miércoles, 3 de agosto de 2016

Improvisados, graduados y autodidactas


EEUU: graduados universitarios
Ahora son muchos los jóvenes que estudian en la Universidad (y las universidades se han multiplicado para atender la demanda masiva del mercado). Se da por sentado que los jóvenes deben estudiar alguna carrera, dado que con su poca edad  y la incompleta formación que reciben durante su paso por la escuela primaria y la secundaria, si carecen de contactos se les vuelve difícil hallar algún empleo bien remunerado, porque es improbable que se encuentren preparados para aspirar a tanto. Cuando dedican varios años al estudio de alguna carrera, esperan capacitarse efectivamente para ejercer una profesión y obtener los diplomas habilitantes que suelen exigir los empleadores.
Desde la actualidad, cuesta entender lo infrecuentes que eran los estudios superiores hace apenas un par de generaciones. Ser abogado o médico suministraba prestigio social, abría las puertas de la actividad política y permitía sostener un buen nivel de vida, mientras las otras profesiones carecían de una imagen tan definida.  
Aquel que estudiaba, pasaba a ser visto como alguien diferente a la mayoría no iletrada, pero falta de educación, como se muestra en M´hijo el dotor, la pieza teatral de Florencio Sánchez, donde el joven Julio regresa de la ciudad para esquilmar a su padre enfermo.

OLEGARIO: ¡Ese no conoce la vergüenza…! ¿No ves los modales y la insolencia con que nos trata? ¿Qué prueba eso? Que es un libertino, un calavera, un perdido… (…)
JESUSA: El muchacho no es malo en el fondo, pero es muy irrespetuoso y algo botarate. Estudiar, estudia, pues tiene buenas calificaciones y los diarios hablan de él, pero se le han metido en el cuerpo unas ideas descabelladas y hasta creo que le da por ser medio anarquista o socialista y no cree en Dios. (Florencio Sánchez: M´hijo el dotor)

Clase universitaria en la Edad Media
Irse a estudiar, para los jóvenes del interior del país, era exponerse a la seducción de las pocas grandes ciudades donde había universidades, instalarse lejos de la familia, hallarse de pronto con la posibilidad de organizar (o desorganizar, de acuerdo al gusto) su vida. Eso había sido así, tradicionalmente, desde por lo menos la Edad Media: estudiar era liberarse de las limitaciones mentales que caracterizaban al sitio donde uno hubiera tenido la suerte (o la desgracia) de nacer, para alcanzar un estándar superior y más libre de vida. Algunos estudiantes no volvían más a su terruño, tanto si concluían exitosamente su carrera, como si malgastaban su tiempo sin llegar a titularse.  La vida provinciana se destacaba por sus limitaciones de todo tipo.
Los estudiantes de las grandes ciudades gozaban de una envidiada mala fama de borrachines, mujeriegos, iconoclastas, y otras formas alegres de (re)organizar la vida mientras duraba esa etapa de su existencia, entendida como un intervalo festivo entre el aburrimiento de la enseñanza secundaria y la rutina de la vida profesional.
Mi padre no había terminado su educación secundaria en el Colegio Nacional de Buenos Aires. Desaprovechó las oportunidades de estudiar que le estaba brindando mi abuelo, y hubiera debido convertirlo en el primer profesional universitario de una familia de comerciantes. Entonces, decidió mi abuelo (como castigo o premio) tuvo que encargarse del comercio que había pertenecido a la familia durante seis décadas, tras una etapa de aprendizaje bajo la tutoría de José Félix Grigioni, uno de sus tíos maternos.
De acuerdo a mi tía Matilde, que podía ser demoledora en sus tajantes definiciones de la gente que conocía, su hermano se había pasmado intelectualmente a los doce años, cuando sufrió la fiebre tifoidea. No parece una argumentación demasiado confiable, porque provenía de alguien a quien se le negó esa oportunidad de desarrollo.
Mi padre era un rebelde que había sido sometido por la preferencia y el rigor de mi abuelo, y no aceptaba esa imagen. Él percibía a su padre como una autoridad imposible de desafiar, pero intentaba reproducir el modelo, a pesar de su inadecuación. De haber estudiado, mi padre se hubiera liberado de la tutela de mi abuelo, hubiera podido instalarse lejos de San Pedro y el comercio de la familia, pero decidió fracasar, para frustrar las expectativas de mi abuelo, aunque al mismo tiempo perdió la autoestima.
A pesar de su notable inteligencia, que le permitía relacionar datos no demasiado evidentes para la mayoría, mi madre tuvo que ponerse a trabajar cuando apenas se encontraba en la primaria. Luego, los celos de mi padre le cerraron el paso a cualquier intento de formarse.  De haber vivido en otra época, menos limitada respecto de los roles femeninos, ella hubiera podido
Fui el primero de mi familia en completar una carrera universitaria, gracias a mi trabajo de verano en Mar del Plata y las becas que obtenía. Había que buscar a un primo segundo de mi padre para encontrar a un odontólogo, pero vivía en San Nicolás y no teníamos contacto con él. Mi primo Carlos N. que era cuatro o cinco años mayor que yo, abandonó la carrera de Derecho, por razones que nunca supe y solo en su treintena, ya casado (y sospecho que gracias a la vigilancia de su mujer, que le impedía dispersarse) completó sus estudios de Agronomía.
Mi primo materno Miguel Ángel G., unos diez años más joven que yo, se convirtió en un exitoso abogado, y a partir de él, se volvió frecuente en los miembros de las nuevas generaciones de nuestras familias, que estudiaran y completaran sus carreras universitarias.

