sábado, 14 de enero de 2012

Mitología de la Memoria


A lo largo de los últimos dos años, al redactar este blog, he comprobado que la memoria acumula los datos más opuestos, algunos útiles, otros inservibles, sin que me sea posible entender muy bien cuáles son sus criterios de selección, ni atreverme a detenerla cuando se pone en movimiento y exige de mí una paciencia y un respeto que no sé si ella merece. La memoria me ofrece datos que por algún motivo le ha interesado conservar, acorta aquello que se vuelve reiterativo, relaciona personajes y situaciones que yo hubiera supuesto inconexos, propone hipótesis que me obligan a reinterpretar el pasado, investiga las oscuridades que descubro por todos partes, deduce los nexos que faltan, recupera lo que ella considera significativo, allí donde yo no sospechaba que hubiera nada digno de atención. La memoria compara, diferencia, distorsiona, desecha parte de su materia prima y aunque estoy tan directamente implicado en el proceso, yo soy el primer sorprendido por su trabajo.
¿Debo limitarme entonces a recordar, tratando de ser lo más fiel posible a ese flujo que recibo, hasta convertirme en el médium de un discurso incontrolable? Mi respuesta no es afirmativa. Pocas veces he utilizado material autobiográfico en mis textos de ficción, mientras que la observación y la documentación me parecen capaces de suministrar un repertorio más atractivo. Hace quince años, al decidirme a estudiar portugués, uno de los ejercicios que nos planteaban era redactar una semblanza personal. Para mi sorpresa, al emplear otra lengua, la resistencia a lo autobiográfico, que no había analizado nunca, pero sin duda ha existido, desaparecía. Por lo tanto, hay fantasmas que no controlo y se oponen a una exposición demasiado directa.
Al decidirme a anotar mis recuerdos, eludiendo los artificios de la ficción, no estaba demasiado seguro de lo que encontraría durante el proceso. Eran situaciones y personajes que podía considerar míos y sin embargo no estaba seguro de que me pertenecieran del todo, porque el tiempo los había erosionado durante más de medio siglo y no iba a devolvérmelos sin dejar alguna marca de su trabajo destructor (o creador: como se quiera).
Cuando tenía quince años, me identificaba con el autor de la Carta al Padre (Franz Kafka) a pesar de no ser judío, ni sufrir de tuberculosis. La vida conyugal de mis padres la entendí cuando era un hombre maduro, a través de la ficción de La Mansa (Feodor Dostoievski) a pesar de que mi madre no se mató para escapar del encierro al que la sometía un marido posesivo, ni mi padre confesó nunca la magnitud de su duelo, tras haberla perdido.
La resistencia de mi padre a regresar a San Pedro durante sus últimos años, la interpreté según el modelo de Ulises cuando llega de incógnito a Ítaca, en La Odisea y demora el contacto que. Debo ser la marca profesional de un escritor, sentirse inclinado a relacionar cualquier experiencia del mundo real con algún modelo literario o mítico. Lo propio tiende a conectarse con lo ajeno, con lo admirado, con aquello que proviene del pasado y alerta a percibir el presente.
Al trabajar, los escritores mienten a sus lectores todo el tiempo, lo mismo cuando confiesan inventar personajes y situaciones, que cuando declaran referirse a sus circunstancias más íntimas. Borges es el personaje narrador de El Aleph o de Tlön, Uqbar, Orbis Tertium, y uno pecaría de ingenuo si se lo tomara demasiado en serio, pero de nuevo demostraría no entender para nada el juego que el autor propone a sus lectores, si no percibiera lo bien informado que se encuentra esos autorretratos que se afirman falsos.
Un texto de Abelardo Castillo me alentaba a sospechar que buena parte de lo que yo podía encontrar en el curso de mi búsqueda, probablemente fuera una invención, de las tantas que marcan el oficio de un escritor: alguien se pone en disposición de recordar, y las imágenes que lo asaltan satisfacen su demanda, pero no siempre informan sobre algo real.
Hay una casa muy vieja en San Pedro, en la barranca. O había hace muchos años. Una casa con un mirador. El mirador tiene una grieta que baja hasta la cornisa de la portada. Como una cuña. En verano, te sientas en el tercer banco de la plaza de la iglesia, como viniendo del río, y esperás. Ya de por sí la rajadura impresiona bastante, fuera de que tiene la forma de un triángulo y eso debe ser simbólico. Cuando el reloj del cabildo da el primer campanazo hay que tener los ojos muy abiertos, fijos en el mirador, y arrepentirse de todos los pecados. Entonces empieza a aparecer la Loca en mitad de la rajadura. (Abelardo Castillo: Crónica de un iniciado)

