sábado, 26 de marzo de 2011

El colegio de la adolescencia

Escuela Normal (también Colegio Nacional) de San Pedro
Entrar en la secundaria cambió mi vida. Un signo de la nueva etapa, fue que no volví a encontrarme con mis compañeros de primaria. El tránsito de un nivel educativo a otro no era, como en la actualidad, imperceptible. A mediados del siglo XX, pocos estudiantes de la primaria pasaban a la secundaria (y luego, muchos menos ingresaban a la universidad). Para los planes sobre mi futuro que debió haber tenido mi padre, pero nunca compartió conmigo, se trataba de mandarme a lo que entonces se denominaba Sección Comercial Anexa al Colegio Nacional de San Pedro. ¿Podían haber inventado un rótulo menos descalificador?
Mi promoción era la tercera o cuarta y algunos de nuestros profesores habían egresado apenas un par de años antes de la misma institución. Otros docentes eran maduros y enseñaban también en la Escuela Normal. Sospecho que no se suponía que fuéramos demasiado brillantes, puesto que nos dedicaríamos al comercio. A nosotros no nos enseñaban dos lenguas clásicas (Griego y Latín) tal como sucedía en el Bachillerato hasta 1950. Tampoco estudiábamos dos idiomas modernos, sino uno durante los cinco años (la mayoría optaba por el inglés, que ya por entonces había desplazado al francés como lengua diplomática y de los negocios). Nos obligaban a estudiar Mecanografía (gracias a lo cual fui capaz de escribir “al tacto” como se nos decía) durante el resto de mi vida, y tomar dictado de hasta 120 palabras por minutos, en el ramo Taquigrafía (una habilidad que hubiera podido conducirnos, en el mejor de los casos, a convertirnos en funcionarios del Congreso de la República).
Constantini, nuestro profesor de Castellano, era un hombre joven y utilizaba técnicas heterodoxas, como evaluar los aciertos parciales, que de pronto se daban en la dinámica de una clase. A él le debí, por ejemplo, un 10 por acertar la definición de la palabra ¡Zape! que aparecía en un dictado y solo Dios sabe cómo recordaba después de haber leído una novela de Pardo Bazán.
Mis compañeros no podían ser más heterogéneos, advierto en la distancia. Uno de los más chistosos (no digo que ocurrente) siguió una carrera militar, me han dicho. Otro de los que gozaban de fama de divertidos, se convirtió en empresario de la agroindustria y no creo que siga haciendo rimas obscenas con su apellido, cuando alguien lo nombre. A uno cuyo nombre no recuerdo, le decíamos Alan Ladd (también Cara de Piedra), ya no recuerdo si por rubio o inexpresivo. Mi amigo E.S. viajaba todos los días en tren, desde Baradero. Compartíamos el gusto por los programas nocturnos de música de Radio Splendid y las comedias musicales del cine. ¡Qué distante parece todo eso! Un día lo sorprendieron con una postal pornográfica que nos había mostrado generosamente. Era la foto de una mujer desnuda, de pie, cuyo pubis aparecía cubierto por un grueso punto oscuro. Nuestra bella profesora de Inglés, que tenía un delicado bozo en el labio superior, debió haberla descubierto, porque recuerdo su reproche a mi compañero: ¿acaso no tenía él una madre, una hermana? A la distancia, el argumento suena poco atinado. El haber sido descubierto lo hacía acreedor de amonestaciones, ¿pero se suponía que mi amigo sintiera por todas las mujeres el mismo respeto, la misma distancia que le correspondía tener por su familia?
Quien ostentaba el promedio más alto del colegio, era H.P.F. (las iniciales las había propuesto él, que debía detestar su anticuado primer nombre). Confieso que no lo estimaba, a pesar de que nunca hubo ningún conflicto entre nosotros, por el simple motivo de que a él parecía no costarle nada superar obstáculos que para mí eran una muralla temible. Sus respuestas eran fluidas y oportunas, las prácticas de caligrafía impecables, su desempeño deportivo sobresaliente. No recuerdo qué falta de disciplina lo dejó fuera del cuadro de honor que lo designaba para bajar la bandera nacional por las tardes, con lo que yo pasé a reemplazarlo.
Una de mis compañeras, Ruth E., que era rubia y de ojos grises, comprometida en matrimonio con un hombre trece o catorce años mayor desde que la recuerdo, fue consagrada Reina de la Primavera en una celebración que incluía desfile de carrozas y show musical en Pellegrini y Tres de Febrero. No sé si las otras chicas la detestaban por ese privilegio que había logrado merecidamente y sin alardes, por decisión de un jurado en el que participaba nuestro profesor de Taquigrafía, un hombre joven que mostraba la secuela de la poliomielitis.
En el mismo edificio, por la mañana funcionaba la Escuela Normal, por la tarde el Colegio Nacional y la sección Comercial anexa, que era donde yo estudiaba. Nunca se me ocurrió protestar por la decisión de mi padre, que me inscribió en esa carrera que debía hacer de mí lo que hoy se considera un Contador o Auditor, porque detestaba la materia básica, Contabilidad, no lograba manejarme con el Debe y el Haber de la doble partida, mi letra cursiva inglesa era lamentable y solo me destacaba en Mecanografía y Taquigrafía, entre las materias que podían considerarse propias de la especialidad.
Quejarme no pasó nunca por mi cabeza, porque la otra alternativa era la misma que había tenido que afrontar mi padre cuando se rebeló contra la oportunidad que le brindaba mi abuelo de estudiar en el Colegio Nacional de Buenos Aires. Era eso o la atención al público de un almacén de barrio. Mi padre eligió lo segundo y lo lamentó el resto de su vida. Yo pretendía otra cosa, aunque todavía no supiera qué. Pensé en estudiar Arquitectura, una idea que me llevó a estudiar la Historia de la disciplina, desde lo más reciente a lo más antiguo. Me imaginé estudiando Psiquiatría, después de haber visto varias películas de Hollywood que le otorgaban glamour de cine negro a esa profesión, pero no tardé en desmoralizarme al averiguar que antes debería completar Medicina. La sola idea de participar en una disección (aunque fuera de una rana, para repetir el experimento de Faraday) me revolvía el estómago. Como había tenido buenas notas en Química Orgánica (probablemente gracias a una buena profesora) me hizo pensar en seguir una carrera que se relacionara con esa materia. Esa fue una de las alternativas de mi vida que no exploré. Otra, estudiar Arquitectura.

