sábado, 9 de diciembre de 2017

Salvar las apariencias (I): La utopía de Manuel Carreño


 
Ilustración del Manual de Carreño, mediados siglo XX
Los temores, las sospechas, la frialdad, la reserva, el odio, la traición, se esconden frecuentemente bajo ese velo uniforme y pérfido de la cortesía. (Jean-Jacques Rousseau)

Uno de los pocos libros que recibí de mi padre durante la infancia, fue el Manual de Urbanidad y Buenas Costumbres de Manuel Carreño. Lo leí como leía todo lo que encontraba por ese entonces, desde revistas ajenas a mis intereses, como El Gráfico y Mecánica Popular, hasta el Mundo Argentino y La Chacra, pasando por las novelas de Ponson du Terrail publicadas por Leoplan y los libros del mes condensados de Selecciones del Reader´s Digest.
Leía por compulsión, dos o tres libros por semana, acumulando nuevos datos a una cultura dispersa, como los jóvenes de hoy, que surfean Internet. Incorporaba personajes y circunstancias a mi archivo mental, sin averiguar mucho sobre los autores de esos textos que devoraba, ni el momento en que habían sido escritos, puesto que en las portadas de los libros era poco y nada lo que se informaba.
Según había aprendido, un Manual era un texto publicado con el objeto servir de guía durante la resolución de problemas menores de la vida cotidiana (fuera la plomería de una casa de familia o la caligrafía inglesa que debía utilizarse tanto en la correspondencia personal, como en las anotaciones de los libros de Contabilidad).
Manual de Carreño, mediados siglo XIX
La vida en sociedad que planteaba Carreño se encontraba tan distante de mi experiencia cotidiana como la galaxia de Andrómeda. ¿Qué era eso de tener sirvientes que cuidaban a los niños, planchaban la ropa o preparaban las comidas? En mi casa, eso hubiera sido un insulto a mi madre, que se encargaba de todo lo que necesitábamos. ¿Cuándo se me presentaría la oportunidad de ofrecer mis respetos a los deudos de un amigo durante un funeral? Si me cruzaba en la vereda con una dama, en las habitualmente vacías calles de mi barrio ¿debería cederle el lado de la pared o el de la calle?
Taparse la boca para bostezar, toser o estornudar estaba bien, resultaba más agradable a la vista de los interlocutores, y sin duda más higiénico que hacer lo contrario. Tomar la iniciativa de saludar con respeto a las personas de más edad o relevancia social, no interrumpirlas nunca cuando estaban haciendo uso de la palabra, tratarlas de usted y no desafiarlos con la mirada, se entendían como actitudes convenientes para evitar que los adultos nos humillaran a nosotros, los niños insolentes, con toda clase de reproches por nuestra falta de educación (una circunstancia que marcaba incluso a nuestros padres, que habían sido incapaces de formarnos).

Muchas personas son demasiado educadas para hablar con la boca llena, pero no se preocupan por hacerlo con la cabeza vacía. (Orson Welles)

Manual de Carreño
Comer con la boca cerrada y no hablar mientras comíamos, era el comportamiento más prudente para los niños, si no se quería regar la comida por toda la mesa y recibir una respuesta inmediata de los adultos. La ubicación de los cubiertos en la mesa, era un conocimiento que podía aplicarse en la vida familiar, cuando mi madre me ordenaba hacerlo, porque ella estaba demasiado ocupada preparando el almuerzo o la cena, pero el resto de las indicaciones del Manual referidas a la normas de etiqueta, requería una combinación de circunstancias altamente improbables, para que uno pusiera en práctica esos datos.
El Manual de Carreño no parecía darse por enterado de que el mundo había cambiado en lo que llevaba transcurrido el siglo XX (o mejor aún, que el mundo nunca había sido tal como él pretendía, en el momento mismo de redactar el texto).

El hábito de respetar los convencionalismos sociales contribuye también a formar en nosotros el tacto social, el cual consiste en aquella delicada mesura que empleamos en todas nuestras acciones y palabras, para evitar hasta las más leves faltas de dignidad y decoro, [para] complacer siempre a todos y no desagradar jamás a nadie. (Manuel Carreño: Manual de Urbanidad y Buenas Costumbres)

Manuel Antonio Carreño
Encontrar un marciano hubiera sido menos factible que intentar una aplicación de los preceptos de Carreño, no solo porque habían sido escritos a mediados del siglo XIX (un dato que los editores solían omitir en la presentación del libro, para que pareciera actual en todos sus aspectos) sino porque daba forma a una visión del mundo que los jóvenes de entonces despreciábamos, por decir lo menos. Queríamos derribar las convenciones que nos estorbaban, esperábamos establecer otro orden, más equitativo y sincero. Creíamos que había llegado el momento de liquidar un orden que había demostrado ser opresivo, fallido y carente de moral.
Después de los horrores demostrados de la Segunda Guerra Mundial, despertamos a la pesadilla de la era atómica y una Guerra Fría que resultaba cada vez más difícil imaginar que nos condujera al exterminio del planeta, se había vuelto inverosímil prestarle atención a nociones tan frágiles como la urbanidad y las buenas costumbres. ¡Por favor! ¿Acaso podía haber algo más inútil, cuando el fin de la vida humana se encontraba en peligro?

