miércoles, 22 de agosto de 2012

Inalcanzables chicas de Divito

Guillermo Divito: Ilustración
Las pinups de Alberto Vargas poblaron las ensoñaciones eróticas de los varones norteamericanos de los años `40 y `50, con sus ropas livianas, agitadas por el viento y sus cuerpos redondeados. Estaban más desvestidas que sus predecesoras enn la publicidad y la prensa gráfica, las chicas Gibson de comienzos del siglo XX, pero de todos modos continuaban la representación de mujeres de cintura de avispa, grandes senos y caderas prominentes, promotoras de la última moda y dispuestas a exhibirse ante los hombres, con mayor liberalidad que las mujeres del mundo real.
Eran hembras excitantes, pero no agresivas, casi siempre sumisas, puesto que no alteraban la pose a pesar de la presencia de curiosos. Ellas aparentaban haber sido sorprendidas en una situación inoportuna para la mayoría de las mujeres, aunque quedaba la sospecha de que disfrutaran ese instante que confirmaba el poder que ejercen los hombres sobre el sexo opuesto. De acuerdo a la tradición, ellas debían ser inocentes o más bien bobas, por la facilidad con que se visten y desvisten, mientras los hombres observan. Sin duda, nacieron para entregarse a la voracidad del ojo masculino.
En la Argentina de la segunda postguerra, las chicas dibujadas por Guillermo Divito rondaron mi infancia, sembrando (supongo) un ideal femenino que hubiera sido inútil buscar en la realidad, porque solo existía en las páginas de Rico Tipo, una revista para hombres, que los niños podíamos hojear desde que comenzó a publicarse en 1944, sin demasiados riesgos de exponernos a lo que gente mejor informada hubiera decidido que era material inadecuado para nuestra edad.
Nuestras compañeras de colegio no usaban pantalones, ni escotes, ni mangas cortas. El uniforme blanco, tableado y endurecido por la plancha y el almidón, capaz de aplastar cualquier curva que tuvieran, las cubría casi tanto como el hábito de las monjas de clausura.
Las clases de Educación Física se celebraban por separado para hombres y mujeres, y tengo la vaga impresión de que las chicas usaban una voluminosa falda-pantalón (bloomer se denominaba en otros países del continente, recordando a la feminista que los utilizó por primera vez en el siglo XIX). Ropas como esas no hubieran ofendido hoy a un fundamentalista islámico.
Cuando algunas de nuestras compañeras aparecieron vestidas con jeans en una reunión de fin de curso realizada en el Club Náutico, causaron sensación. El chiste que circuló durante semanas, era que habían ido vestidas de escopetas, a pesar de que ninguna se hubiera atrevido a exhibirse en shorts o pantalones ajustados.
Guillermo Divito: ilustración
Imagen privilegiada del final de mi infancia, incluye a las dos sobrinas de un vecino que nos llevó de visita a la isla que cultivaba en la laguna de San Pedro. Fue la primera vez que vi en la realidad trajes de baño femeninos de dos piezas, con toda seguridad cosidos por las mismas jovencitas, tan púdicos como los que imponía el Código Hays a las películas de Hollywood. En Mar del Plata, hubo que esperar un Festival de Cine de 1952, para que una figurita del cine italiano, Lila Rocco, sedujera a los fotógrafos con un bikini. El cuerpo de las mujeres, prometido siempre a la imaginación masculina, y a continuación postergado, estaba más allá de la experiencia cotidiana.
Las chicas de Divito andaban casi siempre juntas, con lo que se multiplicaba el placer de admirarlas, comentando sin pelos en la lengua las incidencias grotescas a las que se veían expuestas por la vida en pareja o la inevitable rivalidad femenina. Los hombres que Divito dibujaba eran bajos, feos o por lo menos ridículos, narigones, dotados de grandes vientres y piernas delgadísimas, mientras las mujeres se encontraban siempre en la plenitud de sus encantos. ¡Qué agradable poder reírse de los conflictos y desajustes que con tanta frecuencia sufrían los hombres durante las relaciones con sus parejas femeninas! Sigmund Freud lo había explicado antes en un ensayo del que ninguno de mis conocidos había oído hablar. Uno reía, sin el menor esfuerzo y no sabía por qué.
Guillermo Divito
En Rico Tipo circulaba un humor adulto y heterosexual, pero sin genitalidad, advierto ahora. Las chicas tan deseables y aparecían siempre deseadas por hombrecitos muy inferiores, que guardaban respecto de ellas la misma desproporción que tienen los ínfimos sapos machos respecto de las enormes hembras de su especie.
El cuerpo de las chicas de Divito revelaba otras desproporciones, que terminaban por imponerse como un estilo, si uno las comparaba con las mujeres que conocía en la realidad. Tenían piernas interminables, pies minúsculos, cinturas diminutas, grandes pechos y caderas. Usaban poca ropa, pero nunca llegaban a destaparse demasiado, a diferencia de las pin-ups de Vargas, que parecían víctimas del viento que les levantaba la falda o estaban a punto de reventar las ropas demasiado ajustadas.
