viernes, 21 de agosto de 2015

Promesas (no siempre cumplidas) de satisfacción inmediata (I)


Antonio Berni:Juanito Laguna
En el curso de mi vida fui testigo de la disolución de una vieja perspectiva del mundo, aquella que suponía la necesidad de concentrar los esfuerzos personales y los de un grupo solidario, para conseguir cualquier cosa que se considerara de cierto valor. La gente ahorraba, por lo general, postergando la satisfacción de sus deseos de consumidor, con el objeto de reunir el efectivo que le permitiera comprar algo al contado. Como ese capital se guardaba debajo del colchón o en un rincón que se suponía seguro del ropero, las instituciones bancarias no identificaban ni tentaban al común de la gente con ofertas de crédito plagadas de engañosa letra chica y a la larga penosas de solventar.
El crédito era una forma poco frecuente de organizar la vida cotidiana y no se encontraba al alcance de cualquiera. ¿Pueden concebir que esto haya sido así, los miembros de las nuevas generaciones, que crecieron acostumbrados a pagar con tarjetas de crédito, cualquier oportunidad que se les cruza en el camino y les resulte atractiva, dejando de lado cualquier preocupación sobre la forma en que la deuda contraída será saldada?

En nuestros días, los centros de compras suelen ser diseñados teniendo en cuenta la rápida aparición y la veloz extinción de las ganas, y no considerando el engorroso lento cultivo y maduración del deseo. El único deseo que debe emanar de una visita al centro de compras es el de repetir, una y otra vez, el jubiloso momento en que uno “se deja llevar” y permite que su propio anhelo diriga la escena, sin ningún libreto prefijado. (Zygmunt Bauman: Amor líquido: sobre el amor y el deseo)

En el pasado, se nos aleccionaba para que demoráramos satisfacciones grandes o pequeñas, como demostración de carácter y promesa de vagas recompensas futuras (desde el respeto de los vecinos a la vida eterna). En las escuelas se incentivaba el ahorro de los estudiantes, mediante la distribución de alcancías en las que uno depositaba las monedas que hubiera podido emplear en comprar caramelos, o libretas de ahorro que se suponía abiertas para efectuar depósitos regulares, que permitirían obtener modestos intereses anuales.
Tocador victoriano
Los objetos que utilicé en mi infancia no pasaban nunca de moda (mejor dicho, el tema de su vigencia u obsolescencia por el gusto, no entraba en consideración). Los muebles de la familia pasaban de generación en generación. En el peor de los casos, se reciclaban de acuerdo al criterio de los nuevos tiempos, como hicieron mi madre y mi tía Matilde con un tocador victoriano, del que suprimieron la ornamentada parte superior y conservaron el espejo biselado, que en adelante debió apoyarse precariamente en la pared, siguiendo los consejos de alguna revista femenina, que no debe haber planteado la conveniencia de sustituir esas antiguallas de calidad por muebles modernos. Habían sido fabricados para durar indefinidamente, utilizando una caoba que no había perdido su aroma varias décadas más tarde, y podían ser reparados por cualquier adulto que estuviera dispuesto a intentarlo, utilizando recursos fáciles de encontrar, cada vez que resultara necesario.

Solo hay una fuerza motriz: el deseo. (Aristóteles)

