jueves, 17 de mayo de 2012

Romerías y otras formas de acercamiento de las parejas

Hombres y mujeres experimentan una atracción mutua desde el comienzo de los tiempos (o desde mucho antes, si aceptamos las hipótesis de Darwin sobre la evolución de las especies). Los animales en los que se han diferenciado los sexos, entran por temporadas en un estado de excitación que tiene como objetivo hallar pareja para la reproducción. Las formas en que esa atracción tan primitiva se manifiesta, varían de acuerdo a las culturas humanas, que intentan poner freno a impulsos como esos, que en gran parte escapan a la razón.
En San Pedro, a mediados del siglo XX, la búsqueda de pareja se daba siguiendo ciertas pautas que a los jóvenes de la actualidad pueden parecerles risibles cuando se las describe, por lo complicadas, prolongadas e infructuosas que resultaban. No es tanto el tiempo que desde entonces ha pasado, pero los quiebres culturales ocurren de pronto y dividen dos épocas hasta volverlas irreconocibles.
En el Medioevo que describe Shakespeare, Romeo descubre a Julieta en un baile de enmascarados que se celebra en la casa de los enemigos de su familia. Por un lado, no debería conocerla ni interesarse en ella, dada la disputa existente entre los dos grupos. Por el otro, la sociedad le brinda mediante los vaivenes de la fiesta en la que hombres y mujeres se acercan, la oportunidad de superar esa limitación y descubrir a la pareja con la que para su dicha o desgracia habrá de ligarse.
Perseguir un rostro en esas romerías de pueblo en las que me deslumbraba una muchacha desconocida y la buscaba guiándome por su vestido o el de sus compañeras, por alguien que va delante y detrás de ella hasta que en cualquiera de las vueltas el orden se desbarata y la muchacha ya no aparece detrás de quien debió aparecer. (Abelardo Castillo: Crónica de un iniciado)
¡Romerías! Las fiestas más concurridas y ruidosas de mi infancia en San Pedro, a mediados del siglo XX. Era una tradición que se había prolongado durante milenios y estaba por desaparecer en esos años. Desde la Antigüedad, la gente peregrinaba en ciertas fechas a santuarios religiosos, con el objeto de reunirse y festejar algún acontecimiento notable, capaz de aglutinarlos. Quebrar la rutina de la vida productiva, compartir un espacio dedicado al ocio, entrar en contacto con posibles parejas, definen tres actividades que en el pasado se relegaban a ocasiones poco frecuentes y por eso más apreciadas.
Hoy los jóvenes se divierten por su lado, a altas horas de la noche, en lugares que los adultos conocen de oídas, y los niños y adultos se aislan en otros lugares, en torno a la televisión o reuniones familiares. A mediados del siglo XX, toda la familia participaba de las mismas fiestas. Para un chico resultaba extraño ver a tanta gente conocida, con otras ropas, que reservaban para las fiestas o gente que uno no solía ver nunca, hablando, riendo, bebiendo cerveza, bailando en la cancha de básquetbol de un club social, engalanada con tantas luces, guirnaldas de papel de barrilete y música ejecutada por un orquesta del lugar o llegada desde Buenos Aires.
Las sensaciones mareaban al chico que no había tocado el alcohol y se limitaba a consumir naranjada o limonada (bebidas de todos modos inhabituales). Recuerdo las Romerías del Club Mitre, porque se hacían a pocas cuadras de mi casa y yo acompañaba a mis tías, a las que se sumaban a veces mis padres. Era emocionante ver de cerca a la Orquesta Característica de Feliciano Brunelli, que conocíamos por la radio Belgrano (¿o pudo ser la Santa Paula Serenaders o Héctor y su orquesta, que tenían programas diarios en Radio El Mundo?). Era el mismo repertorio que habíamos oído tantas noches, cuando nos reuníamos en la cocina, en torno a la radio, después de haber terminado los deberes escolares, pero estar presente mientras los artistas que habían carecido de una identidad precisa ejecutaban esa música, pegados al escenario, hacía toda la diferencia.
El joven Juan Carlos Mareco (Pinocho) era el animador de alguna de esas romerías. También su nombre me resultaba familiar, y verlo como un hombre adulto, de cuya garganta salían tantas voces diferentes, algunas de ellas infantiles, reforzaba el misterio que rodeaba a la radio, en vez de diluirlo.