No se puede hacer una tortilla, sin romper algunos huevos. (François-Athanase Charette de la Contrie)

Luis J. Medrano: Almuerzo en familia
Mis veinte años los viví lejos de mi familia, en la Universidad, donde estaban vigentes otros códigos, que durante la infancia y adolescencia se me hubieran presentados como inaceptables. Todo el mundo fumaba, ser ateo era obligatorio, como ser de izquierda, y el que no lo aceptaba, mejor no decía nada. Las mujeres usaban pantalones, soltaban palabrotas y bebían ginebra. Los hombres tampoco se contenían al hablar o beber en su presencia. Existía, sin embargo, un evidente pudor para referirse a la sexualidad ajena o propia, no solo a la homosexual, que servía para hacer bromas denigrantes, sino también a la conducta heterosexual, que evitaba mencionarse, para no quedar marcado como demasiado sensible, por no decir cursi.
Luis J. Medrano: Sábado inglés
Hablar mal de las novias o las esposas era de rigor en una reunión de hombres, como las convocadas por mi padre los sábados a la noche, para jugar al truco. Se las tildaba de controladoras, malhumoradas y lentas para entender, como una forma de reafirmar que el ideal humano era la fraternidad masculina (de ahí la denominación de brujas que abarcaba a todas ellas, menos a las respetables madres de los presentes). Cabe suponer también que denigrar a las mujeres era una estrategia destinada a convencer a los congéneres de que no valía la pena fijarse en ellas, tal como el Viejo Vizcacha escupía el asado para que nadie se lo quitara.
No estaba bien visto acercarse demasiado, aunque solo fuera por buena educación, a la mujer de un amigo. Era una deslealtad que la comunidad masculina no hubiera podido aceptar de ninguno de sus miembros. Si alguien ponía en duda la honestidad de madres, hermanas u otras parientes de alguno de ellos, se justificaba que el conflicto se dirimiera a golpes. En cambio, no había problemas en piropear a perfectas desconocidas, incluso con frases de doble sentido, que nadie se preocupaba de averiguar si complacían o disgustaban a las homenajeadas.

No se escribieron manuales para ser un buen campesino, buen indio, buen negro o buen gaucho, ya que todos estos tipos humanos eran vistos como pertenecientes al ámbito de la barbarie. Los manuales se escribieron para ser un buen ciudadano. (…) Los manuales de urbanidad se convierten en la nueva biblia que indicará al ciudadano cuál debe ser su comportamiento en las diversas situaciones de la vida, pues de la obediencia fiel a tales normas, dependerá su mayor éxito (…) en el reino material de la civilización. (Santiago Castro-Gómez: Ciencias sociales, violencia epistémica y el problema de la invención del otro)

Manuel Carreño no tuvo la ocasión de vivir en una época de generalizada tolerancia y buenos modales, descubrí años más tarde, porque la Venezuela de mediados del siglo XIX se hundía en la llamada Guerra Federal, que la desangró por décadas, cuando apenas intentaba recuperarse de los quince años que duró la Guerra de la Independencia, que liquidó a una cuarta parte de la población y acumuló un historial traumático de saqueos, violaciones y destrucción.
La necesidad de imponer códigos de comportamiento a esa comunidad anárquica era atendible, pero la posibilidad de que esos códigos no quedaran como un esquema inútil resultaba remota. El colombiano Rufino José Cuervo se había adelantado a Carreño en veinte años, cuando publicó Breves nociones de urbanidad, un manual destinado a las estudiantes del Colegio de la Merced en Bogotá, que era la institución encargada de formar a las jóvenes de familias adineradas.
La urbanidad era una planta exótica en el territorio del Nuevo Mundo, alimentada durante el curso del siglo XIX por el discurso de unos cuantos precursores, decididos a imponer el comportamiento civilizado y elegante, allí donde hasta la fecha simplemente no se lo había necesitado, y lo más probable era que tampoco prosperara. Tal vez se aceptara la urbanidad de manera provisoria, como una excepción a lo habitual, para no quedar marcado ante la comunidad como alguien inculto, pero no por eso dejaba de considerársela una elaboración inútil, por lo que más probable sería que después de verse obligado a aceptarla, se la abandonara ante el menor contratiempo.
Durante el siglo XX, el tópico pasó a alimentar secciones fijas de las revistas femeninas. Quizás los manuales de urbanidad no llegaran modificar el comportamiento de un pueblo inculto, porque solo se preocupan de identificar a quienes no poseen los buenos modales (en otras palabras, el objetivo último de la urbanidad sería discriminar a los desdichados que por ignorancia o descontrol son incapaces de camuflarse como integrantes de la élite).

