domingo, 3 de abril de 2016

Sobre la indiferencia (real o fingida) al sexo (II)


Crlos Gardel
Simular indiferencia al sexo opuesto, aparentar una negativa pudorosa, incluso indignada, al contacto con el hombre que ha tomado la iniciativa del cortejo, aunque solo sea una herramienta más en el proceso de negociación amorosa, ha llegado a ser una de las técnicas más refinadas que emplearon tradicionalmente las mujeres, en las más opuestas culturas. Una escritora y cortesana francesa del siglo XVII, no dudaba en reconocerlo:

La resistencia de una mujer no es siempre una prueba de su virtud, sino más frecuentemente de su experiencia. (Ninón de Lenclos)

Ellas pueden hacerse valer, negándose a suministrar aquello que se les solicita (y se les arrebata con frecuencia) en una cultura que tiende a marginarlas de las iniciativas de todo tipo. Dado que disponen de pocas cartas, deben aprender a utilizarlas bien, porque carecen de otras.
Baile apache años `30
La indiferencia a los reclamos del sexo era una de las virtudes pregonadas (aunque no necesariamente practicada) por el cristianismo, heredada de los grandes filósofos estoicos de la Antigüedad, tanto para los hombres como para las mujeres. De acuerdo a un mito que circuló hace tiempo, el Papa de Roma habría recomendado a las mujeres alemanas que intentaran moverse durante el coito, aunque no sintieran la necesidad de hacerlo, para evitar el pecado nefando en el que habría incurrido un Emperador de ese origen, que llegó a consumar la relación carnal con su esposa, sin advertir que ella estaba muerta. Necrófilo a pesar suyo, la culpa era de una mujer indiferente a los placeres de la carne.
Una mujer que no opone ningún tipo de resistencia (efectiva o fingida) se devalúa ante los ojos masculinos. Katherina, la mujer irascible de La fierecilla domada de William Shakespeare, manifiesta su mala educación ante el pretendiente que le impone su familia, pero no puede eludir una serie de humillaciones a las que él la somete cuando la convierte en su esposa. Las mujeres que no aceptan la dominación masculina, deben ser domadas sin tomar en cuenta su resistencia, es la moraleja de la comedia, tal como se procede con las yeguas salvajes.
Grupo familiar años `40
Si el proceso de adiestramiento en el ámbito de la sexualidad ocurría, al amparo del matrimonio, todo estaba en orden para la sociedad. Ella y él saldrían ganando con el derrumbe de la resistencia femenina. Si el adiestramiento ocurría fuera del matrimonio, él ganaría un trofeo humano, como los que hicieron la fama del coleccionista Giacomo Casanova en el siglo XVIII, y ella perdería toda respetabilidad, pasaría a ser una mujer usada y devaluada, a quien le resultaba improbable rescatar su dignidad.
Pensar que en condiciones tan desiguales, las mujeres pudieran entregarse confiadas a sus parejas, era aceptar la mitología conformista de la industria cultural de la primera mitad del siglo XX, no tan poderosa como la actual, pero no menos tendenciosa.

Yo quiero un hombre copero / de los del tiempo del jopo / que al truco conteste quiero / y en toda banca va al copo. / Tanto me da que sea un pato / y si mi novio preciso / empeño hasta la camisa / y si eso es poco, el colchón. / Mama, yo quiero un novio / que sea milonguero, guapo y compadrón. (Ramón Collazo y Roberto Fontaina: Mama, yo quiero un novio)

¿Para qué querría una mujer con dos dedos de frente, atarse a un hombre irresponsable? Si fuera un estupendo amante, de todos modos la convertiría a ella en un pálido sustituto de su madre proveedora. La indiferencia femenina, en cambio, por difícil de sostener que resultara a una enamorada, rendía mejores frutos: los hombres eran quienes se preocupaban de atraer a las mujeres.
Responder a la pasión de los hombres, excitarlos mediante gestos y palabras, excitarse durante el intento, no eran las estrategias más utilizadas por las mujeres bien consideradas por la comunidad, y definían en cambio la situación de las prostitutas, a las que cabía admirar por sus dotes amatorias, lo cual equivalía a desearlas y despreciarlas al mismo tiempo. Después de todo, ¿de qué modo inaceptable para un hombre celoso podían haber adquirido esas destrezas? Mejor no averiguarlo.
No plantear ninguna resistencia a los avances masculinos en materia sexual, ni suministrarles ningún estímulo después de que las parejas se constituyen legalmente: tales eran los límites planteados por la opinión dominante a las mujeres. Adiestradas por sus madres o libradas a su propio ingenio, ellas dejaban toda la iniciativa a sus parejas.
Egon Schiele: dibujo
En épocas en que se desestimulaba la instrucción de las mujeres, cuando los hombres querían disfrutar un trato más experto en la cama, debían solicitarlo de las profesionales del sexo, que durante milenios han sido adiestradas en esas prácticas, para simular una excitación convincente, siempre y cuando se les compensara por sus servicios. Las prostitutas podían ser despreciadas socialmente, pero no perdían por eso su atractivo. Todo lo contrario. Recurrir a ellas tenía (tiene) para muchos hombres el incentivo de desafiar los tabúes de la sociedad, liberarse de restricciones que habitualmente se respetan.

Los hombres van de putas para sentirse varones. (Fito Páez)

