miércoles, 1 de octubre de 2014

Del amor (no siempre correspondio) por las palabras


Leían como lo hacían en otro tiempo los adolescentes de catorce y dieciséis años, es decir, con exceso, con frenesí, de día y de noche, en la copa de los árboles, en las perreras. (Colette: Sido)

En Sido, un libro de Colette sobre su infancia, la autora reconstruye el ambiente de la casa provinciana de su madre, y la adquisición del vocabulario entrañable (por la forma casual en que lo adquirió) convertido luego en materia prima de su obra literaria. Ese repertorio de recursos expresivos que nace del entorno familiar, le permite nombrar con precisión las cosas comunes: plantas de jardín, objetos de la cocina, y en paralelo adquirir un estilo fresco, directo, depurado de adjetivos.
Colette niña
Puede ser a veces un lenguaje no del todo correcto, cuando se lo compara con la norma académica, a pesar de lo cual identifica sin desvíos la complejidad de los sentimientos humanos. El establecimiento del vocabulario puede verse como una aventura extremadamente personal, llena de riesgos y eventos afortunados, que nos diferencia a unos de otros. El amor por las palabras (también el desprecio y el temor por las palabras) se establece en la infancia, una etapa de la vida humana en la que cada quien toma lo que puede y como puede, de lo que encuentra en aquellos que lo rodean.

Aprender a examinarse e instruirse a sí mismo es algo muy cómodo y no tan peligroso como afeitarse solo. Cada cual debería aprenderlo a cierta edad para no ser un día víctima de una navaja de afeitar mal gobernada. (Georg Lichjtenberg)

Recuerdo a mi padre enseñándome palabras tan arcaicas y ajenas a nuestro vocabulario cotidiano, como cetrería y genuflexo, que correspondían a situaciones que lo indignaban especialmente. No dudo que las recibiera de su padre, un inmigrante vasco nacido a mediados del siglo XIX. Cuando crecí y tuve suficiente curiosidad, las busqué en el diccionario. La caza medieval con halcón no correspondía del todo a lo que mi padre pretendía expresar: que los seres humanos atrapaban incautos, utilizando señuelos. Esa metáfora debía ser, calculo, su imagen de las mujeres que intentaba comunicarme.
La segunda la aplicaba con desprecio a todos aquellos que carecían de principios y se sometían al poder (en ese momento, se refería al primer gobierno peronista, poco antes de su caída). Probablemente era el lenguaje ornamentado, efectista, al estilo de Vargas Vila, que uno descubría en los editoriales de La Palabra.
Debí haber aprendido cientos de palabras de mi padre, como los nombres de las piezas de ajedrez o los de la infinidad de productos de consumo doméstico que vendía en su almacén. Entre ellas no estaban las palabras obscenas, que rara vez soltó en su vida (y al hacerlo sonaban arcaicas, aprendidas una generación antes, necesitadas de un Glosario que las aclarara).
De mis parientes y vecinos adquirí los nombres de las piezas del apero de un caballo, las herramientas de albañil y el carpintero, las técnicas de la costura y la cocina. Ciertas palabras, fui descubriendo, las usaban exclusivamente los hombres, mientras otras parecían pertenecerles a las mujeres. Algunas eran frecuentes en los jóvenes, mientras que otras llegaban de los ancianos.
La gente más educada tenía un léxico que podía no coincidir demasiado con el de aquellos que no habían estudiado. Los medios de comunicación masiva (diarios y radios) no habían logrado uniformar todavía el lenguaje de la gente, como sucede en la actualidad, y la observación del habla de las personas que iba encontrando, recompensaba con datos preciosos que iba a utilizar el resto de mi vida.
Aprender a leer me facilitó el acceso a una torrente de palabras nuevas y fascinantes, en muchos casos inútiles, que nunca había escuchado hasta entonces y me obligaban a deducir el significado por el contexto, puesto que en mi casa y en las casas de nuestros vecinos, no había un diccionario: clepsidra, marisma, braquicéfalo, tentempié, carantoña, ambidextro, caterva, ferruginoso, caletre, maniqueísmo, sedentario, coito. Gracias a las palabras, descubrí, podían ser evocados objetos y situaciones que habitualmente hubieran resultado innombrables o ni siquiera hubiera llegado a imaginar.

