Mostrando entradas con la etiqueta Mitos y realidad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Mitos y realidad. Mostrar todas las entradas

sábado, 15 de julio de 2017

Cultura enferma del siglo XX (I): Dios en retirada



Bernard de Mandeville
Para que la sociedad sea feliz y la gente se sienta cómoda bajo las peores circunstancias, es preciso que gran número de personas sean ignorantes, además de pobres. (Bernard de Mandeville)

Puede parecer cínica o inmoral la observación del ensayista de comienzos del siglo XVIII, según la cual el engañoso bienestar de las mayorías se encuentra asegurado por su incapacidad para percibir las verdaderas relaciones sociales en las que se encuentran involucradas.  Para el iluminismo del siglo XVIII, el conocimiento debía liberar a la sociedad de viejas ataduras que perjudicaban a la mayoría. De acuerdo a la modernidad, el conocimiento puede independizarse de las ataduras con la ética y el sentido común que planteaban los bien pensantes, para desarrollar sus ambiciosos proyectos atendiendo solo a sus propios intereses.
Experimento nazi con gemelos
Durante el siglo XX, al amparo del régimen nazi, el doctor Josef Mengele conducía experimentos científicos en los campos de concentración europeos donde había relegado a millones de indeseables judíos. Se había propuesto demostrar que se trataba de una raza inferior, corrompida y corruptora, que debía ser exterminada. ¿Por qué ponerlos a resguardo de manipulaciones que no hubiera sido lícito emplear con otros seres humanos?
Mengele utilizó en sus búsquedas, por ejemplo, 1500 pares de gemelos prisioneros (nada de emplear ratones o monos, como se quejan en la actualidad los activistas de los derechos de los animales). Experimentó con trasplantes de órganos, sin utilizar anestesia, ni preocuparse de temas como la compatibilidad. Comprobó la resistencia a la congelación de sus víctimas. Les infectó virus de la malaria o el tifus. Probó los efectos del gas mostaza. Inyectó toxinas para comprobar los efectos de las sulfamidas. Quemó con fósforo. De los involuntarios colaboradores de sus pretendidas búsquedas científicas, no sobrevivieron más de 2000. Los médicos japoneses realizaron experimentos similares con prisioneros norteamericanos por la misma época. La imagen impoluta de la ciencia fue manchada repetidamente por los científicos del siglo XX.

Franklin Delano Roosevelt
El elemento uranio puede convertirse en una nueva e importante fuente de energía en un futuro inmediato. (…) Se ha abierto la posibilidad de realizar una reacción nuclear en cadena. (…) Este fenómeno podría conducir a la fabricación de bombas y, aunque con menor certeza, es probable que con este procedimiento se pueda construir bombas de nuevo tipo y extremadamente potentes. (Albert Einstein: carta al Presidente Franklin Delano Roosevelt) 
Bomba de Hiroshima
La ciencia del siglo XX tiene para muchos su amenazante culminación en la explosión atómica de Hiroshima, en agosto de 1945, según se afirmó entonces, con el objeto de acortar el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial que había comenzado en 1939 y producido millones de bajas, forzando la rendición de Japón, aunque la de sus aliados, Alemania e Italia, se hubiera consumado casi tres meses antes.
Prolongadas y costosas búsquedas efectuadas por los cerebros más destacados de la época, condujeron a 150.000 víctimas mortales, entre aquellos que murieron en el momento de la explosión (70 a 80.000) y durante los cuatro meses siguientes, como consecuencia de la lluvia negra de polvo, carbón y partículas radioactivas. La cifra se duplica cuando se toman en cuenta las víctimas del cáncer generado por la radiación que se fueron acumulando con el paso del tiempo.
Portada de Crítica
Contrastando con la confianza inicial de Einstein, antes de que se pusiera a prueba el poder destructivo de la bomba atómica, Robert Oppenheimer, uno de los científicos que la construyó, no pudo evitar el desencanto respecto de sí mismo y sus compañeros intelectuales, que marcaría la época, al citar el Bhagavad Gita, un texto sagrado hindú del siglo III a.C.: “Me he convertido en la Muerte, Destructora de mundos”. 
Ninguna de las partes puede aspirar a la victoria en esa guerra [nuclear], existe un peligro muy real de exterminio de la raza humana por el polvo y la lluvia de las nubes radioactivas. Ni la gente común ni los gobiernos son totalmente conscientes del peligro. (Bertrand Russell: Una Declaración sobre armas nucleares)