martes, 8 de marzo de 2011

Del gallego bruto al indiano: Mitología contradictoria del desarraigo


Primero con los conquistadores de imperios de ultramar, que habían sido porquerizos en su patria, luego con comerciantes y administradores que hallaban la fortuna en el Nuevo Mundo, en España se afianzó el mito del indiano, alguien que no era precisamente un nativo de América, sino un español que había emigrado a América, donde de algún modo que no valía la pena investigar, porque se hubieran descubierto procedimientos no siempre rectos para enriquecerse, el indiano había formado una familia (en ocasiones mestiza, aunque con mayor frecuencia regresaba soltero, para encontrar una esposa joven de su lugar de origen) y había continuado soñando con el terruño, al punto de que volvía para instalarse en él espléndidamente, para envidia de amigos y vecinos que lo conocieron cuando era pobre, en palacios que guardaban la memoria de América.
Se rodeaba de magnolios que producían flores de aromas embriagantes, guacamayos multicolores y gritones, hamacas, tortugas desubicadas, orquídeas y plátanos de invernadero, peces de intensos colores y palmeras del trópico. Es un anecdotario rico en contradicciones. Por un lado el indiano afirma que no hay nada como el lugar donde nació, a pesar de que los exiliados europeos fueron expulsados por el hambre y la falta de oportunidades. Por el otro, que nunca se vuelve del todo al puerto de donde se partió, como afirma el texto de los Upanishads, escrito en la India, quinientos años antes de nuestra era.
Por algún motivo que ignoro, mi abuelo nunca renunció a la vida que había establecido en Argentina. No dudó en cambiar de residencia, de San Pedro a Mar del Plata, cuando tenía setenta años, pero no intentó devolverse a su comarca natal en Navarra (se conformó con levantar un hotel que denominó Navarro). Quizás lo detuvieron las convulsiones de la República española durante los años ´30, que iban a culminar en la Guerra Civil. Probablemente guardaba mal recuerdo de la familia que lo expulsó de su seno, para no tener que dividir el patrimonio del primogénito. Estuvo dos veces en Europa, antes de casarse, para disfrutar de dos exposiciones universales, disfrutó su estadía en Paris, encontró tiempo para comprar obras de arte y árboles exóticos que plantó en el patio de su casa en San Pedro.
Nunca oí que hubiera planeado regresar a su terruño. Tampoco hallé entre sus pertenencias recuerdos de la patria dejada atrás, fuera de la maleta de gruesa suela con la que viajó cuando era un niño (y eso, como un objeto pasado de moda, al que ya nadie en la familia prestaba atención). Mi abuelo había rechazado la imagen del indiano, pero no por eso quedó convertido en uno más del país donde pasó casi toda su vida. No era un gallego bruto, por su proveniencia, pero le endilgaban la imagen del vasco empecinado.
En Argentina se encasillaba a los que venían de otros países, en algunos casos mediante el humor, una herramienta que estaba al alcance de todos, porque era difundida sin problemas por los grandes medios de comunicación. En la discriminación a los judíos, el humor era dejado de lado y se utilizaban insultos tan ofensivos como genéricos. Si alguien decidía mostrarse de ese modo, como me tocó presenciar fuera de San Pedro, alrededor de mis veinte años, era para demostrar que había leído los Protocolos de los Sabios de Sion.
Los nativos del continente americano y aquellos en los que se percibían los ancestros africanos, no disfrutaban de mejor trato. Ser el Negro o el Indio de un grupo, no era un privilegio, y sin embargo no se denunciaba como discriminación. De acuerdo al discurso oficial, Argentina prefería verse como una nación generosa, receptora, pero no en todas las ocasiones, ni con todo el mundo por igual. La Ley de Residencia (la 4144 de 1902) podía aplicarse a cualquiera que no hubiera nacido dentro de las fronteras nacionales, cuando sus actividades molestaran al régimen de turno, por lo que se procedía a expulsarlo sin más trámites, dejando de lado el tiempo que hubiera permanecido, la familia que hubiera formado, la veracidad de las acusaciones, etc.
Aunque la Constitución prometiera igualdad de derechos y obligaciones para todo aquel que habitara el territorio nacional, bastaba el habla cotidiana para indicarle a cada uno cuál era el lugar que le correspondía, del que mejor fuera no apartarse.