Precisiones como ese “tercer banco de la plaza de la iglesia” viniendo desde el río, alientan a creer que todo lo que sigue se corresponde con la realidad, ahora o hace décadas, en un pueblo que el lector probablemente desconoce, iniciando un proceso que Samuel Johnson (y luego Coleridge) describieron como una suspensión voluntaria de la incredulidad. Si esa disponibilidad para aceptar lo improbable que ofrece el autor no se obtiene, la ficción difícilmente prospera.
Castillo recuerda en un ensayo la lección magistral que habría recibido de Bossio Arnaes, un profesor sin cátedra y escritor sin textos publicados (capaz, sin embargo, de inspirar la escritura de Los Isleros, la novela de Ernesto L. Castro) que habría habitado una casa sobre las barrancas de San Pedro y le demostró lo que era el estilo literario, al corregir sin anestesia las primeras líneas de un cuento que el autor consideraba perfecto y la demostración reveló ripioso.
Lectores y comentaristas que han reproducido esa anécdota, no ponen en duda que haya ocurrido, supongo que convencidos por la circunstancia de que el autor no deja bien parado al distante adolescente que la vivió. Si alguien recuerda una humillación sufrida o un aprendizaje que modificó su visión del mundo, debe ser porque confiesa una verdad que habitualmente nadie refiere.
En mi memoria figura una clase de Rodolfo Constantin, nuestro profesor de Literatura en la secundaria, que también fue profesor de Castillo. Él citaba una historia que Antonio Machado le atribuye a un personaje apócrifo. Juan de Mairena convoca al pizarrón a uno de sus estudiantes y le dicta la siguiente frase: “Los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa”. ¿Léxico rebuscado? No tanto, comparado con la retórica de la poesía española, desde el Siglo de Oro hasta comienzos del XX. Mairena, identificado como un hombre de gustos modernos, le pide a su estudiante que lo traduzca al habla cotidiana, con lo que se obtiene: “Las cosas que pasan en la calle”. ¿Por qué complicar aquello que puede ser simple? Arnaes o Mairena tienen toda la razón, pero es inevitable que un escritor invente, a diferencia de lo que pasa con un cronista.
Como cineasta y periodista, he entrevistado a centenares de personas. No me cuesta elaborar preguntas que los invitan a contar sus experiencias, que pasan a convertirse en la materia prima de mi propio discurso. Oír, descubrir, coordinar, son tareas que disfruto más que redactar mis comentarios. Mientras viví en San Pedro, nunca traté de averiguar las circunstancias en las que nací o crecí, mediante un interrogatorio sistemático a mis mayores, porque ese tipo de comunicación tan abierto, desgraciadamente no se daba en mi familia, y sobre todo, porque no llegué a imaginar que tuviera la menor importancia investigar el tema, hasta muchos años después, cuando estuve en condiciones de relacionar por mí mismo la cantidad de pistas contradictorias que fui acumulando sin darme cuenta de lo que hacía.
Según mi padre, que había oído contar la historia a su tío Félix, Juan Moreira había frecuentado el Despacho de Bebidas de mi abuelo. Todo habría ocurrido en las últimas décadas del siglo XIX, cuando en la calle Chivilcoy se corrían carreras cuadreras muy concurridas por apostadores y mi abuelo mantenía junto a la caja, donde guardaba el dinero de los vueltos, un garrote de quebracho de casi un metro de largo, con el que desalentaba a los clientes que intentaran consumir sin pagar o pretendieran asaltarlo.
Yo conocí el garrote, que permanecía en el mismo lugar, pero nunca vi que lo usaran. De acuerdo a la documentación, el gaucho bandido, protagonista de una novela de folletín y una pantomima teatral, había muerto en 1874. Mi abuelo pudo conocerlo en su adolescencia, pero de ahí a enfrentarlo... No hubiera estado mal. Por lo contrario, hubiera sido estupendo que un chico español desafiara a una figura mitológica como Juan Moreira, munido de una herramienta que en su tierra natal se emplea hasta en competencias atléticas. Nunca supe si mi padre creía realmente en esas anécdotas que se situaban por lo menos ochenta años antes del momento en que las contaba. Dejar que el mito se mantuviera y prosperara, imposibilitado de confrontarlo con la memoria de testigos, debió ser lo más seductor de todo para él. Mientras lo comunicaba, conseguía que se fijaran en él, que de algún modo lo conectaran con un pasado más atractivo que el presente.

