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sábado, 9 de diciembre de 2017

Salvar las apariencias (I): La utopía de Manuel Carreño


 
Ilustración del Manual de Carreño, mediados siglo XX
Los temores, las sospechas, la frialdad, la reserva, el odio, la traición, se esconden frecuentemente bajo ese velo uniforme y pérfido de la cortesía. (Jean-Jacques Rousseau)

Uno de los pocos libros que recibí de mi padre durante la infancia, fue el Manual de Urbanidad y Buenas Costumbres de Manuel Carreño. Lo leí como leía todo lo que encontraba por ese entonces, desde revistas ajenas a mis intereses, como El Gráfico y Mecánica Popular, hasta el Mundo Argentino y La Chacra, pasando por las novelas de Ponson du Terrail publicadas por Leoplan y los libros del mes condensados de Selecciones del Reader´s Digest.
Leía por compulsión, dos o tres libros por semana, acumulando nuevos datos a una cultura dispersa, como los jóvenes de hoy, que surfean Internet. Incorporaba personajes y circunstancias a mi archivo mental, sin averiguar mucho sobre los autores de esos textos que devoraba, ni el momento en que habían sido escritos, puesto que en las portadas de los libros era poco y nada lo que se informaba.
Según había aprendido, un Manual era un texto publicado con el objeto servir de guía durante la resolución de problemas menores de la vida cotidiana (fuera la plomería de una casa de familia o la caligrafía inglesa que debía utilizarse tanto en la correspondencia personal, como en las anotaciones de los libros de Contabilidad).
Manual de Carreño, mediados siglo XIX
La vida en sociedad que planteaba Carreño se encontraba tan distante de mi experiencia cotidiana como la galaxia de Andrómeda. ¿Qué era eso de tener sirvientes que cuidaban a los niños, planchaban la ropa o preparaban las comidas? En mi casa, eso hubiera sido un insulto a mi madre, que se encargaba de todo lo que necesitábamos. ¿Cuándo se me presentaría la oportunidad de ofrecer mis respetos a los deudos de un amigo durante un funeral? Si me cruzaba en la vereda con una dama, en las habitualmente vacías calles de mi barrio ¿debería cederle el lado de la pared o el de la calle?
Taparse la boca para bostezar, toser o estornudar estaba bien, resultaba más agradable a la vista de los interlocutores, y sin duda más higiénico que hacer lo contrario. Tomar la iniciativa de saludar con respeto a las personas de más edad o relevancia social, no interrumpirlas nunca cuando estaban haciendo uso de la palabra, tratarlas de usted y no desafiarlos con la mirada, se entendían como actitudes convenientes para evitar que los adultos nos humillaran a nosotros, los niños insolentes, con toda clase de reproches por nuestra falta de educación (una circunstancia que marcaba incluso a nuestros padres, que habían sido incapaces de formarnos).

Muchas personas son demasiado educadas para hablar con la boca llena, pero no se preocupan por hacerlo con la cabeza vacía. (Orson Welles)

Manual de Carreño
Comer con la boca cerrada y no hablar mientras comíamos, era el comportamiento más prudente para los niños, si no se quería regar la comida por toda la mesa y recibir una respuesta inmediata de los adultos. La ubicación de los cubiertos en la mesa, era un conocimiento que podía aplicarse en la vida familiar, cuando mi madre me ordenaba hacerlo, porque ella estaba demasiado ocupada preparando el almuerzo o la cena, pero el resto de las indicaciones del Manual referidas a la normas de etiqueta, requería una combinación de circunstancias altamente improbables, para que uno pusiera en práctica esos datos.
El Manual de Carreño no parecía darse por enterado de que el mundo había cambiado en lo que llevaba transcurrido el siglo XX (o mejor aún, que el mundo nunca había sido tal como él pretendía, en el momento mismo de redactar el texto).

El hábito de respetar los convencionalismos sociales contribuye también a formar en nosotros el tacto social, el cual consiste en aquella delicada mesura que empleamos en todas nuestras acciones y palabras, para evitar hasta las más leves faltas de dignidad y decoro, [para] complacer siempre a todos y no desagradar jamás a nadie. (Manuel Carreño: Manual de Urbanidad y Buenas Costumbres)

Manuel Antonio Carreño
Encontrar un marciano hubiera sido menos factible que intentar una aplicación de los preceptos de Carreño, no solo porque habían sido escritos a mediados del siglo XIX (un dato que los editores solían omitir en la presentación del libro, para que pareciera actual en todos sus aspectos) sino porque daba forma a una visión del mundo que los jóvenes de entonces despreciábamos, por decir lo menos. Queríamos derribar las convenciones que nos estorbaban, esperábamos establecer otro orden, más equitativo y sincero. Creíamos que había llegado el momento de liquidar un orden que había demostrado ser opresivo, fallido y carente de moral.
Después de los horrores demostrados de la Segunda Guerra Mundial, despertamos a la pesadilla de la era atómica y una Guerra Fría que resultaba cada vez más difícil imaginar que nos condujera al exterminio del planeta, se había vuelto inverosímil prestarle atención a nociones tan frágiles como la urbanidad y las buenas costumbres. ¡Por favor! ¿Acaso podía haber algo más inútil, cuando el fin de la vida humana se encontraba en peligro?

