lunes, 14 de marzo de 2016

Acerca de creyentes e incrédulos



Un hombre puede creer o no creer; eso es cosa suya. Porque es su propia vida la que apuesta por la fe, la incredulidad, el amor y la inteligencia. Y no hay sobre la tierra otra verdad más grande para el espíritu humano que esta gloriosa y humilde condición. (Máximo Gorki)

Bautismo católico mediados siglo XX
En el pasado, si uno tenía la suerte de nacer en el seno de una familia católica, por más que fuera una como la mía, en la que mis padres no iban nunca a misa, ni se confesaban, ni siquiera habían aceptado casarse por la Iglesia, de todos modos no era demasiado probable que un chico pudiera librarse del bautismo, que llegaba muy pronto, al poco tiempo de haber nacido, como si se tratara de evitar cualquier posible resistencia de quien iba a ser consagrado como el nuevo miembro de la comunidad.
Pasado ese trámite, uno pasaba a ser cristiano por el resto de su vida y la eternidad, tal como los judíos o los musulmanes pertenecían a sus respectivas comunidades si habían sido circuncidados, también muy tempranamente. Si uno perdía la fe, como debió sucederme a los 15 o 16 años, después de haber hecho una apuesta conmigo mismo, en el patio de mi casa (¿qué pasaría si dejaba de creer en Dios?) en un gesto paralelo y a la vez opuesto al de Pascal, pensador que yo ignoraba por entonces, uno se daba cuenta de que todo seguía tal como antes o se dedicaba a proclamar al mundo el hallazgo (en este caso, la pérdida) de la fe, como si se tratara de un hecho de enorme trascendencia para los seres humanos.
G.K.Chesterton
Los intelectuales europeos de entonces, autores de trayectoria demostrada por libros admirados, como Gilbert K.Chesterton, Graham Greene, Evelyn Waugh, C.S.Lewis, Giovanni Papini, Charles Peguy, Leon Bloy, Julien Green o Alexander Solzhenitsyn, convertían ese instante que suele ser íntimo y reservado de la adquisición o confirmación de la fe, en el centro de su obra literaria. Probablemente por eso se los mencionaba con tanto respeto, desde el ambiente del cristianismo, como modelos a imitar por los creyentes, incluso por aquellos que no se hubieran tomado la molestia de leer sus textos.
George Orwell
Promediando el siglo XX, el tema del compromiso declarado con un determinado sistema ideológico, estaba presente en todos los ámbitos del arte y la política. Había intelectuales prestigiosos como Arthur Koestler, George Orwell, André Gide, Albert Camus, que se arrepentían públicamente de su anterior adhesión al comunismo, mientras que en la dirección opuesta, durante los años `30, había habido entusiastas adherentes al fascismo o el nazismo, entre figuras como Leopoldo Lugones, Céline, Ezra Pound, Ernst Junger, Knut Hamsun, Curzio Malaparte o Drieu La Rochelle, que abjuraban de las conquistas endebles de la democracia y saludaban la llegada de regímenes totalitarios, donde no era probable que ellos pudieran sobrevivir ejerciendo las mismas actitudes críticas.
Las convicciones de cada uno, eran un tema que se ponía en juego en la vida cotidiana y arriesgaban toda la credibilidad y admiración que alguien se hubiera ganado por su actividad en el arte o la política. Lugones y Drieu La Rochelle se mataron, Pound pasó la vejez en un manicomio, Jorge Luis Borges dilapidó la oportunidad de alcanzar el Nobel de Literatura por un desinformado encuentro con Augusto Pinochet.
Tarde o temprano, los nuevos conversos se dejaban llevar por el entusiasmo que los había dominado al entrar en contacto con las nuevas ideas, dejaban de analizar si eran válidas o no, y por lo tanto cometían lamentables errores de juicio. Se convertían en publicistas de regímenes que los sacrificaban a sus intereses o muertos en vida.
Betrand Russell
A la distancia, veo que la duda sistemática y la incredulidad no gozaban durante el siglo XX del mismo prestigio que se le otorgaba la fe. Leer a Bernard Shaw o Bertrand Russell, como tuve la suerte de hacer entonces, era asomarse a un universo desconcertante, porque ellos describían la oportunidad de no aceptar una fe ni otra.
El ateísmo o el agnosticismo no resultaban nunca temas tan seductores como la fe. Carecían de ceremonias vistosas, que apelaban a todos los sentidos, como carecían de propagadores elocuentes. No parecían tener una Historia (o al menos no la ostentaban de manera tan apabullante como hacían las religiones establecidas). Costaba describirlos como prácticas que uno pudiera imitar, y sobre todo, tenían mala fama. Los creyentes los consideraban fruto del ofuscamiento o la estupidez característica de los no creyentes, por lo que tarde o temprano se presentaban como ideales imposibles de sostener.
Yo dejé de creer en Dios (provisoriamente y en secreto) con lo que se me abrieron las puertas a un diálogo inesperado con personas que ya conocía y a las que hasta poco antes hubiera considerado (prejuzgado) no como enemigos, pero al menos inadecuados para el diálogo, porque suponía que hubiera sido difícil entenderse con ellos.
John Cummings y su esposa Mary eran los únicos ingleses de mi barrio. Los veía en el almacén de mi padre, cuando compraban algo y retiraban la correspondencia, donde estaba incluido un periódico que debió ser anglicano. ¿Cómo arriesgarse a intentar una comunicación más compleja, sin tropezar con la barrera idiomática? 
El único musulmán que conocía en mi barrio, era el tendero Ali N. Luego tuve a un profesor de no recuerdo qué materia en el secundario. Uno sabía que eran turcos, tal como otros eran gallegos o tanos, y el resto (que debía ser algo bastante complejo, porque definía la presencia de una cultura que no era la nuestra) quedaba sumido en la más completa incertidumbre, no como un enigma que hubiera debido investigarse, sino como un dato carente de importancia. Después de todo, a pesar de las más que probables diferencias, podíamos considerarnos iguales.
Confirmación católica
Ignoro el motivo por el que mi padre decidió convertirlo en mi padrino de confirmación. Eso me confundía más de la cuenta, porque si mi padrino no era católico, ¿por qué estábamos todos engañando al Obispo, que me marcaba la frente con los sagrados óleos? Sospecho que esa era la concepción que mi padre tenía de la religión: relacionaba con gente que no estaba demasiado cerca, pero tampoco le resultaba ajena y a la que pretendía acercarse con este gesto amistoso, pero aislado. Mi padrino de bautismo, por ejemplo, era uno de sus antiguos amigos de soltero, dueño de una tienda, frente al cine La Palma, que no debo haber visto más de un par de veces en mi vida.
Si bien tuve muchos amigos judíos después de haber salido de San Pedro, a los 17 años, porque en el ámbito de la cultura y en otras ciudades más grandes, no era difícil que se alternara con ellos, como con cualquier otra minoría étnica, tuve que esperar varios años, hasta que algunos de esos amigos me abrieron la puerta de su casa (Susana I. o Ernestina G.), me invitaron a probar su sopa de matzá (Mara H.) o me permitieron participar en una cena de Pesaj (Blanca S.). Si los recuerdo con tanto afecto, es porque se trataba de favores que no solicité y al mismo tiempo di por sentado que eran infrecuentes.
Celebración judía de Pésaj
Probablemente no era casual que mis amigos fueran judíos nada ortodoxos. No iban a la sinagoga, ni respetaban las normas de la comida kosher, pero al mismo tiempo recordaban las fiestas milenarias y elegían como parejas a miembros de su comunidad (cuando no respetaban esa norma, resultaba evidente que lo encaraban como un temido conflicto con sus familias). Algunos, habían decidido no circuncidar a sus hijos varones. Nunca les pregunté si tenían prejuicios respecto de los goys (cristianos) como yo, aunque no fueran practicantes, a quienes apenas se les escarbara un poco, revelarían haber abandonado la fe de su infancia muchos años antes, en la confianza de que si necesitaban regresar a ella, por ejemplo en la alternativa de morir, lo harían sin mucho trámite.
Gracias a ellos, aprendí que ser judío no era necesariamente practicar una religión (un tema que en el ámbito del monoteísmo conduce tarde o temprano a enfrentamientos que suelen ser odiosos) sino pertenecer a una cultura milenaria, que se hereda como el ADN, sin saberlo ni pedirlo, y debería permitir el diálogo con gente de otros grupos culturales, con quienes se comparten demasiadas elementos comunes, para considerarlos extraños.
Niños judíos en campo de concentración
La fe suele ser una carga bastante incómoda para los creyentes, esos que pueden devanarse los sesos, mientras se hacen preguntas de orden moral, respecto de conflictos cotidianos, para las que no encuentran en su fe respuestas satisfactorias, mientras que el absurdo de la fe se confirma para los no creyentes, acostumbrados a utilizar la duda como herramienta habitual.
Los creyentes se hieren preguntándose: ¿cómo permite Dios la existencia del mal, que triunfa por todas partes, sin hacer nada para detenerlo, ni atenuarlo, ni resarcir a las víctimas? ¿Cómo abandona de manera tan ostensible a quienes creyeron en Él? Se trata de una duda antigua, incómoda, que fue planteada en el Libro de Job y reaparece intacta en la experiencia del mundo contemporáneo.

