sábado, 5 de enero de 2013

Desprestigiadas buenas maneras (I)

Cartilla española de conducta, mediados del siglo XX


Los modales (...) son en parte una estilización de los gestos y en parte supervivencias simbólicas y convencionalizadas que representan actos anteriores de dominio o de servicio o contacto personal. En gran parte son expresión de una relación de status, una pantomima simbólica de dominación por una parte y de subordinación por la otra. (Thorstein Veblen)
  
Recuerdo mi infancia, en la Escuela Nº 2 de San Pedro. Nuestro Director, que era un hombre pelirrojo, de cara cubierta por las pecas, nos ordenaba que nos pusiéramos de pie y preguntaba cómo nos llamábamos. Cada uno decía su nombre, y él respondía invariablemente: “No es correcto. Siéntese”. ¿De qué estaba hablando? Uno podía tener dudas sobre cuánto era 237 dividido por 5 o la fecha exacta de la Batalla de San Lorenzo, pero equivocarse respecto del propio nombre y no recibir ninguna explicación…
Después de haber humillado a media docena de estudiantes, el docente se dignó aclarar el misterio. La respuesta que él exigía era “XX, para servir a usted”. No pretendía verificar nuestros conocimientos de Aritmética o Historia, sino las habilidades de Urbanidad (no creo que la materia existiera en la malla curricular).
Recursos de seducción: pañuelo y sombrero
Su estrategia pedagógica era detestable, puedo juzgarla hoy, como docente profesional, porque se basaba en la frustración sistemática de los estudiantes que no habían sido instruidos oportunamente.
Aunque aprendí la lección, como demuestra que pueda relatarla casi setenta años más tarde, confieso que nunca la apliqué. La norma que pretendía enseñarnos, había quedado fuera de la práctica social mucho tiempo antes, era el remanente de una institución (la servidumbre) que nació hacia el final del Imperio Romano, se prolongó en el curso de la Edad Media y tuvo vigencia hasta el siglo XIX, pero que había desaparecido a mediados del XX.
El intento de perpetuarla mediante una fórmula verbal, hubiera debido ir acompañado por alguna referencia al contexto histórico en que se había iniciado y perpetuado, tal como se hace con la etimología de las palabras, solo que en ese caso nuestro Director hubiera visto frustrada su intención evidente de humillarnos.
La duda quedaba planteada muy temprano. ¿Pueden las buenas maneras enseñarse mediante sistemáticas frustraciones del interlocutor que incurre en faltas a un código demasiado difuso para que lo domine en poco tiempo? No debería ocurrir de ese modo, porque no se trata de textos sagrados, sino de normas humanas, discutibles, que pueden ser rechazadas por aquellos que deberían aplicarlas, a pesar de que gran parte de las convenciones sociales se imponen sin discusión, le guste o no a quienes deben demostrar ante la comunidad que las conocen. Habitualmente son arbitrarias, como planteaba hace más de un siglo Ferdinand de Saussure respecto del lenguaje.
En mi adolescencia, antes de que realmente me fuera necesario afeitarme, comencé a hacerlo. No estaba bien visto exhibir esos pocos pelos que me crecían en la cara, tal como debía concurrir al peluquero cada tres semanas, para que el cabello cortado “a la romana” creciera demasiado.
Cuando tuve veinte años, a mediados de los ´60, los Beatles impusieron el pelo que tapaba las orejas, el bigote abundante, la barba. Hoy veo a los jóvenes rapándose la cabeza y mostrando una barba de dos o tres días que no sé cómo mantienen igual, definiendo una apariencia que apenas una generación atrás se hubiera considerado apropiada solo para delincuentes.
En los años 20 y 30 (…) una persona entraba o salía de la buena sociedad por cómo se vestía. Eso puede resultar absurdo en la actualidad, porque todo vale, que la informalidad se impone en casi todas las situaciones, pero entonces el filtro riguroso que eran el aspecto, las maneras, la elegancia o la falta de ella, te permitía acceder o ser rechazado en determinados medios. (…) Lo único que lamento de ese mundo que se ha perdido son las buenas maneras. Ahora todo es más grosero. Si tú dices de alguien “es un caballero”, “es una señora”, la gente piensa que estás de cachondeo. ¿Quién es hoy en día un caballero? (Pérez Reverte)
Comic didáctico, circa 1940
En la actualidad, uno tiene la impresión de que las llamadas buenas maneras se convirtieron en otra lengua muerta, como el Sánscrito, el Griego o el Latín; que nadie las utiliza en la vida cotidiana; que son despreciadas por la mayoría, sospechosas de ocultar algo menos digno de respeto y en el mejor de los casos objeto de la nostalgia de unos pocos, que las dan por perdidas, como si el mundo se estuviera precipitando en un Apocalipsis de grosería. ¿Qué se quiere decir con eso de saber comportarse? ¿Quién tiene autoridad para imponer a los demás sus parámetros de conducta? ¿Cuán digno de respeto es el saber comportarse? ¿Qué se pierde cuando uno demuestra no conocer o desafiar las reglas del buen comportamiento?
Se entiende que no se hable mientras se come: evita respirar algunos bocados y sumirse en un ataque de tos. No cuesta mucho aceptar que en la locomoción pública se deba ceder el asiento a las embarazadas, los lisiados o ancianos, para evitar las miradas acusadoras. Tiene sentido que con el objeto de pagar la compra en el supermercado o adquirir las entradas de un espectáculo, se formen filas, porque al hacerlo se evitan discusiones y se gana tiempo. Son acuerdos impuestos, respecto de los cuales no existen opiniones divergentes.
