viernes, 2 de enero de 2015

Siglo XX: infancia de los discretos lavados de cerebro


Un rasgo único de la vida moderna es la manipulación de la gente a través de las comunicaciones masivas. La gente puede ser impulsada a comprar ciertos artículos y marcas a través de la publicidad. Comentaristas de radio y columnistas de la prensa influyen en las opiniones políticas. Las películas manipulan las emociones y valores, tanto como los anuncios pueden promover ansiedades por incrementar el consumo. Las películas incrementan necesidades emocionales que solo pueden ser satisfechas por más películas. En una época de cambio y conflictos, las películas enfatizan y refuerzan un juego de valores antes que otros, presentan modelos de relaciones humanas encarnados por estrellas seductoras y exhiben la vida real o falsificada, más allá de las experiencias individuales promedio. (Hortense Powdermaker: Hollywood, fábrica de sueños)

Sala de clases de escuela primaria
Alguna vez tuve seis, siete, ocho, nueve, diez años. Era tan impresionable, que todo lo registraba, sin detenerme en contradicciones ni escalas de valores. Concurría a la escuela pública cuatro horas por día, cinco días por semana, pero al salir de clases no daba por concluido mi aprendizaje. Una vez en casa, oía las conversaciones de los mayores, encendía la radio sin restricciones (puesto que todo esto fue antes de que llegara la televisión), abría los diarios antes de que los adultos encontraran tiempo para leerlos, recibía revistas que estaban dedicadas a los niños y curioseaba también aquellas que se anunciaban destinadas a los adultos, iba al cine casi todos los fines de semana, acompañado por mi padre, pero la mayor parte del tiempo yo seleccionaba lo que veíamos, de acuerdo a las críticas que había leído en La Nación.
De diferentes modos, sin proponérmelo yo, sin que nadie en especial me condujera en ese proceso de adquisición de informaciones, también sin que hubiera ninguna resistencia de mi parte, puesto que no estaban obligándome a nada, y podía alejarme de los adultos o apagar la radio, dejar de lado el diario o las revistas, me encontraba expuesto a una serie de visiones del mundo, no demasiado confiables, con frecuencia erróneas, incluso perjudiciales, que para mi suerte o desgracia tendría la oportunidad de utilizar el resto de mi vida.
Construcción del Muro de Berlín
En ese momento, poco después del fin de la Segunda Guerra Mundial y coincidiendo con el comienzo de la Guerra Fría, se comenzó a hablar de los lavados de cerebros. Eso pasaba en otras partes del planeta, se nos aclaraba para dejarnos tranquilos. Por ejemplo, en la culta Europa, después de las documentadas atrocidades del nazismo (que había sido derrotado, como le ocurre siempre s los malvados). La manipulación de conciencias se practicaba en el mundo de entonces, detrás de aquello tan difícil de imaginar, que Selecciones denominaba, siguiendo a Winston Churchill, la Cortina de Hierro.
Desde la desinformación que se afirma al conocer una sola fuente, uno imaginaba esa situación como un horror que gracias a Dios no habría de alcanzarlo nunca; por lo tanto, la encaraba con más indiferencia que conmovido por la desgracia ajena, tal como el habitante de la pampa imagina el panorama de un valle alpino: superado por la distancia.
Explosión atómica
La Bomba Atómica era terrible, pero había llegado para terminar con las guerras convencionales, que despilfarraban más vidas, a lo largo de años y años de sufrimiento Durante la era de Paz que acababa de inaugurarse y habría de durar para siempre, porque los seres humanos aprenden la lección, la ciencia mejoraría la vida humana con logros inauditos, como la penicilina (Alexander Fleming obtuvo el Premio Nobel de Medicina en 1945).
Avión rociando pesticidas
El DDT acabaría definitivamente con las plagas que ponían en riesgo las cosechas y eran las principales responsables del hambre mundial. Verse bronceado en verano, tras horas y horas de exponerse al sol, era un signo inequívoco de buena salud. El plástico reemplazaría con ventajas a materiales tan frágiles como el cuero, la porcelana y el cristal. Todas las mujeres lucirían bellas y baratas medias de nylon, a las cuales no se les correrían los puntos. Los hidrocarburos serían el combustible barato e inagotable que alimentaría los motores de una cantidad siempre creciente de automóviles cada vez más cómodos y baratos.
Argentina había sido en el pasado inmediato un crisol de razas (en el que sin embargo no llegaban a acomodarse muy bien los mallorquines muertos de hambre, los paraguayos y bolivianos que si nos descuidábamos no tardarían en invadirnos). La Providencia había destinado al país a ser el granero del mundo, como quedaba demostrado por el viaje de Eva Perón a España, acompañada por la dádiva de millones de toneladas de trigo, destinadas a saciar el hambre de la Madre Patria, que no terminaba de recuperarse de una inexplicable Guerra Civil.
Entre el Capitalismo y el Comunismo, la doctrina de la Tercera Posición de Juan Domingo Perón prometía al mundo una paz social, que por ambición o miopía las grandes potencias habían frustrado repetidamente.
Rico McPato
Un personaje de Walt Disney, Rico McPato (Scrooge McDuck en el original, aludiendo a la figura de Charles Dickens) era un multimillonario excéntrico, que disfrutaba de una piscina llena de monedas de oro, pero no explotaba a nadie más que a sus parientes.

