domingo, 20 de julio de 2014

¿Dé dónde vienen los niños?



El [tema] del nacimiento [de los niños] me importaba poco. Primero me dijeron que los padres compraban a sus hijos; este mundo era tan vasto y tan lleno de tantas maravillas desconocidas que muy bien podía haber una tienda de bebés. Poco a poco esa imagen se borró y me contenté con una solución vaga: “Dios crea a los chicos.” (…) El recurso a la voluntad divina tranquilizaba mi curiosidad: a grosso modo lo explicaba todo. En cuanto a los detalles, yo me decía que poco a poco los iría descubriendo. Lo que me intrigaba era el cuidado de mis padres por ocultarme ciertas conversaciones: cuando me oían llegar bajaban la voz o callaban. Había por lo tanto cosas que yo hubiera podido comprender y que no debía saber. (Simone de Beauvoir: Memorias de una joven formal)

La posibilidad de que una niña inquieta, perteneciente a una familia europea educada, que gozaba de una buena posición, como era el caso de Simone de Beauvoir durante los primeros años del siglo XX, permaneciera ignorante de los datos básicos sobre la reproducción humana, era mayor de lo que hoy se considera tolerable. Mi suegra me contó que en los años `20, cuando comenzó a trabajar como docente, sus compañeras comentaban que una de ellas había quedado embarazada sin haberse casado, y ella dio por supuesto que a la infortunada le había pasado eso por utilizar un baño público sin tomar precauciones.
Del sexo no se hablaba nunca en la escuela pública, aunque la pregunta sobre el origen de los niños inquietara a los escolares. Cuando Elba Bernasconi, encargada de la clase de segundo grado, explicaba en clase la reproducción de los mamíferos, lo hacía mediante una fórmula que debió haber encontrado en La Obra, la revista mensual del magisterio, capaz de desalentar cualquier posible búsqueda de los estudiantes. Para ella, los mamíferos se reproducían por yuxtaposición. Para los adultos de mi familia, los gallos “pisaban” a las gallinas, los patos a las patas. Más claro, imposible.
El caballo y la yegua de mis vecinos Boccardo no se escondían cuando les llegaba el momento. En ciertas épocas del año, el perro de la casa no aguantaba permanecer atado, y si lograba soltarse, no tardaba en sumarse a una jauría de todos los pelambres, que copulaba en plena calle con cualquier perra bien dispuesta.  Los sapos no solo croaban a la luna en las noches de verano; también mostraban la disparidad de tamaños entre la inmensa hembra montada por un minúsculo macho durante un coito interminable.
La Naturaleza enseñaba mejor que la maestra, el significado de la palabra “yuxtaposición”. No era lo que hacían los peces o los insectos, por ejemplo. Nosotros habíamos visto, sin embargo, al gallo que “pisaba” a sus gallinas rápidamente, para abandonarlas un segundo más tarde. Reconocíamos el dúo de maullidos desiguales de los gatos dos veces por año. Los datos para entender el proceso de la reproducción estaban allí, solo era cosa de prestarles atención y extrapolarlos.
La posibilidad de que la información correcta sobre la sexualidad circulara en el interior de las familias de mediados del siglo XX, no era demasiada. El pudor y los prejuicios de los padres, para no mencionar su desconocimiento del lenguaje adecuado para tratar el tema, su confianza en que de cualquier modo la información llegaría a las nuevas generaciones, sin que ellos tuvieran que pasar el mal momento de responsabilizarse de ello, establecían una alianza difícil de deshacer, en una época en la que ya no quedaban demasiados enigmas sobre el tema.
La unión sexual entre un macho y una hembra pertenecientes a la misma especie, y el embarazo de la hembra que puede derivar de ese encuentro, no estaba demasiado clara para culturas primitivas, incapaces de sistematizar su observación del mundo, pero tampoco sucedía nada distinto en culturas tan admirables como la griega. De acuerdo a las creencias populares, los espíritus de la tierra y el cielo, la vegetación, las piedras, los dioses mismos, eran quienes fecundaban a las mujeres. El rol de la pareja era secundario. Al hombre le correspondía adoptar al niño que le había nacido a su mujer, aunque no entendiera por qué había sucedido.
En las tradiciones folklóricas, me enteré más tarde, al hallar en la Biblioteca Rafael Obligado el resumen de mil páginas de La Rama Dorada de James Frazer, un ser humano puede nacer de una pareja humana, sino también de un vegetal o de un animal, como si existiera una absoluta comunicación entre todas las manifestaciones de la Naturaleza. Para el pensamiento mágico, aprendí más tarde leyendo a Mircea Eliade, todo lo que se deseaba o temía era posible.

Una muchacha maravillosa (un hada) sale de un fruto milagroso o adquirido por el héroe a costa de grandes esfuerzos (granada, limón, naranja); una esclava o una mujer muy fea la mata y usurpa su puesto, convirtiéndose así en la esposa del héroe: del cadáver de la muchacha brota una flor o un árbol; o la muchacha se transforma en un pájaro o un pez, al que mata la mujer fea (y de él nace un árbol); del fruto (de la cáscara o de una astilla) del árbol surge, finalmente la heroína. (Mircea Eliade; Tratado de Historia de las Religiones: Morfología y dialéctica de lo sagrado)