Para el cristiano, que espera la verdadera salvación en el más allá, este mundo es (…) objeto de desconfianza y, a causa del pecado original, especialmente el mundo humano. En cambio, para el judío que ve en este mundo el lugar de la creación divina, de la justicia y la redención, Dios es en primer lugar el Señor de la Historia y por eso, también para el creyente. Auschwitz pone en cuestión todo el concepto tradicional de Dios. (…) Añade a la experiencia histórica judía algo nunca visto. (…) ¿Qué clase de Dios pudo permitir esto? (Hans Jonas: El concepto de Dios después de Auschwitz. Una voz judía)

Encontrar el camino propio entre la fe y la incredulidad, o para decirlo de otro modo, decidir una opción que no conduzca demasiado lejos de la fe original, se convierte para los creyentes en una búsqueda que pasa por la aceptación del mensaje de algún texto sagrado, proveniente de alguna figura admirada, o el inicio de un prolongado y doloroso examen de cada paso que se avanza o retrocede. La fe, de acuerdo al poeta persa, por importante que sea para quienes la aceptan o rechazan, no debería dividir a la gente.

Entre la fe y la incredulidad, un soplo. Entre la certeza y la duda, un soplo. Alégrate en este soplo presente donde vives, pues la vida misma está en el soplo que pasa. (Omar Al Khayam)

viernes, 12 de febrero de 2016

Ersatz: alcances de una cultura provinciana


¿Qué somos, qué es cada uno de nosotros, sino una combinatoria de experiencias, de informaciones, de lecturas, de imaginaciones? Cada vida es una enciclopedia, una biblioteca, un muestrario de estilos donde todo se puede mezclar continuamente y reordenar de todas las formas posibles. (Italo Calvino)

Franz Kafla
Al convertirme en adulto, mi cultura (no hubiera podido ocultarlo) estaba organizada a partir del ersatz (sustituto) de lo que podía considerarse la Gran Cultura moderna, de acuerdo a la guía no siempre confiable que planteaban los suplementos dominicales del diario La Nación y una polvorienta colección de la revista Sur de Victoria Ocampo, descubierta en la Biblioteca Pública de San Pedro. ¿Cómo hubiera llegado a conocer, por ejemplo, los textos de Kafka y Faulkner, el teatro de T.S.Eliot y Samuel Beckett de otro modo? Los cursos de Literatura Española y Latinoamericana que recibíamos en el colegio secundario, no iban más allá de algún poema de Rubén Darío, capítulos de Don Segundo Sombra y ciertos cuentos de Benito Lynch. Hasta un adolescente desinformado, como era mi caso, percibía que eso no debía ser todo.
La cultura clásica me intimidaba, por las enormes dimensiones con que se anunciaba y la disparidad de contextos históricos que exigía conocer. La colección de Clásicos de la Literatura Universal, con sus pequeños volúmenes ilustrados, intentaba hacerme creer que a los doce años había leído ya La Ilíada, la Odisea, Edipo Rey, El Cantar del Mío Cid, El Quijote, etc. entre otras obras fundamentales de la Literatura, cuando solo me habían suministrado acceso a versiones resumidas, que volvían innecesaria la consulta de los textos completos.
Eso alimentaba el efecto Selecciones del Reader´s Digest: puesto que la editorial se encargaba de leer por mí un libro célebre, para ofrecerme un cómodo sustituto (ersatz) del original, me brindaba la oportunidad de convertirme en la peor clase de ignorante que existe: la de aquellos que creen saber algo, aunque solo es por encima, y de acuerdo a esa convicción ya no creen necesario intentar otro acercamiento, en serio. Si tardé diez, quince y hasta cuarenta años en reintentar la lectura frustrada, hubo casos (Mío Cid) en que la tarea quedó postergada hasta mi próxima reencarnación.
Siempre supe que no me correspondía enorgullecerme de mis límites imposibles de ocultar, ni de presentarme como una de las tantas víctimas de una sociedad que esperaba de mí una actitud más conformista: me había tocado la suerte de nacer en un rincón del mundo, en una época, en un sector de la sociedad, que si bien no se me prohibía el acceso de la cultura, tampoco iba a facilitármelo.
No necesitaba disculparme por las deficiencias de mi formación básica: era lo que había conseguido y si bien se mira, no lo desaproveché. ¿Por qué debería avergonzarme de lo que obtuve, cuando me permitió organizar un proceso de aprendizaje que insumiría años y años, en gran parte por mi cuenta y riesgo, aunque partiera de bases tan endebles?
Robert Wiene: El gabinete del Dr. Caligari
Supe de la existencia del cine expresionista alemán al leer La Pantalla Diabólica de Lotte Eisner, un texto inspirador (que estimulaba a investigar) y al mismo tiempo resultaba desesperante, porque describía un universo tan atractivo como inaccesible. Eisner había visto en su juventud, treinta años antes, filmes de Murnau que al parecer estaban perdidos. Ella había sido testigo privilegiado de una era del cine cuya existencia me era informada y sin embargo me resultaba imposible conocer.
David W. Griffith: Intolerancia
Por entonces me enteré de que cuarenta años antes, durante la Primera Guerra Mundial, se habían producido Birth of a Nation e Intolerance, según The Rise of the American Film de Lewis Jacob, un volumen en inglés, que a alguien acostumbrado a las escuálido lecciones de Miss Austin y Miss Figueroa le costaba leer. Probablemente debo haberlo encontrado también en los estantes de la Biblioteca. El libro incluía fotogramas deslumbrantes, que avivaban mi deseo de ver esas películas y otras, que no debía esperar que fueran proyectadas en el Cine La Palma o el Plaza, mis únicas alternativas para acercarme al cine en San Pedro. Cuando revisaba la página de espectáculos del diario La Nación o escuchaba Diario del Cine, el programa de Chas de Cruz en radio Belgrano, sabía que las películas que se estrenaban en Buenos Aires, tardarían no menos de un año en exhibirse en mi ciudad.

Es lamentable que la gran mayoría de los seres humanos nace como un ser original y muere como una copia. (Carl Jung)

