martes, 4 de octubre de 2011

Animales domésticos (o no) de la infancia


A mediados del siglo XX, en la casa de mi familia estábamos rodeados por animales domésticos. Había gallinas de todos los colores, que nos daban huevos y mi madre se resistía a matar (lo mismo fuera retorciéndoles el cogote o decapitándolas con el hacha). Teníamos gatos que mantenían a raya a los temidos ratones. Un perro atado ladraba a cualquier extraño que se hubiera aventurado por su territorio (el nuestro). En el corral, un par de caballos que arrastraban los carruajes en los que mi tío Miguel visitaba a los clientes del almacén dispersos por el campo de San Pedro y Santa Lucía, dos veces por semana.
Entre los animales invasores, había moscas pertinaces, mosquitos que llegaban de la laguna apenas caída la tarde y espantábamos encendiendo espirales de piretro. Había avispas muy temidas que se aposentaban al abrigo de una cornisa y palomas torcazas que tampoco aportaban nada y escondían sus nidos en lo alto de un rosal leñoso, enredado en la base del tanque de agua. En ciertas épocas llegaban las dañinas langostas que devoraban las cosechas y los niños, instigados por las maestras de escuela, recogíamos en bolsas de arpillera que luego se quemábamos. El mismo trato se le dedicaba a los bicho canastos.
La observación y atención de los animales domésticos era una de las actividades más instructivas para los niños. Nos mandaban a buscar huevos, teníamos que alimentar con maíz a las gallinas, preparábamos afrecho húmedo para los patos, alcanzábamos los restos del almuerzo al perro, acariciábamos el lomo de los gatos, pasábamos una rasqueta metálica por el costado de los caballos, poníamos queso en las trampas de los ratones. Veíamos el comportamiento sexual de estos animales, tan frecuente y previsible que no llamaba demasiado la atención. El gallo pisaba rápidamente a una gallina y pasa a otra cosa, los gatos mordían el cuello de las gatas, después de haber maullado durante horas, los caballos copulaban ostentosamente en medio del corral, una vez al año, mientras el perro, que vivía en obligado celibato, se higienizaba con la lengua los genitales de aspecto cambiante.
No debíamos mirar. Los adultos intentaban distraernos (retarnos hubiera sido peor) cuando nos descubrían recibiendo evidencias tan claras del comportamiento reproductivo animal, cuando la información que nos daban en el hogar o en la escuela sobre la sexualidad humana, era ninguna. Los animales nos instruían sin necesidad de palabras, mientras los seres humanos continuaban encargando los niños a París o aguardaban la llegada de la cigüeña.
Al repertorio de los animales domésticos se sumaban los depredadores visitantes, comenzando por los ratones que alcanzaban gran tamaño y se escondían en sus madrigueras o circulaban por el cielo raso de las habitaciones, en medio de la noche. También estaban las comadrejas que muy de vez en cuando llegaban tras los huevos de las gallinas, los halcones que volaban muy alto pero podían descender para robarse un pollito, las pequeñas lagartijas verdosas tal vez no hicieran mal a nadie, pero de todos modos gozaban de mala fama y debíamos perseguir, los caranchos que sobrevolaban las islas del Paraná.
Había sapos, inofensivos pero de aspecto desagradable, que en verano llegaban de quién sabe dónde, atraídos por las luces de la casa, tal vez desde la gran zanja recolectora del agua de lluvia de calle Litoral. Ellos permanecían quietos y de pronto avanzaban a saltos. Los adultos los espantaban con una escoba, nos decían que eran capaces de comer las brasas o los cigarrillos encendidos que algunos malintencionados les arrojaban, para verlos echar humo y reventar a continuación. Pobres sapos, que a veces eran arrojados a los pozos de agua, para que la purificaran al comerse las larvas de insectos; su fealdad nos alentaba a asustarlos, pero nunca se nos hubiera ocurrido matarlos.
En la casa de nuestros vecinos, los Boccardo, había una cigüeña a la que nunca vi volar, porque le cortaban las plumas de las alas. Tenían también un teru teru (Vanellus Chilensis) pájaro estridente, cuyo plumaje gris y negro lo camuflaba entre las flores del jardín. Nadie me dijo que controlaba las plagas del jardín y avisaba la presencia de extraños. Los animales domésticos eran vistos como parte de la familia, que no hacía falta justificar.
