medias de nylon de las mujeres ya no tendrían molestas corridas. Todo el mundo tendría un auto (aunque le costara pagarlo y se viera obligado a vivir cada vez más lejos de su empleo, por lo que necesitaría dedicarle cada vez más tiempo a viajar por carreteras atestadas) generando gases dañinos).
Congestión de tránsito
No conviene descuidar el enorme poder de una sociedad satisfecha pero aburrida, que no se resigna a subsistir con los recursos que le fueron asignados, y se dedica a buscar (no importa dónde) más diversión de la que había imaginado en épocas de crisis. Puesto que la imagen de una revuelta que trastorne los ejes de la sociedad, tras los excesos del estalinismo, causa un temor que paraliza a muchos, les ofrece una barrera que consideran indeseable de franquear. Tal vez los participantes de ese colectivo carezcan de proyectos comunes, tal vez disipen sus energías en actividades que objetivamente se revelan inútiles o incluso autodestructivas, a pesar de que las encaren con tal dedicación, que al menos en esos momentos en que las disfrutan, parecen estar coordinados.
El sexo es uno de esos ámbitos. Habitualmente se lo disfruta en privado, en compañía de parejas estables o eventuales, porque revela demasiado sobre aquel que se expone a compartirlo. La vida en sociedad exige la adopción de máscaras respetables, convencionales, que el sexo derriba. El sexo puede ser temido por muchos y sin embargo promete disfrutes difíciles de resistir para el común de la gente. Pocos son aquellos que intentan desoír su llamado y todavía son menos quienes consiguen dejarlo de lado.

Prácticamente no existe ninguna otra actividad o empresa que se inicie con tan tremendas esperanzas y expectativas, y que no obstante, fracase tan a menudo como el amor. (Erich Fromm: El Arte de Amar)

Fiebre de los teléfonos celulares
Durante la primera mitad del siglo XX, probablemente por influencia de las dos guerras mundiales y las grandes crisis económicas, no se consideraba correcto abandonarse a ningún disfrute. A los niños se nos pregonaba desde muy temprano la moderación en todos los aspectos. No debíamos comer demasiado, ni pedir regalos imposibles a los Reyes Magos, ni sobresalir en una reunión de adultos. Tampoco estaba permitido no comer lo que se nos presentaba, ni revelar que no nos gustaban los regalos, ni quedarnos callados cuando los adultos esperaban que nos luciéramos con recitados u otras habilidades.
Aurea mediocritas es la locución latina que expresa ese ideal de medianía, de discreción, de contención, que hoy parece referirse a otro universo, paralelo y desconectado del actual, donde el exceso es la norma y hasta se lo celebra. Los nuevos héroes de la modernidad, los millonarios músicos de rock, se drogan en público, se desnudan en el curso de sus shows, destruyen instrumentos, insultan a sus admiradores, cuando lo deseable, medio siglo antes, era que fueran un modelo de elegancia, hicieran música, halagaran a quienes pagaron por ver su desempeño. Durante la sicodelia de los años `60 y `70 se revivió la enigmática frase de William Blake que probablemente se refería a otras situaciones: “El camino del exceso conduce al palacio de la sabiduría”.
Sifones
La presencia del sifón de soda aseguraba en las mesas argentinas la moderación en el consumo de alcohol que se pregonaba desde el mundo antiguo. Un vaso de vino era en realidad un vaso de agua con vino (y burbujas, para darle un carácter menos trivial a la bebida). El abandono al vino bebido sin atenuantes, con el propósito de embriagarse y perder el contacto con la realidad, era mal considerado por la gente.
El ebrio era un vicioso, a veces un participante incómodo de las reuniones sociales, no un enfermo que debiera compadecerse o someterse a un tratamiento desintoxicante. La copa del olvido (de los compromisos familiares y buena educación) era eludida mediante la incorporación del sifón al consumo de la bebida alcohólica, relegada a la categoría de inocente refresco.
Había que disfrutar moderadamente los placeres de la vida, casi como si hubiera que disculparse de intentarlo, cuando había tantas cosas más urgentes. Si no quedaba otra alternativa que sufrir, se esperaba que se contuvieran las efusiones de dolor mientras resultara posible. Una cultura de la contención permitía que una existencia probablemente poco placentera, se volviera sin embargo tolerable.