En los países totalitarios, el Estado decide la línea que se debe seguir, y luego todos deben ajustarse a ésta. La sociedad democrática opera de otro modo. La “línea” jamás es enunciada como tal, se sobreentiende. Se procede, de alguna manera al “lavado de cerebros en libertad”. E incluso debates “apasionados” en los grandes medios, se sitúan en el marco de los parámetros implícitos consentidos, lo cuales tienen en sus márgenes numerosos puntos de vista contrarios. (Noam Chomsky)

Ideas triviales, que se anunciaban como inofensivas, suministradas por una pluralidad de fuentes que parecían no estar coordinadas entre ellas, resultaban más contundentes que los datos suministrados por la educación formal. Los niños recibíamos, sospecho, una dosis mayor de adoctrinamiento que los adultos, en una edad en que resultaba menos probable advertir los riesgos de la desinformación a la que nos exponíamos. Desaprender lo que aprendí entonces (sin darme cuenta de lo que estaba aceptando) me ha llevado buena parte de la vida. ¡Cuántas ideas erróneas, cuántos prejuicios imbéciles, que en la práctica se revelaron difíciles de extirpar!
Johnny Weissmuller y Maureen O´Sullavan: Tarzan
La supremacía de la Cultura Occidental y la Raza Blanca sobre el resto del planeta y en especial los llamados salvajes, por ejemplo. Tarzan (mejor dicho, Lord Greystoke) era un aristócrata nacido en la jungla africana, huérfano de padre y madre, que había sido adoptado por una gorila. Poco importaba esta acumulación inicial de hándicaps. Tarzan había crecido fuerte, respetado por los animales salvajes y los nativos por igual.
Tal vez no se destacara por su elocuencia, pero de todos modos, apenas presentado en su ámbito exótico (¿quién de nosotros había tenido la experiencia de la jungla?) no tardaba en encontrar a una bella mujer blanca que se enamoraba de él perdidamente, era reconocido como miembro de la nobleza británica y a medida que pasaba por distintas aventuras, demostraba ser capaz de vencer a cada adversario que se atreviera a disputarle su rol dominante. Identificarse con él, que ostentaba un físico de atleta, era más cómodo que intentarlo con sus adversarios negros, esmirriados (incluso pigmeos) y habitualmente traicioneros.
Dante Quinterno: Patoruzú
Desde un comic nacido en Argentina durante los años ´30, Patoruzú enseñaba a no tomar demasiado en serio a los nativos del país. Las clases de Historia me habían advertido que ellos recibían mal a los conquistadores, a pesar que los extranjeros habían llegado con el propósito de evangelizarlos. ¿Cómo podían ser tan torpes que no advirtieran la oportunidad de salvar sus almas que se les ofrecía? Juan de Garay había sido muerto a flechazos en las cercanías de San Pedro, probablemente por los querandíes. El dato era falso, pero me permitía imaginar lo sucedido utilizando el modelo suministrado por los personajes de Tarzán: los salvajes eran feroces, decididos en sus actos reprobables, no usaban ropas y atacaban porque sí, sin dar tiempo a los blancos para que les demostraran sus buenas intenciones y superioridad de armamento.
Patoruzú era un nativo de otra índole, sin duda generoso, fácil de engañar, pero de todos modos inverosímil. Era un millonario nacido en la Patagonia. Indio, sin embargo, como demostraban una pluma en la cabeza, el corte de pelo (que en mi barrio se decía que estaba hecho siguiendo el molde de una escupidera), el poncho y las ojotas. Había que simpatizar con él, porque era ingenuo, a pesar de lo cual siempre se salía con la suya; también porque su amigo Isidoro, nacido en la ciudad y conocedor de mil triquiñuelas para explotarlo, fracasaba repetidamente en el intento.
Cuando mi padre hablaba de alguien a quien calificaba como “indio”, no podía entenderse que lo elogiara. Nunca le pregunté qué significaba “indio” para él, pero dudo que fuera simplemente autóctono, propio del lugar donde residía, resistente a la mezcla con los inmigrantes que habían invadido su territorio y ahora lo consideraban suyo. “Indio” era sinónimo de pobre, poco educado por el lado de la escuela y las habilidades sociales, oscuro de piel aunque no negro, condenado a roles subordinados. Era una visión que la Asamblea de 1813 había abolido y no obstante permanecía difusa (un siglo más tarde) en una sociedad que se preciaba de ser amplia y recibir sin restricciones a todo el mundo.
Mi padre hablaba seguro de sus ancestros (¿hasta qué punto, puesto que eran tan variados y no se había tomado el trabajo de investigarlos?). Lo planteaba desde la legalidad de su patrimonio (¿hasta qué punto, si ignoraba cómo había sido adquirido por su padre, apenas una generación antes?).
Entre los indios, en cambio, todo parecía oscuro: la piel, el pasado, la filiación, aunque sobraran las evidencias de que algún momento (no distante) se les había despojado de lo que era suyo. Hubiéramos debido pedir perdón por la violencia ejercida por nuestros antepasados. Hubiéramos debido estudiar las circunstancias del despojo, para restituir lo que se les quitó. En lugar de eso, disfrutábamos una historieta donde supuestamente el héroe no había perdido nada y los nuevos intentos de despojo fracasaban uno tras otro. ¿Para qué preocuparse del pasado o el presente?
Desde chicos, se nos enseñaba que no convenía hacer amistad con ciertos chicos del barrio, porque eran indios (en otros ambientes, porque eran gitanos o rusos de mierda, con lo que se omitía decir judíos). Había que diferenciarse de esos otros, que a pesar de su inferioridad era peligrosos o tan solo otros, requeridos por el discurso dominante para demostrar nuestra superioridad. ¿Realmente éramos así o tan solo se trataba de una fantasía defensiva, condenada a derrumbarse durante las décadas que siguieron?

