miércoles, 7 de septiembre de 2011

La fe de los niños

Nuestra Señora del Socorro, San Pedro
A los ocho años me tocó el turno de estudiar el Catecismo, como era inevitable entre la gente que conocía en mi barrio, a mediados del siglo XX. Mis padres no estaban casados por la iglesia, ni tampoco asistían a misa. De acuerdo a las historias que contaban mis tías maternas, ellos habían debido ocultar su situación para que el párroco me bautizara. Mis padres no rezaban, ni tenían imágenes religiosas en la casa (apenas logro recordar una rama de olivo seca, enredada en lo que tal vez fuera un crucifijo de bronce, sobre la cama), a pesar de que en algunas oportunidades mi madre y sus hermanas participaban en las procesiones de San Roque y nos llevaban con ellas, o nos incorporábamos a una peregrinacion al santuario de Luján, con una veintena de vecinos.
En una ciudad pequeña de provincia, una iglesia era más que suficiente para encargarse del culto católico. La ermita de San Roque, construida en 1906, se encontraba marginada respecto del centro urbano y estaba dedicada a un santo que en la actualidad no goza de mucho reconocimiento, pero fue inmensamente popular durante la Edad Media, como comprendí veintitantos años más tarde en Praga, al verlo instalado en la fachada de una de las construcciones del rey Karel IV de Bohemia. San Roque era el protector contra la peste.
De acuerdo a la Leyenda Dorada, mientras curaba en Roma a las víctimas de la peste, con solo hacerles la señal de la cruz, había sufrido el contagio, situación que lo hizo retirarse al bosque, donde un perro lo alimentó con panes que le quitaba a sus amos, mientras duró la enfermedad. Según otra versión, un perro le había arrancado los testículos y así se lo representaba en Praga, con el animal que sostenía una forma indeterminada entre sus dientes.
San Roque
En San Pedro, a mediados de agosto, San Roque era llevado en procesión hasta la iglesia parroquial, donde (según se nos contaba a los niños) pasaba la noche con la Virgen, para volver al día siguiente a su refugio suburbano. La idea del santo acompañante de Nuestra Señora del Socorro era extraña, porque sugería un estado de indefensión y soledad nocturna de la Virgen durante el resto del año.
Las monjas nos mandaron a leer la historia muy linda de María Goretti, una niña mártir por defender la castidad. La monja no quiso explicarnos lo de la castidad, porque era muy difícil. (Patricia Undurraga: Cuando yo era chica)
Ocho años era una buena edad para tomar la primera comunión, porque en ese momento un niño era capaz leer sin dificultades y sobre todo entender lo que leía, a pesar de que el aprendizaje del Catecismo se hacía de acuerdo a una modalidad que permanecía vigente desde el Medioevo. El catequista (Arturo Cueste, sacerdote que acababa de hacerse cargo de la parroquia de Nuestra Señora del Socorro, donde permaneció por más de tres décadas) nos convocaba por las tardes, los niños nos ubicábamos en un lado del templo, las niñas en el otro, el cura leía las preguntas en orden, y uno debía reproducir exactamente las respuestas que había memorizado.
Estampita de mediados del siglo XX
Vivíamos a unas treinta cuadras de la iglesia. Yo recorría a pie la distancia, contando las baldosas flojas que encontraba en el camino. Si llegaba a seis baldosas firmes seguidas, iba a tener suerte cuando me llamaran para demostrar mi aprendizaje. En una de esas tardes de primavera oí las campanas que celebraban el fin de la Segunda Guerra Mundial (tardé en relacionar ese júbilo con la explosión de bombas atómicas sobre Nagasaki e Hiroshima).
El día de mi primera comunión, que debió ser el día de la Inmaculada Concepción, no lo recuerdo. Solo tengo presente la foto que me tomaron días más tarde en el Estudio Bennazar, donde aparezco delgadísimo y de rodillas, delante de un fondo pintado que representa el interior de una capilla gótica envuelta en niebla, con un traje oscuro de pantalón corto, un brazalete de seda blanca en el brazo y las manos unidas, con el devocionario dotado de cerradura de lata dorada que me habían comprado para la ocasión.
Recuerdo el espeso chocolate que nos sirvieron en el patio de la casa parroquial, probablemente con obleas dulces, para quebrar el ayuno después de la misa. La iglesia era un lugar de sensaciones inhabituales, desde el mareante perfume del incienso, hasta las azucenas que ofrendaban a la Virgen, la música del armonio, la liturgia en latín, el sabor de las hostias que debían disolverse en el paladar, en lugar de fragmentarla con los dientes, el de los redondos pancitos de san José que se repartían en su fecha.
Pasada la primera comunión, la fe que experimentaba se debió esfumar poco a poco, porque a los doce años ya no iba nunca a misa, y a los quince o dieciséis, en un verano en que leí el Ulises de James Joyce, no recuerdo a cuenta de qué, hice una apuesta privada, similar a la de Blas Pascal, sobre la posibilidad de creer o no creer, solo que con resultado opuesto al del filósofo. ¿Qué psaría si dejaba de creer? No iba a convertirme en furioso anticlerical, como me tocó ver a tantos conocidos que proclamaban la muerte de Dios, pero comencé a interesarme en el budismo.
Me quedé sin fe desde entonces, a pesar de lo cual conservé la ética cristiana (una más congruente con el calvinismo que con el catolicismo, debo confesar). En momentos de crisis, un par de veces, me he reconfortado con la oración atribuida a san Francisco de Asis, pero no sería capaz de suscribir ninguna de las afirmaciones del Credo.