Uno de los vecinos de mis primos Gaido, tenía un palomar que me asombraba. Era una construcción instalada en la terraza, provista de habitáculos ordenados, como no me había tocado ver nunca. El dueño de casa y sus dos hijos pasaban mucho tiempo limpiando el palomar y curando a las palomas. Durante los fines de semana, sus aves competían con las de otros criadores de la Asociación Colombófila, identificadas por los anillos en sus patas. ¿Cómo podían recorrer cientos de kilómetros y regresar al nido? Los animales domésticos estaban cerca, pero de todos modos se reservaban complejidades, enigmas que nos obligaban a respetarlos.
Nuestras gallinas, menos heroicas, dormían protegidas por dos grandes matas de laurel y recorrían todo el barrio. Durante la época en que mi abuelo construyó y mantuvo la casa, debieron estar encerradas en un gallinero rodeado por una cerca de alambre de tres metros de alto. Durante mi infancia, la puerta del gallinero y el sitio donde las gallinas hubieran debido dormir, habían desaparecido, nunca supe por qué, puesto que la totalidad de las casas vecinas tenía pequeños gallineros bien ordenados. Nuestras gallinas más curiosas se acercaban a la casa, pero no entraban en las habitaciones. Otras salían a la calle, pasando por debajo del gran portón de madera y cinc, para dedicarse a recorrer el barrio en busca de piedritas o gusanos. La imagen de esas gallinas callejeras, que nadie robaba, ni terminaban víctimas del tránsito, define un mundo que hace tiempo dejó de existir y ahora cuesta imaginar.
Mis tíos Bovio faenaban de vez en cuando un cerdo que habían criado en un rincón del gallinero de su casa y los niños asistíamos al espectáculo del trabajo de todos los parientes, creo que sin el menor susto de nuestra parte. Era formidable ver a la familia convocada para realizar una serie abrumadora de tareas tan especializadas, que iban desde el sacrificio del animal, del que se recogía la sangre para fabricar morcillas, hasta el aprovechamiento de cada una de sus partes: las tripas se usaban para envasar la carne de los chorizos, condimentada con pimentón, los jamones se curaban con sal gruesa y humo, la panceta se salaba, las orejas, hocicos y otras partes blandas de la cabeza se preparaban como gelatinoso queso de chancho, las patitas se hervían con porotos o garbanzos, etc.
Los adultos de mi infancia lo habían aprendido de sus padres, los hombres y las mujeres por igual, y nos lo transmitían a los niños, mediante el ejemplo, sin recurrir a explicaciones. Esa comunicación de los adultos y entre distintas generaciones, en torno a algo tan fundamental como la comida, se ha interrumpido.
El fin de semana que duraba la celebración, la mesa de la cocina permanecía en medio del patio para facilitar el trabajo, una gran olla de hierro negro hervía las viandas que iban a alimentar a toda la familia, mis parientes dialogaban durante el trabajo, contaban historias, bebían vino tinto, revelaban que eran efectivamente un equipo, donde cada uno contaba con los otros.

sábado, 1 de octubre de 2011

De Juvenilia al bullying del siglo XXI


Los adolescentes de Juvenilia, en la segunda mitad del siglo XIX, eran poco convencionales, pero fáciles de controlar. Provenían de los sectores más adinerados de la sociedad. Admiraban el conocimiento de algunos adultos que eran sus profesores, mientras criticaban la estrechez de criterio de otros. Sus mayores desafíos a la autoridad eran fumar cigarrillos y escapar por las noches del recinto del colegio en el que se los concentraba. Sus gestos de rebeldía parecen justificados y contribuyen a unirlos contra los adversarios comunes, que son la estupidez y el dogmatismo.
En esta segunda década del siglo XXI, el portal You Tube se ha convertido en la tribuna privilegiada para aquellos que cometen abusos contra sus iguales, con el auxilio de otros miembros del grupo al que todos ellos pertenecen, haciendo víctimas a individuos que por algún motivo se encuentran desprotegidos o no pueden responderles.
El abuso en el interior de respetables instituciones educacionales, gracias a la relativa protección o la ignorancia que ofrecen las jerarquías, dista de ser una situación nueva. Los colegios ingleses más prestigiosos fueron el territorio tradicional de esos maltratos. Los chicos se golpean y humillan desde hace siglos como parte de rituales de iniciación.