Una persona que no lee, o lee poco, o lee solo basura, puede hablar mucho, pero dirá siempre pocas cosas, porque no dispone de un repertorio mínimo para expresarse. No es una limitación solo verbal; es, al mismo tiempo, una limitación intelectual, una indigencia de pensamientos y de conocimientos, porque los conceptos mediante los cuales no apropiamos de la realidad, no están disociados de las palabras a través de las cuales los reconoce y define la conciencia. (Marrio Vargas Llosa)

En Selecciones del Reader´s Digest publicaban todos los meses una sección denominada Enriquezca su Vocabulario, que proponía una veintena de términos inusuales y ofrecía cinco alternativas para que el lector eligiera. Al voltear la página se daba el significado correcto y se ofrecía una frase donde la palabra era usada. Aprender podía ser un juego y era conveniente que lo pareciera, porque de ese modo perdía cualquier atisbo de obligatoriedad.
Recuerdo a mi maestra de tercer grado, Dora B., cuando me informó durante un ejercicio que denominaba “familia de palabras”, que el término estantigua no existía (al menos en su memoria, porque sí en el diccionario, a pesar de que no sé cómo llegué a aprenderla, pero sí que quedé encantado de su sonido tan extraño).
Uno se define en esas situaciones inexplicables, como aquel que se encuentra destinado a ser, que por algún motivo se siente obligado a ser, sin que importen los factores que se le opongan en el camino. Las palabras me habían estado esperando. Eran miles que aguardaba el turno de ser conocidas. Todavía no desconfiaba de ninguna de ellas, como le sucede a los adultos que experimentan el desengaño de los grandes discursos.

Yo empuñé las armas porque busco las palabras justas. (Paco Urondo)

Durante mi educación secundaria aprendí palabras tan técnicas que resultaban inútiles en el mundo real (como usucapión, que utilizo por primera vez desde entonces) monocotiledónea, trigonometría y centenares de palabras en otras lenguas modernas, porque el año en que comencé a estudiar desaparecieron Griego y Latín de la malla curricular, con lo que nos dejaron al margen de la cultura clásica. Era una situación contradictoria. Por un lado se nos ataba al lenguaje de los adultos, de la tradición, de aquellos que administraban el saber y habían decidido lo que debíamos aprender, y por el otro se nos liberaba de las ataduras a la lengua materna.
Las palabras que aprendí entonces, eran la herramienta privilegiada que utilizaría el resto de mi vida. Por eso me enamoraba de ellas al leerlas, las almacenaba en la memoria, aguardaba la oportunidad de usarlas, y a veces me arrepentía de haberlo hecho, porque la palabra justa (no creo que lo sospechara Flaubert) si bien es el ideal de aquel que escribe, puede resultar inoportuna en el trato social. Exhibir las palabras que corresponden, es como exhibir joyas en un entorno donde tal vez no se acostumbra nada parecido, porque no se ha tenido la oportunidad de acumularlas.

Cuando Flaubert habla del mot juste (la palabra adecuada), no quiere decir necesariamente, inevitablemente, la palabra asombrosa; no, la palabra justa, que puede ser muchas veces trivial o ser un lugar común, pero es la palabra exacta. (…) De modo que ese cuidado excesivo que ponía, no corresponde a la vanidad; al contrario, es una forma de modestia, (Jorge Luis Borges)

