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sábado, 31 de octubre de 2015

La sesión de torturas pedagógicas de Miss Austin


Escuela Normal de San Pedro
En la Secundaria había que estudiar Inglés o Francés, como había que estudiar Álgebra, Física o Trigonometría. No era cosa de quitarle el cuerpo a las materias que se consideraban difíciles o penosas, porque por entonces nadie hablaba aún de currículos flexibles, ni de tomar en cuenta el interés de los estudiantes. En el Bachillerato se estudiaban (superficialmente) dos lenguas modernas. En la Sección Comercial Anexa al Colegio Nacional de San Pedro donde me había inscripto, solo una, porque se suponía que la cultura de un Perito Mercantil no estaba a la par de la Cultura de un Bachiller.


I think that I shall never see / a poem lovely as a tree. / A tree whose hungry mouth is prest / against the earth´s sweet flowing breast; / a tree that looks at God all day / and lifts her leafy arms to pray. (Alfred Joyce Kilmer)


Tuve como profesoras de Inglés, primero a Jane Austin (se entiende que no era Jane Austen, la autora de Orgullo y Prejuicio) luego a la señora Figueroa (no recuerdo su nombre de pila) una mujer joven, de ojos tristes y trenzas recogidas en los lados, de la que probablemente todos estábamos enamorados. No era fácil por entonces hallar a profesoras de alrededor de treinta años en ninguna materia. Las pocas mujeres que se dedicaban a educarnos, eran matronas dignas del mayor respeto, como la señora Montalvo, cuya edad era la de nuestras abuelas.
Margaret Rutherford
Miss Austin era una autoritaria pelirroja de melena corta, soltera, grandota y algo masculina, como hemos visto a tantas actrices secundarias de las películas inglesas (la más memorable, Margaret  Rutherford). Usaba zapatos de gruesa suela de goma y abrigos de tweed. Al evocarla por el vestuario, no descuento que la imagen de la Rutherford interpretando a Miss Marple, la protagonista de las novelas de Agatha Christie se haya superpuesto en mis recuerdos a la de Miss Austen.
Me parece haber simpatizado con ella, que me recordaba a mi tía Matilde en sus modales bruscos. Miss Austin no hacía nada para atraer a los estudiantes, pero nos brindaba la oportunidad de conectarnos con otra manera de pensar nuestras responsabilidades, donde no cabían las excusas ni las demoras. Nosotros debíamos esforzarnos, puesto que estábamos inscritos en el curso. Durante las fiestas escolares, ella tocaba el piano y dirigía el coro del colegio, pero lograba separar ese desempeño menos formal de la enseñanza del Inglés.
Fuera de las clases, mi amigo S. y yo compartíamos letras de canciones populares difundidas por Radio Mitre (en programas tales como el Hit Parade o Música en la Noche). El Karaoke no había sido inventado en ese momento, pero uno solía cantar por su cuenta, en la casa, siguiendo la radio. Cantar en Inglés planteaba un enorme alivio, para alguien como yo, porque al hacerlo respiraba donde correspondía respirar, prestaba atención a los labios y otros órganos fonatorios y (¡oh milagro!) entonces no tartamudeaba. ¿Hubiera podido avanzar más con este sistema, como me probó muchos años más tarde la profesora de Portugués, que nos hacía cantar bossa-nôva para mejorar la fonética? Miss Austin nunca lo tomó en cuenta y probablemente no imaginaba que eso fuera posible. Sentarse al piano del Salón de Actos e invitarnos a cantar en Inglés, nos hubiera alentado a percibir sus clases como un rato placentero, en lugar de verlas como una cámara de tortura de la que se deseaba escapar lo antes posible (aunque fuera al precio de aprender).
Anthony Asquith; The Browning Version
Llegué al Secundario un año después de que se suprimiera en Argentina la enseñanza de una Lengua muerta (a elegir, entre Griego y Latín). Lo menciono ahora, porque las nuevas generaciones no imaginan los verdaderos desafíos que incluía por entonces la decisión de educarse. ¿Para qué me hubieran servido el Griego o el Latín? Para nada práctico, sobra decirlo, como demostró Terence Rattingan en The Browning Version y al mismo tiempo para otorgar a la Cultura (con mayúscula) una profundidad que iba más allá de la etimología.
El conocimiento (con toda seguridad, superficial) de una lengua muerta nos hubiera debido poner a la par de la gente educada del mundo que uno admiraba: aquellos que habían nacido en Europa y tenían la oportunidad de frecuentar sus milenarias instituciones educativas. Borges declaraba conocer del sánscrito, aquello que conoce cualquiera; un planteo que debe entenderse como una ironía, antes que como un alarde. Haber tenido la oportunidad de estudiar en Ginebra, mientras comenzaba la Primera Guerra Mundial, le otorgaba la secreta convicción de no ser inferior a un europeo, a pesar del handicap de provenir de otro continente, desprovisto de tradiciones similares. Después de la Segunda Guerra Mundial, Europa quedaba expuesta como un territorio con Historia, indudablemente culto, destruido, hambreado, capaz de entregarse a un salvajismo no inferior al nuestro. Continuaba solicitando respeto, pero no lograba impedir que también se sintiera algo de lástima.
La enseñanza de una lengua extranjera moderna a lo largo de cinco años, no planteaba demasiadas alternativas en la escuela argentina de mediados del siglo XX. Miss Austin o Miss Figueroa comenzaban anotando en la pizarra el interminable vocabulario y su fonética. Luego leían un texto e iban dando el significado de las palabras nuevas. Nosotros leíamos una frase y a continuación la traducíamos (o al revés). Debe haber sido la rutina planteada por el Ministerio de Educación, sospecho, porque en otros países, al estudiar otras lenguas, descubrí sistemas diferentes y bastante más eficaces.
Quince años más tarde, Jirina Millerová, mi profesora de Checo en una aldea de Bohemia, se las componía para enseñar una lengua eslava a un grupo heterogéneo de egipcios, hindúes y yo, con una pizarra, tiza, textos que iba escribiendo a medida que los leía, y poquísimas traducciones al inglés o el español. A veces utilizaba canciones folklóricas, otras poesías, nos invitaba a escuchar la radio y ver películas. En pocos meses de total inmersión en una lengua tan ajena a sus estudiantes, ella lograba que habláramos y cantáramos.
Cuando intenté estudiar griego, a los sesenta y tantos años de edad, mi joven profesora utilizaba el mismo método de Crooker-Harris, el protagonista de la obra de Rattingan. En lugar de obligarnos a leer en voz alta y traducir el Agamenón de Esquilo, ella había elegido nada menos que el texto de Medea de Eurípides (probablemente por la interpretación feminista que le brindaba actualidad). De haber persistido más allá del tercer mes de clases, no creo que hubiera llegado a ser capaz de hablar o escribir griego, pero sí de llenar el bache emocional que la reforma educativa de casi medio siglo antes había dejado en mi ego, al modificar lo que hoy se conoce como malla curricular.
William Wordsworth
En mi adolescencia en San Pedro, durante las clases de Miss Austin, ella nos obligaba a estudiar de memoria algunos poemas, que gracias a ella todavía soy capaz de recitar:

I wandered lonely as a cloud / that floats on high o´er vales and hills, / when all at once I saw a crowd / a host of Golden daffodils; / beside the lake, beneath the tres, / fluttering and dancing in the breeze. (William Wordsworth: I wandered lonely as a cloud)

Mi tartamudez de entonces planteaba dificultades atroces. Si me concentraba en la melodía de los poemas, podía reproducirlos en voz no demasiado alta (el aire parecía volverse escaso en tales ocasiones) con el objeto de evitar las bromas de mis compañeros, tal vez postergadas durante las clases, pero inevitables durante los recreos. Creo que si logré sobrevivir a las humillaciones que experimenté en esa etapa de mi vida, las que llegaron más tarde me confirmaron en la convicción de que podría sobrevivir a todo, aunque fuera al precio de acumular cicatrices que no se borran.
Robert Louis Stevenson

Under the wide and starry sky  / Dig my grave and let me die. / Glad did I live and gladly die / And I laid me down with a will. / This be the verse you grave for me: / Here he lies where he log´d to be; / “Home is the sailor, home from the sea, / And the hunter home from the hill”. (Robert Louis Stevenson: Requiem)

Eran bellos poemas (el de Kilmer, sentimental a más no poder) y debo reconocerlo, cortos. Me quitaron el miedo a leer textos en una lengua que en gran parte desconocía. Me alentaron a emprender un camino que más tarde descubrí era el aconsejado por T.S. Eliot a quien pretendiera aprender italiano:  bastaba con comenzar por una obra literaria fundamental, como La Divina Comedia, por desalentador que resultara el desafío, para ir afrontando poco a poco los problemas que el texto presenta, sin disociarlos por eso del disfrute.
No asocio a Miss Austin con el maltrato que ejercían otros colegas suyos impunemente, pero al mismo tiempo no puedo evitar el recuerdo de las tensiones que suscitaban las tareas que encomendaba. El dictado era un trámite horrible, tanto si uno debía escribir en el pizarrón, delante de una veintena de testigos que recordarían cada error, como en los cuadernos, para entregarlo a la profesora y quedar a la espera de sus correcciones en rojo. Hay que someterse al rigor para aprender (hoy esto suena a herejía pedagógica) y sobre todo no hay que retroceder ante lo que asusta. Ella pudo habérmelo enseñado, porque es una frase de Shakespeare, que años después descubrí gracias a Borges: los cobardes mueren mil veces, los valientes solo una.