En la actualidad se habla del tema, los órganos de prensa lo recogen como noticia, la evocación de lo sucedido ocupa varios minutos de los noticieros, donde testigos o víctimas conmovidas evocan el bullying, el tema preocupa a los parlamentarios que plantean leyes antidiscriminatorias, en contraste con la relativa impunidad que eso disfrutó en el pasado. Cuesta decidir si antes había menos violencia que en la actualidad, o si se miraba en otra dirección cuando ocurrían atentados de todo tipo, mientras no pusieran en riesgo la propiedad ajena.
Ahora el abuso puede ser registrado por las cámaras de video instaladas en los teléfonos celulares que todo el mundo posee y permiten elevar las imágenes a Internet, para aumentar (inmortalizar) la humillación de la experiencia. Antes el abuso quedaba guardado en la memoria de las víctimas y un reducido número de testigos, hasta que se olvidaba o confundía con otras anécdotas del mismo tipo. En la actualidad, la prueba de lo sucedido circula por el hiperespacio y llega a millones de espectadores que se horrorizan o disfrutan el espectáculo.
Desde muy temprano, los estudiantes se golpean, se patean, se escupen, se insultan, son despojados de sus pertenencias, son sometidos a vejámenes variados y todo eso queda publicado, como si se tratara de una hazaña del agresor y sus cómplices, digna de ser imitada y también destinada a amenazar e inmovilizar cualquier reacción del colectivo.
Uno de los recuerdos más enigmáticos de mi infancia, es un encuentro con dos compañeros de escuela primaria que tenían apellidos comenzados por P. y me amenazaron con golpearme cuando los encontré en la calle, montados en bicicletas, no muy lejos de mi casa. No me parece que hayan concretado su amenaza, ni por qué lo hacían. Uno de los matones había sido hasta entonces un amigo y compañero de curso, a quien solía visitar en su casa para consultar las tareas escolares.
Di por sentado que el otro lo controlaba y lo había obligado a cambiar su actitud. El líder era el chico lindo del colegio, que llegaba por Tres de Febrero, desde el centro de San Pedro a nuestra Escuela Nº 2 ubicada en una calle de tierra. Lo recuerdo petulante, con su anticuada corbata de moño azul con pintas blancas, como los chicos de las ilustraciones de Vida Espiritual, una serie de libritos de Constancio C. Vigil que aparecían anunciados en Billiken y yo quería poseer, entre los siete y ocho años.
Nunca le conté el encuentro a mi familia y la situación tampoco se repitió, pero puso fin a mi relación con quien había considerado mi amigo. ¿Por qué dos chicos amenazaban a un tercero? Imagino que para sellar un pacto entre los agresores y definir el poder de ambos sobre el más débil (de paso, también para fijar el status privilegiado del líder sobre el seguidor).
Durante mi paso por la secundaria, utilicé una bicicleta para atravesar la ciudad y llegar desde mi casa en Libertad y Chivilcoy, al edificio del Colegio Nacional o el Estadio Nacional, los días que nos tocaba Educación Física. Éramos decenas de estudiantes, pero solo dos empleábamos bicicletas en el turno de la tarde, una chica de apellido Roselló (si la memoria no me engaña) y yo. Las dejábamos estacionadas a ambos lados de la escalera que sube a la sala de actos y la Biblioteca.
Con frecuencia encontraba los neumáticos desinflados. Llevar todos los días un inflador con mis libros y cuadernos era una de las alternativas. La otra, caminar con la bicicleta desinflada tres cuadras, a la hora de salida, hasta llegar a un bicicletería en la calle del cine Palma, donde me permitían inflar gratis los neumáticos, cada vez que sufría el percance. Yo era el extraño. Vivía fuera del centro de la ciudad, me pasaba la vida leyendo, era tartamudo y tenía uno de los mejores promedios a pesar de mi handicap comunicacional. Si me molestaban, aunque los descubrieran, ¿qué les pasaría?
El hostigamiento duró años. Nunca se me ocurrió pensar que fueran estudiantes que me conocían, compañeros de curso que por cualquier motivo se hubieran planteado perjudicarme. Nunca denuncié la situación a las autoridades del Colegio. Probablemente no lo haya mencionado tampoco a mi familia. Era algo que podía pasar y efectivamente pasaba, como la lluvia en invierno, que me obligaba a conducir la bicicleta con más prudencia, para no quedar empapado de la cabeza a los pies, en los charcos de la avenida Sarmiento. No tenía cómo evitar el bullying y por eso no le otorgaba importancia.