Postal años `30
Las mujeres públicas, compartidas por innumerables clientes, esas que simulan experimentar con todos el mismo placer, para causar una impresión óptima a quienes exigen ese espectáculo privado que reconforta su ego, unen a los hombres que las frecuentan, a sabiendas de que ninguno será tan desubicado para reclamar exclusividad sobre ninguna ellas. Pertenecen por un rato a cualquiera que pague la tarifa estipulada. Alimentar celos o imaginar duraderos proyectos de vida con ellas, relaciones que las quiten de circulación y las reserven para el disfrute de uno solo, son ideas ridículas que pueden concebirse en un momento de entusiasmo, pero al pensarlo mejor se desechan.
Compartir mujeres de mala vida (no al mismo tiempo) establece una camaradería y una complicidad inevitable entre quienes las frecuentan y sin embargo, en la vida social, en caso de encontrarlas, negarían conocerlas. En los prostíbulos nacieron tradicionalmente negocios, amistades, acuerdos masculinos, alimentados por el reconocimiento y la aceptación de las debilidades de todos los que buscaban allí compañía.
En cuanto a las denostadas (por aburridas) esposas legítimas, bajo ninguna circunstancia se aceptaba que pudieran ser compartidas con otros hombres. ¿Cómo tener alguna certeza sobre la filiación de la prole (antes de los infalibles tests de ADN actuales), si la promiscuidad se toleraba? Uno de los temas recurrentes de las radionovelas era la identidad cuestionada de los hijos.
Cuando el engaño era un hecho y la situación no llegaba a ser ocultada, en los tangos se convertía en causal de crimen. La esposa del amigo es sagrada, se dicen tradicionalmente los hombres, unos a otros. En Argentina no había divorcio, gracias a la intercesión de la jerarquía católica. Aquellos que disponían de dinero, se divorciaban en Uruguay o México. Cuando el segundo gobierno de Perón legalizó el divorcio en 1954, se dijo que la Iglesia había decidido romper su alianza con el régimen y lograr su caída. Cuando alguien se atrevía a violar esta norma de fidelidad conyugal, se lo consideraba una traición imperdonable y estallaba una enemistad mortal entre el infractor y el traicionado.
Para la mentalidad masculina, es inaceptable que las esposas disfruten la pasión ilegítima tanto como la legal, y peor aún que en la práctica revelen haber disfrutado más lo ilegítimo que lo legal. Cualquier posibilidad de comparación entre los dos órdenes resulta odiosa, porque se supone que esas mujeres habían quedado reservadas para los hombres que las desposaron, y si por cualquier motivo no disfrutaban demasiado la legalidad, mejor hubieran hecho en resignarse o considerarlo un justo castigo a sus expectativas, porque nada mejor les estaba reservado.

La mujer es como la sombra: si le huyes, te sigue; si la sigues, te huye. (Nicolás Chamfort)

Sobre la indiferencia (real o fingida) al sexo (I)


Yo soy la morocha / de mirar ardiente, / la que en su alma siente / el fuego del amor. / Soy la que al criollito / más noble y valiente / ama con ardor. (Enrique Saborido y Ángel Villoldo)

La imagen mítica de la china enamorada del gaucho, que se sacrifica por él, que tolera sus maltratos y abandono, era figura corriente en la música popular y los dramones radiotelefónicos de mediados del siglo XX en Argentina, como hasta pocos años antes lo había sido de los folletines que incluidos en los periódicos y las representaciones teatrales de los circos. Hombre y mujer se correspondían de acuerdo a la mentalidad ingenua de la época, no por ello equitativa, porque la mujer era entendida como una de las pertenencias del hombre, a la par que su cuchillo, su caballo y su montura, sin sentirse ofendida por ello ni esperar mejor trato.
La mujer se había entregado con decisión, con ganas de ser atrapada, al hombre que se había tomado el trabajo de fijarse en ella, y al hacerlo se comprometía a seguirlo en las circunstancias buenas (poco probables) y en las malas (demasiado frecuentes) que definían la vida en pareja.  Quizás hubiera bastado una mirada ardiente, como plantea la milonga, un par de frases intercambiadas durante un baile, para que el contrato pasional entre ambos se sellara.
Una correspondencia tan perfecta como esa, no era de esperar que existiera en la realidad. Los hombres y mujeres que conocí en mi barrio no se hubieran atrevido a entregarse a la pasión, porque podía desquiciar una rutina cotidiana bastante precaria, que les importaba conservar, aunque no se sintieran demasiado satisfechos con ella. Muy de vez en cuando, alguien violaba esa norma de autocontrol, como Juanita, la joven esposa del viejo tendero del barrio, que de un día para el otro lo abandonó como todos esperaban; o la huida repentina de la madre de un amigo mío, víctima de la violencia doméstica; o la niña de quince años que se apartó sin aviso de los suyos, para irse con un hombre casado.
Lejos de convertirse en figuras heroicas, desafiantes de las convenciones sociales, que preferían dejar todo lo aceptado por la comunidad, para entregarse al disfrute y el infierno de sus pasiones, entraban en el limbo de lo inimaginable. Tengo la impresión de que ni siquiera se las condenaba, porque debían provocar no poca envidia en otras mujeres, más contenidas, por involucrarse en actitudes tan irresponsables, que hacían retroceder a la mayoría.
Alfonsina Storni

Yo soy esa mujer que vive alerta, / tú el tremendo varón que se despierta / en un torrente que se ensancha en río. (Alfonsina Storni: Tú, que nunca serás)

Entre hombres y mujeres se entablaba un diálogo improbable, por la disparidad de fuerzas puestas en juego. La víctima del acoso sexual podía resistirse al acosador, se esperaba que lo hiciera (con consecuencias tan cambiantes, que iban desde el pedido de disculpas de aquel que había molestado sin imaginar siquiera la posibilidad de ser rechazado, hasta la violación y el femicidio en los que se hacía caso omiso de la resistencia de la víctima). Cuando el desencuentro de los géneros ocurría al amparo de la sagrada institución del matrimonio, la negativa al contacto se volvía cada vez más difícil de justificar, primero porque el hombre se consideraba con derechos adquiridos sobre el cuerpo de su pareja, luego porque esa convicción era compartida por la inmensa mayoría de la sociedad, y finalmente porque los argumentos de la mujer que se resistiera sonaban falaces: su deber era participar, o en todo caso entregarse dócilmente a la iniciativa de su pareja.
¿Qué le costaba conceder el favor que se le reclamaba, sin ofrecerle ninguna satisfacción a cambio, por ejemplo algún regalo, una suma dinero, incluso una palabra amable, una caricia? Había diferencias fáciles de percibir entre la condición de esposa y la de prostituta, que no implicaban mayores ventajas para la primera.
Los hombres podían preguntarse: ¿para qué se casaba una mujer, si no tomaba en cuenta los trámites de la intimidad sexual? ¿Para obtener una foto que habría de enmarcar y exhibir ante el mundo, como testimonio de que no debían acercársele otros hombres? ¿Para que alguien ajeno al ámbito de la familia paterna, se encargara de mantenerla? ¿Para que sus amigas no la consideren una fracasada? Casarse, aunque no fuera de blanco, ni en medio de una celebración ostentosa, ni con la pareja soñada, era la meta de las mujeres, que dejaba un reguero de víctimas silenciosas.