El problema es cuando se hila más fino. ¿Quién es hoy una dama? ¿Quién es hoy un anciano? ¿A quién se considera un “superior”? ¿A quién se define socialmente como “inferior”? Los roles tradicionales de la vida en sociedad se han desdibujado con el tiempo y no siempre es cosa de lamentar que algo parecido ocurriera, porque en muchos casos los pocos roles disponibles se apoyaban en desigualdades e hipocresías que en buena hora se derrumbaron (si es que no adoptaron nuevas formas de perpetuarse, menos evidentes).
Mi padre, que a diferencia de mi abuelo no compraba ni leía libros, que se conformaba con informarse de la actualidad por la lectura cotidiana de la prensa escrita o la audición de los informativos de la radio, trajo a la casa, cuando yo tenía diez u once años, un grueso Manual de Urbanidad y Buenas Costumbres, cuyo autor no recuerdo, a pesar de que solo pudo haber sido Manuel Carreño, que lo había escrito en Venezuela, a mediados del siglo XIX, una generación después de terminada la Guerra de la Independencia y cuando estaba a punto de estallar la Guerra Federal. ¿Qué lugar podían reclamar las buenas maneras en ese contexto histórico?
Llámase Urbanidad el conjunto de reglas que tenemos que observar para comunicar dignidad, decoro y elegancia a nuestras acciones y palabras. (Manuel Carreño: Manual de Urbanidad y buenas costumbres)
Lo leí (¿qué libro que cayera bajo mis ojos no leía entonces?) y me impresionó de inmediato su inutilidad. ¿Para qué aprender la técnica de entregar una tarjeta de visita, si no disponía de ninguna? ¿Cuándo podría aplicar conocimientos tan específicos como la distribución en torno a la mesa, de los asistentes a un banquete, para manifestar las distintas jerarquías entre ellos? Aunque el texto original había sido purgado de anacronismos del siglo XIX y se obviara cualquier detalle sobre el lugar y la época en que fue escrito, costaba conectarlo con la vida cotidiana de mi ciudad, a mediados del siglo XX.
Si la píldora anticonceptiva se convertiría muy pronto en el trofeo de liberación de las mujeres, si se habían puesto satélites artificiales en el espacio y no tardaría mucho en llegar un hombre a la Luna, ¿por qué continuar atado a reglas tan minuciosas que bastaba enunciarlas para que se desacreditaran?
Hombre de su tiempo, Carreño demostraba una preocupación excesiva por la trasgresión de las jerarquías sociales y la exposición de la mayor parte del cuerpo humano en la vida cotidiana. La sociedad criolla se proclamaba heredera de códigos del pudor y el honor , que habían llegado de España y delataban la prolongada influencia árabe en esa cultura. Sin duda se mentía, el doble estandar adoptado por ricos y pobres por igual, permitía mantener vigentes esas mentiras. 
Mostrar las manos, por ejemplo, resultaba inevitable durante el trato social. Por eso, Carreño aconsejaba utilizar guantes casi todo el tiempo, a niños y adultos, patrones y sirvientes. Los pies desnudos planteaban una visión humillante, en cuanto recordaban la existencia de los pobres, que trabajan, bailan y sufren descalzos, como los animales. Calzar a los sirvientes, ahorrarse la visión de los "pata en el suelo", era un reclamo de buen gusto, más que un criterio de reivindicación social.
Al dormir por separado, envueltos en largos camisones, tanto las mujeres como los hombres, debían tener cuidado de no destaparse durante el sueño o por causa de catástrofes tales como terremotos e inundaciones que los hubieran dejado expuestos ante parientes, vecinos y extraños.
Desnudar el cuerpo, anunciaba la promiscuidad irresponsable. ¿Cómo podrían los hombres tolerar el espectáculo de las mujeres con brazos o escotes descubiertos, sin verse impulsados de inmediato a violarlas? En cuanto a ellas, ver los torsos masculinos desnudos, derrumbaría cualquier santa enseñanza recibida de sus mayores.  Sobre las diversas opciones de la actividad sexual, que dieron lugar al refinado Kama Sutra de los hindúes, Carreño no se pronuncia.
Para él, ni la llamada “postura del Misionero” que hoy se considera el paradigma de lo aceptable en una relación de pareja, puede ser mencionada en un libro. No hay sexo en esas páginas, ni siquiera entre marido y mujer legítimamente unidos por la Iglesia y el Estado. Ese tema queda totalmente fuera del territorio de la Urbanidad, condenado a otro universo paralelo, que probablemente es el infierno de lo que existe, pero no se acepta ver ni oír nada, porque la sola referencia derrumbaría la coherencia del sistema.
Las parejas son mencionadas, porque los seres humanos pueden cortejarse de acuerdo a protocolos, mandarse cartas, comprometerse en cristiano matrimonio, intercambiar alianzas, casarse en ceremonias religiosas cuidadosamente codificadas, tener la cantidad de hijos que Dios quiera mantarles, que son bautizados, educados con mano firme en las tradiciones de sus mayores, y a los que en su debido tiempo son legadas herencias, etc.
En la penumbra y el silencio quedan (sin resolver) las enormes contradicciones que abundan en la realidad cotidiana. Las mujeres se encuentran sometidas a la voluntad de los hombres, de acuerdo a Carreño, porque esa debe ser una ley divina que no puede ser alterada si no se pretende incurrir en sacrilegio, tal como los sirvientes se encuentran sometidos fatalmente a su empleador (Venezuela había abolido la esclavitud más de una vez, sin llegar a convertir esa meta en realidad).
Los jóvenes debían someterse a los adultos. Padre de familia educado, que vive en país que se enrumba en una prolongada guerra civil, Manuel Carreño no podía ignorar que la realidad no coincidía con las normas que él anotaba con el objeto de revelar una verdad que habría de imponerse incluso a los más incultos, que no abririan nunca sus páginas.
Mientras tanto, apartaba la mirada del mundo real y esperaba que sus lectores, a quienes imaginaba como sus atentos discípulos, aprendieran la lección y dejaran de vivir en el error que él denunciaba con la convicción de un reformador trascendente.