La Segunda Guerra Mundial había terminado con la derrota de las naciones que la iniciaron,  pero a continuación la Humanidad viviría casi medio siglo con la espada de Damocles de una Tercera Guerra, que utilizaría armamento atómico, porque a los derrotados podía prohibírsele, pero los mismos aliados (entre ellos, la Unión Soviética) iban a dedicar ingentes esfuerzos a modernizar su equipamiento bélico, en un carrera cada vez más peligrosa para todo el planeta, con el objeto de impedir que las consecuencias de un desequilibrio nuclear los perjudicara. 
No nos sentimos muy cómodos en nuestra actual cultura, pero resulta muy difícil juzgar si -y en qué medida- los hombres de antaño eran más felices, (Sigmund Freud: El malestar en la Cultura)
Sigmund Freud
Aquello que desde el ensayo de Sigmund Freud denominó en 1930 “malestar en la cultura”, se había instalado en el imaginario colectivo de mediados del siglo XX, como algo fácil de percibir para cualquiera. Después de haber experimentado dos guerras mundiales de una crueldad inaudita, se decantaba la amenaza de una tercera y todavía más profunda que las anteriores, porque sería nuclear y prometía liquidar toda forma de vida inteligente sobre el planeta. ¿Cómo podía nadie sentirse cómodo en su rincón del mundo, confiado, seguro y hacer planes desinformados para el resto de su vida?  Lo más sensato en ese momento hubiera sido cavar un refugio subterráneo, acumular agua potable y víveres, en un intento de sobrevivir al invierno radioactivo que se nos anunciaba.
Danza Macabra medieval
Probablemente no hubiera servido de mucho tomar esas precauciones. En la eventualidad de una guerra nuclear en las antípodas del planeta, solo demoraría algunos días, o en el mejor de los casos algunas semanas, la muerte inevitable para el resto de la humanidad. La gente común caería pronto, pero los dirigentes que nos habían conducido a una situación como esa, tampoco tendrían mejor suerte. Era un regreso inesperado, tras el optimismo planteado por la modernidad, a las representaciones de la Danza Macabra del Medioevo, que a todos emparejaba (niños y viejos, ricos y pobres, santos y pecadores) cuando la Muerte entraba en escena y se los llevaba a todos.
El potencial destructivo de la Humanidad, anunciaban los portavoces de la Guerra Fría, podía desatarse en cualquier momento y no exageraban demasiado sus advertencias. Estuvo a punto de ocurrir varias veces, a lo largo de un par de generaciones. En tal caso, ¿para qué continuar tomando en cuenta los criterios provenientes del pasado, como la diferenciación entre lo culto y lo inculto, lo alto y lo bajo, lo bello y lo feo, que se habían demostrado absolutamente inútiles, cuando se acercaba el fin de los tiempos?
Eugene Ionesco
El absurdo contaminaba todo el horizonte mental de la época. El discurso rimbombante quedaba al descubierto como una apariencia vacía, no pocas veces ridícula, de la cual parecía más razonable reír que sentirse impresionado. En La Cantante Calva, la pieza teatral de Eugene Ionesco, los lugares comunes ocupan el lugar que tradicionalmente se otorgaba al diálogo revelador del mundo interior de los personajes. No hay atisbos de tal mundo interior. Si los personajes hablan en escena, es para dejar al descubierto que solo son personajes, criaturas artificiales, tal como los cuadrados blancos o negros de las pinturas Kasimir Malevitch refieren que son cuadrados blancos o negros, ningún simulacro de la realidad.
Señora Smith: ¡Vaya, son las nueve! Hemos comido sopa, pescado, papas con tocino y ensalada inglesa. Los niños han bebido agua inglesa. Hemos comido bien esta noche. Esto es porque vivimos en los suburbios de Londres y nos apellidamos Smith. (Eugene Ionesco: La Cantante Calva)