Mientras yo enfrentaba el mundo de mis fantasías, concretado y desconcertante, las parejas bailaban en la pista. Eran tantos que costaba reconocerlas. Mis tías solteras podían aceptar la invitación de algún conocido o desconocido que se acercara a la mesa donde estábamos mirando lo que sucedía. Ni mi madre ni mis tías que estaban de novio, hubieran podido aceptar cualquier invitación sin despertar la ira de los hombres que las habían reservado para ellos, estuvieran casados o solo comprometidos para hacerlo.
Paula Rego: La danza
Bailar era permanecer libre, fuera del núcleo de los parientes, durante alrededor de tres minutos. Había que concentrarse en la coreografía, porque tanto había que bailar tangos como valses, pasodobles o fox-trots, y la necesidad de no hacer el ridículo ante la pareja de baile y los testigos que observaban del otro lado de la barrera de tablitas blancas no era cosa de olvidar. Mi padre se confesaba “pata dura” y no recuerdo que sacara a bailar a mi madre, ni a ninguna otra mujer. Alguno de mis futuros tíos solo sabía bailar tango y vals, por lo que se abstenía del resto de los bailes, aunque hubiera deseado tener a su novia en brazos más tiempo.
Después de un baile, ellas comentaban las incidencias del encuentro: el perfume excesivo de la pareja, su falta de conversación o las preguntas demasiado personales que ellas se habían negado a responder, la decisión de aceptar o no aceptar una nueva invitación, si la recibían. No eran temas interesantes para un chico. La vida de los adultos corría paralela a la de los niños la mayor parte del tiempo, entre otras razones, porque los adultos se encargaban de mantenerla fuera de nuestro alcance.
Dos o tres veces por semana, se paseaba en San Pedro por calle Mitre, al atardecer y primeras horas de la noche. En mi memoria, las mujeres jóvenes recorrían pausadamente esas cinco o seis cuadras. Iban por una vereda, tomadas del brazo, regresaban por la otra. Aparentemente, pasaban revista a las vidrieras de las tiendas iluminadas, comentaban entre ellas sus asuntos, reían para demostrar que se encontraban sanas, que tenían buenas dentaduras y un mejor estado de ánimo. Los hombres permanecían en el borde de la vereda, mirándolas pasar. En algún momento, unas y otros se detenían a consumir algo en la terraza de la vereda o el salón del Bar Butti: un refresco, un café, un copetín acompañado con aceitunas, queso y otras menudencias.
Crecí sabiendo que entre los adultos pasaba algo que no llegaba entender. Aquellos que habían sido nuestros mejores amigos, de pronto nos apartaban y los veíamos salir en búsqueda de gente de su edad, con una urgencia que resultaba desconocida. Nunca han faltado los datos enigmáticos de la vida de los adultos que los niños aceptan sin preguntar qué significan, puesto que lo más probable era entonces (y sigue siendo ahora) es que los adultos no les respondan la verdad. ¿Por qué la gente caminaba por una vereda de la calle Mitre, yendo hasta una cuadra antes de la plaza de la Iglesia y regresaba por la otra vereda, hasta poco antes de Tres de Febrero? Una red de altoparlantes suministraba música popular y estentórea publicidad.
Por eso entonces, nadie había imaginado habilitar calles peatonales, como la Obligado en San Pedro del siglo XXI, que sigue una corriente de otras ciudades grandes y pequeñas. Ahora las peatonales declaran como principal objetivo facilitar la concurrencia de clientes a los comercios, no el contacto de la gente. En el viejo San Pedro, si se excluía a las confiterías y heladerías, el resto de los comercios estaba cerrado a esa hora, aunque las vidrieras permanecieran iluminadas. En las laberínticas ciudades del Medioevo, la plaza del mercado cumplía la misma función de permitir la exposición y facilitar el contacto de quienes estaban disponibles para formar parejas.
Los corsos del centro una vez por año, las fiestas de la Primavera, las romerías de verano que se celebraban en las sedes de clubes deportivos, los bailes de barrios, que se improvisaban en los sitios con recintos más amplios de la vecindad, como el salón de los Cedraschi o el galpón del almacén de mi padre, brindaban las oportunidades para que las mujeres jóvenes se expusieran ante los hombres solteros, unas y otros vestidos con sus mejores ropas, acabados de bañar, perfumados, con los peinados que consideraban más seductores. Como esas fiestas no eran frecuentes, debían ser aprovechadas como si cada una de ellas fuera la última oportunidad de conseguir pareja.

