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viernes, 18 de diciembre de 2015

Promesas y decepciones de la Navidad



Iglesia parroquial de San Pedro
Mi familia y la mayor parte de nuestros vecinos eran católicos, pero dudo que fueran muchas veces a misa. Los niños habíamos sido bautizados. A los ocho años nos enviaban al Catecismo y se preocupaban de que tomáramos la primera comunión. Después, cada uno quedaba librado a sus decisiones. En mi casa no comíamos carne en cuaresma y Semana Santa, pero los adultos no celebraban la Navidad. Recuerdo haber escuchado las campanas que llamaban a misa de medianoche, desde mi casa, probablemente desde la cama, porque no nos reuníamos en torno a la mesa.
Luis Medrano: Almanaque Alpargatas
El 31 de diciembre esperábamos la medianoche para beber sidra, comer pan dulce y turrón de almendras. Mi padre salía al patio y disparaba al aire su pistola niquelada, se escuchaban petardos y bocinazos. Los parientes se reunían para comer juntos en mi casa, el mediodía del primero de enero. Los niños recibíamos regalos dejados por los Reyes Magos el 6 de enero, pero la celebración de la Navidad no importaba mucho. Estoy seguro de que nosotros, los niños de entonces, estimulados por la lectura de Billiken y Selecciones del Reader´s Digest, fuimos quienes introdujimos el pesebre, Santa Claus y el árbol iluminado en el grupo familiar, tal como también nos correspondió difundir la Coca-Cola, la pizza, los bluejeans y otros estandartes de la modernidad, en el grupo del que formábamos parte. Esto me hace pensar en el rol de consumidor modelo que involuntariamente le tocó cumplir a mi generación.

I´dreaming of a White Christmas / Just like the ones I used to know / Where the treetops glisten / and children listen / to hear sleigh bells in the snow. (Irving Berlin: White Christmas)

Bing Crosby cantando White Christmas
El bombardeo de sentimentalismo difundido por los medios, entre una tanda de publicidad y otra, comenzó a sistematizarse durante mi infancia. Los adultos fueron convencidos por nosotros, que habíamos sido aleccionados por los medios previamente, para adoptar las nuevas pautas de consumo que iban a caracterizar a la modernidad, tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, cuando se reconfiguraron la política y la economía internacional.
Nosotros leíamos revistas que los adultos ignoraban, oíamos en la radio canciones que los adultos no tomaban en cuenta, veíamos cine destinado a nosotros, donde nos mostraban de manera vívida, tentadora, otros estilos de vida, provenientes de los países más desarrollados del hemisferio norte, y dentro de nuestras posibilidades queríamos imitarlos.
Pesebre recortable de Billiken
Gracias a las páginas centrales de Billiken, casi cualquier cosa podía elaborarse con el auxilio de cartulina, tijeras y engrudo: el Cabildo de 1810, la casita de Tucumán, el pesebre de Belén. No eran representaciones espectaculares, porque estaban calculadas para que las utilizaran como herramientas didácticas en el colegio. Ayudaban a imaginar situaciones distantes en el tiempo o el espacio, pero no lograban suministrar una impresión satisfactoria de la realidad. Tuvimos que esperar a que la tía Matilde nos regalara figuras de terracota compradas en Córdoba, para tener un pesebre corpóreo.
Tuya
Nuestro primer árbol de Navidad fue una rama de tuya, cortada del cerco de la casa de mis tíos, sobre la calle Chivilcoy, que costaba mantener en pie, a pesar de haberla enterrado en una maceta. El pino de las ilustraciones se mantenía enhiesto, mientras que el nuestro se doblaba. Los adornos eran pocos (demasiado costosos para nosotros) y extremadamente frágiles, como no tardamos en comprobar. Las bolas de vidrio azogado y colores intensos, se quebraban apenas uno las manipulaba. Las luces no estaban electrificadas como en la actualidad, por lo que debíamos sujetar de algún modo las endebles velitas de torta de cumpleaños a las ramas del pino.
El resultado podía ser decepcionante. No se parecía demasiado a las imágenes glamorosas que nos habían seducido. A pesar de nuestros esfuerzos, algo faltaba siempre para completar la reproducción del modelo, comenzando por la familia reunida en torno al árbol y el pesebre, los regalos, los villancicos cantados a coro… Conseguir eso, estaba fuera de nuestras posibilidades. En lugar de apreciar lo que teníamos, nuestra exposición a los medios nos había hecho esperar algo inalcanzable, con lo que se deslucía cualquier intento de celebrar la Navidad.
Los Campanelli
Veinte años más tarde, gracias a la televisión argentina, donde reinaban La Familia Falcón y luego Los Campanelli, la celebración ideal de la Navidad se había uniformado. La imagen ritual de armonía colectiva, continuaba siendo alimentada por los medios, pero los destinatarios habían pasado a ser los jóvenes y los adultos por igual. ¿Qué pasa hoy, cuando la estructura tradicional de la familia se encuentra en retirada? ¿Qué ficción permite a los espectadores proyectarse o identificarse?
Si en mi niñez hubiéramos recibido una información menos distorsionada del mundo real, habríamos hallado otros referentes navideños más atractivos. Para citar uno: cuando se acercaba la Nochebuena de 1914, seis meses después de haber comenzado la Primera Guerra Mundial, se interrumpieron espontáneamente los enfrentamientos bélicos, para dar lugar a cánticos, saludos e intercambio de regalos (alimentos, cigarrillos, alcohol) entre los soldados que pertenecían a bandos opuestos. Después de la experiencia, que en ciertos lugares se prolongó hasta Año Nuevo, muchos soldados se negaron a reiniciar el fuego. La descripción que dejaron los participantes conmueve, más de un siglo más tarde.