Gallego era el gentilicio que se aplicaba a una serie de nativos de distintas regiones de España, no solo de Galicia. De acuerdo a la imagen popular, correspondía a alguien trabajador pero corto de miras, incapaz de apartarse de sus metas, aunque le fuera la vida en ello. Una serie interminable de anécdotas y chistes confirmaban la correspondencia del mito con la realidad.
A mediados del siglo XX, Niní Marshall había impuesto en películas y programas de radio el personaje de Cándida, empleada doméstica gallega. De los ancestros del marido de uno de mis tías maternas sabía que provenían de Mallorca, en las islas Baleares del Mediterráneo, porque algunos parientes políticos se lo recordaban, para molestarlo, diciéndole “mallorquín muerto de hambre”.
El Tano podía ser un italiano de cualquier proveniencia. En San Pedro había lombardos, como mi abuelo Bovio, vénetos, como unos clientes de mi padre que recibían tarjetas postales de Belluno e incluso suizos, como los padres de mi abuela Grigioni. No conocí sicilianos y calabreses hasta que me mudé a Mar del Plata, donde continuaban trabajando en la pesca, tal como habían hecho en su patria. Se suponía que los tanos eran trabajadores, apegados a la familia (a la que explotaban en sus pequeñas empresas) y reticentes a gastar el dinero que tanto les había costado ganar. De ellos, uno apreciaba la comida, el esplendor de las mujeres y la música; después de la Segunda Guerra Mundial, también el cine, que se presentaba como lo más opuesto que pudiera imaginarse a los convencionalismos de Hollywood.
Turco era una denominación todavía más vaga, porque incluía a los nacidos en cualquier país árabe, los nativos de Medio Oriente, incluyendo a los griegos. Cualquiera que fuera demasiado moreno, tuviera cabello rizado y luciera grandes bigotes, quedaba incluido en esa categoría, aunque algunos fueran rubios, de ojos claros y mejor no preguntar la religión, porque el estereotipo se desarticulaba y uno debía enfrentar entonces la evidencia de una ignorancia corregible, sin duda, pero no por eso menos incómoda.
Ruso tenía una imprecisión todavía mayor, porque se refería tanto a los rusos cristianos ortodoxos, como a los judíos de Rusia o Polonia. Supongo que debí tener más de un compañero judío en la secundaria, pero el tema no se mencionaba entre nosotros. Ellos no cursaban la materia Religión (católica, apostólica y romana) que había impuesto la administración peronista y eso era todo lo que percibíamos de su diferencia. Al terminar de la adolescencia, comencé a tener amigos judíos, pero yo no era demasiado religioso por entonces, y tampoco me parecía de buena educación preguntar a los demás sobre el tema. Ellos no mencionaban sus celebraciones tradicionales, como yo tampoco mencionaba las que habían sido parte de mi tradición.
Daba lo mismo que el chino hubiera llegado de Japón, Corea o efectivamente China. No conocí a ninguno en San Pedro, durante la Segunda Guerra Mundial, y desconozco que se los hubiera encerrado en campos de concentración como sucedió en Perú o Paraguay, siguiendo el ejemplo de los Estados Unidos, pero no costaba nada localizarlos una generación más tarde en las tintorerías de Buenos Aires o Mar del Plata, en los invernaderos de City Bell, que veía desde el tren cuando uno se acercaba a La Plata. De los chinos no se sabía nada, fuera de que trabajaban de sol a sol, jamás morían (porque heredaban los pasaportes) y no se les entendía ni una palabra. Cuando comenzaron a incorporarse al rubro de la alimentación, circuló el mito de que consumían cualquier animal que atraparan, desde perros a ratas.
Gringos había en San Pedro, gente como nuestro vecino John Cummings o Jane Austen, mi profesora de inglés en la secundaria. Daba lo mismo si provenían del Reino Unido o América del Norte. Aquellos que conocí, carecían del aura de poder que habían disfrutado en el pasado inmediato, los gestores y administradores de frigoríficos, líneas ferroviarias, Bancos y grandes casas comerciales. Eran gringos pobres, bien educados y trabajadores. La época de oro de los gringos en Argentina se había extendido por un siglo, desde la caída del régimen de Rosas y el gobierno de Perón se afirmaba míticamente en la expulsión del gringo explotador, que había dado forma a un país exportador de materias primas del agro. “¡Yankys go home!” era un eslogan que comenzó a circular después de la invasión a Nicaragua, en 1954 y en ese momento no parecía referirse a la realidad inmediata de quienes lo coreaban.

