domingo, 22 de mayo de 2011

Encuentros (y desencuentros) de parejas a mediados del siglo XX


La verdad es como una novia sin ajuar. (Francis Bacon)

Durante los años ´30, mi padre sostuvo con mi madre un noviazgo de seis o siete años, precaución que no obstante fue insuficiente para que la relación de ambos resultara satisfactoria cuando se casaron. Mi tía Matilde esperó veinte años a Isidro, su novio de juventud, y la opresión de la vida en común derivó en enfermedad mental apenas se casaron. Se habían equivocado en un paso que todo el mundo considera trascendente y no supieron cómo retroceder, para no sufrir las consecuencias de una relación fallida.
Mis tías maternas, a comienzos de los ´40, se casaron después de prolongados noviazgos. Eso era lo correcto en San Pedro, que las mujeres prepararan el ajuar (generalmente con sus propias manos, en lugar de comprarlo) trabajando durante años, tras haber decidido casarse, aunque sin fijar todavía fecha para el evento. Debían bordar el monograma de la pareja en sábanas, manteles y toallas, después de haber adquirido la tela con sus ahorros. Soñar con el ajuar, se consideraba un buen augurio. El matrimonio sería feliz, lo completarían bellos hijos y la aprobación de todo el mundo para la mujer que protagonizaba ese cuento de hadas.
Al hurgar en la memoria, recuerdo las sábanas caladas, que probablemente fueron bordadas en conjunto por mi madre y sus hermanas, que solo en grandes ocasiones se utilizaban en mi casa. Las novias cosían los edredones y camisas de dormir, bordaban los pañuelos, las zapatillas de noche, tejían las mañanitas (como luego los escarpines de sus hijos). Mientras no se casara, la joven no podía usar ninguna de esas prendas.
Desde épocas inmemoriales se repetían estas interminables dedicaciones al ajuar, que suministraban un aura mítica en torno al matrimonio, como el ámbito donde las destrezas de un género se ponían de manifiesto, para exclusivo disfrute de un único espectador, el marido.
Cuando las parejas no disponían de muchos recursos, el tiempo, las habilidades y energías de las novias eran la fuente principal de esos primores, que quedaban (en el caso de mis padres) como monumento a un proyecto largamente preparado y no obstante fracasado.
Un casamiento de apuro (que los había, no pocas veces exitosos, aunque estaban basados en la pura atracción física) se convertía en tema de conversación de hombres y mujeres por un tiempo, pero no tengo la impresión de que nadie fuera discriminado de manera duradera por eso. El tiempo restañaba las infracciones. Hasta las uniones de hecho terminaban por ser aceptadas con el tiempo (a pesar de la indignación de mi padre, que en esos casos aplicaba un código ético que pasaba por alto habitualmente).
Las parejas que se formaban a mediados del siglo XX, dependían de factores tan ajenos a la iniciativa de sus integrantes, como el haberse conocido desde la infancia, haber compartido la escuela o conocerse desde los bailes de fin de semana.
Cuando mi amiga S.C. recuerda su fiesta de quince años, preparada por su familia, en la que ella y sus amigas del colegio religioso tuvieron la oportunidad de bailar. La música la había traído uno de sus primos, provenía de un tocadiscos, donde tocaban discos de 78 rpm. Una de sus compañeras convenció a su padre de que permitiera la asistencia de unos cuantos amigos varones. Por ese entonces, varias compañeras tenían novio. ¿Cómo pudieron conseguirlos, cuando se movían en un ambiente que parece salido del Medioevo?
Existía un grupo de amigos que iban a la escuela pública, con quienes las chicas del colegio religioso se encontraban en los bailes. Deben haber parecido más atractivas, cuanto más encerradas se encontraban. En algunos casos, los familiares del otro género y la misma edad servían de contacto. Uno de los primos de S.C., que disfrutaba el privilegio inusitado de conducir un auto, llevó a la fiesta de quince a un grupo de jóvenes no invitados inicialmente, desde el Butti, donde habían estado esperando que les avisaran la autorización del padre. Tal era el respeto que todos tenían por los mayores, tanto las chicas como los chicos (algo que difiere bastante de lo que sucede en la actualidad).
De acuerdo a mis informantes, las amigas del mismo grupo conocían a sus novios de diversas maneras: algunas en los bailes, otras en las salidas por la calle Mitre durante la tarde cuando salíamos a caminar, mientras se escuchaba la emisora de circuito cerrado Apa, con sus secuencias de publicidad, música popular y noticias.