La educación autodidacta es, creo firmemente, el único tipo de educación que existe. (Isaac Asimov)

Usuario de Internet
Aquellos que de un modo u otro se involucran en la educación formal (debo incluirme entre ellos) suelen tener en menos a los improvisados en cualquier actividad y mirar con no poca desconfianza a los autodidactas, que se arriesgan a tomar la iniciativa de formarse a ellos mismos, con todos los riesgos de complacencia y limites intelectuales que tal iniciativa implica. ¿Obtendrán acaso una educación bien balanceada, que les permita encarar una actividad profesional sin fallas?  ¿Descuidarán en el aprendizaje, por lo contrario, ciertos aspectos fundamentales para su formación, que ellos no advierten y a la larga quitarán toda credibilidad a su desempeño?
Biblioteca Rafael Obligado
Elegir una institución para educarse, no es una decisión tan racional, informada y confiable como podría suponerse. Recuerdo el pesado matroteto que consulté repetidamente en la Biblioteca Rafael Obligado de San Pedro, a mediados de los `50. para decidir qué estudiaría cuando terminara la escuela secundaria. Las universidades que entonces eran pocas y no tenían tantas carreras como en la actualidad, presentaban los programas de estudio y las condiciones de ingreso. Debo haberlo hojeado decenas de veces, porque para mí tenía la seducción de una novela de aventuras. ¡Cuántas alternativas, qué variedad de futuros planteaba!
A pesar de lo que plantean los especialistas, las instituciones tienen programas que se establecieron Dios sabe cómo y no siempre cumplen con lo prometido, cuando reclutan a docentes que merecen asumir esas complejas funciones o tal vez no, se ajustan a las expectativas de los estudiantes que han emprendido una carrera, o las defraudan. De todos modos, como un colectivo dotado de un historial, de una denominación impuesta en el mercado educativo, reclaman una credibilidad, que a medida que pasa el tiempo se les concede cada vez con menos análisis, por simple inercia. Puesto que han permanecido, su idoneidad queda garantizada.
Los autodidactas llegan para arruinar el excesivo optimismo de los graduados. Ellos demuestran con sus actos que hay otras maneras de abordar los mismos proyectos, aunque se trate de alternativas poco satisfactorias, que los conducen al fracaso, porque en esa eventualidad llegan a sembrar una duda incómoda: es probable que también los graduados fracasen cuando intenten algo parecido, y en tal caso la situación será todavía más lamentable para ellos, porque dedicaron varios años y emplearon bastante dinero para seguir estudios que carecen de futuro.