Samuel Beckett
En la obra de Ionesco, el lenguaje queda a salvo, aunque solo sea el repertorio de las frases hechas, que denuncian el ceremonial carente de sentido del discurso cotidiano. Los grandes dramaturgos del pasado habían tenido fe en las posibilidades de comunicación del lenguaje, habían demostrado la capacidad del lenguaje para construir mundos imaginarios resistentes al tiempo y el olvido. En el teatro de Samuel Beckett, incluso el collage de lenguaje cotidiano desaparece. No queda mucho por decir y después de algunos intentos, solo persiste un silencio aterrador, una inacción que coincide con el anunciado (y repetidamente postergado) fin de los tiempos.
Pensar en la Muerte colectiva, gratuita, incluso fortuita, no estaba fuera de lugar a mediados del siglo XX. En una época en la que se había debilitado tanto la fe en el otro mundo, la conciencia de la fragilidad del presente suscitaba la burla de no pocos intelectuales, después de haber suscitado el desconcierto de los creyentes (la pregunta de dónde estaba Dios mientras se verificaba la tragedia multitudinaria de Auschwitz y otros mataderos que no han cesado de operar, se encontraba fresca y no tenía respuesta). 
Nos entregaste como ovejas al matadero y nos dispersaste entre las naciones; vendiste a tu pueblo por nada (…). Nos expusiste a la burla de nuestros vecinos, a la risa y al escarnio de quienes nos rodean; hiciste proverbial nuestra desgracia y los pueblos nos hacen signos de sarcasmo. Mi oprobio está siempre ante mí y mi rostro se cubre de vergüenza, por los gritos de desprecio y los insultos, por el enemigo sediento de venganza. (Salmo 44)

Campo de Concentración nazi
Esto fue escrito hace más de tres mil años y continúa manteniendo su vigencia en la actualidad. Es la voz de un creyente que no entiende cómo es posible que su suerte (y la del pueblo de donde proviene) se encuentre sumida en un prolongado infortunio, cuyo fin no se atisba por ningún lado, a pesar de la promesa de protección establecida por su Señor a quienes lo siguieran. El apoyo sobrenatural que anunciaron los fundadores de su nación, no llega. Si el mundo en el que intenta sobrevivir manifiesta algún sentido, es precisamente el que le imponen sus opresores.
El creyente no puede entregarse a la lógica de quienes han dispuesto eliminarlo, pero al mismo tiempo se percibe desprovisto de su fe de antaño. Las palabras del Papa Benedicto XVI, cuando visitó el campo de concentración de Auschwitz en 2006, no suenan demasiado diferentes a las del desencantado autor del salmo bíblico y desembocan en una idea que el arte de mediados del siglo XX había puesto en práctica repetidas veces.

Benedicto XVI en Auschwitz
En un lugar como éste [un campo de concentración] las palabras no alcanzan. Al final, solo puede haber un espantoso silencio, un  silencio que es en sí mismo un llanto a Dios de todo corazón: ¿por qué, Dios, permaneciste en silencio? (Benedicto XVI)

Si el máximo conductor de una religión milenaria se queda sin palabras, a pesar de haber demostrado ser un bien entrenado teólogo, ¿qué debe esperar un hombre común? El silencio de Dios, su retirada del mundo, no ha sido necesariamente la cuna del malestar generalizado de la cultura, pero sí uno de sus signos característicos. Desde el pensamiento judío, D. W. Silverman va todavía más lejos: Dios ya no consigue ser visto en el mundo contemporáneo como el Ser Todopoderoso que describió la Teología tradicional.
El Holocausto reveló las profundidades en las que se ha hundido el hombre, y el grado en que Dios se retiró. (D.W. SIlverman: El Holocausto, una Fuerza Viviente)
Ese vacío de Dios no queda así, disponible, a la espera de su regreso, que ocurrirá tarde temprano. El vacío de Dios tiende a ser ocupado por otras relaciones (otros compromisos y nuevas dependencias) de la gente con entidades superiores a cada uno de los integrantes de la comunidad. ¿Cuándo se había experimentado tal urgencia de asociaciones políticas, culturales, deportivas, comerciales, sexuales, etc.? El sentido de la vida continúa siendo el objeto de una búsqueda interminable de los seres humanos, porque se alimenta de la convicción de que el sentido no se encuentra definitivamente donde debiera estar.

jueves, 1 de junio de 2017

Vicios privados, pública virtud (III): Ser y aparentar


Probablemente como parte de una campaña de marketing político, destinada a posicionarlo ante los votantes que no se fijan demasiado en los aspectos doctrinarios, un candidato argentino anuncia en un reportaje televisivo que su actual pareja está embarazada (de él, se sobreentiende) y que le regocija la posibilidad de ser padre de nuevo, a los sesenta años. Pocas horas más tarde, la mujer aludida confirma a través de las redes sociales su embarazo y también que ha sufrido el maltrato físico y psicológico del político, quien habría insistido en que deberían librarse del hijo en gestación. 
La contradicción entre el discurso privado y el discurso público queda expuesta y la incapacidad para ocultarla destruye instantáneamente la credibilidad que hubiera podido disfrutar el personaje. La tolerancia de la sociedad ante el comportamiento engañoso, no es mucha ni se encuentra bien considerada. Se exige, de aquellos que detentan funciones públicas, que en todas las circunstancias sean lo que aparentan.
 