La etiqueta no dispone de las grandes sanciones que tiene la Ley., pero la sanción principal que podemos aplicar, es no tener trato con esa gente [que la infringe] y aislándolas porque su comportamiento es intolerable. (Judith Martin: columnista norteamericana conocida como Miss Manners)

Ilustración de La Letra Escarlata
La Letra Escarlata, novela de Nicholas Hawthorne, muestra el peso de la opinión dominante en una comunidad pequeña, ideológicamente homogeneizada por el puritanismo, durante el siglo XVII, cuando tiene que enfrentar las evidencias de una infracción a los mandamientos de Moisés. La mujer adúltera debe ser castigada mediante la marginación y el recuerdo de su falta; por eso tiene que usar una letra A bordada en rojo, sobre la pechera de sus ropas negras.
Si no se la ajusticia, como exigen algunos Ilusvecinos exaltados, se la convierte en alguien que socialmente debe evitarse, para que no manche a quienes se perciben a sí mismos como libres de toda sospecha. En ese territorio de una sociedad intolerante, la Ley pasa a ser una opción entre otras, mientras la doxa, la opinión dominante, decide a quien condena, la mujer adúltera, pero no a su pareja (un pastor protestante, maldito por Dios, que le marca otra A sobre el pecho) a quien se le concede la oportunidad de redimirse.

Esta mujer nos ha deshonrado a todos y debe morir. ¿No hay acaso una ley para eso? Sí, por cierto: la hay tanto en las Sagradas Escrituras como en los Estatutos de la ciudad. Los magistrados que no han hecho caso de ella, tendrían que culparse a ellos mismos, si sus esposas e hijas se desvían del buen sendero. (Nicholas Hawthorne: La Letra Escarlata)

En el texto de Carreño, católico convencido, los grandes infractores no merecen mayor atención. Existen, pero la magnitud de su depravación los pone en otro universo, del que es mejor ignorarlo todo, para no verse obligado a sospechar la eficacia del proyecto civilizador. De temas tan graves como aquellos que no resuelve la Urbanidad, deben encargarse la Justicia, que recurre al secreto del procedimiento inquisitorial para fundamentar sus resoluciones, y en forma paralela por la Iglesia, que dispone del sacramento de la confesión, también practicado en secreto por el clero establecido. La comunidad debería respetar esos diálogos  en los que no participa y aceptar la opinión de los jueces y el clero, que aplican los criterios de la institución que representan.
La imagen de la Justicia con los ojos vendados, no pasa de ser una convención decorativa presente en los edificios de Tribunales de todo el continente. Por otra parte, nada parece más opuesto al puritanismo del norte, que la pragmática mentalidad católica latinoamericana. Si existe un acuerdo firme en estos ámbitos, es la tradición del doble estándar, que permite separar con destreza las apariencias de dignidad y respeto, de la realidad menos digna que pueden encubrir.
El Manual de Carreño se encarga solo de reglamentar lo aparente, y gracias a una preocupación tan exigente como esa, niega la existencia de todo lo que socialmente no se ha resuelto y de algún modo se oculta. El Manual permaneció vigente en todo el continente americano, a través de incontables ediciones que llegaron a convertirlo en texto escolar. A través de los años, los nuevos editores iban podando los aspectos más anacrónicos y adaptando lo que se podía adaptar al mundo contemporáneo, con lo que el libro fue adquiriendo una difusión superior a obras escritas que eran más trascendentes por su capacidad de análisis de la realidad. El arte (camaleónico) de elaborar las apariencias, para volverlas aceptables a la opinión de la mayoría, continuaba siendo una aspiración y una obligación constante para amplios sectores de la población.