jueves, 3 de febrero de 2011

Amigos de infancia: los eslabones perdidos


Ahora que lo pienso, muchos de mis amigos de infancia eran adultos. En la actualidad suena extraño, porque los miembros de distintas generaciones no tienen mayor contacto, fuera del inevitable en las familias, pero entonces uno creía posible hablar, no digo que de igual a igual, pero habitualmente, sin desigualdades evidentes, con personas de otras generaciones, que de ese modo transmitían sus experiencias y modos de hacer las cosas (también sus prejuicios) a los más jóvenes.
No había demasiados chicos de mi edad en el barrio donde nací y crecí. Cuando los encontraba, automáticamente nos convertíamos en amigos. Solo recuerdo a un par de chicos de la primaria, que encontré una vez en la calle y quién sabe por qué estuvieron a punto de golpearme. Fue una única vez y luego nos hicimos amigos con uno de ello, como si el encontronazo nunca hubiera sucedido.
Entre amigos hablábamos de los programas de radio que cada uno oía en su casa, nos prestábamos revistas infantiles, íbamos juntos a las matinés del Cine Palma, los sábados a la hora de la siesta, cuando proyectaban dibujos animados, cortometrajes de Laurel y Hardy o los Tres Chiflados, episodios de viejos seriales como Dick Tracy, El Llanero Solitario o Flash Gordon.
Uno de mis amigos (no recuerdo ya su nombre, pero sí la ubicación de su casa a dos cuadras de la mía) me confesó con mucha seriedad, antes de cumplir los nueve años, que él había tenido un hijito con su hermana. La situación era incomprensible para mí, que había oído a Dora B. nuestra maestra de segundo grado explicar que los mamíferos se reproducían por yuxtaposición, una frase que acepté sin pedir más detalles, pero me sumía en mayores interrogantes.
Había que poner a uno sobre otro. ¿Quién arriba, quién abajo? Faltaban detalles. La imagen de la transferencia de calcomanías, era la primera que surgía en mi mente. ¿A qué mamíferos se refería la maestra? Yo había visto al gato montando a la gata después de una trifulca que se prolongaba durante horas, recordaba al caballo montando a la yegua.
Sin duda, eran mamíferos y el macho se montaba sobre la hembra. Pero también el gallo pisaba a las gallinas y el pato a las patas y el palomo a la paloma, a pesar de que todos ellos formaban parte de la familia de las aves. Percibir a los seres humanos como mamíferos, me parecía una generalidad irrelevante, que no permitía entender qué sucedía.
Lo fundamental para nosotros, los estudiantes de primaria que teníamos ocho o nueve años, era memorizar de la manera más exacta posible, aquello que la maestra decía en clases, porque tarde o temprano ella nos obligaría a demostrar que habíamos prestado atención. Entender el contexto, extrapolar los conocimientos, no figuraba entre nuestras expectativas. Bastaba con que uno fuera capaz de repetir las palabras de alguien a quien representaba la autoridad, para que todo se pusiera en su lugar, a pesar de que el conjunto de la información permaneciera en una incómoda nebulosa.
Tengo la impresión de que la escuela pública de entonces no era capaz de fomentar las relaciones de amistad y colaboración entre los chicos. Cuando medio siglo más tarde me dediqué a la docencia, aprendí que esas relaciones suelen ser más decisivas para el aprendizaje, que las tradicionales entre el docente y los estudiantes.
