domingo, 24 de febrero de 2019

Juegos y adoctrinamiento infantil (II): El mercado de hogaño


En una sociedad estrictamente regulada, en la que la vida sigue cánones estrictamente definidos, el impulso de escapar de la cadena de cosas “establecidas de una vez y para siempre” debe ser particularmente intenso. (Serguei Eisenstein: Notas de un Director de Cine.
Escapar de los compromisos de crecer y responsabilizarse de sus actos, liberarse definitivamente del orden represivo de los adultos, cerrando toda posibilidad de volver atrás, la intención de cortar buena parte de las ataduras familiares e institucionales, encontrar un camino propio de los jóvenes, que para colmo se anuncia más divertido y auténtico que el de la odiosa generación de los padres y maestros: desde mediados del siglo XX no parece haber otras consignas más seductoras para las nuevas generaciones.  


Peter Pan, el personaje de James Barrie, es el héroe del país de Nunca Jamás (Neverland), donde los niños no crecen, permanecen detenidos, en el borde de la pubertad, liberándose por la noche de la vigilancia de sus parientes adultos, cuando ellos los creen entregados al sueño y en cambio viven maravillosas aventuras.
 


-No quiero ser mayor jamás –dijo con vehemencia-. Quiero ser siempre un niño y divertirme. (James Barrie: Peter Pan)
 


Esta fantasía victoriana, que tuvo tanta difusión en los años iniciales del siglo XX, ha terminado por perder toda su inocencia en el mundo contemporáneo, cuando Neverland es el nombre de la mansión donde el maduro cantante Michael Jackson invitaba a sus jóvenes amigos a interminables sesiones de diversión y camas compartidas. Las aventuras nocturnas de Peter Pan dan hoy la impresión de ser una fantasía pedófila, donde los niños son entregados al disfrute de adultos que abusan de la incapacidad de sus víctimas para entender lo que están haciendo.
Para facilitar ese juego, se requieren niños oprimidos o abandonados por sus parientes cercanos. Niños que se imaginan a sí mismos gozando la plenitud de sus facultades al relacionarse con generosos extraños, que prometen hacerles disfrutar placees desconocidos, en universos paralelos al de la gente que los oprime o descuida. 

Curiosamente son ideas manifestadas no solo a través de los movimientos que se anuncian revolucionarios y organizados con el proyecto de cambiar la estructura de la sociedad, sino también (y sospechosamente) a través de la publicidad, el ámbito del entretenimiento, sin olvidar a los movimientos políticos más reaccionarios. Todos ellos coinciden en el adoctrinamiento infantil que no se presenta como tal, sino más bien como lo contrario.
Jojo Rabbit, el filme de Taika Waititi reconstruye las fantasías de un niño alemán crecido durante el nazismo, que idealiza a Adolf Hitler (al punto de convertirlo en su amigo imaginario) de acuerdo a los datos que suministran la escuela y los medios masivos de entonces. Si la idea espanta, no es porque resulte inverosímil. Una figura execrada por la Historia, pudo haber sido venerada por sus contemporáneos.
La captación de un niño es presentada como la liberación de un sistema opresivo, injusto, que pretendía imponer sus reglas a la infancia y no dejaba otra alternativa que rebelarse contra él, por ejemplo, sumándose a otro grupo.
La identidad grupal suministrada por el juego, fue una de las características sistemáticamente explotadas por la industria cultural del siglo XX. En ciertos momentos, que a través de los años se reiteraron cíclicamente, se pusieron de moda el yoyo, los hula hula, las muñecas Barbie, los Niños Repollo, los Niños de la Basura, los cubos Rubik, los Tamagotchi, etc.
Después de un lapso de vigencia, en el que no parecía jugarse a otra cosa, los juegos de moda pasaban al olvido. Antes de eso, todos los niños hubieran debido adoptar el juego para no quedar aislados de sus pares. Mientras consumían el juego de moda, resultaba inevitable para los jugadores sentirse conectados, la comunicación era fácil entre ellos y dejaba una huella que no puede ignorarse: el mundo se dividía entre los jóvenes que jugaban y los adultos que no lo hacían ahora (pero lo habían hecho en el pasado). En lugar de una sociedad dividida en clases sociales, como pretendía el marxismo desde el siglo XIX, se asistía a la definición de una sociedad dividida por la edad y el entretenimiento que ocupaba el tiempo libre.
El mensaje de rebeldía juvenil contra el universo creado y regido por los adultos, no es desaprovechado por las ideologías de la modernidad. Los niños de ISIS que participan en el ajusticiamiento de prisioneros no islámicos, son filmados y exhibidos en las redes sociales, satisfechos de su hazaña, para que otros rebeldes menos decididos a cometer parecidas atrocidades, se imaginen a sí mismos cobrándose afrentas reales o imaginarias de los adultos que fueron designados como sus enemigos, asumiendo el rol de superhéroes, incursos en aventuras que les prometen como recompensa seductora una muerte gloriosa, después de haberse manchado las manos y la mente con el crimen.
Los video juegos de la actualidad, a diferencia de lo que pasaba en los juegos de la primera mitad del siglo XX, no ahorran la representación de violencia gráfica, ni la música envolvente, ni los gritos, explosiones y otros sonidos que dan forma a situaciones impactantes, no pocas veces repulsivas, que se condimentan con palabras obscenas que previamente se reservaban para la intimidad. Son acciones que explotan sin pudor la imagen excitante de la mujer, para provocar la proyección-identificación masiva, como los estereotipos raciales y políticos más detestables.
Los personajes humanos o antropomórficos (los robots) son destrozados, quemados, aplastados, explotados, utilizando una variedad de instrumentos que los mismos usuarios del juego emplean como parte de la diversión.
Cuando todo lo violento resulta tan accesible para la mano y tan atractivo para el ojo, cualquiera se pregunta si no se está activando un proceso de desensibilización que nadie sabe si continuará germinando en el mundo real o quedará confinado al ámbito de la ficción, como fantasía tan imposible de replicar en la realidad, como las situaciones providenciales de los cuentos de hadas.