martes, 3 de enero de 2012

Espesor de la Memoria



Cuando uno alcanza cierta edad, la desaparición de los padres y familiares que fueron testigos de su infancia, lo deja convertido en el dueño exclusivo de sus recuerdos, mientras que paralelamente se descubre incapaz de confrontar esos recuerdos con la visión de otros, que los complementen, confirmen o contradigan. Quizás la memoria suministre datos realmente confiables, por haberlos experimentado, pero tal vez no pueda evitar distorsionarlos por distintos motivos: la desinformación, los prejuicios, las proyecciones de aquel que recuerda.
A los niños no se le exhiben todos los conflictos que empantanan a los adultos, o cuando los presencian, no siempre los entienden. Por eso, la muerte de los mayores nos despoja de algo precioso, una verdad cuya ausencia nadie puede suplir.
Carola Bovio
Mi tía Carola Bovio murió en las últimas semanas del 2011. Había hablado por teléfono con ella un par de meses antes, después de una de las varias crisis de salud que tuvo, y nos pasó algo extraño: no atinábamos a decir nada que tuviera mucho sentido, excepto “¡Qué alegría oírte!” porque hay emociones demasiado intensas que no se expresan verbalmente, sino a través del contacto, que en ese caso no podía ser físico, sino imaginario. No nos veíamos desde varios años antes, cuando cruzó la cordillera en su primer vuelo en avión, con mi hermana Marta, estuvo unos cuantos días en Chile y no encontré la oportunidad de hacerle preguntas fundamentales para entender la historia de nuestra familia, ahora que no queda vivo casi nadie de su generación. Decidí en ese momento quedarme con todas las dudas, ante la posibilidad de herirla con alguna referencia indiscreta, con algún recuerdo que pudiera causarle dolor.
Carola era una de las hermanas menores de mi madre, que tuvo cinco (más cuatro hombres) desde Rosa, la de más edad, pasando por Fina y Celina, hasta llegar a Nilda, apenas seis o siete años mayor que nosotros, los primeros sobrinos de la familia, que nos convertimos en los protegidos de cinco formidables mujeres.
Francisco de Goya: Cronos
Protegidos éramos en rigor, dados los celos irracionales de mi padre, que no estaba dispuesto a compartir a mi madre, ni siquiera con nosotros, sus hijos. En la mitología griega, el Titán Cronos devoraba a sus hijos, los futuros dioses del Olimpo, a medida que Rea, la Tierra, los paría, con el objeto de evitar que las criaturas que había engendrado lo despojaran de sus poderes, como le había anunciado el oráculo. Esa imagen atroz, tuvo en nuestro caso dos atenuantes: el primero, la ignorancia del mito por mi padre; el segundo, la presencia de los tíos maternos que se interpusieron para darnos el afecto que necesitábamos y nuestros padres no iban a darnos.
Recuerdo a mis cinco tías viviendo en su casa de Chivilcoy y Colón, que adquirieron después de haberse quedado huérfanos, frente al terreno que hoy ocupa la Escuela Pública que lleva el nombre de mi abuelo paterno, porque se construyó en un terreno entonces cercado por arbustos espinosos, que él donó a la comunidad, a comienzos del siglo XX, cuando estaban llegando al mundo sus hijos.
Mis tías, como mi madre, nunca pensaron en desarrollar vidas independientes de la tutela de algún hombre. Mientras estaban solteras, servían a sus hermanos varones, que no siempre las trataban con la misma dedicación. Las mayores fueron muy controladas por ellos, mientras que a las menores se les permitieron algunas libertades.
Se suponía que las Bovio debían casarse con alguien del barrio, porque tampoco les estaba permitido exhibirse tanto, que conocieran a otros posibles maridos en San Pedro. Mientras permanecían solteras, se dedicaban a la infinidad de tareas no remuneradas propias de una casa, que las mujeres debían realizar con sus propias manos a mediados del siglo pasado.
Portada Vosotras, 1941
Los hermanos trabajaban fuera, con el objeto de traer algún dinero a la familia. En la casa de mis tíos, tengo la impresión de que todos estaban haciendo algo útil todo el tiempo. Las mujeres compraban una revista femenina, Vosotras (de ningún modo Para Ti) que dedicaba una mínima parte de su material a la ficción y el resto a manualidades, entre las cuales moldes de costura, que ellas utilizaban para elaborar su ropa y la de los hombres de la familia, una tarea cuyos gráficos intrincados constituían un enigma indescifrable para mí.
Las tías nos tejían guantes y pulóveres jaspeados, a partir de otras prendas que destejían y sobrantes de lana de distintos colores que se acumulaban en un costurero. Mi madre conservaba batitas y camisas de bebé bordadas que sus hermanas habían elaborado mientras esperaban mi llegada al mundo. Ellas debieron ser mis hadas protectoras, que me llamaban con un sobrenombre que nadie más utilizó nunca. A pesar de los cuidados que recibí de ellas, mi padre no pemitió que fueran mis madrinas, y eligió para esa función a una señora que él conocía y no se me acercó nunca. Eso indicaba la relación tensa que había entre él y las Bovio, que estaban siempre del lado de mi madre y no tenían de él una buena opinión.