La historia de la cigüeña que traía a los niños desde Paris, volando de un continente a otro, peligrosamente envueltos en un pañal que colgaba del pico, no era difundida por una revista con pretensiones educativas, como Billiken, pero sí en la publicidad, como una broma de esas que los adultos hacían a expensas de la ingenuidad de los más jóvenes, protegiéndolos y al mismo tiempo eludiendo la responsabilidad de informarlos.
A pesar de los vecinos de ancestros italianos, nunca escuché la versión del nacimiento en un repollo. Tampoco me enteré de la vieja historia de una indigestión, que las embarazadas ofrecían a los niños observadores, que hacían preguntas incómodas sobre el motivo de los cambios corporales que estaban sufriendo. En otos casos se hablaba de un indigestión que duraba meses y finalmente se resolvía con la llegada de otro niño al mundo.
En distintas culturas, los contactos con poderes sobrenaturales que participan en la gestación humana, continúan durante el resto del embarazo. Para los mapuches del sur de Chile, la mujer embarazada debe permanecer encerrada en su casa, después de la caída del sol, para evitar los encuentros con espíritus capaces de provocar el aborto o graves defectos del feto. La misma prohibición incluye al sacrificio de animales y la cercanía de moribundos. Se teme que el alma de aquellos que mueren, en forma de aliento, se traslada al que todavía no nació y lo perjudica.
Durante el Medioevo europeo, se creía que pneuma (espíritu) de Dios, era el responsable de la propagación de la vida humana. A mediados del siglo XX, las mujeres solteras de Soria (España), tal como le sucedía también a las yeguas y los pájaros, podían quedar embarazadas por haberse expuesto al viento de la primavera. Para evitar esa deshonra, las solteras agredían al viento con piedras recogidas el Sábado de Gloria, en el momento de comenzar a escucharse las campanas de la Pascua de Resurrección.
La verdad científica no es demasiado importante, cuando hay que responder preguntas que ponen en juego la concepción del universo que tiene la gente. Si los adultos han mentido descaradamente a los niños cuando ellos los interrogan sobre su origen, desde que se tiene memoria, debe tomarse en cuenta que los mismos adultos dan una vez y otra la espalda a la realidad, para afirmar mitos que solo preservan la ignorancia y dificultan el diálogo confiable entre distintas generaciones.
En Pulgarcita, el cuento de Hans Christian Andersen que fue una de mis primeras lecturas, la minúscula protagonista nace de la flor de un grano de cebada, que la madre de la niña, que no ha logrado tener hijos, siembra en una maceta. Pinocho era el hijo de otro solitario, Gepetto, que lo tallaba en madera con sus propias manos y luego recibía el auxilio de un hada para convertirlo en un niño de carne y hueso.
En los cuentos folklóricos rusos, las mujeres estériles caminan por el bosque o pasean por el mercado, cuando descubren una arveja reluciente o una manzana, que despiertan en ellas la tentación de comer. Cuando lo hacen, quedan embarazadas. De acuerdo a los mitos, tanto los animales como los vegetales se encuentran estrechamente relacionados con las circunstancias de la reproducción.
De acuerdo al pensamiento mágico, la posibilidad de parir, no se encuentra limitada a las hembras. Zeus paría a Pallas Atenea, después de ordenarle a Hefesto que le abriera la cabeza de un hachazo. En un cuento rumano citado por Eliade, un anciano que come una manzana regalada por san Viernes, tiene como consecuencia que de una de sus pantorrillas le nace una hija. En la mitología griega, Marte nace del contacto entre Juno y Flora, dos diosas, sin la intervención de ningún hombre.
Los errores evidentes de los mitos, podían resultar en el pasado mucho más seductores que la información objetiva. Ese era el riesgo efectivo antes de la modernidad. Ahora, que los viejos mitos fueron archivados y solo se los menciones como tonterías que no atrapan a nadie, ¿reinan la verdad y la información? Probablemente no todo el tiempo. Nuevos mitos se han instalado, sin dioses, pero de todos modos inductores al error. ¿Cómo no interpretar si no, el optimismo de las adolescentes que experimentan la sexualidad sin tomar precauciones, y a pesar de ello esperan no ser contagiadas por enfermedades graves ni quedar embarazadas?