Creo que hoy he presenciado uno de los espectáculos más extraordinarios que nadie ha visto nunca. Hacia las 10 de la mañana, estaba asomado por encima del parapeto, cuando vi a un alemán agitando los brazos e inmediatamente a dos de ellos saliendo de su trinchera y acercándose a la nuestra. (…) Uno de nuestros hombres fue a su encuentro y en un par de minutos, el terreno entre las dos líneas de trincheras era un hervidero de hombres y oficiales de ambos bandos, dándose la mano y deseándose un feliz Navidad. (…) No sé cuánto tiempo durará. (Alfred Douglas Chater: carta a su madre)
Tregua Navidad 1914

Lo sucedido no impidió que la guerra continuara cuatro años más, porque los mandos británicos decidieron que el diálogo amistoso no volviera a repetirse. Para conseguir sus fines, un año más tarde, ordenaron un bombardeo en vísperas de Navidad, con lo que evitaron cualquier nuevo intento de fraternización que debilitara la moral de los combatientes. El Poder temía que el sentimiento de hermandad llegara a imponerse sobre las artificiales divisiones del patriotismo.
Cuando en la actualidad se acerca el fin de año, los niños de gran parte del planeta son bombardeados con parecidas promesas de los adultos que tienen cerca, y de los medios masivos a los que se encuentran expuestos. Las clases quedan suspendidas, las tareas conectadas con ellas también. Todos parecen ponerse de acuerdo para hacer que los menores aguarden impacientes, la satisfacción de sus deseos, algo que debería ocurrir en una fecha determinada, relacionada con la religión, a diferencia de tantas otras expectativas que de acuerdo a lo que los niños saben, son relegadas para un futuro indeterminado y probablemente no vayan a concretarse nunca.
En ciertas fechas como la Navidad, les está permitido exigir a los adultos que los emparejen en posesiones con otros niños más afortunados, que de acuerdo a lo que muestra la televisión, gozan de privilegios que no deberían serles negados a ellos. De acuerdo al discurso de la modernidad, todos los niños son iguales (a pesar de las evidencias que surgen de la experiencia cotidiana) o al menos tienden a ser igualados gracias a los rituales del consumo.

En cualquier comunidad donde los bienes se poseen por separado, el individuo necesita para su tranquilidad mental poseer una parte de bienes tan grande como la porción que tienen otros, con los cuales está acostumbrado a clasificarse; y es en extremo agradable poseer algo más que ellos. (Thorstein Veblen)