Cuando mis tíos Juan, Goyo y Horacio regresaban en bicicleta de sus empleos en el taller ferroviario de Depietri o el Matadero Municipal, se encargaban de cultivar la huerta familiar, que regaban con agua de pozo, alzada balde a balde, o reparaban objetos en el taller que estaba detrás de la casa. No había nada que ellos no fueran capaces de hacer: pintaban casas, alzaban muros de ladrillos, construían puertas, carneaban cerdos, cultivaban choclos y zapallos. También nos cuidaban a nosotros, los sobrinos, con una dedicación que nos parecía lo más normal del mundo y hoy evalúo como algo excepcional. Nos daban un afecto que mi padre, sumido en sus conflictos, no estaba en condiciones de compartir.
A los tres o cuatro años, perseguía a mi tío Juan para que me secundara para hacer vueltas carneras o elevar barriletes. De él aprendí a andar en bicicleta, el arte paciente de hacer asados a las brasas (que no apliqué nunca). Él me leía las historietas que traía el suplemento en colores del diario Crónica, cuando todavía era incapaz de hacerlo por mi cuenta.
Recuerdo el matrimonio de mi tía Carola con Amado Pheulpin, que era un carpintero de ascendientes suizos, con ojos claros y pelo ondulado. El hombre que pasó a ser mi tío, también había crecido en el barrio. La celebración fue memorable por dos motivos: una torta cubierta con picos alternados de dulce de leche y crema batida, como no había visto nunca en mi vida, y la que debió ser mi primera borrachera, cuando me dediqué a probar los restos de bebidas alcohólicas que encontré en la mesa, mientras los adultos no prestaban atención a los niños.
Mi tío Amado necesitaba un taller amplio, para instalar sus herramientas, las pilas de madera perfumada y los encargos de sus clientes. Eso lo llevó a mudarse varias veces durante mi infancia. Primero lo instaló en una de las casas de su madre en calle Litoral, luego en una casita adjunta a la quinta de uno de sus parientes, en Tres de Febrero, luego estuvo en una casa de calle Pellegrini, que compartía medianera con la intrincada casa de la familia Tettamanti, a continuación regresó a nuestro barrio, junto a la casa de los Bovio, hasta que construyó el taller de calle Ruiz Moreno, donde continuó hasta su muerte.
Esos cambios me desconcertaban, porque nuestra familia parecía haberse instalado para siempre en la vieja casa de Chivilcoy y Libertad, como había decidido muchos años antes mi abuelo. Esa situación cambió para siempre, a partir de la muerte de mi abuelo en 1949 y la decisión de mi padre de salir de San Pedro, en 1955. Él debió sentirse uno de los hijos de Cronos, amenazado por la figura de alguien tan admirado por el resto del mundo, aunque desconociera el mito y su situación objetiva fuera exactamente la opuesta. Quería librarse de las comparaciones desfavorables con mi abuelo, que tantas esperanzas había depositado en él.
A partir de la salida de San Pedro, mi familia se mudó no menos de siete veces, porque mi padre cambiaba de proyectos que lo aburrían, confiaba en socios que lo traicionaban o depositaba sus esperanzas en negocios utópicos. Mis tíos maternos habían comenzado a separarse con el matrimonio de las mujeres, a mediados de los años `40. Algunos permanecieron en el mismo barrio, otros se instalaron en la Capital, donde las posibilidades de trabajo eran superiores.
Mi tía Carola y mi madre eran lo que en aquella época se consideraban mujeres sufridas. Estaban atadas a maridos controladores, ambos acosados por imágenes de padres ausentes (en el caso de mi padre, por la edad avanzada y el carácter asertivo de mi abuelo, que no escuchaba razones; en el caso de mi tío Amado, por la muerte prematura de su padre). Las dos hermanas cumplieron con su deber y compartieron sus penas, de acuerdo a lo que me enteré tardíamente.
Mi padre y mi tío Amado se entendían bastante bien, a pesar de sus visiones políticas que no podían ser más opuestas. Probablemente los unía su opinión crítica respecto de las Bovio, que no eran tan fáciles de domar como ellos habían pretendido. Tampoco eran incontrolables, dado el respeto incondicional a los compromisos contraídos, que las hizo permanecer atadas a hombres que en ciertos casos las defraudaron. Las quejas masculinas sobre las mujeres de la familia, no impidió que en sus últimos años, tras la muerte de mi madre y la viudez de mi tía Carola, mi padre aprovechara su última visita a San Pedro para proponerle que formaran una pareja. Probablemente solo pensaba en aliviar la soledad, que sin embargo había buscado con tanta dedicación durante años. Mi tía había alcanzado por entonces la madurez suficiente para considerarlo un chiste (yo estoy convencido de que no podía serlo).
Una de las preguntas que nadie me responderá nunca, es por qué mi madre llevó a su hermana a vivir con ella cuando se casó con mi padre, como si entre las dos, repitiendo el acuerdo que se presenta en las Mil y Una Noches entre las hermanas Scheherezad y Dunyazad, fuera posible superar el miedo que les causaba la cercanía de Schahriar, el marido ogro que después de la noche de bodas liquidaba a una esposa tras otra. Una pregunta más difícil aún: ¿bajo qué circunstancias (seguramente muy penosas) intentó mi madre abandonar a mi padre y fue disuadida por sus hermanos? No intentar averiguar más de lo que esos personajes tan amados de mi infancia decidieron mostrar, postergar indefinidamente mi curiosidad, es la forma que adquiere mi homenaje.