Nunca tuvo novio, pobrecita. / ¿Por qué el amor no fue / a su jardín humilde de muchacha / a reanimar las flores de sus años? (Agustín Bardi y Enrique Cadícamo: Nunca tuvo novio)

Tarjeta postal años `30
Que la convivencia con un hombre reanimara a la mujer, no era tan fácil de comprobar en la realidad. Muchas de las mujeres casadas que conocí en mi barrio, hacían comentarios desfavorables respecto de sus maridos. Una de mis tías se refería al hombre que la había acompañado toda la vida como “el infeliz”. Quizás fuera un juego consentido por ambas partes, puesto que los hombres no hablaban mejor de sus mujeres. El matrimonio era sinónimo de un prolongado desengaño para ambos géneros. Cuando mi padre añoraba en un diálogo con sus amigos el abrazo de la M…., la prostituta del barrio, proclamaba un desencuentro matrimonial que debió ser una fuente de prolongada infelicidad para él y su esposa.
¿Cómo podían haber sufrido tal desilusión los maridos, tras haber dedicado varios años al noviazgo y en muchos casos conocer a sus esposas desde la infancia? Las acusadas de frialdad o sus madres y parientes debieron estar muy desinformados respecto de las obligaciones básicas del matrimonio, cuando pretendían eludirlas. ¿Acaso no era más fácil para ellas aceptar el acoso del marido, sabiendo que si dejaban de oponerse, el mal rato al que se encontraban expuestas pasaría pronto, aunque sin duda habría de repetirse periódicamente, aunque ellas no llegaran a disfrutarlo nunca?
Siempre hay una infinidad de cuestionamientos en la vida de una pareja, que tienen un común denominador: el rechazo de la intimidad sexual, vista como una circunstancia de alto riesgo para los participantes. No solo pueden contagiarse enfermedades venéreas: los hombres quedan demasiado expuestos en esos momentos a la influencia femenina, con resultados tan lamentables como la pérdida de su buen nombre. Para los amigos y adversarios, si los hombres oyeran a las mujeres, si atendieran sus opiniones, serían débiles de carácter, pollerudos (calzonazos en España, mandilones en México).
Sumisión masculina
¿No resulta significativo que en Argentina tantos hombres se refieran a la patrona, a su señora, sugiriendo una subordinación efectiva de quien suele ser en la práctica una persona que sufre evidentes desventajas en la relación? En compensación, al denominarlas la bruja o la gorda, se encargan de establecer distancias, o lo que es igual, confesar conflictos nada triviales. Por algún motivo, atribuible a la desinformación, incluso al engaño sistemático de la otra parte, ese hombre no habría logrado armar la pareja ideal.
Que un hombre aceptara entregarse a una mujer, la suya para colmo, de acuerdo a esa óptica machista, era concederle un poder excesivo a la hembra, que habría de alentarla a abusar de su ventajosa posición circunstancial y sentar un pésimo ejemplo en otras parejas.
En forma paralela, las mujeres que se entregaban quedaban sometidas a la incertidumbre de un embarazo, que de sorprenderlas solteras las expondría a todo tipo de marginaciones, y si las encontraba casadas, de todos modos habría de esclavizarlas durante los meses del embarazo, y más allá, durante años, obligándolas a no pensar en otra cosa que la crianza de su prole.
Para las culturas paternalistas, la indiferencia sexual o la frigidez de las mujeres era un dato más que conveniente, incluso tranquilizador, para los hombres que aspiraban a controlar a las mujeres en otros aspectos de mayor relevancia social (financieros, educativos, cívicos, religiosos). Si ellas eran tan carentes de iniciativa en la cama, cabía suponer que tampoco les importaría reclamar sus derechos en asuntos de mayor relevancia, que tradicionalmente se habían atribuido a los hombres. Una cultura que otorgaba desiguales oportunidades y obligaciones a los géneros, establecía conflictos que podían ignorarse en ocasiones, pero no por ello se resuelvían satisfactoriamente para ambas partes.
Si las mujeres no experimentaban demasiado placer durante la actividad sexual que se habían comprometido a mantener con sus esposos, si ponían todo tipo de excusas para postergarla, resultaba probable que tampoco intentaran ninguna infracción fuera del matrimonio. Esa situación no les prometía a las mujeres una mejor calidad de vida, pero sin duda aseguraba la honra de padres, hermanos, esposos e hijos. No estaba mal visto que ellas renunciaran al disfrute de su cuerpo, siempre y cuando se encontraran dispuestas a concederlo a su marido.
De todos modos, la cultura patriarcal acostumbraba a las mujeres a presentarse como un objeto infalible de atracción masculina. Tarde o temprano los machos llegarían a solicitarlas, porque fueron programados por la cultura machista para hacerlo; inevitablemente van a competir entre ellos, tal como hacen los urogallos o los alces dispuestos a demostrar que son dignos de una hembra que se quedará con el vencedor. Aunque se sientan dueños del mundo, ellos van a esperar que ellas los acepten como pareja.
Giovanni Lanfranco: José y la esposa de Potifar
Aquellos que no reaccionan de acuerdo a ese mecanismo biológico elemental, se convierten en un desafío que puede volverlos más atractivos ante los ojos femeninos. ¿Cómo derribar esa contención inesperada de algunos machos, inaceptable para el orgullo de la mujer? Durante el peronismo, la religión católica se enseñaba en las escuelas secundarias. Si uno no era católico, existía la posibilidad de estudiar Moral, en una clase paralela. La Historia Bíblica era parte del temario y de pronto brindaba la posibilidad de hacer bromas nada respetuosas en una materia que exigía lo contrario.
El casto José, que rechaza las insinuaciones de la esposa de Potifar (no por casualidad la nombrábamos Putifar) no era precisamente un héroe de la mentalidad machista de entonces. El personaje podía tener virtudes admirables, como su generosidad con los miembros de su familia que lo habían perjudicado, hasta su capacidad de administrar sabiamente los negocios de su patrón, pero la castidad no contribuía a que se lo apreciara más. ¿Acaso las mujeres no lo tientan? ¿Por qué la indiferencia sexual, una virtud tan apreciada cuando se piensa en las mujeres, pasa a convertirse en evidente objeto de escarnio cuando se refiere a la conducta de un hombre?
Los hombres incapaces de controlar sus deseos, son vistos en el peor de los casos, por la mentalidad dominante, como simples víctimas de un temperamento apasionado, mientras que las mujeres que caen en la misma categoría, lo más probable es que sean execradas.  ¿Cómo se atreven? Tal ha sido la milenaria tradición dominante en Oriente y Occidente, donde a nadie se le ocurría entender que la limitación de la experiencia femenina en el disfrute del sexo, pueda alimentar conflictos que debieran resolverse gracias a incómodos diálogos de pareja (“¿Lo pasaste bien?”, “¿Qué te ha gustado más?”, “¿Qué no te ha caído bien?”) o buscando la intermediación de alguna autoridad competente (desde consejeros espirituales a psicólogos y médicos) encargados de orientar a quienes lo consultan sobre una materia tan privada.