martes, 9 de agosto de 2011

Fertilidad de las familias


Mi mujer y yo no hemos tenido hijos. Durante más de cuarenta años de matrimonio nos desplazamos demasiado, de un país al otro, por motivos algunas veces laborales y otras políticos, sentimentales también, dificultando cualquier intento de adoptar legalmente. Llegamos demasiado maduros a la época en que se desarrollaron las técnicas confiables de fertilización asistida. Cuando lo intentamos, a comienzos de los ´70, no existían los conocimientos que hoy se disponen y (sobre todo) los tiempos estaban demasiado revueltos en todo el continente, para pensar en el tema. Luego, por nuestra edad, los hijos hubieran sido más bien nietos que no hubiéramos sido capaces de atender. Conozco, entonces, los ventajas (y no pocas limitaciones) de vivir en pareja, encarando los conflictos que dan entre dos adultos, sin las interferencias y puentes que plantea una familia.
Desde chico, la imagen de mis tíos Rosa y Eduardo me acompañó, como la demostración palpable de una pareja que a pesar de sus eternas discusiones, que la familia no tomaba en serio, se amaban más que mis propios padres. A pesar de carecer de hijos, ellos dedicaban un afecto sin límites a todos los sobrinos de la familia, aunque no siempre eran retribuidos del mismo modo. Ser estéril por una causa u otra, de acuerdo a la opinión generalizada, no era una situación digna de respeto, por la limitación generalmente involuntaria que la fundamentaba, sino una discapacidad que salía a relucir cada vez que se pretendía ofender a quien la sufría.
Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir habían decidido no tener hijos ni compartir el mismo techo, pero ese modelo de independencia parecía tan lejano de la imaginación de la mayoría, que resultaba imposible de conectar con la realidad de un país que se pretendía culto y moderno, pero no tardaba en revelarse anticuado en la moralidad. Había que reproducirse, más que disfrutar del sexo. Para la mentalidad tradicional cristiana, que viene desde las epístolas de los santos Pablo y Pedro, solo lo primero justificaba lo segundo.
Mi padre fue el primer hijo hombre de una (desigual) pareja de inmigrantes, nacido después de las dos hermanas mayores y antes que su hermano menor. Sospecho que para mi abuelo, las dos mujeres no figuraban en sus planes de continuidad personal, como comerciante en la periferia de San Pedro. Eran una molestia, cuando necesitaba hijos varones. Aunque mi abuelo se preocupó de asegurar a las dos hijas una educación y no les escamoteó su parte en el patrimonio familiar, repartido varios años antes de su muerte, supongo que esperaba librarse de ellas lo antes posible, mediante un par de buenos matrimonios. Los dos hombres, en cambio, debían ocuparse de los negocios familiares, puesto que en la adolescencia habían demostrado tan escasa disposición para convertirse en los profesionales que el jefe de la familia deseaba.
Vistos a la distancia, los planes de mi abuelo paterno eran racionales y solo tuvieron una falla: la mayor parte de sus hijos se dedicaron a contrariarlo (mi padre hasta mediados de sus veinte años, mi tía Matilde el resto de su vida).
Mi madre era una de las hijas mayores de un grupo de diez hermanos, nacidos en los aledaños de San Pedro, donde para gente de las chacras, tener muchos hijos era la manera de asegurar la subsistencia de una familia, mediante el trabajo no remunerado de todos. Ese esquema tradicional, todavía vigente a comienzos del siglo XX, se mantuvo en otros países del continente hasta dos generaciones más. Cuando pasé por Chile y Venezuela, descubrí familias enormes, como la de mi madre, hijos que habían sido engendrados regularmente, mientras se prolongaba la etapa fértil de las mujeres, como evidencia de la solidez de unión establecida ante la Iglesia Católica o de hecho.