Autodidacta por obra de las circunstancias, me forjaría a solas una cultura desordenada y caprichosa, cuyos efectos arrastraría hasta la treintena y de la que no lograría zafarme sino el día en que relajado (…) comencé a revisar por mi cuenta los valores y normas que habían regulado hasta entonces mi vida sin las anteojeras ni prejuicios inherentes a toda ideología y sistema. (Juan Goytisolo)

Manuel López Blanco, mi recordado profesor de Filosofía y Estética en la Universidad Nacional de La Plata (un hombre que no se avergonzaban de no haber concluido ninguna carrera) decía que a los autodidactas les queda una marca que no suele quitárseles nunca, sobre todo porque ellos mismos se cuidan de exhibirla, con toda justicia, orgullosos del esfuerzo de formarse, que realizaron por sí mismos, incluso cuando a nadie más que a ellos pudo haberles importado si alguna vez se graduaron o no.
¿Quedan lagunas en la formación del autodidacta? Eso parece inevitable, también en el caso de aquellos que han completado estudios académicos en áreas que la modernidad desactualiza. Las instituciones educativas prometen que aquellos formados de acuerdo a su malla curricular, se encuentran bien preparados para desempeñarse en las más opuestas áreas de la actividad profesional, pero a medida que pasa el tiempo y se junta mayor experiencia sobre los actuales sistemas pedagógicos, uno se vuelve cada vez más escéptico sobre el tema.
La promesa de salir formado de una universidad, es un argumento especialmente válido para convencer a aquellos estudiantes que no tienen ideas demasiadas claras sobre el funcionamiento interno de las instituciones y su propia capacidad, por lo que prefieren aceptar al pie de la letra el discurso publicitario.
De acuerdo a la visión ingenua de los estudiantes universitarios, ellos adquieren durante su paso por las aulas, una imagen que no siempre llega a ser tan sólida como esperaban, y la realidad se encargó de destruir.
En la actualidad,  muchos de los profesionales universitarios son autodidactas, se han formado por su cuenta, después de haber aprendido los rudimentos de su profesión en la universidad. Naturalmente, frente a ellos se encuentran aquellos que desconfían de su responsabilidad para actualizarse de manera confiable y prefieren depender del apabullante surtido de Diplomados, Magisters y Doctorados que las instituciones del país y el extranjero ofrecen, en cursos presenciales y on line, como si fueran los supermercados de la educación, que tratan de seducir a los potenciales consumidores. Para ellos, los nuevos improvisados, como para todos los adictos a la acumulación de cualquier clase, no hay posibilidad de poner fin a los estudios.

jueves, 2 de junio de 2016

Propaganda, rumores y sacar el cuero (II)


Juan Duarte
Después de 1955, se dijo en Argentina que el suicidio de Juan Duarte había sido un crimen político, con el objeto de evitar que huyera del país, tras haber perdido el favor de su cuñado, Juan Domingo Perón, que de ese modo evitaba que saliera rumbo a Suiza, donde su hermana había depositado años antes un tesoro, obtenido de los dirigentes nazis, que de ese modo habían comprado un cómodo refugio en Argentina, tras el fin de la Segunda Guerra Mundial. ¿No era una historia fascinante, que ofrecía todos los atributos de la novela negra?
Tras la caída de Perón, durante la investigación de los negociados de altos personeros del régimen depuesto, se hicieron circular rumores inverosímiles, tales como que el Director del Museo Histórico Nacional había utilizado el sable de San Martín para cortar fiambres durante una de sus fiestas escandalosas, o que habían empleado la cama del Libertador para sus prácticas orgiásticas. Eran fantasías espectaculares, que se desprestigiaban solas y distraían de otras acusaciones mejor fundamentadas.
¿Había manera de comprobar o desvirtuar un rumor atractivo, al que se negaba espacio en los medios o tan solo se condenaba genéricamente, sin averiguar qué denunciaba o encubría? ¿Cómo detenerlo una vez lanzado? El pudor colectivo que impregnaba a la sociedad tradicional, no era el terreno más adecuado para desacreditar ese tipo de comunicación informal. Se daba por sentado que no se hablaba de muchas cosas desagradables, ofensivas, de mal gusto. Por lo tanto, el silencio que se cosechaba al establecer el repertorio de esos temas, podía ser interpretado como ocultamiento, no como confirmación de la inconsistencia de lo que se pretendía averiguar.