lunes, 13 de noviembre de 2017

Cultura enferma del Siglo XX (III): El triunfo de la trivialidad


Leni Riefenstahl: Triumph des Willens
Triumph des Willens (Triunfo de la Voluntad) es el abrumador documental de Leni Liefenstahl sobre la multitudinaria aceptación que brindó en Nurenberg, en 1934, el pueblo alemán a los rituales nazis que cinco años más tarde desembocaron en la Segunda Guerra Mundial. Nadie desentona en las calles o estadios abarrotados, tanto de día como de noche, lo mismo da si son trabajadores, soldados, mujeres o niño. Todos los brazos se alzan al mismo tiempo, en el mismo ángulo, para saludar a Adolf Hitler. Todas las voces se oyen coordinadas. Hay allí una falta de conflictos, una uniformidad perfecta que asustaba a los contemporáneos ubicados en el otro bando, como cuenta Luis Buñuel en su autobiografía, Mi último suspiro.
Adolf Hitler y Leni Riefenstahl
El siglo XX no inventó los desfiles, ni las masas organizadas, pero les otorgó una contundencia sobre el resto del planeta que otras épocas ignoraron. Las multitudes pasaron a ser sinónimo de autenticidad y relevancia de las causas que ellas sostenían. También se convirtieron en evidencia de acuerdo, unanimidad, superación de las diferencias internas, que desanima cualquier intento de cuestionarlas. En la gigantesca manipulación de la realidad que documenta Triumph des Willens, todo se simplifica, se vuelve trivial, para que impresione más en el espectáculo audiovisual. Hasta la pretendida trascendencia histórica del régimen de Hitler, que debería perdurar por un milenio, queda al descubierto. 
Matanza de Jonestone

Lo que han logrado armar los nazis en el poco tiempo que llevan en el poder, es impresionante pero también tan falso como el liderazgo de Jim Jones en Guyana, cuando dejó centenares de seguidores muertos, en el momento en que su estafa quedaba al descubierto, gracias a la ingestión de un refresco con cianuro.
El siglo XX fue el escenario de gigantescas imposturas, no por ello menos triviales, que no cesan de reproducirse durante el XXI, como si el aprendizaje colectivo resultara imposible. Una de las visiones recurrentes, es la del aplanamiento de los valores, como si la indiferencia hubiera devorado la conciencia de millones de seres humanos.

Todo es igual, nada es mejor. (Enrique Santos Discepolo: Cambalache)

Stultorum infinitus est numerus (el número de tontos es infinito) rezaba el proverbio atribuido a Cicerón, quien lo habría traducido del Eclesiastés bíblico y expresa un pronóstico desalentador, por lo generalizado, respecto de la condición de la inteligencia humana. No convendría esperar mucho de una especie que cuenta con un historial de irracionalidad, torpeza y crueldad tan extenso, que impide creer que solo sea fruto del descuido o de circunstancias externas.
Las posibilidades de hacer el bien (y hacerlo bien, en el momento oportuno) son muchas y no siempre exigen sacrificios heroicos de quienes lo intentan, pero las posibilidades de abortar esos proyectos tan prometedores, en unos casos por descuido, en otros atendiendo a las consideraciones más egoístas, parecen todavía mayores. 
Robert Musil

Quien hoy en día tenga la audacia de hablar de la estupidez corre graves riesgos; puede interpretarse como arrogancia (…). Por mi parte, hace ya varios años escribí: “Si la estupidez no se asemejase perfectamente al progreso, al talento, a la esperanza o al mejoramiento, nadie querría ser estúpido”. Esto ocurría en 1931 y nadie pondrá en duda que incluso después, el mundo ha visto todavía progresos y mejoras. (Robert Musil: Sobre la estupidez)

La estupidez se protege de aquellos que podrían denunciarla, para sobrevivir y en lo posible imponerse a sus críticos. Se camufla de algo respetable, como dice Musil, para que no la detecten o para que si lo hacen, consideren que no tiene mayor importancia. Lo trivial es una de esas máscaras. La modernidad es enfática respecto de lo que quiere destacar, valga la pena reparar en ello o no. El marketing ha desarrollado técnicas refinadísimas para seducir a millones de consumidores y promover en cada uno de ellos necesidades que de no haber intervenido, tampoco hubieran llegado a existir.
Las buenas intenciones o lo que se considera intrascendente, irrelevante, enmascaran situaciones bastante menos defendibles. Cuando alguien supone que sus actos se encuentran justificados, levanta la barrera sobre los detalles que pueden contrariar esa imagen difusa pero tranquilizadora. Un gobierno puede ser corrupto, pero también hace obras (como demuestra la propaganda oficial) o protege a los desposeídos (que aceptan cualquier limosna, en lugar de exigir Justicia).
Una gran industria minera o de crianza de cerdos o pollos ofrece empleo a cientos de lugareños que antes de su instalación no lo tenían, pero al mismo tiempo contamina el ambiente y perjudica la salud de toda la comunidad. Un narcotraficante acumula millones con la adicción de sus clientes, pero a la vez colabora con sus vecinos, a los que convierte en sus cómplices y eficaces agentes de relaciones públicas. Rituales vacíos de significado o dotados de un significado engañoso, indescifrable para quienes los practican, ocupan gran parte de la existencia de la gente y dificultan la comprensión de aquello que es relevante.