Juguetes rotos
El consumo iguala y diferencia a quienes involucra. Por un lado estaría la masa de consumidores felices, que comparten el privilegio uniformador, mientras que por el otro queda la masa indiferenciada de aquellos que no calificaron como consumidores. Ver defraudadas esas expectativas resulta inevitable para un gran sector de la sociedad y tiene efectos difíciles de controlar. No todos se resignan a perder la oportunidad de ser felices. Más probable es que el deseo frustrado permanezca y en ciertos casos busque satisfacerse por cualquier medio, incluyendo aquellos que la sociedad considera ilícitos.
Cuando se acerca las celebraciones navideñas, la publicidad promete demasiada felicidad a los consumidores, más de la que después se obtiene en la realidad. Esas imágenes tan vívidas y eufóricas de familias sonrientes, no dejan espacio para la resaca. Los fabricantes de armas de juguete o muñecas muestran en sus anuncios a niños que nunca están solos, sino en compañía de sus iguales, felices, amistosos, jugando, libres de conflictos, tal como los productores de comida chatarra muestran a niños hermosos, bien vestidos y saludables, acompañados por sus padres que no se separan de ellos, disfrutando todos por igual, de sabrosas hamburguesas, ricas en adictivos como grasas y cloruro de sodio, o refrescantes bebidas carbonatadas.
No es descuido asociar el consumo con esa mitología (inalcanzable, pero motivadora) de la satisfacción individual en el seno de un grupo humano que acoge y contiene. De acuerdo a un proyecto tan vacío de contenido como seductor, la felicidad de la Navidad se encuentra al alcance de cualquiera, siempre y cuando la pague (aunque el pago ocurra en un futuro impreciso, como alientan a imaginar las tarjetas de crédito).
Después de adquirido el objeto o servicio que ha de suministrar la satisfacción, pasa a depender de las habilidades o la buena suerte de cada uno que la obtenga. El niño tiene el arma intergaláctica que lo alentaron a desear, pero no por eso obtiene los agradables compañeros de juego que mostraba la publicidad. La niña tiene la muñeca vestida a la moda, pero no las amigas con las que esperaba socializar.
La resaca de los regalos navideños no suele ser agradable. Algunos defraudan de inmediato. No son tal como los mostraba la ingeniosa publicidad audiovisual (o por lo menos, uno no es tan atractivo como los modelos de la pantalla). Los juguetes son más pequeños, menos brillantes, o carecen de la autonomía que suministra la animación digital, que los iguala a escenas de películas. Algunos quedan inactivos cuando se gastan las baterías, o revela ser tan frágiles que se deterioran apenas los niños los maltratan, cuando no resultan nocivos para su salud.
En Suecia y otros países nórdicos, la publicidad de objetos y alimentos destinados a los niños, se encuentra prohibida para la televisión. En España y Francia, se restringe toda publicidad audiovisual que se dirija a los niños y pueda ser cuestionada moral o éticamente. Por lo tanto, los niños no pueden ser utilizados como consumidores modelos, ni pidiendo a los adultos que les suministren los objetos que se anuncian.
Publicidad de armas de juguete
En los EEUU y otros países donde rige el modelo de televisión financiada por la publicidad, lo habitual es que los niños aparezcan en la pantalla, promocionando el consumo de comida chatarra, costosos juguetes (por ejemplo, armas de fantasía) que promueven comportamientos agresivos o visiones ilusorias del mundo real (como es el caso de los muñecos destinadas a las niñas). Involucrarse en esos juegos, como se observa en la programación de canales de cable destinados exclusivamente a los niños, plantea un estilo de vida carente de informaciones confiables y responsabilidades, prejuicioso, sobrestimulado pero sumiso, que resulta imposible aplicar en la realidad.
Que haya paz en el mundo, que se perdonen las ofensas, que reine la buena voluntad, son propósitos maravillosos, que es imposible no suscribir, y al mismo tiempo resultan tan difíciles que se postergan ´para el futuro, sin desecharlos del todo, como suele hacerse con el inicio de alguna penosa dieta para adelgazar. No está mal tener ideales bastante superiores a la voluntad de quienes deberían convertirlos en algo real, pero no por eso conviene concederles demasiado valor práctico.
Durante las fiestas de fin de año, los adultos quedan convertidos en rehenes de los niños. La opinión dominante, amplificada por la maquinaria publicitaria de la sociedad de consumo, obliga a los adultos a complacer a los menores, comprar su buena voluntad por un rato, convencerlos de que no son ni han sido nunca un estorbo, sino el verdadero, el único centro de sus preocupaciones, capaz de unir (contra todos los cálculos) a la familia que hace tiempo se dispersó. De buenas intenciones, por frágiles que sean, nace la convivencia.