Durante los `40, antes de la invención del bikini, los traseros femeninos cubiertos por trajes de baño, mostraban en los dibujos de Divito un bulto evidente pero sin detalles.
En los `50, cuando en los espectáculos teatrales aparecieron Nélida Roca o Nélida Lobato, los glúteos comenzaron a verse en el escenario de los teatros de revista de Buenos Aires (aunque todavía no en el cine, de ningún modo en la televisión) por lo que en los dibujos de Divito pasaron a tener tanto detalle como los senos. Iba quedando atrás la época de la mujer imaginada, como Marlene Dietrich en una escena de Kismet, cuando baila en un traje que aparenta ser transparente y no mostraba más de lo que una señora decente solía revelar en la playa. Divito iba quedando atrás. La caricatura no hacía falta para transgredir mediante una caricatura inverosímil, el auténtico deseo masculino de ver representada la sexualidad.

domingo, 22 de julio de 2012

Cuando las niñas se convertían en mujeres

En todas las culturas existe una falta de simetría en la llegada a la adultez de los hombres y las mujeres. Con esto se atiende no solo a las evidentes diferencias en el desarrollo hormonal de los géneros, sino al espacio que la sociedad les otorga. Los niños se desarrollan después, pero tienen asignados roles dominantes en la relación de pareja, mientras las niñas se desarrollan antes y sin embargo continúan subordinadas. Nora, la protagonista de Casa de Muñecas de Henryk Ibsen, descubre tras un doloroso proceso que le requiere infinidad de tropiezos, desvíos y sacrificios, que no ha crecido demasiado y continúa siendo una niña, a pesar de haberse casado y ser la madre de dos hijos.
Los cuentos de hadas ofrecían tradicionalmente una visión metafórica (consoladora) del proceso de conversión de las niñas en mujeres. Pasara lo que pasara, las protagonistas saldrían ganando en estabilidad y respeto, cuando llegaran al nuevo estado, una situación que exigía la incorporación de un hombre. Blanca Nieves o La Bella Durmiente eran representadas como figuras encantadoras pero pasivas, no por casualidad tendidas en un lecho, a la espera del beso de un Príncipe encargado de despertarlas a la vida en pareja y la felicidad vitalicia (una versión más antigua de la Bella Durmiente incluye bastante más que un beso, porque la joven queda embarazada de dos gemelos que la despiertan cuando nacen y comienzan a mamar).
Cenicienta no se queda esperando. Como una pescadora experta, a pesar de su inocencia, se engalana con lo que encuentra en una cocina, concurre a la fiesta donde puede hallar pareja, y después de asegurarse que el Príncipe la desea, en lugar de entregarse escapa, con lo que adopta la estrategia sexual que siglos más tarde enunció un militar experto, Napoleón Bonaparte: “En el amor, aquel que huye vence”. El Príncipe tendrá que buscarla, dispuesto a ofrecerle matrimonio, mientras ella espera en su fogón, la eliminación del resto de las competidoras.
Los griegos de la Antigüedad hicieron aportes fundamentales a la cultura de la Humanidad, que todavía siguen vigentes, y sin embargo no tenían demasiado en claro la conexión entre la actividad sexual de hombres y mujeres, con la procreación. Las mujeres quedaban embarazadas de espíritus o planetas del firmamento. El viento o los árboles podían ser responsabilizados de la paternidad de seres humanos.
En el universo no tan lejano de San Pedro de hace más de medio siglo, no todas las madres se consideraban dotadas de suficiente conocimiento sobre el tema, para instruir a sus hijas sobre datos fundamentales sobre sus cuerpos. En ocasiones, la timidez se rebelaba como el obstáculo principal. ¿Cómo hablar, aunque fuera en privado, entre dos personas tan cercanas en todos los aspectos, sobre algo que la persona adulta no se atrevía a describir?
En las clases de Biología de cuarto año del Bachillerato a cargo del doctor Fernández Riera se nombraba, por primera vez en público, que yo recuerde, la menstruación y los espermatozoides. Como el profesor era un profesional de la Medicina, todo quedaba rodeado de un aura de seriedad insostenible para cualquier otro docente. La terminología científica se encargaba de mantener los interrogantes posibles de nosotros, los estudiante, a prudente distancia. Algunas décadas antes, en los países de habla inglesa, todo lo referido a la sexualidad podía ser escrito y publicado, siempre y cuando se usara una lengua muerta como el latín para describir aquello que la lengua cotidiana no se hubiera atrevido a mencionar. De allí el impacto causado por las novelas de D.H.Lawrence, que intentaban poetizar actividades tan elementales como la sexualidad humana y nosotros leíamos veinte a treinta años después como textos audaces, cercanos a la pornografía.