Una familia numerosa, tanto legal como ilegal, era la demostración fehaciente de la potencia sexual del padre y la dedicación de la madre al universo hogareño. Gran parte de la autoridad del hombre surgía de su destreza para preñar mujeres dentro y fuera del matrimonio. El valor de las mujeres casadas, dependía por entonces de su fertilidad. Cuanto mayor fuera el número de hijos que trajera al mundo, mejor la consideraban sus parientes y amigos. No tenerlos, como se presenta en Yerma de García Lorca, era considerado por muchos la señal de una maldición.
En Chile y Venezuela era habitual que un hombre tuviera una familia legal y otra al margen, las dos tan extensas como sus parejas lo permitieran. Las leyes favorecían ese doble estándar, al negar cualquier derecho a herencia a quienes tuvieran la desgracia de haber nacido fuera del matrimonio. En ciertos casos, el reconocimiento de los hijos “naturales” se encontraba obstaculizado expresamente.
En la Argentina que conocí al crecer, los hijos solían nacer dentro del matrimonio. Con cierta frecuencia, la gente se casaba precisamente para que los hijos ya concebidos nacieran de una pareja legalmente constituida. La gente podía reírse de las novias embarazadas, pero el hecho de que esa fuera una causal de matrimonio indica que la institución estaba bien considerada (una situación que parece haber cambiado de manera ostensible en la actualidad).
A mediados del siglo XX, advierto ahora, las familias de mi barrio tenían muy pocos hijos. Uno o dos era lo más frecuente. Los métodos anticonceptivos habían logrado una difusión mayor y la gente los utilizaba sin problemas de conciencia. Una de las amigas de mi mujer, muchos años más tarde, decía que ella, ferviente católica, le agradecía a Dios haber permitido la existencia de anticonceptivos que otorgaban mayor alegría a la vida de una pareja.
Los preservativos se vendían en unos expendedores automáticos de colores brillantes que uno encontraba en los baños de hombres de los bares y estaciones de servicio (supongo que también en las farmacias, pero me pregunto quién era el valiente que se atrevía a dar la cara en esos locales de una ciudad pequeña, donde todo el mundo se conocía).
Me tocó pasar por la revolución de la píldora anticonceptiva cuando me convertí en adulto. Formidable coincidencia, que en su momento no aprecié como tal, porque uno vive más de un cambio histórico sin entender muy bien lo que está pasando. De pronto, las mujeres que desde siempre habían debido defenderse de los avances de los hombres para no quedar embarazadas, se encontraban en condiciones de tomar la iniciativa en materia sexual y dejar de lado la visión de la maternidad como el castigo que esperaba a quienes aceptaran el sexo fuera del matrimonio. Ellas habían sido hasta entonces las elegidas o discriminadas, mientras que el futuro de la píldora les ofrecía el poder de elegir a los padres de su descendencia, chequeando a cuántos hombres estimaran necesarios, hasta localizar al más adecuado, o dejar de lado la maternidad hasta que lo creyeran oportuno.
Disfrute sexual y fertilidad quedaron desvinculados, tanto para los hombres como para las mujeres. Comenzó a ser bien visto que uno lo pasara bien durante las actividades sexuales y no tuviera que preocuparse por la fertilidad. En la actualidad, tras un cuarto de siglo de convivir con el VIH, cuesta recuperar el optimismo sexual de aquellos años ´60. La liberación de entonces ha tenido una resaca prolongada, pero al mismo tiempo, la noción de una fertilidad obligatoria desapareció del horizonte. Desde la Economía a la Ecología, nada alienta a reproducirse de manera indiscriminada.