Frank Lloyd Wright: Casa Kauffman
El desfase cultural entre la Capital y la Provincia, entre lo que podía ser actual y lo que resultaba inevitablemente desactualizado, entre lo auténtico y el sustituto, reaparecía en todo lo que descubría en el ámbito de la cultura, y por más que me molestara, no había manera de superar el handicap.
Me estaba permitido conocer la arquitectura de avanzada de Frank Lloyd Wright y Le Corbusier, gracias a la colección de la revista Sur de los años ´30. Debía resignarme a que la información estuviera desactualizada, porque ¿acaso hubiera encontrado en mi ciudad estímulos parecidos?  Hoy sigo sin haber recorrido la casa Kaufmann como deseaba entonces, pero desde mi escritorio me está permitido acercarme desde el aire, utilizando los mapas de Google; he llegado a recorrerla virtualmente, con el auxilio de un video de You Tube. Descubierta a los diecisiete o dieciocho años, cuando todavía soñaba con estudiar Arquitectura, la casa era mostrada a través de unas pocas fotos en blanco y negro, situación que resultaba una tortura. Yo quería mucho más, la experiencia de la cosa real, y algo así no iba a conseguirlo.
Tarde o temprano, el ersatz dejaba en evidencia sus límites odiosos. Más de lo que el medio había dispuesto conceder a quienes participaban en el juego, no había. Eso, a todas luces insuficiente, era todo lo que obtendría, porque la experiencia de lo real se encontraba reservada a quienes estaban en condiciones de pagarla, que eran tan pocos a mediados del siglo XX, como habían sido en el Medioevo o la Antigüedad. Nuestra única diferencia, aquello que podíamos considerar una ventaja de la modernidad, era que se nos invitaba a ser espectadores de un esplendor distante y ajeno.
Leopold Stokowski en Fantasía (Walt Disney)
Entré en contacto con la música de Bach y Beethoven, gracias a los Conciertos del Sábado que programaba Julio Gallino Rivero en Radio Excelsior y los maltratados  álbumes de discos de 78 rpm de mi tía Elvira, que ofrecían las discutibles transcripciones de Leopold Stokowski. Ahora sé que puede ser considerada una traición que una Tocata y Fuga en Re menor de Bach suene como si fuera otra pieza de Musorgski (tampoco el auténtico Musorgski, sino aquel que había sido retocado primero por Rimsky-Korsakov y luego por el mismo Stokowski).

Si Beethoven hubiera nacido en Tacuarembó, hubiera llegado a ser director de banda. (Eduardo Galeano)

La cadena de sustitutos de los grandes hitos culturales que hallé en mi adolescencia, filtraba, edulcoraba y terminaba por desvirtuar todo lo que había caído bajo su control, pero en ese momento yo no estaba en condiciones de darme cuenta, ni tenía demasiadas posibilidades de recurrir a algo mejor. Gracias al contacto con el ersatz, pero también a pesar de la inadecuación del ersatz, me sería dado alcanzar alguna vez a la experiencia de lo auténtico, o lo que todavía era más desalentador, podría quedarme definitivamente a medio camino: ni tan ignorante, ni bien informado.
Haber nacido en una ciudad provinciana, promediado el siglo XX, me aseguraba cierto contacto espurio con la Cultura, que hubiera sido impensable pocos antes, pero a la vez planteaba un peligro nuevo: que armara una cultura de sustitutos.
Lata de dulce
La imagen de La Gioconda había estado siempre a mi alcance, impresa en las redondas latas de dulce de membrillo o batata. La Última Cena estaba representada en las latas de sardina. Dudo que fuera la mejor forma de acercarse al arte del Renacimiento. ¿Por qué tomar en consideración algo que había sido reproducido incontables veces y se encontraba ligado al consumo? Tampoco las páginas centrales de la revista Para Ti que coleccionaba Sofía Boccardo, nuestra vecina y amiga, eran la guía más idónea para entrar en contacto con las artes plásticas, pero gracias a esas imágenes borrosas y los breves párrafos biográficos que las acompañaban, me fui familiarizando con las obras y los nombres de artistas que luego exploré por mi cuenta.
Pablo Picasso: Les demoiselles d¨Avignon
Hacia el fin de mi adolescencia, me familiaricé con las artes plásticas del Renacimiento y el mundo contemporáneo, a través de los grabados en colores de los libros editados por Skira, que atesoraba Pablo M., un amigo de más edad y mayores recursos que los míos. ¡Deslumbrantes láminas adheridas a las hojas de grueso papel! Gracias a esas láminas, la reproducción de una pequeña figura de Klee podía tener un tamaño parecido a la reproducción de la enorme Les demoiselles d´Avignon de Picasso. Aunque al pie de cada lámina figurara el tamaño de cada obra, no creo haber reparado en eso, y de hacerlo, de todos modos la experiencia del tamaño me resultaba ajena.
En el libro, el fondo de Le grand verre de Duchamp, una pintura transparente, era un muro blanco, neutro, no el resto de la sala donde se encuentra expuesto. Los nenúfares de Monet eran puestos cerca unos de otros, en lugar de ocupar una sala oval que rodea por tres de los lados al observador. En cuanto a la textura de una obra de Goya o Matisse, pasaba desapercibida en una lámina, que aparecía siempre impresa en papel brillante.
George Gamow
Nada de lo que había disfrutado era lo auténtico, y yo no hubiera debido ignorarlo, pero ¿cómo concebir la experiencia directa cuando solo se tiene la experiencia de los sustitutos? George Gamow planteaba en Un, dos, tres… Infinito, un libro de mi primo Carlos N. que leí por entonces, la dificultad que hubieran encontrado los habitantes de un mundo bidimensional que intentaran imaginar algo para nosotros tan familiar como el universo tridimensional. Hipotetizar algo parecido, solo era posible mediante un esfuerzo que desafiaba la razón; tener la experiencia era otra cosa.