La actual fiebre de los consumidores por estar al día, con el objeto de sumarse a una temida mayoría, que de no saberse obedecida los discriminaría, en el idéntico disfrute de lo último que acaba de lanzar la industria, como si se estuviera asistiendo a un examen que puede ser desaprobado, no existía en mi infancia, y de manifestarse en alguien hubiera sido evaluada como la evidencia de una inmadurez intolerable incluso entre los niños. Estar In o Out no era una preocupación para nadie. Más aún: ¿a quién se le hubiera ocurrido la necesidad de emplear esa terminología gringa?
La ropa que conocí en mi infancia, se fabricaba prenda por prenda, a la medida del usuario y se sometía a varias pruebas, para eso había tantas modistas y tantos sastres disponibles en la vecindad, a los que nunca faltaba trabajo, porque la ropa de confección, prometida en los catálogos de Gath & Chaves, parecía una alternativa distante, poco confiable (¿cómo podía ser eso de encargarla sin haberla tocado, comprometiéndose sin embargo a pagarla contra reembolso?). Las tiendas del centro de San Pedro ofrecían telas y accesorios, rara vez prendas más elaboradas. Las revistas femeninas que compraban mis tías, como Labores y Vosotras, incluían laberínticos patrones que las lectoras debían descifrar, para coser ellas mismas sus ropas.
Una excepción era la ropa de trabajo, como la de Coppa y Chego, que estaba bien cortada, venía en una variedad de medidas y resultaba indestructible. La publicidad mostraba a un forzudo que disputaba una chaqueta a un mastín. Eso era antes de que los blujeans de marca aparecieran en el mercado, con un modelo único, que se venía reproduciendo desde el siglo XIX. Después de todo, no era algo que uno luciera para estar a la moda. Si las prendas se desteñían o gastaban, no se trataba de un intento de diferenciarse de la masa de consumidores, sino parte inevitable de su vida útil.
La alternativa del remiendo (tengo la impresión de que hoy es una destreza desaparecida) prolongaba la vida útil de las prendas de vestir, más allá de cualquier dictamen de la moda. Uno debía conformarse con lo que tenía, probablemente porque no podía conseguir nada parecido o superior. Recuerdo el reemplazo de los puños o el cuello de una camisa que habían comenzado a deshilacharse por el lavado y el planchado, el empleo de parches de terciopelo para prolongar el uso de una chaqueta cuyo cuello o los codos se habían manchado por el uso.
Nada de eso nos avergonzaba como una confesión de pobreza, puesto que la gente alardeaba de ser “pobre pero honrada”, no de tener lo que precariamente se ha conseguido a crédito. Más bien eran una demostración de ingenio, de criterio para aprovechar la escasez, como hacer salpicón de ave o la llamada ropa vieja, de ancestro español, con los restos de una comida que había requerido mayores gastos.
No era que la idea de aspirar a un tren de vida más desahogado se repudiara, sino que se suponía que cualquier recurso debía aprovecharse al máximo, hallando satisfacción en la habilidad demostrada para lograr ese objetivo. Sin duda, es una actitud muy distinta a la que lleva hoy a endeudarse, impulsada por la urgencia de disfrutar de inmediato lo que se desea (incluso aquello que solo se cree desear, porque se encuentra de moda).
Las medias de mujer que tenían puntos corridos, se zurcían bajo una lupa. Las zurcidoras casi siempre miopes, gozaban de prestigio por su paciencia y los resultados, en el mejor de los casos imperceptibles, de su trabajo. No eran signos de un apego irracional a lo usado y desgastado, sino de un empleo prudente de los recursos, una glorificación de la paciencia, virtud hoy desaparecida. ¿Por qué perder tiempo y poner en juego tanta dedicación, se dice el consumidor actual, cuando es más fácil comprar algo nuevo, generalmente sin necesidad de sufrir la incomodidad de pagarlo al contado?
Comprar en un comercio exigía en el pasado dialogar con el propietario o el dependiente, que en muchos casos explicaban las reglas de uso de lo que vendían. Ellos pesaban o medían la mercancía, y luego de que la pagaran o quedara anotada en una libreta, la entregaban. Podían comprarse pequeñas cantidades (medio kilo de tal cosa, un cuarto de esta otra, cien gramos, medio metro de una tela) o de acuerdo a la cantidad de dinero que cada uno estaba dispuesto a invertir en la compra (tanto de clavos, tanto de pan).
Pocos productos se encontraban allí donde los alcanzara cómodamente la mano del comprador, según resulta usual en los supermercados de la actualidad. Podían ser vistos y solicitados, pero no tocados, al menos hasta comprometerse la compra. Tampoco había Ofertas de la Semana, ni Días de Descuento. Con eso se disminuía la tentación y el impulso no meditado, que tienen tanto peso en las compras de los consumidores actuales. En las tiendas tradicionales, solo las mesas de saldos que se organizaban una vez por mes, permitían que las compradoras tocaran la mercancía (y hasta se la disputaran, de acuerdo a las historias que contaban mis tías).
Las latas de conservas eran exhibidas en los estantes del almacén de mi padre, con sus relucientes etiquetas impresas en colores, pero no eran muchos los compradores que las solicitaban (por lo general, hombres solteros) y en la casa, nosotros tampoco las consumíamos. Había albóndigas en salsa, fabada gallega, ravioles a la boloñesa, duraznos en almíbar. Mi madre no recurría a la comida enlatada que tenía a mano, por indispuesta que pudiera sentirse cuando debía alimentar a una familia de seis personas. Hacerlo hubiera sido lo mismo que confesar que no servía para encargarse de las tareas básicas que parientes y maestros le habían informado que ella y nadie más debía realizar, a partir del momento de casarse, y no era posible volver atrás, por agobiante que le parecieran.

Ocupar mucho tiempo cocinando, era un estilo de vida razonable para las amas de casa. El caldo se obtenía después de varias horas de tener los ingredientes hirviendo a fuego lento, espumándolo repetidamente, para que no quedara grasoso. La posibilidad de utilizar cubos de caldo industriales, que reducían el proceso a unos pocos minutos, no figuraba entre las expectativas de mi madre. Desde un siglo antes se conocía el extracto de carne, fuertemente condimentado, con el que se elaboraban salsas en el hotel de mi abuelo, pero dudo que mi padre hubiera aceptado tanta simplificación en su casa.