miércoles, 1 de octubre de 2014

Del amor (no siempre correspondio) por las palabras


Leían como lo hacían en otro tiempo los adolescentes de catorce y dieciséis años, es decir, con exceso, con frenesí, de día y de noche, en la copa de los árboles, en las perreras. (Colette: Sido)

En Sido, un libro de Colette sobre su infancia, la autora reconstruye el ambiente de la casa provinciana de su madre, y la adquisición del vocabulario entrañable (por la forma casual en que lo adquirió) convertido luego en materia prima de su obra literaria. Ese repertorio de recursos expresivos que nace del entorno familiar, le permite nombrar con precisión las cosas comunes: plantas de jardín, objetos de la cocina, y en paralelo adquirir un estilo fresco, directo, depurado de adjetivos.
Colette niña
Puede ser a veces un lenguaje no del todo correcto, cuando se lo compara con la norma académica, a pesar de lo cual identifica sin desvíos la complejidad de los sentimientos humanos. El establecimiento del vocabulario puede verse como una aventura extremadamente personal, llena de riesgos y eventos afortunados, que nos diferencia a unos de otros. El amor por las palabras (también el desprecio y el temor por las palabras) se establece en la infancia, una etapa de la vida humana en la que cada quien toma lo que puede y como puede, de lo que encuentra en aquellos que lo rodean.

Aprender a examinarse e instruirse a sí mismo es algo muy cómodo y no tan peligroso como afeitarse solo. Cada cual debería aprenderlo a cierta edad para no ser un día víctima de una navaja de afeitar mal gobernada. (Georg Lichjtenberg)

Recuerdo a mi padre enseñándome palabras tan arcaicas y ajenas a nuestro vocabulario cotidiano, como cetrería y genuflexo, que correspondían a situaciones que lo indignaban especialmente. No dudo que las recibiera de su padre, un inmigrante vasco nacido a mediados del siglo XIX. Cuando crecí y tuve suficiente curiosidad, las busqué en el diccionario. La caza medieval con halcón no correspondía del todo a lo que mi padre pretendía expresar: que los seres humanos atrapaban incautos, utilizando señuelos. Esa metáfora debía ser, calculo, su imagen de las mujeres que intentaba comunicarme.
La segunda la aplicaba con desprecio a todos aquellos que carecían de principios y se sometían al poder (en ese momento, se refería al primer gobierno peronista, poco antes de su caída). Probablemente era el lenguaje ornamentado, efectista, al estilo de Vargas Vila, que uno descubría en los editoriales de La Palabra.
Debí haber aprendido cientos de palabras de mi padre, como los nombres de las piezas de ajedrez o los de la infinidad de productos de consumo doméstico que vendía en su almacén. Entre ellas no estaban las palabras obscenas, que rara vez soltó en su vida (y al hacerlo sonaban arcaicas, aprendidas una generación antes, necesitadas de un Glosario que las aclarara).
De mis parientes y vecinos adquirí los nombres de las piezas del apero de un caballo, las herramientas de albañil y el carpintero, las técnicas de la costura y la cocina. Ciertas palabras, fui descubriendo, las usaban exclusivamente los hombres, mientras otras parecían pertenecerles a las mujeres. Algunas eran frecuentes en los jóvenes, mientras que otras llegaban de los ancianos.
La gente más educada tenía un léxico que podía no coincidir demasiado con el de aquellos que no habían estudiado. Los medios de comunicación masiva (diarios y radios) no habían logrado uniformar todavía el lenguaje de la gente, como sucede en la actualidad, y la observación del habla de las personas que iba encontrando, recompensaba con datos preciosos que iba a utilizar el resto de mi vida.
Aprender a leer me facilitó el acceso a una torrente de palabras nuevas y fascinantes, en muchos casos inútiles, que nunca había escuchado hasta entonces y me obligaban a deducir el significado por el contexto, puesto que en mi casa y en las casas de nuestros vecinos, no había un diccionario: clepsidra, marisma, braquicéfalo, tentempié, carantoña, ambidextro, caterva, ferruginoso, caletre, maniqueísmo, sedentario, coito. Gracias a las palabras, descubrí, podían ser evocados objetos y situaciones que habitualmente hubieran resultado innombrables o ni siquiera hubiera llegado a imaginar.