Hubiera podido ser peor: que me cortaran los frenos o que la bicicleta desapareciera, porque al salir, todos los estudiantes estábamos vestidos iguales y nos movíamos en la misma dirección. Que no sucediera, me indica que se trataba de un juego del que se podía hacer víctima a alguien que se revelaba vulnerable, por el hecho de estar en minoría y no tener control sobre sus pertenencias.
Comparado con los crueles rituales de Oxford o Eton, nada de lo que viví resulta digno de atención. Nunca vi azotes, servidumbres sexuales, cobros de peajes o bandas de mayores que se impusieran a los menores, solo porque en el pasado ellos hubieran tenido que tolerar el mismo juego, en esos lugares ideales para el abuso entre pares que eran los baños del colegio durante los recreos o el vestuario del Estadio Municipal, antes o después de las clases de Educación Física. De acuerdo a mi experiencia, los escolares nos respetábamos, a pesar de que la vigilancia de los adultos no se hiciera sentir demasiado.
¿En qué contexto no institucional, privado, quizás de enemistad personal, adquiría sentido un gesto poco amistoso como la rutina de desinflar mi bicicleta? Estábamos al borde de un quiebre cultural. Durante los ´50 se establecieron los mitos de los enfrentamientos generacional que continúan vigentes medio siglo más tarde. Los jóvenes pasaron a ser considerados rebeldes con aspiraciones comunes, enfrentados a los adultos.
Las anécdotas del Colegio Nacional de Buenos Aires evocadas por Miguel Cané en Juvenilia, eran todas amables, aunque no siempre respetuosas de una disciplina escolar que ya por entonces resultaba anacrónica. Se trataba de una visión edulcorada, mentirosa, del comportamiento juvenil, que casi un siglo más tarde los escolares continuábamos consumiendo por obra y gracia de los programas de estudio. Una generación más tarde, con la dictadura militar, esa visión trivial se derrumbó. Los escolares se habían politizado, no eran solo rebeldes sin causa y podían ser reprimidos por el Estado, con tanta ferocidad como se reprimía a los adultos.
Escapar de esa atmósfera cruel, después de recuperar la democracia, no es una tarea fácil. Hoy la juventud es vista con evidente desconfianza. Los chicos roban las pertenencias de sus compañeros, consumen y distribuyen drogas, portan armas y no dudan en usarlas contra sus iguales o contra los docentes. La solidaridad y el respeto de la autoridad son cosa del pasado. Los adultos que se encuentran en los colegios no son menos temibles: hay docentes o preceptores que abusan de sus estudiantes, registran y difunden sus imágenes obscenas, distribuyen drogas. La crónica periodística brinda historias horribles que complementan al bullying y dan cuenta de una atmósfera penosa, donde el aprendizaje queda relegado a las relaciones de poder.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

La fe de los niños

Nuestra Señora del Socorro, San Pedro
A los ocho años me tocó el turno de estudiar el Catecismo, como era inevitable entre la gente que conocía en mi barrio, a mediados del siglo XX. Mis padres no estaban casados por la iglesia, ni tampoco asistían a misa. De acuerdo a las historias que contaban mis tías maternas, ellos habían debido ocultar su situación para que el párroco me bautizara. Mis padres no rezaban, ni tenían imágenes religiosas en la casa (apenas logro recordar una rama de olivo seca, enredada en lo que tal vez fuera un crucifijo de bronce, sobre la cama), a pesar de que en algunas oportunidades mi madre y sus hermanas participaban en las procesiones de San Roque y nos llevaban con ellas, o nos incorporábamos a una peregrinacion al santuario de Luján, con una veintena de vecinos.
En una ciudad pequeña de provincia, una iglesia era más que suficiente para encargarse del culto católico. La ermita de San Roque, construida en 1906, se encontraba marginada respecto del centro urbano y estaba dedicada a un santo que en la actualidad no goza de mucho reconocimiento, pero fue inmensamente popular durante la Edad Media, como comprendí veintitantos años más tarde en Praga, al verlo instalado en la fachada de una de las construcciones del rey Karel IV de Bohemia. San Roque era el protector contra la peste.
