jueves, 28 de octubre de 2010

Violencia doméstica del siglo XX: el caso de mis padres


Como si lo viera a través de una lente pulida hasta la transparencia; un objeto de cristal, invisible de tan puro, parecido al que puede usar un narrador cuando quiere fijar en el recuerdo un detalle y detiene por un instante el fluir de la vida para apresar, en ese instante fugaz, toda la verdad. (Ricardo Piglia: Prisión perpetua)
Delia B. y Juan G.: años `60
Al pensar en mis padres, tantos años después de haberlos perdido, advierto que tenían en común la timidez. Mi padre no sabía bailar, una carencia inconcebible en aquella época de su juventud, los años ´30, cuando asistir a los bailes de San Pedro era una de las pocas alternativas que se ofrecían a los jóvenes para ocupar el fin de semana, verse con los amigos y conocer una pareja. Mi padre se declaraba “pata dura”, contaba los pasos del vals y retrocedía ante los primores que reclamaba el tango. Mi madre perdía la voz y se replegaba en algún rincón, cuando enfrentaba a personas desconocidas, aunque estuviera en su casa.
Ninguno lograba entablar un diálogo cómodo con alguien que estuviera incorporándose al círculo de sus conocidos, comprobé al presentarles a mi mujer. De mi padre, solo podía esperar que se exhibiera delante de ella como un gallo ante una hembra, que reclamara su atención con chistes polvorientos y relatos de hazañas improbables. Mi madre, en cambio, reaccionaba con una hostilidad que yo no había visto nunca en nuestra relación. Eran dos tímidos que reclamaban el control de su territorio, cuando lo consideraban amenazado.
Mi reacción de entonces fue dar por terminada nuestra visita, porque no estaba dispuesto a poner en riesgo mi relación de pareja por ellos, que habían arruinado su matrimonio, casi desde el momento mismo en que lo celebraron. No fue una mala decisión, porque les indicó que a partir de entonces íbamos a respetarnos, o la familia mal consolidada se fracturaría de una vez por todas.
Nací en un lugar y en una época, en que las parejas humanas, incluyendo aquellas que ni siquiera estaban legalizadas, eran estables. No recuerdo haber visto nunca gente muy feliz o desgraciada, sino, sobre todo, conforme con su situación (que podía ser horrible, desde la óptica actual, pero que no disponían de otras alternativas), porque en todo caso debía ser mejor que la vida de los solitarios, cuya situación causaban pena. Las solteronas habían fracasado en el intento de capturar un marido que sostuviera el hogar y les diera hijos. Los solteros de cierta edad, no habían logrado la estabilidad económica que les permitiera mantener a una mujer.
Estar casado era mejor que la soltería, aunque no se argumentara por qué. En público, las parejas no ostentaban su relación. Podían pasear tomados del brazo o bailar juntos durante las fiestas, podían trabajar a la par en el campo, pero el afecto o los conflictos que hubiera entre ellos, se desarrollaban a puertas cerradas y en voz baja. Podía haber problemas de pareja, incompatibilidades graves, relaciones insostenibles, pero no se iba más allá, no se llegaba a expresar esas situaciones, como para que los demás se enteraran. El pudor colectivo no solucionaba conflictos; tan solo dejaba que permanecieran debajo de la alfombra.
Antes del fin del siglo XX, ese mundo fracturado que fue el de mis padres y abuelos, había cambiado para siempre. Las parejas bien armadas pasaron a ser una excepción, los conflictos que ocurrían en la intimidad comenzaron a exhibirse (o por lo menos, a no esconderse) y fue definiéndose el temor actual ante la mera posibilidad de vivir en pareja.