sábado, 15 de julio de 2017

Cultura enferma del siglo XX (I): Dios en retirada



Bernard de Mandeville
Para que la sociedad sea feliz y la gente se sienta cómoda bajo las peores circunstancias, es preciso que gran número de personas sean ignorantes, además de pobres. (Bernard de Mandeville)

Puede parecer cínica o inmoral la observación del ensayista de comienzos del siglo XVIII, según la cual el engañoso bienestar de las mayorías se encuentra asegurado por su incapacidad para percibir las verdaderas relaciones sociales en las que se encuentran involucradas.  Para el iluminismo del siglo XVIII, el conocimiento debía liberar a la sociedad de viejas ataduras que perjudicaban a la mayoría. De acuerdo a la modernidad, el conocimiento puede independizarse de las ataduras con la ética y el sentido común que planteaban los bien pensantes, para desarrollar sus ambiciosos proyectos atendiendo solo a sus propios intereses.
Experimento nazi con gemelos
Durante el siglo XX, al amparo del régimen nazi, el doctor Josef Mengele conducía experimentos científicos en los campos de concentración europeos donde había relegado a millones de indeseables judíos. Se había propuesto demostrar que se trataba de una raza inferior, corrompida y corruptora, que debía ser exterminada. ¿Por qué ponerlos a resguardo de manipulaciones que no hubiera sido lícito emplear con otros seres humanos?
Mengele utilizó en sus búsquedas, por ejemplo, 1500 pares de gemelos prisioneros (nada de emplear ratones o monos, como se quejan en la actualidad los activistas de los derechos de los animales). Experimentó con trasplantes de órganos, sin utilizar anestesia, ni preocuparse de temas como la compatibilidad. Comprobó la resistencia a la congelación de sus víctimas. Les infectó virus de la malaria o el tifus. Probó los efectos del gas mostaza. Inyectó toxinas para comprobar los efectos de las sulfamidas. Quemó con fósforo. De los involuntarios colaboradores de sus pretendidas búsquedas científicas, no sobrevivieron más de 2000. Los médicos japoneses realizaron experimentos similares con prisioneros norteamericanos por la misma época. La imagen impoluta de la ciencia fue manchada repetidamente por los científicos del siglo XX.

Franklin Delano Roosevelt
El elemento uranio puede convertirse en una nueva e importante fuente de energía en un futuro inmediato. (…) Se ha abierto la posibilidad de realizar una reacción nuclear en cadena. (…) Este fenómeno podría conducir a la fabricación de bombas y, aunque con menor certeza, es probable que con este procedimiento se pueda construir bombas de nuevo tipo y extremadamente potentes. (Albert Einstein: carta al Presidente Franklin Delano Roosevelt) 
Bomba de Hiroshima
La ciencia del siglo XX tiene para muchos su amenazante culminación en la explosión atómica de Hiroshima, en agosto de 1945, según se afirmó entonces, con el objeto de acortar el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial que había comenzado en 1939 y producido millones de bajas, forzando la rendición de Japón, aunque la de sus aliados, Alemania e Italia, se hubiera consumado casi tres meses antes.
Prolongadas y costosas búsquedas efectuadas por los cerebros más destacados de la época, condujeron a 150.000 víctimas mortales, entre aquellos que murieron en el momento de la explosión (70 a 80.000) y durante los cuatro meses siguientes, como consecuencia de la lluvia negra de polvo, carbón y partículas radioactivas. La cifra se duplica cuando se toman en cuenta las víctimas del cáncer generado por la radiación que se fueron acumulando con el paso del tiempo.
Portada de Crítica
Contrastando con la confianza inicial de Einstein, antes de que se pusiera a prueba el poder destructivo de la bomba atómica, Robert Oppenheimer, uno de los científicos que la construyó, no pudo evitar el desencanto respecto de sí mismo y sus compañeros intelectuales, que marcaría la época, al citar el Bhagavad Gita, un texto sagrado hindú del siglo III a.C.: “Me he convertido en la Muerte, Destructora de mundos”. 
Ninguna de las partes puede aspirar a la victoria en esa guerra [nuclear], existe un peligro muy real de exterminio de la raza humana por el polvo y la lluvia de las nubes radioactivas. Ni la gente común ni los gobiernos son totalmente conscientes del peligro. (Bertrand Russell: Una Declaración sobre armas nucleares)