Las hormonas de las adolescentes eran un factor incontenible, contra el cual las restricciones de las monjas perdían la batalla. Las reglas de la educación religiosa no lograron impedir que muchas se pusieran de novio.
Como después de todo eran chicas serias, de buenas familias, los novios no tardaban en conocer a los padres y someterse a las reglas de comportamiento que ellos imponían. Años más tarde, algunas se quejan de no haber tenido la oportunidad de salir a escondidas y conocer a quienes se convirtieron en su pareja de otra manera.
Una de mis informantes cuenta que conoció a su primer novio (el mismo que iba a convertirse luego en su marido) en una fiesta que se hizo en la misma escuela religiosa, porque él tocaba en la Banda Municipal, y era pariente de una de sus compañeras.
El primer encuentro de la joven pareja fue a la salida de misa del domingo, a la que concurrían obligatoriamente (se pasaba lista). En adelante, se encontraron en las matinés bailables del club Paraná, aunque no por mucho tiempo, porque los padres no tardaron en darse cuenta y los obligaron a verse en la casa. Esto, en lugar de facilitar el conocimiento efectivo de ambos, se convirtió en un obstáculo, porque no les permitían salir por su cuenta. En algún momento decidieron casarse, hasta que la muerte los separara, sin estar demasiado informados respecto de la persona con quien lo hacían.
Casarse con el primer novio era el ideal de las chicas de entonces, como si las decisiones tomadas bajo la ceguera del enamoramiento, pudieran ser las mejores para construir una relación estable.
Más de una mujer se casaba y luego descubría que ese matrimonio había resultado un fracaso, que no existía compatibilidad con el marido, que debía compartirlo con otra, etc. Cuando había hijos de por medio, costaba rectificar la decisión inicial. Las leyes no las favorecían y la publicidad del fracaso era ya una situación humillante. Luego, estaban los medios de vida de una separada. ¿Cómo se las hubiera arreglado aquella que no disponía de una profesión o recursos propios? Cuando la pareja no había tenido hijos, de todos modos costaba iniciar la separación, porque las familias detestaban confesar el fracaso, que podía ser atribuido a la mujer antes que al hombre. No era raro que matrimonios fracasados se arrastraran durante años.
Según mis informantes, el superficial conocimiento con el que las parejas de hace cuarenta o cincuenta años llegaban al matrimonio, terminó revelándose como un obstáculo grave para una convivencia duradera.
En la actualidad, los índices de nupcialidad han descendido en todo el continente. El descrédito del matrimonio era tradicional en países del Caribe como Venezuela, donde la mayor parte de los hijos nacían fuera del matrimonio, pero hoy, tanto en Argentina como Chile, cada vez se casan menos jóvenes y cuando lo hacen es tras haber convivido varios años y haber procreado algún hijo. La gente teme fracasar en una relación estable o considera inútil cualquier compromiso a largo plazo.
Las mujeres separadas en el último tercio del siglo XX, me cuentan, concurrían a sesiones de terapia, con el objeto de superar la experiencia. ¿No era un progreso? En la generación anterior, no hubieran tenido ningún profesional que las asesorara. Algo debía haber cambiado en la mentalidad colectiva, puesto que se las consideraba víctimas y no pecadoras. Se esperaba de ellas que reorganizaran sus vidas, que armaran otras parejas, no que se encerraran para llorar (avergonzadas, golpeándose el pecho) una desgracia irreversible.
Tal vez alguien las mire todavía hoy como las únicas responsables de su desgracia. Debieron tolerar su desgracia con resignación, como una prueba que Dios les ha mandado y sus abuelas ni siquiera mencionaban. Debieron elegir mejor al hombre con el que se unieron de manera tan solemne (aunque nadie las preparó para hacer otra cosa que aceptar la imagen idealizada de los hombres que habían decidido tomarlas como pareja). La misma Corín Tellado, pésima consejera por intermedio de sus novelas de tapa blanda sometidas a la censura de los editores de la España franquista, en la realidad se las compuso para sacar a las patadas de su entorno, al marido ideal que la defraudó. Otros tiempos, otras costumbres. Las parejas fracasan, a pesar de las buenas intenciones, y en tal caso la gente trata de retomar el control de su vida.