domingo, 6 de mayo de 2012

Canciones escolares

En las escuelas públicas de hace medio siglo en Argentina se cantaba todos los días, en las mañanas para subir la bandera, en las tardes para bajarla, durante las clases. Supongo que todavía se canta, porque los cambios del sistema escolar pueden ser tan lentos que tres o cuatro generaciones no alteran demasiado los recursos ni la ideología. No es improbable que se trate de las mismas canciones, aunque ahora la música se reproduzca a partir de grabaciones digitales y amplificadores, mientras que por entonces había que generar la música, bien o mal, entre aquellos que estaban presentes y no disponían de conocimientos ni aptitudes para hacerlo.
Tanto les gustara como si no, los niños eran invitados (obligados) a memorizar las letras y melodías de canciones cuyo sentido, con frecuencia, resultaba inasible. El canto hubiera debido establecer un sentimiento de comunidad entre los niños, lo mismo que el uso del uniforme, pero cabe otra posibilidad de entender la situación, me temo. En tal caso, las canciones escolares imponían visiones burocráticas y jerarquizadas del mundo, puesto que eran cantadas por temor a una sanción de los maestros y sin entender lo que se cantaba. Solo se nos exigía que repitiéramos de memoria, no que comprendiéramos lo que decíamos. En el Himno a Sarmiento la sintaxis no ayudaba demasiado y a pesar de ello cantábamos:
Fue la lucha, tu vida y tu elemento
La fatiga, tu descanso y calma;
La niñez, tu ilusión y tu contento,
La que al darle el saber, le diste el alma.
Con la luz de tu ingenio iluminaste
La razón, en la noche de ignorancia
Por ver grande a la Patria tú luchaste
Con la espada, la pluma y la palabra. (Segundino Navarro y Francisco Collecchia)
No era solo un prócer y fundador de escuelas públicas del pasado, Domingo Faustino Sarmiento, a quien se instalaba en un sitio privilegiado, poco menos que un altar laico, sino a los docentes de muchos años más tarde se proclamaban sus herederos directos y se presentaban bajo una imagen redentora de la niñez, que los beneficiaba notoriamente ante el resto de la sociedad, aunque no les significar económicamente demasiado.
Ellos podían ser desinformados o autoritarios, carentes de ideas propias, pero no se los cuestionaba. El maestro, con frecuencia una mujer, era el superior jerárquico que imponía el orden entre aquellos que necesitaban ese aporte e impartía directivas que no podían ser discutidas por los estudiantes. Ellos transmitían los conocimientos que les indicaban sus superiores, a través de un modelo militarizado de la enseñanza. El canto llegaba para celebrar ese acuerdo forzado de todos los participantes del sistema educativo, puestos en filas y eliminada cualquier improvisación.
Algunas canciones tenían un origen que no permitía prever su llegada a una escuela primaria y las gargantas de los niños, como era el caso Aurora, proveniente de una ópera estrenada en 1908, poco antes del centenario de la independencia. Intento reproducir la letra, tal como la cantábamos (y deformábamos involuntariamente):
Altá en el cieelo un águila guerreera
Audaz se eleeva en vueelo triunfal
Azul un aala del color del cieelo
Azul un aala del color del maaar.
Así en el alta aurora irradial
Punta de flecha el áureo rostro imita
Y forma estela al purpurado cuello,