Una persona que no lee, o lee poco, o lee solo basura, puede hablar mucho, pero dirá siempre pocas cosas, porque no dispone de un repertorio mínimo para expresarse. No es una limitación solo verbal; es, al mismo tiempo, una limitación intelectual, una indigencia de pensamientos y de conocimientos, porque los conceptos mediante los cuales no apropiamos de la realidad, no están disociados de las palabras a través de las cuales los reconoce y define la conciencia. (Marrio Vargas Llosa)

En Selecciones del Reader´s Digest publicaban todos los meses una sección denominada Enriquezca su Vocabulario, que proponía una veintena de términos inusuales y ofrecía cinco alternativas para que el lector eligiera. Al voltear la página se daba el significado correcto y se ofrecía una frase donde la palabra era usada. Aprender podía ser un juego y era conveniente que lo pareciera, porque de ese modo perdía cualquier atisbo de obligatoriedad.
Recuerdo a mi maestra de tercer grado, Dora B., cuando me informó durante un ejercicio que denominaba “familia de palabras”, que el término estantigua no existía (al menos en su memoria, porque sí en el diccionario, a pesar de que no sé cómo llegué a aprenderla, pero sí que quedé encantado de su sonido tan extraño).
Uno se define en esas situaciones inexplicables, como aquel que se encuentra destinado a ser, que por algún motivo se siente obligado a ser, sin que importen los factores que se le opongan en el camino. Las palabras me habían estado esperando. Eran miles que aguardaba el turno de ser conocidas. Todavía no desconfiaba de ninguna de ellas, como le sucede a los adultos que experimentan el desengaño de los grandes discursos.

Yo empuñé las armas porque busco las palabras justas. (Paco Urondo)

Durante mi educación secundaria aprendí palabras tan técnicas que resultaban inútiles en el mundo real (como usucapión, que utilizo por primera vez desde entonces) monocotiledónea, trigonometría y centenares de palabras en otras lenguas modernas, porque el año en que comencé a estudiar desaparecieron Griego y Latín de la malla curricular, con lo que nos dejaron al margen de la cultura clásica. Era una situación contradictoria. Por un lado se nos ataba al lenguaje de los adultos, de la tradición, de aquellos que administraban el saber y habían decidido lo que debíamos aprender, y por el otro se nos liberaba de las ataduras a la lengua materna.
Las palabras que aprendí entonces, eran la herramienta privilegiada que utilizaría el resto de mi vida. Por eso me enamoraba de ellas al leerlas, las almacenaba en la memoria, aguardaba la oportunidad de usarlas, y a veces me arrepentía de haberlo hecho, porque la palabra justa (no creo que lo sospechara Flaubert) si bien es el ideal de aquel que escribe, puede resultar inoportuna en el trato social. Exhibir las palabras que corresponden, es como exhibir joyas en un entorno donde tal vez no se acostumbra nada parecido, porque no se ha tenido la oportunidad de acumularlas.

Cuando Flaubert habla del mot juste (la palabra adecuada), no quiere decir necesariamente, inevitablemente, la palabra asombrosa; no, la palabra justa, que puede ser muchas veces trivial o ser un lugar común, pero es la palabra exacta. (…) De modo que ese cuidado excesivo que ponía, no corresponde a la vanidad; al contrario, es una forma de modestia, (Jorge Luis Borges)