jueves, 9 de junio de 2011

El depredador en su coto de caza

Lewis Carroll y Alice Liddel
Usaba un bigotito cortado al estilo de los actores de Hollywood, Ronald Colman o Errol Flynn, una prolija línea sobre el labio superior, que debía costarle mucho trabajo mantener. Vestía siempre traje y corbata. Controlaba sus palabras y las risitas con las que planteaba su máscara de trivialidad. Mantenía el brillo de los zapatos impecable. Entró en una familia donde había media docena de niñas de diversas edades, hijas de los hermanos de su mujer. Pudo tratarse de una coincidencia, pero una vez que la detectó, el hombre no iba a desaprovecharla.
Esas niñas se convirtieron en el centro de sus sueños, en las receptoras de sus regalos de adornos para el pelo y ropas a la moda, en sus invitadas para ir al cine, a ver películas autorizadas para menores, durante las funciones de la tarde, cuando las madres se las entregaban, felices de que el tío maduro fuera tan atento que les ofreciera helados antes de la proyección y luego bombones de licor, envueltos en papel metálico, que sus dedos liberaban de la cobertura, para depositarlos directamente en la boca de la agraciada. Con cuidado, sin morder el chocolate, les advertía, porque el licor podía derramarse y manchar la ropa. En caso de que se emborracharan, él las cargaría en brazos hasta llegar a su casa.
Un caballero tan atento solo podía ser visto con un poco de pena por las mujeres adultas de la familia. ¡Ah, si ellas hubieran tenido hermanos o maridos o hijos como él, tan considerado con las damas, incluyendo a las niñas, probablemente porque su mujer no le había podido darle hijos y se permitía maltratarlo verbalmente, delante de testigos, cuando el malhumor la dominaba!
Con frecuencia, las niñas no tenían ganas de ir al cine con el tío, a pesar de que pasaban películas de Walt Disney o Marcelino, Pan y Vino, y las madres las obligaban. ¿Cómo podían ser tan desconsideradas, cuando el tío se tomaba la molestia de invitarlas? Nadie iba al cine solo. Hacerlo era confesar una carencia humillante de compañía. Por algo la gente vestía sus mejores ropas, se peinaba y perfumaba, aunque luego pasaran tres horas sentados en la penumbra, sin hablar con sus vecinos.
Durante las proyecciones dobles, el hombre toqueteaba a su sobrina de turno. Pasaba el brazo sobre el respaldo del asiento, o tropezaba por casualidad con una mano o el muslo, se apoyaba. Jamás nada que pudiera ser denunciado luego. Para los desbordes, estaban las empleaditas más jóvenes de su comercio, que solían ser reemplazadas al cabo de pocos meses, porque se volvían demasiado exigentes, adoptaban poses de dueñas del lugar y él se veía obligado a sustituirlas.
Fragmentos de la biografía de este personaje me fueron llegando muchos años más tarde, cuando sus víctimas eran adultas y podían contar con cierta distancia y burla, todavía mezcladas con vergüenza, sus desmanes. Les había ensombrecido la niñez y el comienzo de la adolescencia con sus toques tal vez más íntimos de lo que ellas estaban dispuestas a reconocer. Al pasar el tiempo, la humillación no terminaba de cicatrizar.
El tío cariñoso era un tema que no se mencionaba en voz alta, como la enfermedad mental de algún primo o el aborto espontáneo de alguna vecina. Eso pasaba, desgraciadamente, y el acuerdo tácito era mirar para otro lado, no darse por enterado. Gracias al pudor de las víctimas, la cacería continuaba hasta que las niñas crecían, y tal como demuestran los textos de Lewis Carroll (Alicia en el País de las Maravillas y A través del Espejo), las niñas iban perdiendo todo su atractivo por el triste hecho de crecer.
Al convertirse en mujeres jóvenes, el depredador dejaba de encontrar en ellas la inocencia que tanto lo excitaba y le permitía reconstruirlas en su imaginación, como víctimas incapaces de defenderse. Las fotos de la pequeña Alice Liddel semidesnuda, cubierta de harapos, en lo que se presenta como el retrato (posado) de una pordiosera victoriana, destruyen para siempre cualquier visión de los textos de Carroll que intente presentarlos como un pasatiempo inocente, una extravagancia. En las fantasías del hombre, probablemente las niñitas lo asediaran, le rogaran que les concediera la oportunidad de hacerlo experimentar ese placer que él obtenía de sí mismo, cuando quedaba a solas con sus fantasmas.
Hace medio siglo, la palabra pedofilia no formaba parte del léxico habitual de la mayoría de la gente. La radio y la televisión no la mencionaban. Cuando el cine argentino presentó una película como El Vampiro Negro (1953) de Román Viñoly Barreto, lo hacía de manera tan estilizada y tremendista al mismo tiempo, que costaba conectarla con situaciones del mundo real.
El depredador que aquí evoco, murió muy viejo, sin ser acusado de ninguno de los abusos que cometió. Las víctimas no hablaban del tema. Durante la infancia, por no tener muy claro lo que pasaba. Luego, para no involucrar a sus padres en un conflicto que solo podía perjudicarlos a todos, comenzando por ellas mismas, cuando el asunto se ventilara.
Tampoco los viejos amigos del hombre, que se reunían en el club para jugar a las cartas todas las tardes, se hubieran atrevido a confrontarlo con la verdad, sin cuestionarse ellos mismos por su inoperancia. ¿Cómo podía justificarse que hubieran pasado tantas horas con él, sin darse cuenta de sus preferencias? ¿Acaso lo sabían y compartían sus gustos, o preferían hacer la vista gorda, por tratarse de alguien con quien compartían un buen rato? Si todos ignoraban los rumores, era porque quizás nada hubiera pasado en la realidad y solo se tratara de malintencionados. Lo mejor en esos casos, era confiar que nada hubiera pasado. Punto.