Mi padre contó alguna vez que mi madre dejó de tratarlo de usted, solo después tres meses después de haberse casado. La historia pudo ser apócrifa, pero eso no impide que resulte reveladora. Es probable que mi padre amara a mi madre a su manera, pero no sabía expresarlo, a pesar de que su noviazgo se prolongó varios años. No debe haberlo aprendido nunca de sus padres, porque a comienzos del siglo XX, la gente no consideraba oportuno manifestar sus emociones en público, ni tampoco en el interior de una familia, o porque la relación entre mis abuelos era tal vez distante, dada la gran diferencia de edades que había entre ellos.
Por un motivo u otro, mi padre era incapaz de tocar a mi madre de manera tal que ella le correspondiera. Un hijo tarda en reconocer que en su casa no ha visto caricias, ni besos, ni otros abrazos que los protocolares, obligados por los aniversarios y otras ceremonias en las que hay testigos que de algún modo exigen representar el afecto (se lo sienta o no).
Mi madre aceptaba en ocasiones el contacto, porque era su obligación de esposa (mi existencia es una prueba de la relación que hubo entre ambos) pero lo hacía a desgano, incluso a disgusto. Poco antes de que la muerte los liberara de un acuerdo que tanta desdicha les había causado, medio siglo después de casarse, mi padre reconoció que había utilizado la fuerza para retener a su legítima esposa, que no se resignaba a la vida de casada y quería regresar a su familia.
Bastó esta doble inadecuación (él no lograba expresar su deseo de la manera adecuada, ella sufría la relación), para que la vida cotidiana de ambos se convirtiera en una tortura interminable. Mi padre sentía celos de todos aquellos que pudieran interesar a su mujer, los hijos inclusive. Mi madre no encontró a nadie en su familia que apoyara su necesidad de independencia. Su hermano mayor no podía aceptar que al poco tiempo de casarse intentara deshacer un compromiso como ese.
En nuestro barrio se conocían las historias de otras mujeres defraudadas por sus maridos, que en algún caso abandonaban a los hijos, pero eso no podía estar bien. El de mis padres era un desencuentro sin violencia física y más de un abuso psicológico.
Los hijos crecimos ignorantes de lo que pasaba en la intimidad de los mayores, pero nunca del todo ajenos a sus consecuencias. Desde muy pequeños los hijos ven cuando los adultos con quienes comparte la vida se tocan, se acarician, se abrazan, se besan, permanecen cerca, disfrutan la vecindad mutua. También perciben cuando se mantienen a la mayor distancia posible, cuando se empujan, golpean, fuerzan, humillan o discriminan. Y entonces, mucho antes de ser capaz de describir con palabras adecuadas el drama que se presencia, cada uno compara el comportamiento de sus padres con el de otros adultos, si tiene la suerte de acceder a realidades más amables, o crece imaginando que el resto del mundo es la exacta repetición de lo que se da en su casa.
Mis hermanas y yo tuvimos la suerte de aprender el afecto de una cantidad de tías y tíos que lo brindaron en el momento en que lo necesitábamos. Los niños sienten desde muy temprano, mucho antes de conocer el significado de las palabras, la diferencia que existe entre las voces amables y el desinterés, las burlas o incluso la descalificación.
Ellos perciben muy pronto el valor de los silencios, las distancias y gestos que se entablan entre aquellos que se acercan a una cuna y los cargan en brazos, o no lo hacen; los mismos que más tarde se sientan a una misma mesa pero comen sin mirarse, y en más de una oportunidad utilizan a los niños como barricada.
No recuerdo a mi madre quejándose de mi padre en público. Lo más directo que llegaba a expresar, era que no la escuchaba, que tomaba por sí mismo decisiones que comprometían a ambos, que prefería consultar la opinión de cualquiera (incluso desconocidos) antes que la de ella.
En cuanto a mi padre, él no se privaba de descalificar a mi madre como un estorbo. Proyectaba en ella sus errores de cálculo, sus apresuramientos, los fracasos que había sufrido por confiar en una hipotética buena voluntad de aquellos a quienes se acercaba en busca de protección.