lunes, 14 de marzo de 2016

Acerca de creyentes e incrédulos



Un hombre puede creer o no creer; eso es cosa suya. Porque es su propia vida la que apuesta por la fe, la incredulidad, el amor y la inteligencia. Y no hay sobre la tierra otra verdad más grande para el espíritu humano que esta gloriosa y humilde condición. (Máximo Gorki)

Bautismo católico mediados siglo XX
En el pasado, si uno tenía la suerte de nacer en el seno de una familia católica, por más que fuera una como la mía, en la que mis padres no iban nunca a misa, ni se confesaban, ni siquiera habían aceptado casarse por la Iglesia, de todos modos no era demasiado probable que un chico pudiera librarse del bautismo, que llegaba muy pronto, al poco tiempo de haber nacido, como si se tratara de evitar cualquier posible resistencia de quien iba a ser consagrado como el nuevo miembro de la comunidad.
Pasado ese trámite, uno pasaba a ser cristiano por el resto de su vida y la eternidad, tal como los judíos o los musulmanes pertenecían a sus respectivas comunidades si habían sido circuncidados, también muy tempranamente. Si uno perdía la fe, como debió sucederme a los 15 o 16 años, después de haber hecho una apuesta conmigo mismo, en el patio de mi casa (¿qué pasaría si dejaba de creer en Dios?) en un gesto paralelo y a la vez opuesto al de Pascal, pensador que yo ignoraba por entonces, uno se daba cuenta de que todo seguía tal como antes o se dedicaba a proclamar al mundo el hallazgo (en este caso, la pérdida) de la fe, como si se tratara de un hecho de enorme trascendencia para los seres humanos.
G.K.Chesterton
Los intelectuales europeos de entonces, autores de trayectoria demostrada por libros admirados, como Gilbert K.Chesterton, Graham Greene, Evelyn Waugh, C.S.Lewis, Giovanni Papini, Charles Peguy, Leon Bloy, Julien Green o Alexander Solzhenitsyn, convertían ese instante que suele ser íntimo y reservado de la adquisición o confirmación de la fe, en el centro de su obra literaria. Probablemente por eso se los mencionaba con tanto respeto, desde el ambiente del cristianismo, como modelos a imitar por los creyentes, incluso por aquellos que no se hubieran tomado la molestia de leer sus textos.
George Orwell
Promediando el siglo XX, el tema del compromiso declarado con un determinado sistema ideológico, estaba presente en todos los ámbitos del arte y la política. Había intelectuales prestigiosos como Arthur Koestler, George Orwell, André Gide, Albert Camus, que se arrepentían públicamente de su anterior adhesión al comunismo, mientras que en la dirección opuesta, durante los años `30, había habido entusiastas adherentes al fascismo o el nazismo, entre figuras como Leopoldo Lugones, Céline, Ezra Pound, Ernst Junger, Knut Hamsun, Curzio Malaparte o Drieu La Rochelle, que abjuraban de las conquistas endebles de la democracia y saludaban la llegada de regímenes totalitarios, donde no era probable que ellos pudieran sobrevivir ejerciendo las mismas actitudes críticas.
Las convicciones de cada uno, eran un tema que se ponía en juego en la vida cotidiana y arriesgaban toda la credibilidad y admiración que alguien se hubiera ganado por su actividad en el arte o la política. Lugones y Drieu La Rochelle se mataron, Pound pasó la vejez en un manicomio, Jorge Luis Borges dilapidó la oportunidad de alcanzar el Nobel de Literatura por un desinformado encuentro con Augusto Pinochet.
Tarde o temprano, los nuevos conversos se dejaban llevar por el entusiasmo que los había dominado al entrar en contacto con las nuevas ideas, dejaban de analizar si eran válidas o no, y por lo tanto cometían lamentables errores de juicio. Se convertían en publicistas de regímenes que los sacrificaban a sus intereses o muertos en vida.
Betrand Russell
A la distancia, veo que la duda sistemática y la incredulidad no gozaban durante el siglo XX del mismo prestigio que se le otorgaba la fe. Leer a Bernard Shaw o Bertrand Russell, como tuve la suerte de hacer entonces, era asomarse a un universo desconcertante, porque ellos describían la oportunidad de no aceptar una fe ni otra.
El ateísmo o el agnosticismo no resultaban nunca temas tan seductores como la fe. Carecían de ceremonias vistosas, que apelaban a todos los sentidos, como carecían de propagadores elocuentes. No parecían tener una Historia (o al menos no la ostentaban de manera tan apabullante como hacían las religiones establecidas). Costaba describirlos como prácticas que uno pudiera imitar, y sobre todo, tenían mala fama. Los creyentes los consideraban fruto del ofuscamiento o la estupidez característica de los no creyentes, por lo que tarde o temprano se presentaban como ideales imposibles de sostener.
Yo dejé de creer en Dios (provisoriamente y en secreto) con lo que se me abrieron las puertas a un diálogo inesperado con personas que ya conocía y a las que hasta poco antes hubiera considerado (prejuzgado) no como enemigos, pero al menos inadecuados para el diálogo, porque suponía que hubiera sido difícil entenderse con ellos.
John Cummings y su esposa Mary eran los únicos ingleses de mi barrio. Los veía en el almacén de mi padre, cuando compraban algo y retiraban la correspondencia, donde estaba incluido un periódico que debió ser anglicano. ¿Cómo arriesgarse a intentar una comunicación más compleja, sin tropezar con la barrera idiomática? 
El único musulmán que conocía en mi barrio, era el tendero Ali N. Luego tuve a un profesor de no recuerdo qué materia en el secundario. Uno sabía que eran turcos, tal como otros eran gallegos o tanos, y el resto (que debía ser algo bastante complejo, porque definía la presencia de una cultura que no era la nuestra) quedaba sumido en la más completa incertidumbre, no como un enigma que hubiera debido investigarse, sino como un dato carente de importancia. Después de todo, a pesar de las más que probables diferencias, podíamos considerarnos iguales.
Confirmación católica
Ignoro el motivo por el que mi padre decidió convertirlo en mi padrino de confirmación. Eso me confundía más de la cuenta, porque si mi padrino no era católico, ¿por qué estábamos todos engañando al Obispo, que me marcaba la frente con los sagrados óleos? Sospecho que esa era la concepción que mi padre tenía de la religión: relacionaba con gente que no estaba demasiado cerca, pero tampoco le resultaba ajena y a la que pretendía acercarse con este gesto amistoso, pero aislado. Mi padrino de bautismo, por ejemplo, era uno de sus antiguos amigos de soltero, dueño de una tienda, frente al cine La Palma, que no debo haber visto más de un par de veces en mi vida.
Si bien tuve muchos amigos judíos después de haber salido de San Pedro, a los 17 años, porque en el ámbito de la cultura y en otras ciudades más grandes, no era difícil que se alternara con ellos, como con cualquier otra minoría étnica, tuve que esperar varios años, hasta que algunos de esos amigos me abrieron la puerta de su casa (Susana I. o Ernestina G.), me invitaron a probar su sopa de matzá (Mara H.) o me permitieron participar en una cena de Pesaj (Blanca S.). Si los recuerdo con tanto afecto, es porque se trataba de favores que no solicité y al mismo tiempo di por sentado que eran infrecuentes.
Celebración judía de Pésaj
Probablemente no era casual que mis amigos fueran judíos nada ortodoxos. No iban a la sinagoga, ni respetaban las normas de la comida kosher, pero al mismo tiempo recordaban las fiestas milenarias y elegían como parejas a miembros de su comunidad (cuando no respetaban esa norma, resultaba evidente que lo encaraban como un temido conflicto con sus familias). Algunos, habían decidido no circuncidar a sus hijos varones. Nunca les pregunté si tenían prejuicios respecto de los goys (cristianos) como yo, aunque no fueran practicantes, a quienes apenas se les escarbara un poco, revelarían haber abandonado la fe de su infancia muchos años antes, en la confianza de que si necesitaban regresar a ella, por ejemplo en la alternativa de morir, lo harían sin mucho trámite.
Gracias a ellos, aprendí que ser judío no era necesariamente practicar una religión (un tema que en el ámbito del monoteísmo conduce tarde o temprano a enfrentamientos que suelen ser odiosos) sino pertenecer a una cultura milenaria, que se hereda como el ADN, sin saberlo ni pedirlo, y debería permitir el diálogo con gente de otros grupos culturales, con quienes se comparten demasiadas elementos comunes, para considerarlos extraños.
Niños judíos en campo de concentración
La fe suele ser una carga bastante incómoda para los creyentes, esos que pueden devanarse los sesos, mientras se hacen preguntas de orden moral, respecto de conflictos cotidianos, para las que no encuentran en su fe respuestas satisfactorias, mientras que el absurdo de la fe se confirma para los no creyentes, acostumbrados a utilizar la duda como herramienta habitual.
Los creyentes se hieren preguntándose: ¿cómo permite Dios la existencia del mal, que triunfa por todas partes, sin hacer nada para detenerlo, ni atenuarlo, ni resarcir a las víctimas? ¿Cómo abandona de manera tan ostensible a quienes creyeron en Él? Se trata de una duda antigua, incómoda, que fue planteada en el Libro de Job y reaparece intacta en la experiencia del mundo contemporáneo.