En la época de la reproducción técnica de la obra de arte, lo que se atrofia es el aura de ésta. El proceso es sistemático; su significación señala por encima del ámbito artístico. Conforme a una formulación general, la técnica reproductiva desvincula lo reproducido del ámbito de la tradición. (Walter Benjamin: La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica)

Yo no podía haber leído por entonces los ensayos de Albert Bandura (fueron publicados una generación más tarde). Sin ese auxilio fundamental, no era capaz de sistematizar las diferencias que pueden darse entre la experiencia directa de la Gran Cultura y el ersatz, los sustitutos insuficientes que el azar ponía a mi alcance. Todo lo que podía obtener era una experiencia vicaria, gracias a los relatos de otras personas y la mediación de instituciones que me correspondía aceptar como modelos válidos, en un proceso que facilitaba el filtrado, la deformación, la interferencia, el debilitamiento de los objetos culturales.
No podía sentirme demasiado satisfecho, pero al mismo tiempo, si quedaba librado a mis propias fuerzas, no conseguiría ir más allá. Supongo que a partir de esa insatisfacción surgió el impulso de estudiar, de viajar y conocer lo que interesaba por mí mismo. Esa había sido la decisión de mi abuelo paterno, puesta en práctica en sus años juveniles, que sus hijos dejaron de lado.

¿Qué valor tiene toda la cultura, cuando la experiencia no nos conecta con ella? (Walter Benjamin)