jueves, 26 de mayo de 2011

Sueños de mujeres jóvenes

Portadas de novelas de Corín Tellado
Aquellos que a mediados del siglo XX estudiábamos la secundaria en la escuela pública, mirábamos desde lejos, con tanta ignorancia como prejuicios, la formación que podía impartirse en un establecimiento privado dirigido por sacerdotes y monjas. La existencia de instituciones como esas, organizadas al amparo de la libertad de pensamiento que garantiza la Constitución, entraba sin embargo en conflicto con la visión laicista de Sarmiento y otros próceres del siglo XIX que uno podía no respetar y sin embargo aceptaba como la más coherente con la modernidad.
Aunque nosotros teníamos Religión y Moral como una de las materias del programa de estudios, y nos exponíamos a ser vistos como judíos o masones si rehusábamos cursarla, imaginábamos la enseñanza de una escuela privada como una rémora inaceptable del Medioevo, donde se castigaba la llegada tarde a misa y probablemente la Tierra continuaba siendo el centro del universo.
Desprender al Estado de la tutela que había sido ejercida por la Iglesia Católica desde la época de la Colonia, fue una de las batallas históricas de fines del siglo XIX en Argentina, que había tenido como hitos la ley de matrimonio civil, el establecimiento de cementerios públicos y la enseñanza laica. Hoy la polémica entre educación laica y educación privada es cosa del pasado, pero llegó a generar apasionados enfrentamientos a comienzos de los ´60.
Mi amiga Susana C. me describe desde San Pedro su experiencia de haberse formado en ese espacio que imaginábamos retrógrado: En la escuela religiosa donde estudié [Nuestra Señora del Socorro] estábamos bajo las órdenes de la Comunidad de la Misericordia y éramos solo mujeres. En cuanto a la enseñanza profesional, no puedo quejarme. Casi todas las egresadas ejercimos la docencia primaria, terminamos nuestras carreras con cargos jerárquicos, pero sin duda lo que nos marcaba era la parte ética, vista desde la perspectiva del catolicismo, donde todo era pecado, cuando entrábamos en la época de los primeros noviazgos”.
Tanta cautela, al acercarse el fin de los años `50 y comienzo de los ´60, una de las etapas más agitadas del siglo XX en cuanto a cambios de costumbres y valores (uno de sus hitos culminantes fue el Concilio Vaticano II que renovó profundamente a la Iglesia Católica), hubiera debido rendir frutos, al formar mujeres preservadas de la compañía masculina durante los estudios, destinadas a una profesión tradicionalmente femenina, conscientes de lo que les correspondía aceptar y desechar de las nuevas tendencias.
A mediados del siglo XX había quedado en claro que la prohibición no era la mejor forma de obtener la obediencia de los jóvenes, que por primera vez eran encarados por la sociedad moderna como consumidores dignos de ser tomados en cuenta.
De acuerdo a mis informantes, en la escuela se rezaba cuando las estudiantes entraban y cuando se retiraban, además estaba la capilla a la que solían concurrir en horas libres, que no eran tales, porque se convertía en horas de oración. La Madre Superiora Quirubina era la directora del establecimiento. Ella enseñaba Botánica, Zoología y Química. Si por cualquier causa faltaba alguno de los profesores seglares (muy pocos) mandaban a las estudiantes a la capilla, a rezar, pero tampoco en ese lugar consagrado las dejaban solas, porque las acompañaba la Hermana Silvia, que enseñaba Psicología y Religión. Raramente quedaban a solas en el patio o en el salón de clases.
Cuesta imaginar desde la actualidad un universo tan estricto y defensivo, respecto de una modernidad que se estaba imponiendo en todos los ámbitos, fuera de los muros del colegio.
En la escuela pública de San Pedro, dominaba el guardapolvo blanco, almidonado, que tanto costaba mantener limpio, ajustado en la cintura, con tablas y vuelo para las muchachas y recto para los chicos. En la escuela religiosa, las estudiantes usaban un uniforme de camisa blanca, con júmper azul cortado en la cintura, la falda con tablas encontradas, larga sobre la rodilla, medias tres cuartos hasta la rodilla, color marrón y zapatos abotinados, negros y bien lustrados. No podía faltar la boina azul en la cabeza. Durante el otoño y el invierno, el uniforme incluía una campera azul sin cuello y con botones. Los días de mucho frío, se cubrían con un tapado azul, de paño muy grueso, cruzado, con botones, cuello solapa, una tabla en la parte de atrás encontrada y una martingala.
En el júmper no debía faltar un escudo blanco con letras en azul que identificaban al colegio. En el colegio religioso que me describen mis informantes, era obligatorio concurrir de uniforme a la misa de los domingos a las 10, y a clase todos los días. Puede imaginarse la satisfacción de adolescentes obligadas a vestir las mismas ropas casi todo el tiempo.