martes, 25 de diciembre de 2012

Orquesta de Señoritas

En su palco las señoritas / repetían con todo esmero / pasodobles y rancheritas / que no daban para el puchero. / Eran rubias, llevaban flores / en el pelo y en la cintura. / Se movían como muñecas / con tristísima compostura. (María Elena Walsh: Orquesta de Señoritas)
Orquesta de Señoritas años `30
Cuando tenía cinco años, a comienzos de los `40, descubrí a mi primera orquesta de señoritas, actuando en una confitería de calle Suipacha, en Buenos Aires, adonde mi tía Matilde nos condujo, a mi madre, mi hermana y a mí, que visitábamos la gran ciudad por primera vez y todo nos deslumbraba, desde el ornamentado interior del hotel España de Avenida de Mayo, hasta los huevos fritos de forma absolutamente circular (gracias al molde inimaginable para nosotros, provincianos) o la cantidad abrumadora de autos que circulaba por las calles (para alguien crecido en la tranquila intersección de las calles Libertad y Chivilcoy, donde era un acontecimiento que pasara alguno).
En ese local forrado en paneles de madera oscura, adornado con grandes vitrales internos, iluminados por luz artificial en pleno día, el angosto palco art deco donde cinco mujeres mustias ejecutaban valses vieneses a la hora del té, excedía todo lo que habíamos experimentado antes y mi tía Matilde nos concedía la oportunidad de descubrirlo, mientras nos observaba con evidente placer: ella estaba acostumbrada a ese mundo urbano, gracias a que llegada a los cuarenta años se mantenía soltera (en otras palabras, se podía considerarla vagamente disponible para cualquier hombre de su misma clase social y edad madura, que se interesara en su persona). Desgraciadamente era también una mujer sin un oficio que le permitiera independizarse. No obstante, se movía sin pedirle permiso a nadie, padre, hermano o marido.
Atrás habían quedado, gracias a las prohibiciones de los sucesivos gobiernos conservadores de la Década Infame, las confiterías animadas por falsas orquestas de señoritas, formadas a veces por decenas de presuntas ejecutantes (violinistas sobre todo) que durante los años ´20 ofrecían otra fachada de la prostitución, según cuenta Albert Londres en El Camino de Buenos Aires. Los clientes decidían quiénes eran aquellas que les interesaban como parejas ocasionales, mediante señas o enviando mensajes a través de las camareras. Las elegidas se retiraban del palco donde se habían exhibido, se trasladaban a una casa vecina, en compañía del cliente, mientras sus puestos en la orquesta pasaban a ser ocupados por otras damas igualmente disponibles.
Anuncio de baile, con orquesta femenina
En los `40, esa imagen oscura se estaba saneando, tal como iba a ocurrir poco después con la letra de los tangos que difundía la radio, con el objeto de acatar la censura de los gobiernos conservadores. El pecado no iba a obtener demasiado espacio en los medios, ni siquiera para demostrar que era un error entregarse a él.
Niní Marshall en Orquesta de Señoritas
Niní Marshall protagonizaba una película de Luis César Amadori titulada Orquesta de Señoritas, en la que varias actrices jóvenes aparentaban sin demasiada convicción seguir sus órdenes, mientras actuaban en una confitería familiar de Buenos Aires. Ser huérfana y haber trabajado en una orquesta como esa, eran dos circunstancias que el diálogo mencionaba como graves handicaps para que el matrimonio de Blanca, la chica de la mandolina, que encarnaba Zully Moreno, fuera aceptado por el tío del novio.
A comienzos de los ´50, San Pedro tuvo una orquesta de señoritas, en la que participaba una de mis compañeras de escuela primaria, que se llamaba Nelly C. si puedo confiar en la memoria. Horacio Montes era un músico muy conocido en la zona. Su pequeña orquesta amenizaba los bailes (como se decía entonces) con un variado repertorio, que iba desde los valses vieneses y los fox-trots norteamericanos, hasta los tangos y pasodobles.
La orquesta femenina fue consecuencia del éxito continuado de Montes en los bailes de San Pedro. Mi padre organizó algunos en el galpón del almacén, que todavía existe, frente a la Escuela que en la actualidad lleva el nombre de mi abuelo. No atino a imaginar cómo vaciaron ese gran recinto de las pilas de cajas y cajones de mercaderías, de las bolsas de maíz y café, de la gran balanza, de los toneles de vino y aceite, para dejar el espacio libre, tras pintar las paredes con cal y tender guirnaldas de papel de barrilete. El piso era de tierra apisonada y el palco de la orquesta se encontraba en lo que había sido hasta entonces el depósito del carbón. El quinteto de Montes amenizaba esos bailes, como los que de vez en cuando se celebraban en el salón de la fábrica de ladrillos de los Cedraschi, que podían ser a beneficio de la Cooperadora de la Escuela Nº 2.