No se puede hacer una tortilla, sin romper algunos huevos. (François-Athanase Charette de la Contrie)

Luis J. Medrano: Almuerzo en familia
Mis veinte años los viví lejos de mi familia, en la Universidad, donde estaban vigentes otros códigos, que durante la infancia y adolescencia se me hubieran presentados como inaceptables. Todo el mundo fumaba, ser ateo era obligatorio, como ser de izquierda, y el que no lo aceptaba, mejor no decía nada. Las mujeres usaban pantalones, soltaban palabrotas y bebían ginebra. Los hombres tampoco se contenían al hablar o beber en su presencia. Existía, sin embargo, un evidente pudor para referirse a la sexualidad ajena o propia, no solo a la homosexual, que servía para hacer bromas denigrantes, sino también a la conducta heterosexual, que evitaba mencionarse, para no quedar marcado como demasiado sensible, por no decir cursi.
Luis J. Medrano: Sábado inglés
Hablar mal de las novias o las esposas era de rigor en una reunión de hombres, como las convocadas por mi padre los sábados a la noche, para jugar al truco. Se las tildaba de controladoras, malhumoradas y lentas para entender, como una forma de reafirmar que el ideal humano era la fraternidad masculina (de ahí la denominación de brujas que abarcaba a todas ellas, menos a las respetables madres de los presentes). Cabe suponer también que denigrar a las mujeres era una estrategia destinada a convencer a los congéneres de que no valía la pena fijarse en ellas, tal como el Viejo Vizcacha escupía el asado para que nadie se lo quitara.
No estaba bien visto acercarse demasiado, aunque solo fuera por buena educación, a la mujer de un amigo. Era una deslealtad que la comunidad masculina no hubiera podido aceptar de ninguno de sus miembros. Si alguien ponía en duda la honestidad de madres, hermanas u otras parientes de alguno de ellos, se justificaba que el conflicto se dirimiera a golpes. En cambio, no había problemas en piropear a perfectas desconocidas, incluso con frases de doble sentido, que nadie se preocupaba de averiguar si complacían o disgustaban a las homenajeadas.

No se escribieron manuales para ser un buen campesino, buen indio, buen negro o buen gaucho, ya que todos estos tipos humanos eran vistos como pertenecientes al ámbito de la barbarie. Los manuales se escribieron para ser un buen ciudadano. (…) Los manuales de urbanidad se convierten en la nueva biblia que indicará al ciudadano cuál debe ser su comportamiento en las diversas situaciones de la vida, pues de la obediencia fiel a tales normas, dependerá su mayor éxito (…) en el reino material de la civilización. (Santiago Castro-Gómez: Ciencias sociales, violencia epistémica y el problema de la invención del otro)

Manuel Carreño no tuvo la ocasión de vivir en una época de generalizada tolerancia y buenos modales, descubrí años más tarde, porque la Venezuela de mediados del siglo XIX se hundía en la llamada Guerra Federal, que la desangró por décadas, cuando apenas intentaba recuperarse de los quince años que duró la Guerra de la Independencia, que liquidó a una cuarta parte de la población y acumuló un historial traumático de saqueos, violaciones y destrucción.
La necesidad de imponer códigos de comportamiento a esa comunidad anárquica era atendible, pero la posibilidad de que esos códigos no quedaran como un esquema inútil resultaba remota. El colombiano Rufino José Cuervo se había adelantado a Carreño en veinte años, cuando publicó Breves nociones de urbanidad, un manual destinado a las estudiantes del Colegio de la Merced en Bogotá, que era la institución encargada de formar a las jóvenes de familias adineradas.
La urbanidad era una planta exótica en el territorio del Nuevo Mundo, alimentada durante el curso del siglo XIX por el discurso de unos cuantos precursores, decididos a imponer el comportamiento civilizado y elegante, allí donde hasta la fecha simplemente no se lo había necesitado, y lo más probable era que tampoco prosperara. Tal vez se aceptara la urbanidad de manera provisoria, como una excepción a lo habitual, para no quedar marcado ante la comunidad como alguien inculto, pero no por eso dejaba de considerársela una elaboración inútil, por lo que más probable sería que después de verse obligado a aceptarla, se la abandonara ante el menor contratiempo.
Durante el siglo XX, el tópico pasó a alimentar secciones fijas de las revistas femeninas. Quizás los manuales de urbanidad no llegaran modificar el comportamiento de un pueblo inculto, porque solo se preocupan de identificar a quienes no poseen los buenos modales (en otras palabras, el objetivo último de la urbanidad sería discriminar a los desdichados que por ignorancia o descontrol son incapaces de camuflarse como integrantes de la élite).