Paula Rego: El hombre almohada
Vestirse igual, comportarse igual, incluyendo las oraciones, coincidir en los mismos horarios, son algunos de los requerimientos de todos los grupos humanos (isopraxis es la denominación técnica) dotados de cierta homogeneidad ideológica. Si los individuos se parecen lo suficiente, y muchos lo necesitan tanto como alimentarse o dormir, pasan a compartir valores y establecer proyectos conjuntos. La vida en sociedad depende del establecimiento de estos rituales que pueden parecer irrelevantes.
En el caso de las mujeres, que la tradición consideraba atadas al hogar, apartadas de las grandes estructuras sociales, el vestuario era (es) una de las formas más eficaces de incorporarse al colectivo. La vida de las adolescentes de entonces, dicen mis informantes, estaba marcada por las prohibiciones de todo tipo. Si las dejaban salir un fin de semana, era hasta el Butti, temprano y acompañadas por amigas. Allí tomaban alguna gaseosa o café. Los padres las iban a buscar, a pesar de que todo ocurría a poca distancia de sus casas. Cuando existían las matinés del club Paraná, las dejaban ir, pero allí también los padres las pasaban a buscar, después haber visto alguna película en el cine. Si los adultos no estaban disponibles, matrimonios conocidos las llevaban a los bailes del Club Mitre. Siempre andaban en grupo y los padres de una u otra chica las iban acompañando hasta sus casas. No conviene imaginar que la diversión vigilada por los adultos fuera todas las semanas. Por lo general, era cada quince días.
Las celebraciones de entonces eran discretas. Mi amiga S.C. recuerda su fiesta de quince, en la casa de su familia, que mi abuelo había construido medio siglo antes en calle Libertad. La comida había sido preparada por sus padres, el vestido lo había cosido su tía, era celeste, con mangas y lo acompañaba con un saco (puesto que las monjas, con celo digno de la cultura islámica, insistían en que las jóvenes que ellas educaban no debían mostrar los brazos). Los invitados eran sus abuelos, sus tíos, los primos y otros parientes, sus compañeras de escuela.
Mis informantes recuerdan un panorama curioso de su paso por la escuela religiosa. Por un lado, sus padres estaban convencidas de que esa era la mejor educación que podían suministrar a sus hijas; por el otro, aunque estuviera en desacuerdo, una adolescente no podía cuestionarlos. Ellos habían elegido esa educación que debían pagar y resultaba bastante cara para la época.
De acuerdo a lo que me cuentan: “Algo muy significativo fue que muchas de nosotras nos casamos con nuestros primeros novios, a pesar de que un alto porcentaje terminó separada y algunas volvieron a formar pareja”. El mundo simplificado, optimista, del amor romántico, las tradiciones a veces opresivas, se estaban quebrando por muchos lados al mismo tiempo, durante la segunda mitad del siglo XX. La prédica de unas cuantas monjas que resistían a la desacralización del mundo, no podía revertir el proceso.
S.C. me cuenta: “De las religiosas que estaban al mando del colegio, recuerdo que la Superiora era muy vieja y falleció en el cargo, mientras otras monjas pasaron por crisis de vocación y dejaron los hábitos. Una de las más jóvenes, terminó casándose años más tarde con el hermano de una compañera de ella, de la misma Congregación. Ese ambiente contradictorio, apegado a las tradiciones y en crisis, resultaba poco menos que inimaginable para quienes pertenecíamos a la misma generación, pero nos educábamos en la escuela pública. Protegida por los altos muros de un convento, en pleno siglo XX, se formaba una mentalidad femenina progresista en más de un sentido, puesto que incluía la decisión de encarar una profesión (la docencia) que permitiera a las mujeres ganarse la vida, y notablemente anticuada al mismo tiempo, porque ponía la constitución de una familia como vocación fundamental de las mujeres.
Roy Lichtenstein:El beso
Las novelas de Corín Tellado dieron forma simultáneamenta banal y perversa (de aceptar la interpretación ya clásica de Guillermo Cabrera Infante) a ese imaginario femenino. Los miles de personajes femeninos que ella inventó durante décadas, reviven los modelos antiquísimos de la Bella Durmiente y Cenicienta, plantean una visión del mundo que debería tranquilizas a las lectoras y las invita a esperar el desenlace feliz a todos sus interrogantes, que un hombre gruapo habrá de suministrarles.
El pintor norteamericano Roy Litchenstein dio forma paródica a esa cosmovisión miope en sus obras pinturas, que reciclan los estereotipos del comic elaborado para mujeres (Sussy), poblado por figuras glamorosas e irreales, volcadas por completo a las emociones amorosas, donde las mujeres se entregan siempre a las decisiones masculinas para otorgarle algún sentido a sus vidas.