Por regla general, la propaganda opera siempre a partir de un sustrato preexistente, hay sea una mitología nacional o un complejo de odios y prejuicios tradicionales; se trata de difundir argumentos que puedan arraigar en actitudes primitivas. (Josef Goebbels)

miércoles, 3 de diciembre de 2014

Modernidad y agresión juvenil: ¿Quién mata al Maestro?



Hemos necesitado muchos años de indiferencia y estupidez, para hacernos tan ignorantes como somos hoy. (Charles Simic)

Escuela años `30
Cuando yo era chico, los maestros eran respetados. Poco importaba que no estuvieran muy bien preparados por apenas cinco años de estudios secundarios, siguiendo un esquema positivista que había sido impuesto por Sarmiento en el último tercio del siglo XIX, hallando la resistencia de los sectores más conservadores del país, ni que se limitaran a seguir la planificación enviada desde el Ministerio y las actividades preparadas por el equipo de la revista La Obra.
Ellos enseñaban hábitos de higiene (se fijaban si uno se había lavado las orejas por delante y por detrás, si se había limpiado las uñas) y coordinaban campañas de interés público, como la captura e incineración de bichos canasto y langostas en las que tuve la oportunidad de colaborar durante los años ´40. Ellos impartían los buenos modales, que en el trato familiar podían relajarse o ser ignorados. Ellos enseñaban a alimentarse correctamente y sin glotonería; a cuidar el mobiliario de la escuela que otros estudiantes habían rayado y manchado.
La sociedad argentina de mediados del siglo XX otorgaba credibilidad a los maestros de la escuela pública, les entregaba sus niños para que los formaran, tanto si ellos lo deseaban como si no demostraban mucho interés en aprender, y esperaba que en último caso los domaran, eliminaran las diferencias inocultables entre ellos, para que no regresaran “malcriados” (vale decir, inútiles socialmente, “chúcaros” decía mi padre) al seno de la familia que no se sentía capaz de formarlos integralmente.
Escuela argentina: niños uniformados
¿Se cumplían siempre estas expectativas? No siempre. Tampoco se esperaba tanto de la escuela: aprender a leer y escribir, cuatro operaciones aritméticas, memorizar un poco de Historia Nacional e Instrucción Cívica. Si esa demanda quedaba satisfecha, como debió haber sucedido a pesar de los recursos elementales que se ponían en juego, el maestro podía ser visto como un benefactor de la sociedad, casi un héroe civil, que la gente respetaba y recordaba con afecto por el resto de sus vidas.
La situación de hoy parece ser otra. Por un lado, las destrezas mínimas no deben ser fáciles de alcanzar, como indican los mensajes plagados de faltas de ortografía que publican los usuarios de Internet y los testimonios verbales ripiosos de gente de la calle que ofrecen los reportajes de la televisión.
En cuanto a la imagen del maestro y el clima emocional que reina en las aulas... Un profesor de Buenos Aires es envenenado por una estudiante de 12 años, que pone una preparación destinada a eliminar cucarachas, en presencia de una clase que tal como sucede en los videos de bullying escolar subidos a YouTube, no atina a reaccionar o se limita a ser espectadora de un hecho inhabitual, que podría entenderse como una broma o desafío, como la hazaña de alguien que trata de afirmar su rol de líder del grupo.
Escuela española años ´30: niño castigado
No se trata de un hecho aislado, sino de parte de una cadena de violencia escolar que se manifiesta en muchos lugares: una madre de Montevideo sujeta por el pelo a la maestra de su hijo, la tira al suelo, la abofetea, le quita varios dientes, todo por una observación de conducta que había recibido el niño y ella no acepta. Poco antes, tres profesoras fueron agredidas por una patota de estudiantes, padres y amigos, al intentar defender a otra estudiante golpeada por el grupo. Una madre y su hijo de Pergamino atacan a un maestro utilizando un palo y un cuchillo.
La desconfianza hacia el desempeño de los maestros puede justificarse. Rara vez se habla de su vocación de servicio. Durante los últimos años se ha conocido una serie de denuncias de abusos sexuales de docentes que tienen a menores de edad como víctimas. ¿Se trata de un fenómeno nuevo, sin duda gravísimo, que ha socavado rápidamente la autoridad de todo el sector en la conciencia de los padres?
Cuesta demostrar que en el pasado no hubiera situaciones parecidas, pero lo evidente es que no se mencionaba el tema, por pudor de los menores o nula disposición de la sociedad para sancionar a los responsables. Cabe argumentar que la misma visibilidad del abuso se da hoy en el seno de las familias y en instituciones tan respetadas como la Iglesia católica; por lo tanto, sería la sociedad en su conjunto la que ha decidido ver algo que antes prefería ignorar.
En España, durante 2013 y 2014, hubo más de tres mil docentes agredidos. En Chile se denuncian tres o cuatro casos por semana de agresiones a docentes. Una cuarta parte de los profesores de Madrid revelan haber sufrido algún tipo de violencia en su lugar de trabajo. Ellos no son las únicas víctimas. Los estudiantes se agreden unos a otros, dentro y fuera del recinto educativo, a veces con armas blancas que dejan heridos de cierta gravedad.