Nosotros no efectuábamos trabajos en equipo, ni compartíamos nuestros conocimientos, ni discutíamos, ni nos ayudábamos unos a otros. Los docentes eran el centro de la comunicación de cada grupo. Ellos exponían los contenidos y nosotros oíamos o anotábamos o levantábamos la mano para responder a las preguntas. ¡Competíamos de tantas maneras, obligados por el sistema escolar! Se nos evaluaba individualmente y sin apelación.
Mis notas debían ser altas, porque me recuerdo bajando la bandera nacional del mástil instalado en el patio, delante del resto de los compañeros, formados en fila (probablemente cantábamos, acentuando los ripios, el aria de la ópera Aurora: Altá en el cielo / un águila guerrera, / audaz se eleeva / en vueelo triunfal…). Una escena que hoy evalúo como bienintencionada pero nefasta para el objetivo de socializar a los niños. ¿Por qué destacar a uno y relegar al resto al rol de espectadores? ¿Por qué hacer que el varón se encargara de subir o bajar la bandera, y a la niña del mejor promedio de nota las funciones de ayudante? ¿Qué mensajes incorrectos difundía la ceremonia, junto a los patrióticos? La opción era: bajar la bandera o tener amigos (solo que si a uno lo designaban para bajar la bandera, no podía declinar el honor).
Con uno de mis amigos, que vivía frente a la propiedad de los descendientes de Facundo Quiroga, frecuentábamos la cancha del Club Mitre (ubicado junto a la torre del agua corriente, donde luego se construyó la escuela 2 y 6), como espectadores de los partidos de fútbol y basketbol. El centro de nuestra amistad era una colección de soldados de plomo, no demasiado grande, con los que intentábamos reconstruir batallas de la II Guerra Mundial mencionadas por la prensa.
Con Abelardo Castillo, que vivía a tres cuadras de distancia de mi casa y era dos años mayor, compartía su ruidoso proyector de cine Hollywood, que yo había visto anunciado tantas veces en la revista Billiquen y él poseía, junto a una colección de películas de papel (no creo que el celuloide fuera el soporte). Las películas se averiaban con cada exhibición, y había que pegarlas (¿con acetona, como hice después, al entrar en la Universidad?). Recuerdo un corto de Tom Mix, tal vez un dibujo animado de Ub Iwerks, probablemente algo de Chaplin.
No recuerdo que jugáramos al ajedrez, como parece que hacían él y Fernando Chiodini. A veces leíamos los argumentos de películas argentinas que publicaban las páginas finales de Radiolandia, cuando todavía no se estrenaban, e improvisábamos los diálogos que hubieran debido tener los personajes. Era un magnífico entrenamiento para la escritura dramática, que cada uno de nosotros intentó años más tarde. En la actualidad, utilizo una técnica similar en mis seminarios, para facilitar el proceso creativo en estudiantes que entran en pánico y no consiguen hacer hablar a sus personajes.
Mi amistad con Abelardo concluyó en la adolescencia. Nos veíamos diariamente en el Colegio Nacional, pero a esa edad, un par de años de diferencia alcanzan para definir experiencias totalmente distintas y establecer mundos que no vale la pena conectar. Él tenía amigos de su edad, se destacaba en todo lo que emprendía, incluyendo teatrales gestos de rebeldía contra la autoridad escolar, durante esos años finales del gobierno peronista, mientras yo era demasiado tímido para sentirme cómodo en su vecindad y debía luchar contra el handicap que entonces parecía insuperable de mi tartamudez. Continuar el diálogo entre nosotros hubiera sido inútil, a pesar de que compartíamos el interés por la Literatura, ignorándolo, cada uno por su lado.