sábado, 9 de abril de 2011

Diálogos táctiles que no se consideran


El tacto es el más desmistificador de los sentidos, al contrario de la vista, que es el más mágico. (Roland Barthes: Mitologías)

La comunicación entre los seres humanos no se reduce al intercambio de palabras habladas o escritas, como pretenden las instituciones que no existirían sin ellas. Eso apenas describe la superficie de un proceso más complejo, para el que no suele haber educación formal que se encargue de adiestrarnos.
Mi madre era muy delgada cuando me trajo al mundo y no estuvo en condiciones de amamantarme mucho tiempo. Me buscaron un ama de cría que dejó impresa en mi memoria sus senos enormes y perfumados. Eran un sustituto.
Con mi tío Juan participaba en una serie de juegos que debieron ocurrir cuando yo tenía dos, tres o cuatro años. En uno de ellos, me montaba sobre su espalda, a veces me sentaba sobre sus hombros y él trotaba, sujetándome por las manos, como si él fuera la cabalgadura y yo el jinete. Le llamábamos andar a cococho. ¡Era tan agradable ver el mundo desde lo alto, en lugar de la perspectiva habitual, a menos de un metro del suelo, sentirse obligado a bajar la cabeza cuando pasábamos debajo del dintel de una puerta o la rama de un árbol! En otro juego, que llamábamos la vuelta carnera, me sentaba sobre las piernas de mi tío sentado, que me sujetaba por las manos y permitía que alzara mis rodillas, girara sobre mi cabeza hasta caer parado.
Cuando tuve cuatro o cinco años y confío en mi buen juicio, mi tío comenzó a llevarme en su bicicleta. Me sentaba de costado, en el travesaño, me sujetaba del manubrio, y él pedaleaba tal vez cien metros, ida y vuelta. Era una aventura desprovista de riesgo, cuando podía deslizarse a tal velocidad, por las mismas calles de siempre, gracias a un adulto que me protegía y me alentaba a probar por mí mismo cuando creciera.
No recuerdo que me sucediera nada parecido con mi padre. Él no tenía tiempo para dedicarme o (lo que es más probable) no disfrutaba demasiado el contacto con sus hijos. Muchos años más tarde, mi madre confesó que mi padre se ponía celoso cuando ella nos dedicaba más tiempo del que él consideraba justo. Supongo también que ella nos utilizaba como excusa, para evitar el contacto con él. No guardo memoria de que mi padre nos castigara, pero tampoco abrazos, ni caricias, ni contenciones. El contacto que prevalecía entre nosotros era verbal. Órdenes, preguntas, ironías sobre nuestra presunta incapacidad para aprender (en las que repetía, supongo, los diálogos con mi abuelo, una generación atrás, para asumir el rol opuesto al suyo).
Mi padre no era un hombre que tocara a sus hermanos o su madre. Tengo la impresión de que las raras veces que lo vi palmear la espalda de un amigo, fue para evitar un abrazo (cuando viví en el Caribe, aprendí que los abrazos entre hombres estaban sometido a un protocolo: las manos de uno palpaban la parte alta de la espalda del otro una vez, dos, tres y a continuación lo soltaban rápidamente, para evitar malentendidos).
En mi familia paterna, el contacto físico del saludo a mi tía Matilde no duraba más de un segundo, porque a continuación ella separaba a quien la hubiera saludado con un beso, porque no olía bien o para no contagiarse de quién sabe qué enfermedades imaginarias.
En esa época, el beso en la mejilla que intercambiaban mujeres y hombres era frecuente, pero sometido a las reglas de un protocolo bastante estricto. Solo un beso estaba permitido a cada uno, a diferencia de lo que es corriente en Brasil o España, donde cada participante tiene derecho a dos: uno en cada mejilla de la otra persona.
Cuando la diferencia de edad era mucha, se imponía el beso en la frente (de los niños o los ancianos). El besado de las manos femeninas por los amigos y pretendientes ya no se practicaba en mi infancia: era un gesto arcaico, que no se hubiera intentado ni en burla.
El beso en la boca vuelto famoso por las películas de Hollywood, se encontraba reglamentado por el Código Hays desde 1934, y establecía que las bocas estuvieran convenientemente cerradas y el contacto no se prolongara más allá de ocho segundos. Los besos interminables y de bocas abiertas que se ven en la actualidad, en cualquier parte donde se concentren jóvenes, no se veían en el mundo real de mi infancia. Las parejas se besaban, de acuerdo a los rumores, en la oscuridad de los zaguanes, y esto resultaba tan criticable como acceder a las relaciones sexuales sin haberse casado antes.
Cuando se imagina el pasado como una época en que la gente se tocaba más, porque no existían los medios de comunicación actuales, se está inventando una
Durante mi asistencia a la escuela primaria Nº 2 de San Pedro, constantemente nos obligaban a formar filas, en un procedimiento que recordaba a las formaciones de presos, antes o después de salir de sus celdas. Niñas por un lado, niños por el otro, nos ordenábamos por estatura, desde los más bajos a los más altos, y “tomábamos distancia”, vale decir, nos poníamos a un brazo del que estaba delante y del que quedaba detrás. Luego nos hacían entrar, sin demorarnos ni atropellarnos.
Tal vez hubiera contactos durante los deportes y otros juegos. Nada muy estrecho ni tampoco prolongado, como se da en el rugby. El juego de la “mancha venenosa” que entretenía a los niños chicos, planteaba una visión fóbica del contacto. Aquel que era tocado por otro participante, quedaba contagiado, se convertía en un indeseable del que todos huían y se veía obligado a correr tras los demás, para contagiarlos y librarse de la incómoda mancha.
No había mucho espacio en el colegio, a veces el pupitre se nos pegaba al estómago, pero de todos modos entre los compañeros de clases teníamos pocas posibilidades de tocarnos. Niñas y niños nos sentábamos por separado. Hablar entre nosotros o mandarse mensajes escritos en papelitos doblados, era una falta que la maestra castigaba si la sorprendía, como si ella fuera la chaperona que restringía la comunicación de aquellos que hubieran caído en el más completo desorden, si no los controlaban.
Durante los prolongados noviazgos (seis o siete años para alguna de mis tías) la familia se encargaba de poner a resguardo a las mujeres, organizando visitas a plena luz, con algún niño o tía vieja presentes, no fuera que el pretendiente se acostumbrar a tocar más de lo prudente y la novia a permitir que la tocaran, con la consecuencia indeseable de que la mercadería probada ya no fuera comprada. Escuché esa metáfora mercantil más de una vez, para referirse a historias infortunadas de mujeres solteras que debían cargar con la mala fama de haber sido abandonadas.