jueves, 16 de julio de 2015

El mundo inimaginable, sin los medios de comunicación


Herbert Marcusse
¿Se puede realmente diferenciar entre los medios de comunicación de masas como instrumentos de información y diversión, y como medios de manipulación y adoctrinamiento? (Herbert Marcuse)
Antes de los teléfonos móviles y los mensajes de texto (hace apenas una década, a pesar de la incredulidad de los jóvenes, a quienes cuesta concebir que el mundo existiera antes de nacer ellos) la comunicación a través de los medios se había desarrollado, aunque se encontraba reducida a límites que en la actualidad impresionan como los propios de un paraíso perdido, irrecuperable, en más de un sentido también temible, tal como la vida sobre el planeta es representada en películas de ambientación postapocalíptica.  La inexistencia de la actual tecnología de las telecomunicaciones es equiparada a un virtual fin del mundo, un desastre imposible de tolerar.
Teléfono celular
La gente de hoy supone que debe permanecer disponible para la comunicación instantánea, conectada a las redes sociales todo el tiempo, como si de eso dependieran sus vidas. En los teatros e iglesias, se advierte a los concurrentes que los teléfonos tienen que ser apagados, porque en un caso deterioran la solemnidad del culto y en el otro dispersan la atención de otros espectadores. En las salas de clases, los docentes deben vigilar las miradas nerviosas de estudiantes, que a pesar de las avisos previos, consultan las pantallas de los celulares, al amparo de los pupitres o disimulados entre sus ropas. En los aviones, los tripulantes informan a los pasajeros sobre la prohibición de utilizar los celulares durante el despegue o aterrizaje, para que no interfieran con las comunicaciones con la torre de control, de las cuales depende la suerte de todos.


En Twitter o Facebook importa más entrar en contacto que comunicar contenidos. ¿No es eso lo que muestra el hecho que incluso en las reuniones niños y adultos miren obsesivamente sus Smart phones como esperando una noticia que podría cambiarles la vida? (Carlos Peña: La fantasía de las redes)

La gente que se conoce, ya no se visita como antes, ni se llama por teléfono para entablar un diálogo, cuando le resulta más cómodo mandar un SMS. Muchos no se toman el trabajo de encontrarse con amigos, cuando pueden subir una foto a Facebook. ¿Cómo era el mundo en el que las personas y las instituciones no se creían con el derecho a reclamar nuestra atención en cualquier momento del día o la noche, aparentemente con el objeto de informarnos sobre cualquier cosa que no siempre nos atañe, porque lo habitual es que se trate de campañas políticas, trivialidades o encuestas de marketing?

No nos engañemos, el poder no tolera más que las informaciones que le son útiles. Niega el derecho de información a los periódicos que revelan las miserias y las rebeliones. (Simone de Beauvoir)