Nuestras clases de la secundaria no eran tan abstractas como la inolvidable frase de Elba Bernasconi, mi maestra de tercer grado, que nos obligaba a memorizar que los mamíferos se reproducían por yuxtaposición (una fórmula que debió hallar en la revista del magisterio La Obra y conseguía cerrar el paso a cualquier pregunta inoportuna que un estudiante se hubiera atrevido a formular).
Tal como sucede con los chistes verbales, que si uno intenta explicarlos termina matándolos, los objetivos de la instrucción sexual en los colegios se habían cumplido, pero nadie lograba conectar lo que sabía antes de la clase, con lo que estaba obligado a repetir en clase.
La primera regla llegaba hace un siglo en medio de la adolescencia, cerca de la fiesta de quince, mientras hoy ocurre cinco a siete años antes, en plena infancia. Los especialistas atribuyen este cambio a la industria de la alimentación de nuestra época, saturada de hormonas y pesticidas (una situación que se estudió hace más de veinte años en Puerto Rico) mientras otros estudiosos lo relacionan con el sedentarismo y sobrepeso. El destaque de los pezones y rellenado de los pechos, la aceleración del crecimiento, luego la aparición del vello púbico y de las axilas, eran signos perturbadores para muchas adolescentes del pasado. ¿Cómo los encaran hoy las niñas todavía menos maduras emocionalmente? Aunque se trata de situaciones que todas las mujeres viven, tarde o temprano, cada una lo experimenta de acuerdo a los prejuicios y temores que el entorno suministra.
Para las culturas patriarcales, la menstruación era un momento de alto riesgo que corría todo el grupo que rodeaba a la jovencita. La preocupación de todos no era la situación de ella, sino el daño que podía causar con su involuntaria efusión de sangre.
Hacia 1952 se estrenó en el Cine La Palma de San Pedro una película muy comentada, Domani é troppo tardi (Mañana es demasiado tarde) que se ocupaba del tema. Cualquiera habría pensado que después del caos de la Segunda Guerra Mundial, en un país derrotado como Italia, humillado por varios ejércitos extranjeros, como cuenta la novela de Alberto Moravia La Ciociara (Dos mujeres) los tabúes a la información sexual de los jóvenes eran cosa del pasado, pero eso no debía ser cierto. A comienzos de los `50, Hon dansade en sommar, una película sueca que se tituló en Argentina Un solo verano de felicidad, indicaba que incluso en los países protestantes nórdicos, supuestamente más liberados en aspectos morales, la sexualidad de los adolescentes era una actividad desinformada y reprimida, que conducía la frustración y la muerte.
[Cuando yo era chica] el único anticonceptivo generalizado era el terror a la paliza paterna en caso de un embarazo fuera de la ley. Funcionaba en el 95% de los casos y si alguna joven se embarazó antes de tiempo, nunca se supo; ella, dependiendo de los medios económicos familiares, pasaba a cultivarse a Europa o al campo, a reponerse de una repentina tuberculosis. (Patricia Undurraga: Cuando yo era chica)
Una de mis informantes me cuenta que su madre no se atrevía a advertirle los cambios que habría de sufrir su cuerpo. Del colegio no podía esperar ayuda, porque concurría a una institución católica donde las monjas estaban todavía peor preparadas que la madre, por su inexperiencia en la materia y sobre todo por la convicción de que cuanto más se hablara del tema, tanto más se facilitaba la comisión de pecados que ellas debían impedir.
En tal situación, la ayuda de una tía materna, que vivía en la Capital, permitió a mi informante salvar el vacío, de manera tal que la primera menstruación no la sumió en el desconcierto y la culpabilidad que eran frecuentes.
Por aquel entonces, las toallas higiénicas o los tampones que en la actualidad hacen publicidad en revistas y la televisión, no estaban disponibles o al menos no eran demasiado utilizadas, por las mujeres de San Pedro. Recuerdo las toallas reutilizables que eran lavadas cuidadosamente y se tendían a secar, generalmente cubiertas por otras prendas, para escapar a la mirada de niños y adultos. Durante el siglo XIX, entre los médicos, todavía se consideraba la menstruación como una de las enfermedades femeninas.
Hacia fines de los `50, había publicidad de Kotex en la prensa femenina, pero de todos modos era una tan abstracta que no podía incomodar a nadie. Hacia los `60, con la difusión de la píldora anticonceptiva, el rol pasivo de la mujer, que se había mantenido sin mayores alteraciones durante siglos, comenzó a derrumbarse en la realidad y en el discurso de los medios. En un famoso anuncio de Maidenform, la hembra agresiva, orgullosa de su sexualidad, aparecía armada con pistolas, como los criminales míticos del Far West.