La orquesta masculina de Montes no podía cumplir con todos los compromisos. La femenina estaba formada por media docena de adolescentes, bastante tímidas todas ellas, que estudiaban música con él y no tenían un repertorio demasiado extenso, pero el simple hecho de ser mujeres jóvenes las disculpaba de sus evidentes limitaciones profesionales.
Las recuerdo actuando en Balcones al Paraná, un recreo ubicado al comienzo de la calle Mitre, durante una noche de verano, en que mis tíos maternos me llevaron con ellos. Reconocí a Nelly C. entre las otras chicas, tan delgada como siempre, tal vez con un peinado de trenzas recogidas sobre las orejas. Ella cantaba sin demasiado entusiasmo, cuando la pieza lo exigía. Algunas parejas bailaban. Tanto si las aplaudían, como si no lo hacían, lo más probable era que repitieran la pieza.
Uno de mis compañeros de secundaria era responsable de la frase que se suponía graciosa, aunque solo resultara discriminatoria y sexista: “No es lo mismo las chicas de la orquesta de Montes, que montarse a las chicas de la orquesta”. La imagen de mujeres que trabajaban de noche, en lugares donde se expendía alcohol y la gente disfrutaba la oportunidad de acercarse durante el baile, continuaba marcada por las sospechas de las generaciones anteriores. Aunque se tratara de un chiste, los prejuicios de quien lo contaba y la risa de quienes lo celebraban quedaban en evidencia. A pesar de que teníamos tantas compañeras de estudio que nos demostraban diariamente su capacidad intelectual, cuando un adolescente le preguntaba a otro si su hermana trabajaba, no se entendía en otro sentido que no fuera la prostitución.
El documentado artículo publicado en su blog por Fernando Chiodini, sobre las orquestas que proliferaron en San Pedro, a mediados del siglo XX, sitúa ese momento irrepetible, precioso desde la perspectiva actual, en el que tantos músicos vivían de su oficio y los bailes permitían un tipo de comunicación entre los jóvenes, que de acuerdo a lo que me cuentan, hoy se encuentra extinta.
Tony Curtis, Jack Lemmon y Marilyn Monroe en Some Like It Hot
En una de las comedias de Billy Wilder, Some like it hot, Tony Curiis y Jack Lemmon interpretaban a dos músicos obligados a esconder su identidad, para escapar de la persecución de unos gansters. Disfrazados de mujer se incorporaban a una orquesta de señoritas que actuaba en un balneario de los años `20. La situación daba lugar a una serie de equívocos sexuales, que desafiaban a la censura de Hollywood. Reunir a tantas mujeres (ciertas o aparentes) no podía ser visto como una coincidencia trivial. No se trataba de considerar a las mujeres un objeto decorativo y anónimo, como sucedía en los filmes musicales de Bubsby Berkeley en los años `30. Algo estaba cambiando en la mentalidad de la audiencia de los medios, porque las relaciones entre los géneros comenzaba a ser analizada desde la perspectiva del feminismo y la difusión de anticonceptivos para la mujer.
HORTENSIA: ¡Señoritas, nada de discusiones en el palco! ¡Aún cuando no toquemos, el público no deja de mirarnos! ¡Por favor. sonrisas y gracia! Puedecirse lo que piensan, sin dejar de sonreír. (...) Se lo deben al público. (Jean Anouilh: Orquesta de Señoritas)
A comienzos de los años `60, en Francia, Jean Anouilh escribió una comedia teatral de las que él mismo denominaba desagradable, La Orquesta, ambientada en la segunda posguerra, que presentaba a las integrantes de un maduro grupo femenino, dedicado a ejecutar música sentimental en un balneario de Mediterráneo, mientras ventilaba sus ideas triviales y frustraciones sexuales.
Diez años más tarde, Jorge Petraglia montó en Buenos Aires una versión travesti (hombres que interpretaban los roles femeninos) que alteró de manera perdurable la imagen de la obra. En adelante, ya no sería el retrato de una época superada, en la que se daba por sentada la sumisión de la mujer al macho, para revelarse como la visión grotesca, desactualizada, de las fantasías masculinas respecto de unas mujeres que en el mundo real ya no eran las mismas.
Graciela Bello: Orquesta de Señoritas
Ese enfoque fue inmediatamente aceptado por la audiencia. La pieza se representó durante décadas en varios países, respetando ese planteo. Reírse de las mujeres que salen del encierro del hogar para ganarse la vida, no se consideraba que fuera discriminarlas. En 1973, Rolando Rivas, taxista, una exitosa telenovela de Alberto Migré, se burlaba de la orquesta de señoritas, reciclando (y de paso vulgarizando) los mismos aspectos que atraían en la puesta en escena de Petraglia. Cuarenta años más tarde, como demuestra la pintura ingenua de Graciela Bello, el enfoque no ha variado, como si la realidad histórica de las mujeres que fueron (y son) exhibidas y explotadas, continuara fascinando a los testigos, pero tuviera que ser encubierta y distorsionada, hasta convertirse en chiste.