Para el cristiano, que espera la verdadera salvación en el más allá, este mundo es (…) objeto de desconfianza y, a causa del pecado original, especialmente el mundo humano. En cambio, para el judío que ve en este mundo el lugar de la creación divina, de la justicia y la redención, Dios es en primer lugar el Señor de la Historia y por eso, también para el creyente. Auschwitz pone en cuestión todo el concepto tradicional de Dios. (…) Añade a la experiencia histórica judía algo nunca visto. (…) ¿Qué clase de Dios pudo permitir esto? (Hans Jonas: El concepto de Dios después de Auschwitz. Una voz judía)

Encontrar el camino propio entre la fe y la incredulidad, o para decirlo de otro modo, decidir una opción que no conduzca demasiado lejos de la fe original, se convierte para los creyentes en una búsqueda que pasa por la aceptación del mensaje de algún texto sagrado, proveniente de alguna figura admirada, o el inicio de un prolongado y doloroso examen de cada paso que se avanza o retrocede. La fe, de acuerdo al poeta persa, por importante que sea para quienes la aceptan o rechazan, no debería dividir a la gente.

Entre la fe y la incredulidad, un soplo. Entre la certeza y la duda, un soplo. Alégrate en este soplo presente donde vives, pues la vida misma está en el soplo que pasa. (Omar Al Khayam)

viernes, 12 de febrero de 2016

Ersatz: alcances de una cultura provinciana


¿Qué somos, qué es cada uno de nosotros, sino una combinatoria de experiencias, de informaciones, de lecturas, de imaginaciones? Cada vida es una enciclopedia, una biblioteca, un muestrario de estilos donde todo se puede mezclar continuamente y reordenar de todas las formas posibles. (Italo Calvino)