viernes, 11 de noviembre de 2011

Clásicos de mi juventud

Sala de Lectura de la Biblioteca Pública de San Pedro
En San Pedro, entre los diez y los trece años debo haber leído la mayor parte de los libros que, según se suponía entonces, debía conocer una persona culta. Demasiado pronto y muy a la rápida, me temo. Dos editoriales argentinas (Atlántida y Peuser) se habían encargado de decidir por mí qué debía leer, adelantándose a los reclamos del ramo Literatura de la secundaria, que se conformaban con suministrar una breve Antología de fragmentos de obras fundamentales al final de cada capítulo. Si uno leía esas tres o cuatro páginas, eso bastaba para enterarse de lo que estaba hablando y aprobaba la asignatura. Si pretendía algo más, tropezaba con el calendario de la asignatura, que planteaba otro tema.
Recuerdo haber encarado la lectura kamikaze de la monumental recopilación de Romances españoles de Menéndez y Pidal, que descubrí en la Biblioteca Rafael Obligado, solo porque intentaba encontrar el romance medieval más corto posible, que me permitiera superar una tarea escolar planteadas por Castellano, que consistía en la memorización de un poema completo. Dada mi tartamudez de entonces, cuanto más largo fuera el texto que iba recitar en público, mayor podía ser mi humillación. Para evitar ese obstáculo, leí decenas de romances, hasta localizar uno de menos de diez líneas, que me ofrecía pocos tropiezos (Mañanita de San Juan / Cayó un marinero al agua / etc.).
Mi padre compraba mensualmente Selecciones del Reader's Digest, y esa revista me acostumbró a la idea de que un libro extenso pudiera ser "condensado" sin que perdiera nada en el proceso. Probablemente Leoplán hacía lo mismo, sin confesar que fuera su política editorial. Cualquier abuso quedaba justificado por el proyecto de facilitar el acceso al texto literario de un "lector ocupado". Gracias a Selecciones y Leoplán, nunca me tomé el trabajo de leer una serie de libros que no me hubieran aportado mucho, pero también adquirí la convicción (errada) de que no era dañina esa modalidad de lectura que permite enterarse de todo y profundizar en nada.
Los "Clásicos de la Juventud" de Atlántida habían sido muy bien elegidos para introducir los textos fundamentales de la literatura europea, sin pagar derechos de autor. Eran volúmenes pequeños, de tapas duras, profusamente ilustrados, que impresionaban por sus características gráficas al lector infantil, mientras evitaban las enumeraciones fastidiosas de La Ilíada, convertían los versos de El Cid y los diálogos de Romeo y Julieta en fluida prosa, adecentaban La Celestina o El Decamerón, para adecuarlos a la perspectiva inocente que correspondía a sus jóvenes lectores. En otros casos, sintetizaban Fausto y lo despojaban de personajes y situaciones que demoraban la acción, ponían al alcance de todos textos redactados en una lengua arcaica, como sucedía con el español de El Quijote o Amadís de Gaula.