La conversión de niña en mujer pasó a ser representado como un proceso deseable y cómodo, que debía ocurrir cuanto antes. De nuevo, un mito sustituía a otro, que se había desgastado, y las contradicciones del mundo continuaban escamoteadas. En un par de generaciones, se ha llegado a la situación actual, donde las niñas estimuladas por la publicidad, se maquillan, peinan y visten como mujeres adultas, en una caricatura de la madurez que no se corresponde con su evolución intelectual. Ahora tienen que sentirse mujeres antes de tiempo, aunque solo sea para sumarse a la masa de consumidores.
Where have all the young girls gone? / Long time ago / Where have all the young girls gone? / Taken husbands every one / When will they ever learn? (Pete Seeger y Tao Rodriguez-Seeger: Where have all the flowers gone?)

domingo, 1 de julio de 2012

Esperanzas perdidas: El Fin del Futuro

Walt Disney: Patro Donald
En mis recuerdos me veo rumbo de la Escuela Nº 2, entonces ubicada en Tres de Febrero y Chivilcoy, a comienzos de mayo de 1945, mientras oigo las campanas de la iglesia en la distancia. Anunciaban el fin de la Segunda Guerra Mundial, que habíamos estado esperando desde hacía tanto tiempo, que cualquier futuro sería digno de ser vivido. Adolf Hitler había sido derrotado en Berlin. Antes que entregarse y ser juzgado por sus crímenes, había preferido envenenarse junto a Eva Braun y sus fanáticos seguidores lo incineraron para que no sufriera humillaciones póstumas. Los guerrilleros italianos no le brindaron tanta consideración a Mussolini, cuando lo ahorcaron junto a Chiara Petacci, su amante, cuando intentaban escapar del país. La fotografía del par de cuerpos colgados no se borraría tan pronto de mi memoria.
Benito Mussolini, Chiara Pettaccia muertos
Solo quedaban dispuestos a prolongar el enfrentamiento bélico los japoneses, que preferían inmolarse colectivamente, por lo que oía decir a los adultos que habían aprendido la palabra kamikaze, antes que rendirse. Las historias de hijos que mataban a sus padres o padres que mataban a sus hijos más pequeños y luego se suicidaban, para librarlos del oprobio, tal como se recuerda en Level Five, el documental de Chris Marker, todavía no habían llegado a la prensa. Los japoneses eran presentados como la amenaza amarilla, una fuerza anónima y ciega, tan incontrolable como las langostas que llegaban en verano y debían ser espantadas por los niños que golpeábamos latas o las quemábamos en hogueras, después de haberlas atrapado en zanjas, para que no devoraran las cosechas.
Niños judíos llegando a campo de concentración
El descubrimiento de los horrores de los campos de concentración fue filtrándose de a poco y encontraron el escepticismo de los adultos que admiraban la disciplina e industriosidad de los alemanes. Las bombas atómicas que fueron lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki tiempo después, nos eran presentadas por los diarios y la radio como una experiencia disuasiva admirable, en lugar de constituir una crueldad innecesaria, que castigaba a la población civil, cuando el fin de la guerra era inevitable. Gracias a las bombas atómicas, se afirmaba, no se perderían miles de vidas norteamericanas.
Antes de cumplir los diez años, lo más probable es que uno carezca de una visión articulada del mundo, pero en ese entonces la actualidad resultaba más atractiva que la suministrada por los cuentos de hadas o los radioteatros de aventuras que ofrecía Radio Splendid en la tarde. Los personajes de comic (Superman, el Capitán Marvel) participaron en la Segunda Guerra Mundial, y a pesar de los superpoderes formidables que les conocíamos, no lograban que los bondadosos Aliados impusieran la paz de una buena vez.
El cine europeo que de vez en cuando llegaba a San Pedro, abriéndose paso entre las comedias musicales de la Metro-Goldwyin-Meyer y los melodramas de Zully Moreno, traía datos desconcertantes. Las imágenes de antiguas ciudades arrasadas por los bombardeos, de gente hambreada (Paisá, En cualquier lugar de Europa, Balada Berlinesa) ofrecían evidencias difíciles de entender para nosotros, que éramos pobres y sin duda provincianos, pero comíamos todos los días y disponíamos de un techo. ¿Eso había ocurrido en el mundo? No es que me resultaran desconocidos los hechos, pero leer los artículos de la prensa gráfica o escuchar los boletines de la radio no causaba la misma impresión de realidad.
El cine (todavía no era la televisión, que llegó a comienzos de los `50) no podía mentir, pero de todos modos desconcertaba, porque hasta poco antes reinaba el optimismo de los aliados o el escapismo de los europeos (de Italia llegaban comedias de teléfonos blancos, de Alemania, fantasías como Las aventuras del Barón de Münchaussen, donde descubrí mis primeras mujeres desnudas en la pantalla). La gente de casi todo el mundo se había matado durante años y al llegar la paz, de todos modos continuaban pasando hambre, no tenían techo ni trabajo, querían juzgar a los responsables de su situación o estaban muriendo por causa las radiaciones.