sábado, 6 de febrero de 2016

Sueño de noches de verano en San Pedro


¿Están bien seguros de que nos hallamos despiertos? Algo me dice que dormimos, que soñamos todavía… (William Shakespeare: Sueño de una noche de verano)
Siesta
Cuando la memoria revisa el pasado, no lo recupera intacto, como se espera de un alimento que se guardó en el congelador, o de una fotografía que se archivó cuidadosamente en un álbum familiar. Mucho se ha perdido, a veces hasta volverlo irreconocible, y no poco se le ha incorporado, gracias a lo que se experimentó después, sobre todo en lo más reciente, modificando para siempre la imagen que se había conservado. También los alimentos incorporan sabores desconfiables, a pesar de que continúan siendo comestibles, y las fotos en colores se desvanecen una bruma rojiza que no impiden reconocer a los personajes retratados.
El recuerdo adquiere una extrañeza mayor que la despertada por algo que es realmente nuevo y parece no esconder ningún secreto. Propone sonidos, aromas, siluetas de personajes que se han vuelto inhabituales y cuesta identificar. ¿Cómo es posible que algo tan conocido haya sido así? El recuerdo tiene baches, derivaciones, enigmas que desubican a quien lo explora.
Titania en Sueño de una noche de verano
Debo haber leído Sueño de una noche de verano de Shakespeare a los doce años, cuando descubrí la colección Austral con sus pequeños volúmenes impresos en papel barato y una nómina final de autores y obras, que se convirtió en una de mis guías de lectura fundamentales durante la adolescencia. A pesar de la ripiosa traducción de Astrana Marín, era un texto capaz de despojar a la oscuridad de las amenazas que prometían las películas de Hollywood, y poblarla de experiencias asombrosas.
Luciérnaga
Las noches de verano de San Pedro estaban iluminadas por el vuelo errático de las luciérnagas, que a veces atrapábamos por un rato en un frasco, para admirar de cerca su parpadeo verdoso. No recuerdo haber investigado de dónde venían, ni cuál era el principio que explicaba su luz fría. Se trataba solo de un placer visual, nada mágico ni técnico, propio de la naturaleza que uno percibe y admira sin terminar de entender, como el croar de las ranas y los sapos en los zanjones de calle Colón, el estridor de los grillos en algún rincón de la casa, el coro de las cigarras incansables, el maullido prolongado de los gatos en el techo.
La sexualidad de los animales parecía despertar al caer el sol. Volaban, corrían, nadaban, solicitando con sonidos la atención de una pareja. Aunque los chicos no entendiéramos muy bien qué significaba eso, de algún modo sabíamos que sobre ciertas materias no debíamos preguntar a los adultos, porque los pondríamos en apuro y ellos no tendrían una respuesta satisfactoria, y lo que todavía era más probable, nos reprenderían por haber sido más curiosos de lo permitido.
Las noches de verano podían ser casi tan calurosas como los días. Uno intentaba dormir y la ropa de cama se convertía en un estorbo pegajoso. A veces, después de dar muchas vueltas sin conciliar el sueño, uno bajaba de la cama con la almohada, y se tendía sobre el fresco piso de baldosas. Desde esa perspectiva, todo lo habitual se volvía nuevo: los muebles de siempre, las siluetas de los parientes magnificadas por la perspectiva, despertar con el gato mirando a pocos centímetros de la cara.
Acaroína
A mediados del siglo XX, no habíamos oído aún hablar del dengue, la malaria era un problema de países tropicales, que afortunadamente no eran el nuestro, como nos informaba Selecciones del Reader´s Digest, al reportar la guerra en el distante sudeste asiático y las virtudes de la quinina sintética, pero de todos modos los mosquitos eran el tormento de las noches de verano en San Pedro.
En todas partes se confiaba en el poder desinfectante de la acaroína. Cuando un gato en celo marcaba con su orina un rincón de la casa que consideraba su territorio, se lo frotaba con Acaroína para devolverle su condiciones de habitabilidad para los humanos. Cuando se juntaba agua en una zanja o en un barril de agua de lluvia (todas las casas de mi barrio, donde no había agua corriente, contaban al menos con un barril en el que se recogía el agua de lluvia, para lavarse el cabello) se derramaba un poco de acaroína, en la creencia de que a partir de ese momento ningún mosquito se atrevería a depositar sus huevos en ese líquido. La acaroína dejaba un olor persistente, que no resultaba agradable para nadie. Era el olor de los hospitales, de las estaciones de ferrocarril y de los baños públicos, generaba gases inflamables, causaba molestias en las papilas olfativas, y no obstante lograba convencer a todo el mundo, de que las condiciones sanitarias de cualquier lugar donde se aplicara, mejoraban de inmediato.