Mi amor por las palabras nació de la lectura, que ocurría en circunstancias poco favorables. Mi familia no era de gente demasiado letrada. Mi madre no había tenido oportunidades de educarse, por la pobreza de su familia, que la obligó a trabajar muy temprano, sacrificando la escuela. Mi padre, en cambio, había rechazado esas ventajas, al oponerse al proyecto de mi abuelo, que lo mandó al Colegio Nacional de Buenos Aires, cuando él solo quería que lo expulsaran. Mi padre y mi madre apenas hablaban entre ellos, como si cualquier intento de negociar sus puntos de vista, condujera inevitablemente a una ruptura.  
Si la conversación podía llegar a ser instructiva y amena, capaz de plantear lo que uno pensaba y sentía, si valía la pena prestarle atención, porque me brindaba oportunidades de participar, aunque solo fuera preguntando, tuve que aprenderlo fuera del ámbito de mi familia, entre los clientes de mi padre, las hermanas de mi madre y una cantidad de vecinos. Por suerte no me faltaron instructores. Los adultos, en aquel tiempo, no dudaban en hablar con un niño.
Cuando no encontraba interlocutores en el barrio, las palabras llegaban desde la radio, en la que abundaban locutores de dicción perfecta, como Jaime Font Saravia y Julio César Barton. Hasta los narradores deportivos se expresaban con una fluidez y propiedad que han pasado a convertirlos en mitos. Ellos hacían que el auditor paladeara las palabras y tratara de imitarlos.
En una sección de Radiolandia premiaban a los auditores que detectaran errores gramaticales o lexicales en los programas de las emisoras de Buenos Aires. Los crucigramas de La Nación y La Prensa eran publicados todos los días y uno trataba de resolverlos como un desafío personal. Poco importaba que después de luchar media hora quedaran incompletos. Con el próximo tendría mejor suerte. Más tarde, comencé a elaborar mis propios crucigramas. Gracias a estímulos tan triviales como estos, el joven de entonces adquiría un respeto y una familiaridad con el lenguaje que hoy me cuesta reconocer en las nuevas generaciones.
Para gente de la edad de mis padres, describir la complejidad de los sentimientos humanos era una tarea que les resultaba excesiva y con toda probabilidad los avergonzaba encarar. Durante las mayores explosiones de enojo, se conformaban con unas pocas sílabas, cuyo efecto era sin embargo imposible de olvidar.
No fue la mejor escuela que pude haber tenido. Como escritor (en algún momento el término comenzó a figurar en mi documento de identidad, pero continuaba resultándome excesivo) trabajo con las palabras, me dejo llevar por las asociaciones que las palabras entablan entre ellas, verifico la etimología, reconozco los usos que han hecho de ellas otros más hábiles que yo. Confío y al mismo tiempo desconfío de una herramienta como esa, que promete no dejar nada sin ser expresado, y sin embargo se rebela contra cualquier intención de emplearlas.
De mis parientes adquirí, según advierto a la distancia, el aprecio por el laconismo cuando se trata de expresar aquello que más importa. Cuando descubrí los textos de Borges, que por ser contemporáneos todavía no figuraban en el programa de Literatura del Bachillerato, hallé la confirmación de que se trataba de una decisión difícil pero ineludible. No hay que abultar el discurso, se dice que en señal de respeto al destinatario, pero en el fondo más por consideración a uno mismo. En esos casos, menos puede ser más (el eslogan no había nacido aún) si logra evitar la pereza del escritor, que se conforma con lo primero que encuentra.


Descifrar lecturas largas y ojalá complejas, nos “entrena” para descifrar mejor la realidad. Los ciudadanos que no leen son víctimas fáciles de la publicidad engañosa, del populismo de la calle, de la demagógica de los políticos. (…) Un buen lector tiende a ser más crítico. (Carlos Franz)

sábado, 14 de enero de 2012

Mitología de la Memoria


A lo largo de los últimos dos años, al redactar este blog, he comprobado que la memoria acumula los datos más opuestos, algunos útiles, otros inservibles, sin que me sea posible entender muy bien cuáles son sus criterios de selección, ni atreverme a detenerla cuando se pone en movimiento y exige de mí una paciencia y un respeto que no sé si ella merece. La memoria me ofrece datos que por algún motivo le ha interesado conservar, acorta aquello que se vuelve reiterativo, relaciona personajes y situaciones que yo hubiera supuesto inconexos, propone hipótesis que me obligan a reinterpretar el pasado, investiga las oscuridades que descubro por todos partes, deduce los nexos que faltan, recupera lo que ella considera significativo, allí donde yo no sospechaba que hubiera nada digno de atención. La memoria compara, diferencia, distorsiona, desecha parte de su materia prima y aunque estoy tan directamente implicado en el proceso, yo soy el primer sorprendido por su trabajo.
¿Debo limitarme entonces a recordar, tratando de ser lo más fiel posible a ese flujo que recibo, hasta convertirme en el médium de un discurso incontrolable? Mi respuesta no es afirmativa. Pocas veces he utilizado material autobiográfico en mis textos de ficción, mientras que la observación y la documentación me parecen capaces de suministrar un repertorio más atractivo. Hace quince años, al decidirme a estudiar portugués, uno de los ejercicios que nos planteaban era redactar una semblanza personal. Para mi sorpresa, al emplear otra lengua, la resistencia a lo autobiográfico, que no había analizado nunca, pero sin duda ha existido, desaparecía. Por lo tanto, hay fantasmas que no controlo y se oponen a una exposición demasiado directa.
Al decidirme a anotar mis recuerdos, eludiendo los artificios de la ficción, no estaba demasiado seguro de lo que encontraría durante el proceso. Eran situaciones y personajes que podía considerar míos y sin embargo no estaba seguro de que me pertenecieran del todo, porque el tiempo los había erosionado durante más de medio siglo y no iba a devolvérmelos sin dejar alguna marca de su trabajo destructor (o creador: como se quiera).
Cuando tenía quince años, me identificaba con el autor de la Carta al Padre (Franz Kafka) a pesar de no ser judío, ni sufrir de tuberculosis. La vida conyugal de mis padres la entendí cuando era un hombre maduro, a través de la ficción de La Mansa (Feodor Dostoievski) a pesar de que mi madre no se mató para escapar del encierro al que la sometía un marido posesivo, ni mi padre confesó nunca la magnitud de su duelo, tras haberla perdido.
La resistencia de mi padre a regresar a San Pedro durante sus últimos años, la interpreté según el modelo de Ulises cuando llega de incógnito a Ítaca, en La Odisea y demora el contacto que. Debo ser la marca profesional de un escritor, sentirse inclinado a relacionar cualquier experiencia del mundo real con algún modelo literario o mítico. Lo propio tiende a conectarse con lo ajeno, con lo admirado, con aquello que proviene del pasado y alerta a percibir el presente.
Al trabajar, los escritores mienten a sus lectores todo el tiempo, lo mismo cuando confiesan inventar personajes y situaciones, que cuando declaran referirse a sus circunstancias más íntimas. Borges es el personaje narrador de El Aleph o de Tlön, Uqbar, Orbis Tertium, y uno pecaría de ingenuo si se lo tomara demasiado en serio, pero de nuevo demostraría no entender para nada el juego que el autor propone a sus lectores, si no percibiera lo bien informado que se encuentra esos autorretratos que se afirman falsos.
Un texto de Abelardo Castillo me alentaba a sospechar que buena parte de lo que yo podía encontrar en el curso de mi búsqueda, probablemente fuera una invención, de las tantas que marcan el oficio de un escritor: alguien se pone en disposición de recordar, y las imágenes que lo asaltan satisfacen su demanda, pero no siempre informan sobre algo real.
Hay una casa muy vieja en San Pedro, en la barranca. O había hace muchos años. Una casa con un mirador. El mirador tiene una grieta que baja hasta la cornisa de la portada. Como una cuña. En verano, te sientas en el tercer banco de la plaza de la iglesia, como viniendo del río, y esperás. Ya de por sí la rajadura impresiona bastante, fuera de que tiene la forma de un triángulo y eso debe ser simbólico. Cuando el reloj del cabildo da el primer campanazo hay que tener los ojos muy abiertos, fijos en el mirador, y arrepentirse de todos los pecados. Entonces empieza a aparecer la Loca en mitad de la rajadura. (Abelardo Castillo: Crónica de un iniciado)