martes, 11 de enero de 2011

Marginaciones e integración: el Martillero

José María Vargas Vila
El aprendizaje de la soledad no fue penoso. Yo había sido un solitario y lo fui desde mi niñez. (…) Nunca tuve amores, nunca tuve amigos. Las mujeres que fatigaron mi sexo, no entraron jamás en mi corazón. Cuando entré en la soledad, no tuve que expulsarlas de ella. (José María Vargas Vila)
Acostumbrado a visitar las casas de mis vecinos, manejadas por mujeres hacendosas, que gracias a su esfuerzo mantenían los pisos brillantes y los objetos instalados desde hacía tiempo en los lugares precisos que definían las carpetas tejidas al crochet y los esquemas simétricos, me fascinaba la casa de C., el martillero del barrio, donde una capa de fino polvo se había asentado tiempo atrás sobre todas las cosas dejadas de cualquier modo y probablemente en cualquier parte por el propietario.
C. era un hombre solo o (para ser más preciso) un hombre separado de su esposa, que tenía un hijo adolescente, al que no parecía ver nunca. Del orden o el desorden de sus cosas, él era el responsable.
Viendo no hace mucho Sátantango, una película húngara de Béla Tarr, he recuperado ese ritmo pausado, desesperante, de aquellos que por estar marginados de las fuerzas sociales más relevantes, no tienen la menor esperanza de alterar su rutina, y no obstante permanecen en lo mismo, como las arañas que carecen de otros objetivos, después de haber tendido pacientemente la tela con la que confían atrapar su alimento. En el barrio había por aquí y allá personajes dotados de esas características que los volvían invisibles. Gente que giraba en torno a ejes ínfimos. Testigos de no importaba qué.
Los rumores del barrio planteaban que la separación del martillero había ocurrido por la adicción al alcohol de C. No sé si había comprado o si alquilaba una parte de la casa de las hermanas F., que mandaron a construir un muro divisorio de ladrillos en el medio del patio, a pesar de que compartían la bomba de agua. En ese barrio de familias constituidas, un solitario estaba fuera de los esquemas habituales. No se lo rechazaba, podía hablarse con él en la calle, en el almacén, pero al mismo tiempo nadie lo hubiera invitado a entrar en una casa reservada para las familias.
Bandoneón / ¿Para qué nombrarla tanto? / ¿No ves que está de olvido el corazón / y ella vuelve, noche a noche, como un canto / en las notas de tu llanto / che bandoneón? (Homero Manzi y Aníbal Troilo: Che bandoneón)
 Como nací en un barrio de trabajadores rurales y artesanos, C. era lo más próximo a un intelectual que conocí en mi infancia. Había libros en su casa (libros cubiertos de moho, como el resto de los objetos de C.) a diferencia de lo que pasaba en las casas de otros vecinos, incluyendo la de mi familia. Allí estaban, por ejemplo, El Hombre Mediocre de José Ingenieros, subrayado profusamente por su dueño, y una compilación de aforismos del colombiano José María Vargas Vila, cuyo título no recuerdo, en la que leí por primera vez la palabra aborto, que me obligó a consultar el diccionario y enterarme de una realidad que entre los adultos del barrio no se hubiera mencionado nunca en mi presencia.
C. debía ser, probablemente, un anarquista solitario, un marido desengañado que bebía regularmente sus vasos de tinto o grappa en el almacén de mi padre y perdía su tiempo en discusiones desapasionadas, que a veces resolvía con una cita de un autor desconocido para sus contertulios, pero capaz de confirmar su imagen de hombre ilustrado.
C. era también el propietario de la única máquina de escribir que existía en mi barrio, una Underwood de por lo menos treinta años antes, para concluir los contratos con sus clientes, hasta que yo comencé a pedírsela prestada (nunca me preguntó qué hacía con ella) con el objeto de redactar los pequeños artículos que me permitían colaborar bajo seudónimo en La Palabra y El Imparcial, los dos semanarios que se publicaban en San Pedro.
Hubiera debido saberlo entonces, pero los grandes gestos solían evitarse por entonces, C. era el primer fracasado que me fue dado conocer. Muchos de los hombres que podía observar en el barrio, mis vecinos y parientes, nunca llegarían demasiado lejos y a nadie parecía importarle el tema, mientras C. había encontrado su límite en este mundo y cualquiera podía notarlo. No le sería posible convencer a una mujer de que lo acompañara, ya podría recuperar a su hijo, ni escaparía de esa vida rutinaria que Juan Carlos Onetti había comenzado a describir en sus novelas sobre la ciudad imaginaria de Santa María, a la que yo tardé quince años en acercarme.
C. era la conciencia moderna (por lo tanto absurda) de que lo más probable en el mundo actual es que nadie se encuentre nunca a la altura de sus propios sueños. De allí el polvo que se acumulaba sobre cada cosa que había utilizado y él no se molestaba en remover. La muerte llegaría un día, para poner fin a su vida que estaba desprovista de sentido, como indicaban los gestos rituales (levantarse de la cama al mediodía, aunque durmiera vestido, llegar a paso lento al almacén, beber un vasito de grappa, un vermouth, hablar de lo que se diera en el momento con otros parroquianos, comprar algo para almorzar, a veces allí mismo, por ejemplo salame, queso, pickles y pan, recibir la visita de algún cliente o hacer una llamada telefónica para cerrar el acuerdo de un remate); solo era cuestión de ocupar sin impacientarse, el tiempo desmedido que le restara, hasta que la muerte decidiera suministrar un desenlace carente de drama, a la interminable serie de desencuentros que acumulaba su vida.