En ocasiones como las fiestas de fin de año, abríamos sin la menor carga de conciencia, perfumadas cajas de galletitas azucaradas con formas de animales o budín inglés de Bagley, porque mi madre no confiaba en su habilidad para pesar los ingredientes y seguir las instrucciones de un libro de cocina. Cuando queríamos consumir salsa de tomates fuera de la temporada de cosecha de tomates, se recurría a la elaboración de conservas de paciente elaboración (mi madre no lograba controlar las cantidades correctas de ácido salicílico). El dulce de leche o el de zapallo se cocían a fuego lento, durante horas, en la cocina de leña. Tanto los niños como los adultos, nos turnábamos en la tarea de revolver las grandes ollas con cucharas de palo, para que las golosinas que iban a ser consumidas sin apuro, durante semanas o meses, no se pegaran en el fondo.
La comida chatarra (fast food) apareció a mediados del siglo XX, primero en las grandes ciudades, luego en todo el país. Eso de comprar una pizza (incluso una pre-pizza) que reemplazara a un almuerzo, unas hamburguesas congeladas que fueran consumidas en lugar de un buen trozo de carne vacuna, con huesos y grasa, pareció inicialmente un insulto a las destrezas de las mujeres de la casa, o una confesión de holgazanería femenina que los hombres condenaban. En apenas una generación, la resistencia inicial había desaparecido y sospecho que buena parte de las destrezas tradicionales también.
Café en grano
Me tocó asistir a la llegaba del café instantáneo, que permitía disfrutarlo en un, dos, tres segundos, de acuerdo a la publicidad. Antes de eso, me recuerdo moliendo granos de café para el cuarto de kilo que esperaba un cliente en el salón de ventas, utilizando un molino que había quedado desde la época de mi abuelo, en la trastienda del comercio de mi padre. La posibilidad de que el café hubiera sido tostado (torrado era el término específico) significó una gran ayuda para los consumidores, porque hasta entonces el paquete de granos debía tostarse previamente con azúcar, para luego molerlo, y solo entonces quedaba en condiciones de preparar la infusión que uno quería beber. El proceso era lento y el resultado dispar, a diferencia de la uniformidad que prometía el café instantáneo. Por eso no fue de extrañar que la novedad se impusiera a pesar del gusto metálico que al comienzo uno descubría en la infusión.
Durante los años `40, íbamos a comprar leche a la casa de unos vecinos, que tenían un tambo. Llevábamos entre dos un pesado tarro lechero que se venía usando desde hacía décadas. Con frecuencia, ordeñaban la leche delante de nosotros. A los niños nos ofrecían un vaso de leche tibia, espumosa y dulzona. Cuando esa leche se agriaba en casa, se la dejábamos a los patos, mezclada con afrecho, porque desconocíamos la posibilidad de consumirla como yogur, kefir, ricota o requesón. Por lo tanto, estábamos menos informados, imaginábamos un universo de consumo bastante más estrecho que el actual, pero al mismo tiempo apreciábamos más lo tal vez poco que teníamos.
A mediados del siglo XX, las latas de leche condensada podían ser vistas como una golosina infrecuente o un recurso de emergencia, cuando no había nada más adecuado para el desayuno. Los envases de leche en polvo aparecieron después y a pesar de la comodidad que prometían, era opinión generalizada que dejaban mucho que desear. No se conseguía disolverla bien, por lo que había que lidiar con grumos o un residuo sospechoso, que identificábamos con tiza y adulteración del producto, aunque tal vez no fuera otra cosa que la evidencia de un procesado inadecuado, del cual nosotros, los mismos usuarios, hubiéramos debido responsabilizarnos.
Las madres amamantaban a sus hijos, una tarea que no estaba al alcance de todas (algunas, como mi madre, debían recurrir a un ama de cría de la vecindad, como hizo conmigo). La lactancia les insumía un tiempo considerable y una gran dosis de paciencia, antes de la industria les prometiera liberarlas de algo que no había sido considerado una esclavitud, sino un nexo insustituible, necesario, entre madre e hijo. Hasta los médicos recomendaban la novedad ¿Cómo extrañarse de que el apego se hubiera debilitado?
Una generación antes de la mía, las familias se alimentaban con la producción de las huertas que sembraban, con la leche de las vacas que ordeñaban, con la carne de las gallinas que debían atrapar en su corral, para faenarlas y desplumarlas a continuación. Todo requería dedicación, destreza, paciencia, colaboración, características que se han ido debilitando en una época en que la búsqueda de una satisfacción inmediata contribuye a la sensación de frustración de aquellos que ahora no la obtienen o que no pueden disfrutarla cuando se supone que la obtuvieron.
Durante mi infancia, tuve la oportunidad de asistir al final de una época en que la unidad productiva establecida en torno a cada familia, se encargaba de la mayor parte de sus insumos. Esa autosuficiencia requería destrezas variadísimas de todos los miembros del grupo, desde muy temprano; la formación de valores tales como la responsabilidad y la paciencia, mientras determinaba un tipo de relación entre todos ellos, que hoy cuesta imaginar. ¿Qué duda cabe? La industria se impuso, desplazando a las relaciones familiares, aislando a sus integrantes, para convertirlos en consumidores. Gracias al progreso, mucho se perdió.