La etiqueta no dispone de las grandes sanciones que tiene la Ley., pero la sanción principal que podemos aplicar, es no tener trato con esa gente [que la infringe] y aislándolas porque su comportamiento es intolerable. (Judith Martin: columnista norteamericana conocida como Miss Manners)

Ilustración de La Letra Escarlata
La Letra Escarlata, novela de Nicholas Hawthorne, muestra el peso de la opinión dominante en una comunidad pequeña, ideológicamente homogeneizada por el puritanismo, durante el siglo XVII, cuando tiene que enfrentar las evidencias de una infracción a los mandamientos de Moisés. La mujer adúltera debe ser castigada mediante la marginación y el recuerdo de su falta; por eso tiene que usar una letra A bordada en rojo, sobre la pechera de sus ropas negras.
Si no se la ajusticia, como exigen algunos Ilusvecinos exaltados, se la convierte en alguien que socialmente debe evitarse, para que no manche a quienes se perciben a sí mismos como libres de toda sospecha. En ese territorio de una sociedad intolerante, la Ley pasa a ser una opción entre otras, mientras la doxa, la opinión dominante, decide a quien condena, la mujer adúltera, pero no a su pareja (un pastor protestante, maldito por Dios, que le marca otra A sobre el pecho) a quien se le concede la oportunidad de redimirse.

Esta mujer nos ha deshonrado a todos y debe morir. ¿No hay acaso una ley para eso? Sí, por cierto: la hay tanto en las Sagradas Escrituras como en los Estatutos de la ciudad. Los magistrados que no han hecho caso de ella, tendrían que culparse a ellos mismos, si sus esposas e hijas se desvían del buen sendero. (Nicholas Hawthorne: La Letra Escarlata)

En el texto de Carreño, católico convencido, los grandes infractores no merecen mayor atención. Existen, pero la magnitud de su depravación los pone en otro universo, del que es mejor ignorarlo todo, para no verse obligado a sospechar la eficacia del proyecto civilizador. De temas tan graves como aquellos que no resuelve la Urbanidad, deben encargarse la Justicia, que recurre al secreto del procedimiento inquisitorial para fundamentar sus resoluciones, y en forma paralela por la Iglesia, que dispone del sacramento de la confesión, también practicado en secreto por el clero establecido. La comunidad debería respetar esos diálogos  en los que no participa y aceptar la opinión de los jueces y el clero, que aplican los criterios de la institución que representan.
La imagen de la Justicia con los ojos vendados, no pasa de ser una convención decorativa presente en los edificios de Tribunales de todo el continente. Por otra parte, nada parece más opuesto al puritanismo del norte, que la pragmática mentalidad católica latinoamericana. Si existe un acuerdo firme en estos ámbitos, es la tradición del doble estándar, que permite separar con destreza las apariencias de dignidad y respeto, de la realidad menos digna que pueden encubrir.
El Manual de Carreño se encarga solo de reglamentar lo aparente, y gracias a una preocupación tan exigente como esa, niega la existencia de todo lo que socialmente no se ha resuelto y de algún modo se oculta. El Manual permaneció vigente en todo el continente americano, a través de incontables ediciones que llegaron a convertirlo en texto escolar. A través de los años, los nuevos editores iban podando los aspectos más anacrónicos y adaptando lo que se podía adaptar al mundo contemporáneo, con lo que el libro fue adquiriendo una difusión superior a obras escritas que eran más trascendentes por su capacidad de análisis de la realidad. El arte (camaleónico) de elaborar las apariencias, para volverlas aceptables a la opinión de la mayoría, continuaba siendo una aspiración y una obligación constante para amplios sectores de la población.

viernes, 4 de noviembre de 2016

Todo es igual, nada es mejor: la era de la guaranguería


Hipódromo de Palermo, 1907
Hubo tradicionalmente en Argentina, más de una diferencia perceptible entre demostrarse educado, capaz de alternar en sociedad, exhibir buenos modales, y carecer de un mínimo de educación (o lo que es igual, ser grosero, guarango, desubicado, y por lo tanto susceptible de recibir algún castigo por tales infracciones a las normas de la comunidad). A veces el guarango no tardaba en descubrir que se generaba un vacío alrededor suyo, un espacio de incomunicación que le indicaba sin necesidad de palabras, la condena social callada pero unánime. A veces se lo reconvenía en público o privado, para lograr que reconociera su error y modificara de inmediato su comportamiento.
Ortega y Gasset en Buenos Aires
Cuando un visitante extranjero detectaba esta situación, no era bien recibido, como sucede siempre con los portadores de malas noticias.