Colección Austral
La biblioteca de Peuser tenía como destinatarios explícitos a los adolescentes. Los volúmenes amarillos eran grandes y no advertían que los textos hubieran sido recortados. Eran más extensos que los de Atlántida y abarcaban un área menos restringida de lo que el joven lector debía conocer. Incluía novelas de Charles Dickens, Julio Verne, Walter Scout, Juana Spyri o Edmundo D'Amicis. Ahora sé que no hubiera perdido mucho, dejando de leer varios de ellos, pero lo fundamental era el impulso de explorar la Literatura por mi cuenta y riesgo, perdiendo el tiempo en más de un texto mediocre, pero también atreviéndome a disfrutar otro que nadie me había recomendado.
Solo tengo un reparo sobre estas primeras lecturas que debían mostrarme una cultura sobre la cual se fundamentaría mi desempeño futuro como escritor, el resto de mi vida: impidieron que me contactara con los textos auténticos.
No digo que un chico pueda encarar por sí mismo el laberinto de La Odisea, pero lo ideal hubiera sido que fuera capaz de reconocer las enormes dificultades que entraña, para avanzar o retroceder según mi capacidad de entonces, utilizando el tiempo que me hiciera haga falta. Si alguien no lee completo un texto difícil que lo desafía con toda su complejidad, no importa demasiado, porque probablemente ha perdido el temor a explorar una obra que le ofrece una pluralidad de alternativas y habrá de acompañarlo hasta el día de su muerte.

James Joyce
El día que decidí leer el Ulises de James Joyce, a los quince años, por curiosidad, porque lo había visto mencionado en el Suplemento Literario de La Nación de los domingos y porque lo encontré en el fichero de la Biblioteca Rafael Obligado, fue una de esas grandes fechas que uno atesora. ¡Qué muralla intimidante de inventiva lingüística y exigencias culturales que me superaban! Era lo mismo que aprender a nadar en el océano. Uno lo conseguía o se ahogaba. Sucedió durante las vacaciones y debo haber empleado por lo menos un mes para llegar al final del monólogo de Molly Bloom.
El consejo que daba T.S.Eliot para quienes pretendan adentrarse en el conocimiento de la lengua italiana, era ponerse a leer La Divina Comedia. Recomendación nada fácil de seguir, probablemente, pero ¿qué mejor introducción que una obra literaria donde esa lengua resplandece? Cuando finalmente me decidí a estudiar griego, no hace mucho, mi profesora comenzó por darnos a traducir fragmentos de los filósofos presocráticos. Después venía el texto completo de Medea. Hubiera sido estupendo tener la disponibilidad mental de los catorce años y no los compromisos de los sesenta y cinco en ese momento.

Franz Kafka

A eso de los quince años, decidí convertirme en mi propia guía de formación literaria. No estaba dispuesto a profundizar en los clásicos. ¿Para qué, si ya conocía los resúmenes de Atlántida y Peuser? Por eso me dediqué a los autores contemporáneos. Tenía que leer pronto la totalidad de la obra de Kafka y gran parte de la obra de Faulkner, y pronto la dramaturgia de O'Neill, Ionesco y Beckett. Un autor llevaba a otro de antes o después, miembro de la misma escuela o su opuesto. Las solapas de un libro suministraban datos que reclamaban la lectura de otros libros. Los artículos del suplemento dominical de La Nación ofrecían pistas.
Es el riesgo de los autodidactas: se guían por el apetito cambiante y en ocasiones motivador, no por un programa confiable. Eso les otorga (nos otorga, porque soy un ejemplo de ese tipo de formación) una pasión mayor que la esperable en un estudiante de la materia, pero también lamentables huecos, dispersiones de todo tipo, pérdidas de tiempo.
Escrito lo anterior, recuerdo lo sucedido a una sobrina de mi mujer, una joven que estudió Literatura Inglesa en la Universidad Católica y salió conociendo exclusivamente a los pocos (y en algunos casos excelentes) escritores católicos de esa lengua, por igual Chesterton, Waugh y Greene, que C.S.Lewis y Tolkien. Era una visión sesgada, que excluía una serie significativa de autores protestantes o ateos y no obstante contaba con el respaldo de una prestigiosa institución educativa.
Mis Clásicos incluyen lagunas del tamaño de océanos, que probablemente no habré de superar en lo que me queda de vida, como los grandes novelistas rusos del siglo XIX o el teatro clásico francés, pero así es toda Cultura: insuficiente y sin embargo uno se las compone para vivir y trabajar con ella.