sábado, 14 de junio de 2014

La vida en pareja, antes y ahora

Cuando un hombre encuentra a su pareja, comienza la sociedad. (Ralph Waldo Emerson)
Roy Lichtenstein: Pintura
A mediados del siglo XX, en San Pedro, casi todas las parejas que yo conocía estaban casadas, fuera por el Civil o también por la Iglesia. Mis padres pertenecían a la primera categoría, una situación que podía plantear problemas en el bautismo, la confirmación y otros sacramentos a los que aspiraran los hijos. Nunca supe por qué habían omitido la ceremonia religiosa (un trámite que cumplieron veinticinco años más tarde).
Supongo que mi padre había sido anticlerical en su juventud, más por seguir a los amigos que por convicción. Mi madre había quedado huérfana menos de un año antes. En la casa de mis tíos, había un hermoso retrato de mis abuelos maternos, donde mi abuela estaba vestida de negro y con un velo blanco en la cabeza, después de un matrimonio religioso.
El matrimonio no aseguraba la felicidad de una pareja, pero al menos prometía cierta estabilidad. No era bien vista la infidelidad. El divorcio existía solo en el cine argentino, en comedias como Divorcio en Montevideo, protagonizada por Niní Marshall en 1939 o La Señora de Pérez se divorcia, de 1945, interpretada por la joven Mirtha Legrand. Las rupturas de pareja legalmente unidas, involucraban a gente inimaginable para la mayor parte de los espectadores, personas que podían gastar fortunas viajando al extranjero para librarse de sus compromisos, porque en el país la franquicia no existía.
Cuando la gente que no llegaba a legalizar su unión “se juntaba”, como había sido tan frecuente hasta comienzos del siglo XX, esa situación no estaba muy bien considerada en mi barrio, porque la omisión del trámite ante el Registro Cival anunciaba precariedad, la ruptura de la relación ante el primer percance, la indefensión de los hijos y otras calamidades.
Vivir en pareja no ha sido nunca un privilegio reservado por los genes, la edad o las condiciones socioeconómicas de la gente. Tampoco es una habilidad que algunos pocos disfrutan, mientras que la mayoría, a quienes la opinión general considera desafortunados, deben resignarse a que no les correspondió la suerte de disfrutarlo e inútil será que intenten cambiar la situación, porque no nacieron para eso.
Cada oveja con su pareja (refrán español).
Ningún hombre sin esposa, ni ninguna mujer sin esposo, ni ninguno de los dos sin Dios (Bereshit Rabbá).
No es raro que los seres humanos vivan en pareja, una responsabilidad nada menor, que no todo el mundo se encuentra dispuesto a aceptar, sea por las características de su personalidad, sea por las características de las personas con quienes le ha tocado relacionarse o por el ambiente donde todos ellos se mueven. Hasta bien avanzado el siglo XX, las parejas duraban, con frecuencia, por el resto de la vida de sus integrantes (y a veces más, en el caso de las viudas y viudos que permanecían fieles a la memoria de sus muertos, tanto por decisión propia, como por las restricciones impuestas por la opinión dominante).
El recuerdo de la gente que conocí en mi infancia, me dice que probablemente el mayor mérito de aquellas uniones era el de perdurar, como se dice de aquellas prendas de vestir que pueden ser feas o anticuadas, que sin embargo resisten el uso y abuso, más los repetidos lavados y planchados sin destruirse. Puesto que las mujeres carecían de medios para subsistir, ellas y sus hijos, sin el aporte financiero de un marido proveedor, ¿por qué no continuar unidos, aunque se soportaran circunstancias horribles?
Las parejas inmortalizadas por la Literatura suelen ser inmunes a pequeñeces de esa clase y en cambio destacan las promesas de felicidad eterna que se vuelven frecuentes en la etapa inicial de una pareja, cuando todo resulta fácil y se prefiere ignorar las incompatibilidades:
Cuando estoy contigo, estamos despiertos toda la noche. / Cuando no estás, no puedo dormir. / ¡Que Dios bendiga estos dos insomnios / y la diferencia entre ellos! (Mahammad Yalai ud-Din Rumi)
Si el amor es comparado tantas veces con la embriaguez, nadie debería esperar que la relación carezca de resacas. Para otros, se trata de una responsabilidad que debe ser asumida por todo el mundo y tiene la ventaja de resultar placentera en ocasiones.
No es casual que estas voces que elogian la vida en pareja sean masculinas. Expresan el punto de vista de un género al que la sociedad tradicional otorga más poder que al otro. Aunque la sabiduría popular afirma que las mujeres nacieron para estar casadas y los hombres para dejarse llevar por sus hormonas, en el curso de un par de generaciones se ha podido asistir a cambios que alarman a unos y despiertan las esperanzas de otros.
La felicidad de un integrante de la pareja (casi siempre la mujer) o la de ambos, en el pasado no era tomada en cuenta a la hora de reconocer la existencia de desajustes y crisis. Los hombres no tenían por qué preocuparse de la insatisfacción que acumulaban las mujeres durante la vida en común, con tal que cumplieran con sus deberes de esposa y madre (que tuviera la comida lista, la ropa planchada, los niños controlados y que no se expusiera a la codicia de otros hombres).
Las mujeres no estaban obligadas a enterarse de las debilidades y los temores de los hombres, con tal que sostuvieran económicamente el hogar. Más importante era el qué dirán los parientes y vecinos, la preocupación compartida por los hijos que reclaman un hogar constituido, la incapacidad de las mujeres para mantenerse económicamente, etc.
La alternativa de vivir en pareja sin casarse, se denominaba hace un par de generaciones “juntarse” y no era bien vista. “Juntarse” con alguien presentaba más de una desventaja para quienes lo intentaban y el resto de la familia. Si bien podía no acarrear la condena pública, el anatema, algo de eso quedaba en el vacío de la gente que se consideraba “decente” y en el pasado hubiera excluido del trato a quienes no respetaban sus códigos, pero de todos modos planteaba sospechas y una compasión ofensiva.
Un hombre que solo se “juntaba” con una mujer, la sometía a una serie interminable de humillaciones, que de acuerdo a la opinión generalizada, indicaba el escaso aprecio que sentía por ella. ¿Por qué no accedía a formalizar la relación? Si era un hombre libre, debía tener las peores intenciones (por ejemplo, abandonarla apenas quedara embarazada). Si estaba casado, ¿qué calidad de vida le ofrecía a su pareja? Para la comunidad, ella era la segunda, la otra, sin nombre propio, en competencia desleal con la legítima esposa. Era víctima de su marginación, pero también culpable de su dolor, como sucedía en el melodrama de 1932 Back Street (en español se titulaba, para no dar lugar a dudas, La Usurpadora) que tuvo un par de remakes en las décadas siguientes.
Una mujer que hubiera accedido a vivir en concubinato con un hombre, rara vez alcanzaba el respeto que se le asignaba a otra que estuviera casada. No podía proclamarse “la señora de…” sin que se le rieran en la cara. Quedaba fuera de los sacramentos de la Iglesia Católica (discriminación peor que ser protestante, judía o musulmana). Probablemente sus hijos llevarían el apellido de la madre. En algunos países del continente, la condición de “hijo natural” figuraba en los documentos de identidad, como si fuera necesario diferenciar a su portador de los “legítimos”. En otros, el escarnio de disponer de un solo apellido se eludía repitiendo el de la madre.
Toda una vida, me estaría contigo, / No me importa en qué forma, / Ni cómo, ni dónde, pero junto a ti. / Toda una vida, te estaría mimando, / Te estaría cuidado, / Como cuido mi vida, que la vivo por ti. (Osvaldo Farrés: Toda una vida)
En apenas dos o tres generaciones, varios de estos códigos se ha vuelto obsoletos. Hoy la felicidad de los adultos sigue siendo tan improbable como ha sido siempre, pero se la considera un hecho fundamental a la hora de conservar o disolver una pareja legal o de hecho. La gente no se casa, prefiere convivir pero no atarse legalmente, a pesar de que existe el divorcio en casi todas partes y dejó de estar mal visto que alguien fracase en una relación y trate de rehacer su vida entablando otra.
Muchas parejas de la actualidad se casan solo cuando llegan los hijos, con el objeto de evitarles la humillación de provenir de una familia incompleta, o para confesar que la vida de ambos se consolidó emocional y económicamente gracias a la incorporación de los hijos. En forma paralela, se definen dos categorías de padres: por un lado los que buscan a los hijos y por el otro lado aquellos que los encuentran por simple descuido.
Hoy es más fácil que antes, obtener descendencia propia o adoptarla, mientras resulta más difícil que nunca permanecer en pareja. Eso lo experimentan por igual jóvenes y maduros. La cultura de la actualidad no favorece la permanencia. Tampoco el sacrificio de la gente. La búsqueda de la felicidad inmediata es un objetivo demasiado apremiante, para que la vida en pareja tenga el peso que tuvo en la mentalidad de nuestros padres.
Si dos personas que son desconocidas la una para la otra, como lo somos todos, dejan caer de pronto la barrera que las separa, y se sienten cercanas, se sienten uno, ese momento de unidad constituye uno de los momentos más estimulantes y excitantes de la vida. (Eric Fromm: El Arte de Amar)