El ala es paño, el águila es bandera. (Héctor Panizza, Quezada e Illica)
¡Cuántas palabras que hubiéramos debido consultar en el diccionario para entender lo que cantábamos! ¡Qué complejidad sintáctica digna de mejor empeño! Había que cantarla y se cantaba, para eludir una sanción, con todos los ripios y fiorituras que nos causaban tanta risa más tarde, aunque exigiera una destreza vocal que nos resultaba inaccesible y no se entendiera casi nada. Fuera de la escuela, nos burlábamos de la falsedad de todo eso, que no podíamos identificar con el repertorio lírico. Cantar Aurora era tan desubicado como cantar No llores por mí Argentina en la actualidad.
Más próxima a los estudiantes era la marcha Mi bandera, que ayudaba a marcar el paso durante los desfiles del 20 de junio o el 9 de julio:
Aquí está la bandera idolatrada,
La enseña que Belgrano nos legó,
Cuando triste la Patria esclavizada
Con valor, sus vínculos rompio. (Juan Imbroisi y Juan Chassaing)
Esas eran ideas simples, aunque se refirieran a circunstancias tan distantes como los comienzos del siglo XIX. Uno hablaba de la Independencia o de la Colonia como de asuntos familiares, gracias a las elementales lecciones de Historia y Educación Cívica que recibíamos. El origen de los símbolos patrios era uno de esos temas destacados por el programa escolar. A la distancia, veo que no se nos permitía entender la actualidad de los grandes conflictos del pasado. La descripción de la lucha de los fundadores del país contra la metrópoli española de un siglo y medio antes, no se conectaba con la oposición al capitalismo inglés que marcó los primeros años del peronismo.
Los símbolos nacionales se encontraban por encima de todo eso.
Salve, argentina bandera azul y blanca
Girón del cielo donde impera el sol;
Tú la más noble, la más gloriosa y santa
El firmamento su color te dio. (L.Corretjer)
Las metáforas en torno al cielo, las nubes y el sol, indican que el sentimiento patriótico era más decorativo que informado. La Historia se convertía en una sucesión de anécdotas bélicas, que recordaba triunfos viriles y anunciaba una paz sin fronteras para el futuro.
Febo asoma, ya sus rayos
Iluminan el histórico convento,
Tras los muros, sordos ruidos
Oír se dejan de corceles y de acero;
Son las huestes que prepara
San Martín para luchar en San Lorenzo
Y el clarín estridente sonó
Y la voz del gran jefe
A la carga ordenó. (J.C.Benelli y C.A. Silva)
No tengo muchas dudas sobre el objetivo que se buscaba al obligarnos a repetir estos versos. Al cantar, se nos preparaba para aceptar una imagen más que improbable del país, donde se celebraba sin críticas de ningún tipo el pasado heroico y no existía ningún conflicto actual, capaz de turbar la construcción de un único futuro. A mediados del siglo XX, tras el espectáculo de la Segunda Guerra Mundial que había ocurrido tan lejos y dejado tantos beneficios para la autoestima del país, eso era todavía posible de aceptar sin esfuerzo. ¿Cómo se las compusieron los maestros para conservar un repertorio tan alejado de la realidad en décadas posteriores, cuando la violencia interna y la ilegalidad en el poder, causaron tanto daño al país? ¿Cómo resonaban esas canciones? ¿Qué incredulidad e irritación se incubó en los estudiantes que continuaban siendo obligados a reproducirlas?