Franz Kafla
Al convertirme en adulto, mi cultura (no hubiera podido ocultarlo) estaba organizada a partir del ersatz (sustituto) de lo que podía considerarse la Gran Cultura moderna, de acuerdo a la guía no siempre confiable que planteaban los suplementos dominicales del diario La Nación y una polvorienta colección de la revista Sur de Victoria Ocampo, descubierta en la Biblioteca Pública de San Pedro. ¿Cómo hubiera llegado a conocer, por ejemplo, los textos de Kafka y Faulkner, el teatro de T.S.Eliot y Samuel Beckett de otro modo? Los cursos de Literatura Española y Latinoamericana que recibíamos en el colegio secundario, no iban más allá de algún poema de Rubén Darío, capítulos de Don Segundo Sombra y ciertos cuentos de Benito Lynch. Hasta un adolescente desinformado, como era mi caso, percibía que eso no debía ser todo.
La cultura clásica me intimidaba, por las enormes dimensiones con que se anunciaba y la disparidad de contextos históricos que exigía conocer. La colección de Clásicos de la Literatura Universal, con sus pequeños volúmenes ilustrados, intentaba hacerme creer que a los doce años había leído ya La Ilíada, la Odisea, Edipo Rey, El Cantar del Mío Cid, El Quijote, etc. entre otras obras fundamentales de la Literatura, cuando solo me habían suministrado acceso a versiones resumidas, que volvían innecesaria la consulta de los textos completos.
Eso alimentaba el efecto Selecciones del Reader´s Digest: puesto que la editorial se encargaba de leer por mí un libro célebre, para ofrecerme un cómodo sustituto (ersatz) del original, me brindaba la oportunidad de convertirme en la peor clase de ignorante que existe: la de aquellos que creen saber algo, aunque solo es por encima, y de acuerdo a esa convicción ya no creen necesario intentar otro acercamiento, en serio. Si tardé diez, quince y hasta cuarenta años en reintentar la lectura frustrada, hubo casos (Mío Cid) en que la tarea quedó postergada hasta mi próxima reencarnación.
Siempre supe que no me correspondía enorgullecerme de mis límites imposibles de ocultar, ni de presentarme como una de las tantas víctimas de una sociedad que esperaba de mí una actitud más conformista: me había tocado la suerte de nacer en un rincón del mundo, en una época, en un sector de la sociedad, que si bien no se me prohibía el acceso de la cultura, tampoco iba a facilitármelo.
No necesitaba disculparme por las deficiencias de mi formación básica: era lo que había conseguido y si bien se mira, no lo desaproveché. ¿Por qué debería avergonzarme de lo que obtuve, cuando me permitió organizar un proceso de aprendizaje que insumiría años y años, en gran parte por mi cuenta y riesgo, aunque partiera de bases tan endebles?
Robert Wiene: El gabinete del Dr. Caligari
Supe de la existencia del cine expresionista alemán al leer La Pantalla Diabólica de Lotte Eisner, un texto inspirador (que estimulaba a investigar) y al mismo tiempo resultaba desesperante, porque describía un universo tan atractivo como inaccesible. Eisner había visto en su juventud, treinta años antes, filmes de Murnau que al parecer estaban perdidos. Ella había sido testigo privilegiado de una era del cine cuya existencia me era informada y sin embargo me resultaba imposible conocer.
David W. Griffith: Intolerancia
Por entonces me enteré de que cuarenta años antes, durante la Primera Guerra Mundial, se habían producido Birth of a Nation e Intolerance, según The Rise of the American Film de Lewis Jacob, un volumen en inglés, que a alguien acostumbrado a las escuálido lecciones de Miss Austin y Miss Figueroa le costaba leer. Probablemente debo haberlo encontrado también en los estantes de la Biblioteca. El libro incluía fotogramas deslumbrantes, que avivaban mi deseo de ver esas películas y otras, que no debía esperar que fueran proyectadas en el Cine La Palma o el Plaza, mis únicas alternativas para acercarme al cine en San Pedro. Cuando revisaba la página de espectáculos del diario La Nación o escuchaba Diario del Cine, el programa de Chas de Cruz en radio Belgrano, sabía que las películas que se estrenaban en Buenos Aires, tardarían no menos de un año en exhibirse en mi ciudad.

Es lamentable que la gran mayoría de los seres humanos nace como un ser original y muere como una copia. (Carl Jung)

Frank Lloyd Wright: Casa Kauffman
El desfase cultural entre la Capital y la Provincia, entre lo que podía ser actual y lo que resultaba inevitablemente desactualizado, entre lo auténtico y el sustituto, reaparecía en todo lo que descubría en el ámbito de la cultura, y por más que me molestara, no había manera de superar el handicap.
Me estaba permitido conocer la arquitectura de avanzada de Frank Lloyd Wright y Le Corbusier, gracias a la colección de la revista Sur de los años ´30. Debía resignarme a que la información estuviera desactualizada, porque ¿acaso hubiera encontrado en mi ciudad estímulos parecidos?  Hoy sigo sin haber recorrido la casa Kaufmann como deseaba entonces, pero desde mi escritorio me está permitido acercarme desde el aire, utilizando los mapas de Google; he llegado a recorrerla virtualmente, con el auxilio de un video de You Tube. Descubierta a los diecisiete o dieciocho años, cuando todavía soñaba con estudiar Arquitectura, la casa era mostrada a través de unas pocas fotos en blanco y negro, situación que resultaba una tortura. Yo quería mucho más, la experiencia de la cosa real, y algo así no iba a conseguirlo.
Tarde o temprano, el ersatz dejaba en evidencia sus límites odiosos. Más de lo que el medio había dispuesto conceder a quienes participaban en el juego, no había. Eso, a todas luces insuficiente, era todo lo que obtendría, porque la experiencia de lo real se encontraba reservada a quienes estaban en condiciones de pagarla, que eran tan pocos a mediados del siglo XX, como habían sido en el Medioevo o la Antigüedad. Nuestra única diferencia, aquello que podíamos considerar una ventaja de la modernidad, era que se nos invitaba a ser espectadores de un esplendor distante y ajeno.
Leopold Stokowski en Fantasía (Walt Disney)
Entré en contacto con la música de Bach y Beethoven, gracias a los Conciertos del Sábado que programaba Julio Gallino Rivero en Radio Excelsior y los maltratados  álbumes de discos de 78 rpm de mi tía Elvira, que ofrecían las discutibles transcripciones de Leopold Stokowski. Ahora sé que puede ser considerada una traición que una Tocata y Fuga en Re menor de Bach suene como si fuera otra pieza de Musorgski (tampoco el auténtico Musorgski, sino aquel que había sido retocado primero por Rimsky-Korsakov y luego por el mismo Stokowski).