sábado, 17 de noviembre de 2012

Galantería perdida, auge del piropo agresivo

Guillermo Divito: comic
¿Vos existís o te estoy inventando? (Piropo anónimo argentino)
No recuerdo a los hombres de mi familia diciendo piropos guarangos hace medio siglo. Hubiera sido una desconsideración expresar abiertamente el deseo por cualquier mujer de la vecindad, porque todo el mundo se conocía y respetaba. Ofender a una mujer del barrio exponía a la condena de la comunidad, y eso era algo que nadie estaba dispuesto a asumir. La eficaz autocontención se combinaba con la evidencia de que los hombres de entonces no se caracterizaban por su ingenio verbal.
En el mejor de los casos, durante el cortejo repetían las frases de los personajes de la radio, el teatro o las revistas cómicas. Habían sido educados en un código de comportamiento que no alentaba a tomarse demasiadas libertades en público.
Probablemente se limitaban a soltar piropos clásicos y a resguardo de cualquier crítica, como "¿Dónde va la buena moza?" o "Dichosos los ojos que la ven". Nada que pudiera ofender a la destinataria. Nada que arriesgara ser malinterpretado. Aunque no tuvieran mucho que decir, los hombres no debían quedarse callados en presencia de una mujer, porque si eso llegaba a difundirse, quedaban en ridículo, se los motejaba como cortos de carácter o maricones.
Hasta comienzos del siglo XX, las mujeres argentinas que tenían la suerte de crecer en el seno de una familia constituida, salían poco de su casa. Allí nacían, crecían, eran educadas, encontraban marido, parían a sus hijos y morían. El verse obligadas a trabajar fuera del hogar para mantenerse, iba en desmedro de su imagen.
En la actualidad, las mujeres andan solas o acompañadas por otras mujeres. A cualquier hora ocupan la calle, un territorio que tradicionalmente estuvo reservado a los hombres, en el que ellas todavía se encuentran en desventaja, como les recuerda el piropo agresivo. Aunque tardaron siglos en conquistar ese espacio público, pueden verlo amenazado o perderlo en cualquier instante, por lo que se evalúa como acoso masculino.
No pasa lo mismo en el mundo islámico, donde el rol femenino sigue siendo el mismo o incluso ha retrocedido a lo que era habitual en el Medioevo. Por un lado, las mujeres que anden solas por la calle pueden ser detenidas por cualquier hombre que no tolere la situación, y a continuación entregadas a la Justicia para que las juzguen y condenen por ese solo hecho (como demuestra el filme iraní Dayereh (El Círculo) de Jafar Panahi). Por el otro, un hombre que piropee a una mujer puede ser castigado a recibir azotes. La necesidad de controlar la conducta de la gente es evidente en sociedades contemporáneas, lo mismo da si se refiere a quienes tienen derechos limitados, como a quienes parecen gozar de todos los privilegios.
En una milonga de Ángel Villoldo, que se publicó en 1907, se evoca la situación de Argentina, cuando los hombres podían ser multados por haber emitido un piropo.
Una ordenanza sobre la Moral / decretó la dirección policial / por la que el hombre se debe abstener / [de] decir palabras dulces a una mujer. / Cuando una hermosa veamos venir / ni un piropo le podemos decir / y no habrá más que mirarla y callar / si apreciamos la libertad. / ¡Caray! No sé / por qué prohibir al hombre / que le diga un piropo a una mujer! (Angel Villoldo: ¡Cuidado con los 50 [pesos]!)
Desde la perspectiva de la actualidad, tantos remilgos de la autoridad debieron ser más ineficaces que excesivos. ¿Quién se hubiera atrevido a denunciar un piropo? ¿Qué prueba disponía entonces una mujer para acusar a quien se hubiera propasado? El piropeador ha sido mostrado tradicionalmente como una figura cómica, cuyo ingenio verbal es celebrado por los testigos masculinos, incluso cuando deriva en abierta grosería.
El capocómico de las revistas teatrales argentinas (desde Parravicini a Porcel) convirtieron en rutina los improperios que una mujer joven y ligera de ropas recibía en el escenario, delante de una audiencia cómplice, provinientes de un hombre poco atractivo, fuera por sus muchos años o sobrepeso.