El argentino típico no tiene vocación de ser, ya que él imagina ser. Vive pues entregado, pero no a una realidad, sino a una imagen. Y en efecto el argentino se está mirando siempre en la propia imaginación. Es sobremanera Narciso. El guarango tiene el apetito de ser admirable, superlativo, único, pero necesita creer en esa imagen, y para poder creer tiene que obtener triunfos, y si los triunfos no llegan, duda de sí mismo deplorablemente. (Ortega y Gasset: La Pampa… promesa)

¡Qué odiosa suena la expresión “el argentino típico”! Más aún, proviniendo de un intelectual respetado, que uno supone libre del error elemental de confundir el mapa con el territorio, como planteó hace tiempo Alfred Korzybski.
Ser guarango suele ser visto como la evidencia de un handicap que en lugar de avergonzar y poner límites a la conducta del infractor, lo ha vuelto agresivo, incluso desafiante, pero no logra esconder la situación desventajosa que le ha dado origen. Si se intenta presentarlo como una señal de autenticidad, que reclama la aceptación del resto del mundo, no puede ocultar la confesión de ser menos, de no haber tenido la oportunidad de adecuarse mejor a los criterios dominantes.
En épocas de cambios sociales, la guaranguería aflora, imposible de ser ignorada, demostrando que había estado contenida (reprimida) todo el tiempo y de pronto reclama una visibilidad que le corresponde y sin embargo se le negó.

La guaranguería es la espontaneidad de las nuevas clases, de las promociones que irrumpen con cada ascenso de la sociedad, porque los dos grandes movimientos populares del siglo [en Argentina] –el [radical] de 1914-18 y el [peronista] de 1943-45- han sido la expresión de eso: de ascensos masivos.  (Arturo Jauretche: Tilingos)

Cabecitas negras en fuente de Plaza de Mayo
Los “cabecitas negras” de ascendencia indígena, que se habían mantenido en el interior del país, emigraron a la Capital, en busca de mejores condiciones de vida. Esperaban encontrar los empleos que la cerrada sociedad provinciana les negaba, y descubrieron la marginalidad urbana de las villas miseria. Había un sitio para ellos, cerca y sin embargo lejos del mito del progreso ilimitado que se les había prometido o solo anunciado desde los medios de comunicación y el discurso político. Físicamente, ellos discrepaban de la imagen blanqueada que Argentina había intentado construir desde hacía un siglo, al promover la inmigración europea masiva.
Plaza de mayor, 17/10/1945
De acuerdo a una fotografía mítica de la prensa, el 17 de octubre de 1945, los “cabecitas negras” que exigían del gobierno militar argentino, en la Plaza de Mayo, la liberación del Coronel Juan Domingo Perón, por entonces preso en la isla Martín García, se refrescaron los pies en las fuentes decorativas que habían sido puestas ahí con otros propósitos, indudablemente menos prácticos.
De acuerdo a la visión de buena parte de la sociedad, no hacía falta mucho más para indicar el cariz de los nuevos tiempos. No se respetaría nada, ningún valor tradicional, y el irrespeto sería estimulado y hasta refrendado desde el Poder, porque era una forma eficacísima de liquidar a quienes habían estado en el control de la situación durante décadas. Repentinamente, el viejo orden quedaba derogado y el nuevo orden imponía sus propias normas, que angustiaban a muchos.

En este país donde uno aprovechaba cualquier oportunidad para joder a los demás y pasarla bien a costillas ajenas, había que tener mucho cuidado para conservar la dignidad. (Germán Rozenmacher: Cabecita negra)

Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares
Se sabe el tenor de la repulsa del peronismo expresada en un texto humorístico y aterrorizante de 1947, escrito bajo seudónimo, por Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares. En La fiesta del monstruo, publicado una década después del 17 de octubre, la chusma peronista (heredera directa de aquella mazorquera que Esteban Echeverría presentó en El Matadero, más de un siglo antes) se presenta como una amenaza a un estilo de vida que se suponía propio de Argentina, una realidad de la cual un par de intelectuales intenta burlarse, porque ni siquiera puede ser analizada.

¡Qué entusiasmo partidario te perdiste, Nelly! En cada foco de población muerto de hambre se nos quería colar una verdadera avalancha que tenía emberretinada el más puro idealismo, peo el capo de nuestra carrada, Garfunkel, sabía repeler como corresponde a ese farabutaje sin abuela, máxime si te metés en el coco que entre tanto mascalzone patentado bien se podía emboscar un quintacolumna. (Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares: La fiesta del Montruo)