jueves, 16 de julio de 2015

El mundo inimaginable, sin los medios de comunicación


Herbert Marcusse
¿Se puede realmente diferenciar entre los medios de comunicación de masas como instrumentos de información y diversión, y como medios de manipulación y adoctrinamiento? (Herbert Marcuse)
Antes de los teléfonos móviles y los mensajes de texto (hace apenas una década, a pesar de la incredulidad de los jóvenes, a quienes cuesta concebir que el mundo existiera antes de nacer ellos) la comunicación a través de los medios se había desarrollado, aunque se encontraba reducida a límites que en la actualidad impresionan como los propios de un paraíso perdido, irrecuperable, en más de un sentido también temible, tal como la vida sobre el planeta es representada en películas de ambientación postapocalíptica.  La inexistencia de la actual tecnología de las telecomunicaciones es equiparada a un virtual fin del mundo, un desastre imposible de tolerar.
Teléfono celular
La gente de hoy supone que debe permanecer disponible para la comunicación instantánea, conectada a las redes sociales todo el tiempo, como si de eso dependieran sus vidas. En los teatros e iglesias, se advierte a los concurrentes que los teléfonos tienen que ser apagados, porque en un caso deterioran la solemnidad del culto y en el otro dispersan la atención de otros espectadores. En las salas de clases, los docentes deben vigilar las miradas nerviosas de estudiantes, que a pesar de las avisos previos, consultan las pantallas de los celulares, al amparo de los pupitres o disimulados entre sus ropas. En los aviones, los tripulantes informan a los pasajeros sobre la prohibición de utilizar los celulares durante el despegue o aterrizaje, para que no interfieran con las comunicaciones con la torre de control, de las cuales depende la suerte de todos.


En Twitter o Facebook importa más entrar en contacto que comunicar contenidos. ¿No es eso lo que muestra el hecho que incluso en las reuniones niños y adultos miren obsesivamente sus Smart phones como esperando una noticia que podría cambiarles la vida? (Carlos Peña: La fantasía de las redes)

La gente que se conoce, ya no se visita como antes, ni se llama por teléfono para entablar un diálogo, cuando le resulta más cómodo mandar un SMS. Muchos no se toman el trabajo de encontrarse con amigos, cuando pueden subir una foto a Facebook. ¿Cómo era el mundo en el que las personas y las instituciones no se creían con el derecho a reclamar nuestra atención en cualquier momento del día o la noche, aparentemente con el objeto de informarnos sobre cualquier cosa que no siempre nos atañe, porque lo habitual es que se trate de campañas políticas, trivialidades o encuestas de marketing?

No nos engañemos, el poder no tolera más que las informaciones que le son útiles. Niega el derecho de información a los periódicos que revelan las miserias y las rebeliones. (Simone de Beauvoir)