En los primeros momentos de sus entrevistas, siempre se hablaban así [del tiempo, de la salud del interlocutor], empleando fórmulas corteses y preguntando cosas insignificantes; su saludo era el saludo de ordenanza en sociedad; estrecharse la mano. Ni ellos mismos podrían explicar la razón de ese procedimientos extraño, que acaso fuese la cortedad debida a lo reciente e impensando de su trato amoroso. (Emilia Pardo Bazán: Insolación)


Uno piensa que la tradición del recato español marcó a tantas parejas que luego, una vez casadas, simplemente no funcionaron, porque sus integrantes no toleraban el contacto, pero la incompatibilidad en el diálogo táctil es más compleja. Se cuenta que durante la conquista de México por los españoles, el emperador Moctezuma, a quien los aztecas consideraban un dios, fue saludado por Hernán Cortés mediante un apretón de manos. Dos hombres pertenecientes a distintas culturas, que no habían tenido ningún contacto hasta entonces, iniciaron un diálogo de sordos, por el desconocimiento que cada uno tenía de la cultura del otro, en una situación capaz de decidir la suerte de sus dos naciones. Moctezuma había nacido y crecido en un ámbito palaciego donde tocarlo era un sacrilegio. Todavía hoy, cuando el Primer Ministro australiano o Michelle Obama toca la espalda de la reina Elizabeth II, la prensa se encarga de señalar la falta protocolar inaceptable. No se toca de ese modo a la reina. En otras épocas, la sanción hubiera sido la prisión o la muerte.
Las reglas de etiqueta de la corte española eran más liberales en el siglo XVI. El rey de España no hubiera aceptado que Cortés lo tocara de otro modo que besando su mano (en realidad, el anillo que ostentaba su mano y constituía uno de los emblemas del cargo). Era la forma de honrar a un alto prelado de la Iglesia: besar la amatista del anillo del Obispo, como recuerdo del día de mi Confirmación en la Nuestra Señora del Socorro.
Me cuesta a veces reconocer a mi madre en las fotografías, porque aparece mirando a cámara, por imposición del fotógrafo, cuando lo más probable era que en la vida cotidiana ella mirara el suelo y solo de soslayo uno pudiera tropezar con sus ojos. Ese contacto breve, como si tratara de evitar que la descubrieran en una actividad inadecuada, era una de sus características. Otras personas de su edad y condición pasaban revista a los niños con la mirada. Mi tía Matilde era implacable. Podía evaluar a cualquiera en pocos segundos y de todos modos no apartaba la vista, por encima de los anteojos. Mi madre había aprendido a desaparecer del diálogo sin moverse.