Hipocresía es el homenaje que el vicio rinde a la virtud. (François de la Rochefoucault)

Oscar Wilde
La hipocresía goza de mala fama en el mundo contemporáneo, que presume de haber roto con las convenciones victorianas que la premiaban, y no obstante la sinceridad absoluta continúa resultando inaceptable. Para vivir en sociedad hay que aprender a fingir la imagen aceptada por la mayoría, o el incapaz de exhibirse de ese modo quedará diagnosticado como un caso patológico. En El abanico de Lady Windermere de Oscar Wilde, la protagonista es una mujer que en el pasado abandonó a su marido y una hija por entregarse a una pasión adúltera. Ella vuelve una generación más tarde con otra identidad y derrotada, al sitio donde cometió su falta y pretende recuperar la aceptación social que alguna vez tuvo, aunque sea al precio de chantajear a su yerno y prostituirse con varios hombres de la clase dirigente. Lo hace en un momento en que su hija está por imitar su decisión, desconociendo el modelo que sigue.

SEÑORA ERLYNNE: Usted no sabe qué es caer en el precipicio; ser despreciada, escarnecida, abandonada, objeto de irrisión…. Ser un paria. Encontrarse las puertas cerradas, deslizarse furtivamente y estar oyendo constantemente la risa, la horrible risa del mundo, que es una cosa más trágica que todas las lágrimas vertidas en la tierra. No sabe usted lo que es eso. Paga una su pecado y vuelve a pagarlo, y lo está pagando toda la vida. (Oscar Wilde: El abanico de Lady Windermere)

No es improbable que Wilde proyectara en el personaje de la señora Erlynne, su propia experiencia de homosexual que debe aparentar ser un buen padre y esposo, para que la sociedad lo acepte como el ingenioso escritor y dramaturgo que era. Las categorías de ser y aparentar se oponen, pero aquellos que se encuentran incursos en la contradicción, luchan por equipararlas, dejando de lado cualquier principio ético. Hay que aparentar, porque vivir al margen de la opinión dominante es una experiencia demasiado penosa para afrontarla. Tres años después de estrenar su comedia vagamente moralizadora, Wilde fue acusado de sodomía y condenado a dos años de trabajos forzados. Cumplida la sentencia, debió alejarse de Inglaterra y morir en el exilio. Se lo castigaba por haber sido incapaz de aparentar lo que no era.
Gregorio de Laferrere
En el juego de las faltas escondidas y el simulacro de normalidad, en algunos casos se trata de ocultar un pasado inconveniente, y en otros de exhibir un presente que tampoco puede ser aceptado. Las de Barranco, la pieza teatral de Gregorio de Laferrere, le otorga raigambre nacional a esa dependencia angustiosa del qué dirán, que sufren aquellos que alguna vez gozaron de mejor situación y no se resignan a una actualidad menos promisoria. La opinión dominante en la sociedad, por desinformada o malintencionada que sea, persigue a los individuos que hasta involuntariamente la desafían o no la satisfacen.
En la Argentina de comienzos del siglo XX, el juicio ajeno no era nada fácil de controlar, ni tampoco había manera de atenuarlo cuando era desfavorable. Mientras se consiguiera eludirlo, nada estaría demasiado mal.

DOÑA MARÍA: ¡Eso es lo que sacó el capitán Barranco con sus delicadezas! Pero la viuda del capitán Barranco es otra cosa, ¡entendelo bien! no vive de ilusiones… Sabe que tiene tres hijas que mantener, tres zánganas, ¡a cuál más inútil! Que se lo pasan preocupadas de moños y composturas, mientras la pobre madre tiene que buscarse ´como Dios la ayude el zoquete diario que han de llevarse a la boca para no morirse de hambre. (Gregorio de Laferrere: Las de Barranco)

Carlos Mauicio Pacheco
Casar bien a una hija era la solución de cualquier madre decidida a quitársela de encima lo antes posible. Mantenerla soltera, era un riesgo potencial de deshonra para la familia que la había traído al mundo y no podía preservarla del acoso masculino, ni de la propia debilidad femenina para rechazar a los hombres. Una vez casada, en cambio, gracias a la existencia de una libreta de matrimonio, la preocupación por la honra de la mujer dejaba de inquietar a los padres, porque se transfería al marido. Mentir, simular lo que de acuerdo a las evidencia no se es, acomodar la realidad para que coincida con la opinión dominante, pasa a ser una actividad socialmente necesaria. La autenticidad se convierte en una actitud inaceptable.