domingo, 29 de abril de 2012

Vida Provinciana

Felisberto Hernández
He revuelto mucho los recuerdos. (…) Les debo haber echado por encima conceptos (…) que los modificaron; los debo haber cambiado de posición, debo haber cambiado el primer golpe de vista, debo haber mirado unas cosas primero que otras, en un orden distinto al de antes, pues muchos de los que llegan a la conciencia son obligados a ser concretos y claros. Algunos me deben haber engañado con audacia, con gracia, con nuevos encantos y hasta deben haber sido sustituidos con cosas que les han ocurrido a otros, cosas que yo he visto (…) como mías. (Felisberto Hernández: Por los tiempos de Clemente Collins)

1. La memoria inventa (o si se prefiere: miente sin darse cuenta, porque no puede evitarlo) cuando ofrece su repertorio de personajes y situaciones del pasado. Después de tantas búsquedas infructuosas de recuerdos, uno se resigna a la idea de que probablemente no hay nada que sea demasiado confiable en las imágenes de su propia juventud que atesora, pero goza de la ventaja de que tal vez nadie lo contradiga cuando las falsifica.

2. He conocido otras ciudades y otras gentes que no sospechaba antes de comenzar un viaje que no he terminado y ni siquiera se planteaba como tal cuando fue iniciado. Aprendí otras lenguas, intenté acomodarme a otras costumbres. Durante muchos años, más de la mitad de mi vida, residí en países a los que me costó adaptar. No obstante los cambios que sobrellevé, continúo siendo un provinciano de este planeta.

3. Home, sweet Home. La simplificación extrema de los eslogans comerciales y las canciones populares logra instalarse en la conciencia de cada uno, como verdad suprema, una simplificación que de acuerdo a todas las evidencias miente.

4. Si el territorio natal fuera tan amable como uno lo imagina cuando se encuentra lejos, ¿quién hubiera aceptado dejarlo? ¿Quién nos hubiera obligado o tan solo invitado a dejarlo, sin hallar inmediata resistencia?

5. Nací en un barrio en los aledaños de un pueblo al que no he vuelto después de más de medio siglo, y bastante a mi pesar he terminado por reconocer el rol privilegiado que tiene en mi memoria ese lugar y esa época. Es el museo de mi infancia y mi adolescencia (también su infierno, si recuerdo con objetividad los detalles). Un territorio clausurado, inaccesible para mí, condenado a permanecer tal como fue en la memoria. Solo me permito asomarme después de tomar las debidas precauciones para que no me devore.

6. Cuando era un adolescente, los diarios, los libros y las películas se convirtieron en los vehículos que me permitían escapar de un mundo que consideraba estrecho, aunque no estuviera en condiciones de entender por qué. Fue un sacrificio que me privó del contacto con mis raíces, pero no consigo imaginar qué otra cosa hubiera podido hacer, por erradas que fueran mis decisiones. Uno se define cuando toma opciones y paga las consecuencias, no cuando las posterga.

7. La fama pueblerina es una de las situaciones más temibles que logro imaginar. Que llegado el momento de alcanzada, no haga falta ya ningún esfuerzo adicional para completarla o desmentirla, porque todos te conocen bien (o al menos creen que te conocen) y todos te aprecian (o detestan) sin posibilidad de alterar el acuerdo establecido. ¿No es lo más parecido al eterno bostezo de la muerte?

8. A pesar de lo que puedan pensar aquellos que no se encuentran en tu lugar, no hubieras podido permanecer mucho tiempo en el territorio provinciano del que saliste, convencido de que para ti al menos era un encierro inaceptable. No hay nostalgia posible en tus sentimientos, ni planes de recuperar el pasado. Cuando recuerdas lo que dejaste atrás, es para celebrar que ya no tengas nada que ver con eso.

9. En la vieja fábula de Esopo, el ratón citadino que visita al ratón campesino, le pinta a su amigo una imagen envidiable, pero distorsionada de su propia existencia. Si el diálogo resulta verosímil, si nos proyectamos en esos dos personajes tan distantes de nosotros y les atribuimos nuestros sentimientos sobre el tema, es porque comenzamos por aceptar el improbable diálogo de dos ratones que usan nuestras palabras para expresar nuestros sentimientos.

10. Tal vez no halle el espacio más adecuado para desarrollar mi potencial, ni disponga de mucho futuro en este rincón que suelo ver como un bastión contra el mundo amenazante, pero es imposible negar que el estar aquí otorga impulso y sentido a una disconformidad con la que he terminado por identificarme. Si fuera demasiado feliz, si finalmente nada me incomodara, ¿quién sería?