La elemental urbanidad de otros tiempos establecía límites prudenciales para solicitar la atención de alguien que estuviera del otro lado de una puerta o un cable. No se llegaba de visita a una casa ajena sin avisar antes, o en todo caso no se pasaba de la puerta, con lo que se dejaba abierta la opción de no atender. Se llamaba por teléfono para dar noticias relevantes a los pocos usuarios que se encontraban conectados al sistema.
Teléfono primitivo
En el pasado, las empresas telefónicas hacían esperar durante años la instalación del servicio, un privilegio que de acuerdo a la opinión generalizada debía manejarse con responsabilidad.
A veces había que pedir al usuario de una línea telefónica que hiciera el favor de llamar a un vecino, para que pudiera comunicarse con quien lo buscaba, una solicitud que nadie negaba, porque se daba por sentado que se trataba de un asunto que justificaba la molestia.
Hoy se hace de todo por teléfono: se compran entradas para un concierto y los artefactos milagrosos anunciados por la televisión, que van a ser entregados a domicilio; se responde a encuestadores que prometen hacer dos o tres preguntas y luego ocupan cuarto de hora, averiguando como sin darse cuenta si tenemos auto, el ingreso del jefe de hogar y la posesión de electrodomésticos. Las voces grabadas de los candidatos políticos nos confían a cualquier hora su oferta electoral. Se nos informa que debemos pagar el peaje (exponiéndonos a sufrir multas desproporcionadas) por transitar autopistas que tal vez no hemos frecuentado. Un sobrino inexistente, al que nos veíamos hace tiempo, una voz desesperada, nos cuenta (en un intento de secuestro virtual) que acaba de sufrir un accidente de tránsito y necesita urgentemente que le alcancemos dinero a tal sitio, para evitar que un policía susceptible de ser comprado, cumpla con su deber.
Demasiada comunicación telefónica que los usuarios no controlan, he llegado a pensar, cuando veo a mis estudiantes que no toleran pasar demasiado rato sin recibir mensajes, porque sin duda se angustian, necesitan hacerlo apenas sienten que el aparato vibra en un bolsillo, tal como Michael Jackson necesitaba palparse los genitales en público, durante sus espectáculos, y había conseguido incorporar ese gesto inadecuado en la coreografía.
Libertad para comunicarse o en el caso de querer lo contrario, incomunicarse al punto de volverse inmune a cualquier asedio malintencionado: esto parece definir el control o la falta de control de los usuarios sobre la tecnología actual. No se trata de encarar la comunicación como una alternativa de abrirse al mundo para dialogar con él, sino como un automatismo o una compulsión, que delata los temores y fantasmas de cada uno. Gracias a las telecomunicaciones se agrede impunemente o se sufre agresiones, se realizan las fantasías más oscuras o se exhibe lo que tradicionalmente se reservaba para la intimidad.
Antes de Internet, recurríamos al correo para enviar cartas comunes, aéreas o certificadas, que podían tardar días o semanas en llegar a destino. También recibíamos publicidad en el buzón de la casa, mandábamos telegramas cortísimos y costosos, que llegaban en mano de mensajeros, tan solo en grandes ocasiones.
Antes de la computación, escribíamos a mano o empleábamos ruidosas máquinas de escribir, como la Remington que me daban dos veces por semana durante las clases de Mecanografía, en la Sección Comercial Anexa al Colegio Nacional de San Pedro. Las teclas, después de algún rato de trabajo, nos adormecían las yemas de los dedos, cansadas por tantos golpes. También calculábamos de memoria o con ábacos las principales operaciones aritméticas, mientras cultivábamos con enorme cuidado la bella caligrafía, usábamos tinta, plumas de acero y papel secante.
Televisores años`50
Antes de la televisión por cable, teníamos que conformarnos en San Pedro con la señal de una repetidora y un cable coaxial, que al menos distribuía la programación de canal 7 de Buenos Aires. No eran muchos los que tenían televisión en su casa, y ese privilegio los obligaba a abrir las puertas a los parientes y vecinos en las grandes ocasiones, como los partidos de fútbol o las novelas de la tarde.
Antes de la televisión herziana (ésta fue una experiencia de tránsito cultural que le tocó vivir a mi generación durante la adolescencia) la radio nos mantenía bien informados respecto del ámbito nacional, aunque con dificultades en la recepción, que intentábamos remediar con ingeniosas antenas de alambre, que cada uno tendía su antojo, también con el ámbito internacional. Sintonizar la radio era un privilegio que cada familia otorgaba a diferentes integrantes, de acuerdo a la hora y los compromisos de cada uno.
Radio 1939
A la hora de las comidas y durante los fines de semana, lo más probable era que el padre decidiera qué iba a oír el resto de la familia, porque había una sola radio en toda la casa, era un artefacto pesado y no se movía demasiado.
Nuestra radio, como la de todos los vecinos que conocí durante mi infancia, se encontraba instalada en la cocina, sobre una repisa o en una mesita que permitía transportarla en otros momentos a los dormitorios o el patio, con el objeto de acompañar las comidas de toda la familia y entretener a las mujeres mientras preparaban las comidas. Encender la radio era la señal para que los chicos tuvieran prohibido cualquier berrinche y los mayores esperaran pacientemente los anuncios, para decir lo que pensaban sobre las noticias del Reporter Esso, el último comentario de Juan José de Soiza Reilly o un chiste de Felipe, el personaje de Luis Sandrini.
Había concursos de conocimientos que nos abismaban por el coraje de algunos participantes, que podían duplicar lo ya ganado o perderlo todo en cada nueva pregunta que respondieran. Al escuchar radio nos convertíamos en “Amigos Invisibles” (de acuerdo a la denominación inventada por Eugenio Félix Milleti) que recibíamos los Rayos de Luz de los Grandes Pensadores y no soñábamos con la posibilidad de comunicarnos entre nosotros, auditores aislados en nuestros hogares, ni en interactuar con los privilegiados que utilizaban el medio.
Jean Sablon
Durante los fines de semana, la radio transmitía grandes programas costumbristas, como Chispazos de Tradición, programas cómicos como La Cabalgata del Buen Humor, los partidos de fútbol narrados por Borocotó, los programas de música bailable y por las noches las transmisiones desde los teatros de Buenos Aires o la dramatización de piezas teatrales en Las Dos Carátulas, el programa de Radio Nacional. En las fiestas patrias y otras grandes ocasiones, la radio nos convertía en participantes ciegos pero emocionados, a quienes los locutores guiaban para alimentar la ilusión de formar parte de movimientos masivos.
Antes de la radio (sucedió en la generación de mis abuelos) se vivía enfocado en un área vecinal casi todo el tiempo. La prensa era ocasional y poco informativa. Los chismes sobre gente conocida, los rumores inexactos circulaban rápido, porque la gente se conocía y esperaba esa comunicación de casa en casa, en las veredas, a través de las medianeras, durante las coincidencias en la calle o la visita a los comercios.
Antes del cine (esto quiere decir, antes de que se iniciara el siglo XX) el teatro era una diversión emocionante, que se encontraba disponible tan solo en ciudades grandes y muy rara vez en los pueblos, cuando llegaba alguna compañía en gira. En Argentina, los circos itinerantes se encargaban de ofrecer espectáculos donde la primera parte incluía la actuación de payasos, equilibristas, ilusionistas y fieras, mientras la segunda consistía en un espectáculo teatral clásico, representado en un pequeño escenario dispuesto en un costado de la carpa.
Antes de la prensa (estoy retrocediendo a los comienzos del siglo XIX) la mayor parte de la gente vivía instalada en el círculo estrecho de la familia, de los vecinos, del oficio, del pueblo. Los hombres podían transitar por un territorio que estaba marcado por su edad, su trabajo, su posición en la sociedad. Comerciantes como mi padre o mi abuelo, estaban obligados a informarse de lo que pasaba en el mundo, no solo en el barrio, para disponer de un repertorio de datos recientes que les permitiera dialogar con su clientela. Al mismo tiempo, debían mantener cierta neutralidad de puntos de vista, para no ofender a nadie y diluir los enfrentamientos de la clientela.
Las mujeres tenían menos libertad de acción que los hombres, si esperaban conservar una buena imagen y no suscitar la censura de la comunidad. Por eso no era raro que estuvieran menos informadas y dependieran en gran medida de los datos y rumores que trajeran al seno de su hogar otras mujeres, sus parientes y amigas. Las noticias de la actualidad llegaban tarde y nunca, filtradas por una prensa ocasional y la comunicación boca a boca tardaba meses o años en entregarla.