miércoles, 16 de abril de 2014

Parejas ideales vs. Parejas efectivas

Una doncella, que pecaba de orgullosa, quería un marido joven, guapo, de buena figura, de finos modales, muy enamorado y nada celoso. (…) Quería también (…) que fuera un hombre rico, de buena familia, que tuviera talento, que no le faltara nada; pero, ¿quién puede reunirlo todo? (Jean de La Fontaine: La Doncella)
Tarjeta postal años `30
Durante mi infancia en San Pedro, a mediados del siglo XX, me tocó ser testigo del final de una concepción de los roles de la pareja humana que se había mantenido sin mayores cambios durante siglos. Las hermanas Fenouilh o las Menegoni, amigas que visitaba mi madre, como Corina y Mariquita, primas de mi padre que vestían santos y murieron solteras, en un pueblo donde abundaban los hombres solteros de su misma generación, andaban por ahí, acompañándose una a la otra, pero en realidad solas.

A los hombres no les iba mejor. Mi tío Miguel fue desdeñado por una novia antes de cumplir los 30 años y a partir de entonces no se le volvió a conocer otro intento de formar pareja. Mi tío Juan permaneció soltero toda la vida, y me cuentan que durante su funeral, cuando tenía setenta años, apareció una mujer madura y desolada, que aseguraba ser su viuda, aunque el resto de la familia la veía por primera vez.

De acuerdo a las evidencias, todos ellos fueron víctimas de un ideal de la pareja humana, que por distintos motivos resultó inaccesible. Probablemente ellos hubieran debido renunciar a sus ilusiones, para no convertirse en rehenes de las expectativas erróneas que se forjaron, y luego no se atrevieron a desechar como un estorbo. ¿Acaso los solteros disponibles no estaban a la altura de las desmedidas expectativas de esas mujeres? ¿Tal vez las mujeres con quienes efectivamente se entendían esos hombres, eran vistas como impresentables?
Tarjeta postal años `30

Mis tíos eran trabajadores honestos, tenían buena relación con su familia y de acuerdo a lo que sé, carecían de otros hábitos dañinos fuera del cigarrillo. Las hermanas solteras eran ordenadas, hacendosas, en ningún caso feas y habían demostrado ser capaces de mantenerse a sí mismas, por lo que no hubieran constituido una carga para ningún marido. ¿Qué convirtió a todos ellos en parejas inaceptables? Puede argumentarse que deseaban permanecer libres de compromisos, pero también cabe imaginar que debieron resignarse a tal situación, porque no se les presentaba otra.

Cuando las Fenouilh paseaban rutinariamente los sábados al atardecer por la calle Mitre iluminada y musicalizada, incorporándose a una multitud ociosa, que se exhibía sus mejores ropas, eran ya mujeres maduras, que se exponían a la mirada evaluadora de los hombres apostados en el cordón de la vereda y afrontaban una competencia desigual con quienes hubieran podido ser sus hijas. Ellas fracasaban, pero no se habían rendido. Corina y Mariquita, en cambio, dedicaban sus salidas de la casa al servicio del culto religioso. Ellas habían abandonado las esperanzas de escapar a su destino.

Foto de pareja años `30
El historial de los intentos fallidos de armar parejas no se exhibía demasiado por entonces. No estaba bien visto lamentarse. Menos aún, acusar a nadie como responsable de su situación. Una mujer que viera pasar por su vida a varios pretendientes y a pesar de ello no consiguiera atrapar a ninguno, comenzaba a volverse sospechosa de Dios sabe qué taras ocultas para sus vecinos y parientes. Un hombre despreciado por varias mujeres, sufría un descrédito intolerable ante el resto de las mujeres, y hasta sus propios amigos lo convertían en objeto de alusiones humillantes.