La elemental urbanidad de otros tiempos establecía límites prudenciales para solicitar la atención de alguien que estuviera del otro lado de una puerta o un cable. No se llegaba de visita a una casa ajena sin avisar antes, o en todo caso no se pasaba de la puerta, con lo que se dejaba abierta la opción de no atender. Se llamaba por teléfono para dar noticias relevantes a los pocos usuarios que se encontraban conectados al sistema.
Teléfono primitivo
En el pasado, las empresas telefónicas hacían esperar durante años la instalación del servicio, un privilegio que de acuerdo a la opinión generalizada debía manejarse con responsabilidad.
A veces había que pedir al usuario de una línea telefónica que hiciera el favor de llamar a un vecino, para que pudiera comunicarse con quien lo buscaba, una solicitud que nadie negaba, porque se daba por sentado que se trataba de un asunto que justificaba la molestia.
Hoy se hace de todo por teléfono: se compran entradas para un concierto y los artefactos milagrosos anunciados por la televisión, que van a ser entregados a domicilio; se responde a encuestadores que prometen hacer dos o tres preguntas y luego ocupan cuarto de hora, averiguando como sin darse cuenta si tenemos auto, el ingreso del jefe de hogar y la posesión de electrodomésticos. Las voces grabadas de los candidatos políticos nos confían a cualquier hora su oferta electoral. Se nos informa que debemos pagar el peaje (exponiéndonos a sufrir multas desproporcionadas) por transitar autopistas que tal vez no hemos frecuentado. Un sobrino inexistente, al que nos veíamos hace tiempo, una voz desesperada, nos cuenta (en un intento de secuestro virtual) que acaba de sufrir un accidente de tránsito y necesita urgentemente que le alcancemos dinero a tal sitio, para evitar que un policía susceptible de ser comprado, cumpla con su deber.
Demasiada comunicación telefónica que los usuarios no controlan, he llegado a pensar, cuando veo a mis estudiantes que no toleran pasar demasiado rato sin recibir mensajes, porque sin duda se angustian, necesitan hacerlo apenas sienten que el aparato vibra en un bolsillo, tal como Michael Jackson necesitaba palparse los genitales en público, durante sus espectáculos, y había conseguido incorporar ese gesto inadecuado en la coreografía.
Libertad para comunicarse o en el caso de querer lo contrario, incomunicarse al punto de volverse inmune a cualquier asedio malintencionado: esto parece definir el control o la falta de control de los usuarios sobre la tecnología actual. No se trata de encarar la comunicación como una alternativa de abrirse al mundo para dialogar con él, sino como un automatismo o una compulsión, que delata los temores y fantasmas de cada uno. Gracias a las telecomunicaciones se agrede impunemente o se sufre agresiones, se realizan las fantasías más oscuras o se exhibe lo que tradicionalmente se reservaba para la intimidad.
Antes de Internet, recurríamos al correo para enviar cartas comunes, aéreas o certificadas, que podían tardar días o semanas en llegar a destino. También recibíamos publicidad en el buzón de la casa, mandábamos telegramas cortísimos y costosos, que llegaban en mano de mensajeros, tan solo en grandes ocasiones.
Antes de la computación, escribíamos a mano o empleábamos ruidosas máquinas de escribir, como la Remington que me daban dos veces por semana durante las clases de Mecanografía, en la Sección Comercial Anexa al Colegio Nacional de San Pedro. Las teclas, después de algún rato de trabajo, nos adormecían las yemas de los dedos, cansadas por tantos golpes. También calculábamos de memoria o con ábacos las principales operaciones aritméticas, mientras cultivábamos con enorme cuidado la bella caligrafía, usábamos tinta, plumas de acero y papel secante.
Televisores años`50
Antes de la televisión por cable, teníamos que conformarnos en San Pedro con la señal de una repetidora y un cable coaxial, que al menos distribuía la programación de canal 7 de Buenos Aires. No eran muchos los que tenían televisión en su casa, y ese privilegio los obligaba a abrir las puertas a los parientes y vecinos en las grandes ocasiones, como los partidos de fútbol o las novelas de la tarde.
Antes de la televisión herziana (ésta fue una experiencia de tránsito cultural que le tocó vivir a mi generación durante la adolescencia) la radio nos mantenía bien informados respecto del ámbito nacional, aunque con dificultades en la recepción, que intentábamos remediar con ingeniosas antenas de alambre, que cada uno tendía su antojo, también con el ámbito internacional. Sintonizar la radio era un privilegio que cada familia otorgaba a diferentes integrantes, de acuerdo a la hora y los compromisos de cada uno.
Radio 1939
A la hora de las comidas y durante los fines de semana, lo más probable era que el padre decidiera qué iba a oír el resto de la familia, porque había una sola radio en toda la casa, era un artefacto pesado y no se movía demasiado.
Nuestra radio, como la de todos los vecinos que conocí durante mi infancia, se encontraba instalada en la cocina, sobre una repisa o en una mesita que permitía transportarla en otros momentos a los dormitorios o el patio, con el objeto de acompañar las comidas de toda la familia y entretener a las mujeres mientras preparaban las comidas. Encender la radio era la señal para que los chicos tuvieran prohibido cualquier berrinche y los mayores esperaran pacientemente los anuncios, para decir lo que pensaban sobre las noticias del Reporter Esso, el último comentario de Juan José de Soiza Reilly o un chiste de Felipe, el personaje de Luis Sandrini.
Había concursos de conocimientos que nos abismaban por el coraje de algunos participantes, que podían duplicar lo ya ganado o perderlo todo en cada nueva pregunta que respondieran. Al escuchar radio nos convertíamos en “Amigos Invisibles” (de acuerdo a la denominación inventada por Eugenio Félix Milleti) que recibíamos los Rayos de Luz de los Grandes Pensadores y no soñábamos con la posibilidad de comunicarnos entre nosotros, auditores aislados en nuestros hogares, ni en interactuar con los privilegiados que utilizaban el medio.
Jean Sablon
Durante los fines de semana, la radio transmitía grandes programas costumbristas, como Chispazos de Tradición, programas cómicos como La Cabalgata del Buen Humor, los partidos de fútbol narrados por Borocotó, los programas de música bailable y por las noches las transmisiones desde los teatros de Buenos Aires o la dramatización de piezas teatrales en Las Dos Carátulas, el programa de Radio Nacional. En las fiestas patrias y otras grandes ocasiones, la radio nos convertía en participantes ciegos pero emocionados, a quienes los locutores guiaban para alimentar la ilusión de formar parte de movimientos masivos.
Antes de la radio (sucedió en la generación de mis abuelos) se vivía enfocado en un área vecinal casi todo el tiempo. La prensa era ocasional y poco informativa. Los chismes sobre gente conocida, los rumores inexactos circulaban rápido, porque la gente se conocía y esperaba esa comunicación de casa en casa, en las veredas, a través de las medianeras, durante las coincidencias en la calle o la visita a los comercios.
Antes del cine (esto quiere decir, antes de que se iniciara el siglo XX) el teatro era una diversión emocionante, que se encontraba disponible tan solo en ciudades grandes y muy rara vez en los pueblos, cuando llegaba alguna compañía en gira. En Argentina, los circos itinerantes se encargaban de ofrecer espectáculos donde la primera parte incluía la actuación de payasos, equilibristas, ilusionistas y fieras, mientras la segunda consistía en un espectáculo teatral clásico, representado en un pequeño escenario dispuesto en un costado de la carpa.
Antes de la prensa (estoy retrocediendo a los comienzos del siglo XIX) la mayor parte de la gente vivía instalada en el círculo estrecho de la familia, de los vecinos, del oficio, del pueblo. Los hombres podían transitar por un territorio que estaba marcado por su edad, su trabajo, su posición en la sociedad. Comerciantes como mi padre o mi abuelo, estaban obligados a informarse de lo que pasaba en el mundo, no solo en el barrio, para disponer de un repertorio de datos recientes que les permitiera dialogar con su clientela. Al mismo tiempo, debían mantener cierta neutralidad de puntos de vista, para no ofender a nadie y diluir los enfrentamientos de la clientela.
Las mujeres tenían menos libertad de acción que los hombres, si esperaban conservar una buena imagen y no suscitar la censura de la comunidad. Por eso no era raro que estuvieran menos informadas y dependieran en gran medida de los datos y rumores que trajeran al seno de su hogar otras mujeres, sus parientes y amigas. Las noticias de la actualidad llegaban tarde y nunca, filtradas por una prensa ocasional y la comunicación boca a boca tardaba meses o años en entregarla.