Lastima, bandoneón, mi corazón / tu ronca maldición maleva. / Tu lágrima de ron me lleva / hasta el hondo bajo fondo / donde el barro se subleva. / ¡Ya sé, no me digás! ¡Tenés razón! / La vida es una herida absurda, / y es todo tan fugaz / que es una curda, ¡nada más! / mi confesión. (Aníbal Troilo y Cátulo Castillo: La última curda)
 

domingo, 9 de enero de 2011

La radio familiar a mediados del siglo XX


Los más jóvenes pueden recurrir a Radio days, el filme donde Woody Allen, siguiendo el modelo planteado por Federico Fellini en Ammarcord, reconstruye su infancia a mediados del siglo XX, para entender el complejo ambiente emocional de las familias que oían radio unidas, y organizaban su rutina en torno a esa situación que desapareció hace un par de generaciones, en parte por la difusión de la TV, pero en mayor medida por la multiplicación de receptores, que disminuyeron su tamaño, dejaron de depender de la red eléctrica y dispersaron a quienes reciben los mensajes del medio.
Durante los ´40, uno se juntaba a oír radio. Eso provocaba silencio y atención de los auditores. Perder una palabra era una pequeña catástrofe, que sumía en el desconcierto. Cuando mi padre oía la narración de un partido de fútbol durante la tarde de un domingo, o un encuentro de box transmitido desde el Luna Park, los sábados en la noche, no se podía hablar en la cocina, y si lo hacíamos, debía ser mediante susurros. Si mi madre estaba cocinando a tres metros de distancia, se cuidaba de hacer ruido o se iba a hacer otra cosa en otra parte de la casa. Por un rato, ni siquiera nos mirábamos unos a otros, porque cada uno estaba perdido en sus imágenes interiores, sugeridas (de algún modo controladas) por las voces de narradores tan hábiles como Fioravanti, Enzo Ardigó, Ricardo Lorenzo (Borocotó), Alfredo Aróstegui, Luis Elías Sojit.
Cuando transmitían las crónicas de Juan José de Soiza Reilly, que era un periodista veterano y respetado, uno de cuyos textos aparecía en mi libro de lectura de tercer o cuarto grado, todos debíamos callar, hasta oír la frase final: “Ya pasó mi cuarto de hora”.
La radio nos acompañaba a los chicos mientras hacíamos los deberes del colegio, pero en ese caso bajábamos el volumen, porque en ese entonces los adultos consideraban que era imposible concentrarse y divertirse al mismo tiempo (eso marca la diferencia con la actualidad, en la que se vuelve difícil hallar a un joven que no esté conectado a un reproductor de música, en la calle, en familia, en clase). Nunca vi a mi madre ni a otras mujeres del barrio, cocinar y oír una radionovela. Menos aún, interrumpir por un rato el trabajo para oír radio. Cuando uno oía, era porque disfrutaba del tiempo libre
La radio de mi familia tenía un gabinete de madera, que no adoptaba la forma de catedral, pero debía ser de los comienzos de los años ´30, cuando los aparatos a galena que requerían de auriculares para los auditores, por el escaso volumen del sonido que reproducían, eran el centro de las reuniones. Nuestra radio era de buen tamaño, tenía pocas perillas y la parte superior era plana. La habían instalado en una mesita alta, con un estante en la parte inferior, donde se guardaban las revistas como Radiolandia o Antena, que traían la programa radial en las últimas páginas.
La radio se encendía a la hora del almuerzo, para que escucháramos el Informativo de Radio El Mundo y luego alguno de los programas cómicos escritos por Miguel Coronato Paz (El Relámpago). Como mi padre era radical, detestaba los microprogramas del mediodía de Luis María Albamonte (Américo Barrios) de abierta filiación peronista, que se transmitía en cadena y se dirigía abiertamente a los auditores. Todos concluían con la frase “¿No le parece?”. Era propaganda, sin duda, y una tan eficaz como la del diario Democracia, que él dirigía y llegó vender medio millón de ejemplares.