lunes, 17 de diciembre de 2018

¡Mirá cómo me ponés!


La frase atribuida a un acusado de abusos y violaciones de mujeres jóvenes, circuló en la prensa argentina de fines del 2018, reportada por al menos dos de sus probables víctimas, que la habrían oído en diferentes ocasiones. Después de que esto toma estado público, porque se encuentran implicados actores famosos, no falta la respuesta de sectores feministas que pasan a identificarse con la frase “Mirá cómo nos ponemos”, para aludir a la organización y denuncia de quienes han sido agredidas o se solidarizan con ellas. 

Son mujeres que dejan de aceptar con vergüenza la experiencia de haber sido sometidas a humillaciones sexuales, en la confianza masculina de que todas ellas preferirían no mencionar esa circunstancia tan penosa, aunque no lograran olvidarla, para no verse degradadas y hasta responsabilizadas por la opinión pública de aquello que sufrieron.
¿Qué habrían hecho las víctimas de abusos y violaciones para merecer ese trato? En su búsqueda de algún justificativo para lo que a todas luces resulta injustificable, la opinión desinformada (prejuiciosa) desanda imaginariamente la genealogía de la agresión. Hubo algo, debió haber algo antes, que no es la ideología machista dominante en la sociedad, que no necesita referirse al contexto patriarcal donde todo ocurrió. Ese algo, entonces, proviene (debe provenir) de la mujer agredida. Ella fue, como Eva en la Biblia, la tentadora, la causante del desastre que involucró a toda la humanidad. También fue su víctima, eso no se niega, pero de no haber existido ella, en las condiciones en que ella decidió manifestarse, el agresor no hubiera sido tentado, lo injustificable no hubiera ocurrido.

De acuerdo a la perspectiva machista, la mujer se exhibía más allá de lo prudente, por ejemplo. Ella provocaba y recibió su merecido, por lo que no debería quejarse. Su cuerpo, origen de tantas fantasías masculinas de posesión, era dejado parcialmente al descubierto, por ropas que permitían atisbar lo que ocultaban. O sus movimientos, al desplazarse por lugares públicos, en actividades cotidianas, alimentaban la imaginación de otras actividades (sexuales) en lugares privados. O sus palabras más inocentes y convencionales, sugerían segundas y terceras intenciones en las que se prometían disfrutes inauditos al hombre que las oyera. Cualquier cosa puede ser vista, oída, sentida por aquel que se encuentra en un estado de sobreexcitación constante, como una invitación perentoria a saltar los límites que plantea el trato civilizado y agredir a la mujer que tiene delante.