Vivimos en una sociedad con índices de violencia alto y la escuela no es una isla separada del entorno social y a veces padece de situaciones de vandalismo, de agresión, de robo. Pero la tónica general son comunidades educativas que respetan al maestro y a la institución escuela. (Héctor Florit, Director general del Consejo de Educación de Primaria de Uruguay)

Banksy: mural
Cuando en la actualidad se informa que en las escuelas públicas uruguayas se está gastando cinco veces más en seguridad que en provisión de material educativo, se indica la magnitud del problema y el deterioro que debe sufrir el aprendizaje. ¿Cómo esperar que los estudiantes respeten  a los docentes, o que los docentes trabajen sin demasiado estrés, cuando la escuela se ha convertido en un campo de batalla?
El desprestigio de los maestros parece tener un paralelo en el desprestigio del conocimiento. ¿Para qué esforzarse en estudiar, se preguntan los jóvenes, cuando se les insiste, desde las nuevas tecnologías de la comunicación, que sobran las alternativas de diversión, capaces también de suministrar la información de manera instantánea? Cualquier esfuerzo que se dedique al aprendizaje, se ha vuelto anacrónico, pasado de moda y hasta ideológicamente represivo.
En Argentina, durante el 2014, se ha denunciado un promedio de una agresión diaria a docentes, buena parte de ellas presenciadas por otros estudiantes. ¿Qué modelo de comportamiento suministran los agresores al resto de la comunidad educativa? Quizás los castiguen en ocasiones, pero con mayor frecuencia sus actos quedan impunes. En medio de tantos jóvenes desorientados, con problemas de comunicación y autoestima, ¿acaso los agresores no llegan a instaurarse como los nuevos héroes, que si no se imitan al menos se toleran y admiran?

Los padres solo tienen en cuenta la versión de sus hijos, desautorizan al maestro ante sus hijos. (Fernando Jiménez, Presidente de ANPE-Madrid)

Desde la Antigüedad viene la locución “matar al mensajero”, aludiendo a la reacción de aquellos que reciben malas noticias y la emprenden contra aquel que se las trajo, como si ellos hubieran originado la desgracia que comunican. Los maestros de hoy no pueden evitar ser portadores de malas nuevas: los niños se han vuelto incontrolables por falta de esquemas adecuados de autoridad en las familias, por la difusión al parecer indetenible de las drogas, por la sobreexposición a las redes sociales, también por las enormes falencias del sistema educativo.
Cuando esa situación queda al descubierto en las escuelas, tanto los estudiantes como sus padres no se sienten demasiado complacidos, ni están dispuestos a sacrificarse y encarar las causas. Probablemente hubieran preferido seguir ignorándolas. Se afirma que los padres proyectan sus propias frustraciones en los docentes y rechazan cualquier crítica que pueda efectuarse a sus hijos.
Tradicionalmente las clases podían ser rutinarias, aburridas o (en el mejor de los casos) estimulantes, productivas, pero de cualquier modo dependientes de la iniciativa del docente. En la actualidad eso ha cambiado, porque los estudiantes no se resignan a tolerar lo que no les gusta, aquello que requiere demasiado esfuerzo o desde el primer vistazo se les presenta como carente de sentido.
Los estudiantes conflictivos plantean mayores exigencias a los docentes, que no siempre se encuentran en capacidad de satisfacer. En la clase, reaparecen las carencias que provienen del entorno familiar, y deben coexistir con las de otros estudiantes, en recintos superpoblados. ¿Cómo atender a todos por igual, de acuerdo a las necesidades de cada uno? Gran parte del tiempo en que maestros y estudiantes se encuentran en contacto, está marcado por el rencor y la hostilidad. La reconvención de faltas de conducta ocupa el lugar que hubiera podido dedicarse al asesoramiento. Por lo tanto, no es raro que el aprendizaje se descuide.
Estudiantes de Magisterio años ´50
En el pasado, los maestros brindaban una imagen ideal del pasado, el presente y el futuro del mundo en el que se movían sus estudiantes. Les encomendaban una responsabilidad decisiva en la formación de los jóvenes. ¿Preparaban adecuadamente a sus estudiantes para encarar la vida práctica? ¿Inculcaban buenos hábitos de trabajo? ¿Infundían los principios morales aceptados por la mayoría? No es prudente afirmar que esto sucediera siempre.
Brindaban a la comunidad, en cambio, una imagen de homogeneidad social no demasiado acorde con la realidad, que lograba calmar las dudas que surgieran. En la escuela los menores estaban seguros, cuidados por gente digna de respeto (casi siempre mujeres que reiteraban los paradigmas maternales, a pesar de ser denominadas “señoritas”). En la escuela se aprendía en un ambiente de tolerancia, donde todos eran iguales, mientras que en la calle se tropezaba con trampas y se adquirían vicios.
En la actualidad cualquier intento simplificador parecido se ve contradicho de inmediato por el discurso de los medios que subrayan los conflictos, conocedores de la demanda emocional de una audiencia que se debate entre la curiosidad y la angustia.