El rumor es el producto, no de una mentira, sino el resultado de un cuestionamiento de la objetividad de los medios. (Margarita Zires Roldán: Las dimensiones del rumor: oral, colectiva y anónima)

Héctor Basaldúa: Pintura
Cuando era chico, escuché de los adultos la expresión “sacar el cuero” (incluso el verbo “cuerear”) que refería la crítica solapada de personas y costumbres efectuada por una comunidad ociosa, que ejercía una vigilancia constante y malintencionada sobre cada uno de sus miembros, tanto en aquello que se mostraba, como en aquello que se ocultaba. ¿Quién se acostaba con quién? ¿Cómo se comportaba en privado alguien que aspiraba a ser respetado? En ese ámbito vecinal, cualquiera estaba autorizado para comunicar en cualquier momento los datos significativos que había averiguado o que tan solo sospechaba sobre los demás integrantes del grupo, siempre y cuando la información resultara curiosa o desagradable para los aludidos.
Esto ocurría en el curso de diálogos realizados en la privacidad, a espaldas de aquellos a quienes se mencionaba  y aprovechando el tiempo libre de los chismosos, que por entonces carecían de entretenimientos más variados. Las mujeres que salían poco de sus casas, eran las emisoras y destinatarias ideales. El chisme adquiría el carácter de una reivindicación de su género, puesto que la información confirmada de la prensa se presentaba como un territorio controlado por hombres y dedicado a los hombres.
Hoy la televisión, con sus programas de farándula y reality shows, o los mensajes de texto del teléfono, se encargan de cubrir la misma área de entretenimiento tendencioso. Grandes sectores de la sociedad quieren presenciar la intimidad, con frecuencia vergonzosa, culpable, de aquellos que por codicia, desequilibrio o desesperación se exponen al escrutinio de los medios.
A mediados del siglo XX, la tecnología no se había desarrollado, pero el chisme, el rumor, la difamación existían, eran lentos pero gozaban de alta credibilidad, y sobre todo no dejaban pruebas que comprometieran a quienes participaban.
Años más tarde oí en Chile (pudo ser también en Guatemala) la expresión “pelambre” y el verbo “pelar”, que significan lo mismo: chismorreo irresponsable, improductivo, pero sobre todo malintencionado, que despoja a una persona de sus apariencias engañosas.
Horacio Butler: Pintura
Cuando mi padre veía que mi madre y mis tías, después de haber pasado algún tiempo sin verse, comenzaban a hablar animadamente entre ellas, olvidando al resto de los concurrentes, no tardaba en evaluar que le estaban “sacando el cuero” a alguien (por ejemplo, a los maridos que en ese momento no podían controlarlas). Las mujeres podían estar sojuzgadas cotidianamente por sus parejas, pero disponían de un arma formidable: la lengua, capaz de destruir la reputación de cualquier hombre.
Ese temor a la opinión de la gente con nombre y apellido, conocida de toda la vida, no a una anónima opinión pública, tal como se da hoy en los medios masivos, era un factor tradicional de cohesión social. Perder la imagen que durante años se había forjado ante los vecinos y parientes, equivalía a un desastre del que mucha gente no se recuperaba nunca.
No había muchos testigos que evaluaran la conducta de alguien, pero esos pocos eran temibles expertos, que gozaban de alta credibilidad, a los que no se podía olvidar ni confundir.
Cuando se dijo en nuestro barrio que una vecina solterona, que en algún momento había pasado varios meses fuera de San Pedro, aparentemente trabajando en la Capital, era la verdadera madre de quien se presentaba como su hermano veinte años menor, el rumor se instaló para permanecer y reaparecer periódicamente, sin nuevos datos que lo confirmaran o descartaran, aproximadamente una generación más tarde, cuando yo lo escuché por primera vez.
No se trataba de una historia nueva, ni demasiado original. Más tarde me enteré de otras parecidas, que habrían ocurrido en otras ciudades de provincia. Probablemente daban cuenta de las dudas que suscitaba la existencia de esas familias numerosas, en las que madres maduras continuaban pariendo y los hijos menores llegaban al mundo cuando sus hermanas mayores habían alcanzado la edad fértil.

Pocos oyen murmurar de otro, que no les parezca poco lo que oyen y verdad lo que creen. (Francisco de Quevedo)

Lino Eneas Spilimbergo: Arrabal
Siempre resulta más entretenido pensar lo peor de otros, que averiguar la verdad, cualquiera sea la verdad y verse obligado a cerrar definitivamente el tema. O tolerar un punto de vista que tal vez no se comparte, ni resulta posible desmontar, y de nuevo cerrar el tema, aunque solo sea porque hay otras preocupaciones más urgentes que el escrutinio reiterado y fantasioso de la conducta ajena. El reciclaje de los mismos rumores, la incapacidad para elaborar otras preocupaciones, marcaba la existencia poco variada en el interior de esas comunidades provincianas. Roberto J. Payró lo había descripto a comienzos del siglo XX, tras muchos años de vivir en las nacientes ciudades argentinas de provincia, que se establecían en un territorio hasta poco antes aislado, controlado por las tribus indígenas. 