ROSALÍA: ¿De dónde vendrá eso de disfrazarse? (…) Eso de poner una cara ridícula y salir por ahí a recorrer las calles.
HILARIO: ¿Sabe lo que dice don Hilario? (…) Dice que es una pavada disfrazarse, porque todos vivimos la vida disfrazados y que la vida es el corso, un corso largo. (Carlos Mauricio Pacheco: Los disfrazados)

Paula Rego: Pintura
Las máscaras (festivas, teatrales o delictivas) son una metáfora de las identidades desconfiables que ofrece la realidad. ¿Qué puede haber detrás de una máscara? ¿Qué se revela cuando la máscara cae voluntaria o involuntariamente? Algo que rara vez coincide con la imagen pública. En el sainete Los disfrazados de Carlos Mauricio Pacheco, estrenado en 1906, la sociedad argentina es vista como un colectivo multinacional que acaba de reunirse por azar y en cualquier momento puede ser dispersado.  La pobreza los ha convocado en un espacio urbano restringido (el patio de un conventillo) y un tiempo reducido (el feriado de Carnaval) que los obliga a interactuar y al mismo tiempo les impide ver más allá de su situación.
Ante el espectador se impone la nostalgia de una homogeneidad propia de la sociedad tradicional, perdida por la llegada de tantos nuevos actores (millones de inmigrantes de todo el mundo) a un territorio que la clase dirigente consideraba satisfactoriamente repartido y para siempre, entre unos pocos favorecidos que habían despojado a los nativos, durante la llamada Conquista del Desierto. En tales circunstancias, nadie conoce muy bien a quien tiene cerca. Incluso aquellos personajes que no se disfrazan, como es el caso del marido cornudo de la pieza teatral, revelan en algún momento una ferocidad insospechada. La conformidad que mostraban durante la existencia rutinaria, no pasaba de ser una máscara.
Ricardo Talesnik
En Cien veces no debo, la farsa de Ricardo Talesnik estrenada en 1990, la familia marcada por el embarazo de una hija adolescente que suponían virgen, advierte que ha llegado el final de sus ilusiones de respetabilidad social, puesto que las de progreso económico se han derrumbado antes, por las repetidas crisis por las que atraviesa el país. La modernidad no hace mella en esta concepción finisecular de la conducta civilizada, como se queja la madre. 

CARMEN (irónica): ¡La nena puede hacer todo lo que siente! Está bien que hemos ido evolucionando, pero no somos animales. Hay cosas que están feas. Una se tiene que aguantar. Aunque le cueste, se tiene que aguantar, porque no todo es buscar el placer y gozar… Hay otras cosas mucho más importantes en esta vida. Hay cosas más importantes. (Ricardo Talesnik: Cien veces no debo) 

El doble final feliz que inventa Wilde para su comedia (ni la señora Erlynne deja de conseguir un marido rico, ni la hija llega a enterarse de la vida licenciosa de una madre a quien creía muerta), un desenlace en el que la sociedad o bien no se entera de la magnitud de las transgresiones o bien guarda un prudente silencio sobre ellas, no pasa de ser una fantasía improbable, como experimentó el mismo escritor, en las circunstancias de su propia vida. La sociedad impone sus valores a todos aquellos que la integran, y al hacerlo margina o somete al desprecio a los infractores.
Salvar las apariencias de normalidad era tradicionalmente un intento de calmar a una opinión dominante adversa, aceptando la humillación que los demás impusieran algún castigo a la infracción. Las mujeres deshonradas se casaban (poco importaba con quién) con tal de que los hijos engendrados fuera del matrimonio, nacieran dentro de algún matrimonio.
Paula Rego: Pintura
En un ambiente donde las parejas tardaban varios años en reunir el ajuar y planificar la boda, cualquier apresuramiento resultaba sospechoso para sus conocidos y eventuales jueces. Una boda celebrada en pocas semanas, a veces sin pasar por la iglesia, en la intimidad de la familia (vale decir, sin testigos que observaran si la novia podía ajustar el cinturón u ostentaba un abdomen pronunciado) delataba una situación criticable, pero también la voluntad de someterse a la opinión dominante. Era una situación irregular, pero finalmente la relación se legalizaba. Los contemporáneos nunca olvidarían el episodio vergonzoso, pero en muchos casos terminarían aceptando ser cómplices de la impostura: allí no había pasado nada irregular. Si fuera necesario, no obstante, podían extraer del archivo de la memoria ese conocimiento.