Mi padre podía ser cruel sin darse cuenta, por lo tanto, sin sentirse obligado a recapacitar sobre sus actos y pedir perdón. Mi madre era un testigo incómodo, callado, no menos acusador porque no dijera nada. Medio siglo explorando la imposibilidad de esta relación, sin hallarle salida, terminó por otorgarles el aspecto de esos paisajes del desierto, donde solo hay piedra y el trabajo lento de la erosión del viento, nada que prometa vida, una eternidad consagrada a un error que no retrocede.
Volver atrás, pedir perdón, no figuraba en el repertorio de mi padre. Olvidar y resignarse, perdonar, tampoco eran contribuciones de mi madre. Ambos podían callar indefinidamente sus conflictos. Formaban una pareja digna de un drama de Henryk Ibsen donde la escena de la crisis nunca llegara a representarse.
Cuando trato de comprender las razones que los animaron a vivir de ese modo, tanto tiempo después de su muerte, que cerró cualquier posibilidad de interrogarlos, intento concretar a mi manera un homenaje a quienes alentaron pasiones tan equivocadas. Al fin descansan.

sábado, 23 de octubre de 2010

Violencia doméstica del siglo XX: el caso de mi madre


Mi madre no quería abandonar San Pedro, cuando mi padre decidió vender todo lo que había recibido en herencia de mi abuelo e irse a Mar del Plata, para instalarse cerca de su familia, estoy seguro que sin consultarla a ella, porque en la mentalidad en que fue criado él, una mujer (su propia esposa) no pasaba de ser un estorbo para las decisiones de los hombres y consultarla hubiera sido renunciar a derechos de género imposibles de transar.
Recuerdo haber visto a mi madre encerrarse en su habitación, donde permanecía durante horas en penumbra, con toda seguridad llorando por un cambio de su vida sobre el que no se le permitía decir nada. Mi madre no era una mujer que se rebelara contra su destino. Cuando recibía un golpe, se retiraba a su interior y sufría, sin exhibirlo, hasta que el cansancio o la resignación se imponían. En mi ignorancia de una relación de pareja que se arrastraba casi desde el comienzo del matrimonio, durante mi adolescencia creí que su encierro era un signo de limitación intelectual propio de su género, cuando se trataba de su manera de reunir fuerzas para continuar una vida de sacrificio, sin expectativas inmediatas de alivio, como las heroínas del cine de Kenji Mizoguchi. Ella tenía esa grandeza que se manifiesta en silencios y contenciones, antes que en grandes gestos y discursos conmovedores.
Hasta el fin de sus días, San Pedro conservaba para mi madre un aura de hogar protector que me costaba entender, porque su familia había conocido la pobreza y el desamparo, aunque también el apoyo que se brindaban unos a otros. Desde comienzos de los ´50, atraídos por la industrialización que prometía el régimen peronista, cuatro de sus hermanos se radicaron en Buenos Aires. Ella fue la primera en casarse. Luego la siguieron todas las mujeres y el hermano menor. Poco quedaba del grupo de diez huérfanos de todas las edades que debieron apoyarse unos a otros, a mediados de los años ´30.
Cuando se encontraba con sus hermanas, como sucedió una vez en Buenos Aires, a comienzos de los ´70, mi mujer notó que hablaban todas al mismo tiempo, sin estorbarse por ello, en un intento de recuperar en pocas horas los meses o años que habían estado separadas. Mis tías y mi madre se entendían y confiaban unas en otras, mientras mi padre veía con recelo un estilo abierto de comunicación que no se daba en su familia.
Hasta donde yo recuerdo, mi madre decía “mi casa”, refiriéndose a la que había ocupado alguna vez con sus hermanos, en calles Chivilcoy y Colón, de ningún modo a las varias casas que compartió con su marido y sus hijos, durante más de medio siglo que duró su vida de casada..