Mi amor por las palabras nació de la lectura, que ocurría en circunstancias poco favorables. Mi familia no era de gente demasiado letrada. Mi madre no había tenido oportunidades de educarse, por la pobreza de su familia, que la obligó a trabajar muy temprano, sacrificando la escuela. Mi padre, en cambio, había rechazado esas ventajas, al oponerse al proyecto de mi abuelo, que lo mandó al Colegio Nacional de Buenos Aires, cuando él solo quería que lo expulsaran. Mi padre y mi madre apenas hablaban entre ellos, como si cualquier intento de negociar sus puntos de vista, condujera inevitablemente a una ruptura.  
Si la conversación podía llegar a ser instructiva y amena, capaz de plantear lo que uno pensaba y sentía, si valía la pena prestarle atención, porque me brindaba oportunidades de participar, aunque solo fuera preguntando, tuve que aprenderlo fuera del ámbito de mi familia, entre los clientes de mi padre, las hermanas de mi madre y una cantidad de vecinos. Por suerte no me faltaron instructores. Los adultos, en aquel tiempo, no dudaban en hablar con un niño.
Cuando no encontraba interlocutores en el barrio, las palabras llegaban desde la radio, en la que abundaban locutores de dicción perfecta, como Jaime Font Saravia y Julio César Barton. Hasta los narradores deportivos se expresaban con una fluidez y propiedad que han pasado a convertirlos en mitos. Ellos hacían que el auditor paladeara las palabras y tratara de imitarlos.
En una sección de Radiolandia premiaban a los auditores que detectaran errores gramaticales o lexicales en los programas de las emisoras de Buenos Aires. Los crucigramas de La Nación y La Prensa eran publicados todos los días y uno trataba de resolverlos como un desafío personal. Poco importaba que después de luchar media hora quedaran incompletos. Con el próximo tendría mejor suerte. Más tarde, comencé a elaborar mis propios crucigramas. Gracias a estímulos tan triviales como estos, el joven de entonces adquiría un respeto y una familiaridad con el lenguaje que hoy me cuesta reconocer en las nuevas generaciones.
Para gente de la edad de mis padres, describir la complejidad de los sentimientos humanos era una tarea que les resultaba excesiva y con toda probabilidad los avergonzaba encarar. Durante las mayores explosiones de enojo, se conformaban con unas pocas sílabas, cuyo efecto era sin embargo imposible de olvidar.
No fue la mejor escuela que pude haber tenido. Como escritor (en algún momento el término comenzó a figurar en mi documento de identidad, pero continuaba resultándome excesivo) trabajo con las palabras, me dejo llevar por las asociaciones que las palabras entablan entre ellas, verifico la etimología, reconozco los usos que han hecho de ellas otros más hábiles que yo. Confío y al mismo tiempo desconfío de una herramienta como esa, que promete no dejar nada sin ser expresado, y sin embargo se rebela contra cualquier intención de emplearlas.
De mis parientes adquirí, según advierto a la distancia, el aprecio por el laconismo cuando se trata de expresar aquello que más importa. Cuando descubrí los textos de Borges, que por ser contemporáneos todavía no figuraban en el programa de Literatura del Bachillerato, hallé la confirmación de que se trataba de una decisión difícil pero ineludible. No hay que abultar el discurso, se dice que en señal de respeto al destinatario, pero en el fondo más por consideración a uno mismo. En esos casos, menos puede ser más (el eslogan no había nacido aún) si logra evitar la pereza del escritor, que se conforma con lo primero que encuentra.


Descifrar lecturas largas y ojalá complejas, nos “entrena” para descifrar mejor la realidad. Los ciudadanos que no leen son víctimas fáciles de la publicidad engañosa, del populismo de la calle, de la demagógica de los políticos. (…) Un buen lector tiende a ser más crítico. (Carlos Franz)

viernes, 19 de septiembre de 2014

Entre ayer y hoy: brechas generacionales


 
Albert Camus
La rebelión nace del espectáculo de la sinrazón, ante una condición injusta e incomprensible. Pero su impulso ciego reivindica el orden en medio del caos y la unidad (…). Grita, exige, quiere que el escándalo cese y que se fije por fin lo que hasta ahora se escribía sin tregua sobre el mar. Su preocupación consiste en transformar. (Albert Camus: El hombre rebelde)