Anthony Burgess describe en A Clorkwork Orange, con recursos parecidos de humor y promiscuidad lingüística, el mundo futuro de una Inglaterra seducida (más que derrotada) por todo lo que en medio de la Guerra Fría se esperaba de una amenaza soviética que pondría fin a la civilización occidental. La juventud del nuevo régimen combina en la novela de Burgess el irrespeto habitual del hooligan futbolero con la más completa ignorancia de los valores del pasado.
En Venezuela encontré un término insultante, “parejero”, que expresa la protesta de la gente educada contra la insubordinación del guarango, inaceptable para la opinión tradicional. ¿Cómo puede ser que alguien se atreva a demostrar, por ejemplo, que es igual a quienes se saben superiores a él en conocimientos, modales o ancestros, cuando es a todas luces inferior y debería resignarse a su situación desventajosa, porque (sin importar la continuidad de sus esfuerzos) no le estará permitido superar su situación? Suena cruel y lo es. El habla cotidiana lo dice sin esfuerzo ni violencia.
Ser un “pata en el suelo” (como se denigraba desde la alta sociedad caraqueña al prócer de la Independencia José Antonio Páez) indica la idea complementaria: el desposeído queda condenado por esa experiencia previa de la desventaja, a no esperar nada mejor para sí mismo o sus descendientes. Aunque no haya nacido en una sociedad de castas, como se declara la hindú, sobran las evidencias de que no le estará permitido escapar de la marginalidad en la que tuvo la mala suerte de nacer.
En Chile descubrí años más tarde los términos “patudo” o “fresco”, que describen la condición de aquellos que en el curso del trato social se toman demasiada confianza, que abusan de la paciencia de otros, y aprovechan la tolerancia ajena para sacar ventajas. “Patudo” refiere a aquellos que por su pobreza no habían conseguido calzarse durante sus primeros años y quedarían marcados definitivamente por tal carencia (preferirían andar descalzos, con todos los inconvenientes que eso les acarree, incluso cuando tienen la oportunidad de calzarse).
Había en el continente americano, de acuerdo a los criterios dominantes de mediados del siglo XX, un lugar establecido para cada uno, de manera tal que los posibles conflictos se redujeran al mínimo. Entre personas de distinto género y en público, la gente se comportaba de cierta manera, que no era lo mismo que en privado o entre personas del mismo género.
El trato socialmente aceptado en sociedad, utilizaba un lenguaje plagado de eufemismos y gestos corteses, que tal vez no dijera mucho, pero de todos modos resultaba difícil de aprender. El “grasa” argentino era un desubicado, alguien que no había podido instruirse para que lo aceptaran, o que había rechazado instruirse, creyéndose capaz de vivir al margen del juicio de la sociedad. Estaba condenado por su origen (un dato sobre el cual cabe mentir, pero no puede alterarse). Más temprano que tarde “mostraba la hilacha”, dejaba ver su verdadera índole, por lo general sin darse cuenta y hasta contra su voluntad, porque se lo estaba vigilando y se tomaba en cuenta cada detalle.
Ser educado era pronunciar todas las letras del alfabeto cuando se hablaba y disponer de un vocabulario apropiado para cada ocasión, así como ser guarango era tropezar con la conjugación de los tiempos verbales, comerse las letras finales de cada palabra, recurrir a un léxico limitadísimo, donde las muletillas y las interjecciones llevaban el mayor peso de la comunicación, intercalar vocablos obscenos o tan solo malsonantes, en los contextos menos apropiados, para facilitar una expresión que no lograba ser controlada.
La buena educación no era un privilegio de las clases acomodadas, que sus miembros hubieran adquirido gracias a la frecuentación de colegios privados y el roce cotidiano con los sectores más ilustrados de la sociedad. Los pobres también podían ser bien educados, en el sentido meramente formal que desde mediados del siglo XIX planteaba el Manual de Urbanidad y Buenas Costumbres de Manuel Carreño.
Ellos podían respetar sin equivocarse las jerarquías sociales existentes, a ellos les correspondía callarse cuando no se les invitaba a decir nada, no participar si no se les invitaba, pedir perdón cuando intuían haber cometido alguna falta en el trato social. En una palabra, tenían la oportunidad de revelar su total sumisión a los códigos dominantes en una sociedad que demostraba su generosidad al concederles algún espacio.
Enrique Santos Discepolo
Nada parece más alejado de ese conformismo, no pocas veces repugnante, por las injusticias aceptadas, por la autoestima vulnerada, que la actual carencia de buenas maneras. ¿Se trata de un fenómeno nuevo? Enrique Santos Discépolo lo detectaba a comienzos de los `30, como indica la letra del tango Cambalache.