La Segunda Guerra Mundial había terminado con la derrota de las naciones que la iniciaron,  pero a continuación la Humanidad viviría casi medio siglo con la espada de Damocles de una Tercera Guerra, que utilizaría armamento atómico, porque a los derrotados podía prohibírsele, pero los mismos aliados (entre ellos, la Unión Soviética) iban a dedicar ingentes esfuerzos a modernizar su equipamiento bélico, en un carrera cada vez más peligrosa para todo el planeta, con el objeto de impedir que las consecuencias de un desequilibrio nuclear los perjudicara. 
No nos sentimos muy cómodos en nuestra actual cultura, pero resulta muy difícil juzgar si -y en qué medida- los hombres de antaño eran más felices, (Sigmund Freud: El malestar en la Cultura)
Sigmund Freud
Aquello que desde el ensayo de Sigmund Freud denominó en 1930 “malestar en la cultura”, se había instalado en el imaginario colectivo de mediados del siglo XX, como algo fácil de percibir para cualquiera. Después de haber experimentado dos guerras mundiales de una crueldad inaudita, se decantaba la amenaza de una tercera y todavía más profunda que las anteriores, porque sería nuclear y prometía liquidar toda forma de vida inteligente sobre el planeta. ¿Cómo podía nadie sentirse cómodo en su rincón del mundo, confiado, seguro y hacer planes desinformados para el resto de su vida?  Lo más sensato en ese momento hubiera sido cavar un refugio subterráneo, acumular agua potable y víveres, en un intento de sobrevivir al invierno radioactivo que se nos anunciaba.
Danza Macabra medieval
Probablemente no hubiera servido de mucho tomar esas precauciones. En la eventualidad de una guerra nuclear en las antípodas del planeta, solo demoraría algunos días, o en el mejor de los casos algunas semanas, la muerte inevitable para el resto de la humanidad. La gente común caería pronto, pero los dirigentes que nos habían conducido a una situación como esa, tampoco tendrían mejor suerte. Era un regreso inesperado, tras el optimismo planteado por la modernidad, a las representaciones de la Danza Macabra del Medioevo, que a todos emparejaba (niños y viejos, ricos y pobres, santos y pecadores) cuando la Muerte entraba en escena y se los llevaba a todos.
El potencial destructivo de la Humanidad, anunciaban los portavoces de la Guerra Fría, podía desatarse en cualquier momento y no exageraban demasiado sus advertencias. Estuvo a punto de ocurrir varias veces, a lo largo de un par de generaciones. En tal caso, ¿para qué continuar tomando en cuenta los criterios provenientes del pasado, como la diferenciación entre lo culto y lo inculto, lo alto y lo bajo, lo bello y lo feo, que se habían demostrado absolutamente inútiles, cuando se acercaba el fin de los tiempos?
Eugene Ionesco
El absurdo contaminaba todo el horizonte mental de la época. El discurso rimbombante quedaba al descubierto como una apariencia vacía, no pocas veces ridícula, de la cual parecía más razonable reír que sentirse impresionado. En La Cantante Calva, la pieza teatral de Eugene Ionesco, los lugares comunes ocupan el lugar que tradicionalmente se otorgaba al diálogo revelador del mundo interior de los personajes. No hay atisbos de tal mundo interior. Si los personajes hablan en escena, es para dejar al descubierto que solo son personajes, criaturas artificiales, tal como los cuadrados blancos o negros de las pinturas Kasimir Malevitch refieren que son cuadrados blancos o negros, ningún simulacro de la realidad.
Señora Smith: ¡Vaya, son las nueve! Hemos comido sopa, pescado, papas con tocino y ensalada inglesa. Los niños han bebido agua inglesa. Hemos comido bien esta noche. Esto es porque vivimos en los suburbios de Londres y nos apellidamos Smith. (Eugene Ionesco: La Cantante Calva)