Los diferentes medios de comunicación, nunca serán un sustituto para la cara de alguien que alienta con su alma a otra persona a ser valiente y honesta. (Charles Dickens)

Mi abuelo, llegado a los siete años a Argentina, desde España, debió perder en ese momento casi todo contacto con su familia. Las noticias de la muerte de uno de sus hermanos después de haber jugado un partido de pelota vasca y beber un vaso de agua fría, o la entrada de una de sus hermanas al convento, lo encontraron en otro mundo, creciendo junto a uno de sus tíos maternos y aprendiendo el oficio de comerciante.
Mi abuelo no se resignaba a cortar los vínculos con el continente donde había nacido, pero los viajes que hizo una vez que se convirtió en adulto, de los que tengo noticia (con el objeto de visitar la Exposición Universal de Paris, por ejemplo) parecen relacionarse más con su mente abierta a las novedades del mundo moderno, que con la nostalgia de la patria perdida o el afecto hacia su familia que lo había exiliado, para no verse obligada a compartir con él, la propiedad que le reservaban al primogénito.
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Cualquier mensaje escrito se demoraba días o semanas en llegar al destinatario, afrontaba en ocasiones enormes riesgos de extraviarse en el camino, y por lo tanto se cargaba de importancia para el emisor y el receptor. La expectativa de abrir una carta que había superado tantos obstáculos, que había sido escrita nadie sabía cuándo, es una sensación desconocida para los actuales usuarios del instantáneo Whatsapp. Ahora es efectivamente ahora y no importa dónde se encuentren ubicados el emisor y el receptor. Si todos los elementos involucrados en la comunicación dan lo mismo, sin hay tarifa plana para las llamadas telefónicas locales o nacionales, ¿qué importancia adquiere lo que se escriba o fotografíe?
Telégrafo primitivo
Los telegramas que vi en mi infancia, se cobraban por cada palabra que incluían; por lo tanto, se escribían solo en grandes ocasiones y se reescribían minuciosamente, con la atención que un poeta dedica a un poema, hasta conseguir la comunicación más precisa, utilizando la menor cantidad de palabras. En la actualidad, cualquiera puede producir y difundir desde cualquier sitio y sin mayor esfuerzo, palabras e imágenes fijas o en movimiento.

El propósito de los medios masivos no es tanto informar y reportar lo que sucede, sino más bien dar forma a la opinión pública de acuerdo a las agendas del poder corporativo dominante. (Noam Chomsky)

Si se suprime la conexión con las redes sociales, si se anula la televisión, si se deja fuera del aire a la radio, si se corta la suscripción a los periódicos… una situación que era normal hace apenas dos siglos, se descubre una disponibilidad de tiempo y energías que probablemente se dedicaba a otras cosas, más productivas, quizás menos entretenidas.
Los adultos tenían el monopolio de ser los transmisores del conocimiento y a la vez de modeladores de la mente de los jóvenes, que estaban obligados a reconocerlos como la autoridad que les correspondía respetar. La irrupción de los medios masivos, desde la prensa que comenzó a desarrollarse en el primer tercio del siglo XIX, puso en riesgo un sistema que había permanecido sin grandes cambios durante milenios. El horizonte se ampliaba, reduciendo el poder de la comunicación personal y trasladando el centro del proceso a la naciente (y muy rentable) industria cultural.