La idiotez es una enfermedad extraordinaria; no es el enfermo el que sufre por ella, sino los demás. (Voltaire)

Lars von Trier: Idioterne
Ser tonto o al menos comportarse como tal (con el objeto de eludir las numerosas responsabilidades que recaen sobre alguien apto para pensar y tomar decisiones) era el tema provocador de un filme de Lars von Trier, Idioterne (1998) donde un personaje que atraviesa un duelo se suma a un grupo de anarquistas en el que todos simulan ser estúpidos, jugando un juego que conduce a nada, pero que al menos los pone temporariamente al margen de las convenciones sociales.
Participar en una celebración colectiva de la trivialidad, como los certámenes de belleza, los paseos dominicales por un mal, la visión de eventos deportivos o los desfiles de moda, tal vez no consuele demasiado a nadie, pero pone límites a la inevitable sensación de soledad que acompaña a la vida moderna. Se trata de espectáculos vacíos, no obstante atractivos, por la fugacidad de estímulos desconectados de la realidad, por la dificultad que evidencia su factura, por la aprobación no cuestionada que despiertan.

No quiero ser apocalíptico, pero el espectáculo ha tomado el lugar de la cultura. El mundo está convertido en un enorme escenario, en un enorme show. (José Saramago)

Celebración Día de los Enamorados
Casi todo el mundo tiene una madre por quien siente apego y a la que desea retribuir su cariño. Por eso la modernidad instituye el Día de la Madre que se vuelve obligatorio celebrar en una fecha precisa, mediante la entrega de regalos de todo tipo, que reactivan el mercado y calman los conflictos emocionales de los hijos. Aquello que surgía de la espontaneidad y no tenía fecha estipulada, que significaba una respuesta personal y concreta para los involucrados, se convierte en un rito colectivo difícil de eludir, como sucede también con el Día del Padre, el Día de los Enamorados, el Día del Amigo y otras festividades a las que nadie se atreve a oponerse, porque automáticamente se margina como alguien insensible o inhumano.
Trivia
Durante los años `80, poco antes de que la computación invadiera la vida cotidiana de millones de personas para transformarla en lo que es hoy, se difundió un juego de mesa, el denominado Trivia, que consistía en una serie de tarjetas distribuidas al azar, que contenían preguntas sobre temas tan variados que terminaban por ser irrelevantes y ponían a prueba la cultura general de los participantes. Cuando se jugaba, se tenía la impresión de competir con otras personas, del círculo de amigos o familiar, para medir los conocimientos dispersos (triviales) de cada uno de ellos.
Al final de la sesión no se había aprendido nada nuevo, que pudiera ser utilizado en algo concreto, ni se había establecido ningún acuerdo productivo entre los participantes, pero al menos se había experimentado un contacto de ningún modo conflictivo que Internet llegó para destruir. Durante el siglo XXI, las conexiones más demandantes de los usuarios de las redes sociales, son aquellas en las que desaparece la presencia física de quienes participan y el medio adquiere un protagonismo capaz de subordinar cualquier aspecto de la comunicación humana que toque.
La sociedad de los medios uniforma de tal manera a quienes convoca, los solicita con tal intensidad, que la imagen mítica del filme Matrix (un sistema tecnológico automatizado, todopoderoso, eficiente, que ha sustituido a la realidad por una hipnosis colectiva) adquiere el valor de una metáfora de la modernidad. Es el mundo del espectáculo, desprovisto de los límites tradicionales del espectáculo, que incluso denunciaba su falsedad, para sustituir a la realidad y evitar que se los cuestione.
Guy Debord

El espectáculo se presenta como una inmensa positividad indiscutible e inaccesible. (…) La actitud que el espectáculo exige por principio es esta aceptación pasiva que en realidad ya ha obtenido por su manera de aparecer sin réplica, por su monopolio de la apariencia. (Guy Debord: La sociedad del espectáculo)