Todo es igual. / Nada es mejor /  lo mismo un burro / que un gran profesor. / Siglo XX, cambalache / problemático y febril. / El que no llora no mama / y el que no mama es un gil. (Enrique Santos Discépolo: Cambalache)

martes, 1 de diciembre de 2015

Discriminación y tolerancia de la diversidad: un lento aprendizaje (II)



Cuando yo era niño, hablaba, pensaba y razonaba como un niño; pero al hacerme hombre, dejé atrás lo que era propio de un niño. (Pablo de Tarso: Corintios 12: 11)

Kaneto Shindo: Genbaku no ko
El siglo XX no fue una época de feliz inocencia, fácil de preservar, porque gran parte de los medios que hoy conocemos se encontraban activos e impregnaban de información, desinformación, publicidad, propaganda y diversión a todos los que se encontraban expuestos a su discurso. Si la diversión inyectaba amnesia, con la información adquirían demasiada visibilidad los conflictos contemporáneos. El planeta que mostraban los medios, no era nada amable, ni parecía destinado a mejorar en el futuro.
Como las comunicaciones no eran tan eficientes como en la actualidad, los grandes enfrentamientos tardaban en ser conocidos y llegaban filtrados por la palabra, en lugar de depender de las evidencias instantáneas y gráficas que hoy se emplean y suelen generar tanta ansiedad y angustia.
Ruinas de Hiroshima
Antes de cumplir los diez años me había enterado de los bombardeos atómicos sobre Hiroshima y Nagasaki por la prensa, pero no atinaba a medir las terribles consecuencias de la radioactividad  sobre la gente, hasta siete u ocho años más tarde, cuando me topé con Genbaku no ko, la película de Kaneto Shindo, que dramatizaba de manera contundente esos datos. Conocía el establecimiento del Estado de Israel en Palestina, me parece recordar que por una aventura del Pato Donald, pero no entendía las consecuencias de los enfrentamientos militares, ni conseguía relacionarlos con el Holocausto judío de la Segunda Guerra Mundial, hasta que vi Nuit et Brouillard, el documental de Alain Resnais sobre los campos de concentración nazis, que por la crudeza de la imágenes de archivo costaba mirar, y luego ya no podía ser olvidado.
Durante mis primeros veinte años de vida, me informaba de acuerdo al interés que me despertaban ciertas situaciones puntuales, como la invasión de Guatemala y el derrocamiento de Jacobo Arbenz por la CIA, o los recambios en la cúpula del poder en la URSS, tras la muerte de Stalin. Debo reconocer que nunca me informaba de manera suficiente,  objetiva, ni oportuna, pero eso lo comprendí bastante más tarde. Por eso quizás no percibía los efectos de la discriminación de los judíos en la vida cotidiana. Probablemente me faltó curiosidad, o me sobró indiferencia. Prestaba atención a los sucesos internacionales, por ser destacados en los titulares de la prensa y la radio, pero no alcanzaba a ponerlos en contexto, ni distinguir las repercusiones podían darse en aquellos que tenía cerca y hubieran podido suministrarme datos más efectivos, si se me hubiera ocurrido mencionar mi curiosidad.
Al menos una de mis compañeras de estudios debió ser judía, según lo que prometían su apellido y hecho de que se retiraba de clase, con otra que debía ser evangélica, cuando llegaba la hora de Religión (Católica, antes de que Perón se ganara la enemistad de la Iglesia, con iniciativas tales como la Ley 14394, que permitía el divorcio). Nunca pregunté a mis compañeras qué hacían en el ramo paralelo de Moral. Probablemente algo tan aburrido como esa versión más enjundiosa del catecismo que sobrellevábamos nosotros, los católicos. Nunca me pareció que la religión o la nacionalidad fueran asuntos capaces de enfrentar a la gente.
Entrada al campo de concentración de Auschwitz
Si los judíos que conocí más tarde, en la Universidad, se sentían amenazados como individuos o comunidad, no solían mencionarlo. Dudo que se sintieran ajenos a lo que sufrían otros como ellos, pero jamás hablamos del Shoah (el Holocausto), a pesar de que uno de ellos, Peter R. había nacido en Europa, durante la Segunda Guerra Mundial, y su padre había sido ahorcado en un campo de concentración, apenas un día antes de la liberación. ¿Valía la pena, sin embargo, que mi amigo mencionara eso, para conmover a quienes ya sentíamos afecto por él, tomando en cuenta lo que él era en el presente? No lo hacía nunca. ¿Qué hubiera pasado de no recibir la solidaridad que merecía, sino el rechazo de alguien con quien compartía clases, como el compañero que había leído y creía la denuncia de Los Protocolos de los sabios de Sión?
Una de las alternativas era que los judíos fueran acusados de exagerar sus problemas, en un país que al menos nominalmente los había recibido con los brazos abiertos, revelando que a pesar de tantas muestras de generosidad, continuaban siendo quejosos y resentidos. De Sirotta se llegó a decir que se había autoinfligido las agresiones que mostraba su cuerpo. Norma Penjerek fue presentada como cómplice de su horrible muerte. Aquellos a quienes se discriminaban, no podían solicitar piedad, porque eso era lo primero que se les negaba.
Shylock
Shakespeare podía ser antisemita, como era frecuente entre los intelectuales de su tiempo, y no obstante llegó a crear en Shylock, no solo la figura del judío desalmado, cuyas maquinaciones son finalmente derrotadas por Portia, sino también la de un ser humano acorralado, indefenso, que se revela contra un sistema que lo ha marginado y reducido a un rol odioso de prestamista.