Solo en sus últimos años, los hijos comenzamos a ser para ella una alternativa de apoyo emocional y vida independiente, similar a la que había tenido con sus hermanos, una situación bastante inesperada en nuestra familia, porque desde antes de haber nacido, los hijos fuimos utilizados como el instrumento de mi padre para retenerla en un sitio donde ella no quería estar. Duele pensar que uno fuera engendrado y criado, con el objeto de controlar a otra persona, pero esa fue nuestra función, de la que no tuvimos la menor conciencia, hasta que nos convertimos en adultos y la crueldad de las relaciones de nuestros padres quedó al descubierto.
No creo que en su vida mi madre se hubiera fijado en otros hombres que su marido, en parte por su timidez, pero sobre todo por la voluntad de respetar un compromiso que desde el comienzo se había revelado como un error para ella. Al aprender a leer, descubrí en un cajón de su tocador algunas cartas que mi padre le había mandado durante los cuatro o cinco años que fueron novios. Estaban escritas en una pulcra caligrafía inglesa, sobre papel perfumado de color lila. Esas cartas, esos versos con toda seguridad ajenos, pero copiados con la intención de seducir con su lenguaje fluido y artificioso, indicaban que alguna vez hubo entre ellos una expectativa romántica de la que no quedaban otras huellas, no más de diez años más tarde. Lo desconcertante para mí, es que mi madre conservara esas pruebas de un proyecto frustrado.
Cuando murió, después de una odiosa enfermedad que le impidió moverse de la cama durante tres años, mi hermana dio cumplimiento a su voluntad de ser enterrada en San Pedro, junto a quienes consideraba los suyos, en el sitio donde nació, no entre aquellos que no aceptaba del todo como su familia. Ese fue el último (irreductible) mensaje que le dejó al hombre que la retuvo contra su voluntad, por algo más de medio siglo, un punto de vista que cerraba cualquier posibilidad de negociar un acuerdo. Así se hizo.

Violencia doméstica del siglo XX: el caso de mi padre


Mi padre no debió sentirse demasiado cómodo en San Pedro, su pueblo natal, a partir del momento en que se vio a sí mismo como un hombre casado, con un par de hijos, responsable de administrar un comercio que había prosperado durante más de medio siglo, por primera vez dueño de sus decisiones y errores, pero al mismo tiempo obligado a mantenerse a la altura de lo que todo el mundo esperaba de él, comparándolo con su padre, que se había convertido en una leyenda.
La mudanza de mis abuelos con los otros hijos a Mar del Plata, se había producido ocho años antes, cuando él estaba por cumplir veinte. Supongo que mi padre no se fue con ellos. Mi abuelo tenía reservado para él la administración del negocio. Antes o después, trabajó en las cosechas, vigilando las máquinas que mi abuelo alquilaba (de esa época provenían sus historias de las formidables comidas al aire libre que compartía con los peones). De esa época, la posesión de un automóvil que le fue entregado por su padre y era un artefacto inhabitual en el barrio (nunca nos habló de eso a nosotros, los hijos, pero sí a mi esposa, muchos años más tarde).
Cuando las cosechas terminaban, regresaba al almacén que estaba a cargo de su tío Félix, un hombre más joven y permisivo que mi abuelo. Fueron (imagino) ocho años de soltería despreocupada, los mejores de su vida, que él recordaba sin dar muchos detalles, como cuando le oí contar, durante mi infancia, que él y sus amigos salían de procesión, durante la noche, desnudos y con una vela en la mano. Años después, las pocas veces que mi padre regresaba a San Pedro, solía encontrarse con algunos de esos amigos, que no lo habían visitado cuando yo era chico, ni tampoco se encontraban en algún club o confitería, como hubiera podido pensarse de gente con tantas experiencias en común.