jueves, 28 de mayo de 2015

Promesas de vida ostentosa vs. amenazas de vida restringida


Thorstein Veblen
Las personas sufren un grado considerable de privaciones de las comodidades o de las cosas necesarias para la vida, con objeto de poderse permitir lo que se considera como una cantidad decorosa de consumo derrochador. (Thorstein Veblen)

Veblen describía la situación de una sociedad desarrollada, tal como se presentaba en el primer tercio del siglo XX. El tiempo que ha pasado desde entonces, solo ha demostrado la universalización de esas tendencias, que hoy parecen tan naturales y difíciles de erradicar. ¿Hubo vida civilizada antes de la proliferación de las tarjetas de crédito, de los cómodos planes de pago en cuotas fijas, de la pluralidad de marcas que solicitan el favor de los consumidores, de las modas que todos los años exigen la renovación del vestuario y cada cuatro o cinco la renovación de los artefactos por otros más modernos?
Vitrola
La sociedad tradicional ofrecía muy pocas alternativas de comportamiento a quienes crecían bajo su amparo y vigilancia combinados. Los consumidores solicitaban durante décadas la misma marca, convertida en denominación genérica (vitrola, puloil, maicena, gillette, gomina, biógrafo, birome, lavandina, cafiaspirina, Imparciales, Hesperidina, Quilmes, Ca-Si) que no planteaba ninguna mejora o cambio substancial y de todos modos resultaba satisfactoria, o bien se conformaban con productos sin marca.
Anuncio Puloil
Uno cuidaba la ropa y el calzado, como cuidaba los muebles o la radio. Si era inevitable que se desgastaran con el tiempo y el uso, reparaba con paciencia lo que tenía, o recurría a los servicios de hábiles artesanos capaces de componer cualquier desperfecto. A los zapatos desgastados se les cambiaba en unos casos la media suela y en otros la capellada. Los puntos corridos de las medias de mujer se zurcían con paciencia. La loza trizada se pegaba, aunque luego la juntura se notara. La ropa desteñida por el tiempo, se tenía de oscuro. Los pulóveres unicolores que se habían roto en los codos, se destejían y lavaban, para combinar a continuación varios colores en nuevas prendas jaspeadas.
Anuncio Gomina
La existencia sustentable no era el eslogan de una vanguardia ecologista que trataba de convencer a una mayoría entregada al despilfarro, como sucede en la actualidad, sino una actitud de elemental prudencia, que uno aprendía en la familia y en la escuela, con la intención de no arruinar el sitio donde le tocaría moverse el resto de su vida y la de sus hijos.
Resultaba más fácil obedecer las reglas enseñadas a los niños por sus mayores, que intentar cualquier innovación que mereciera la reprobación o el escarnio de quienes se sentían depositarios de la verdad. La ortodoxia en el comportamiento era premiada con la aceptación callada del colectivo, a diferencia de lo que pasaba con aquellos que por descuido o estupidez causaban escándalo. A ellos les caía el peso de la Ley (escrita o no).
Hoja de Gillette
Si alguien tenía un hijo fuera del matrimonio o se permitía “tirar una cana al aire”, ¿cómo podía ser que no tomara las precauciones necesarias para evitar que la infracción se conociera y todos lo señalaran por el resto de su vida? La debilidad humana era disculpable, en última instancia, porque nadie es perfecto y el sincero arrepentimiento suele hacer milagros para restaurar la confianza, pero la exhibición de la falta era imperdonable. El descuido en ocultar esa debilidad, sentaba un pésimo ejemplo, porque alentaba a pensar que todo en este mundo era relativo, incluyendo los valores inamovibles de la comunidad.

Después de tantos años estudiando la ética, he llegado a la conclusión de que toda ella se resume en tres virtudes: coraje para vivir, generosidad para convivir y prudencia para sobrevivir. (Fernando Savater)