sábado, 26 de marzo de 2011

El colegio de la adolescencia

Escuela Normal (también Colegio Nacional) de San Pedro
Entrar en la secundaria cambió mi vida. Un signo de la nueva etapa, fue que no volví a encontrarme con mis compañeros de primaria. El tránsito de un nivel educativo a otro no era, como en la actualidad, imperceptible. A mediados del siglo XX, pocos estudiantes de la primaria pasaban a la secundaria (y luego, muchos menos ingresaban a la universidad). Para los planes sobre mi futuro que debió haber tenido mi padre, pero nunca compartió conmigo, se trataba de mandarme a lo que entonces se denominaba Sección Comercial Anexa al Colegio Nacional de San Pedro. ¿Podían haber inventado un rótulo menos descalificador?
Mi promoción era la tercera o cuarta y algunos de nuestros profesores habían egresado apenas un par de años antes de la misma institución. Otros docentes eran maduros y enseñaban también en la Escuela Normal. Sospecho que no se suponía que fuéramos demasiado brillantes, puesto que nos dedicaríamos al comercio. A nosotros no nos enseñaban dos lenguas clásicas (Griego y Latín) tal como sucedía en el Bachillerato hasta 1950. Tampoco estudiábamos dos idiomas modernos, sino uno durante los cinco años (la mayoría optaba por el inglés, que ya por entonces había desplazado al francés como lengua diplomática y de los negocios). Nos obligaban a estudiar Mecanografía (gracias a lo cual fui capaz de escribir “al tacto” como se nos decía) durante el resto de mi vida, y tomar dictado de hasta 120 palabras por minutos, en el ramo Taquigrafía (una habilidad que hubiera podido conducirnos, en el mejor de los casos, a convertirnos en funcionarios del Congreso de la República).
Constantini, nuestro profesor de Castellano, era un hombre joven y utilizaba técnicas heterodoxas, como evaluar los aciertos parciales, que de pronto se daban en la dinámica de una clase. A él le debí, por ejemplo, un 10 por acertar la definición de la palabra ¡Zape! que aparecía en un dictado y solo Dios sabe cómo recordaba después de haber leído una novela de Pardo Bazán.
Mis compañeros no podían ser más heterogéneos, advierto en la distancia. Uno de los más chistosos (no digo que ocurrente) siguió una carrera militar, me han dicho. Otro de los que gozaban de fama de divertidos, se convirtió en empresario de la agroindustria y no creo que siga haciendo rimas obscenas con su apellido, cuando alguien lo nombre. A uno cuyo nombre no recuerdo, le decíamos Alan Ladd (también Cara de Piedra), ya no recuerdo si por rubio o inexpresivo. Mi amigo E.S. viajaba todos los días en tren, desde Baradero. Compartíamos el gusto por los programas nocturnos de música de Radio Splendid y las comedias musicales del cine. ¡Qué distante parece todo eso! Un día lo sorprendieron con una postal pornográfica que nos había mostrado generosamente. Era la foto de una mujer desnuda, de pie, cuyo pubis aparecía cubierto por un grueso punto oscuro. Nuestra bella profesora de Inglés, que tenía un delicado bozo en el labio superior, debió haberla descubierto, porque recuerdo su reproche a mi compañero: ¿acaso no tenía él una madre, una hermana? A la distancia, el argumento suena poco atinado. El haber sido descubierto lo hacía acreedor de amonestaciones, ¿pero se suponía que mi amigo sintiera por todas las mujeres el mismo respeto, la misma distancia que le correspondía tener por su familia?
Quien ostentaba el promedio más alto del colegio, era H.P.F. (las iniciales las había propuesto él, que debía detestar su anticuado primer nombre). Confieso que no lo estimaba, a pesar de que nunca hubo ningún conflicto entre nosotros, por el simple motivo de que a él parecía no costarle nada superar obstáculos que para mí eran una muralla temible. Sus respuestas eran fluidas y oportunas, las prácticas de caligrafía impecables, su desempeño deportivo sobresaliente. No recuerdo qué falta de disciplina lo dejó fuera del cuadro de honor que lo designaba para bajar la bandera nacional por las tardes, con lo que yo pasé a reemplazarlo.
Una de mis compañeras, Ruth E., que era rubia y de ojos grises, comprometida en matrimonio con un hombre trece o catorce años mayor desde que la recuerdo, fue consagrada Reina de la Primavera en una celebración que incluía desfile de carrozas y show musical en Pellegrini y Tres de Febrero. No sé si las otras chicas la detestaban por ese privilegio que había logrado merecidamente y sin alardes, por decisión de un jurado en el que participaba nuestro profesor de Taquigrafía, un hombre joven que mostraba la secuela de la poliomielitis.
En el mismo edificio, por la mañana funcionaba la Escuela Normal, por la tarde el Colegio Nacional y la sección Comercial anexa, que era donde yo estudiaba. Nunca se me ocurrió protestar por la decisión de mi padre, que me inscribió en esa carrera que debía hacer de mí lo que hoy se considera un Contador o Auditor, porque detestaba la materia básica, Contabilidad, no lograba manejarme con el Debe y el Haber de la doble partida, mi letra cursiva inglesa era lamentable y solo me destacaba en Mecanografía y Taquigrafía, entre las materias que podían considerarse propias de la especialidad.
Quejarme no pasó nunca por mi cabeza, porque la otra alternativa era la misma que había tenido que afrontar mi padre cuando se rebeló contra la oportunidad que le brindaba mi abuelo de estudiar en el Colegio Nacional de Buenos Aires. Era eso o la atención al público de un almacén de barrio. Mi padre eligió lo segundo y lo lamentó el resto de su vida. Yo pretendía otra cosa, aunque todavía no supiera qué. Pensé en estudiar Arquitectura, una idea que me llevó a estudiar la Historia de la disciplina, desde lo más reciente a lo más antiguo. Me imaginé estudiando Psiquiatría, después de haber visto varias películas de Hollywood que le otorgaban glamour de cine negro a esa profesión, pero no tardé en desmoralizarme al averiguar que antes debería completar Medicina. La sola idea de participar en una disección (aunque fuera de una rana, para repetir el experimento de Faraday) me revolvía el estómago. Como había tenido buenas notas en Química Orgánica (probablemente gracias a una buena profesora) me hizo pensar en seguir una carrera que se relacionara con esa materia. Esa fue una de las alternativas de mi vida que no exploré. Otra, estudiar Arquitectura.