Los más jóvenes pueden aceptar la idea de que el piropo es un acto inocente y divertido (cuando hay testigos que lo celebran), o al menos intrascendente (cuando discrimina y acosa). Hace tiempo que las mujeres dejaron de vivir encerradas entre las cuatro paredes del hogar, como había sucedido durante miles de años, para compartir con los hombres un territorio en la sociedad que les ha costado conquistar.
En un programa matinal de la televisión se discuten las modalidades agresivas del piropo en la actualidad. Hace medio siglo, los hombres no eran más ingeniosos que ahora, pero de todos modos el piropo mantenía las formas. Las alusiones sexuales no pasaban de ser un elogio de la belleza de la mujer a quien se lo dirigía. Si ella lo aceptaba, el galanteador podía creer que le daban cuerda y podía continuar el asedio. Si lo ignoraban, se resignaba a que el intento hubiera fracasado y quedaba en las mejores condiciones para intentarlo de nuevo en el futuro, sin convertirse en un acosador.
Una de las armas más poderosas de las mujeres en Occidente, ha sido la capacidad para provocar y al mismo tiempo mantener a raya a los hombres que se sienten atraídos por ellas. Desde el siglo XIII, según Gaston Duby, las mujeres de las cortes francesas estableciendo pactos con sus admiradores. Ellos podían homenajearlas durante las frecuentes ausencias de sus maridos guerreros (y tal vez obtuvieran sus discretos favores) siempre y cuando negaran haber tenido cualquier contacto físico con ellas.
Los cantos de los trovadores son refinados piropos a una dama (siempre ajena) a la que no sueñan con tocar. Hay algo patético y excitante en estas parejas imposibles. El texto se concibe y expone para sustituir el contacto físico.
El piropo del siglo XXI es otra cosa. El contenido ha variado, las alusiones sexuales se han vuelto más directas, mientras que la sensibilidad ante la ofensa verbal ha crecido. Las víctimas del piropo se sienten degradadas. Los piropeadores no son poetas que halagan a la mujer, sino resentidos que aprovechan la presunta impunidad que gozarían por haber nacido hombres, y manifiestan el enojo por la que consideran demasiado libre circulación de mujeres.
Si en el pasado se celebraba la belleza de la mujer, ahora se la insulta. ¿Cómo se atreven a provocar la sobreproducción de tetosterona con sus ropas ajustadas, sus peinados coquetos, su maquillaje imposible de ignorar, sus gestos insinuantes... para dejarlos en ese estado de excitación? Ellas ponen en escena un espectáculo que desborda la capacidad de contención de ellos. ¿Acaso ignoran que los machos pueden olvidar las normas de la vida en sociedad y abusar de sus ventajas físicas o la inercia de las instituciones, cuando se trata de sancionar algo al parecer tan inocente como un piropo?
La Constitución les asegura a las mujeres el libre tránsito (cosa que no sucede hoy en un país islámico, ni tampoco en uno cristiano de no hace mucho) mientras que el piropo agresivo recuerda que esa garantía se encuentra restringida en la práctica por la decisión de cualquier hombre perturbado. La mujer es fuego y el hombre paja, plantea el refrán. Reunirlos, aunque sea brevemente y en un lugar público, es favorecer la oportunidad de despertar una pasión que puede consumirlos.
El piropo en Italia
Hay algo patético en el piropeador: atemoriza, porque no logra seducir. Espanta a quien pretende atraer. Hiere y ofende, porque no acaricia. Viola, porque no será invitado a entablar un diálogo amoroso consentido. Al mismo tiempo, hay algo equívoco en los piropeadores. Al agredir a una mujer, confirman la importancia que tiene para ellos la comunidad masculina.
No es raro que el piropo surja de un grupo de hombres que observan (fichan, se decía en el pasado) a una mujer, la designan como una posible víctima. Mediante el piropo guarango, uno de ellos excita la imaginación de los otros. El piropo se destina a los pares, tanto como a las hembras. Uno de ellos demuestra su capacidad de agresión ante los otros posibles agresores. Uno se da el lujo de demostrar que hombres y mujeres no pueden entenderse, que los hombres están unidos en una vieja guerra contra las mujeres, que la cercanía masculina es preferible a la que se da entre los dos géneros.