SHYLOCK: Soy un judío. ¿Es que acaso un judío no tiene ojos? ¿Es que un judío no tiene manos, órganos, proporciones, sentidos, afectos, pasiones? ¿Es que no se alimenta de la misma comida, no es herido por las mismas armas, ni sujeto a la mismas enfermedades, ni curados por los mismos medios, ni calentado y enfriado por el mismo verano y el mismo invierno que un cristiano? Si nos pinchan, ¿no sangramos? Si nos hacen cosquillas, ¿no nos reímos? Si nos envenenan, ¿no morimos? Y si nos ultrajan, ¿no nos vengaremos? (William Shakespeare: El Mercader de Venecia)

Klos y Kadar: Obchod na korze
¿Cómo vivían los judíos las explosiones aisladas de discriminación que se daban en Argentina durante la primera mitad del siglo XX? No había situaciones extremas, que justificaran reacciones viscerales, como la de la anciana protagonista de Obchod na korze (La tienda en la calle mayor) el filme checo de Klos y Kadar, que entraba en pánico al oír la palabra pogrom. En Europa Central, las operaciones represivas patrocinadas por el Estado eran periódicas y temibles. Durante un pogrom, los judíos eran despojados de sus propiedades, se los encarcelaba, se los obligaba a emigrar y eventualmente  se les daba muerte. En España, tras la derrota de los musulmanes por los Reyes Católicos, se les ofrecía la opción de convertirse al cristianismo o morir. De todos modos, la condición de cristiano nuevo continuaba despertando sospechas. En cualquier momento podían perderlo todo, por lo que no era extraño que decidieran trasladarse al Nuevo Mundo, donde esperaban hallar un ambiente menos prejuicioso.
Convención nazi en el Luna Park de Buenos Aires, 1928
La represión había sido durante más de mil años la actitud del cristianismo respecto de los judíos, a quienes se consideraba culpables de la muerte de Jesús de Nazaret. Poco importa si esto se correspondía con la verdad o era falso, porque desde hace siglos se utiliza el mismo argumento para despojar a los judíos de sus medios de vida, en beneficio de aquellos que detentan el poder.
Muchos años después entendí el peso de la discriminación, cuando en los países donde residí tuve que tolerar, por ejemplo, chistes ofensivos sobre mi nacionalidad, que probablemente no se referían a mí, como persona, pero que tampoco se hubieran hecho si yo no hubiera estado presente. ¿Cómo reaccioné? Era mejor reírse ante las ofensas, demostrando que no importaban, o simular que no se había percibido la mala intención que se manifestaba detrás de una ocurrencia trivial, porque después de todo se trataba de alguna estupidez que no merecía recordarse.
Durante la adolescencia, aprendí que nunca me iban a discriminar por ser negro, ni chino, ni mujer, ni gordo, ni petizo, ni víctima del acné, porque el azar me había librado der tales humillaciones. Bastaba que fuera tartamudo. En tal caso, de acuerdo con mi experiencia, uno comenzaba por automarginarse de manera preventiva, con el objeto de evitar humillaciones que prometían ser penosas. Yo no hablaba demasiado, ni interactuaba más de lo necesario con gente de mi edad. Eso me llevaba a buscar la compañía de gente adulta y a pensar bastante lo que iba a decir, para estar seguro de los recursos verbales que utilizaba. No era casual que prefiriera escribir o dibujar, antes que hablar en público.

Puesto que yo soy imperfecto y necesito la tolerancia y la bondad de los demás, también he de tolerar los defectos del mundo hasta que pueda encontrar el secreto que me permita ponerles remedio. (Mahatma Gandhi)