Fue a mediados del siglo XX cuando apareció la frase “brecha generacional” que sigue vigente en la actualidad, para denominar una crisis en la comunicación interpersonal. Los adultos y los jóvenes nos percibíamos utilizando lenguajes que no eran los mismos, nos guiábamos por intereses distintos y opuestas visiones del mundo. Esa es una idea que no resulta extraña a los adolescentes, pero en ese momento la presunción era confirmada por el discurso de los medios.
erse reflejado en James Dean era una alternativa seductora emocionalmente, aunque el personaje del filme Rebel without cause fuera un artificio que no resistía el menor análisis. Albert Camus proponía otro espejo, todavía más oscuro, por apoyarse en la Historia de las ideas y demostrar que muchos de nuestros cuestionamientos habían sido planteados antes, sin hallar una respuesta.
James Dean
No era que los jóvenes no nos entendiéramos con los adultos, porque la coexistencia prolongada lleva a familiarizarse con las culturas más ajenas, sin importar que uno se lo proponga o no, sino que no aceptábamos dialogar con ellos. Mis amigos y yo, cuando teníamos veinte años, éramos feroces ante la posibilidad de encarar a quienes hubieran podido ser nuestros maestros, de habérselo permitido, pero ellos no nos merecían demasiada confianza.
Para decirlo de manera más cruda, preferíamos declararnos huérfanos, decidimos borrarlos de nuestros ancestros, para no deberle nada a nadie. Pretendíamos emparentarnos imaginariamente con figuras distantes, maestros muertos de los que sobrevivían textos que toleraban cualquier interpretación, por abusiva que fuera, antes que tomarnos el trabajo de discutir con aquellos con quienes disentíamos.
Goliardi en taberna medieval
Los denostábamos como carcamanes (personas de escaso mérito y pretensiones desmedidas) o fósiles (restos de algo muerto, que sin embargo se resiste a desaparecer). Al recordar eso, no puedo argumentar que el intolerancia de los jóvenes se haya impuesto hace poco y deba ser vista como la evidencia de un próximo fin del mundo. La rebeldía tiene una Historia (bastante más atractiva que la del conformismo) plagada de derrotas y repliegues que los más optimistas denominan tácticos.
Cuando se piensa en los estudiantes del Medioevo, los llamados goliardos, execrados públicamente por una jerarquía eclesiástica a la que tarde o temprano iban a incorporarse, se advierte que no eran más amables con los adultos a quienes debían respeto. Los exponían al ridículo, denunciaban sus fallas. Pasada la etapa de la burla, el conformismo se imponía.
A mediados del siglo XX, por un lado los mayores llevaban una existencia que los jóvenes evaluábamos como rutinaria, inadecuada para incorporar nuevas ideas, con las que resultaba imposible no identificarse. Por el otro, que las nuevas visiones del mundo (al menos así se planteaban) se apoyaban en una negación del pasado inmediato, que incluía en cierto desprecio de quienes habían tenido la desgracia de nacer una generación antes.
El mundo se había trastornado durante la crisis económica de los años ´30 y la Segunda Guerra Mundial. Recuperar el equilibro era todo lo que se esperaba a mediados de los ´40. La radio y en menor medida la prensa escrita, acondicionaban su percepción del mundo para que no incorporaran demasiadas novedades a su audiencia. La música popular, el cine, la fotonovela, se encargaban de darle forma a las emociones. Frases hechas, trivialidad, anécdotas y chistes, se combinaban sin dificultad con slogans patrióticos.
Derrumbe del Culto a la Personalidad (de Stalin)
 
Para los jóvenes se estaba definiendo un mundo que se anunciaba como realmente nuevo, superior en todos los aspectos al que se dejaba atrás, algo que se oponía en todos los frentes posibles al mundo de los adultos, con el que se intentaba descartar cualquier atisbo de continuidad. ¿Acaso íbamos a recaer en la guerra que acababa de concluir? Circunstancias al parecer carentes de relación, como el existencialismo francés, la televisión, el rock, los bluejeans, la píldora anticonceptiva, la denuncia del estalinismo y la Revolución Cubana (la lista podría engrosarse), dieron forma a una visión del mundo que hoy cuesta entender y entonces parecía tan evidente que hubiéramos debido considerarnos ciegos para ignorarla. El mundo contemporáneo estaba cambiando. Los parámetros habituales ya no servían para evaluarlo.
Más de medio siglo más tarde, la noción de brecha generacional sigue vigente, ampliada, radicalizada, pero al observarla con mayor cuidado, se advierte que no designa a las mismas ideas.