En todas las comunidades hay rituales grandes o pequeños que aplacan el desasosiego colectivo, ante las amenazas que pueden no haberse convertido en realidad, pero de todos modos nadie sabe cómo controlar. Hoy es el virus del Zica, ayer la poliomielitis, una segunda guerra mundial que desangraba a medio planeta, la bomba atómica.
Vecinos tomando el fresco
Cuando los vecinos de mi barrio se sentaban por la noche a conversar y tomar el fresco en las veredas, no era extraño que estuvieran gran parte del tiempo palmeándose cada vez que sentían la picadura de un mosquito, o que se dedicaran a espantarlos con una pantalla de cartón y mango de bambú, gentileza de alguna tienda del centro.
¿De qué hablaban los adultos en esas noches, de vereda a vereda? Por más que busco en la memoria, no encuentro nada. Supongo que intercambiaban trivialidades relacionadas con la vida cotidiana, quizás anécdotas recientes de gente conocida. Ninguna confidencia comprometedora, nada urgente, malintencionado, ni trascendente. Tal vez reciclaban noticias de la radio o el diario que los chicos estábamos en condiciones de oír. La visión de gente que se veía todos los días desde hacía muchos años, disfrutando el tiempo libre entre ellos, sin depender de los actuales medios de comunicación, que atosigan a los consumidores con una oferta ilimitada de estímulos difíciles de eludir, puede resultar inverosímil para las nuevas generaciones. ¿Cómo se las componían a mediados del siglo XX, los habitantes de San Pedro para no morir de tedio? Habían formado parejas que permanecían unidas y criaban a sus hijos, aunque no se entendieran demasiado; se habían incorporado a pequeñas comunidades que no experimentaban otros cambios que el nacimiento de nuevos miembros o la muerte de otros. ¿Qué rutina tan insoportable era esa?
Espiral de piretro
Desde la actualidad cuesta imaginar el organizado estilo de vida de entonces. Para librarnos de los mosquitos, encendíamos espirales de piretro, que primero debían separarse de sus gemelas (venían en sobres, de a dos y había que montarlas en frágiles pedestales de lata para encenderlas a continuación). Las instalábamos en el piso, al comienzo de la noche, antes de irnos a dormir y sahumaban las habitaciones durante el resto de la noche. Por la mañana, había que barrer la espiral de ceniza que dejaban (aunque recuerdo un platito o un cartón que permitía quitar el rastro). Que las espirales pudieran ser tóxicas, que causaran náuseas o dolores de cabeza, como se ha denunciado repetidamente en Asia, que los temibles formaldehidos emitidos por la combustión de una espiral equivalieran a medio centenar de cigarrillos encendidos, no lo sabíamos por entonces y probablemente no llegábamos a experimentarlo tampoco, porque dormíamos con puertas y ventanas abiertas.
Los aerosoles no habían llegado al mercado aún. Cuando aparecieron, durante los años `60, prometían un progreso fuera de toda discusión. No era cosa de mantener alejados a los mosquitos mientras durara el humo de una espiral, sino de liquidarlos instantáneamente, cada vez que se hicieran oír. Un par de décadas más tarde, los aerosoles  fueron convertidos en algunos de los principales responsables del deterioro de la capa de ozono y los cambios climáticos que hoy aquejan al planeta.
Mosquitero
Para librarnos de los mosquitos, se colgaban sobre nuestras camas amplios mosquiteros de tul, muy eficaces como barrera a la circulación del aire fresco de la noche, que olían a moho, porque habían permanecido guardados en el fondo de los armarios, durante los meses húmedos del invierno y daban la sensación de acostarse bajo la falda de una novia. Eran artefactos eficaces, que permitían permanecer libres de picaduras de mosquitos, pero el zumbido persistente de los machos, mientras cortejaban a las hembras, impedía conciliar el sueño hasta muy tarde, por lo que se despertaba en la mañana con la sospecha de no haber descansado lo suficiente y el deseo de llegar cuanto antes al descanso reparador de la siesta.

martes, 5 de enero de 2016

Memoria y Mito de las familias numerosas


Familia numerosa años `30
En la actualidad, la tasa de nacimientos de la Provincia de Buenos Aires es de 1,9 hijos por cada mujer. En otras palabras, la población tiende a disminuir con el tiempo, puesto que dos personas no llegan a engendrar dos. Afortunadamente para el equilibrio demográfico, hay otras provincias del norte que presentan un porcentaje mayor de natalidad, por lo que Argentina no parece estar en riesgo de reducir su población, tal como está sucediendo en Europa y Japón desde hace años. Gracias al conocimiento de los métodos anticonceptivos y la creciente incorporación de las mujeres al trabajo fuera del hogar, las familias numerosas se han vuelto cada vez menos frecuentes.