De acuerdo a la Leyenda Dorada, mientras curaba en Roma a las víctimas de la peste, con solo hacerles la señal de la cruz, había sufrido el contagio, situación que lo hizo retirarse al bosque, donde un perro lo alimentó con panes que le quitaba a sus amos, mientras duró la enfermedad. Según otra versión, un perro le había arrancado los testículos y así se lo representaba en Praga, con el animal que sostenía una forma indeterminada entre sus dientes.
San Roque
En San Pedro, a mediados de agosto, San Roque era llevado en procesión hasta la iglesia parroquial, donde (según se nos contaba a los niños) pasaba la noche con la Virgen, para volver al día siguiente a su refugio suburbano. La idea del santo acompañante de Nuestra Señora del Socorro era extraña, porque sugería un estado de indefensión y soledad nocturna de la Virgen durante el resto del año.
Las monjas nos mandaron a leer la historia muy linda de María Goretti, una niña mártir por defender la castidad. La monja no quiso explicarnos lo de la castidad, porque era muy difícil. (Patricia Undurraga: Cuando yo era chica)
Ocho años era una buena edad para tomar la primera comunión, porque en ese momento un niño era capaz leer sin dificultades y sobre todo entender lo que leía, a pesar de que el aprendizaje del Catecismo se hacía de acuerdo a una modalidad que permanecía vigente desde el Medioevo. El catequista (Arturo Cueste, sacerdote que acababa de hacerse cargo de la parroquia de Nuestra Señora del Socorro, donde permaneció por más de tres décadas) nos convocaba por las tardes, los niños nos ubicábamos en un lado del templo, las niñas en el otro, el cura leía las preguntas en orden, y uno debía reproducir exactamente las respuestas que había memorizado.
Estampita de mediados del siglo XX
Vivíamos a unas treinta cuadras de la iglesia. Yo recorría a pie la distancia, contando las baldosas flojas que encontraba en el camino. Si llegaba a seis baldosas firmes seguidas, iba a tener suerte cuando me llamaran para demostrar mi aprendizaje. En una de esas tardes de primavera oí las campanas que celebraban el fin de la Segunda Guerra Mundial (tardé en relacionar ese júbilo con la explosión de bombas atómicas sobre Nagasaki e Hiroshima).
El día de mi primera comunión, que debió ser el día de la Inmaculada Concepción, no lo recuerdo. Solo tengo presente la foto que me tomaron días más tarde en el Estudio Bennazar, donde aparezco delgadísimo y de rodillas, delante de un fondo pintado que representa el interior de una capilla gótica envuelta en niebla, con un traje oscuro de pantalón corto, un brazalete de seda blanca en el brazo y las manos unidas, con el devocionario dotado de cerradura de lata dorada que me habían comprado para la ocasión.
Recuerdo el espeso chocolate que nos sirvieron en el patio de la casa parroquial, probablemente con obleas dulces, para quebrar el ayuno después de la misa. La iglesia era un lugar de sensaciones inhabituales, desde el mareante perfume del incienso, hasta las azucenas que ofrendaban a la Virgen, la música del armonio, la liturgia en latín, el sabor de las hostias que debían disolverse en el paladar, en lugar de fragmentarla con los dientes, el de los redondos pancitos de san José que se repartían en su fecha.
Pasada la primera comunión, la fe que experimentaba se debió esfumar poco a poco, porque a los doce años ya no iba nunca a misa, y a los quince o dieciséis, en un verano en que leí el Ulises de James Joyce, no recuerdo a cuenta de qué, hice una apuesta privada, similar a la de Blas Pascal, sobre la posibilidad de creer o no creer, solo que con resultado opuesto al del filósofo. ¿Qué psaría si dejaba de creer? No iba a convertirme en furioso anticlerical, como me tocó ver a tantos conocidos que proclamaban la muerte de Dios, pero comencé a interesarme en el budismo.
Me quedé sin fe desde entonces, a pesar de lo cual conservé la ética cristiana (una más congruente con el calvinismo que con el catolicismo, debo confesar). En momentos de crisis, un par de veces, me he reconfortado con la oración atribuida a san Francisco de Asis, pero no sería capaz de suscribir ninguna de las afirmaciones del Credo.