¿Cómo transformar la escuela moderna, concebida hace trescientos años, en una institución que responda a las necesidades de un mundo globalizado, (…) de unos niños que sobre muchas cosas saben más que nosotros, de un mercado de trabajo flexibilizado, cuyas demandas formativas mutan constantemente? (…) ¿Cómo confiar en el sentido de lo que enseñamos, si las certezas científicas y la confianza ilustrada en el progreso indefinido del conocimiento están profundamente cuestionadas? (Flavia Terigi y Gabriela Diker: La formación de maestros y profesores: hoja de ruta)

martes, 18 de noviembre de 2014

Elogio de la estupidez ajena


¿Hay cosa más natural que la necedad entone sus propias alabanzas y se dé bombo a sí misma? (Erasmo: Elogio de la Locura)
La estupidez es a veces la mayor de las grandes fuerzas de la Historia. (SIdney Hook)

Nave de los locos (grabado medieval)
Cuando yo tenía veinte años, lamento decir que hace de ello más de medio siglo, en el grupo en el que participé durante mi etapa de estudiante universitario, la inteligencia era valorada casi por encima de cualquier cosa. El dinero no importaba, el atractivo físico tampoco. No era que uno se mirara en el espejo y considerara pertenecer a automáticamente a una élite esclarecida (los “happy few” de acuerdo a la fórmula de Stendhal).
Ese sector que intelectualmente se hubiera debido encontrar por encima del resto, la mayoría de la gente, menos favorecida por la suerte, de acuerdo a la concepción aristocrática de la inteligencia. Solo se trataba de algo deseable para cualquiera con dos dedos de frente, una característica que podía no ser innata y valía la pena cultivar, aunque se estuviera lejos de obtener los mismos frutos que admirábamos en nuestros héroes, los grandes artistas e intelectuales.
Recuerdo a un joven de mi edad, a comienzos de los años ´60, al que llamábamos (no sin maldad) “el sobaco ilustrado”. Andaba siempre con un libro bajo el brazo. Nunca el mismo. A nadie le constaba que los leyera. Tampoco era cosa de ponerlo a prueba para salir de dudas. ¿Qué hubiera pasado si al interrogarlo demostraba que efectivamente asimilaba esas lecturas? No hubiéramos podido continuar riéndonos de él, sintiéndonos superiores. ¿Qué hubiera pasado si quedaba en evidencia que se trataba solo de una pose? No se habría ganado nada con confirmar la hipótesis.Nadie esperaba nada relevante de e.
Hans Holbein: Erasmo de Rotterdam
En ese momento no leí a Erasmo, a pesar de que tuve la oportunidad de hacerlo, porque di por supuesto que representaba una etapa superada de la Humanidad, que el pensamiento moderno había superado y aborrecía justificadamente. Prejuicios similares crearon baches considerables en mi frágil Cultura, que por haber sido organizada por un autodidacta, no pasaba de ser un rejunte caótico de las vanguardias de entonces. Podía considerarme al día, pero me faltaba profundidad.
Erasmo creyó necesario dedicar, en pleno siglo XVI, cuando los métodos de la Escolástica mantenían sujeta a la inteligencia, un minucioso Elogio de la Locura, que en rigor es una denuncia de la Estupidez. De haber encarado el libro de ese modo, no me hubiera parecido tan ajeno a la ironía de Kafka, ni al teatro del absurdo de Ionesco, ni a El Malentendido de Camus, ni al distanciamiento crítico planteado por las obras de Bertolt Brecht que tanto me sedujeron por entonces. Erasmo escribía en una época en que la disidencia religiosa, moral o política planteaba enormes riesgos para todo aquel que se atreviera a manifestarla (después de todo, era un hijo ilegítimo que intentaba abrirse paso en una sociedad que lo estigmatizaba sin conocerlo). No es de extrañar que tomara tantas precauciones para no ser visto como un peligroso heterodoxo que debía reprimirse.

¿Qué hombre (…) ofrecería su cabeza al yugo del matrimonio si, como suelen hacer los sabios, pensase antes seriamente en los inconvenientes de la vida conyugal, ni qué mujer consentiría que se le acercase un varón si conociese o examinase solamente los peligrosos dolores del partes o las molestias de criar los hijos? (Erasmo: Elogio de la Locura)

Para sobrevivir, Erasmo estaba obligado a vender su inteligencia a los príncipes y jerarcas de la Iglesia. Por eso deja a la vista de todo el mundo una densa capa de erudición y conformismo que satisface el paladar de la clientela y distrae del fondo del discurso. Es inteligente y (sobre todo) lo parece, lo ostenta de manera tal que no puedan ignorarlo aquellos que se encuentran en disposición de utilizar la cercanía de la inteligencia ajena, aunque solo se para adornarse.

¿Qué es lo que vemos en los niños que nos mueve a besarlos, a abrazarlos, a acariciarlos, y que hace que nos parezca que hasta tienen la virtud de desarmar al enemigo, sino el atractivo de la necedad, con que la prudente Naturaleza ha adornado la frente de los recién nacidos, a fin de que puedan pagar en placer los trabajos de la crianza y conquistar por su amabilidad la protección que necesitan? (Erasmo: Elogio de la Locura)

A diferencia de lo que pasa hoy, Erasmo no se preocupa de halagar a los jóvenes que son mayoría y conforman la clientela ideal, porque consumen sin detenerse a pensarlo demasiado. Ni siquiera estaba obligado a tolerarlos. Podía denostarlos con elegancia. Nuestra conciencia actual de lo que es políticamente correcto por un lado y aquello que resulta imprudente afirmar en público por el otro, aunque uno se encuentre suficientemente  convencido de lo que opina, todavía no se había establecido por entonces.