Los que no tienen hijos ignoran muchos placeres, pero también se evitan muchos dolores. (Honoré de Balzac)

Madre adolescente
La gente considera que no hay en el mundo actual espacio para demasiados hijos, si se pretende criarlos de manera responsable. Los hijos esperan (y reclaman) hoy un trato privilegiado, que en el pasado no se imaginaba siquiera. No es extraño que nazcan de padres adolescentes que no alcanzan a identificar sus obligaciones, y de personas muy pobres y desinformadas, que los consideran una fatalidad y no atinan a evitarlos.
Las familias numerosas han pasado a ser el emblema de la clase alta (ellos pueden darse ese lujo, como tantos otros que suelen serle negados al común de la gente) y el catolicismo tradicional (para quienes la contención de los impulsos sexuales y el improbable método Ogino-Knaus desde los años ´30, son las única formas de eludir la reproducción indiscriminada). Si ellos traen al mundo una familia numerosa, es también porque cuentan con el personal que se ocupa de las tareas pesadas y rutinarias de la crianza, dejándoles la satisfacción de exhibirlos como signo de su prosperidad.
En los sectores populares, tener muchos hijos, por buscarlos, sino por no tomar en cuenta ningún método anticonceptivo, indica tradicionalmente la percepción que la mujer tiene de su propio cuerpo. Embarazarse y parir no suelen ser motivos de orgullo para muchas, sino parte fundamental de la desgracia de haber nacido mujer. Cuando se ha nacido con ese sexo, se supone que no es para disfrutarlo.
En cuanto al hombre de los sectores populares, engendrar la mayor cantidad de hijos, con una mujer o con varias en forma paralela, da testimonio incontrovertible de su virilidad. Él controla a esas mujeres, las preña, podría repoblar el planeta si el resto de los hombres hubiera desaparecido. ¿Cómo poner en duda eso, que otorga sentido a su vida, incurriendo en la torpeza de utilizar preservativos?
La fertilidad de la Naturaleza se presenta habitualmente como un fenómeno digno de admiración, mezclado con no poco temor. ¿Cómo detenerla, para que no aplaste a quienes andan cerca? La imagen de los quíntuples Diligenti, nacidos en Argentina en 1943, como antes la imagen de las quíntuples Dionne en Canadá, nacidas en 1934, planteaba más de un interrogante a los contemporáneos.
Quíntuples Dionne
¿Cómo se lograba organizar la vida de los adultos que los habían engendrado y pasaban a ser dependientes de sus engendros? ¿Cómo sería para los niños crecer entre tantos hermanos, con los cuales se volvía inevitable compartir los juegos y las ropas, que se acompañaban y prestaban auxilio en los malos momentos, pero que también disputaban los juguetes, las golosinas, la atención de los padres y hasta la comida?
Crecer con una hermana dos años menor y obtener una segunda hermana diez años más tarde, planteaba en mi caso limitaciones que no podía superar. La diferencia de género establecía muy pronto una barrera entre los niños y las niñas. Nos vestían y hablaban distinto, nos ofrecían distintas oportunidades, nos exigían distintas respuestas. Todo estaba organizado para que unos y otros siguiéramos caminos separados de formación intelectual, de juegos, de vestuario.
Podíamos ayudarnos en situaciones difíciles, pero vivíamos experiencias paralelas, y al menos en mi caso, yo estaba solo, hasta que llegaron mis primos y los amigos del barrio, entre los cuales adultos animados por la buena voluntad de escuchar a un chico, convertidos en compañeros de juegos e investigación, a pesar de la diferencia de edad.
Quítuples Diligenti
Compartir la vida cotidiana con varios hermanos era una experiencia que se fue volviendo cada vez más rara, a mediados del siglo XX. La familia de los Diligenti, contaba la prensa, consumían 50 litros de leche por semana. ¿Cómo se organizaba ese grupo humano en las circunstancias cotidianas, para no hundirse en el desorden y enfermar de estrés a los adultos? ¿Cuánta ropa había que lavar y planchar? ¿Cuántos platos de comida había que llenar y luego lavar? En esa familia había ya tres hijos y los padres, temerosos de que se duplicara el interés incontrolable que habían despertado las Dionne, se encargaron de ocultar la existencia de los recién llegados. Para eso, los anotaron al nacer en distintas sedes del Registro Civil y luego los inscribieron en distintos colegios y más tarde los mandaron a distintos países. La familia numerosa había dejado de ser el ideal de las parejas que se amaban, para convertirse en una curiosidad circense.

El lugar donde nacen los niños y mueren los hombres, donde la libertad y el amor florecen, no es una oficina, ni un comercio, ni una fábrica. Ahí veo yo la importancia de la familia. (G,K. Chesterton)