Los diferentes medios de comunicación, nunca serán un sustituto para la cara de alguien que alienta con su alma a otra persona a ser valiente y honesta. (Charles Dickens)

Mi abuelo, llegado a los siete años a Argentina, desde España, debió perder en ese momento casi todo contacto con su familia. Las noticias de la muerte de uno de sus hermanos después de haber jugado un partido de pelota vasca y beber un vaso de agua fría, o la entrada de una de sus hermanas al convento, lo encontraron en otro mundo, creciendo junto a uno de sus tíos maternos y aprendiendo el oficio de comerciante.
Mi abuelo no se resignaba a cortar los vínculos con el continente donde había nacido, pero los viajes que hizo una vez que se convirtió en adulto, de los que tengo noticia (con el objeto de visitar la Exposición Universal de Paris, por ejemplo) parecen relacionarse más con su mente abierta a las novedades del mundo moderno, que con la nostalgia de la patria perdida o el afecto hacia su familia que lo había exiliado, para no verse obligada a compartir con él, la propiedad que le reservaban al primogénito.
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Cualquier mensaje escrito se demoraba días o semanas en llegar al destinatario, afrontaba en ocasiones enormes riesgos de extraviarse en el camino, y por lo tanto se cargaba de importancia para el emisor y el receptor. La expectativa de abrir una carta que había superado tantos obstáculos, que había sido escrita nadie sabía cuándo, es una sensación desconocida para los actuales usuarios del instantáneo Whatsapp. Ahora es efectivamente ahora y no importa dónde se encuentren ubicados el emisor y el receptor. Si todos los elementos involucrados en la comunicación dan lo mismo, sin hay tarifa plana para las llamadas telefónicas locales o nacionales, ¿qué importancia adquiere lo que se escriba o fotografíe?
Telégrafo primitivo
Los telegramas que vi en mi infancia, se cobraban por cada palabra que incluían; por lo tanto, se escribían solo en grandes ocasiones y se reescribían minuciosamente, con la atención que un poeta dedica a un poema, hasta conseguir la comunicación más precisa, utilizando la menor cantidad de palabras. En la actualidad, cualquiera puede producir y difundir desde cualquier sitio y sin mayor esfuerzo, palabras e imágenes fijas o en movimiento.