Mi padre enterró su despreocupada juventud en un duelo que no terminaba nunca. Primero asumió el control del comercio de su padre, tras el alejamiento de su tío Félix, que solo había actuado como interino, de acuerdo a los planes de mi abuelo. Después, se casó con mi madre y renunció al trato con sus amigos del pasado. Tenía demasiados conocidos de mi abuelo en el barrio, que confirmaban la imposibilidad de escapara de sus obligaciones, mientras mi abuelo viviera y lo vigilara desde lejos. Eso duró hasta 1949, cuando mi padre había cumplido cuarenta años. Tardó todavía cinco más en vender su patrimonio y mudarse a Mar del Plata, como probablemente había sido su deseo desde veinte años antes.
Cada etapa de su existencia, que mi padre daba por concluida, iba dejando en él huellas dolorosas. Al abandonar San Pedro tuvo que buscar nuevos amigos en una ciudad demasiado grande para sus costumbres (no era posible encontrarlos o al menos él no conseguía discriminar quiénes podían serlo y quiénes no). Le fue necesario establecer nuevas relaciones con su familia (con la que nunca había tenido relaciones de afecto), tuvo que aprender otro oficio, y no siempre atinó a responder como hubiera debido a los renovados desafíos que encontraba.
Después de haber crecido en un estilo de vida despreocupado, de adolescente con suficiene dinero en el bolsillo, las responsabilidades de la adultez no lo encontraron bien preparado. Mi abuelo hizo progresar las empresas que estableció, mientras mi padre solo se alimentó de los restos de esa bonanza. Vivió a la defensiva (de allí tal vez su oposición al peronismo que no se preocupó en entender). Ni siquiera creyó que la derrota de sus adversarios políticos en 1955 le trajera ninguna mejora. Quería irse de San Pedro, librarse de la pesada carga de ser desfavorablemente comparado con mi abuelo.
Mi padre consideró que debía reiniciar su vida en otra parte. Si fracasaba (como le sucedió) al menos no lo mirarían con lástimas aquellos que fueron los testigos de su dorada juventud. Si sus nuevos amigos lo traicionaban (como era inevitable que sucediera) de nadie más que él dependería que se divulgara su error de cálculo. Tal vez por eso, costaba hacerlo regresar a San Pedro. Prefería alimentar desde lejos la leyenda de que su nueva vida era fácil y digna de envidia. Nunca lo acompañé durante los escasos viajes al terruño del que se exilió por decisión propia, ni tampoco hablamos del tema (como no hablamos de cientos de otros tópicos que hubieran podido alimentar una amistad entre padre e hijo que no llegó a darse).
Mi padre fue un solitario, acosado por fantasmas que se apoderaron de él y convirtieron su vida en una sucesión penosa de ilusiones y desencantos, similares a los de un adolescente. Envejeció sin crecer. Causó mucho dolor a quienes tenía cerca, incluyéndose a sí mismo, cuando hubiera podido disfrutar una vida mejor, ni permitir que su familia también la disfrutara. Eligió mal a sus adversarios, como a sus amigos. De los segundos llegó a darse cuenta más de una vez. De los primeros, no me consta que se haya percatado nunca. Que en paz descanse.

lunes, 18 de octubre de 2010

Marginaciones e integración: los solteros


Al crecer, tardé en darme cuenta de la cantidad de solteros (hombres y mujeres por igual) que había en mi barrio. Cuando los conocí, algunos eran adultos jóvenes que todavía podían abrigar alguna esperanza de hallar pareja, mientras otros se encontraban ya condenados a la soledad. Entre ellos estaban, por ejemplo, tres de mis cuatro tíos maternos, obreros o dependientes de comercio a quienes les conocí varias novias, incluso prometidas, con quienes por algún motivo no llegaron a casarse nunca.
El día en que mi tío Juan murió, pasados los setenta años, sus hermanas vieron llegar al velorio, con sorpresa, a una mujer madura que no habían conocido nunca y lo lloraba como si él hubiera sido el hombre con quien había esperado casarse. La soltería era el estado normal de los hombres que vivían fuera de las ciudades, durante el siglo XIX. Nativos e inmigrantes por igual, disponían de pocas mujeres en ese territorio que se estaba urbanizando lentamente y carecía de comodidades.