Portada Life: We are de the World
Cuando se verifica una crisis humanitaria imposible de ignorar (la hambruna de Etiopía en 1985, la guerra de los Balcanes, las migraciones masivas de Líbano) los artistas populares más famosos se reúnen para grabar canciones, como We are the World, de Michael Jackson y Lionel Ritchie, con el producto de cuya venta (U$ 50 millones) se esperaba aliviar la catástrofe del norte de África. Esta combinación de espectáculo y buenas intenciones llegó a convertirse en un modelo del discurso de los medios.
Figuras notorias de los medios se convierten en portavoces de causas benéficas. La Princesa Diana de Gales inició una campaña para humanizar el trato a las pacientes con VIH a mediados de los `80, cuando no se sabía demasiado sobre las posibilidades de contagio, y luego centró su atención en las víctimas de minas antipersonales de Angola y Bosnia, durante los `90. Muchos de estos encuentros se hicieron a espaldas de los medios, cosa que no puede decirse de otras figuras, cuyos gestos solidarios quedaron cuidadosamente documentados y difundidos.
Lady Di con mina antipersonal
Daniel Radclife, protagonista de la saga fílmica de Harry Potter, apoya una asociación que recibe a adolescentes homosexuales en riesgo de suicidio. La animadora Ellen Degeneres colabora con un hogar para animales maltratados. Victoria Beckham dona a la Fundación Save the Children, 25 vestidos de grandes diseñadores que su hija dejó de utilizar. O el cantante Justin Beaver acepta la propuesta matrimonial de un admiradora de ocho años, que sufre un dolencia hepática que con toda probabilidad no le permitirá continuar con vida, como parte de una campaña de la Fundación Make-A-Wish, que se propone convertir en realidad los deseos de niños. En el mundo actual, de la seriedad a la trivialidad hay solo un paso.
Victoria Beckham e hija
Para los representantes de la inteligencia tradicional, el panorama que ofrece la modernidad suele ser más que desalentador. La pornografía para todos los gustos reemplaza a una práctica sexual informada y tolerante de la diversidad; las selfies irrelevantes ocupan el sitio de las imágenes construidas para comunicar contenidos relevantes; los whatsaps innecesarios distraen de tareas no triviales; las noticias falsas (fake news) dominan espacio de  internet.
La gente dispone de enormes posibilidades para contactarse con el resto del planeta, pero lo más probable es que lo haga solo con el círculo de sus seguidores, tal como en el pasado los habitantes de una aldea solo dialogaban con el estrecho círculo de quienes conocía de siempre y carecían de otras perspectivas.
El cine de Hollywood se ha especializado en abastecer la demanda de la audiencia adolescente internacional, gracias a la escenificación de catástrofes y personajes dotados de poderes excepcionales. Los políticos más votados suelen ser aquellos que explotan los resentimientos colectivos y realizan promesas de mejoras en las condiciones vida que son imposibles de cumplir. En la televisión, triunfan los reality shows que convierten el voyeurismo de la audiencia en su principal justificación.

En la civilización de nuestros días es normal y casi obligatorio que la cocina y la moda ocupen buena parte de las secciones dedicadas a la cultura y que los chefs y los modistos tengan ahora el protagonismo que antes tenían los científicos, los compositores y filósofos.(…) Las estrellas de la televisión y los grandes futbolistas ejercen sobre las costumbres, los gustos y la modas, la influencia que antes tenían los profesores, los pensadores y (antes todavía) los teólogos. (Mario Vargas Llosa: La civilización del espectáculo)

Demasiada información, ofrecida desde una pluralidad de fuentes simultáneas, imposibles de ser contextualizada, las veinticuatro horas del día; espectacularización de la actualidad, que se vuelve cada vez más trivial, para satisfacer la demanda de la audiencia, mientras que reitera la perspectiva más simplista, para convencer de que no hace falta buscar más y ya se lo ha expresado todo, con el objetivo de llegar a la mayor audiencia posible, durante el mayor tiempo posible, en un proyecto ideológico que la equipara con la ficción que ofrecen los mismos medios.

Hoy en día se habla de una crisis de fe en el humanitarismo (…): se podría incluso hablar de un pánico que está a punto de sustituir a la seguridad, de forma que nos sea posible hacer avanzar nuestros asuntos en libertad y de forma racional. Y no debemos eludirlo: esos conceptos morales (…) ya hacia la mitad del siglo XIX o poco después no estaban en tan buenas condiciones. Lentamente fueron quedando “fuera de uso”. (Robert Musil: Sobre la estupidez)

jueves, 21 de septiembre de 2017

Sufrir o gozar la vida (II): Cegueras voluntarias del Siglo XX

Epicuro

Los seres humanos y los animales buscan el placer y evitan el dolor, determinando lo placentero como bueno y lo doloroso como malo. Por eso decimos que el placer es el principio y fin del vivir feliz. Pues lo hemos reconocido como bien primero y connatural y a partir de él hacemos cualquier elección o rechazo. (Epicuro)