El propósito de los medios masivos no es tanto informar y reportar lo que sucede, sino más bien dar forma a la opinión pública de acuerdo a las agendas del poder corporativo dominante. (Noam Chomsky)

Si se suprime la conexión con las redes sociales, si se anula la televisión, si se deja fuera del aire a la radio, si se corta la suscripción a los periódicos… una situación que era normal hace apenas dos siglos, se descubre una disponibilidad de tiempo y energías que probablemente se dedicaba a otras cosas, más productivas, quizás menos entretenidas.
Los adultos tenían el monopolio de ser los transmisores del conocimiento y a la vez de modeladores de la mente de los jóvenes, que estaban obligados a reconocerlos como la autoridad que les correspondía respetar. La irrupción de los medios masivos, desde la prensa que comenzó a desarrollarse en el primer tercio del siglo XIX, puso en riesgo un sistema que había permanecido sin grandes cambios durante milenios. El horizonte se ampliaba, reduciendo el poder de la comunicación personal y trasladando el centro del proceso a la naciente (y muy rentable) industria cultural.

miércoles, 17 de junio de 2015

Niños acusadores que nos miran


No juzguen a nadie, para que nadie los juzgue. Porque así como juzguen a otros los juzgarán, y con la vara con que midan a otros, los medirán. (Mateo 7: 1-2)
Leo en la prensa argentina la historia de la muerte de Agustín, un chico de cinco años, como consecuencia de los golpes de la nueva pareja de su madre, un experto en artes marciales. Valentina, su hermana de ocho años, presenció el maltrato y testimonió con precisión lo sucedido ante la Justicia, a diferencia de la madre de ambos (probablemente una mujer golpeada) que insistía en atribuir el deceso a una caída del niño en la bañera. La imagen es perturbadora para un adulto de hoy. Incluye a un niño víctima (otro más y ya son miles, de acuerdo a las estadísticas) y una niña acusadora, capaz de derribar la complicidad que organizan aquellos que deberían protegerlo.
¿Por qué se ensaña un adulto con un niño? Primero, porque tiene la oportunidad de ejercer su superioridad física, y luego porque es capaz de mentir sistemáticamente, incluso cuando las evidencias lo inculpan, mientras que el niño entra en contradicciones o se calla por vergüenza. Descontrolarse con alguien que no puede defenderse, es una tentación demasiado grande para alguien que haya visto debilitados sus límites morales por la soledad o el uso de drogas. ¿Por qué respetar límites?
Otra razón para el desborde de violencia que se ha vuelto notorio en la actualidad, es la convicción de que si bien se piensa, los niños son temibles, porque la indefensión actual en la que se encuentran hoy, va a revertirse en el futuro, al cabo de unos pocos años. Si un adulto se porta bien con ellos, si los compra, si los corrompe, no los tendrá como enemigos cuando envejezca.
Atemorizar a los niños (o matarlos, si se lo considera necesario) son intentos desesperados de garantizar impunidad respecto de acciones que hoy mismo se sabe condenables. La sensibilidad colectiva ante las agresiones de los adultos contra los menores está cambiando (¡por fin!) y las franquicias que disfrutaron los adultos en el pasado, se encuentran cuestionadas y sancionadas. Hasta el adulto más irresponsable percibe entonces que los niños constituyen una amenaza efectiva, porque se han revelado capaces de articular acusaciones coherentes, que son oídas por la sociedad y abren la alternativa de una condena del agresor, como sucedió en el caso de Valentina.
Apenas se comienza a oír a los niños, comienzan a acumularse las evidencias que cuestionan el descontrolado comportamiento de los adultos, potenciado hoy por el uso y abuso de estimulantes. Así como nadie puede ser demasiado grande para quienes lo conocen en el ámbito doméstico y conocen en detalle sus mezquindades, los adultos que se desbordan dejan de ser inmunes cuando enfrentan a sus niños.
Cuando uno es chico, asiste sin quererlo ni buscarlo, como espectador privilegiado (no pocas veces espantado) al drama doméstico que le brindan los mayores, del cual preferiría no enterarse. ¡Qué bueno sería que el Ratón Pérez se llevara los dientes de leche y dejara dinero a cambio! ¡Qué satisfactorio si los Reyes Magos trajeran los regalos que uno solicitó en una cartita redactada con tanto esfuerzo!
La realidad es otra, se aprende muy temprano en la infancia. Repetidas veces se recibe la misma lección. Un niño se encuentra incómodo, porque no halla la forma de apartarse de las escenas que le brindan los adultos, cuando manifiestan conflictos tan enconados que amenazan su futuro, puesto que implican a las personas más cercanas a él, de las cuales depende su subsistencia, tanto si se las ama como si las detesta. Desconcertado, porque los padres y parientes no suelen dar explicaciones sobre sus enfrentamientos, ni menos aún pedir disculpas por los exabruptos en los que incurrieron.
Vittorio de Sica: I bambini ci guardano