Después de semejantes horrores, cualquier futuro, estábamos convencidos, debía ser mejor, porque de acuerdo a mi maestra de tercer grado, la señorita Elba Bernasconi, la Humanidad entera habría aprendido de la guerra una gran lección. El país donde nos tocó en suerte nacer, Argentina, había sido marcada por Dios para ser el granero del mundo. Yo imaginaba una hilera interminable de panes y buenos cortes de carne vacuna, rumbo al humillado continente europeo. Desde los muelles del puerto de San Pedro se cargaban naves de ultramar y a veces íbamos a mirar de lejos nuestro aporte indirecto a la paz mundial.
Cuando no más de tres años más tarde un álbum del Pato Donald me informó sobre la existencia del nuevo Estado de Israel y los conflictos con los palestinos, mi visión del futuro esplendoroso que aguardaba a la humanidad comenzó a enturbiarse. La guerra que había sido desterrada para siempre, continuaba activa por aquí o allá. No era la misma de antes, conviene aclararlo.
La Guerra Fría nos introdujo de nuevo en un mundo de propaganda amenazante, donde los buenos y los malos se dividían el mundo y estaban a punto de iniciar la batalla de la cual probablemente nadie saldría ganador, dado el tipo de armamento nuclear que se disponía. Era la amenaza roja que debía detenerse a cualquier precio. Ese fue el mundo de mi adolescencia. Los justicieros de la Segunda Guerra Mundial invadían pequeños países de Centro América, rusos y norteamericanos acumulaban bombas atómicas y estaban a punto de perder el control, en Corea, Berlín o Irán. Fueron años de un aprendizaje brutal de Geografía, siguiendo el vaivén de los enfrentamientos entre las grandes potencias. Hoy aquí, mañana allá. El futuro se encontraba hipotecado, sin importar lo que sucediera. Quizás la guerra mundial que se nos anunciaba repetidamente quedara postergada, pero no la discriminación institucionalizada de grandes sectores de la sociedad, ni el agotamiento de los recursos renovables, ni la contaminación ambiental, ni… La lista de amenazas que un chico debe identificar ahora, es mucho más compleja que la que a mí me tocó aprender durante mi infancia. El desengaño de los jóvenes respecto del modelo idealizado que suministraban los maestros y los medios de comunicación.
No hay futuro en el sueño de Inglaterra. / (…) Cuando no hay futuro, ¿cómo puede haber pecado? / Somos las flores del basurero / Somos el veneno en tu máquina humana / Somos el futuro, tu futuro. (Sex Pistols: God save the Queen)
El estribillo de la canción de los Sex Pistols, desde los últimos años `70, ha calado hondo en la mentalidad contemporánea. De acuerdo a amplios sectores de la sociedad, que rechazan el sistema, no hay futuro posible. Si alguien supone con optimismo que eso significa una reproducción sin demasiados cambios del presente, la continuidad de los problemas y solucione actuales, por no encontrar nada mejor, una sensación de encierro termina por imponerse.
Cuando Voltaire define a Cándido, el protagonista de la novela que lleva su nombre, como un perfecto imbécil, convencido de vivir en el mejor de los mundos posibles, uno que ningún esfuerzo humano sería capaz de alterar, describe la visión desesperada de aquellos que se descubren atrapados en situaciones horribles, que se les fueron de las manos y ni siquiera pueden darse el lujo de darles la espalda. A lo largo de mi vida, partiendo de una convicción bastante menos esperanzada que la de Cándido, he llegado más de una vez a sobrevivir en crisis donde otros quedaron atrapados. No lo presento como una hazaña, porque no lo es, pero al menos he de morir viejo.
Has agotado todo tu crédito / en una familia de niños que te quitan las píldoras / y fuman tu pipa / después de que la guerra quebró tu Banco / los bastardos quebraron el mundo esta vez. (No Future Shock)

jueves, 17 de mayo de 2012

Romerías y otras formas de acercamiento de las parejas

Hombres y mujeres experimentan una atracción mutua desde el comienzo de los tiempos (o desde mucho antes, si aceptamos las hipótesis de Darwin sobre la evolución de las especies). Los animales en los que se han diferenciado los sexos, entran por temporadas en un estado de excitación que tiene como objetivo hallar pareja para la reproducción. Las formas en que esa atracción tan primitiva se manifiesta, varían de acuerdo a las culturas humanas, que intentan poner freno a impulsos como esos, que en gran parte escapan a la razón.
En San Pedro, a mediados del siglo XX, la búsqueda de pareja se daba siguiendo ciertas pautas que a los jóvenes de la actualidad pueden parecerles risibles cuando se las describe, por lo complicadas, prolongadas e infructuosas que resultaban. No es tanto el tiempo que desde entonces ha pasado, pero los quiebres culturales ocurren de pronto y dividen dos épocas hasta volverlas irreconocibles.