Nadie se encontraba en condiciones de afrontar el fracaso de una relación, porque automáticamente se lo culpaba de ello. Los intentos de armar una pareja dependían de la iniciativa de terceros, que mediaban entre las partes o como se decía entonces, “hacían gancho” (una institución que contra todo lo previsible en la modernidad, ha persistido). Al tantear la recepción de la otra parte, la humillación de quien proponía una relación quedaba reducida al mínimo. Después de todo, podía argumentarse, no había sido más que la iniciativa de un intermediario bien intencionado.

“Hacer gancho” era un deporte practicado por medio mundo. La gente madura y los viejos comenzaban desde muy temprano a relacionar a los más jóvenes, con su aprobación o sin contar con ella, como si les resultara intolerable que no hubieran pensado en formar una pareja, a pesar de su evidente inmadurez. Desde la infancia se empujaba a los chicos para que se acercaran a las chicas (nunca a la inversa) y las cortejaran con pequeños regalos o frases amables. Era un entrenamiento útil para la formación de expectativas, que ocurría bajo el control de los adultos, quienes comentaban los tropiezos o aciertos de sus pupilos e impedían que las cosas pasaran a mayores.

You are here, so am I / maybe millions of people go by / but the all desappear from view, / I only have eyes for you. / My love must be / some kind of blind love / I don´t see anybody but you. (Harry Warren y Al Dubin)

Foto matrimonial años `30
La modernidad trastornó los roles de hombres y mujeres en apenas un par de generaciones, hasta volverlos irreconocibles para los más viejos. No solo se esfumó la ilusión de que la unión de un hombre y una mujer se establecía por el resto de sus vidas, con el objeto de procrear tantos hijos como les deparara el Destino; también se puso en duda que los únicos integrantes de una pareja debieran ser un hombre y una mujer.

Para las mujeres, el hombre ideal debía satisfacer varias condiciones. Era quien traía dinero al hogar, con el objeto de sostener a la familia que había formado con su legítima esposa. Era también quien iniciaba a su esposa en los rudimentos de la sexualidad, enseñándole para qué servía su cuerpo, deseado pero carente de autonomía. En los cuentos de hadas, el Príncipe Azul despertaba de su sueño virginal a la Bella Durmiente y de su muerte aparente a Blanca Nieves. Si ellos hubieran pasado de lado, ellas habrían debido continuar esperando. Gracias a la llegada del marido, la mujer dejaba de ser una carga para su familia paterna y se convertía en la respetada fundadora de otra familia.

Para los hombres, una sola mujer no era capaz de satisfacer todas las expectativas. Por un lado estaba la esposa y madre que llegaba virgen al matrimonio y se cuidaba respetar la marginación del mundo, para cuidar la crianza de los niños y atender al marido en lo que él dispusiera. Por el otro, estaba la mujer (o tal vez una pluralidad de mujeres) con la cual un hombre hallaba satisfacción sexual. Era imprudente esperar que una sola mujer cumpliera ambas funciones. Más aún, era sospechoso de lo peor, que una esposa dominara las artes de una amante o una prostituta. Desde la Antigüedad, la santidad del matrimonio quedaba asegurada gracias a esta división de tareas.

Que un hombre decida comprometerse a vivir en pareja con la mujer que soñaron, o que decida no comprometerse a vivir en pareja con nadie, hasta encontrar precisamente a la mujer que ha soñado, son errores más frecuentes de lo que se piensa, y no es raro que conduzcan a la decepción o la soledad, porque los sueños distan de ser la guía más confiable para organizar la vida cotidiana sobre una base que soporte los contratiempos que tarde o temprano se presentan.

La posibilidad de que alguien crea encontrar en algún momento de su vida a la pareja soñada es alta, sobre todo porque la descarga hormonal que se describe como enamoramiento, ciega a quienes afecta (Cupido, en la mitología griega, tiene los ojos vendados) impidiéndoles percibir objetivamente los detalles de la realidad que no coinciden con las imágenes que ellos elaboraron.


Just in time. I found you just in time / Before you came, my time was running low. / I was lost, the losing dice were tosed / My brigdges all were crossed, nowhere to go. / Now you´re here and now I know just where I´m going / No more doubt or fear, I found my way. (Jules Styne, Betty Comden y Adolf Green: Just in time)


En el pasado, la gente esperaba la llegada de la pareja ideal y mientras tanto dejaba pasar las oportunidades que no coincidían con esa visión. Dante Alighieri vio unas pocas veces a Beatrice Portinari, que le bastaron para que escribiera La Divina Comedia y La Vida Nueva. Eso no impidió que ella y él organizaran sus vidas por separado, con otras parejas, que les dieron hijos y probablemente cierta estabilidad emocional que no se tradujo precisamente en la creación literaria.