¿De dónde proviene este encanto de la juventud, sino de mí [la Necedad] a quien se debe que los que menos saben sean, por ello mismo, los que menos se enojen? (Erasmo: Elogio de la Locura)

Los tiempos han cambiado, puede comprobar cualquiera que transite la modernidad. Aquellos que menos saben hoy, tienen conciencia de representar una abrumadora mayoría, están orgullosos de lo que ignoran, se sienten con derecho a plantear sin pudor sus puntos de vista y no pocas veces otorgan a sus desconocimientos, mitos y prejuicios el peso de nuevos dogmas, por los que consideran que bien vale la pena matar (lo más probable) o morir (lo menos).
A pesar de que no existen estadísticas al respecto, quizás no haya hoy más estupidez  que hace quinientos años. Claro, la educación básica es obligatoria en gran parte del planeta, la Medicina ha mejorado las condiciones de vida, las telecomunicaciones han conectado de manera instantánea a los seres humanos más distantes, las leyes se han vuelto más sensibles respecto de los débiles, desde hace tiempo no quemamos a las brujas... pero nada parece más improbable que haber alcanzado la racionalidad en el manejo del planeta.
Desde la actualidad, el observador tiene la impresión de que en el pasado la ignorancia experimentaba algo parecido a una conciencia de sus límites y tendía a respetarlos, no fuera que la denunciaran de lo que era, mientras que hoy se la nota envalentonada, conocedora del poder infalible que le reconocen la democracia y los estudios de mercado.
Cole Porter
No se trata de un sentimiento nuevo, que envenene las primeras décadas del siglo XXI, tras una seguidilla de desencantos de los grandes sistemas políticos y religiosos. El compositor norteamericano Cole Porter daba cuenta en 1934 de la crisis de valores contemporánea, en una canción cínica incluida en una comedia musical que fue reciclada en varios filmes:

The world has gone mad today / and good´s bad today / and black´s White today / and day´s night today / and that gente today / you gave a cent today / once had several chateaux / when folks who still can ride in jitneys / find out Vanderbilts and Whitneys / lack baby clothes, / anything goes. (Cole Porter: Anything goes)

¡Qué alivio! Desaparecidos los valores tradicionales, podía experimentarse algo parecido a la libertad (o el vértigo) que prometía la modernidad. Todo había comenzado a dar lo mismo, en medio de la mayor crisis económica internacional de la que se tuviera memoria, causante de inmensas hambrunas y paralela destrucción de recursos, menos de veinte años después de terminada lo que se llamó la Gran Guerra y apenas cinco años antes de que se iniciara la todavía más horrible Segunda Guerra Mundial. Es difícil imaginar un contexto más sombrío.
Enrique Santos Discépolo
Para Enrique Santos Discépolo, el mundo contemporáneo (1934) se presentaba como una pesadilla que a pesar del horror que causaba, podía ser cantada y bailada como un tango.

Hoy resulta que es lo mismo / ser derecho que traidor / ignorante, sabio o chorro / generoso, estafador. / Todo es igual / nada es mejor / lo mismo un burro / que un gran profesor / (…) Si uno vive en la impostura / y otro roba en su ambición / da lo mismo que sea cura / colchonero, rey de bastos / caradura o polizón. (Enrique Santos Discépolo: Cambalache)

El vaciamiento inocultable de la cultura tradicional y su reemplazo por algo que no resulta del todo reconocible ni satisfactorio, pero tampoco puede dejarse de lado, es un fenómeno que abruma a ignorantes e inteligentes por igual. Sin duda, es un sentimiento que se ha dado en otros momentos de la Historia, en diferentes sociedades, causando vértigo a unos y comentarios irónicos a otros.

Si los imbéciles son los más satisfechos de sí mismos y los más admirados por todos, ¿quién será el necio que prefiera la verdadera sabiduría, que tanto trabajo nos cuesta adquirir, nos vuelve tímidos y vergonzosos, y por último encuentra tan pocos que la aprecien? (Erasmo: Elogio de la Locura)

Erasmo lo presenció en su época. Se refiere a su propia experiencia. Aunque hubiera debido considerarse a sí mismo un privilegiado, por las oportunidades que tuvo de formarse, un intelectual de fama internacional, con pocos competidores que le disputaran ese rol, su situación ventajosa era inestable.
Dependía de los favores de una clase dirigente a la que debía halagar, distraer y (créase o no) guiar en la interpretación de materias relevantes, evitando sin embargo cualquier cuestionamiento. Podía utilizar su inteligencia, le pagaban para que lo hiciera, en atención a la completa inutilidad de esa demostración pública de los más altos dones de la Humanidad.
Ese reconocimiento de la inteligencia, que la condena a ser inoperante, no parece molestarnos demasiado en la actualidad. La lógica del mercado se ha impuesto y el principal rol que se otorga a la inteligencia, es interpretar el oráculo de la necedad colectiva, para dictar a continuación las normas que habrán de seguirse para obtener las mayores ganancias.
El necio posee una cualidad que no es de despreciar: la de ser solo él franco y verídico. (Erasmo: Elogio de la Locura) 
¿Por qué paga mejor hacerse el tonto que serlo efectivamente? Más aún: ¿por qué conviene hacer creer que uno es algo tonto, que pretender demostrar el valor efectivo e irrenunciable de la propia inteligencia? La inteligencia real o aparente asusta a muchos, que se sienten amenazados por su ejercicio o incapacitados para acceder a ella.
Quien opta por la primera estrategia, la de simular estupidez, por deshonrosa que parezca, se ahorra más de un dolor de cabeza. No lo vigilan buscando errores que le serán cobrados, no lo envidian pensando en desplazarlo. Aunque la estupidez irrite cuando se manifiesta con demasiada frecuencia, también alivia a quien se cree libre de su mancha.