martes, 4 de octubre de 2011

Animales domésticos (o no) de la infancia


A mediados del siglo XX, en la casa de mi familia estábamos rodeados por animales domésticos. Había gallinas de todos los colores, que nos daban huevos y mi madre se resistía a matar (lo mismo fuera retorciéndoles el cogote o decapitándolas con el hacha). Teníamos gatos que mantenían a raya a los temidos ratones. Un perro atado ladraba a cualquier extraño que se hubiera aventurado por su territorio (el nuestro). En el corral, un par de caballos que arrastraban los carruajes en los que mi tío Miguel visitaba a los clientes del almacén dispersos por el campo de San Pedro y Santa Lucía, dos veces por semana.
Entre los animales invasores, había moscas pertinaces, mosquitos que llegaban de la laguna apenas caída la tarde y espantábamos encendiendo espirales de piretro. Había avispas muy temidas que se aposentaban al abrigo de una cornisa y palomas torcazas que tampoco aportaban nada y escondían sus nidos en lo alto de un rosal leñoso, enredado en la base del tanque de agua. En ciertas épocas llegaban las dañinas langostas que devoraban las cosechas y los niños, instigados por las maestras de escuela, recogíamos en bolsas de arpillera que luego se quemábamos. El mismo trato se le dedicaba a los bicho canastos.
La observación y atención de los animales domésticos era una de las actividades más instructivas para los niños. Nos mandaban a buscar huevos, teníamos que alimentar con maíz a las gallinas, preparábamos afrecho húmedo para los patos, alcanzábamos los restos del almuerzo al perro, acariciábamos el lomo de los gatos, pasábamos una rasqueta metálica por el costado de los caballos, poníamos queso en las trampas de los ratones. Veíamos el comportamiento sexual de estos animales, tan frecuente y previsible que no llamaba demasiado la atención. El gallo pisaba rápidamente a una gallina y pasa a otra cosa, los gatos mordían el cuello de las gatas, después de haber maullado durante horas, los caballos copulaban ostentosamente en medio del corral, una vez al año, mientras el perro, que vivía en obligado celibato, se higienizaba con la lengua los genitales de aspecto cambiante.
No debíamos mirar. Los adultos intentaban distraernos (retarnos hubiera sido peor) cuando nos descubrían recibiendo evidencias tan claras del comportamiento reproductivo animal, cuando la información que nos daban en el hogar o en la escuela sobre la sexualidad humana, era ninguna. Los animales nos instruían sin necesidad de palabras, mientras los seres humanos continuaban encargando los niños a París o aguardaban la llegada de la cigüeña.
Al repertorio de los animales domésticos se sumaban los depredadores visitantes, comenzando por los ratones que alcanzaban gran tamaño y se escondían en sus madrigueras o circulaban por el cielo raso de las habitaciones, en medio de la noche. También estaban las comadrejas que muy de vez en cuando llegaban tras los huevos de las gallinas, los halcones que volaban muy alto pero podían descender para robarse un pollito, las pequeñas lagartijas verdosas tal vez no hicieran mal a nadie, pero de todos modos gozaban de mala fama y debíamos perseguir, los caranchos que sobrevolaban las islas del Paraná.
Había sapos, inofensivos pero de aspecto desagradable, que en verano llegaban de quién sabe dónde, atraídos por las luces de la casa, tal vez desde la gran zanja recolectora del agua de lluvia de calle Litoral. Ellos permanecían quietos y de pronto avanzaban a saltos. Los adultos los espantaban con una escoba, nos decían que eran capaces de comer las brasas o los cigarrillos encendidos que algunos malintencionados les arrojaban, para verlos echar humo y reventar a continuación. Pobres sapos, que a veces eran arrojados a los pozos de agua, para que la purificaran al comerse las larvas de insectos; su fealdad nos alentaba a asustarlos, pero nunca se nos hubiera ocurrido matarlos.
En la casa de nuestros vecinos, los Boccardo, había una cigüeña a la que nunca vi volar, porque le cortaban las plumas de las alas. Tenían también un teru teru (Vanellus Chilensis) pájaro estridente, cuyo plumaje gris y negro lo camuflaba entre las flores del jardín. Nadie me dijo que controlaba las plagas del jardín y avisaba la presencia de extraños. Los animales domésticos eran vistos como parte de la familia, que no hacía falta justificar.
Uno de los vecinos de mis primos Gaido, tenía un palomar que me asombraba. Era una construcción instalada en la terraza, provista de habitáculos ordenados, como no me había tocado ver nunca. El dueño de casa y sus dos hijos pasaban mucho tiempo limpiando el palomar y curando a las palomas. Durante los fines de semana, sus aves competían con las de otros criadores de la Asociación Colombófila, identificadas por los anillos en sus patas. ¿Cómo podían recorrer cientos de kilómetros y regresar al nido? Los animales domésticos estaban cerca, pero de todos modos se reservaban complejidades, enigmas que nos obligaban a respetarlos.
Nuestras gallinas, menos heroicas, dormían protegidas por dos grandes matas de laurel y recorrían todo el barrio. Durante la época en que mi abuelo construyó y mantuvo la casa, debieron estar encerradas en un gallinero rodeado por una cerca de alambre de tres metros de alto. Durante mi infancia, la puerta del gallinero y el sitio donde las gallinas hubieran debido dormir, habían desaparecido, nunca supe por qué, puesto que la totalidad de las casas vecinas tenía pequeños gallineros bien ordenados. Nuestras gallinas más curiosas se acercaban a la casa, pero no entraban en las habitaciones. Otras salían a la calle, pasando por debajo del gran portón de madera y cinc, para dedicarse a recorrer el barrio en busca de piedritas o gusanos. La imagen de esas gallinas callejeras, que nadie robaba, ni terminaban víctimas del tránsito, define un mundo que hace tiempo dejó de existir y ahora cuesta imaginar.
Mis tíos Bovio faenaban de vez en cuando un cerdo que habían criado en un rincón del gallinero de su casa y los niños asistíamos al espectáculo del trabajo de todos los parientes, creo que sin el menor susto de nuestra parte. Era formidable ver a la familia convocada para realizar una serie abrumadora de tareas tan especializadas, que iban desde el sacrificio del animal, del que se recogía la sangre para fabricar morcillas, hasta el aprovechamiento de cada una de sus partes: las tripas se usaban para envasar la carne de los chorizos, condimentada con pimentón, los jamones se curaban con sal gruesa y humo, la panceta se salaba, las orejas, hocicos y otras partes blandas de la cabeza se preparaban como gelatinoso queso de chancho, las patitas se hervían con porotos o garbanzos, etc.
Los adultos de mi infancia lo habían aprendido de sus padres, los hombres y las mujeres por igual, y nos lo transmitían a los niños, mediante el ejemplo, sin recurrir a explicaciones. Esa comunicación de los adultos y entre distintas generaciones, en torno a algo tan fundamental como la comida, se ha interrumpido.
El fin de semana que duraba la celebración, la mesa de la cocina permanecía en medio del patio para facilitar el trabajo, una gran olla de hierro negro hervía las viandas que iban a alimentar a toda la familia, mis parientes dialogaban durante el trabajo, contaban historias, bebían vino tinto, revelaban que eran efectivamente un equipo, donde cada uno contaba con los otros.