Los proyectos en torno a la pareja ideal, pueden revelarse como un estorbo, cuando se intenta concretarlos en el mundo real, dando la espalda a lo que realmente se tiene, pero también suministra un impulso formidable, cuando la energía del enamoramiento se desvía hacia otras actividades, como hizo Dante. Para el común de la gente, suele ser una fuente de insatisfacciones, pero al mismo tiempo es un umbral del que resulta difícil excluirse.

domingo, 9 de marzo de 2014

Amigos (y enemigos) del alma

Adiós muchachos, compañeros de mi vida / barra querida de aquellos tiempos. / Me toca a mí hoy emprender la retirada / debo alejarme de mi buena muchachada. (…) Dos lágrimas sinceras / derramo en mi partida / por la barra querida / que nunca me olvidó. (Julio César Sanders y César Vedani: Adiós muchachos)
La solidaria barra de los amigos, antes de la imagen amenazante impuesta por las barras bravas del fútbol actual, era para el tango el último refugio que podía encontrar un hombre en apuros. Tarde o temprano, las novias más enamoradas traicionaban los juramentos de fidelidad o se convertían en esposas rutinarias y regañonas, las madres resistían pero al final la muerte se las llevaba cuando más se las necesitaba, mientras los amigos persistían para consuelo de quien todo podía haberlo perdido.
Juan Antonio Garaycochea
Mi padre se dedicó durante gran parte de su vida a buscar el apoyo de amigos del alma, con quienes de acuerdo a su proyecto emocional, hubiera debido establecer y mantener la comunicación fluida que desdeñó o al menos no intentó con su familia. Mi abuelo había sido una presencia dominante en la familia, que no toleraba discusiones de los hijos. Protegía a los suyos (eso no podía negarse) pero al mismo tiempo les impedía librarse de su rol decisivo.
Pensar en mi abuelo como un amigo, hubiera sido un despropósito. Si mi padre quería establecer en su adolescencia un territorio propio, debía hacerlo a espaldas de su familia, con su grupo de amigos con los que jugaba al fútbol, durante las tardes de domingo, y a los naipes los sábados por la noche. Recuerdo haber oído que las salidas nocturnas se hacían a espaldas de mi abuelo. Con almohadas armaba un bulto que debía engañar a quien echara un vistazo poco minucioso a su cama.
¿Qué padre intentaría hoy, casi un siglo más tarde, prohibir las salidas de sus hijos adolescentes? Pronto quedaría desautorizado por los hechos. Los jóvenes reclaman un espacio propio y al mismo tiempo la protección ilimitada (el financiamiento) de los adultos. En el pasado, como demuestra el caso de mi padre, el control de mi abuelo fallaba, y cuando descubrían su desobediencia, supongo que el castigo (de haberlo) no resultaba intimidante. Eso permitió a mi padre incorporarse a una barra de amigos de su mismo sector social, en la que hubiera podido continuar durante el resto de su vida. Eso no sucedió, no porque mi padre decidiera irse de San Pedro, como había hecho mi abuelo, sino porque él mismo se marginó del ambiente de su soltería al casarse.
Llevar los amigos a su casa, era una decisión impensable para un hombre celoso como él. Dejar a su mujer sola en casa, aunque fuera con hermanas y los hijos que no tardaron en llegar, mientras él andaba de juerga con sus amigos de soltero, tampoco resultaba una alternativa tentadora para quien había experimentado los placeres de la irresponsabilidad hasta poco antes.
¿Quién vigilaba, mientras él estaba ausente, la invulnerabilidad del hogar? Casarse era para mi padre, como había sido para tantos hombres de la sociedad patriarcal, renunciar a los antiguos amigos, dejando ver que podía añorarlos, pero ya no confiaba demasiado en ellos.
El matrimonio, sin embargo, no llegaba a satisfacer las necesidades de comunicación de un hombre con dos dedos de frente. Tener asegurada la presencia de una mujer en la cama y la cocina era una situación conveniente para los intereses del hombre, pero la posibilidad de comunicarse con una mujer tenía limitaciones abrumadoras, los mismos que habían experimentado miles de años antes otros hombres que controlaban la sociedad patriarcal.
¿Con quién podía mi padre hablar de fútbol o política nacional? En ningún caso con mi madre, que no habría tenido nada que decir al respecto, y que de haber intentado manifestarlo, hubiera recibido una descalificación verbal inmediata: “Vos, ¿qué sabés?”. Algo así, no dejaba mucho espacio para una respuesta. El ámbito de la comunicación familiar en el que había crecido mi padre, era uno donde resulta imposible cuestionar la autoridad, uno donde lo masculino y lo femenino se encontraban nítidamente separados la mayor parte del tiempo.
¿Con quién hubiera podido hablar mi madre de la crianza de los hijos o la programación de la comida? No con mi padre, que desconocía los detalles de esas tareas y fuera de aburrirse soberanamente con el tema, no hubiera sido capaz de confirmar en el curso del diálogo su autoridad, respecto de materias que desconocía. No obstante, se hubiera creído obligado a imponer alguna opinión, para que continuaran respetándolo.
Las parejas unidas en matrimonio no estaban formadas precisamente por amigos. En muchos casos, la falta de afinidad, incluso el antagonismo quedaba al descubierto. Una de mis tías se refería a su marido como “el infeliz” y él a ella como “la desgraciada”, a pesar de que me consta que había entre ellos una cohesión que se prolongó hasta que la muerte los separó.
La relación de marido y mujer era a la vez íntima en lo sexual (puesto que no se mencionaba ninguna circunstancia de ese ámbito delante de extraños) de lo que suele ser habitual en una pareja de la actualidad, y a la vez muy distante en una cantidad de asuntos cotidianos. Por eso mi madre recurría a cada rato a sus hermanas, las vecinas y las amigas que ni siquiera vivían en el barrio o estaban disponibles por teléfono, con quienes mantenía un diálogo afectuoso y sin conflictos por años.
¿Cómo no ser amigas de quienes provenían del mismo ámbito social, experimentaban los mismos problemas y tenían las mismas expectativas? La amistad entre quienes se saben perdedores suele resultar más fácil que entre aquellos que se consideran destinados a ganar. Hasta las amigas traidoras podían ser disculpadas, porque la responsabilidad de la traición se atribuía a un hombre con poder para torcer la voluntad de cualquier mujer.
Mi padre buscaba amigos, periódicamente se convencía de haberlos encontrado entre sus clientes y proveedores, para que al cabo de una etapa de ilimitada confianza de su parte, ellos lo traicionaran, de acuerdo a sus quejas reiteradas. Tal vez los había aceptado sin darse cuenta que él había ofrecido su amistad sin condiciones, entre aquellos que después de obtener su confianza, le pedían favores y a continuación se apartaban, le quedaban debiendo dinero o lo inducían a invertir en negocios improductivos para mi padre y rentables para ellos.
Del resto de los amigos, de aquellos que uno convoca solo para disfrutar su presencia, aquellos a quienes se puede recurrir cuando se está en problemas, sea para nos oigan o ayuden, mi padre no hablaba. Para él, era como si la verdadera amistad no existiera.
Es más vergonzoso desconfiar de nuestros amigos, que ser engañados por ellos. (La Rochefoucauld)