Si escaseaban las fiestas y las tertulias de música y de baile, abundaban en cambio las “tenidas” de murmuración y desollamiento. Los hombres las celebraban en el club y el café; las mujeres en sus casas y las ajenas. Como hormigas iban y venían de sala en sala, despellejando aquí las que acababan de dejar allá, mientras eran despellejadas a su vez por aquellas y por otras, en una madeja de chismes, embustes, habladurías y calumnias que no hubiera desenredado el mismo Job. (…) Tales misteriosos cuchicheos empañaban más de una fama limpia y pura, y pronto no quedó en Pago Chico (…) ni hombre decente, ni mujer honrada. (Roberto J. Payró: Cuentos de Pago Chico)

Eran comunidades agrícolas poco pobladas, en las que se trabajaba duro y todos se conocían, pero al terminar el trabajo, en los momentos de bien ganado ocio ¿cómo eludir el inevitable aburrimiento? Hablando, por ejemplo. ¿Hablando de qué, de quiénes? De los conocidos por todos. La moral tradicional condenaba la propagación del chisme y el rumor, por considerarlos promotores de la discordia en el seno de cualquier comunidad, pero no lograba erradicar esa manifestación agresiva y discriminatoria. Más aún, al plantear un código ético tan poco flexible para evaluar la conducta pública o privada de la gente, invitaba a que cada uno lo aplicara cuando se le ocurriera, de acuerdo a sus propios criterios, sin avergonzarse de la ignorancia y el sectarismo que estuviera demostrando.
Las advertencias bíblicas solían detener a nadie.

Seis cosas aborrece Jehová. Y aún siete abomina su alma: los ojos altivos, la lengua mentirosa, las manos que derraman sangre inocente, el corazón que maquina pensamientos inicuos, los pies presurosos para correr hacia el Mal, el testigo falso que habla mentiras, y el que siembra discordia entre hermanos. (Proverbios 6, 16)

El rumor era demasiado tentador, para resistirse a reciclarlo, siempre y cuando se tomaran precauciones. No presentaba mayores riesgos para quienes lo difundieran, sin preocuparse de analizarlo y en el momento de compartirlo, en lugar de sentirse partícipes de un acto impropio, reforzaban en el círculo de sus conocidos, sus imágenes de personas bien informadas.

Propaganda, rumores y sacar el cuero (I)


Durante el siglo XX se desarrollaron medios de comunicación tan poderosos como el cine, la radio y la televisión, que permitían masificar la difusión de informaciones, logrando que enormes sectores de la población quedaran expuestos a esos datos simultáneamente, sin exponerse a la distorsión que introducen los intermediarios. Si alguien lograba el acceso al medio, podía utilizarlos para decir lo que quisiera, sin quedar demasiado expuesto a la respuesta de los destinatarios.
La publicidad de empresas y servicios encontró en los medios un vehículo dispuesto a acogerla sin restricciones. A partir de los años `30, la propaganda política no tardó en utilizar el poder de los medios para lograr sus objetivos de control social.

La propaganda, cuidadosamente coordinada con los ejércitos, puede contribuir en forma devastadora a la caída de Hitler (…). Los puntos débiles en la armadura enemiga (…) solo pueden ser alcanzados por los tiros de la propaganda hábilmente dirigidos. La más peligrosa y efectiva de esta propaganda ofensiva, es el RUMOR INSPIRADO. El rumor difundido con el objeto de confundir al enemigo, puede valer por muchas divisiones y muchos escuadrones aéreos. (Ronald Turnbull)