Precisiones como ese “tercer banco de la plaza de la iglesia” viniendo desde el río, alientan a creer que todo lo que sigue se corresponde con la realidad, ahora o hace décadas, en un pueblo que el lector probablemente desconoce, iniciando un proceso que Samuel Johnson (y luego Coleridge) describieron como una suspensión voluntaria de la incredulidad. Si esa disponibilidad para aceptar lo improbable que ofrece el autor no se obtiene, la ficción difícilmente prospera.
Castillo recuerda en un ensayo la lección magistral que habría recibido de Bossio Arnaes, un profesor sin cátedra y escritor sin textos publicados (capaz, sin embargo, de inspirar la escritura de Los Isleros, la novela de Ernesto L. Castro) que habría habitado una casa sobre las barrancas de San Pedro y le demostró lo que era el estilo literario, al corregir sin anestesia las primeras líneas de un cuento que el autor consideraba perfecto y la demostración reveló ripioso.
Lectores y comentaristas que han reproducido esa anécdota, no ponen en duda que haya ocurrido, supongo que convencidos por la circunstancia de que el autor no deja bien parado al distante adolescente que la vivió. Si alguien recuerda una humillación sufrida o un aprendizaje que modificó su visión del mundo, debe ser porque confiesa una verdad que habitualmente nadie refiere.
En mi memoria figura una clase de Rodolfo Constantin, nuestro profesor de Literatura en la secundaria, que también fue profesor de Castillo. Él citaba una historia que Antonio Machado le atribuye a un personaje apócrifo. Juan de Mairena convoca al pizarrón a uno de sus estudiantes y le dicta la siguiente frase: “Los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa”. ¿Léxico rebuscado? No tanto, comparado con la retórica de la poesía española, desde el Siglo de Oro hasta comienzos del XX. Mairena, identificado como un hombre de gustos modernos, le pide a su estudiante que lo traduzca al habla cotidiana, con lo que se obtiene: “Las cosas que pasan en la calle”. ¿Por qué complicar aquello que puede ser simple? Arnaes o Mairena tienen toda la razón, pero es inevitable que un escritor invente, a diferencia de lo que pasa con un cronista.
Como cineasta y periodista, he entrevistado a centenares de personas. No me cuesta elaborar preguntas que los invitan a contar sus experiencias, que pasan a convertirse en la materia prima de mi propio discurso. Oír, descubrir, coordinar, son tareas que disfruto más que redactar mis comentarios. Mientras viví en San Pedro, nunca traté de averiguar las circunstancias en las que nací o crecí, mediante un interrogatorio sistemático a mis mayores, porque ese tipo de comunicación tan abierto, desgraciadamente no se daba en mi familia, y sobre todo, porque no llegué a imaginar que tuviera la menor importancia investigar el tema, hasta muchos años después, cuando estuve en condiciones de relacionar por mí mismo la cantidad de pistas contradictorias que fui acumulando sin darme cuenta de lo que hacía.
Según mi padre, que había oído contar la historia a su tío Félix, Juan Moreira había frecuentado el Despacho de Bebidas de mi abuelo. Todo habría ocurrido en las últimas décadas del siglo XIX, cuando en la calle Chivilcoy se corrían carreras cuadreras muy concurridas por apostadores y mi abuelo mantenía junto a la caja, donde guardaba el dinero de los vueltos, un garrote de quebracho de casi un metro de largo, con el que desalentaba a los clientes que intentaran consumir sin pagar o pretendieran asaltarlo.
Yo conocí el garrote, que permanecía en el mismo lugar, pero nunca vi que lo usaran. De acuerdo a la documentación, el gaucho bandido, protagonista de una novela de folletín y una pantomima teatral, había muerto en 1874. Mi abuelo pudo conocerlo en su adolescencia, pero de ahí a enfrentarlo... No hubiera estado mal. Por lo contrario, hubiera sido estupendo que un chico español desafiara a una figura mitológica como Juan Moreira, munido de una herramienta que en su tierra natal se emplea hasta en competencias atléticas. Nunca supe si mi padre creía realmente en esas anécdotas que se situaban por lo menos ochenta años antes del momento en que las contaba. Dejar que el mito se mantuviera y prosperara, imposibilitado de confrontarlo con la memoria de testigos, debió ser lo más seductor de todo para él. Mientras lo comunicaba, conseguía que se fijaran en él, que de algún modo lo conectaran con un pasado más atractivo que el presente.