miércoles, 1 de enero de 2014

De la comida casera al Delivery

Ilustración italiana (circa 1930)
A mediados del siglo XX, gracias a la nula frecuentación de restaurantes atendidos por cocineros profesionales, uno crecía en la firme convicción de que la comida elaborada por su mamá era insuperable. Para llegar a ese acuerdo, que se encontraba impuesto en cada grupo familiar y gozaba del status de dogma, era necesario que también la madre estuviera convencida de su propia superioridad sobre el resto de las madres y se preocupara de mantenerla en pie. ¿Cómo, si no había escuelas que prometieran esa capacitación? Perfeccionando recetas tradicionales (cada una era poseedora de “secretos” que se comunicaban de madres a hijas). Probando recetas nuevas, suministradas por las revistas femeninas como El Hogar, Para Ti, Vosotras, Chabela, Estampa, Damas y Damitas, varias décadas antes de que Cosmopolitan fijara en las revistas femeninas la imagen hedonista de una mujer inútil, centrada exclusivamente en el disfrute del sexo y la captura de parejas masculinas.
Habilidades como la costura, el bordado y la crianza de los niños eran también apreciadas, pero la cocina sobresalía del resto, porque era puesta a prueba cuatro veces por día en cada casa de familia. Una mujer que confesara su incapacidad para cocinar o que se creyera dispensada de la responsabilidad de ejercer su control de la cocina, constituía un absurdo inaceptable.
Mujeres cocinando (mediados siglo XX)
Cuando estaba en la cocina, siempre y cuando no demorara el momento de servir la comida, la mujer gozaba de una libertad insólita. ¿Qué hombre se hubiera atrevido a interrumpirla en sus tareas, aunque fuera con la intención de ayudarla? En la cocina ella escuchaba la radio, que le suministraba canciones que la acompañaban y de lunes a viernes le brindaba la posibilidad de asistir sin ser vista, al desarrollo de ficticias vidas ajenas ofrecidas por los radioteatros.
El dulce de leche se hacía en casa, revolviendo una olla durante horas, y se perfumaba con una chaucha de vanilla. Mi padre podía protestar que había quedado muy líquido, comparado con el producto industrial, pero el perfume era inigualable. Las pastas elaboradas un par de horas antes, no tenían comparación con las industriales. La salsa de tomate y la carne estofada que se cocían toda la mañana, invitaban a mojar un pedazo de pan mucho antes del almuerzo.
Cocina a leña o carbón
Interferir en el trabajo de la mujer mientras cocinaba, o tan solo contemplarla en la coreografía de su trabajo, hubiera sido para el hombre poner en riesgo la satisfacción de su propio estómago y la autoestima. Ni ella le hubiera permitido a nadie observarla en una actividad tan íntima, que le impedía concentrarse, ni él se hubiera arriesgado a que otros hombres se enteraran de una debilidad como esa.
Hoy, los abonados a la televisión por cable tienen acceso a un canal (Gourmet) que transmite programas de cocina las 24 horas del día. A mediados del siglo XX, la televisión abierta estaba naciendo y las cocineras comenzaron a mostrar sus habilidades en la programación de la tarde. Antes de eso, las revistas femeninas concedían poco espacio a la cocina, a pesar de dirigirse a lectoras que no parecían tener otros intereses que la atención de la familia. Simultáneamente, destacaban secciones como la de Petrona C. de Gandulfo en El Hogar, que podían resultar intimidantes para las lectoras, por la magnitud de los desafíos que incluía. ¿Qué mujer se hubiera atrevido a encarar la complejidad técnica y el costo de las tortas de bodas o los pavos rellenos fotografiados a todo color?
Las mujeres de la generación de mi madre habían crecido alrededor del fogón de sus mayores. La escuela no competía en ese plano con el aprendizaje familiar. El adiestramiento comenzaba en los primeros años de vida. Se enseñaba a las niñas a pelar las arvejas, seleccionar las lentejas para separarlas de las piedritas, batir los huevos, pelar las papas. Todas conocían sin necesidad de consultar un recetario, los platos tradicionales de la cocina italiana y la española, en los que solo introducían variantes cuando la memoria o el presupuesto no les alcanzaba.
Publicidad española de mediados del siglo XIX
Desde la infancia, ellas habían sido designadas como depositarias de una cultura gastronómica transmitida mediante demostraciones práctica, de generación en generación, como parte del mundo femenino, con frecuencia oculto al escrutinio de los hombres, que prometía asegurar el rol (decisivo pero sumiso) de la mujer en la sociedad patriarcal.
Tal vez ellas no tuvieran acceso a los derechos y privilegios que los hombres se reservaban para ellos, en el campo de la política y los negocios, pero podían controlar la mesa y la cama, ámbitos donde ellas se volvían insustituibles.