Quedar fuera de la crítica era la aspiración máxima de mis familiares y vecinos. No les importaba tanto el imperativo ético, del que probablemente no habían oído hablar, como el juicio concreto de aquellos con quienes se veían obligados a convivir. Por eso resultaba tan temible la lengua de las mujeres, bien informadas o prejuiciosas, que al reunirse fuera del alcance de los hombres, amenazaban con no dejar títere con cabeza. Ellas conocían el otro lado de las relaciones controladas por sus maridos, padres y hermanos. Por lo tanto, disponían de argumentos demoledores, que comunicaban oralmente a sus iguales y formaban la opinión de la comunidad.
Puede verse este control difuso como una limitación de la libertad individual, pero es evidente que también servía como un factor de contención. Cuando existían códigos tan estrictos, aunque no estuvieran escritos, era más fácil que se los respetara.
Durante mi infancia, recuerdo a gente que habitualmente (y sin demasiado esfuerzo) hacía lo correcto. No sé si esta corrección se encontraba vigente todo el tiempo, o si en la intimidad (allí donde era menos probable causar escándalo) se resquebrajaba. Tampoco creo que me tocara nacer y crecer en el contexto de una comunidad de familias perfectamente constituidas, que disponían de pocos recursos, a pesar de lo cual había alcanzado cierto nivel de vida modesto, sin demasiadas pretensiones, gracias al trabajo sostenido de todo el mundo.
Los adultos hacían su parte y los niños la suya en la economía de la casa. Nadie esperaba vacaciones, ni fiestas de cumpleaños rumbosas. La ropa que le quedaba chica al hermano mayor, pasaba al que le seguía en edad (y con cierta frecuencia, la del padre pasaba a ser la del hijo). Los uniformes escolares se parchaban en los codos, cuando al cabo de un par de años uso, la tela cedía. Los adultos reservan las mismas prendas de buena calidad, que habían utilizado en ocasiones tales como matrimonios y funerales, para esas grandes ocasiones, que exigían lo mejor de cada uno, y disponían de otra muda de ropa de trabajo para el resto del tiempo. Cambiar de ropa porque la moda lo exigiera o se deseara representar un bienestar irreal, eran situaciones impensables.
Escuela comienzos siglo XX
Cada uno se sentía satisfecho o resignado de ser, no sin esfuerzo, quien era efectivamente y consideraba a la gente a la que en algún momento “se le hubieran subido los humos a la cabeza” como un ejemplo de torpeza indigno de imitar. Por un lado, eso indica que las posibilidades de rápidos cambios de fortuna quedaban fuera del imaginario colectivo. Tal vez alguien recibiera una herencia inesperada, fuera descubierto como futbolista prodigioso, ganara el Premio Gordo de la Lotería o hiciera un matrimonio de conveniencia con un millonario, pero todo eso quedaba relegado al plano irreal de los cuentos de hadas.

Mamita querida, ganaré dinero / seré un Baldomero, un Martino, un Boyé; / dicen los muchachos de Oeste Argentino / que tengo más tiro que el gran Bernabé. / Vas a ver qué lindo cuando allá en la cancha / mis goles aplaudan, sré un triunfador. (Juan Puey y Reinaldo Yiso: El sueño del Pibe)

Pastillitas Sen-Sen
Hacerse ilusiones, “armar castillos en el aire”, “vivir en las nubes” eran defectos que convenía ocultar, como el mal aliento con las pastillas Sen-sen (hubiera sido más prudente consultar al dentista), si uno era propenso a tal debilidad. El ahorro y la frugalidad eran actitudes que no resultaban excepcionales y tampoco era necesario mencionarlas en público, para solicitar el elogio de los amigos o la burla de los envidiosos, porque todos las practicaban diariamente en el ámbito privado. ¿Para qué destacarlas, entonces?

Hoy no se fía, mañana tampoco. (Cartel anónimo en los comercios)

El endeudamiento de la gente común se mantenía en niveles prudentes, porque la mayoría se responsabilizaba de los modestos compromisos financieros contraídos, y en el comercio solo se concedía crédito a quienes eran conocidos desde hacía varios años, disponían de un empleo fijo y estaban en condiciones de afrontarlo.
Los vecinos que conocí en mi infancia, tenían una libreta de compras en el almacén de mi padre, otra en la carnicería de los Boccardo y conseguían crédito en alguna de las tiendas del centro de San Pedro, pero su consumo estaba controlado por la confianza que pudieran despertar sus antecedentes. La posibilidad de endeudarse para acceder a un estilo de vida que no pudieran costear, se encontraba muy limitada por la realidad. ¿Acaso la gente era más desdichada, porque se conformaba con poco?

Cualquiera que no tenga más cultura que esta monocultura global, está completamente jodido. Cualquiera que crezca viendo la televisión, que nunca ve nada de religión o filosofía, se críe en una atmósfera de relativismo moral, aprenda ética viendo escándalos sexuales en el telediario, y vaya a una universidad donde los posmodernos se desviven por demoler las nociones tradicionales de verdad y cualidad, va a salir al mundo como un ser humano bastante incapaz. (Neal Stephenson)