Los hombres circulaban de un trabajo al siguiente, se conchababan como peones de alguna cosecha mecanizada, como albañiles de pequeñas construcciones, durante varias semanas permanecían lejos del hogar, donde los aguardaban las madres y hermanas. La pobreza no hubiera debido ser un obstáculo mayor para el matrimonio, pero la idea de atarse a una mujer para luego tenerla lejos, no era aceptable para la mayoría. Sus padres habían sido pobres, pero vivían del producto de pequeñas chacras y eso no les impidió formar una familia. Sus hermanas se casaron. Los hombres, en cambio, debían irse de la casa de la familia para mantenerse, y no siempre ganaban lo suficiente para instalar una casa propia.
A mi tío Miguel, que vivía con nosotros y tenía un trabajo estable como repartidor en el almacén de mi padre, le conocí una novia que visitaba dos veces por semana, desde hacía bastante tiempo. La primera etapa de un noviazgo consistía en breves encuentros de la pareja a plena luz, en la puerta de calle o en el zaguán, con la puerta abierta de par en par, mientras que la segunda ocurría dentro de la casa, contando con la presencia de alguien más, para asegurar la honestidad del diálogo. Las mujeres vestían sus mejores ropas, se rizaban el pelo con bigudíes, mientras los hombres se fijaban las ondas con Glostora y consumían pastillitas de Sen-sen, que perfumaban el aliento.
Como en mi familia materna había tantas mujeres, nunca me encomendaron la vigilancia del comportamiento de ninguna pareja (una responsabilidad que recaía sobre los niños, a quienes podía sobornarse o engañarse, para no ahuyentar a los pretendientes más tímidos), por lo que no imagino siquiera la temática de esos diálogos interminables de las parejas, que permanecían sentadas, sin tocarse y a prudente distancia uno del otro. No era raro que los noviazgos de entonces se prolongaran cinco, seis años, como fue el caso de mis tías, como había sido también la historia del encuentro de mis padres. A pesar del tiempo que empleaban en la rutina del noviazgo, apenas se conocían.
Cuando una relación fracasaba, aunque solo fuera por aburrimiento, las mujeres quedaban en una situación desventajosa. No estaba bien visto tener varios novios en sucesión. La mujer soltera, que por cualquier motivo no lograba formalizar una relación con el primer candidato que presentaba a la familia, quedaba marcada para los vecinos como una casquivana (en el mejor de los casos, una inconstante), sin importar que la relación hubiera fracasado por razones totalmente ajenas a ella.
Cuesta imaginar en la actualidad las relaciones de noviazgo tan prolongadas y a la vez triviales, donde las parejas exhibían exclusivamente su lado más favorable, como si estuvieran efectuando una doble apuesta de resultado incierto. Prepararse para el matrimonio exigía más bastante más que ponerse de acuerdo en las compras de vajilla y ropa de cama. Algo debió pasar, supongo, entre mi tío Miguel y su enamorada, para que la relación se quebrara un día y nunca más supiéramos que él andaba detrás de otra.
Cuando mi madre y sus hermanas hablaban del Bajo (una región indeterminada de San Pedro, que se extendía desde Las Canaletas al puerto), se referían sin dar detalles a un sitio de mala fama, que las mujeres de la familia desconocían, pero también imaginaban de acuerdo a las historias que habían oído, como si se tratara de un país lejano. No era extraño que un puerto de ultramar como San Pedro, a mediados del siglo XX, incluyera una zona roja, para desahogo de los marinos y residentes de la ciudad en busca de diversión.