La estupidez elimina cualquier sospecha: “desarma”, como se dice todavía hoy. Huellas de esa astucia, de esa estupidez astuta, las encontramos en el hecho de que las fuerzas están tan desigualmente distribuidas, que el más débil busca su salvación en fingirse más estúpido de lo que es: se encuentran, por ejemplo, en la proverbial astucia cotidiana (…) del soldado con el superior, del escolar con el maestro y del niño con los padres. Quien está en el poder se irrita menos cuando los débiles no pueden, que cuando no quieren. (Robert Musil: Sobre la estupidez)

domingo, 2 de noviembre de 2014

De las cartas de amor al SMS


Muy señor mío: tomo la pluma en la mano, para decirle por la presente que me encuentro bien de salud, como espero que usted también, Dios mediante…
A mediados del siglo XX el aprendizaje de las fórmulas tradicionales de la comunicación escrita, comenzaba en la escuela primaria. En algunos momentos, podía parecer una acumulación tediosa de destrezas manuales, pero hoy se sabe que al ejercitarlas se activan zonas del cerebro que de otro modo permanecerían tal como estaban.
Quizás el estudiante no quedara capacitado para expresar todo lo que pasaba por su cabeza, pero al menos adquiría ciertas herramientas que le permitían establecer un contacto escrito con otras personas. En mi caso, ese aprendizaje continuó durante la educación secundaria, porque asistí a una Escuela de Comercio donde nos enseñaban a redactar misivas convencionales, de esas que tarde o temprano uno debe afrontar y se encuentran formalizados en modelo que se recicla con mínimas alteraciones.

La gente cree que el lenguaje es algo simple. El lenguaje tiene múltiples niveles, como un edificio con un diferente plano para cada piso. En el lenguaje escrito hay letras, palabras, frases, que son diferentes niveles del lenguaje. Están relacionados, pero no de una manera simple. El deletreo está al nivel de la palabra, pero frases están al nivel de la sintaxis. Palabras y sintaxis (esquemas para organizar el orden de las palabras) son semi-independientes. La organización de las frases para crear textos es otro nivel. (Virginia Berninger)

Tal vez la gente escribe hoy más que antes, gracias a un teclado, no en un papel, utilizando un lápiz o una pluma movidos por una mano experta, y dudo que escriba lo mismo de antes. En el pasado, se escribía menos y se le prestaba mayor atención al escrito. Hoy, los teléfonos celulares nos acompañan a todas partes, durante las actividades cotidianas y ofrecen tanto la posibilidad de dialogar utilizando la voz, como de redactar y leer breves textos, que reclaman una urgencia pocas veces justificada; pueden enviar y recibir imágenes fijas o en movimiento, pero de todos modos triviales, etc.
Los mensajes de texto se han convertido en una rutina de la gente (a veces, también en una adicción vergonzosa) de la que probablemente cuesta librarse. Leerlos o redactarlos requiere muy poco esfuerzo. No se corrigen y pronto se olvidan. Cuando se compara esta facilidad sin criterio, con las nociones de responsabilidad y sentido que acompañaban tradicionalmente a la comunicación escrita, se llega a la certeza de no haber ganado tanto con la novedad tecnológica.

Las frases se me resistían, como las cosas. Las observaba, las rodeaba, fingía que me alejaba y retornaba súbitamente a ellas, para sorprenderlas desprevenidas; la mayoría de las veces conservaban su secreto. (Jean-Paul Sartre: Las palabras)