domingo, 22 de mayo de 2011

Encuentros (y desencuentros) de parejas a mediados del siglo XX


La verdad es como una novia sin ajuar. (Francis Bacon)

Durante los años ´30, mi padre sostuvo con mi madre un noviazgo de seis o siete años, precaución que no obstante fue insuficiente para que la relación de ambos resultara satisfactoria cuando se casaron. Mi tía Matilde esperó veinte años a Isidro, su novio de juventud, y la opresión de la vida en común derivó en enfermedad mental apenas se casaron. Se habían equivocado en un paso que todo el mundo considera trascendente y no supieron cómo retroceder, para no sufrir las consecuencias de una relación fallida.
Mis tías maternas, a comienzos de los ´40, se casaron después de prolongados noviazgos. Eso era lo correcto en San Pedro, que las mujeres prepararan el ajuar (generalmente con sus propias manos, en lugar de comprarlo) trabajando durante años, tras haber decidido casarse, aunque sin fijar todavía fecha para el evento. Debían bordar el monograma de la pareja en sábanas, manteles y toallas, después de haber adquirido la tela con sus ahorros. Soñar con el ajuar, se consideraba un buen augurio. El matrimonio sería feliz, lo completarían bellos hijos y la aprobación de todo el mundo para la mujer que protagonizaba ese cuento de hadas.
Al hurgar en la memoria, recuerdo las sábanas caladas, que probablemente fueron bordadas en conjunto por mi madre y sus hermanas, que solo en grandes ocasiones se utilizaban en mi casa. Las novias cosían los edredones y camisas de dormir, bordaban los pañuelos, las zapatillas de noche, tejían las mañanitas (como luego los escarpines de sus hijos). Mientras no se casara, la joven no podía usar ninguna de esas prendas.
Desde épocas inmemoriales se repetían estas interminables dedicaciones al ajuar, que suministraban un aura mítica en torno al matrimonio, como el ámbito donde las destrezas de un género se ponían de manifiesto, para exclusivo disfrute de un único espectador, el marido.
Cuando las parejas no disponían de muchos recursos, el tiempo, las habilidades y energías de las novias eran la fuente principal de esos primores, que quedaban (en el caso de mis padres) como monumento a un proyecto largamente preparado y no obstante fracasado.
Un casamiento de apuro (que los había, no pocas veces exitosos, aunque estaban basados en la pura atracción física) se convertía en tema de conversación de hombres y mujeres por un tiempo, pero no tengo la impresión de que nadie fuera discriminado de manera duradera por eso. El tiempo restañaba las infracciones. Hasta las uniones de hecho terminaban por ser aceptadas con el tiempo (a pesar de la indignación de mi padre, que en esos casos aplicaba un código ético que pasaba por alto habitualmente).
Las parejas que se formaban a mediados del siglo XX, dependían de factores tan ajenos a la iniciativa de sus integrantes, como el haberse conocido desde la infancia, haber compartido la escuela o conocerse desde los bailes de fin de semana.
Cuando mi amiga S.C. recuerda su fiesta de quince años, preparada por su familia, en la que ella y sus amigas del colegio religioso tuvieron la oportunidad de bailar. La música la había traído uno de sus primos, provenía de un tocadiscos, donde tocaban discos de 78 rpm. Una de sus compañeras convenció a su padre de que permitiera la asistencia de unos cuantos amigos varones. Por ese entonces, varias compañeras tenían novio. ¿Cómo pudieron conseguirlos, cuando se movían en un ambiente que parece salido del Medioevo?
Existía un grupo de amigos que iban a la escuela pública, con quienes las chicas del colegio religioso se encontraban en los bailes. Deben haber parecido más atractivas, cuanto más encerradas se encontraban. En algunos casos, los familiares del otro género y la misma edad servían de contacto. Uno de los primos de S.C., que disfrutaba el privilegio inusitado de conducir un auto, llevó a la fiesta de quince a un grupo de jóvenes no invitados inicialmente, desde el Butti, donde habían estado esperando que les avisaran la autorización del padre. Tal era el respeto que todos tenían por los mayores, tanto las chicas como los chicos (algo que difiere bastante de lo que sucede en la actualidad).
De acuerdo a mis informantes, las amigas del mismo grupo conocían a sus novios de diversas maneras: algunas en los bailes, otras en las salidas por la calle Mitre durante la tarde cuando salíamos a caminar, mientras se escuchaba la emisora de circuito cerrado Apa, con sus secuencias de publicidad, música popular y noticias.