martes, 8 de marzo de 2011

Del gallego bruto al indiano: Mitología contradictoria del desarraigo


Primero con los conquistadores de imperios de ultramar, que habían sido porquerizos en su patria, luego con comerciantes y administradores que hallaban la fortuna en el Nuevo Mundo, en España se afianzó el mito del indiano, alguien que no era precisamente un nativo de América, sino un español que había emigrado a América, donde de algún modo que no valía la pena investigar, porque se hubieran descubierto procedimientos no siempre rectos para enriquecerse, el indiano había formado una familia (en ocasiones mestiza, aunque con mayor frecuencia regresaba soltero, para encontrar una esposa joven de su lugar de origen) y había continuado soñando con el terruño, al punto de que volvía para instalarse en él espléndidamente, para envidia de amigos y vecinos que lo conocieron cuando era pobre, en palacios que guardaban la memoria de América.
Se rodeaba de magnolios que producían flores de aromas embriagantes, guacamayos multicolores y gritones, hamacas, tortugas desubicadas, orquídeas y plátanos de invernadero, peces de intensos colores y palmeras del trópico. Es un anecdotario rico en contradicciones. Por un lado el indiano afirma que no hay nada como el lugar donde nació, a pesar de que los exiliados europeos fueron expulsados por el hambre y la falta de oportunidades. Por el otro, que nunca se vuelve del todo al puerto de donde se partió, como afirma el texto de los Upanishads, escrito en la India, quinientos años antes de nuestra era.
Por algún motivo que ignoro, mi abuelo nunca renunció a la vida que había establecido en Argentina. No dudó en cambiar de residencia, de San Pedro a Mar del Plata, cuando tenía setenta años, pero no intentó devolverse a su comarca natal en Navarra (se conformó con levantar un hotel que denominó Navarro). Quizás lo detuvieron las convulsiones de la República española durante los años ´30, que iban a culminar en la Guerra Civil. Probablemente guardaba mal recuerdo de la familia que lo expulsó de su seno, para no tener que dividir el patrimonio del primogénito. Estuvo dos veces en Europa, antes de casarse, para disfrutar de dos exposiciones universales, disfrutó su estadía en Paris, encontró tiempo para comprar obras de arte y árboles exóticos que plantó en el patio de su casa en San Pedro.
Nunca oí que hubiera planeado regresar a su terruño. Tampoco hallé entre sus pertenencias recuerdos de la patria dejada atrás, fuera de la maleta de gruesa suela con la que viajó cuando era un niño (y eso, como un objeto pasado de moda, al que ya nadie en la familia prestaba atención). Mi abuelo había rechazado la imagen del indiano, pero no por eso quedó convertido en uno más del país donde pasó casi toda su vida. No era un gallego bruto, por su proveniencia, pero le endilgaban la imagen del vasco empecinado.
En Argentina se encasillaba a los que venían de otros países, en algunos casos mediante el humor, una herramienta que estaba al alcance de todos, porque era difundida sin problemas por los grandes medios de comunicación. En la discriminación a los judíos, el humor era dejado de lado y se utilizaban insultos tan ofensivos como genéricos. Si alguien decidía mostrarse de ese modo, como me tocó presenciar fuera de San Pedro, alrededor de mis veinte años, era para demostrar que había leído los Protocolos de los Sabios de Sion.
Los nativos del continente americano y aquellos en los que se percibían los ancestros africanos, no disfrutaban de mejor trato. Ser el Negro o el Indio de un grupo, no era un privilegio, y sin embargo no se denunciaba como discriminación. De acuerdo al discurso oficial, Argentina prefería verse como una nación generosa, receptora, pero no en todas las ocasiones, ni con todo el mundo por igual. La Ley de Residencia (la 4144 de 1902) podía aplicarse a cualquiera que no hubiera nacido dentro de las fronteras nacionales, cuando sus actividades molestaran al régimen de turno, por lo que se procedía a expulsarlo sin más trámites, dejando de lado el tiempo que hubiera permanecido, la familia que hubiera formado, la veracidad de las acusaciones, etc.
Aunque la Constitución prometiera igualdad de derechos y obligaciones para todo aquel que habitara el territorio nacional, bastaba el habla cotidiana para indicarle a cada uno cuál era el lugar que le correspondía, del que mejor fuera no apartarse.