Himmel y su hija Gundrun
Los nazis no fueron los primeros en utilizar las informaciones falsas, imposibles de confirmar. Los adversarios de los alemanes, durante la Primera Guerra Mundial, habían propagado el rumor de que en Alemania se utilizaba grasa humana (de judíos) para fabricar jabones. Era una idea horrible, que alentaba a derrotar a una nación tan cruel. Durante la Segunda Guerra Mundial, ese proyecto imaginario se convirtió en realidad, gracias a la visión delirante de los antisemitas, pero esto sucedió en pequeña escala, y fue suspendido por los mismos jerarcas nazis, cuando advirtieron que sus repercusiones eran incontrolables para ellos. Si iban a exterminar judíos, aprovecharían el pelo como relleno de sillones y colchones, pero lo harían discretamente, para no escandalizar.
Los mitos, encarados por el gobierno de Gran Bretaña de comienzos de los años `40 como una herramienta bélica de primer orden, debían infundir en ciertos casos un optimismo excesivo a los ciudadanos ingleses y en otros desmoralizar a los adversarios, haciéndoles creer que eran superiores a los alemanes, o por lo contrario, que los alemanes eran invencibles.  En tal caso, ¿por qué prepararse para la confrontación o por qué resistirse? Un medio tan reciente y eficaz para difundir ideas como era entonces la radio, o uno tradicional y bastante más lento, como el comentario boca a boca, fueron sistemáticamente utilizados por los países en conflicto, a partir de los años ´30.
Se dijo, por ejemplo, que las defensas de la Línea Maginot que marcaban la frontera entre Francia y Alemania, podían considerarse inexpugnables, o que los cada vez más numerosos tanques alemanes eran de madera. Todo esto era falso, pero mientras tanto, los desinformados que lo aceptaban y lo difundían entre sus parientes y amigos, habían comenzado a perder la guerra.

Tu enemigo es muchos menos proclive a hacer lo que tú quieres que haga, si ve que tú quieres que lo haga. (…) Tu enemigo es mucho menos proclive a hacer lo que quieres que haga, si ve que eres tú quien quiere que lo haga. (…) Atribuye lo que dices a la autoridad más alta que puedas encontrar. (…) Saca de las noticas que hagas toda apariencia de propaganda, porque la propaganda no debe parecer propaganda. (…) El mejor propagandista para nosotros es el enemigo mismo. (A.R. Walmsley; Propaganda to the Enemy)

Tita Merello
A mediados del siglo XX en Argentina, durante el primer gobierno de Juan Domingo Perón, el rumor aseguraba que la actriz Tita Merello, declarada partidaria del régimen, había sido favorecida con un permiso para importar té, un producto que todavía no se cultivaba en el país y por entonces escaseaba. De otra actriz, Fanny Navarro, a quien se sabía relacionada sentimentalmente con Juan Duarte y desde varios años antes amiga íntima de Eva Duarte, se decían cosas peores, que después de la llamada Revolución Libertadora de 1954, decidieron su prematuro (también injusto) retiro de la actividad profesional.
Eva Duarte y Libertad Lamarque
Probablemente eran historias inventadas, o al menos, adoptadas sin objeciones por la oposición antiperonista, una circunstancia que a diferencia de lo que pasa hoy, no llegaban a ser mencionadas por los medios masivos. Circulaban eficazmente, de acuerdo al circuito tradicional del rumor boca a boca. Tal vez tardara en llegar al último rincón del país, pero el sistema de circulación lo volvía altamente creíble. Eso mismo había pasado con la anécdota de la bofetada que la conocida actriz y cantante Libertad Lamarque le habría dado a Eva Duarte durante la filmación de La Cabalgata del Circo, cuando la más joven y menos famosa acababa de conocer al coronel Juan Domingo Perón, una situación que la destinaba a encumbrarse como una figura política fundamental de la Historia Argentina.
Eva Perón y enfermeras
Algo tenía que haber pasado entre las dos mujeres, algo que al mismo tiempo fuera capaz de explicar el exilio en México de Lamarque y confirmaba el carácter despótico y rencoroso atribuido a una mujer que de ningún modo ocultaba haber sufrido humillaciones inaceptables desde la infancia. Ella iba a ser descripta poco después por Mary Main, en un libro que no circulaba públicamente, como “la mujer del látigo”, que controlaba al país desde un cargo no electivo. Pocos años más tarde, cuando Eva Perón estaba agonizando, circuló el rumor de que los niños de clase media, provenientes del Barrio Norte de Buenos Aires, eran sometidos a involuntarias donaciones de sangre, con el objeto de mantener con vida a la moribunda.
Marie Langer
La sicoanalista Marie Langer analizó este mito y otro no menos atroz, que no sé si antes o después había circulado, sobre la cena servida a una pareja de la alta burguesía por una empleada doméstica, que en una bella fuente de plata descubrían el cuerpo asado de su hijo de pocos años. La lectura de esta escena era múltiple. Por un lado, evocaba los cuentos del Medioevo sobre judíos que comían niños (cristianos) asados, para celebrar impíamente la Pascua, con lo que se justificaba cualquier respuesta antisemita, desde la discriminación verbal cotidiana, al más sangriento pogrom.