En el Medioevo que describe Shakespeare, Romeo descubre a Julieta en un baile de enmascarados que se celebra en la casa de los enemigos de su familia. Por un lado, no debería conocerla ni interesarse en ella, dada la disputa existente entre los dos grupos. Por el otro, la sociedad le brinda mediante los vaivenes de la fiesta en la que hombres y mujeres se acercan, la oportunidad de superar esa limitación y descubrir a la pareja con la que para su dicha o desgracia habrá de ligarse.
Perseguir un rostro en esas romerías de pueblo en las que me deslumbraba una muchacha desconocida y la buscaba guiándome por su vestido o el de sus compañeras, por alguien que va delante y detrás de ella hasta que en cualquiera de las vueltas el orden se desbarata y la muchacha ya no aparece detrás de quien debió aparecer. (Abelardo Castillo: Crónica de un iniciado)
¡Romerías! Las fiestas más concurridas y ruidosas de mi infancia en San Pedro, a mediados del siglo XX. Era una tradición que se había prolongado durante milenios y estaba por desaparecer en esos años. Desde la Antigüedad, la gente peregrinaba en ciertas fechas a santuarios religiosos, con el objeto de reunirse y festejar algún acontecimiento notable, capaz de aglutinarlos. Quebrar la rutina de la vida productiva, compartir un espacio dedicado al ocio, entrar en contacto con posibles parejas, definen tres actividades que en el pasado se relegaban a ocasiones poco frecuentes y por eso más apreciadas.
Hoy los jóvenes se divierten por su lado, a altas horas de la noche, en lugares que los adultos conocen de oídas, y los niños y adultos se aislan en otros lugares, en torno a la televisión o reuniones familiares. A mediados del siglo XX, toda la familia participaba de las mismas fiestas. Para un chico resultaba extraño ver a tanta gente conocida, con otras ropas, que reservaban para las fiestas o gente que uno no solía ver nunca, hablando, riendo, bebiendo cerveza, bailando en la cancha de básquetbol de un club social, engalanada con tantas luces, guirnaldas de papel de barrilete y música ejecutada por un orquesta del lugar o llegada desde Buenos Aires.
Las sensaciones mareaban al chico que no había tocado el alcohol y se limitaba a consumir naranjada o limonada (bebidas de todos modos inhabituales). Recuerdo las Romerías del Club Mitre, porque se hacían a pocas cuadras de mi casa y yo acompañaba a mis tías, a las que se sumaban a veces mis padres. Era emocionante ver de cerca a la Orquesta Característica de Feliciano Brunelli, que conocíamos por la radio Belgrano (¿o pudo ser la Santa Paula Serenaders o Héctor y su orquesta, que tenían programas diarios en Radio El Mundo?). Era el mismo repertorio que habíamos oído tantas noches, cuando nos reuníamos en la cocina, en torno a la radio, después de haber terminado los deberes escolares, pero estar presente mientras los artistas que habían carecido de una identidad precisa ejecutaban esa música, pegados al escenario, hacía toda la diferencia.
El joven Juan Carlos Mareco (Pinocho) era el animador de alguna de esas romerías. También su nombre me resultaba familiar, y verlo como un hombre adulto, de cuya garganta salían tantas voces diferentes, algunas de ellas infantiles, reforzaba el misterio que rodeaba a la radio, en vez de diluirlo.
Mientras yo enfrentaba el mundo de mis fantasías, concretado y desconcertante, las parejas bailaban en la pista. Eran tantos que costaba reconocerlas. Mis tías solteras podían aceptar la invitación de algún conocido o desconocido que se acercara a la mesa donde estábamos mirando lo que sucedía. Ni mi madre ni mis tías que estaban de novio, hubieran podido aceptar cualquier invitación sin despertar la ira de los hombres que las habían reservado para ellos, estuvieran casados o solo comprometidos para hacerlo.
Paula Rego: La danza
Bailar era permanecer libre, fuera del núcleo de los parientes, durante alrededor de tres minutos. Había que concentrarse en la coreografía, porque tanto había que bailar tangos como valses, pasodobles o fox-trots, y la necesidad de no hacer el ridículo ante la pareja de baile y los testigos que observaban del otro lado de la barrera de tablitas blancas no era cosa de olvidar. Mi padre se confesaba “pata dura” y no recuerdo que sacara a bailar a mi madre, ni a ninguna otra mujer. Alguno de mis futuros tíos solo sabía bailar tango y vals, por lo que se abstenía del resto de los bailes, aunque hubiera deseado tener a su novia en brazos más tiempo.
Después de un baile, ellas comentaban las incidencias del encuentro: el perfume excesivo de la pareja, su falta de conversación o las preguntas demasiado personales que ellas se habían negado a responder, la decisión de aceptar o no aceptar una nueva invitación, si la recibían. No eran temas interesantes para un chico. La vida de los adultos corría paralela a la de los niños la mayor parte del tiempo, entre otras razones, porque los adultos se encargaban de mantenerla fuera de nuestro alcance.