11. Los vecinos de su pueblo lo vigilan y (antes o después) él es también quien vigila a sus vecinos. Tiene a veces la impresión de estar encerrado en un sistema bastante laxo, pero no por ello menos eficaz cuando se trata de reprimir a la gente (como podría ser también para ayudarla). Sin duda, es el guardián de aquellos que sin embargo lo controlan. Puede parecer a veces que se queja, pero no halla una manera mejor de sentirse acompañado.

12. Tarde o temprano, la experiencia de formar parte de un grupo humano que se consolidó hace tiempo, suele suministrar el impulso más adecuado para quien trate de hallar su propio camino, desafiando las convenciones de la mayoría. Cuando alguien experimenta la estabilidad, no tarda en buscar el desequilibrio.

13. Vivir en una gran ciudad, rodeado (diré mejor, asediado) por la vecindad de millones de desconocidos que no prestan atención al resto, parece ser la forma ideal de aislarse para todos ellos, hasta que la soledad se les revela como un ahogo intolerable, que no saben cómo controlar.

14. Vivía pegada a la ventana, detrás de cortinas que impedían reconocer su presencia, con el objeto de averiguar los movimientos de los vecinos que pasaban frente a su casa. En el Panóptico de Bentham, el carcelero tenía la misión de vigilar a los presos. La vecina escondida aceptó convertirse en prisionera de aquellos que espiaba, aquellos que a pesar de su desconfianza daban sentido a su vida.

15. Provincianas en el interior de la provincia: las mujeres del barrio vivían hace medio siglo su aislamiento en el hogar, sin disfrutarlo ni protestar. Hubieran debido ser tontas para aceptar lo primero y demasiado arriesgadas para intentar lo segundo. Los tiempos estaban cambiando. Esa era toda su esperanza, aunque la vida se les fuera sin ver los resultados.

16. Después de vivir en el anonimato habitual de las grandes ciudades, ¿te adaptarías a la sobreexposición interminable del pueblo, donde todo lo que existe llegó a ser lo que es, poco a poco y sin otras interrupciones que las fallas de memoria?

17. Tu regreso no les hace ninguna falta a tus coterráneos y probablemente no habrían de recibirte con los brazos abiertos, porque llevas contigo la marca de la distancia, como la señal delatora del crimen, que Dios puso en la frente de Caín y nadie puede quitar.

18. El que se fue no hace falta / (…) en el juego de la vida / unos vienen y otros van, proclaman los versos del guaguancó de Tito Rodríguez. Suena cruel para quienes se atormentan pensando que podrían regresar con las mejores intenciones, aunque no les convenga, pero al menos confirma el sentimiento generalizado de aquellos que por falta de oportunidades o iniciativas se quedaron.

19. No hay que mirar atrás, advierten los mitos. La mujer de Lot queda convertida en estatua de sal. Orfeo pierde definitivamente a su mujer en el Infierno. Una vez que alguien se aleja del territorio en el que por el azar de nacer hubiera debido permanecer, cualquier nostalgia está de más.
Ulises contra los pretendientes de Penélope

20. Después de colaborar en la ruina de la invencible ciudad de Troya, Ulises descubre que nada le importa más que regresar a Itaca, su isla natal, donde lo aguardan su esposa, su hijo, las tareas nada gloriosas de todos los días. Antes de partir para Troya, Itaca no pasaba de significar el encierro de una rutina doméstica, probablemente fácil de sobrellevar, pero indigna del potencial de alguien como él. Cuando está lejos, Ítaca se convierte en la visión del paraíso inalcanzable para un héroe, que debe luchar contra los hombres y los dioses para recuperarlo.

21. Según Fray Luis de León: ¡Oh, descansada vida / la que huye del mundanal ruido / y sigue la escondida senda / por donde han ido / los pocos sabios / que en este mundo han sido! Intenta despojarte de los hábitos de la vida en sociedad y pronto verás cómo te mueres de tedio, antes de que ningún sabio se te cruce en el camino, para intentar convencerte de lo que has ganado, al perder aquello que realmente deseabas.

22. Según Eduardo Galeano, si Beethoven hubiera nacido en Tacuarembó (una localidad uruguaya) habría llegado a ser director de la banda municipal. Por suerte para él, no es demasiado probable que en tal caso tuviera ninguna conciencia de ser Beethoven.