Nadie hablaba a mediados del siglo XX de inteligencia emocional, ni de educación para la tolerancia de la diversidad. Más bien se lo hubiera considerado una injustificable pérdida de tiempo, que no correspondía ventilar en un colegio, cuando había que pasar tanta materia más urgente, exigida por los programas del Ministerio de Educación.
En tercer año del secundario se sumó a nuestro curso un estudiante nuevo, que acumulaba dos hándicaps temibles, cada uno por su lado: el acné juvenil que enrojecía su cara siempre sonriente, y ser hijo de un profesor que acababa de incorporarse al plantel y residía en las afueras de la ciudad. Tanto el padre como el hijo se convirtieron en víctimas de una mayoría circunstancial, formada por aquellos que ya nos conocíamos, aunque no tuviéramos tanto en común entre nosotros. La llegada de desconocidos bastaba para establecer una coherencia agresiva.
¿Qué podía hacerse para hostilizar a ambos? Nada concreto, dada la disciplina que por entonces regía en el sistema educativo y prodigaba amonestaciones y expulsión a quienes no respetaran las reglas de convivencia.
André Gide
Ambos recibieron sobrenombres que a pesar de circular a sus espaldas, tarde o temprano llegarían a su conocimiento y deberían molestarlos. Hoy no recuerdo si el padre o el hijo era conocido como “el Chacra”, pero estoy seguro de que fue al padre a quien alguien decidió anotar en el pizarrón, poco antes de que entrara en la sala de clases, el nombre Coridón, cosa que lo afectó al punto de increparnos a todos, incapaz de individualizar quién lo agredía. Yo no entendía qué estaba pasando, no había leído los poemas de Teócrito y Virgilio, en los que un pastor griego se enamora infructuosamente de un chico. Tampoco sospechaba que André Gide hubiera publicado con ese título, un libro de ensayos que defiende la homosexualidad. Aún hoy me pregunto si alguno de los estudiantes disponía de algún dato concreto sobre el docente, o si el rumor había surgido de los mismos colegas del docente, pero lo cierto era que la alusión tenía un sentido inequívoco para él, que nos miró en adelante como a sus enconados adversarios.
Cuando comparo este episodio con los recursos que disponen hoy los adolescentes en las llamadas redes sociales, advierto que tal vez no hubiera menos crueldad e inconciencia entonces, pero por suerte nos faltaban los medios para causar más daños por venganza o diversión. Ahora, los jóvenes viven permanentemente conectados a sus teléfonos celulares, que los acompañan a todas partes, incluyendo las escuelas, de donde parece imposible desterrarlos, porque los ocultan o no pueden evitar consultarlos, desatendiendo el aprendizaje.
El bullying (un término desconocido hace medio siglo, que se ha instalado en el vocabulario cotidiano de la gente) puede hacerse de manera presencial o utilizando la complicidad de las redes sociales, que facilitan la distribución de textos e imágenes capaces de documentar y perpetuar lo sucedido. Cuando se decide agredir a alguien, ahora se disfruta, desde muy temprano en la vida, de un anonimato y una repercusión que a mediados del siglo XX resultaban impensables. Los escolares se acosan para divertirse, para ser aceptados por el grupo de acosadores. Eso incrementa en forma paralela la fragilidad de los victimarios, que se vuelven dependientes de las redes sociales y temen recibir un trato parecido en cualquier instante.
Hinchas de futbol
La desconfianza cohesiona a un grupo humano, mientras dura el enfrentamiento de la mayoría con una minoría real o imaginaria, que puede ser designada como culpable de todos los males que experimenta la sociedad. Es la imagen del chivo expiatorio que permanece desde hace miles de años. Alguien debe ser sacrificado, para beneficiar a la mayoría. ¿Por qué no comenzar con un extranjero o con alguien que por cualquier motivo no llega a reconocerse del todo como parte del colectivo? Digamos un homosexual, un gitano, un gordo, el miembro de un culto religioso minoritario. Que sufra aquel que no puede resistirse al tormento al que será sometido para exorcizar los demonios de la mayoría.
Probablemente el temor no suministra ninguna base demasiado sólida para intentar empresas humanas de cierta complejidad, pero es motivador y después de manifestarse se vuelve cada más difícil volver atrás, porque se han tomado decisiones injustificables, basadas más que nada en prejuicios y el miedo.
En el mejor de los casos, a medida que pasa el tiempo, la desconfianza y discriminación inicial cede, los prejuicios se revelan infundados, y aunque solo sea por aburrimiento de las posiciones extremas, gracias al efecto desgastador de la rutina, casi todo el mundo termina aceptando aquello que antes rechazaba.

Imagina que tu gobierno te dice que hay un conjunto bastante numeroso de inmigrantes que van a venir a tu país. Ante esa noticia, lo primero que quieres saber cuáles son sus intenciones y van a participar o no en la economía, o si, por lo contrario, lo hacen con la intención de competir con nosotros. Los colectivos que están vistos como explotadores, no nos gustan, y si además son de fuera, no nos caen bien. Tampoco nos agrada la gente pobre. Es algo generalizado, que se da en todo el mundo. En cambio, los estereotipos concretos dependen de cada cultura. (Susan Fiske)

Encontrarse en minoría, expuesto a la discriminación, no resulta una situación cómoda, cuando por cualquier motivo la mayoría se siente insegura de aquello que tradicionalmente consideró sus posesiones.  Aquellos susceptibles de ser discriminados ven cómo proliferan las actitudes defensivas, que comienzan por designar al de afuera como un probable competidor, en enemigo, alguien que les arrebatará los escasos empleos, que tendrás más seguidores en Facebook y cortejará a las mujeres más atractivas, que los otros, los llegados antes, creían reservadas para ellos y nadie más, como si Dios les hubiera indicado esa misión. Hagan lo que hagan esos intrusos, los miembros de la mayoría no van a tolerar siquiera que piensen en estorbar  su camino.