Hoy, la brecha entre jóvenes y adultos es más tecnológico-cultural que ideológico-política. las mediaciones tecnológicas, las imbricaciones de las nuevas tecnologías con los cuerpos juveniles, el modo de procesar los vínculos y las emociones, son cuestiones que difieren notablemente de generación en generación. (Sergio Balardini)

Los medios no dudan en interpelar a ciertos sectores de su audiencia, para invitarlos a tomar conciencia de que son diferentes de otros sectores, que deben identificarse con intereses propios y modelos de comportamiento que conviene imitar, si no desean que los marginen de una corriente mayoritaria. ¿Acaso los jóvenes quieren quedarse solos? Para volver más convincente el argumento, se apela al resentimiento (no pocas veces justificado) que los jóvenes manifiestan por la autoridad mal ejercida por los adultos durante la adolescencia, cuando ellos suelen elaborar su identidad personal como si se tratara de una empresa heroica.
Tal vez el inconformismo de las nuevas generaciones no sea tan profundo como se presenta. Quizás reinventan la pólvora, amparados en un desprecio del pasado que los desubica en la actualidad. El In y el Out planteados por la Moda en cada cambio de temporada, se encuentran implícitos en las imágenes seductora y el reiterativo discurso verbal de los medios. Los jóvenes creen rebelarse, cuando aceptan la convocatoria de una industria que se dedica a explotarlos.
Los llamados nativos digitales (aquellos que llegaron al mundo en que las telecomunicaciones se había instalado para transformarlo en más de un sentido) probablemente miran con sorna a los adultos que por la pobreza han quedado al margen o que detectan dificultades mentales para incorporarse.

La juvenilización de la sociedad supone un cambio visible en los gustos y las preferencias de los adultos, que comienzan a tomar como fuente de valor la imagen del joven y no tanto la del adulto mayor para conformar sus estilos de vida. Con un indudable anclaje en las ofertas del mercado, especialmente en (…) salud, cuidado personal, esparcimiento, turismo, pero con el tiempo también indumentaria, estética, tecnología, alimentación, se afianza (…) un régimen de discursos, imágenes y prácticas orientadas a la preservación del cuerpo, a evitar las huellas que deja el paso de los años, (…) promueven la utopía de una conservación eterna. Con ella se erige un nuevo sistema de valores que establece a la juventud como polo positivo, con su contracara de negatividad para los que se asocie con la adultez –o la vejez, último término de la escalara valorativa-. (Marcelo Urresti: Los jóvenes y los dilemas culturales)

En la actualidad, muchos padres se sienten solos en un mundo sometido a continuos cambios (reales o aparentes) que les cuesta entender, desbordados por las evidencias que plantean sus hijos. Los jóvenes no se corresponden con las expectativas de los adultos. Más aún, los adultos no encuentran la manera de controlar a quienes, a pesar de haber sido engendrados y criados por ellos, se comportan como si fueran sus más enconados enemigos.
En muchos casos, los adultos se resignan a perder una guerra que no sospechaban que fuera a darse, y la situación les duele más porque los enfrenta a quienes les mienten, los extorsionan, los defraudan, cuando de acuerdo a la imagen tradicional de la familia, hubieran debido amarlos y auxiliarlos cuando les llegue la vejez. Una sensación de brecha insalvable se instala entre aquellos que compartían el mismo espacio, a pesar de que parecían provenir de distintos planetas.

Antes los niños no necesitaban nada para entretenerse, jugar, divertirse e integrarse en el entorno; actualmente necesitan los elementos (…) de los nuevos tiempo (ordenador, consola, DVD, teléfono móvil…) para no sentirse perdidos y aislados. Y no es que tales elementos no ayuden a desarrollar una serie de capacidades (…) pero éstas se circunscribirán al ámbito de lo privado, dejando peligrosamente de lado el desarrollo de estrategias socializadoras. (Elena Rodríguez San Julián e Ignacio Megías Quirós: La brecha generacional en la educación de los hijos)

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Música y músicos de burdel (II): Noches del Caribe


La imagen vetusta de la llamada casa de tolerancia, donde hombres de todos los sectores sociales coincidían  para dar rienda libre a su sexualidad, gozaba en el pasado de tanta seducción como condena. En ese lugar residían las mujeres más atractivas y los hombres más despreciados. Lucrar con el tráfico de las prostitutas era un oficio innoble (proxeneta para la Real Academia de la Lengua, chulo en el Caribe, cafiche en Chile, cafisho o macró en Argentina) y nada lograba limpiarlo.
Tampoco era mejor considerado estar al servicio de esas mujeres, que por dinero se sometían a los caprichos de sus clientes. Para un músico, animar las noches de un burdel con su arte, era el punto más bajo de su carrera profesional. Podía aceptarse que visitara ese lugar, movido por sus hormonas, pero no que trabajara en forma estable, que le pagaran con el mismo dinero extraído del placer de los clientes.
De acuerdo a la leyenda  (que puede corresponderse o no con la verdad), el adolescente Agustín Lara, escapando de las restricciones de un hogar burgués donde pretendían que siguiera la carrera militar, se ganaba la vida tocando el piano en distintos burdeles de ciudad México. En ese ambiente logró los primeros aplausos, con toda seguridad las primeras experiencias sexuales y una cicatriz que le cruzaba la cara y le habría sido inferida por una prostituta despechada. En esos lugares halló los temas que reaparecen en algunas de sus más famosas canciones.