En el término de una semana me llegaron nueve versiones, sólo en sus detalles distintas, fue aceptado como verídico por personas generalmente capaces de un juicio crítico. Esto comprueba que el rumor corresponde, aunque en forma muy disfrazada y elaborada, a una situación interior reprimida y a angustias infantiles persistentes en la gran mayoría de las personas. (Marie Langer: “El mito del niño asado y otros mitos sobre Eva Perón”)


Manifestación peronista
El mito expresaba también el temor de entonces ante el resentimiento de los pobres (los “cabecitas negras” celebrados por Eva Perón) que habían emigrado del campo a la ciudad, en busca de mejores condiciones de vida, eran envalentonados por la prédica del peronismo y no solo exigían justas reivindicaciones, sino venganza contra aquellos que los habían explotado desde que tenían memoria. Viejos prejuicios adquirían gracias al rumor, un poder de convicción que no requería de mayores pruebas para ser aceptado como algo cierto.

El desprecio por el cabecita negra, su rechazo por parte de la pequeña burguesía liberal y democrática, muestra hasta qué extremo el prejuicio impregna nuestras racionalizaciones. (…) El pequeño burgués transfiere sus propias carencias al cabecita negra: el otro es el indolente, el ignorante, el poca cosa, el advenedizo. (Pedro Orgambide: El racismo en Argentina)

Juan Domingo Perón y Eva Perón regalando bicicletas
En San Pedro se inauguraron hacia fines de los `40 juegos infantiles en alguna plaza que no recuerdo, con el patrocinio de la Fundación Eva Perón, como solían advertir los llamativos carteles, pero las madres nos advertían que en ningún caso los utilizáramos, porque podíamos sufrir consecuencias horribles. Una de las historias que circularon y causaban explicable espanto, fue que en un tobogán alguien (probablemente un opositor, pero podía ser también un desequilibrado partidario del régimen, que se suponía animado por las peores intenciones) había dispuesto una hoja de afeitar, con el propósito de dañar a los niños que se aventuraran en ese espacio que se anunciaba como un oasis en medio de la indiferencia urbana hacia los niños.
Nada de eso llegaba a ser mencionado por los medios de la época (a diferencia de lo que pasa hoy con las circunstancias menos amables de la vida de personajes célebres) por lo que el rumor encontraba un terreno propicio para difundirse y aumentar su credibilidad. Después de junio de 1954, las historias de orgías en la Quinta Presidencial de Olivos combinaban la novedad de las motonetas italianas, el auge de bellas adolescentes en el mundo del espectáculo y el desenfreno sexual que se atribuía a los altos funcionarios. ¿Cómo rehusarse a oír esos rumores que no hubieran podido ser mencionados por la prensa? ¿Cómo dejar de reproducirlos entre los más cercanos, aunque fuera para reírse de ellos (solo que después de haberlos hecho circular)?
Desde el formidable aparato propagandístico organizado por Raúl Apold, que controlaba la radio, la prensa gráfica, el cine y la televisión ¿cómo desacreditar esos mensajes? El poder del rumor fue utilizado con habilidad desigual por los antiperonistas y también por los peronistas, como parte de la lucha ideológica que dividía al país de entonces. Perón se creyó obligado a mencionar el tema en uno de sus discursos, después del golpe militar abortado:
Perón paseando en motocicleta

Lo justo es esperar que la elección y que la mayoría del pueblo sea la que decida, y no decidir por la violencia, ni por los panfletos, ni por las calumnias que se hacen correr con móviles inconfesables. (…) En los últimos tiempos, los insensatos que no han querido esperar las elecciones y han comenzado a lanzar rumores, panfletos y toda suerte de inconvenientes para la paz y para el orden de la Nación, los acusamos realmente de no saber cumplir con su deber de argentinos. (Juan Domingo Perón)