Recuerdo el apodo de una mujer que no he de mencionar aquí, con quien más de uno de hombres que yo conocía había intimado (¿dinero mediante o como simple acuerdo entre solitarios?). Siempre pensé que vivía lejos de barrios como el nuestro, donde transcurría la vida rutinaria de familias pobres pero honestas, con toda seguridad en un rancho al pie de las barrancas, cerca del río y las inundaciones periódicas del Paraná, también al alcance de los marineros que desembarcaban en busca de diversión. A mi padre le oí decir (con evidente nostalgia, comprendí más tarde) que ella abrazaba a sus parejas cuando las metía en la cama, una recepción que a él, con toda certeza, le estaba negada en el matrimonio. La posibilidad de que esa mujer viviera a escasa distancia de nuestra casa, que fuera una más de la comunidad, ignorada o tolerada por las otras mujeres, encubierta por los hombres que mencionaban su apodo y callaban su nombre, nunca me pasó por la cabeza.

sábado, 16 de octubre de 2010

Cultura de las cocinas


Buena parte de mis vecinos en San Pedro eran extranjeros o hijos de extranjeros. Pocos recordaban la lengua de sus mayores y no era mucha la correspondencia que recibían del exterior. Eso me consta, porque el cartero la dejaba en el almacén de mi padre o en la carnicería de los Boccardo, para que la entregaran en los domicilios de quienes eran sus clientes, o la conservaran para cuando ellos pasaran a recogerla, al llegar de compras.
Los contactos con familiares y amigos que permanecían en sus lugares de origen, debían ser escasos. Resignados o deseosos de incorporarse a la nueva comunidad que hallaron en San Pedro, se habían asimilado a las costumbres de su nueva residencia. Hablaban en español, utilizaban modismos argentinos, se vestían como veían que se vestían sus vecinos. Algo de la cultura de procedencia quedaba incólume, sin embargo, en el ámbito menos esperado: la cocina.
En épocas en que la comunicación entre adultos y menores se encontraba supeditada a la imagen de autoridad que unos y otros respetábamos, los mensajes no verbales eran muy precisos. Durante las comidas que reunían a toda la familia, los niños teníamos una mesa separada de los mayores, aunque solo estuviéramos a un metro de distancia, oyéramos sus conversaciones y se nos sirviera prácticamente lo mismo que a ellos (con excepción de las bebidas alcohólicas, aunque a veces el vino llegaba también, diluido en soda).
En mi familia paterna, quedaban escasos rastros de la cocina italiana que debió haber conocido mi abuela María Grigioni, porque mi abuelo Juan Garaycochea impuso la cocina de sus ancestros vascos. Por lo tanto, en su casa se nos ofrecían cosas tan extrañas al contexto culinario de Argentina, como los cardos pelados y hervidos en leche, los alcauciles rellenos de jamón, los espárragos bañados en alioli, los caracoles con salsa verde, el bacalao con garbanzos, las croquetas de acelga, los tallos de acelga con salsa bechamel, los inmensos pucheros y potajes que reunían una multitud de ingredientes, el arroz con leche perfumado con cáscara de limón y espolvoreado con canela.
En mi familia materna, los Bovio, mi abuela española de apellido Robles había adoptado la cocina italiana de su marido y ese fue el conocimiento que transmitió a media docena de hijas. Mis tías preparaban una gran variedad de pastas (ravioles y canelones rellenos de espinaca y sesos), ñoquis de papa, diversas formas de presentar la polenta (con salsa de carne, empanizada y frita, con leche y dulce), elaboraban salsas con hongos secos, rellenaban zapallitos y pimientos con arroz y carne, preparaban una deliciosa Pasta Frola con dulce de membrillo.
Para la generación de mi madre, las dos tradiciones se habían combinado en la cocina de las mujeres (paralela a otra cocina que debería definirse como propia de los hombres, que se especializaba en la preparación de carne asada). Durante mi infancia, no conocí a ninguna mujer que no fuera una experta en el tema y considerara su orgullo elaborar la mayor parte de los alimentos que consumía la familia. Los enlatados podían formar parte de la dieta de los hombres solteros, pero se los hubiera considerado una ofensa en la mesa de una mujer.