En la escuela primaria se nos repetía mecánicamente que la familia era la célula básica de la sociedad, tal como se nos informaba que los mamíferos se reproducían por yuxtaposición. No era cosa de dar muchas explicaciones, porque los docentes se hubieran encontrado en apuros; tampoco de que nosotros, los estudiantes, solicitáramos aclaraciones, porque no las obtendríamos. ¿Qué pasaba cuando la experiencia nos ponía delante de familias disfuncionales? ¿Qué respuesta dar a los complejos interrogantes del sexo? Sobre las ideas más simples y dogmáticas, se basaba gran parte de la concepción del mundo que transmitía la escuela. Si la realidad planteaba complejidades que no habían sido consideradas, uno tenía que arreglárselas como pudiera.
Cuando veíamos una familia representada en los libros escolares o en las revistas infantiles, había siempre un laborioso papá, una amorosa mamá y al menos un par de hijos ejemplares, según el ejemplo de Marta y Jorge, el texto de Constancio C. Vigil publicado en 1927, que se ofrecía como un modelo de existencia deseable para cualquiera. No se trataba de un proyecto demasiado ambicioso por entonces: dos hijos, uno de cada género (¡el casalito!) como si se tratara de completar una colección modesta de figuras decorativas. El hecho de que se plantearan dos hijos y no media docena, indica que a mediados del siglo XX, la familia argentina se veía controlando drásticamente la natalidad.
A comienzos del siglo XXI, se nos dice, el modelo tradicional de familia, conformado por padre, madre e hijos, pasó del 65% al 37%. Ahora predominan otras modalidades, de las cuales antes nada se decía: familias monoparentales, con un padre o una madre y los hijos, restos del naufragio de una estructura tradicional; o familias ensambladas, con un padre y una madre que aportan los hijos tenidos en relaciones anteriores.
Mi madre tenía nueve hermanos, algunos mayores que ella, otros menores, con quienes ella mantuvo a lo largo de toda su vida, una estrecha relación de confianza y afecto, que derivó en la existencia de un eficiente grupo de apoyo para nosotros, sus tres hijos, cuando intentamos superar las carencias emocionales de mi padre, que no estaba preparado para serlo. Si era difícil dialogar con él, justo cuando más lo necesitábamos, no lo era intentarlo con los tíos, que nos enseñaban a andar en bicicleta, nos armaban barriletes, nos leían las historietas que todavía no éramos capaces de descifrar, nos inventaban apodos que nadie más que ellos empleaban o nos ayudaban a organizar las fogatas anuales de San Juan, en las que se consumían desechos y se daba salida a emociones reprimidas.

Aserrín, aserrán, los maderos de san Juan /  Piden pan, no les dan / Piden  queso, les dan hueso / y les cortan el pescuezo. (Anónimo: ronda infantil)

Ahí había una familia (sustituta), con su diversidad y semejanzas, probablemente porque se trataba de diez hermanos que habían debido apoyarse unos a otros para sobrevivir. Los hombres salían a trabajar como dependiente, matarife, herrero, y traían dinero a la casa, las mujeres se encargaban de las complejidades de la economía doméstica. Si en esas condiciones tan precarias no surge la solidaridad y no se desarrolla el ingenio, la miseria no tarda en imponerse.
Mi madre había quedado huérfana a los veinte años, en una rápida sucesión de desgracias que se llevaron a sus padres, apenas un año antes de su casamiento. Los hermanos mayores quedaron a cargo de los menores, que deben haber tenido cinco y diez años por entonces. Había críticas entre ellos (sobre todo de parte de las mujeres hacia los hombres y viceversa) pero también alianzas y defensas ante los adversarios externos.
Mi tío Juan, que permaneció soltero toda su vida, era un admirable negociador, que nunca perdía la paciencia. Cuando se presentaban problemas en la existencia de cualquier miembro del grupo, él era convocado para evaluarlos y resolverlos.  Su voz era la del sentido común y la razón. Cuando mi madre se sintió defraudada por el matrimonio, me enteré muchos años más tarde, él le advirtió que debía resignarse y asumir sus compromisos. Por eso, supongo, alguna vez oí a mi tía Rosa decir que mi tío Juan hacía diferencias entre sus hermanos. No sé a quiénes privilegiaba, pero mi madre no estaba entre ellos.

Cuando los padres lo han construido todo, a los hijos solo les queda derrumbarlo. (Karl Kraus)

Mi padre era el primer hijo varón y el tercero de los cuatro hermanos nacidos en la misma casa donde yo nací. Las dos mujeres llegaron primero y eran figuras opuestas, a pesar de la buena relación que hubo entre ambas, durante el resto de sus vidas. Mientras mi tía Elvira había estudiado Magisterio, se casó, fue madre y se dedicó a su profesión de maestra y Directora, mi tía Matilde permaneció soltera hasta la madurez, no llegó a estudiar ninguna carrera, exploró diferentes artes, desarrolló una neurosis que la condujo a un cruel tratamiento siquiátrico de la época y fue la rebelde de la familia, capaz de enfrentar y defraudar sistemáticamente a mi temido abuelo.
Los dos hijos varones llegaron más tarde y en diversas ocasiones decepcionaron a mi abuelo. Él esperaba que continuaran la tradición del comercio de la familia. Mi padre no pudo eludir el mandato y solo se atrevió a desafiar la generosidad de su padre, cinco años después de su muerte, cuando liquidó el comercio de sus mayores, establecido casi un siglo antes y se trasladó a otra ciudad, para dedicarse a la hotelería, como si necesitara estar cerca de los hermanos con quienes realmente no se entendía, para demostrarles que no era inferior a ellos, en la misma actividad que ellos explotaban.
Quizás el tamaño de las familias y el dinero disponible no sean los factores que deciden la crianza adecuada o inadecuada que reciben los hijos. Había (hay) algo bastante más complejo, los lazos de afectos que se crean o dejan de crearse entre aquellos que conviven y no siempre se toleran; que aprenden a convivir o compiten ferozmente con aquellos que tienen cerca. Donde hay apego, todo se resuelve mediante la solidaridad y la compañía: donde no lo hay, el rencor y el aburrimiento prosperan.

Los padres deberían darse cuenta de cuánto aburren a sus hijos. (George Bernard Shaw)