Si Beethoven hubiera nacido en Tacuarembó, hubiera llegado a ser director de banda. (Eduardo Galeano)

La cadena de sustitutos de los grandes hitos culturales que hallé en mi adolescencia, filtraba, edulcoraba y terminaba por desvirtuar todo lo que había caído bajo su control, pero en ese momento yo no estaba en condiciones de darme cuenta, ni tenía demasiadas posibilidades de recurrir a algo mejor. Gracias al contacto con el ersatz, pero también a pesar de la inadecuación del ersatz, me sería dado alcanzar alguna vez a la experiencia de lo auténtico, o lo que todavía era más desalentador, podría quedarme definitivamente a medio camino: ni tan ignorante, ni bien informado.
Haber nacido en una ciudad provinciana, promediado el siglo XX, me aseguraba cierto contacto espurio con la Cultura, que hubiera sido impensable pocos antes, pero a la vez planteaba un peligro nuevo: que armara una cultura de sustitutos.
Lata de dulce
La imagen de La Gioconda había estado siempre a mi alcance, impresa en las redondas latas de dulce de membrillo o batata. La Última Cena estaba representada en las latas de sardina. Dudo que fuera la mejor forma de acercarse al arte del Renacimiento. ¿Por qué tomar en consideración algo que había sido reproducido incontables veces y se encontraba ligado al consumo? Tampoco las páginas centrales de la revista Para Ti que coleccionaba Sofía Boccardo, nuestra vecina y amiga, eran la guía más idónea para entrar en contacto con las artes plásticas, pero gracias a esas imágenes borrosas y los breves párrafos biográficos que las acompañaban, me fui familiarizando con las obras y los nombres de artistas que luego exploré por mi cuenta.
Pablo Picasso: Les demoiselles d¨Avignon
Hacia el fin de mi adolescencia, me familiaricé con las artes plásticas del Renacimiento y el mundo contemporáneo, a través de los grabados en colores de los libros editados por Skira, que atesoraba Pablo M., un amigo de más edad y mayores recursos que los míos. ¡Deslumbrantes láminas adheridas a las hojas de grueso papel! Gracias a esas láminas, la reproducción de una pequeña figura de Klee podía tener un tamaño parecido a la reproducción de la enorme Les demoiselles d´Avignon de Picasso. Aunque al pie de cada lámina figurara el tamaño de cada obra, no creo haber reparado en eso, y de hacerlo, de todos modos la experiencia del tamaño me resultaba ajena.
En el libro, el fondo de Le grand verre de Duchamp, una pintura transparente, era un muro blanco, neutro, no el resto de la sala donde se encuentra expuesto. Los nenúfares de Monet eran puestos cerca unos de otros, en lugar de ocupar una sala oval que rodea por tres de los lados al observador. En cuanto a la textura de una obra de Goya o Matisse, pasaba desapercibida en una lámina, que aparecía siempre impresa en papel brillante.
George Gamow
Nada de lo que había disfrutado era lo auténtico, y yo no hubiera debido ignorarlo, pero ¿cómo concebir la experiencia directa cuando solo se tiene la experiencia de los sustitutos? George Gamow planteaba en Un, dos, tres… Infinito, un libro de mi primo Carlos N. que leí por entonces, la dificultad que hubieran encontrado los habitantes de un mundo bidimensional que intentaran imaginar algo para nosotros tan familiar como el universo tridimensional. Hipotetizar algo parecido, solo era posible mediante un esfuerzo que desafiaba la razón; tener la experiencia era otra cosa.

En la época de la reproducción técnica de la obra de arte, lo que se atrofia es el aura de ésta. El proceso es sistemático; su significación señala por encima del ámbito artístico. Conforme a una formulación general, la técnica reproductiva desvincula lo reproducido del ámbito de la tradición. (Walter Benjamin: La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica)

Yo no podía haber leído por entonces los ensayos de Albert Bandura (fueron publicados una generación más tarde). Sin ese auxilio fundamental, no era capaz de sistematizar las diferencias que pueden darse entre la experiencia directa de la Gran Cultura y el ersatz, los sustitutos insuficientes que el azar ponía a mi alcance. Todo lo que podía obtener era una experiencia vicaria, gracias a los relatos de otras personas y la mediación de instituciones que me correspondía aceptar como modelos válidos, en un proceso que facilitaba el filtrado, la deformación, la interferencia, el debilitamiento de los objetos culturales.
No podía sentirme demasiado satisfecho, pero al mismo tiempo, si quedaba librado a mis propias fuerzas, no conseguiría ir más allá. Supongo que a partir de esa insatisfacción surgió el impulso de estudiar, de viajar y conocer lo que interesaba por mí mismo. Esa había sido la decisión de mi abuelo paterno, puesta en práctica en sus años juveniles, que sus hijos dejaron de lado.

¿Qué valor tiene toda la cultura, cuando la experiencia no nos conecta con ella? (Walter Benjamin)