Dos o tres veces por semana, se paseaba en San Pedro por calle Mitre, al atardecer y primeras horas de la noche. En mi memoria, las mujeres jóvenes recorrían pausadamente esas cinco o seis cuadras. Iban por una vereda, tomadas del brazo, regresaban por la otra. Aparentemente, pasaban revista a las vidrieras de las tiendas iluminadas, comentaban entre ellas sus asuntos, reían para demostrar que se encontraban sanas, que tenían buenas dentaduras y un mejor estado de ánimo. Los hombres permanecían en el borde de la vereda, mirándolas pasar. En algún momento, unas y otros se detenían a consumir algo en la terraza de la vereda o el salón del Bar Butti: un refresco, un café, un copetín acompañado con aceitunas, queso y otras menudencias.
Crecí sabiendo que entre los adultos pasaba algo que no llegaba entender. Aquellos que habían sido nuestros mejores amigos, de pronto nos apartaban y los veíamos salir en búsqueda de gente de su edad, con una urgencia que resultaba desconocida. Nunca han faltado los datos enigmáticos de la vida de los adultos que los niños aceptan sin preguntar qué significan, puesto que lo más probable era entonces (y sigue siendo ahora) es que los adultos no les respondan la verdad. ¿Por qué la gente caminaba por una vereda de la calle Mitre, yendo hasta una cuadra antes de la plaza de la Iglesia y regresaba por la otra vereda, hasta poco antes de Tres de Febrero? Una red de altoparlantes suministraba música popular y estentórea publicidad.
Por eso entonces, nadie había imaginado habilitar calles peatonales, como la Obligado en San Pedro del siglo XXI, que sigue una corriente de otras ciudades grandes y pequeñas. Ahora las peatonales declaran como principal objetivo facilitar la concurrencia de clientes a los comercios, no el contacto de la gente. En el viejo San Pedro, si se excluía a las confiterías y heladerías, el resto de los comercios estaba cerrado a esa hora, aunque las vidrieras permanecieran iluminadas. En las laberínticas ciudades del Medioevo, la plaza del mercado cumplía la misma función de permitir la exposición y facilitar el contacto de quienes estaban disponibles para formar parejas.
Los corsos del centro una vez por año, las fiestas de la Primavera, las romerías de verano que se celebraban en las sedes de clubes deportivos, los bailes de barrios, que se improvisaban en los sitios con recintos más amplios de la vecindad, como el salón de los Cedraschi o el galpón del almacén de mi padre, brindaban las oportunidades para que las mujeres jóvenes se expusieran ante los hombres solteros, unas y otros vestidos con sus mejores ropas, acabados de bañar, perfumados, con los peinados que consideraban más seductores. Como esas fiestas no eran frecuentes, debían ser aprovechadas como si cada una de ellas fuera la última oportunidad de conseguir pareja.

domingo, 6 de mayo de 2012

Canciones escolares

En las escuelas públicas de hace medio siglo en Argentina se cantaba todos los días, en las mañanas para subir la bandera, en las tardes para bajarla, durante las clases. Supongo que todavía se canta, porque los cambios del sistema escolar pueden ser tan lentos que tres o cuatro generaciones no alteran demasiado los recursos ni la ideología. No es improbable que se trate de las mismas canciones, aunque ahora la música se reproduzca a partir de grabaciones digitales y amplificadores, mientras que por entonces había que generar la música, bien o mal, entre aquellos que estaban presentes y no disponían de conocimientos ni aptitudes para hacerlo.
Tanto les gustara como si no, los niños eran invitados (obligados) a memorizar las letras y melodías de canciones cuyo sentido, con frecuencia, resultaba inasible. El canto hubiera debido establecer un sentimiento de comunidad entre los niños, lo mismo que el uso del uniforme, pero cabe otra posibilidad de entender la situación, me temo. En tal caso, las canciones escolares imponían visiones burocráticas y jerarquizadas del mundo, puesto que eran cantadas por temor a una sanción de los maestros y sin entender lo que se cantaba. Solo se nos exigía que repitiéramos de memoria, no que comprendiéramos lo que decíamos. En el Himno a Sarmiento la sintaxis no ayudaba demasiado y a pesar de ello cantábamos:
Fue la lucha, tu vida y tu elemento
La fatiga, tu descanso y calma;
La niñez, tu ilusión y tu contento,
La que al darle el saber, le diste el alma.