Todo eso ha cambiado (¿alguien se sorprende?) con la modernidad que no deja ningún territorio de la cultura humana sin invadir y explotar. La comida casera se encuentra hoy en retirada, o al menos en una situación de alto riesgo, amenazada por la industria multinacional de los alimentos, que invade el territorio antes controlado por las madres y ha llegado a seducirlas tanto a ellas como a quienes ellas mantenían convencidas de su superioridad sobre la comida elaborada fuera del hogar.
La alimentación es uno de los planos de relación entre los seres humanos que la sociedad ha codificado con mayor precisión, aunque no suela otorgarle la misma trascendencia que a otros como el lenguaje.
La posibilidad de comer fuera del núcleo familiar, en locales dedicados a elaborar comidas, atendidos por especialistas en la materia, capaz de ofrecer platos que por su complejidad no sería posible encontrar en el ámbito privado, solo se da en sociedades que ostentan cierta división de funciones. La institución del restaurante es reciente. Apareció en Europa tras la Revolución Francesa.
A mediados del siglo XX, la mayor parte de las mujeres había recibido entrenamiento informal que las capacitaba para encargarse de la alimentación del grupo familiar, y de ellas se esperaba que ejercieran ese rol sin acudir a otras ayudas que sus manos y algunos instrumentos elementales.
Preparación de pizza
Hacia fines de los años ´40, la pizza entró en el horizonte de mi madre y sus hermanas. Varias de mis tías maternas se habían instalado en Buenos Aires y conocían los placeres modestos de comer en pizzerías de barrio. La orquesta de Feliciano Brunelli ejecutaba un boogie-woogie que se llamaba “Pizza Caliente”. Mi madre se dedicó a elaborar pizzas de acuerdo al recetario de los Polvos Royal y el resultado era novedoso para nosotros, pero no seductor. Sin duda, nos atraía aquello que ya conocíamos, porque mi madre lo había perfeccionado durante años y años de práctica..
La masa de esa primera pizza era esponjosa, alta, como de focaccia (palabra desconocida por entonces). La combinación de tomate, cebolla, orégano y queso resultaba sabrosa, pero después de todo, según mi padre, era lo mismo que comer pan. Fundamentar una comida en una pizza hubiera sido para mi madre la confesión de no haber trabajado tanto como se esperaba de ella.
Una ofensa similar hubiera sido suministrarle un lavarropas, cuando disponía de una batea de madera y una cómoda tabla de lavar. Cuando mi padre compró el primer lavarropas artesanal, desarrollado por un vecino ingenioso, que se limitaba a centrifugar el agua jabonosa, mi madre lo miró con desconfianza. Podía dañar las prendas finas. No estaba equivocada. Liberarla en parte del esfuerzo de mantener una casa con tres hijos, un marido y un hermano, era algo parecido a cuestionar su rol en el mundo.
Alguna vecina le sugirió a mi madre otra forma menos laboriosa de armar la pizza, gracias a rodajas de pan de molde y el agregado de anchoas a la cobertura. Si bien resultaba más sabrosa, la base resultaba tan esponjosa que el jugo del tomate humedecía todo hasta convertirla en un mazacote. Mi madre experimentó otras alternativas, que expuso a la evaluación de sus hermanas, que tenían una experiencia directa, como consumidoras también, hasta que optó por abandonar el intento.
La pizza, como el pan, los helados, los alfajores o el Pan Dulce a Año Nuevo, eran alimentos que se compraban fuera, porque ninguna mujer del barrio estaba capacitada para elaborarlos. Técnicamente, el desafío superaba sus nada superficiales conocimientos de cocina, y al insistir en sus ensayos se exponía al ridículo ante el resto de la familia como una incapaz, dos situaciones demasiado incómodas para cualquier mujer de entonces.
Supongo que en el centro de San Pedro se elaboraban pizzas profesionales. Yo no los conocí en mi infancia o en mi adolescencia. La alternativa de comer fuera se limitaba en nuestra familia a comer en la casa de alguna familia amiga o en la de parientes. Si las mujeres no cocinaban, los hombres las reemplazaban (exclusivamente en el ámbito de las carnes, porque se daba por supuesto que el asado era materia masculina, como analizó Gaston Bachelard en su ensayo sobre el fuego.
Caja de ravioli
Mandar a comprar comida hubiera sido una ofensa para las mujeres. En grandes ocasiones, desde mi casa se mandaba un lechón a la panadería que estaba a medio kilómetro de distancia, por calle Chivilcoy. Eso era todo lo que correspondía que una mujer confiara en otras manos, y según recuerdo, siempre decía que el asado de horno de panadería era infinitamente superior al que se podía elaborar en casa. ¿No era una forma insidiosa de sugerir la inferioridad femenina incluso en el único territorio donde no solían tener competencia?
Durante sus últimos años, mi madre se acostumbró al Delivery. No se usaba esa palabra todavía, pero se había resignado a comprar tapas de empanadas, tortas para decorar, cajas de ravioles, pollos rostizados, pizzas precocidas. Nunca lo hablé con ella. Debe haber sido una pequeña liberación. También una renuncia a su rol decisivo en el interior de la familia.