sábado, 6 de febrero de 2016

Sueño de noches de verano en San Pedro


¿Están bien seguros de que nos hallamos despiertos? Algo me dice que dormimos, que soñamos todavía… (William Shakespeare: Sueño de una noche de verano)
Siesta
Cuando la memoria revisa el pasado, no lo recupera intacto, como se espera de un alimento que se guardó en el congelador, o de una fotografía que se archivó cuidadosamente en un álbum familiar. Mucho se ha perdido, a veces hasta volverlo irreconocible, y no poco se le ha incorporado, gracias a lo que se experimentó después, sobre todo en lo más reciente, modificando para siempre la imagen que se había conservado. También los alimentos incorporan sabores desconfiables, a pesar de que continúan siendo comestibles, y las fotos en colores se desvanecen una bruma rojiza que no impiden reconocer a los personajes retratados.
El recuerdo adquiere una extrañeza mayor que la despertada por algo que es realmente nuevo y parece no esconder ningún secreto. Propone sonidos, aromas, siluetas de personajes que se han vuelto inhabituales y cuesta identificar. ¿Cómo es posible que algo tan conocido haya sido así? El recuerdo tiene baches, derivaciones, enigmas que desubican a quien lo explora.
Titania en Sueño de una noche de verano
Debo haber leído Sueño de una noche de verano de Shakespeare a los doce años, cuando descubrí la colección Austral con sus pequeños volúmenes impresos en papel barato y una nómina final de autores y obras, que se convirtió en una de mis guías de lectura fundamentales durante la adolescencia. A pesar de la ripiosa traducción de Astrana Marín, era un texto capaz de despojar a la oscuridad de las amenazas que prometían las películas de Hollywood, y poblarla de experiencias asombrosas.
Luciérnaga
Las noches de verano de San Pedro estaban iluminadas por el vuelo errático de las luciérnagas, que a veces atrapábamos por un rato en un frasco, para admirar de cerca su parpadeo verdoso. No recuerdo haber investigado de dónde venían, ni cuál era el principio que explicaba su luz fría. Se trataba solo de un placer visual, nada mágico ni técnico, propio de la naturaleza que uno percibe y admira sin terminar de entender, como el croar de las ranas y los sapos en los zanjones de calle Colón, el estridor de los grillos en algún rincón de la casa, el coro de las cigarras incansables, el maullido prolongado de los gatos en el techo.
La sexualidad de los animales parecía despertar al caer el sol. Volaban, corrían, nadaban, solicitando con sonidos la atención de una pareja. Aunque los chicos no entendiéramos muy bien qué significaba eso, de algún modo sabíamos que sobre ciertas materias no debíamos preguntar a los adultos, porque los pondríamos en apuro y ellos no tendrían una respuesta satisfactoria, y lo que todavía era más probable, nos reprenderían por haber sido más curiosos de lo permitido.
Las noches de verano podían ser casi tan calurosas como los días. Uno intentaba dormir y la ropa de cama se convertía en un estorbo pegajoso. A veces, después de dar muchas vueltas sin conciliar el sueño, uno bajaba de la cama con la almohada, y se tendía sobre el fresco piso de baldosas. Desde esa perspectiva, todo lo habitual se volvía nuevo: los muebles de siempre, las siluetas de los parientes magnificadas por la perspectiva, despertar con el gato mirando a pocos centímetros de la cara.
Acaroína
A mediados del siglo XX, no habíamos oído aún hablar del dengue, la malaria era un problema de países tropicales, que afortunadamente no eran el nuestro, como nos informaba Selecciones del Reader´s Digest, al reportar la guerra en el distante sudeste asiático y las virtudes de la quinina sintética, pero de todos modos los mosquitos eran el tormento de las noches de verano en San Pedro.
En todas partes se confiaba en el poder desinfectante de la acaroína. Cuando un gato en celo marcaba con su orina un rincón de la casa que consideraba su territorio, se lo frotaba con Acaroína para devolverle su condiciones de habitabilidad para los humanos. Cuando se juntaba agua en una zanja o en un barril de agua de lluvia (todas las casas de mi barrio, donde no había agua corriente, contaban al menos con un barril en el que se recogía el agua de lluvia, para lavarse el cabello) se derramaba un poco de acaroína, en la creencia de que a partir de ese momento ningún mosquito se atrevería a depositar sus huevos en ese líquido. La acaroína dejaba un olor persistente, que no resultaba agradable para nadie. Era el olor de los hospitales, de las estaciones de ferrocarril y de los baños públicos, generaba gases inflamables, causaba molestias en las papilas olfativas, y no obstante lograba convencer a todo el mundo, de que las condiciones sanitarias de cualquier lugar donde se aplicara, mejoraban de inmediato.
En todas las comunidades hay rituales grandes o pequeños que aplacan el desasosiego colectivo, ante las amenazas que pueden no haberse convertido en realidad, pero de todos modos nadie sabe cómo controlar. Hoy es el virus del Zica, ayer la poliomielitis, una segunda guerra mundial que desangraba a medio planeta, la bomba atómica.
Vecinos tomando el fresco
Cuando los vecinos de mi barrio se sentaban por la noche a conversar y tomar el fresco en las veredas, no era extraño que estuvieran gran parte del tiempo palmeándose cada vez que sentían la picadura de un mosquito, o que se dedicaran a espantarlos con una pantalla de cartón y mango de bambú, gentileza de alguna tienda del centro.
¿De qué hablaban los adultos en esas noches, de vereda a vereda? Por más que busco en la memoria, no encuentro nada. Supongo que intercambiaban trivialidades relacionadas con la vida cotidiana, quizás anécdotas recientes de gente conocida. Ninguna confidencia comprometedora, nada urgente, malintencionado, ni trascendente. Tal vez reciclaban noticias de la radio o el diario que los chicos estábamos en condiciones de oír. La visión de gente que se veía todos los días desde hacía muchos años, disfrutando el tiempo libre entre ellos, sin depender de los actuales medios de comunicación, que atosigan a los consumidores con una oferta ilimitada de estímulos difíciles de eludir, puede resultar inverosímil para las nuevas generaciones. ¿Cómo se las componían a mediados del siglo XX, los habitantes de San Pedro para no morir de tedio? Habían formado parejas que permanecían unidas y criaban a sus hijos, aunque no se entendieran demasiado; se habían incorporado a pequeñas comunidades que no experimentaban otros cambios que el nacimiento de nuevos miembros o la muerte de otros. ¿Qué rutina tan insoportable era esa?
Espiral de piretro
Desde la actualidad cuesta imaginar el organizado estilo de vida de entonces. Para librarnos de los mosquitos, encendíamos espirales de piretro, que primero debían separarse de sus gemelas (venían en sobres, de a dos y había que montarlas en frágiles pedestales de lata para encenderlas a continuación). Las instalábamos en el piso, al comienzo de la noche, antes de irnos a dormir y sahumaban las habitaciones durante el resto de la noche. Por la mañana, había que barrer la espiral de ceniza que dejaban (aunque recuerdo un platito o un cartón que permitía quitar el rastro). Que las espirales pudieran ser tóxicas, que causaran náuseas o dolores de cabeza, como se ha denunciado repetidamente en Asia, que los temibles formaldehidos emitidos por la combustión de una espiral equivalieran a medio centenar de cigarrillos encendidos, no lo sabíamos por entonces y probablemente no llegábamos a experimentarlo tampoco, porque dormíamos con puertas y ventanas abiertas.
Los aerosoles no habían llegado al mercado aún. Cuando aparecieron, durante los años `60, prometían un progreso fuera de toda discusión. No era cosa de mantener alejados a los mosquitos mientras durara el humo de una espiral, sino de liquidarlos instantáneamente, cada vez que se hicieran oír. Un par de décadas más tarde, los aerosoles  fueron convertidos en algunos de los principales responsables del deterioro de la capa de ozono y los cambios climáticos que hoy aquejan al planeta.
Mosquitero
Para librarnos de los mosquitos, se colgaban sobre nuestras camas amplios mosquiteros de tul, muy eficaces como barrera a la circulación del aire fresco de la noche, que olían a moho, porque habían permanecido guardados en el fondo de los armarios, durante los meses húmedos del invierno y daban la sensación de acostarse bajo la falda de una novia. Eran artefactos eficaces, que permitían permanecer libres de picaduras de mosquitos, pero el zumbido persistente de los machos, mientras cortejaban a las hembras, impedía conciliar el sueño hasta muy tarde, por lo que se despertaba en la mañana con la sospecha de no haber descansado lo suficiente y el deseo de llegar cuanto antes al descanso reparador de la siesta.