[Cuando yo era chica] el único anticonceptivo generalizado era el terror a la paliza paterna en caso de un embarazo fuera de la ley. Funcionaba en el 95% de los casos y si alguna joven se embarazó antes de tiempo, nunca se supo; ella, dependiendo de los medios económicos familiares, pasaba a cultivarse a Europa o al campo, a reponerse de una repentina tuberculosis. (Patricia Undurraga: Cuando yo era chica)

viernes, 24 de febrero de 2017

De ayer a hoy (III): Nostalgias y rémoras del discurso totalitario


José Félix Uriburu
Después de casi ochenta años de continuidad institucional cuestionable en cuanto a su representatividad, a partir de la caída de Hipólito Yrigoyen, en 1930, la Historia Argentina brinda una sucesión abrumadora de regímenes militares que en cada oportunidad se presentaron ante la opinión pública como Salvadores de la Patria (una Patria que desde mucho antes consideraban suya y no estaban dispuestos a compartir con advenedizos). Rara vez desoyeron ese compromiso. La sociedad civil los habría convocado para defender los intereses de los sectores más tradicionales, aunque para ello debieran realizar un trabajo bastante sucio: trampear la voluntad de las mayorías y en caso de necesidad, exterminar a quienes se les cruzaran en el camino.
Sello postal conmorativo

 
Exponentes de orden y educados en el respeto a las leyes y de las instituciones, hemos asistido atónitos al proceso de desquiciamiento que ha sufrido el país en los últimos años. (…) La inercia y la corrupción administrativa, la ausencia de justicia, la anarquía universitaria, la improvisación y el despilfarro en materia económica y financiera (…) son apenas un pálido reflejo de lo que ha tenido que soportar el país. Al apelar a la fuerza para liberar a la Nación de este régimen ominoso, lo hacemos inspirados en un alto ideal. Los hechos, por otra parte, demostrarán que no nos guía otro propósito que el bien de la Nación. (Teniente General Uriburu: Manifiesto de la Junta Provisional)

El nuevo orden propuesto por Uriburu, requería derogar la Constitución de 1853 y eliminar partidos políticos como el Radicalismo y el Socialismo, que se consideraban corruptos, para organizar un sistema corporativo, inspirado en lo que estaba haciendo el fascismo en Italia. En el nuevo esquema tendrían representación los grandes empresarios, los sindicatos dispuestos a reconciliarse con el capital, y finalmente la Iglesia Católica. Para conseguirlo habría que arrestar y encarcelar a los partidarios de Yrigoyen, deportar a los sindicalistas no nacido en país, convocar elecciones provinciales, que al ser ganadas por la oposición fueron declaradas nulas por el régimen de facto, etc. El voto universal y secreto, de acuerdo a Uriburu, era el causante directo del desorden que el país había padecido.
La Retórica del peronismo, un movimiento político nacido tras la Segunda Guerra Mundial, en un contexto internacional que no tardaría en definirse como la Guerra Fría que enfrentó a los EEUU y la URSS, debía mucho a la tradición populista europea de los años `30. Con una precisión nada irrelevante: aquello que en los `30 estaba bien visto en países como Francia o Gran Bretaña, y era interpretado como una muestra de entusiasmo colectivo de la clase obrera que había logrado mejoras en sus condiciones de vida, gracias a su capacidad para organizarse, a mediados de los `40, durante la resaca del nazismo y el fascismo, en medio de la denuncia de los abusos del estalinismo, podía entenderse como una evidencia corporativa, demagógica y antidemocrática.
Desfile de enfermeras, 1950
Ahí estaba, por ejemplo, la celebración del Primero de Mayo, establecida en 1930 por Hipólito Yrigoyen, que se convirtió en uno de los actos centrales del calendario peronista. En ella participaban trabajadores, estudiantes, fuerzas vivas… que recordaba demasiado a los desfiles de la Plaza Roja del Kremlin o (lo que todavía resultaba más incómodo) las concentraciones multitudinarias de Mussolini o Hitler. Aunque la Tercera Posición aseguraba que la Argentina no se alineaba con el capitalismo ni con el comunismo, la letra del himno que entonaba Hugo del Carril, describía un país laborioso, disciplinado, patriótico, entregado a las tareas enunciadas en los Planes Quinquenales por el único Líder aceptado por el discurso oficial.