El bienestar que suministran las endorfinas, esas glándulas minúsculas de las cuales depende la convicción personal de que en buena hora uno se encuentra en este mundo, nos vuelve dependientes de situaciones que no resulta fácil controlar cuando se las disfruta. Uno quiere estar muy bien, o al menos no sufrir la existencia que le ha tocado en suerte. La cultura en la que se ha nacido, propone actividades inútiles, ingestas y rituales que permiten gozar la vida y hasta convencerse de que tienen asegurada la felicidad eterna, para quienes comparten ciertos credos religiosos.
Algunas de estas actividades suelen ser privadas, como lo referente al sexo o el consumo de un amplio repertorio de estimulantes, mientras que otras son actividades públicas, como los paseos y la asistencia a espectáculos deportivos o musicales. El siglo XX desplegó una cultura de la diversión, que no tiene precedentes con aquella que lo antecedió y solo puede entenderse por el contexto histórico amenazante en el que surgió. La vieja amenaza de un próximo fin del mundo, que estaba presente hacia el comienzo de nuestra era y después, al llegar al siglo X, nunca estuvo más cerca de concretarse, y la decisión darle la espalda mientras fuera posible, puesto que no se atina a enfrentarlo o impedirlo, nunca estuvo más justificada.

Por cuatro días locos / que vamos a vivir. / Por cuatro días locos / te tenés que divertir. / En esta vida la mescolanza / de diversiones y de pesar / no pierdan nunca las esperanzas / y aprendan todos este cantar. (Rodolfo Sciammarella: Por cuatro días locos)

Alberto Castillo
La voz de Alberto Castillo no anunciaba nada muy alegre. El hedonismo no pasa de ser una máscara del nihilismo. Pasarlo bien es la intención declarada de casi todo el mundo, y solo pasa a un segundo término o se lo cuestiona (y finalmente se lo condena) cuando esa idea tan elemental y sana entra en conflicto con compromisos que se consideran superiores al mero disfrute, tales como la salud del propio cuerpo o la seguridad de otros seres humanos. Intentar lo contrario, subordinarlo todo a la búsqueda del placer inmediato era tradicionalmente una actitud censurada por la sociedad (el epicureísmo nunca fue una filosofía puesta a la altura del estoicismo), que en todo caso los individuos se dedicaban a disimular lo mejor que podían, como si debieran avergonzarse de su aspiración a la felicidad.
Winston Churchill
Hay épocas de inevitable y generalizado sacrificio de todo el mundo, le guste o no, como la era que anunciaba el Primer Ministro Winston Churchill a los ingleses, hacia el comienzo de la Segunda Guerra Mundial: les aguardaban días de sangre, sudor y lágrimas. Hay etapas de esperanzas colectivas, como aquellas que prometía la canción que se hizo popular durante la crisis económica de los años `30, probablemente porque todo en la realidad parecía oponerse a lo que anunciaba la letra, sin aportar la menor prueba de que ningún anuncio optimista fuera a cumplirse:

Happy days are here again / The skies above are clear again / So let´s sing a song of cheer again, / Happy days are here again. (Milton Ager y Jack Jellen: Happy days are here again)

 Hay épocas de obnubilación colectiva, no pocas veces promovida por la industria cultural, que necesita vender sus productos, que se corresponde con despreocupados proyectos personales, no pocas veces fruto del temor a la realidad, en connivencia con el discurso de los dirigentes políticos deseosos de perpetuarse en el poder. Si se los acepta, no habrá carencia que no se resuelva, humillación que no se consuele. ¿Acaso la realidad plantea límites a los deseos? Si eso ocurre, basta con cerrar los ojos y continuar haciendo y creyendo lo que hasta entonces uno estaba convencido de que le correspondía hacer y creer.
Adolf Hitler

Podemos estar felices de saber que el futuro nos pertenece. (Adolf Hitler)

Si las promesas de felicidad duradera no resultaban demasiado convincentes, quedaba el recurso de anunciar el apocalipsis, una estrategia que el pensamiento cristiano adoptó con éxito durante el primer siglo de nuestra era y reactualiza de vez en cuando, gracias a las admoniciones que descubre en los textos sagrados. Si triunfaba el comunismo ateo, planteaba la propaganda capitalista de mediados del siglo XX, quedaría abolida la propiedad privada, no solo de las grandes empresas, porque hasta los niños serían arrancados de sus madres, para someterlos a un adoctrinamiento que los convertiría en autómatas puestos al servicio del Estado.
El fin de los tiempos se acercaba cada vez más, ya no por los pecados de la Humanidad, que era incorregible, sino por obra y gracia de la mortal radioactividad que sumiría al planeta en un invierno de miles de años. Sobrevivirían las bacterias, la vegetación o mutantes que de solo imaginarlos causaban espanto. El futuro se veía oscuro, mientras no se mirara más allá de las narices. Costaba pensar que alguna vez amaneciera.
En oposición a eso, se ofrecía la imagen de una Edad de Oro del capitalismo, libre de penurias y contradicciones, moderna, placentera, que no se sabía cómo llegaría a ser eterna y perfecta, generalizada y sin coste alguno para los participantes. No se trataba de esperar un futuro razonable, sino de cerrar los ojos ante las amenazas del futuro inmediato. Si es difícil ignorar la realidad, porque se vuelve apremiante y resulta imposible marginarse de sus corrientes, cabe la alternativa de concentrarse en cualquier cosa que no resulte conflictiva, de escapar por un rato.
Guerra nuclear
En medio de la Guerra Fría, que anunciaba el inminente fin de la humanidad, como consecuencia de las bombas nucleares que estaban acumulando las grandes naciones, poco después de terminada la Segunda Guerra Mundial, y hasta por descuido iban a estallar, podía cantarse:

La televisión pronto llegará / yo te cantaré y tú me verás.