Vende caro tu amor / aventurera / da el precio del dolor / a tu pasado / y aquel que de tus labios / la miel quiera / que pague con brillantes / tu pecado. (Agustín Lara: Aventurera)

La música tropical se había convertido en la alternativa al tango en la programación de las radios argentinas de mediados del siglo XX. En los boleros y rancheras de la época se narraban historias esbozadas en pocos trazos, con un par de personajes descriptos en pocos trazos, que no cuesta demasiado seguir. Los personajes masculinos sufren desengaños, atraviesan duelos insondables, son sometidos a esperas crueles, por causa de mujeres imposibles o infieles, que sin embargo no son capaces de apartar de su mente.
Cuando se escuchan estos dramas cantados, se tiene la oportunidad de compartir sentimientos similares a los que ofrecían el cine mexicano y el radioteatro nacional de la época, solo que planteados en no más de tres minutos.

Menospreciada durante muchos años, entendida como un fenómeno orillero, que solo concernía a los sectores del pueblo menos cultos, y en consecuencia, una forma musical menor por el carácter en apariencia cursi de su contenido, la música popular latinoamericana fue relegada por las élites intelectuales (..) al rincón oscuro de los bares en donde enardecidas rocolas ofrecían todas las noches el íntimo testimonio de la soledad y el abandono. (Juan Carlos Santaella: El bolero novela)

Si algo diferenciaba a estos boleros y rancheras de las otras ficciones propias de la industria cultural, era la simplificación y reiteración del mensaje. Se trataba de canciones que podían ser escuchadas cientos de veces, cuyas letras eran memorizadas y repetidas por la audiencia, que se dejaba seducir por la melodía y las rimas, después de lo cual era difícil no aceptar las ideas que expresaban.
Mientras los noticieros radiales de entonces tomaban distancia respecto de los dramas personales y las radionovelas se especializaban en la recreación de peripecias románticas aptas para el fantaseo de las auditoras, la música tomaba en cuenta los sentimientos de los hombres. Ellos eran quienes cantaban y ellos también los destinatarios finales de esas canciones (a pesar de que en el caso de los boleros de Agustín Lara, las mujeres aparecen convocadas explícitamente por la letra, a diferencia de otros autores que mantienen en la ambigüedad el género de la persona amada).
Agustín Lara y su cicatriz

Te vendes / quién pudiera comprarte / quién pudiera pagarte / un minuto de amor. / Los hombres / no saben apreciarte / ni siquiera besarte / como te beso yo. / La vida / la caprichosa vida / convirtió en un mercado / tu frágil corazón. (Agustín Lara: Te vendes)

En esas canciones, la mujer suele ser presentada como un objeto amoroso privilegiado, al que se recuerda con nostalgia, sea porque se mostró indiferente al hombre que la amaba, sea porque ni siquiera llegó a enterarse de la pasión que despertaba, sea porque se ha ido con alguien más atractivo o más decidido que el cantante. La confesión del hombre todavía enamorado, no poseído por el rencor (a pesar de la experiencia que ha sufrido), es una de las mayores diferencias que se plantean entre los versos del bolero y el tango.
La figura de la mujer prostituida es más rara y solo aparece en los boleros para ser designada como el objeto inalcanzable de un hombre, que a pesar de conocer de sobra su condición venal, pretendía acaparar sus favores, al mejor estilo de un marido con su legítima esposa, hasta que termina por reconocer el error en el que ha incurrido, como si se tratara de una falla más de la mujer.