Hoy es la Fiesta del Trabajo / unidos por el amor a Dios / al pie de la bandera sacrosanta / juremos defenderla con honor. / Que es nuestro pabellón azul y blanco / sublime expresión de nuestro amor. / Por él, por nuestros padres, por los hijos, / por el hogar que es nuestra tradición. (Cátulo Castillo y Oscar Ivanissevich: Canto al Trabajo)

"Revolución Libertadora", 1955
Una década más tarde, la llamada Revolución Libertadora de 1955 llegaba para interrumpir mediante un nuevo levantamiento militar, el segundo gobierno constitucional del peronismo. Cuando se consideran los hechos, resulta evidente que el eslogan “Ni vencedores, ni vencidos” podía ser atractivo, pero no llegó a convertirse nunca en realidad. La nueva generación de Salvadores de la Patria, no solo expuso la corrupción del régimen depuesto, sin darle la oportunidad de defenderse a sus personeros, sino que se les privó del derecho de participar durante años en la contienda política, se encarceló a opositores y se aplicó la Ley Marcial, fusilando a los compañeros de armas que se habían rebelado contra un régimen de facto. En las escuelas, mientras tanto, se cantaba una descripción idílica de una gesta heroica, que costaba reconciliar con la realidad.

En lo alto la mirada / luchemos por la patria redimida. / El arma sobre el brazo / la voz de la esperanza amanecida. / Que el sol sobre tu frente / alumbre tu coraje, camarada. (…) Y si la muerte quiebra tu vida / al frío de la madrugada / perdurará tu nombre / entre los héroes de la patria amada. (Manuel Rodríguez Ocampo: Marcha de la Libertad)

Libro de lectura de comienzos años `50
Es la visión de un país paralelo al país real, que se muestra solidario para quienes participan en él, pero también inflexible, uniformado tanto en los gestos y vestuario como mentalmente, en el que no parece haber sitio para las desagradables contradicciones que caracterizan a los civiles. La nostalgia por la subordinación, el fantasma del caos social que no tardaría en desencadenarse, reaparecen en la Historia Argentina del siglo XX, durante las después de todo breves etapas en que se respetan las instancias democráticas. Los valores más respetados podrían perderse (o ya se dan por perdidos) con lo que se justifica recurrir a la fuerza para detener ese proceso.
En el curso de los años `60, pero también diez años más tarde y de nuevo hasta no hace mucho, en los muros de las ciudades argentinas aparecían pegados carteles anónimos, que luego fueron convertidos en anuncios que televisión, que preguntaban a los padres algo difícil de responder, entonces y ahora: ¿Sabe usted dónde están sus hijos en este momento? Hoy se piensa en el peligro de las drogas. Aunque los mensajes no estuvieran firmados, se sospechaba de los Servicios de Inteligencia del Estado, menos preocupados por la desintegración de las familias que por la Geopolítica de la Guerra Fría. En los `60, se pensaba en la radicalización ideológica de los jóvenes, que no solo adoptaban modas desconcertantes, como las barbas y los cabellos largos, sino la alternativa de incorporarse a la lucha armada contra las instituciones.
Eran años en los que se creía fácil duplicar el éxito de los insurgentes cubanos, que habían derrocado la dictadura de Fulgencio Batista, y una vez instalados en el poder, desafiaban a sus vecinos capitalistas, apenas a 90 millas de distancia. Era un desafío mítico, que en poco tiempo hubiera debido replicarse por todas partes. Rara vez se ha asistido a una epidemia de optimismo político como esa. La retórica revolucionaria prendió tanto en aquellos que se veían a sí mismos como héroes no inferiores a los de la Independencia, como en aquellos que habían sido entrenados profesional e ideológicamente, para impedir que nada parecido prosperara.
Represión militar años `70
Los cursos de perfeccionamiento de la Escuela de las Américas de Panamá, donde estudiaron Manuel Contreras (Chile), Roberto Eduardo Viola y Leopoldo Fortunato Galtieri (Argentina), Hugo Banzer (Bolivia), Vladimiro Montesinos (Perú) o Manuel Antonio Noriega (Panamá) entre otros uniformados, dejaron una larga secuela de represión en todo el continente. En 1976, los propulsores de un nuevo golpe militar  en Argentina, declaraban que nada había sido más doloroso para ellos, que quebrar la continuidad del régimen constitucional. Si lo hacían, afirmaban, era porque se veían forzados por circunstancias sobre las cuales no tenían la menor responsabilidad. Por lo tanto, iban a sacrificarse en nombre de principios que estaban fuera de toda discusión. Planteaban casi las mismas ideas de 1930, utilizando un vocabulario y una sintaxis similares:

Agotadas todas las instancias de mecanismo constitucionales, superada la posibilidad de rectificaciones dentro del marco de las instituciones y demostrada en forma irrefutable la imposibilidad de la recuperación del proceso por vías naturales, llega a su término una situación que agravia a la Nación y compromete su futuro. (…) Las Fuerzas Armadas, en cumplimiento de una obligación irrenunciable, han asumido la conducción del Estado. Una obligación que surge de serenas meditaciones sobre las consecuencias irreparables que podía tener sobre el destino de la Nación una actitud distinta a la adoptada. (Jorge Rafael Videla, Emilio Eduardo Massera, Orlando Ramón Agosti: Programa del 24 de marzo de 1976)

Manifestación de Abuelas de Plaza de Mayo, 1980
Los salvadores de la Patria podían ser civiles ultraconservadores y militares retirados, que se identificaban como nacionalistas católicos (y preconciliares). Ellos publicaban revistas que les permitían alentar las convicciones de sus seguidores. En 1983, a pocas semanas de instalado un gobierno democrático en Argentina, tras años de una dictadura militar ominosa, los sectores desplazados por la voluntad popular necesitaban elaborar la imagen de una nación amenazada por la modernidad (y el mundo civil que los había derrotado en las urnas) como si confiaran en tapar indefinidamente el sol con un dedo.

[El Presidente] Alfonsín está a medio camino entre el izquierdista rabioso, que sospecha que algo hay que cambiar, y el izquierdista europeo, que sabe que entre Estados Unidos y Rusia y algunos elementos posconciliares se está edificando una nueva legitimidad, esa de los derechos humanos, de la permisividad, del destape y del pluralismo. Alfonsín, que reúne en su lo peor de nuestra historia, nos traerá la civilización (…) que quiere decir modernización, esto es: desacralización y desorden. (Editorial de Cabildo: Los “rebusques” de la izquierda criolla)

George Orwell: Rebelión la Granja
Debo haber leído Rebelión en la Granja, la sátira de George Orwell por primera vez durante la adolescencia, desconcertado por la apariencia pueril, de fábula ilustrada que presentaba el texto, como si estuviera destinado a lectores infantiles, una situación que sin embargo me obligaba a investigar complejos referentes históricos recientes que yo desconocía (por ejemplo, las luchas por el poder en la Unión Soviética desde los años `20) y me ofrecía un modelo perturbador para entender la maquinaria propagandística del peronismo de entonces (algo que Orwell no podía sospechar que ocurriera tan lejos, al mismo tiempo que él escribía).

El resultado de predicar doctrinas totalitarias es debilitar el instinto por medio del cual los pueblos libres saben lo que es o no es peligroso. (George Orwell: Rebelón en la Granja)

Guerra de las Malvinas: Portada de Gente, 1982
La capacidad colectiva para detectar las tendencias totalitarias y aislarlas a tiempo, de manera tal que no causen demasiado daño a la sociedad, no parece haberse afianzado en Argentina, a pesar de las experiencias dolorosísimas acumuladas durante el siglo XX y lo que lleva del XXI. Más bien, podría haber sucedido lo contrario. Que no se impusiera un manto de olvido sobre la represión, era el reclamo de las organizaciones defensoras de los Derechos Humanos en 1980. Que la memoria no fuera selectiva y eclipsara todo aquello que pudiera plantear contradicciones a la visión del mundo que finalmente se impuso, es otro reclamo, tal vez menos atractivo.
Un fenómeno de desensibilización se ha ido definiendo en los sectores más opuestos de la sociedad nacional. El clientelismo se ha vuelto un derecho adquirido, cuyo ejercicio se reclama sin pudor, en lugar de ser mostrado como una deformación de la democracia. La corrupción, que viene desde los tiempos de la colonia y fue adaptándose a las modas y mentalidades más opuestas, no tiene suficientes adversarios que la detengan. La búsqueda del placer inmediato, paralelo al desprestigio del trabajo y todo aquello que requiera esfuerzo, autoriza cualquier decisión. Tras haber perdido la fe en las instituciones, los jóvenes pueden ver hoy como válida la posibilidad de ejercer justicia por mano propia. Crece el armamento en poder de ciudadanos comunes, que al portarlo confían defenderse de ataques cada vez más violentos, o aprovechan la oportunidad de hacer valer la Ley de la Selva. Cualquier grupo humano capaz de organizarse, toma por rehén al resto de la comunidad, con el objeto de hacer más atendibles sus puntos de vista. Las redes sociales se han convertido en el espacio propicio para mentir o agredir a quien se cruce en el camino. La lucha por el poder se ha generalizado y liberado de reglas. En cuanto al discurso altisonante (o seductor, de acuerdo a la perspectiva de quien lo oiga) de los nuevos Salvadores de la Patria, eso no ha cambiado tanto y no cuesta reconocer lo que omite decir, hoy o ayer.