Las hormonas de las adolescentes eran un factor incontenible, contra el cual las restricciones de las monjas perdían la batalla. Las reglas de la educación religiosa no lograron impedir que muchas se pusieran de novio.
Como después de todo eran chicas serias, de buenas familias, los novios no tardaban en conocer a los padres y someterse a las reglas de comportamiento que ellos imponían. Años más tarde, algunas se quejan de no haber tenido la oportunidad de salir a escondidas y conocer a quienes se convirtieron en su pareja de otra manera.
Una de mis informantes cuenta que conoció a su primer novio (el mismo que iba a convertirse luego en su marido) en una fiesta que se hizo en la misma escuela religiosa, porque él tocaba en la Banda Municipal, y era pariente de una de sus compañeras.
El primer encuentro de la joven pareja fue a la salida de misa del domingo, a la que concurrían obligatoriamente (se pasaba lista). En adelante, se encontraron en las matinés bailables del club Paraná, aunque no por mucho tiempo, porque los padres no tardaron en darse cuenta y los obligaron a verse en la casa. Esto, en lugar de facilitar el conocimiento efectivo de ambos, se convirtió en un obstáculo, porque no les permitían salir por su cuenta. En algún momento decidieron casarse, hasta que la muerte los separara, sin estar demasiado informados respecto de la persona con quien lo hacían.
Casarse con el primer novio era el ideal de las chicas de entonces, como si las decisiones tomadas bajo la ceguera del enamoramiento, pudieran ser las mejores para construir una relación estable.
Más de una mujer se casaba y luego descubría que ese matrimonio había resultado un fracaso, que no existía compatibilidad con el marido, que debía compartirlo con otra, etc. Cuando había hijos de por medio, costaba rectificar la decisión inicial. Las leyes no las favorecían y la publicidad del fracaso era ya una situación humillante. Luego, estaban los medios de vida de una separada. ¿Cómo se las hubiera arreglado aquella que no disponía de una profesión o recursos propios? Cuando la pareja no había tenido hijos, de todos modos costaba iniciar la separación, porque las familias detestaban confesar el fracaso, que podía ser atribuido a la mujer antes que al hombre. No era raro que matrimonios fracasados se arrastraran durante años.
Según mis informantes, el superficial conocimiento con el que las parejas de hace cuarenta o cincuenta años llegaban al matrimonio, terminó revelándose como un obstáculo grave para una convivencia duradera.
En la actualidad, los índices de nupcialidad han descendido en todo el continente. El descrédito del matrimonio era tradicional en países del Caribe como Venezuela, donde la mayor parte de los hijos nacían fuera del matrimonio, pero hoy, tanto en Argentina como Chile, cada vez se casan menos jóvenes y cuando lo hacen es tras haber convivido varios años y haber procreado algún hijo. La gente teme fracasar en una relación estable o considera inútil cualquier compromiso a largo plazo.
Las mujeres separadas en el último tercio del siglo XX, me cuentan, concurrían a sesiones de terapia, con el objeto de superar la experiencia. ¿No era un progreso? En la generación anterior, no hubieran tenido ningún profesional que las asesorara. Algo debía haber cambiado en la mentalidad colectiva, puesto que se las consideraba víctimas y no pecadoras. Se esperaba de ellas que reorganizaran sus vidas, que armaran otras parejas, no que se encerraran para llorar (avergonzadas, golpeándose el pecho) una desgracia irreversible.
Tal vez alguien las mire todavía hoy como las únicas responsables de su desgracia. Debieron tolerar su desgracia con resignación, como una prueba que Dios les ha mandado y sus abuelas ni siquiera mencionaban. Debieron elegir mejor al hombre con el que se unieron de manera tan solemne (aunque nadie las preparó para hacer otra cosa que aceptar la imagen idealizada de los hombres que habían decidido tomarlas como pareja). La misma Corín Tellado, pésima consejera por intermedio de sus novelas de tapa blanda sometidas a la censura de los editores de la España franquista, en la realidad se las compuso para sacar a las patadas de su entorno, al marido ideal que la defraudó. Otros tiempos, otras costumbres. Las parejas fracasan, a pesar de las buenas intenciones, y en tal caso la gente trata de retomar el control de su vida.