A las dos de la tarde, cuando la familia dormía la siesta, yo tenía la radio para mí solo, sintonizaba Diario del Cine de Chas de Cruz, un programa de media hora en el que se incluían datos sobre estrenos de películas y música de películas.
La hora de la siesta era también el momento de los radioteatros de media hora de duración. Había compañías encabezadas por actores famosos, como Rosa Rosen, Delfy de Ortega, Sussy Kent, Hilda Bernard, Jorge Salcedo, Eduardo Rudy, que cambiaban de obras todos los meses. Me parece recordar que hacía las tareas escolares en la gran mesa de la cocina y escuchaba esas historias apasionadas que Manuel Puig ha evocado en Boquitas Pintadas.
Hacia el final de la tarde había programas cómicos y costumbristas como Los Pérez García, Ella y él, que se alternaban con espacios musicales, como Glostora Tango Club o el programa de Héctor y su orquesta de Jazz, donde cantaban Lona Warren y Blackie (antes de convertirse en animadora de la TV). Se acercaba la hora de la comida, durante la cual toda la familia oía los grandes programas cómicos, como Felipe, interpretado por Luis Sandrini.
Los domingos, escuchábamos radio desde el mediodía. Había un gran programa de ambiente gauchesco, en el que se alternaban sketches cómicos, recitado de poesías de Alberto Vacarezza e intermedios de música folklórica. No creo que fuera el mítico Chispazos de Tradición que había sido difundido desde los años ´30, pero estoy seguro de que lo auspiciaba Jabón Federal, un jabón en grandes panes, que era lo más frecuente en esa época en que el jabón en polvo no existía y el jabón en escamas constituía un lujo reservado a prendas finas. Los grandes programas, como El Radioteatro Lux de las estrellas o El Reporter Esso, tenían un único auspiciador, de acuerdo a la tradición que habían establecido las agencias publicitarias que los producían, desde comienzos de los años ´40.
Los sábados eran días dedicados a la radio. A la hora de la siesta llegaba Calle Corrientes, un extenso programa de sketches cómicos. Por la noche, oíamos adaptaciones radiales de películas o transmisiones de representaciones teatrales o narraciones de encuentros de box que se celebraban en el Luna Park de Buenos Aires..
El domingo ofrecía los conciertos de Radio Fénix, que me permitieron organizar mi cultura de música clásica. La radio presentaba una oferta de entretenimiento que la TV no pudo imitar por varios años. Los programas de preguntas y respuestas brindaban un potpurrí de cultura nada sólido, que sin embargo tenía la ventaja de presentar al conocimiento como algo atractivo. ¿Cómo era posible que esos concursantes conocieran tantos temas de manera tan detallada, que podían ganar grandes sumas de dinero con un par de palabras? De manera indirecta, el estudio era presentado como una actividad deseable para cualquiera.
Al fútbol lo mencioné antes. El impacto de aquellas transmisiones radiales fue tal, que aún hoy, los comentaristas de la TV no pueden evitar su reciclaje. Después del deporte venían los programas de música bailable. La gente subía el volumen y efectivamente se bailaba en el interior de las familias. Los jóvenes aprendían a bailar con los adultos. Las parejas nuevas se acercaban delante de los testigos de la familia a la que tal vez habrían de incorporarse.