martes, 9 de agosto de 2011

Fertilidad de las familias


Mi mujer y yo no hemos tenido hijos. Durante más de cuarenta años de matrimonio nos desplazamos demasiado, de un país al otro, por motivos algunas veces laborales y otras políticos, sentimentales también, dificultando cualquier intento de adoptar legalmente. Llegamos demasiado maduros a la época en que se desarrollaron las técnicas confiables de fertilización asistida. Cuando lo intentamos, a comienzos de los ´70, no existían los conocimientos que hoy se disponen y (sobre todo) los tiempos estaban demasiado revueltos en todo el continente, para pensar en el tema. Luego, por nuestra edad, los hijos hubieran sido más bien nietos que no hubiéramos sido capaces de atender. Conozco, entonces, los ventajas (y no pocas limitaciones) de vivir en pareja, encarando los conflictos que dan entre dos adultos, sin las interferencias y puentes que plantea una familia.
Desde chico, la imagen de mis tíos Rosa y Eduardo me acompañó, como la demostración palpable de una pareja que a pesar de sus eternas discusiones, que la familia no tomaba en serio, se amaban más que mis propios padres. A pesar de carecer de hijos, ellos dedicaban un afecto sin límites a todos los sobrinos de la familia, aunque no siempre eran retribuidos del mismo modo. Ser estéril por una causa u otra, de acuerdo a la opinión generalizada, no era una situación digna de respeto, por la limitación generalmente involuntaria que la fundamentaba, sino una discapacidad que salía a relucir cada vez que se pretendía ofender a quien la sufría.
Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir habían decidido no tener hijos ni compartir el mismo techo, pero ese modelo de independencia parecía tan lejano de la imaginación de la mayoría, que resultaba imposible de conectar con la realidad de un país que se pretendía culto y moderno, pero no tardaba en revelarse anticuado en la moralidad. Había que reproducirse, más que disfrutar del sexo. Para la mentalidad tradicional cristiana, que viene desde las epístolas de los santos Pablo y Pedro, solo lo primero justificaba lo segundo.
Mi padre fue el primer hijo hombre de una (desigual) pareja de inmigrantes, nacido después de las dos hermanas mayores y antes que su hermano menor. Sospecho que para mi abuelo, las dos mujeres no figuraban en sus planes de continuidad personal, como comerciante en la periferia de San Pedro. Eran una molestia, cuando necesitaba hijos varones. Aunque mi abuelo se preocupó de asegurar a las dos hijas una educación y no les escamoteó su parte en el patrimonio familiar, repartido varios años antes de su muerte, supongo que esperaba librarse de ellas lo antes posible, mediante un par de buenos matrimonios. Los dos hombres, en cambio, debían ocuparse de los negocios familiares, puesto que en la adolescencia habían demostrado tan escasa disposición para convertirse en los profesionales que el jefe de la familia deseaba.
Vistos a la distancia, los planes de mi abuelo paterno eran racionales y solo tuvieron una falla: la mayor parte de sus hijos se dedicaron a contrariarlo (mi padre hasta mediados de sus veinte años, mi tía Matilde el resto de su vida).
Mi madre era una de las hijas mayores de un grupo de diez hermanos, nacidos en los aledaños de San Pedro, donde para gente de las chacras, tener muchos hijos era la manera de asegurar la subsistencia de una familia, mediante el trabajo no remunerado de todos. Ese esquema tradicional, todavía vigente a comienzos del siglo XX, se mantuvo en otros países del continente hasta dos generaciones más. Cuando pasé por Chile y Venezuela, descubrí familias enormes, como la de mi madre, hijos que habían sido engendrados regularmente, mientras se prolongaba la etapa fértil de las mujeres, como evidencia de la solidez de unión establecida ante la Iglesia Católica o de hecho.
Una familia numerosa, tanto legal como ilegal, era la demostración fehaciente de la potencia sexual del padre y la dedicación de la madre al universo hogareño. Gran parte de la autoridad del hombre surgía de su destreza para preñar mujeres dentro y fuera del matrimonio. El valor de las mujeres casadas, dependía por entonces de su fertilidad. Cuanto mayor fuera el número de hijos que trajera al mundo, mejor la consideraban sus parientes y amigos. No tenerlos, como se presenta en Yerma de García Lorca, era considerado por muchos la señal de una maldición.
En Chile y Venezuela era habitual que un hombre tuviera una familia legal y otra al margen, las dos tan extensas como sus parejas lo permitieran. Las leyes favorecían ese doble estándar, al negar cualquier derecho a herencia a quienes tuvieran la desgracia de haber nacido fuera del matrimonio. En ciertos casos, el reconocimiento de los hijos “naturales” se encontraba obstaculizado expresamente.