domingo, 14 de octubre de 2012

Inútil humo del tabaco

Publicidad cigarrillos, circa 1940
Haber nacido y crecido en la trastienda de un almacén de barrio, me dio la oportunidad de acercarme en cualquier momento al alcohol y el tabaco, dos de las drogas cuyo consumo era y todavía es aceptado por casi todo el mundo. Si no me entregué a ellas, debe ser porque no es cierto que la oportunidad hace al ladrón. Hay temperamentos adictivos y otros que no sienten la misma urgencia. Las drogas que en la actualidad circulan por los más opuestos sectores de la sociedad, eran hace tres generaciones privilegio de la clase alta. Se las mencionaba al pasar en la letra de los tangos (“No se conocían popó, ni morfina / Los muchachos de antes no usaban gomina”) o en textos de circulación restringida (como la novela Cocaína de Pitigrilli). Correspondía a gente quizás envidiada, sin embargo desconectada de la experiencia de la mayoría.
Me recuerdo a la edad de cinco o seis años ordenando los paquetes de cigarrillos en el casillero de madera que estaba debajo del reloj de péndulo del almacén, probablemente por mi abuelo, medio siglo antes, cuando los paquetes traían regalos para atraer a los compradores: fotos de mujeres poco vestidas, artistas célebres, naipes.
Sin fumar, aprendí a diferenciar el aroma de los cigarrillos negros y el de los rubios, los colores y marcas que los distinguían: estos eran los 43, estos otros Particulares, Fontanares, Imparciales. Quizás hubiera Chesterfield y Parliament. Había también papel de armar cigarrillos y paquetes de tabaco picado que en mi infancia rara vez se vendían. Cerca estaban los cigarros de hojas, de marca Avanti, que se vendían en paquetes chatos, de cuatro toscanos, que olían más intenso que los cigarrillos comunes y eran pedidos por algunos viejos chacareros italianos. Se decía que los mascaban (y escupían) en lugar de fumarlos.
En mi niñez, no quedaban las escupideras latón dorado en otros locales públicos que no fueran las peluquerías de hombres. La costumbre de mascar tabaco no era bien vista. Había pasado de moda. Los hijos de inmigrantes no la habían heredado de sus padres. Los hombres fumaban en cualquier parte y no se disculpaban ni pedían permiso a las mujeres para hacerlo. Ellos estaban en su derecho y más bien constituía una obligación que se veían obligados a respetar, para ser aceptados por otros hombres.
En el almacén de mi padre se vendía tabaco de hebra, para alimentar pipas, pero solo recuerdo a un consumidor de esa modalidad, nuestro vecino inglés, John Cummings. Los dedos y los dientes amarillentos por el tabaco eran la confirmación de pertenecer a un género privilegiado, incluso cuando alguien era un pobre diablo (tuve que salir de Argentina para enterarme de que en otras partes se vendían cigarrillos sueltos, a quienes no podían afrontar el costo de un paquete).
Mis tíos fumaban constantemente y sufrieron problemas pulmonares que al menos en un caso condujeron a la muerte. No era, sin duda, la óptica de esa época. Mi padre fumaba ocasionalmente, en compañía de amigos. Me parece recordarlo jugando a los naipes los sábados por la noche y fumando, aunque más no fuera para no desairar a sus visitantes. Solo había un cenicero en la casa, de bronce, que representaba la cara de un diablo y entre los cuernos lucía la publicidad de Pineral.
Las mujeres no fumaban. Sé que medio siglo antes, muchas lo hacían, no en público, sí en las reuniones reservadas a su género. El tabaco, muchas veces mascado, no necesariamente quemado y aspirado, facilitaba la comunicación entre ellas.
A la distancia cuesta entender que las feministas norteamericanas de los años `20 se fotografiaran fumando en las calles de New York, para indicar su resistencia a las discriminaciones que sufrían (entre todas, aquella de fumar en público). Debió pasar bastante tiempo para que una voz femenina adaptara la letra de un tango que Gardel había cantado en 1922 para hacerla suya:
Fumar es un placer /genial, sensual / fumando espero / al hombre que yo quiero / tras los cristales / de alegres ventanales / y mientras fumo / la vida no consumo / porque flotando el humo / me suelo adormecer. (Villadomat y Garzo: Fumando espero).
Marlene Dietrich, circa 1950
¿Qué podía ser más atractivo que una mujer desafiante de las tradiciones y el recato, que sin embargo confesaba su dependencia del hombre que la hacía esperar? Que George Sand, Lola Montes o notorias prostitutas del siglo XIX se hicieran fotografiar con cigarrillos en la manos, era un espectáculo excitante para los hombres.
En las películas nacionales y extranjeras, las actrices de los años `40 fumaban. Utilizaban largas boquillas que evitaban el contacto de sus labios pintados con el papel de cigarrillo. No abrían ruidosos paquetes de cigarrillos, como todo el mundo, porque los guardaban en relucientes pitilleras (esa palabra nunca la oí en el mundo real, a pesar de leerla en novelas de Mickey Spillane y subtítulos de las películas de Hollywood). El humo creaba un filtro interpuesta entre la cámara y el rostro maquillado de las actrices, que las volvía más hermosas y distantes. ¿Había algo más seductor que el humo lanzado por los labios de Marlene Dietrich, María Félix o Zully Moreno? Anunciaban una sexualidad sin límites, que debía ser imaginada por el observador, puesto que ellas nada mostraban.
El humo resultaba fotogénico, romántico y nadie parecía asociarlo con complicaciones respiratorias o cardiovasculares. El cáncer de pulmón era un asunto que discutían los médicos y ni siquiera ellos lo relacionaban con el consumo de tabaco. Gracias al tabaco los seres humanos se seducían unos a otros en la pantalla. Bette Davis encendía dos cigarrillos en Now Voyager: uno para ella, otro para su enamorado, Paul Henried.
Tuve que esperar hasta los años `60 para ver a las mujeres jóvenes que fumaban al igual que los hombres y en la vecindad de los hombres. La píldora anticonceptiva y el cigarrillo en público coincidieron para indicar que ellas iban a tomar decisiones que las generaciones anteriores dejaban en exclusividad para los hombres. Mis compañeras de secundaria no fumaban o lo hacían muy de vez en cuando, pero las universitarias lo hacían. Pronto serían fumadoras más asiduas que los hombres del mismo segmento social y etario.
Las empresas tabacaleras han logrado relacionar en su publicidad el control del apetito por las mujeres, con el consumo de cigarrillos. La presión de los pares y las tendencias antiautoritarias, se combinan para motivar en las jóvenes de todo el planeta el deseo de fumar. Las investigaciones efectuadas en Chile durante 2008, revelaron que 40% de la población femenina de entre 13 y 15 años reconocía haber fumado durante el último mes.
Fumar daba prestigio, el suficiente para sentirse adulto. Al parecer, las adolescentes miran esto como una forma de liberación. (Roberto del Águila)
Hace medio siglo, los niños se entretenían chupando cigarros de chocolate, antes de probar a escondidas los verdaderos cigarrillos, robados a los adultos, a pesar de que se les advirtiera que al fumar podían atrofiar su crecimiento. Cuando se veían películas producidas tras el fin la Segunda Guerra Mundial, la imagen de los huérfanos en Lustrabotas o En Cualquier lugar de Europa, asociaba a los fumadores infantiles con familias destruidas e indefensión. Nada que ver con los vagabundos anárquicos y fumadores de pipa que aparecen en las novelas del siglo XIX de Mark Twain.
Durante los recreos, los adolescentes fumaban en los baños del Colegio Nacional. Se juntaban para protegerse de la vigilancia de celadores y personal administrativo que los hubieran amonestado en caso de descubrirlos in fraganti. Restricciones como esas, en lugar de desalentar el consumo de tabaco, le otorgaban un aire de desafío muy difícil de ignorar Desde la actualidad, ahogados por una cultura de la droga que promete arruinar el futuro de una generación, todo aquello que tanto alarmaba a los adultos, nos parece trivial, inocente. La búsqueda de placer (o al menos, de consuelo) adquirió en un par de generaciones un carácter de urgencia que en el pasado no tenía. ¿Adónde nos lleva?
Now laughing friends deride / tears I can not hide / oh, so I smile and say / when a lovely flame dies / smoke gets in your eyes. (Jerome Kern y Otto Harbach)