Gallego era el gentilicio que se aplicaba a una serie de nativos de distintas regiones de España, no solo de Galicia. De acuerdo a la imagen popular, correspondía a alguien trabajador pero corto de miras, incapaz de apartarse de sus metas, aunque le fuera la vida en ello. Una serie interminable de anécdotas y chistes confirmaban la correspondencia del mito con la realidad.
A mediados del siglo XX, Niní Marshall había impuesto en películas y programas de radio el personaje de Cándida, empleada doméstica gallega. De los ancestros del marido de uno de mis tías maternas sabía que provenían de Mallorca, en las islas Baleares del Mediterráneo, porque algunos parientes políticos se lo recordaban, para molestarlo, diciéndole “mallorquín muerto de hambre”.
El Tano podía ser un italiano de cualquier proveniencia. En San Pedro había lombardos, como mi abuelo Bovio, vénetos, como unos clientes de mi padre que recibían tarjetas postales de Belluno e incluso suizos, como los padres de mi abuela Grigioni. No conocí sicilianos y calabreses hasta que me mudé a Mar del Plata, donde continuaban trabajando en la pesca, tal como habían hecho en su patria. Se suponía que los tanos eran trabajadores, apegados a la familia (a la que explotaban en sus pequeñas empresas) y reticentes a gastar el dinero que tanto les había costado ganar. De ellos, uno apreciaba la comida, el esplendor de las mujeres y la música; después de la Segunda Guerra Mundial, también el cine, que se presentaba como lo más opuesto que pudiera imaginarse a los convencionalismos de Hollywood.
Turco era una denominación todavía más vaga, porque incluía a los nacidos en cualquier país árabe, los nativos de Medio Oriente, incluyendo a los griegos. Cualquiera que fuera demasiado moreno, tuviera cabello rizado y luciera grandes bigotes, quedaba incluido en esa categoría, aunque algunos fueran rubios, de ojos claros y mejor no preguntar la religión, porque el estereotipo se desarticulaba y uno debía enfrentar entonces la evidencia de una ignorancia corregible, sin duda, pero no por eso menos incómoda.
Ruso tenía una imprecisión todavía mayor, porque se refería tanto a los rusos cristianos ortodoxos, como a los judíos de Rusia o Polonia. Supongo que debí tener más de un compañero judío en la secundaria, pero el tema no se mencionaba entre nosotros. Ellos no cursaban la materia Religión (católica, apostólica y romana) que había impuesto la administración peronista y eso era todo lo que percibíamos de su diferencia. Al terminar de la adolescencia, comencé a tener amigos judíos, pero yo no era demasiado religioso por entonces, y tampoco me parecía de buena educación preguntar a los demás sobre el tema. Ellos no mencionaban sus celebraciones tradicionales, como yo tampoco mencionaba las que habían sido parte de mi tradición.
Daba lo mismo que el chino hubiera llegado de Japón, Corea o efectivamente China. No conocí a ninguno en San Pedro, durante la Segunda Guerra Mundial, y desconozco que se los hubiera encerrado en campos de concentración como sucedió en Perú o Paraguay, siguiendo el ejemplo de los Estados Unidos, pero no costaba nada localizarlos una generación más tarde en las tintorerías de Buenos Aires o Mar del Plata, en los invernaderos de City Bell, que veía desde el tren cuando uno se acercaba a La Plata. De los chinos no se sabía nada, fuera de que trabajaban de sol a sol, jamás morían (porque heredaban los pasaportes) y no se les entendía ni una palabra. Cuando comenzaron a incorporarse al rubro de la alimentación, circuló el mito de que consumían cualquier animal que atraparan, desde perros a ratas.
Gringos había en San Pedro, gente como nuestro vecino John Cummings o Jane Austen, mi profesora de inglés en la secundaria. Daba lo mismo si provenían del Reino Unido o América del Norte. Aquellos que conocí, carecían del aura de poder que habían disfrutado en el pasado inmediato, los gestores y administradores de frigoríficos, líneas ferroviarias, Bancos y grandes casas comerciales. Eran gringos pobres, bien educados y trabajadores. La época de oro de los gringos en Argentina se había extendido por un siglo, desde la caída del régimen de Rosas y el gobierno de Perón se afirmaba míticamente en la expulsión del gringo explotador, que había dado forma a un país exportador de materias primas del agro. “¡Yankys go home!” era un eslogan que comenzó a circular después de la invasión a Nicaragua, en 1954 y en ese momento no parecía referirse a la realidad inmediata de quienes lo coreaban.