viernes, 11 de noviembre de 2011

Clásicos de mi juventud

Sala de Lectura de la Biblioteca Pública de San Pedro
En San Pedro, entre los diez y los trece años debo haber leído la mayor parte de los libros que, según se suponía entonces, debía conocer una persona culta. Demasiado pronto y muy a la rápida, me temo. Dos editoriales argentinas (Atlántida y Peuser) se habían encargado de decidir por mí qué debía leer, adelantándose a los reclamos del ramo Literatura de la secundaria, que se conformaban con suministrar una breve Antología de fragmentos de obras fundamentales al final de cada capítulo. Si uno leía esas tres o cuatro páginas, eso bastaba para enterarse de lo que estaba hablando y aprobaba la asignatura. Si pretendía algo más, tropezaba con el calendario de la asignatura, que planteaba otro tema.
Recuerdo haber encarado la lectura kamikaze de la monumental recopilación de Romances españoles de Menéndez y Pidal, que descubrí en la Biblioteca Rafael Obligado, solo porque intentaba encontrar el romance medieval más corto posible, que me permitiera superar una tarea escolar planteadas por Castellano, que consistía en la memorización de un poema completo. Dada mi tartamudez de entonces, cuanto más largo fuera el texto que iba recitar en público, mayor podía ser mi humillación. Para evitar ese obstáculo, leí decenas de romances, hasta localizar uno de menos de diez líneas, que me ofrecía pocos tropiezos (Mañanita de San Juan / Cayó un marinero al agua / etc.).
Mi padre compraba mensualmente Selecciones del Reader's Digest, y esa revista me acostumbró a la idea de que un libro extenso pudiera ser "condensado" sin que perdiera nada en el proceso. Probablemente Leoplán hacía lo mismo, sin confesar que fuera su política editorial. Cualquier abuso quedaba justificado por el proyecto de facilitar el acceso al texto literario de un "lector ocupado". Gracias a Selecciones y Leoplán, nunca me tomé el trabajo de leer una serie de libros que no me hubieran aportado mucho, pero también adquirí la convicción (errada) de que no era dañina esa modalidad de lectura que permite enterarse de todo y profundizar en nada.
Los "Clásicos de la Juventud" de Atlántida habían sido muy bien elegidos para introducir los textos fundamentales de la literatura europea, sin pagar derechos de autor. Eran volúmenes pequeños, de tapas duras, profusamente ilustrados, que impresionaban por sus características gráficas al lector infantil, mientras evitaban las enumeraciones fastidiosas de La Ilíada, convertían los versos de El Cid y los diálogos de Romeo y Julieta en fluida prosa, adecentaban La Celestina o El Decamerón, para adecuarlos a la perspectiva inocente que correspondía a sus jóvenes lectores. En otros casos, sintetizaban Fausto y lo despojaban de personajes y situaciones que demoraban la acción, ponían al alcance de todos textos redactados en una lengua arcaica, como sucedía con el español de El Quijote o Amadís de Gaula.