¿Cómo se escribe hoy, cuando la pantalla del teléfono limita el número de caracteres que puede incluir un mensaje? Se escribe en cualquier sitio donde uno se encuentre y se envía (y recibe) de inmediato cualquier mensaje de otros participantes de la comunicación, por lo que no se tiene la oportunidad de preparar o corregir lo escrito.
Se escribe sin atender a las reglas de cortesía, porque no hay espacio para saludos y despedidas. Se escribe desentendiéndose de la ortografía y la sintaxis, porque o bien se las ignora, o no se estima que sea necesario concederle atención a tales añejeces.
La necesidad de escribir a mano se vuelve cada vez menos frecuente para los jóvenes. ¿Para qué hacerlo, cuando hay teclados que cumplen con esa función y programas que suministran una enorme variedad de tipografías, incluyendo algunas que imitan la escritura manual?  He descubierto que algunos de mis estudiantes, cuando son obligados a escribir a mano, solo son capaces de hacerlos en letras de imprenta.
Mi infancia y mi adolescencia, en cambio, fueron atormentados por observaciones de maestras y profesores que reprobaban mi caligrafía poco ortodoxa (“patas de mosca” fue descrita alguna vez) fruto de la rapidez del trazado y el insuficiente control muscular, o que se empeñaban en adiestrarme en el trazado de la Cursiva Inglesa o la Redondilla (incluso la Gótica heredada del Medioevo) utilizando plumas de acero de punta abierta o cuadrada, para lo cual se requería un tiempo y una concentración que al parecer me faltaban.
El llenado de los cuadernos de caligrafía de la secundaria me exponía a evaluaciones mediocres que bajaban mi promedio de otras materias. Yo sabía que tarde o temprano terminaría arruinando un ejercicio, por no tomarme el tiempo que requería. La escuela planteaba modelos de vida demasiado estrictos, sin alternativas para los educandos. Si no se disponía de la pluma adecuada, era inútil ponerse a escribir. Si no se sostenía la lapicera en diagonal, respecto del papel, entre los dedos índice y pulgar, ciertos rasgos se volvían imposibles. Si se cargaba demasiado la pluma, en lugar de drenarla en el borde del tintero, era inevitable un manchón en el cuaderno o la manga del guardapolvo. Si se dejaba el tintero destapado, la tinta se volvía espesa, inmanejable. Si no se tenía el papel secante a mano, cualquier error derivaba en una marca indeleble.
Era una cultura normativa, que no toleraba discrepancias o descuidos, porque el resultado los denunciaba.
La aparición a mediados del siglo XX del bolígrafo (que para nosotros era Birome) condenaba al desuso las plumas cucharita y con ellas los tinteros de los pupitres escolares, los rasgos de distinto grosor, la necesidad de recargar la lapicera con tinta, el papel secante, etc. Una nueva modalidad de escritura se había impuesto, que permitía seguir el hilo de los pensamientos sin interrupciones, mientras suprimía paralelamente el disfrute estético de la caligrafía.
Para los chinos y japoneses, la caligrafía era un arte no inferior al de la pintura, que costaba aprender y era el fruto de especialistas admirados. Los musulmanes pueden condenar la pintura figurativa, que entra en competencia con el único Hacedor del universo, pero ven obstáculo en el lucimiento de la caligrafía. En nuestra cultura actual, se ha vuelto una formalidad arcaica, decorativa, que nadie practica y de todos modos se considera inútil.
En algún momento, cuando aprendí a leer, descubrí en un cajón del tocador de mi madre, algunas cartas que mi padre le había enviado durante su noviazgo, escritas en un papel lila que conservaba el perfume a violetas de tal vez nueve o diez años antes. Resultaba tan extraño reconocer esa letra familiar, que aparecía en los libros de cuentas del almacén, intentando describir sentimientos personales, en correcta cursiva inglesa, que alternaba los rasgos delgados y los gruesos, delicadamente inclinada hacia la derecha. No recuerdo el contenido de esas misivas, pero debió ser algo que aún le importaba a mi madre, incluso después del desengaño que fue su matrimonio, porque de otro modo no las hubiera conservado, junto a las fotos familiares, a pesar de la convicción de que la relación era un fracaso.
La caligrafía de mi padre era una de las pocas adquisiciones que mantenía de su paso por el Colegio Nacional de Buenos Aires. Cuando lo pienso mejor, tal vez fuera la marca de la educación de mi abuelo, que lo dedicó a llenar los libros de Contabilidad de su comercio, tal como él me obligó a mí, cuando estuve en edad de secundarlo. Prestarle atención a la caligrafía era una forma de facilitar una comunicación más fluida entre nosotros. Nada resultaba menos adecuado que una “letra de médico”, rápida pero imposible de descifrar para casi todo el mundo.
Las palabras de amor que había usado mi padre en sus esquelas de noviazgo, tal vez no fueran del todo suyas, comprendí más tarde. Solo de ese modo se explicaba que ya no las usara en su vida cotidiana (si es que no era porque el desencanto del matrimonio las había vuelto desactualizadas, inútiles). Existían volúmenes de modelos de cartas, que la gente de mi barrio utilizaba cuando se encontraba en la alternativa de escribir algo más personal que una tarjeta de felicitaciones. Lo que hubiera debido ser más personal, recurría a los modelos expresivos que planteaba lo aceptado, tal como en San Pedro las fotos que salían de los estudios de Suñer o Bennazar se encontraban posadas y cuidadosamente retocadas, para que todo el mundo luciera bien y no tuviera que avergonzarse de sí mismo.
Cuando en la actualidad busco algo similar en Google, descubro para mi sorpresa que los modelos de correspondencia amorosa no han desaparecido, que continúan ofreciendo a la gente la descripción de sentimientos y actitudes tan actuales como los dinosaurios. ¿Alguien los utilizará, exponiéndose al ridículo?
Un cambio de mentalidad se ha verificado en nuestra cultura. Ni siquiera fue necesario que pasara mucho tiempo para convencerse de ello. En la actualidad, no son pocos los que prefieren dar por terminada una relación amorosa mediante un mensaje de texto. Se ahorran (puede suponerse) la incomodidad de recibir la respuesta incómoda durante un diálogo cara a cara, o lo que todavía es peor, una negociación plagada de lágrimas y reproches, que puede conducir al resultado opuesto. Un mensaje de texto es breve, definitivo, y si la otra parte se empeña en continuar la comunicación, con un gesto que no cuesta el menor esfuerzo, se bloquean sus respuestas.
Queda en pie, sin embargo, la pregunta sobre el efecto que esos mensajes producen en aquellos que los reciben. ¿Dejan alguna huella? ¿Vuelven a ser consultados? ¿Se olvidan tan pronto como aparece otro mensaje, probablemente no menos trivial, reclamando por unos segundos la atención del receptor?

Nunca una lágrima emborronará un e-mail. (José de Saramago)