No fue la televisión sino internet, el medio llegado hacia el fin de siglo XX, el que se encargó de democratizar la comunicación audiovisual, dotándola de una interactividad que finalmente la vuelve trivial. Todo el mundo tendría la oportunidad de convertirse en una celebridad por quince minutos, anunciaba Andy Warhol en los `60 y la tecnología contemporánea respalda esa aspiración, aunque solo sea por los 140 caracteres de un Twitter o los selfies de Facebook.
Andy Warhol
La música popular suele dar cuenta de las tensiones y expectativas nada superficiales de determinado un momento histórico. Primero la gente canta y baila una simplificada visión del mundo, la comparte y difunde; más tarde los estudiosos desentrañan el significado de visión del mundo.  En Argentina, el tango se ha dedicado no pocas veces a describir los vicios de una clase alta que puede pagarse todos los placeres imaginables y carece de escrúpulos cuando trata de disfrutarlos. Tal vez el tango no pretenda moralizar a nadie, enunciando una superioridad de virtudes en las que no cree, pero no suele celebrar ese ambiente, que conoce bien.
Francisco Canaro: Tiempos Viejos

¿Te acordás, hermano, qué tiempos aquellos? / Eran otros hombres, más hombres los nuestros. / No se conocían cocó [cocaína] ni morfina; / los muchachos de antes no usaban gomina. (Francisco Canaro y Manuel Romero: Tiempos viejos)

No es un tango escrito hace pocos años, que da cuenta de un país previo a la irrupción de todo tipo de estimulantes y tranquilizantes adictivos, sino en 1926. Por entonces, el mundo contemporáneo era visto como el escenario de una profunda crisis de valores. “Todo es igual / nada es mejor” denunciaba Enrique Santos Discépolo en Cambalache.
Los estimulantes y tranquilizantes adquieren muchas formas y suscitan una diversidad de reacciones en la sociedad donde se los produce, distribuye y consume. Algunos son tolerados socialmente (el chocolate, la comida en general, la ingesta moderada de alcohol), mientras otras pasan de lo aceptado a lo reglamentado (es el caso del tabaco o los ansiolíticos en la actualidad) o de lo clandestino a lo aceptado (como el empleo terapéutico de la marihuana en algunos países) mientras otras quedan confinadas al plano de lo clandestino (las llamadas drogas recreativas).
Publidad: cigarrillos y deporte
En el pasado, las drogas que no fueran el alcohol y el tabaco se consumían discretamente, en los círculos capaces de financiarlas, durante actividades los medios fingían ignorar, excepto cuando desembocaban en algún crimen que despertara el interés de la audiencia masiva alertada por la prensa, hasta generar una condena social focalizada, que pronto se trasladaba a otras circunstancias de la actualidad.
Luego las drogas se descontrolaron. Creció la demanda de una sociedad que no veía futuro, o que solo veía las amenazas del futuro, mientras que paralelamente creció una oferta difícil de resistir. Era más fácil huir de la realidad que intentar algún cambio.
Una sólida tradición de desconfianza respecto de instituciones como los partidos políticos, las Fuerzas Armadas, la Iglesia Católica, la Justicia, que hubieran debido estar fuera de toda sospecha y todos los días quedaban en evidencia como incompetentes, corruptas o discriminadoras, se había acumulado en Argentina durante décadas. No se podía prescindir de ellas, y al mismo tiempo resultaba imposible controlarlas. Conformarse con lo que había, era esperar lo peor y no atinar a evitarlo.
VIH positivo y negativo
Después de la difusión de la píldora anticonceptiva, que liberó a las mujeres del temor a un embarazo no deseado, las últimas décadas del siglo XX condujeron a la idea de que podía (y hasta debía) disfrutarse del sexo como no había sido posible hasta entonces. Todo podía experimentarse sin culpa.
A mediados de los años ´80, el enigma del VIH obligó a despertar de esa fantasía. El sexo tenía consecuencias, más allá de la prevención de embarazos y esas consecuencias incluían la muerte. Los tiempos cambiaban, para ofrecer nuevas maneras de sufrirlos.