En la Argentina que conocí al crecer, los hijos solían nacer dentro del matrimonio. Con cierta frecuencia, la gente se casaba precisamente para que los hijos ya concebidos nacieran de una pareja legalmente constituida. La gente podía reírse de las novias embarazadas, pero el hecho de que esa fuera una causal de matrimonio indica que la institución estaba bien considerada (una situación que parece haber cambiado de manera ostensible en la actualidad).
A mediados del siglo XX, advierto ahora, las familias de mi barrio tenían muy pocos hijos. Uno o dos era lo más frecuente. Los métodos anticonceptivos habían logrado una difusión mayor y la gente los utilizaba sin problemas de conciencia. Una de las amigas de mi mujer, muchos años más tarde, decía que ella, ferviente católica, le agradecía a Dios haber permitido la existencia de anticonceptivos que otorgaban mayor alegría a la vida de una pareja.
Los preservativos se vendían en unos expendedores automáticos de colores brillantes que uno encontraba en los baños de hombres de los bares y estaciones de servicio (supongo que también en las farmacias, pero me pregunto quién era el valiente que se atrevía a dar la cara en esos locales de una ciudad pequeña, donde todo el mundo se conocía).
Me tocó pasar por la revolución de la píldora anticonceptiva cuando me convertí en adulto. Formidable coincidencia, que en su momento no aprecié como tal, porque uno vive más de un cambio histórico sin entender muy bien lo que está pasando. De pronto, las mujeres que desde siempre habían debido defenderse de los avances de los hombres para no quedar embarazadas, se encontraban en condiciones de tomar la iniciativa en materia sexual y dejar de lado la visión de la maternidad como el castigo que esperaba a quienes aceptaran el sexo fuera del matrimonio. Ellas habían sido hasta entonces las elegidas o discriminadas, mientras que el futuro de la píldora les ofrecía el poder de elegir a los padres de su descendencia, chequeando a cuántos hombres estimaran necesarios, hasta localizar al más adecuado, o dejar de lado la maternidad hasta que lo creyeran oportuno.
Disfrute sexual y fertilidad quedaron desvinculados, tanto para los hombres como para las mujeres. Comenzó a ser bien visto que uno lo pasara bien durante las actividades sexuales y no tuviera que preocuparse por la fertilidad. En la actualidad, tras un cuarto de siglo de convivir con el VIH, cuesta recuperar el optimismo sexual de aquellos años ´60. La liberación de entonces ha tenido una resaca prolongada, pero al mismo tiempo, la noción de una fertilidad obligatoria desapareció del horizonte. Desde la Economía a la Ecología, nada alienta a reproducirse de manera indiscriminada.

jueves, 9 de junio de 2011

El depredador en su coto de caza

Lewis Carroll y Alice Liddel
Usaba un bigotito cortado al estilo de los actores de Hollywood, Ronald Colman o Errol Flynn, una prolija línea sobre el labio superior, que debía costarle mucho trabajo mantener. Vestía siempre traje y corbata. Controlaba sus palabras y las risitas con las que planteaba su máscara de trivialidad. Mantenía el brillo de los zapatos impecable. Entró en una familia donde había media docena de niñas de diversas edades, hijas de los hermanos de su mujer. Pudo tratarse de una coincidencia, pero una vez que la detectó, el hombre no iba a desaprovecharla.
Esas niñas se convirtieron en el centro de sus sueños, en las receptoras de sus regalos de adornos para el pelo y ropas a la moda, en sus invitadas para ir al cine, a ver películas autorizadas para menores, durante las funciones de la tarde, cuando las madres se las entregaban, felices de que el tío maduro fuera tan atento que les ofreciera helados antes de la proyección y luego bombones de licor, envueltos en papel metálico, que sus dedos liberaban de la cobertura, para depositarlos directamente en la boca de la agraciada. Con cuidado, sin morder el chocolate, les advertía, porque el licor podía derramarse y manchar la ropa. En caso de que se emborracharan, él las cargaría en brazos hasta llegar a su casa.