En torno a la mesa, convocada por las mujeres, se reunía la totalidad de familia, tres o cuatro veces por día. Comer en grupo, respetando los mismos puestos y distancias de los comensales, permitía que a pesar de la existencia de conflictos no resueltos, incluso negados entre ellos, circularan informaciones verbales relevantes o no, se impusieran modales de mesa a los más jóvenes y se afianzaran las nociones de unidad y jerarquía familiar (dónde sentarse cada uno, el orden en que se repartía la comida).
Esa imagen mítica de tregua y homogeneidad grupal, se ha perdido hace tiempo. La pluralidad de modelos familiares ya no es negada por nadie, los roles tradicionales no se corresponden demasiado con la realidad actual, las mujeres trabajan fuera del hogar, los alimentos provienen de la industria, los temas de conversación son agendados por los medios masivos, con frecuencia la televisión es el interlocutor dominante.
La Navidad no tenía celebraciones especiales para mi familia, pero el primero de enero, todo el grupo de los Bovio se reunía para almorzar en nuestra casa, que era la más amplia. A pesar de que la noche de fin de año todos habían estado despiertos hasta la medianoche, las mujeres madrugaban y trabajaban para presentar al mediodía fuentes de ensalada rusa con pescado, cubierta de espesa mayonesa que habían batido con enorme cuidado (la cercanía de una mujer que estuviera menstruando hubiera podido cortar irremediablemente la salsa) y adornada con aceitunas y cortes de pimientos. Después venían fuentes de ravioles con estofado o carne que mi tío Juan había asado en la parrilla, con enorme paciencia, durante horas, y una ensalada de frutas marinadas en vino blanco, que denominaban clericot.
El asado era un territorio de los hombres, que ninguna mujer se hubiera atrevido a disputar y se instalaba fuera de la casa, en un rincón del patio, que estuviera protegido del viento. En todas las familias había un hombre que se dedicaba a esa tarea, que requería parillas ennegrecidas por el humo o cruces de metal, que se clavaban en el suelo. La cocina era el territorio de las mujeres, que los hombres frecuentaban solo cuando la mesa estaba servida. Rara vez enviaban un lechón para que lo hornearan en la panadería. Más raro era que consumiéramos conservas, a pesar de que mi padre las vendía.
La comida se preparaba en casa y tenía secretos que las mujeres de la familia se trasmitían oralmente. Los únicos textos de cocina que vi consultar a mi madre o sus hermanas, eran folletos que regalaban a quien lo solicitara por correo, los fabricantes de polvos de hornear o margarina. Todo lo que una mujer sabía hacer, estaba en su memoria. Cuando interrogué a mi madre, muchos años más tarde, en busca de una pasta que había dejado de preparar, cuando vivió en una gran ciudad y se acostumbró a depender de la oferta de los supermercados, comprobé que ya no la recordaba, y pedirle datos era como hablarle de otra persona, que habitaba en otro mundo.
Durante los almuerzos de Año Nuevo, todos parecíamos entendernos. Las esposas no se quejaban de sus maridos, ni los maridos hacían bromas a expensas de sus esposas. No recuerdo que nadie considerara necesario elogiar la comida. No hacía falta, porque de una manera u otra, todos habían aportado algo.
Cuando mi tía Matilde nos visitaba una vez por año, exhibía habilidades gastronómicas inaplicables en la vida cotidiana de mi familia, que conseguían humillar a mi madre, que debía alimentarnos el resto del año. Mi tía preparaba empanadas de vigilia con masa de hojaldre, que requería una jornada completa y luego no tenían demasiado sabor. O deshuesaba un pollo durante horas, hasta convertirlo en una proteína pálida e irreconocible. Eran recetas extraídas del enorme libro de doña Petrona C. de Gandulfo, que alguna vez hojeé en la casa de mi abuela María, deslumbrado por las ilustraciones a todo color de postres y ensaladas, que probablemente nunca llegaría a probar.