A comienzos de los años `40, Vittorio de Sica produjo en Italia I Bambini ci guardano (Los Niños nos miran) una película que planteaba de manera insólita la perspectiva de los niños ante el proceso de ruptura de una pareja con un hijo. No es que el divorcio fuera un tema inédito para el cine, puesto que desde los ´30 había sido objeto de triviales comedias de Hollywood como The Gay Divorcee, donde Ginger Rogers bailaba con Fred Astaire para olvidar un matrimonio fracasado.  Podían ser también las comedias de enredos producidas por el cine argentino (a pesar de que en el país no existiera por entonces el divorcio) como La señora de Pérez se divorcia y Divorcio en Montevideo. En todos los casos se trataba de personajes adultos, sin hijos, que resolvían entre ellos sus diferencias y llegaban a un final satisfactorio para todos.
Mezclar a los niños en una disputa de adultos, resulta inevitable cuando la pareja que los ha traído al mundo está por separarse. Los hijos plantean las contradicciones más difíciles de resolver. La guerra de los padres deja víctimas, que pueden ser ellos mismos, que planearon una vida en común y fallaron. Aunque la separación resuelva los conflictos de los adultos, el rol de los hijos suele ser el de víctimas. ¿Qué puede hacer un chico cuando asiste a una ruptura como esa? ¿Tomará partido por uno u otro? ¿Intentará mantenerlos juntos, porque así le conviene?
Pricò en I bambini ci guardano
Debo haber visto Los Niños nos miran cuando tenía diez años. Por lo tanto, doblaba en edad a Pricò, el protagonista infantil. Si la historia me emocionó tanto, fue (supongo) porque proyectaba en ella mis propias experiencias y frustraciones. La madre del chico de la pantalla era una adúltera, que primero engañaba a su marido y después del suicidio del hombre, se casaba con su nueva pareja. ¿Qué había pasado entre los adultos?  El niño no lo entendía nunca y finalmente optaba por ser internado en una institución religiosa, antes que continuar viviendo con su madre y el padrastro.
Nada de eso me había sucedido a mí. Aunque mis padres no fueran felices juntos (una situación que venía incluso antes de que yo naciera, por lo que llegué a atisbar medio siglo más tarde) cada uno siguió fiel junto al otro por el resto de sus vidas, honrando el compromiso adquirido, y hasta llegaron a casarse por la iglesia al cumplir 25 años de sufrirse mutuamente.
Fuera de la pantalla, de acuerdo a mi experiencia, el mundo era bastante menos dramático (lo que significa, no que todo estuviera bien, sino que los conflictos no llegaban a exteriorizarse y resolverse). Solo tenía noticias de la ruptura del hogar de uno de mis amigos, a quien su madre había abandonado, y no lograba conectar esa evidencia de una familia rota, con la idea de una situación inaceptable para la mujer. Solo era una circunstancia rara, como la caída de un rayo, que es imposible ignorar, pero a la que no suelen buscársele mayores explicaciones. El drama podía existir, pero desde mi experiencia infantil de hogares formados por gente resignada a cargar con él, me resultaba imposible discernirlo.
Allí donde veía, encontraba familias unidas, no necesariamente felices, pero al menos decididas a seguir adelante. Los niños no solo éramos testigos, sino también garantes de que el comportamiento de los adultos se apegara a las normas aceptadas por la sociedad. Por culpa nuestra, que no teníamos otra que la de haber nacido, los padres no podían decidir su vida tal como hubieran deseado.
¿Qué hubiera hecho mi madre, cargada con sus tres hijos, de intentar separarse de mi padre? Podía trabajar en las tareas domésticas para las que había sido entrenada desde la infancia. Sus hermanos la hubieran ayudado, en la medida de sus posibilidades. Toda su vida lo hizo bien y sin quejarse, pero no habría podido mantenernos a nosotros. Cuando crecimos, continuó ocultando su infelicidad hasta sus últimos años, probablemente para no comprometernos a auxiliarla.
Mis padres
En cuanto a mi padre, más de una vez le oí lamentarse de las restricciones que le imponía mantener una familia (que pudo ser más extensa, por su manera irreflexiva de relacionarse con su esposa) pero tomaba en cuenta la opinión de sus parientes y conocidos. Por lo tanto, no intentó escapar de las obligaciones contraídas, como afirmaba que había sido su deseo. Buscarse otra mujer, que lo hiciera feliz, como cualquier ser humano tiene derecho a esperar, era un proyecto que fue postergando año tras año, supongo que por temor a caer en una situación similar a esa tan lamentable de la que intentaba escapar.
Al quedar viudo, durante los tres años que sobrevivió a mi madre, intentó al menos una vez convencer a una mujer del círculo familiar para que se casaran. Él continuaba necesitando una pareja y ella simuló que era una broma, porque lo conocía demasiado bien y sabía a qué atenerse. Me enteré de la historia algún tiempo después, cuando mi padre había muerto.  Le aterraba vivir solo y depender de los suyos le resultaba humillante.
¿Acaso los hijos lo hubiéramos juzgado? Éramos gente madura y la oportunidad de buscar compañía no puede negársele a nadie, sobre todo a un anciano. Mi padre había logrado superar ese temor al que dirán (de aquellos que no teníamos derecho a decir nada sobre sus decisiones) pero la pretendida no opinaba lo mismo. De algún modo, a pesar de ignorábamos la situación, a través de la negativa de quien hubiera podido asegurarle una existencia menos desdichada, decidimos su suerte, lo medimos con la vara que él había medido a mi madre.