Samuel Beckett
En la obra de Ionesco, el lenguaje queda a salvo, aunque solo sea el repertorio de las frases hechas, que denuncian el ceremonial carente de sentido del discurso cotidiano. Los grandes dramaturgos del pasado habían tenido fe en las posibilidades de comunicación del lenguaje, habían demostrado la capacidad del lenguaje para construir mundos imaginarios resistentes al tiempo y el olvido. En el teatro de Samuel Beckett, incluso el collage de lenguaje cotidiano desaparece. No queda mucho por decir y después de algunos intentos, solo persiste un silencio aterrador, una inacción que coincide con el anunciado (y repetidamente postergado) fin de los tiempos.
Pensar en la Muerte colectiva, gratuita, incluso fortuita, no estaba fuera de lugar a mediados del siglo XX. En una época en la que se había debilitado tanto la fe en el otro mundo, la conciencia de la fragilidad del presente suscitaba la burla de no pocos intelectuales, después de haber suscitado el desconcierto de los creyentes (la pregunta de dónde estaba Dios mientras se verificaba la tragedia multitudinaria de Auschwitz y otros mataderos que no han cesado de operar, se encontraba fresca y no tenía respuesta). 
Nos entregaste como ovejas al matadero y nos dispersaste entre las naciones; vendiste a tu pueblo por nada (…). Nos expusiste a la burla de nuestros vecinos, a la risa y al escarnio de quienes nos rodean; hiciste proverbial nuestra desgracia y los pueblos nos hacen signos de sarcasmo. Mi oprobio está siempre ante mí y mi rostro se cubre de vergüenza, por los gritos de desprecio y los insultos, por el enemigo sediento de venganza. (Salmo 44)

Campo de Concentración nazi
Esto fue escrito hace más de tres mil años y continúa manteniendo su vigencia en la actualidad. Es la voz de un creyente que no entiende cómo es posible que su suerte (y la del pueblo de donde proviene) se encuentre sumida en un prolongado infortunio, cuyo fin no se atisba por ningún lado, a pesar de la promesa de protección establecida por su Señor a quienes lo siguieran. El apoyo sobrenatural que anunciaron los fundadores de su nación, no llega. Si el mundo en el que intenta sobrevivir manifiesta algún sentido, es precisamente el que le imponen sus opresores.
El creyente no puede entregarse a la lógica de quienes han dispuesto eliminarlo, pero al mismo tiempo se percibe desprovisto de su fe de antaño. Las palabras del Papa Benedicto XVI, cuando visitó el campo de concentración de Auschwitz en 2006, no suenan demasiado diferentes a las del desencantado autor del salmo bíblico y desembocan en una idea que el arte de mediados del siglo XX había puesto en práctica repetidas veces.

Benedicto XVI en Auschwitz
En un lugar como éste [un campo de concentración] las palabras no alcanzan. Al final, solo puede haber un espantoso silencio, un  silencio que es en sí mismo un llanto a Dios de todo corazón: ¿por qué, Dios, permaneciste en silencio? (Benedicto XVI)

Si el máximo conductor de una religión milenaria se queda sin palabras, a pesar de haber demostrado ser un bien entrenado teólogo, ¿qué debe esperar un hombre común? El silencio de Dios, su retirada del mundo, no ha sido necesariamente la cuna del malestar generalizado de la cultura, pero sí uno de sus signos característicos. Desde el pensamiento judío, D. W. Silverman va todavía más lejos: Dios ya no consigue ser visto en el mundo contemporáneo como el Ser Todopoderoso que describió la Teología tradicional.
El Holocausto reveló las profundidades en las que se ha hundido el hombre, y el grado en que Dios se retiró. (D.W. SIlverman: El Holocausto, una Fuerza Viviente)
Ese vacío de Dios no queda así, disponible, a la espera de su regreso, que ocurrirá tarde temprano. El vacío de Dios tiende a ser ocupado por otras relaciones (otros compromisos y nuevas dependencias) de la gente con entidades superiores a cada uno de los integrantes de la comunidad. ¿Cuándo se había experimentado tal urgencia de asociaciones políticas, culturales, deportivas, comerciales, sexuales, etc.? El sentido de la vida continúa siendo el objeto de una búsqueda interminable de los seres humanos, porque se alimenta de la convicción de que el sentido no se encuentra definitivamente donde debiera estar.