lunes, 17 de septiembre de 2012

Mujeres ideales y otros fantasmas

Petrus Christus:
Retrato de una dama
Cuando no siendo tan joven (al cumplir treinta años) conocí a quien fue mi esposa durante medio siglo, por algún motivo que ahora no recuerdo, le informé que no era mi mujer ideal. A pesar de haber incurrido en una aclaración innecesaria (hoy se diría "políticamente incorrecta") me cuidé de describirle cómo era esa figura que cada hombre se forma en su imaginación, muy temprano en su vida y lo más probable que no por decisión propia, sino por el azar de las experiencias que acumula.
No diré que nuestra relación sobreviviera cinco décadas por ese gesto imprudente, pero al menos tampoco continuó en el fatal malentendido de que ella era mi mujer ideal, una situación que tarde o temprano se hubiera descubierto, porque uno tiene diferencias con su pareja y una relación estable las destapa a todas. Tal vez mi revelación no resultaba demasiado alentadora para ella, como en alguna oportunidad me lo recordó frente a nuestros amigos, pero era la verdad y a la larga se convirtió en prueba de la solidez de nuestra relación.
Tampoco yo esperaba ser su hombre ideal, ni creía útil averiguar sus fantasías para intentar ajustarme a ellas. Fuimos dos personas contradictorias y eso era lo bueno (también lo difícil) de una relación de pareja, que podía funcionar o no, que exigía redefinirse mediante negociaciones y establecimiento de límites a cada rato.
Comprometerse a vivir en pareja con la mujer ideal o no comprometerse a vivir en pareja con nadie, hasta encontrar la mujer ideal, son errores en los que no aconsejaría incurrir a ningún joven, porque solo conducen a la decepción o la soledad.
En mi infancia conocí entre mis vecinos y parientes a demasiada gente que parecía estar esperando la pareja ideal y mientras tanto dejaba pasar las oportunidades que la vida cotidiana les ofrecía. Recuerdo la decepción generalizada cuando la hija del mecánico del barrio, que era rubia, alta, bonita, trabajadora, ocurrente, pero que también estaba superando los 28 años sin que se le conociera un novio oficial, anunció de un día para el otro que se casaba con el ayudante de su padre, un tipo pobre, nada rubio, menos alto que ella, más joven y poco atractivo, de acuerdo a la opinión generalizada. ¿Qué esperábamos nosotros, que no teníamos nada que esperar de una situación como esa? Al menos, la llegada del Príncipe Azul. Si ella hubiera aceptado la imagen que entre todos (incluyendo varios hombres que pudieron cortejarla y finalmente no se arriesgaron) habíamos elaborado con tanta buena voluntad, ella se hubiera quedado soltera. En buena hora, no se dejó llevar por la opinión dominante, que no podía ignorar, y optó por lo que había.
Mi padre le confesó a mi mujer, durante los últimos años de su vida, que había estado enamorado de mi madre desde que ella todavía era una niña (había siete años de diferencia entre ambos). Esa idea me perturba todavía: ¿cómo pudo conservarse esa pasión mientras ella crecía, y al mismo tiempo fallar de manera tan lamentable, cuando el matrimonio se consumó? 
Mi mujer ideal se fue definiendo, según creo, durante la infancia. Muchos años después la descubrí en el curso de una visita a un museo alemán y hace poco la recuperé en Google. Era la imagen de una joven pintada por Petrus Christus, artista del siglo XV que me deslumbró cuando yo tenía siete u ocho años, gracias a las reproducciones de arte, impresas en colores bastante dudosos, que traían las páginas centrales de la revista Para Ti que compraban nuestros vecinos, los Boccardo, y luego apilaban en un ángulo de su dormitorio, detrás de un enorme ropero victoriano.
Mis conocimientos de la Historia de las artes plásticas se fueron acumulando así: quitando páginas en colores a las revistas que habían comprado mi madre, mis tías o las vecinas, anotando los nombres de los artistas y buscando más datos biográficos en la enciclopedia del colegio, cuando descubrí que la existencia de esos libros intimidantes.
Vermeer: Niña de la perla
La joven medieval, con el cabello oculto por un tocado que deja al descubierto la frente, tenía más de una semejanza con la joven de la perla que pintó Vermeer y las dos o tres fotografías de mi madre antes de casarse, muy delgada, triste, incapaz de fingir una sonrisa para la cámara Kodak de mi padre.
Se parecía a la mirada de quien iba a convertirse años más tarde en mi mujer. Probablemente esta afirmación no pasa de ser una fantasía discutible: la mayor parte de los rostros humanos tienen algo en común, que los identifica como miembros de una misma especie. Había, no obstante, en esas figuras, un enigma, una seriedad que me atraía. Quizás fuera el pañuelo que cubría el cabello y dejaba al descubierto la frente (rémora de la práctica de la Enfermería, en el caso de mi mujer). Lo más probable es que la gente busque imágenes de otros seres humanos alegres, que prometen hacer pasar un buen rato a quien las contemple.
Amada González
Hace veinte años, al escribir una pieza teatral que se titula Fuego y Cenizas, exploré el tema del atractivo que una mujer triste puede tener para un personaje masculino y tardé bastante en darme cuenta de lo que había hecho: un autorretrato con el que no terminaba de identificarme. Entiendo que otras mujeres resulten más deseables, pero yo entraba en sintonía con un estado de ánimo no expresado por las palabras, capaz de ser deducido a partir de los silencios, que presentaba a esas mujeres como objetos frágiles, incluso necesitadas de auxilio. Sin duda estoy dando forma a fantasías de rescate de la mujer que no termino de descifrar, como le sucedió a mi padre, y tengo la impresión de que tampoco vale la pena indagar más. Aunque mi mujer no se pareciera en nada a la que yo suponía mi ideal, correspondía a imágenes que yo no había relacionado.
Dante Gabriel Rosetti: Dante y Beatriz
Dante Alighieri vio no más de dos o tres veces a Beatrice Portinari en toda su vida. Le bastaron esas escasas oportunidades para que escribiera un par de obras inmortales. Esa relación probablemente unilateral, no impidió que ella y él organizaran sus vidas por separado, con otras parejas, que tuvieran hijos y fueran felices, quiero suponer. El ideal amoroso es con cierta frecuencia un estorbo, sospecho, pero también un impulso formidable cuando se lo desvía hacia otras actividades, como hizo Dante. Para el común de la gente, puede ser una fuente de insatisfacciones, de la que hasta los más pragmáticos le resulta difícil librarse.
Mejor es casarse que arder en soledad, planteaba como disyuntiva san Pablo, que vivía soltero. A pesar de lo radical de su punto de vista, la mayoría demuestra estar de acuerdo con él, incluso cuando no ha pensado en dedicar el sacrificio del celibato a Dios. Descubrir la pareja posible en aquellas personas que no coinciden con el ideal, será siempre mejor que continuar buscándola y arriesgarse a no encontrarla nunca.