Yo sé que es imposible que me quieras / que tu amor para mí fue pasajero / y que cambias tus besos por dinero / envenenando así mi corazón. / No creas que tus infamias de perjura / incitan mi rencor para olvidarte / te quiero mucho más, en vez de odiarte / y tu castigo se lo dejo a Dios. (Agustín Lara: Imposible)

La posibilidad de recuperación que se le otorga a la mujer en los boleros, no es mucha: ni ella puede abandonar esa vida equivocada que siguió (se encuentra atada a sus explotadores, ha acumulado una deuda que no llegará a cancelar nunca), ni la sociedad se encuentra dispuesta a olvidar las circunstancias de su caída. Tampoco las buenas intenciones del enamorado llegan tan lejos, que le permitan afrontar ser marginado por la opinión dominante, al solidarizar con ella, al atreverse a presentarla como su pareja. Un riesgo como ese no puede ser afrontado.

Amor de la calle, que vendes tus besos a cambio de amor / aunque tú le quieres ( aunque tú le esperes / él tardará en llegar. / (…) Si tuvieras un cariño, / un cariño verdadero, tú serías tal vez distinta / ¿Cómo? Igual a otras mujeres / pero te han mentido tanto. (Fernando Maldonado: Amor de la calle)

La voluntad de entender las circunstancias que encadenan a la prostituta, deriva en una compasión similar a la propuesta por los Evangelios. No obstante la piedad que se insinúa, el proceso de reincorporación de la mujer marginada a la sociedad no llega a completarse nunca. Ella se queda donde cayó. En el mejor de los casos se le ofrece amor (¿qué significará eso para alguien que ha visto tantas promesas no cumplidas?) pero al hacerlo, no deja de recordársele que está manchada y continuará estándolo. Ella no debería esperar demasiado de quien le canta.

Perdida / te ha llamado la gente / sin saber que has sufrido / con desesperación. / Vencida / quedaste tú en la vida / por no tener cariño / que te diera ilusión. / Perdida / porque al fango rodaste / después que destrozaron / tu virtud y tu honor /  No importa / que te llamen perdida / yo le daré a tu vida / que destrozó el engaño / la verdad de mi amor. (Chucho Navarro: Perdida)

Los cantantes de mediados del siglo XX, tanto los del tango como aquellos que se dedicaban al bolero, no dramatizaban demasiado las canciones. Preferían entonarlas sin muchos adornos, al precio de quitarles expresividad. Cuando atenuaban el énfasis, las volvían más fáciles de aceptar para sus destinatarios, porque el contenido muy personal de los versos se encontraba en el borde de lo que el pudor permitía compartir con los auditores. Leo Marini, Pedro Vargas o Daniel Santos (tal como Armando Manzanero una generación más tarde) consiguen la hazaña de no ser nunca cursis, a pesar del material que emplean.
La idealización de la mujer prostituida puede adquirir en el bolero un tono religioso, que un observador desprejuiciado identificaría con el masoquismo fetichista. El hombre que canta, adora y se somete sin restricciones, a quien sin embargo identifica como una mujer marcada para siempre por la promiscuidad sexual. El objeto de su pasión perversa no es quitado del entorno real donde se la conoció, pero al mismo tiempo, ella está donde puede vérsela, pero no es posible tocarla: un altar que la convierte en objeto de veneración.
Daniel Santos

Virgen de medianoche / virgen eso eres tú / para adorarte toda / rasga tu manto azul. / Señora del pecado / luna de mi pasión / mírame arrodillado / junto a tu corazón. / (…) Virgen de medianoche / cubre tu desnudez / bajaré las estrellas / para alumbrar tus pies. (Pedro Galindo. Virgen de Medianoche)

¿Cómo llegó el bolero, a difundir a mediados del siglo XX, esa imagen inocente y reveladora, de un enamoramiento idealizado, condenado al fracaso, tan afín a la temática trivial de las novelas de Delly o Corín Tellado, y sin embargo elegante, contenido, es cosa que a la distancia cuesta responder.
Las canciones populares se oyen, se aceptan, se memorizan y reproducen, y gracias a la indudable familiaridad que alcanzan, llegan a sugerir que se encuentran despojadas de sentido. Eso permite que se introduzcan sin dificultad en las mentes de millones de destinatarios, hasta formar un substrato más firme, por la falta de discusión que las rodea, que el de las grandes ideas de una época.