jueves, 3 de febrero de 2011

Amigos de infancia: los eslabones perdidos


Ahora que lo pienso, muchos de mis amigos de infancia eran adultos. En la actualidad suena extraño, porque los miembros de distintas generaciones no tienen mayor contacto, fuera del inevitable en las familias, pero entonces uno creía posible hablar, no digo que de igual a igual, pero habitualmente, sin desigualdades evidentes, con personas de otras generaciones, que de ese modo transmitían sus experiencias y modos de hacer las cosas (también sus prejuicios) a los más jóvenes.
No había demasiados chicos de mi edad en el barrio donde nací y crecí. Cuando los encontraba, automáticamente nos convertíamos en amigos. Solo recuerdo a un par de chicos de la primaria, que encontré una vez en la calle y quién sabe por qué estuvieron a punto de golpearme. Fue una única vez y luego nos hicimos amigos con uno de ello, como si el encontronazo nunca hubiera sucedido.
Entre amigos hablábamos de los programas de radio que cada uno oía en su casa, nos prestábamos revistas infantiles, íbamos juntos a las matinés del Cine Palma, los sábados a la hora de la siesta, cuando proyectaban dibujos animados, cortometrajes de Laurel y Hardy o los Tres Chiflados, episodios de viejos seriales como Dick Tracy, El Llanero Solitario o Flash Gordon.
Uno de mis amigos (no recuerdo ya su nombre, pero sí la ubicación de su casa a dos cuadras de la mía) me confesó con mucha seriedad, antes de cumplir los nueve años, que él había tenido un hijito con su hermana. La situación era incomprensible para mí, que había oído a Dora B. nuestra maestra de segundo grado explicar que los mamíferos se reproducían por yuxtaposición, una frase que acepté sin pedir más detalles, pero me sumía en mayores interrogantes.
Había que poner a uno sobre otro. ¿Quién arriba, quién abajo? Faltaban detalles. La imagen de la transferencia de calcomanías, era la primera que surgía en mi mente. ¿A qué mamíferos se refería la maestra? Yo había visto al gato montando a la gata después de una trifulca que se prolongaba durante horas, recordaba al caballo montando a la yegua.
Sin duda, eran mamíferos y el macho se montaba sobre la hembra. Pero también el gallo pisaba a las gallinas y el pato a las patas y el palomo a la paloma, a pesar de que todos ellos formaban parte de la familia de las aves. Percibir a los seres humanos como mamíferos, me parecía una generalidad irrelevante, que no permitía entender qué sucedía.
Lo fundamental para nosotros, los estudiantes de primaria que teníamos ocho o nueve años, era memorizar de la manera más exacta posible, aquello que la maestra decía en clases, porque tarde o temprano ella nos obligaría a demostrar que habíamos prestado atención. Entender el contexto, extrapolar los conocimientos, no figuraba entre nuestras expectativas. Bastaba con que uno fuera capaz de repetir las palabras de alguien a quien representaba la autoridad, para que todo se pusiera en su lugar, a pesar de que el conjunto de la información permaneciera en una incómoda nebulosa.
Tengo la impresión de que la escuela pública de entonces no era capaz de fomentar las relaciones de amistad y colaboración entre los chicos. Cuando medio siglo más tarde me dediqué a la docencia, aprendí que esas relaciones suelen ser más decisivas para el aprendizaje, que las tradicionales entre el docente y los estudiantes.
Nosotros no efectuábamos trabajos en equipo, ni compartíamos nuestros conocimientos, ni discutíamos, ni nos ayudábamos unos a otros. Los docentes eran el centro de la comunicación de cada grupo. Ellos exponían los contenidos y nosotros oíamos o anotábamos o levantábamos la mano para responder a las preguntas. ¡Competíamos de tantas maneras, obligados por el sistema escolar! Se nos evaluaba individualmente y sin apelación.
Mis notas debían ser altas, porque me recuerdo bajando la bandera nacional del mástil instalado en el patio, delante del resto de los compañeros, formados en fila (probablemente cantábamos, acentuando los ripios, el aria de la ópera Aurora: Altá en el cielo / un águila guerrera, / audaz se eleeva / en vueelo triunfal…). Una escena que hoy evalúo como bienintencionada pero nefasta para el objetivo de socializar a los niños. ¿Por qué destacar a uno y relegar al resto al rol de espectadores? ¿Por qué hacer que el varón se encargara de subir o bajar la bandera, y a la niña del mejor promedio de nota las funciones de ayudante? ¿Qué mensajes incorrectos difundía la ceremonia, junto a los patrióticos? La opción era: bajar la bandera o tener amigos (solo que si a uno lo designaban para bajar la bandera, no podía declinar el honor).
Con uno de mis amigos, que vivía frente a la propiedad de los descendientes de Facundo Quiroga, frecuentábamos la cancha del Club Mitre (ubicado junto a la torre del agua corriente, donde luego se construyó la escuela 2 y 6), como espectadores de los partidos de fútbol y basketbol. El centro de nuestra amistad era una colección de soldados de plomo, no demasiado grande, con los que intentábamos reconstruir batallas de la II Guerra Mundial mencionadas por la prensa.
Con Abelardo Castillo, que vivía a tres cuadras de distancia de mi casa y era dos años mayor, compartía su ruidoso proyector de cine Hollywood, que yo había visto anunciado tantas veces en la revista Billiquen y él poseía, junto a una colección de películas de papel (no creo que el celuloide fuera el soporte). Las películas se averiaban con cada exhibición, y había que pegarlas (¿con acetona, como hice después, al entrar en la Universidad?). Recuerdo un corto de Tom Mix, tal vez un dibujo animado de Ub Iwerks, probablemente algo de Chaplin.
No recuerdo que jugáramos al ajedrez, como parece que hacían él y Fernando Chiodini. A veces leíamos los argumentos de películas argentinas que publicaban las páginas finales de Radiolandia, cuando todavía no se estrenaban, e improvisábamos los diálogos que hubieran debido tener los personajes. Era un magnífico entrenamiento para la escritura dramática, que cada uno de nosotros intentó años más tarde. En la actualidad, utilizo una técnica similar en mis seminarios, para facilitar el proceso creativo en estudiantes que entran en pánico y no consiguen hacer hablar a sus personajes.
Mi amistad con Abelardo concluyó en la adolescencia. Nos veíamos diariamente en el Colegio Nacional, pero a esa edad, un par de años de diferencia alcanzan para definir experiencias totalmente distintas y establecer mundos que no vale la pena conectar. Él tenía amigos de su edad, se destacaba en todo lo que emprendía, incluyendo teatrales gestos de rebeldía contra la autoridad escolar, durante esos años finales del gobierno peronista, mientras yo era demasiado tímido para sentirme cómodo en su vecindad y debía luchar contra el handicap que entonces parecía insuperable de mi tartamudez. Continuar el diálogo entre nosotros hubiera sido inútil, a pesar de que compartíamos el interés por la Literatura, ignorándolo, cada uno por su lado.