Colección Austral
La biblioteca de Peuser tenía como destinatarios explícitos a los adolescentes. Los volúmenes amarillos eran grandes y no advertían que los textos hubieran sido recortados. Eran más extensos que los de Atlántida y abarcaban un área menos restringida de lo que el joven lector debía conocer. Incluía novelas de Charles Dickens, Julio Verne, Walter Scout, Juana Spyri o Edmundo D'Amicis. Ahora sé que no hubiera perdido mucho, dejando de leer varios de ellos, pero lo fundamental era el impulso de explorar la Literatura por mi cuenta y riesgo, perdiendo el tiempo en más de un texto mediocre, pero también atreviéndome a disfrutar otro que nadie me había recomendado.
Solo tengo un reparo sobre estas primeras lecturas que debían mostrarme una cultura sobre la cual se fundamentaría mi desempeño futuro como escritor, el resto de mi vida: impidieron que me contactara con los textos auténticos.
No digo que un chico pueda encarar por sí mismo el laberinto de La Odisea, pero lo ideal hubiera sido que fuera capaz de reconocer las enormes dificultades que entraña, para avanzar o retroceder según mi capacidad de entonces, utilizando el tiempo que me hiciera haga falta. Si alguien no lee completo un texto difícil que lo desafía con toda su complejidad, no importa demasiado, porque probablemente ha perdido el temor a explorar una obra que le ofrece una pluralidad de alternativas y habrá de acompañarlo hasta el día de su muerte.

James Joyce
El día que decidí leer el Ulises de James Joyce, a los quince años, por curiosidad, porque lo había visto mencionado en el Suplemento Literario de La Nación de los domingos y porque lo encontré en el fichero de la Biblioteca Rafael Obligado, fue una de esas grandes fechas que uno atesora. ¡Qué muralla intimidante de inventiva lingüística y exigencias culturales que me superaban! Era lo mismo que aprender a nadar en el océano. Uno lo conseguía o se ahogaba. Sucedió durante las vacaciones y debo haber empleado por lo menos un mes para llegar al final del monólogo de Molly Bloom.
El consejo que daba T.S.Eliot para quienes pretendan adentrarse en el conocimiento de la lengua italiana, era ponerse a leer La Divina Comedia. Recomendación nada fácil de seguir, probablemente, pero ¿qué mejor introducción que una obra literaria donde esa lengua resplandece? Cuando finalmente me decidí a estudiar griego, no hace mucho, mi profesora comenzó por darnos a traducir fragmentos de los filósofos presocráticos. Después venía el texto completo de Medea. Hubiera sido estupendo tener la disponibilidad mental de los catorce años y no los compromisos de los sesenta y cinco en ese momento.

Franz Kafka

A eso de los quince años, decidí convertirme en mi propia guía de formación literaria. No estaba dispuesto a profundizar en los clásicos. ¿Para qué, si ya conocía los resúmenes de Atlántida y Peuser? Por eso me dediqué a los autores contemporáneos. Tenía que leer pronto la totalidad de la obra de Kafka y gran parte de la obra de Faulkner, y pronto la dramaturgia de O'Neill, Ionesco y Beckett. Un autor llevaba a otro de antes o después, miembro de la misma escuela o su opuesto. Las solapas de un libro suministraban datos que reclamaban la lectura de otros libros. Los artículos del suplemento dominical de La Nación ofrecían pistas.
Es el riesgo de los autodidactas: se guían por el apetito cambiante y en ocasiones motivador, no por un programa confiable. Eso les otorga (nos otorga, porque soy un ejemplo de ese tipo de formación) una pasión mayor que la esperable en un estudiante de la materia, pero también lamentables huecos, dispersiones de todo tipo, pérdidas de tiempo.
Escrito lo anterior, recuerdo lo sucedido a una sobrina de mi mujer, una joven que estudió Literatura Inglesa en la Universidad Católica y salió conociendo exclusivamente a los pocos (y en algunos casos excelentes) escritores católicos de esa lengua, por igual Chesterton, Waugh y Greene, que C.S.Lewis y Tolkien. Era una visión sesgada, que excluía una serie significativa de autores protestantes o ateos y no obstante contaba con el respaldo de una prestigiosa institución educativa.
Mis Clásicos incluyen lagunas del tamaño de océanos, que probablemente no habré de superar en lo que me queda de vida, como los grandes novelistas rusos del siglo XIX o el teatro clásico francés, pero así es toda Cultura: insuficiente y sin embargo uno se las compone para vivir y trabajar con ella.