Con la luz de tu ingenio iluminaste
La razón, en la noche de ignorancia
Por ver grande a la Patria tú luchaste
Con la espada, la pluma y la palabra. (Segundino Navarro y Francisco Collecchia)
No era solo un prócer y fundador de escuelas públicas del pasado, Domingo Faustino Sarmiento, a quien se instalaba en un sitio privilegiado, poco menos que un altar laico, sino a los docentes de muchos años más tarde se proclamaban sus herederos directos y se presentaban bajo una imagen redentora de la niñez, que los beneficiaba notoriamente ante el resto de la sociedad, aunque no les significar económicamente demasiado.
Ellos podían ser desinformados o autoritarios, carentes de ideas propias, pero no se los cuestionaba. El maestro, con frecuencia una mujer, era el superior jerárquico que imponía el orden entre aquellos que necesitaban ese aporte e impartía directivas que no podían ser discutidas por los estudiantes. Ellos transmitían los conocimientos que les indicaban sus superiores, a través de un modelo militarizado de la enseñanza. El canto llegaba para celebrar ese acuerdo forzado de todos los participantes del sistema educativo, puestos en filas y eliminada cualquier improvisación.
Algunas canciones tenían un origen que no permitía prever su llegada a una escuela primaria y las gargantas de los niños, como era el caso Aurora, proveniente de una ópera estrenada en 1908, poco antes del centenario de la independencia. Intento reproducir la letra, tal como la cantábamos (y deformábamos involuntariamente):
Altá en el cieelo un águila guerreera
Audaz se eleeva en vueelo triunfal
Azul un aala del color del cieelo
Azul un aala del color del maaar.
Así en el alta aurora irradial
Punta de flecha el áureo rostro imita
Y forma estela al purpurado cuello,
El ala es paño, el águila es bandera. (Héctor Panizza, Quezada e Illica)
¡Cuántas palabras que hubiéramos debido consultar en el diccionario para entender lo que cantábamos! ¡Qué complejidad sintáctica digna de mejor empeño! Había que cantarla y se cantaba, para eludir una sanción, con todos los ripios y fiorituras que nos causaban tanta risa más tarde, aunque exigiera una destreza vocal que nos resultaba inaccesible y no se entendiera casi nada. Fuera de la escuela, nos burlábamos de la falsedad de todo eso, que no podíamos identificar con el repertorio lírico. Cantar Aurora era tan desubicado como cantar No llores por mí Argentina en la actualidad.
Más próxima a los estudiantes era la marcha Mi bandera, que ayudaba a marcar el paso durante los desfiles del 20 de junio o el 9 de julio:
Aquí está la bandera idolatrada,
La enseña que Belgrano nos legó,
Cuando triste la Patria esclavizada
Con valor, sus vínculos rompio. (Juan Imbroisi y Juan Chassaing)
Esas eran ideas simples, aunque se refirieran a circunstancias tan distantes como los comienzos del siglo XIX. Uno hablaba de la Independencia o de la Colonia como de asuntos familiares, gracias a las elementales lecciones de Historia y Educación Cívica que recibíamos. El origen de los símbolos patrios era uno de esos temas destacados por el programa escolar. A la distancia, veo que no se nos permitía entender la actualidad de los grandes conflictos del pasado. La descripción de la lucha de los fundadores del país contra la metrópoli española de un siglo y medio antes, no se conectaba con la oposición al capitalismo inglés que marcó los primeros años del peronismo.
Los símbolos nacionales se encontraban por encima de todo eso.
Salve, argentina bandera azul y blanca
Girón del cielo donde impera el sol;
Tú la más noble, la más gloriosa y santa
El firmamento su color te dio. (L.Corretjer)
Las metáforas en torno al cielo, las nubes y el sol, indican que el sentimiento patriótico era más decorativo que informado. La Historia se convertía en una sucesión de anécdotas bélicas, que recordaba triunfos viriles y anunciaba una paz sin fronteras para el futuro.
Febo asoma, ya sus rayos
Iluminan el histórico convento,
Tras los muros, sordos ruidos
Oír se dejan de corceles y de acero;
Son las huestes que prepara
San Martín para luchar en San Lorenzo
Y el clarín estridente sonó
Y la voz del gran jefe
A la carga ordenó. (J.C.Benelli y C.A. Silva)
No tengo muchas dudas sobre el objetivo que se buscaba al obligarnos a repetir estos versos. Al cantar, se nos preparaba para aceptar una imagen más que improbable del país, donde se celebraba sin críticas de ningún tipo el pasado heroico y no existía ningún conflicto actual, capaz de turbar la construcción de un único futuro. A mediados del siglo XX, tras el espectáculo de la Segunda Guerra Mundial que había ocurrido tan lejos y dejado tantos beneficios para la autoestima del país, eso era todavía posible de aceptar sin esfuerzo. ¿Cómo se las compusieron los maestros para conservar un repertorio tan alejado de la realidad en décadas posteriores, cuando la violencia interna y la ilegalidad en el poder, causaron tanto daño al país? ¿Cómo resonaban esas canciones? ¿Qué incredulidad e irritación se incubó en los estudiantes que continuaban siendo obligados a reproducirlas?