Un caballero tan atento solo podía ser visto con un poco de pena por las mujeres adultas de la familia. ¡Ah, si ellas hubieran tenido hermanos o maridos o hijos como él, tan considerado con las damas, incluyendo a las niñas, probablemente porque su mujer no le había podido darle hijos y se permitía maltratarlo verbalmente, delante de testigos, cuando el malhumor la dominaba!
Con frecuencia, las niñas no tenían ganas de ir al cine con el tío, a pesar de que pasaban películas de Walt Disney o Marcelino, Pan y Vino, y las madres las obligaban. ¿Cómo podían ser tan desconsideradas, cuando el tío se tomaba la molestia de invitarlas? Nadie iba al cine solo. Hacerlo era confesar una carencia humillante de compañía. Por algo la gente vestía sus mejores ropas, se peinaba y perfumaba, aunque luego pasaran tres horas sentados en la penumbra, sin hablar con sus vecinos.
Durante las proyecciones dobles, el hombre toqueteaba a su sobrina de turno. Pasaba el brazo sobre el respaldo del asiento, o tropezaba por casualidad con una mano o el muslo, se apoyaba. Jamás nada que pudiera ser denunciado luego. Para los desbordes, estaban las empleaditas más jóvenes de su comercio, que solían ser reemplazadas al cabo de pocos meses, porque se volvían demasiado exigentes, adoptaban poses de dueñas del lugar y él se veía obligado a sustituirlas.
Fragmentos de la biografía de este personaje me fueron llegando muchos años más tarde, cuando sus víctimas eran adultas y podían contar con cierta distancia y burla, todavía mezcladas con vergüenza, sus desmanes. Les había ensombrecido la niñez y el comienzo de la adolescencia con sus toques tal vez más íntimos de lo que ellas estaban dispuestas a reconocer. Al pasar el tiempo, la humillación no terminaba de cicatrizar.
El tío cariñoso era un tema que no se mencionaba en voz alta, como la enfermedad mental de algún primo o el aborto espontáneo de alguna vecina. Eso pasaba, desgraciadamente, y el acuerdo tácito era mirar para otro lado, no darse por enterado. Gracias al pudor de las víctimas, la cacería continuaba hasta que las niñas crecían, y tal como demuestran los textos de Lewis Carroll (Alicia en el País de las Maravillas y A través del Espejo), las niñas iban perdiendo todo su atractivo por el triste hecho de crecer.
Al convertirse en mujeres jóvenes, el depredador dejaba de encontrar en ellas la inocencia que tanto lo excitaba y le permitía reconstruirlas en su imaginación, como víctimas incapaces de defenderse. Las fotos de la pequeña Alice Liddel semidesnuda, cubierta de harapos, en lo que se presenta como el retrato (posado) de una pordiosera victoriana, destruyen para siempre cualquier visión de los textos de Carroll que intente presentarlos como un pasatiempo inocente, una extravagancia. En las fantasías del hombre, probablemente las niñitas lo asediaran, le rogaran que les concediera la oportunidad de hacerlo experimentar ese placer que él obtenía de sí mismo, cuando quedaba a solas con sus fantasmas.
Hace medio siglo, la palabra pedofilia no formaba parte del léxico habitual de la mayoría de la gente. La radio y la televisión no la mencionaban. Cuando el cine argentino presentó una película como El Vampiro Negro (1953) de Román Viñoly Barreto, lo hacía de manera tan estilizada y tremendista al mismo tiempo, que costaba conectarla con situaciones del mundo real.
El depredador que aquí evoco, murió muy viejo, sin ser acusado de ninguno de los abusos que cometió. Las víctimas no hablaban del tema. Durante la infancia, por no tener muy claro lo que pasaba. Luego, para no involucrar a sus padres en un conflicto que solo podía perjudicarlos a todos, comenzando por ellas mismas, cuando el asunto se ventilara.
Tampoco los viejos amigos del hombre, que se reunían en el club para jugar a las cartas todas las tardes, se hubieran atrevido a confrontarlo con la verdad, sin cuestionarse ellos mismos por su inoperancia. ¿Cómo podía justificarse que hubieran pasado tantas horas con él, sin darse cuenta de sus preferencias? ¿Acaso lo sabían y compartían sus gustos, o preferían hacer la vista gorda, por tratarse de alguien con quien compartían un buen rato? Si todos ignoraban los rumores, era porque quizás nada hubiera pasado en la realidad y solo se tratara de malintencionados. Lo mejor en esos casos, era confiar que nada hubiera pasado. Punto.