sábado, 1 de octubre de 2011

De Juvenilia al bullying del siglo XXI


Los adolescentes de Juvenilia, en la segunda mitad del siglo XIX, eran poco convencionales, pero fáciles de controlar. Provenían de los sectores más adinerados de la sociedad. Admiraban el conocimiento de algunos adultos que eran sus profesores, mientras criticaban la estrechez de criterio de otros. Sus mayores desafíos a la autoridad eran fumar cigarrillos y escapar por las noches del recinto del colegio en el que se los concentraba. Sus gestos de rebeldía parecen justificados y contribuyen a unirlos contra los adversarios comunes, que son la estupidez y el dogmatismo.
En esta segunda década del siglo XXI, el portal You Tube se ha convertido en la tribuna privilegiada para aquellos que cometen abusos contra sus iguales, con el auxilio de otros miembros del grupo al que todos ellos pertenecen, haciendo víctimas a individuos que por algún motivo se encuentran desprotegidos o no pueden responderles.
El abuso en el interior de respetables instituciones educacionales, gracias a la relativa protección o la ignorancia que ofrecen las jerarquías, dista de ser una situación nueva. Los colegios ingleses más prestigiosos fueron el territorio tradicional de esos maltratos. Los chicos se golpean y humillan desde hace siglos como parte de rituales de iniciación.
En la actualidad se habla del tema, los órganos de prensa lo recogen como noticia, la evocación de lo sucedido ocupa varios minutos de los noticieros, donde testigos o víctimas conmovidas evocan el bullying, el tema preocupa a los parlamentarios que plantean leyes antidiscriminatorias, en contraste con la relativa impunidad que eso disfrutó en el pasado. Cuesta decidir si antes había menos violencia que en la actualidad, o si se miraba en otra dirección cuando ocurrían atentados de todo tipo, mientras no pusieran en riesgo la propiedad ajena.
Ahora el abuso puede ser registrado por las cámaras de video instaladas en los teléfonos celulares que todo el mundo posee y permiten elevar las imágenes a Internet, para aumentar (inmortalizar) la humillación de la experiencia. Antes el abuso quedaba guardado en la memoria de las víctimas y un reducido número de testigos, hasta que se olvidaba o confundía con otras anécdotas del mismo tipo. En la actualidad, la prueba de lo sucedido circula por el hiperespacio y llega a millones de espectadores que se horrorizan o disfrutan el espectáculo.
Desde muy temprano, los estudiantes se golpean, se patean, se escupen, se insultan, son despojados de sus pertenencias, son sometidos a vejámenes variados y todo eso queda publicado, como si se tratara de una hazaña del agresor y sus cómplices, digna de ser imitada y también destinada a amenazar e inmovilizar cualquier reacción del colectivo.
Uno de los recuerdos más enigmáticos de mi infancia, es un encuentro con dos compañeros de escuela primaria que tenían apellidos comenzados por P. y me amenazaron con golpearme cuando los encontré en la calle, montados en bicicletas, no muy lejos de mi casa. No me parece que hayan concretado su amenaza, ni por qué lo hacían. Uno de los matones había sido hasta entonces un amigo y compañero de curso, a quien solía visitar en su casa para consultar las tareas escolares.
Di por sentado que el otro lo controlaba y lo había obligado a cambiar su actitud. El líder era el chico lindo del colegio, que llegaba por Tres de Febrero, desde el centro de San Pedro a nuestra Escuela Nº 2 ubicada en una calle de tierra. Lo recuerdo petulante, con su anticuada corbata de moño azul con pintas blancas, como los chicos de las ilustraciones de Vida Espiritual, una serie de libritos de Constancio C. Vigil que aparecían anunciados en Billiken y yo quería poseer, entre los siete y ocho años.
Nunca le conté el encuentro a mi familia y la situación tampoco se repitió, pero puso fin a mi relación con quien había considerado mi amigo. ¿Por qué dos chicos amenazaban a un tercero? Imagino que para sellar un pacto entre los agresores y definir el poder de ambos sobre el más débil (de paso, también para fijar el status privilegiado del líder sobre el seguidor).
Durante mi paso por la secundaria, utilicé una bicicleta para atravesar la ciudad y llegar desde mi casa en Libertad y Chivilcoy, al edificio del Colegio Nacional o el Estadio Nacional, los días que nos tocaba Educación Física. Éramos decenas de estudiantes, pero solo dos empleábamos bicicletas en el turno de la tarde, una chica de apellido Roselló (si la memoria no me engaña) y yo. Las dejábamos estacionadas a ambos lados de la escalera que sube a la sala de actos y la Biblioteca.
Con frecuencia encontraba los neumáticos desinflados. Llevar todos los días un inflador con mis libros y cuadernos era una de las alternativas. La otra, caminar con la bicicleta desinflada tres cuadras, a la hora de salida, hasta llegar a un bicicletería en la calle del cine Palma, donde me permitían inflar gratis los neumáticos, cada vez que sufría el percance. Yo era el extraño. Vivía fuera del centro de la ciudad, me pasaba la vida leyendo, era tartamudo y tenía uno de los mejores promedios a pesar de mi handicap comunicacional. Si me molestaban, aunque los descubrieran, ¿qué les pasaría?
El hostigamiento duró años. Nunca se me ocurrió pensar que fueran estudiantes que me conocían, compañeros de curso que por cualquier motivo se hubieran planteado perjudicarme. Nunca denuncié la situación a las autoridades del Colegio. Probablemente no lo haya mencionado tampoco a mi familia. Era algo que podía pasar y efectivamente pasaba, como la lluvia en invierno, que me obligaba a conducir la bicicleta con más prudencia, para no quedar empapado de la cabeza a los pies, en los charcos de la avenida Sarmiento. No tenía cómo evitar el bullying y por eso no le otorgaba importancia.
Hubiera podido ser peor: que me cortaran los frenos o que la bicicleta desapareciera, porque al salir, todos los estudiantes estábamos vestidos iguales y nos movíamos en la misma dirección. Que no sucediera, me indica que se trataba de un juego del que se podía hacer víctima a alguien que se revelaba vulnerable, por el hecho de estar en minoría y no tener control sobre sus pertenencias.
Comparado con los crueles rituales de Oxford o Eton, nada de lo que viví resulta digno de atención. Nunca vi azotes, servidumbres sexuales, cobros de peajes o bandas de mayores que se impusieran a los menores, solo porque en el pasado ellos hubieran tenido que tolerar el mismo juego, en esos lugares ideales para el abuso entre pares que eran los baños del colegio durante los recreos o el vestuario del Estadio Municipal, antes o después de las clases de Educación Física. De acuerdo a mi experiencia, los escolares nos respetábamos, a pesar de que la vigilancia de los adultos no se hiciera sentir demasiado.
¿En qué contexto no institucional, privado, quizás de enemistad personal, adquiría sentido un gesto poco amistoso como la rutina de desinflar mi bicicleta? Estábamos al borde de un quiebre cultural. Durante los ´50 se establecieron los mitos de los enfrentamientos generacional que continúan vigentes medio siglo más tarde. Los jóvenes pasaron a ser considerados rebeldes con aspiraciones comunes, enfrentados a los adultos.
Las anécdotas del Colegio Nacional de Buenos Aires evocadas por Miguel Cané en Juvenilia, eran todas amables, aunque no siempre respetuosas de una disciplina escolar que ya por entonces resultaba anacrónica. Se trataba de una visión edulcorada, mentirosa, del comportamiento juvenil, que casi un siglo más tarde los escolares continuábamos consumiendo por obra y gracia de los programas de estudio. Una generación más tarde, con la dictadura militar, esa visión trivial se derrumbó. Los escolares se habían politizado, no eran solo rebeldes sin causa y podían ser reprimidos por el Estado, con tanta ferocidad como se reprimía a los adultos.
Escapar de esa atmósfera cruel, después de recuperar la democracia, no es una tarea fácil. Hoy la juventud es vista con evidente desconfianza. Los chicos roban las pertenencias de sus compañeros, consumen y distribuyen drogas, portan armas y no dudan en usarlas contra sus iguales o contra los docentes. La solidaridad y el respeto de la autoridad son cosa del pasado. Los adultos que se encuentran en los colegios no son menos temibles: hay docentes o preceptores que abusan de sus estudiantes, registran y difunden sus imágenes obscenas, distribuyen drogas. La crónica periodística brinda historias horribles que complementan al bullying y dan cuenta de una atmósfera penosa, donde el aprendizaje queda relegado a las relaciones de poder.