Inútil es argumentar es que una mujer pudorosa, cubierta de los pies a la cabeza con ropas sueltas, resguardada en su casa con siete llaves de la vecindad de varones que no sean consanguíneos, como sucede en algunos países islámicos, no aplaca la tentación de abusar en aquellos que se sienten con ganas de intentarlo, dado que después de todo, las sanciones suelen caer sobre las víctimas.

¿Por qué no hacerlo, si otros hombres harían lo mismo, de estar en las mismas circunstancias o si tuvieran agallas para afrontar las consecuencias? Los cuentos de varones que abusan de las mujeres (atractivas o feas, lejanas o cercanas, da lo mismo) demostrando que ellos tienen las hormonas activas y ejercen su poder ancestral, incluso en tiempos revueltos como los actuales, donde las hembras osan mostrar su independencia, suelen ser celebrados como chistes por quienes los cuentan o los oyen. Son hazañas, magnificadas por el narrador, no confesiones, ni en ningún caso arrepentimientos.
Don Juan, en la ópera de Mozart, se revela como un personaje notable por la cantidad de mujeres que ha seducido. Leporello, su sirviente, lleva la contabilidad en una libreta, país por país. Han sido 640 en Italia, 231en Alemania, 100 en Francia, 91 en Turquía, 1003 en España. Desde la perspectiva de un gran macho, importa el número de quienes fueron penetradas por él, no la identidad ni otros detalles fastidiosos (como el afecto, las enfermedades venéreas o los embarazos consecuencias de estas relaciones). Poseer a las mujeres, marcarlas con el semen, tal como tantos animales marcan con la orina su territorio, en la esperanza de que nadie más se atreva a disputarlo: esa parece ser la estrategia de alguien que califica como héroe de su género.
 “¡Mirá cómo me pones!” ¿Por qué impresionan tanto esas pocas palabras, que no requieren ningún talento literario para ser combinadas, ningún talento escénico para ser proferidas? En primer lugar, porque invierten la situación en la que objetivamente se encuentran involucrados los personajes: el agresor se presenta como la víctima de la actividad seductora de aquella a quien está agrediendo de hecho. 
Al exhibir su excitación sexual, como prueba del efecto (placentero y no obstante incómodo) que dice sufrir, está intimidando a la otra parte. ¿Cómo reaccionará ella? ¿Conseguirá intimidarla o sumirla en pánico? Desnudándose o tan solo refiriéndose abiertamente a su sexualidad, el hombre demuestra el poder que posee y no dudará en utilizar. Se ha instalado al margen de las normas de urbanidad, que prohíben exhibir los genitales fuera de una intimidad consentida entre personas de parecida edad y condición social.
 En segundo lugar, el agresor se muestra también como la primera víctima de sus propios impulsos, que le traerán problemas y él no es el último en reconocer. Las hormonas despertadas por la cercanía de la mujer lo han desestabilizado emocionalmente, lo han descontrolado al punto de entregarse a una actividad que la opinión pública repudia. Él se presenta como una persona estabilizada, respetuosa de las normas sociales (no es improbable que sea un padre de familia), y ahora, por culpa de ella, se descubre incapaz de poner freno a un cuerpo que ha dejado de pertenecerle, que le impone sus demandas imposibles de ignorar.

Por eso tendría que abusar, para calmarse después de haberse salido con la suya, para recuperar el dominio sobre su cuerpo (aunque la frase de un acusado, que alardea de haber pasado la noche excitado, tras cometer la violación, sugiere precisamente lo contrario). La memoria del abuso, lejos de prometer que no habrá reincidencia, la naturaliza, la anuncia como proyecto futuro, la estimula en otros. El abuso vivido abre la alternativa de disfrutar la narración del abuso ante una audiencia masculina cómplice, de adornarlo con descalificativos a la víctima y endiosamiento del victimario.
TARTUFO: ¡Cúbrete el seno, que yo no pueda verlo! Las almas caen heridas con semejantes visiones, que excitan pensamientos pecaminosos. (Moliére: Tartufo)