23. En un pueblo de provincia, las tres hermanas de Anton Chejov languidecen por la distancia que las separa de la civilizada Moscú. Si estuvieran en Moscú, probablemente suspirarían por la cosmopolita San Petersburgo. Si estuvieran en San Petersburgo, desearían estar en Paris. La felicidad es imposible para quienes se niegan a reconocer el territorio de sus verdaderos conflictos.

24. ¿Acaso en el mundo actual, avasallado por la red de comunicaciones instantáneas, queda en pie algo que pueda ser denominado como vida provinciana? Probablemente sí, la convicción de ser espectadores de un drama que ocurre siempre en otra parte y recuerda (como si hiciera falta) que uno está al margen de aquello que lo conmueve. Eso no ha cambiado. Eso se ha vuelto más urgente y ofensivo que un siglo antes.

lunes, 5 de marzo de 2012

Comparaciones incómodas: Presente y Pasado

Brigitte Bardot: hoy y ayer
Mais où sont les neiges d`antan? (François Villon)
¿Te acordás, hermano? ¡Qué tiempos aquellos! / Eran otros hombres más hombres los nuestros. / No se conocían cocó ni morfina, / los muchachos de antes no usaban gomina. (Francisco Canaro y Manuel Romero)
Todo tiempo pasado fue mejor. (Refrán anónimo)
No es que el tango mintiera descaradamente cuando fue escrito, porque las drogas se consumían desde siempre, aunque no en sectores tan amplios de la sociedad como sucede ahora, y si bien la gomina no había sido inventada a comienzos del siglo XX, los hombres disponían de aceite de macasar y otras substancias que les permitían domar el pelo más rebelde. El tango comparaba, como Villon en el Medioevo, su actualidad con el pasado, con el objeto de otorgarle al pasado un valor insuperable, doloroso (porque siempre fue mejor que el presente y a pesar de ello, dejó de existir).

1. Ayer, Brigitte Bardot era la imagen deliciosa de la juventud que se rebelaba contra los valores tradicionales, comenzando por el pudor. Hoy es una anciana que vota por la derecha y defiende la causa de los animales. ¿Pudo haber envejecido sin traicionarse? Su respuesta ha sido NO.
2. ¡Oh, venganza inapelable la del Tiempo! Alain Delon ha envejecido, tal como he envejecido yo, que nunca disfruté el privilegio de ser el adorado por millones de mujeres Alain Delon. Por lo tanto, él debe haber sufrido más que yo la pérdida de la fama y la juventud. Yo puedo esconder o destruir mis escasas imágenes juveniles, mientras él tiene decenas de películas que testimonian su perdido esplendor.
3. A medida que se acumulan los años sobre el observador, tiende a comparar antaño con hogaño, sea para preguntarse si acaso hay diferencias significativas, como también si algo se ha ganado o perdido con el tiempo. Es difícil añorar la época en que la gente moría poco después de los treinta años y limitaba su horizonte a su barrio, a su pueblo. No es un juego divertido para compartir con las nuevas generaciones, que viven hiperconectadas con los medios y al presenciar cualquier discurso sobre el pasado se sienten excluidas, como cuando dos o más parientes se ponen a hablar en otra lengua, que nadie más conoce, durante una reunión familiar. ¿Qué pretenden? ¿Demarcar territorios privilegiados que al resto les está prohibido? ¿Demostrar que hay experiencias inalcanzables para el resto?
4. Ayer los estudiosos no dudaban de los beneficios de una educación clásica, que los obligaba a memorizar un respetable volumen de datos acumulados por incontables generaciones y aprender un par de lenguas muertas, entre otros tipos de gimnasias mentales que entrenaban sus disponibilidades para elaborar conocimientos menos apolillados que los recibidos. Hoy se aprecia sobre todo la actualidad, la inmediatez, que al parecer se regala y minuto a minuto se desactualiza.
5. Ayer los roles de hombres y mujeres, de viejos y jóvenes, de pobres y ricos, de citadinos y campesinos, se encontraban perfectamente diferenciados y las excepciones resultaban notables (graciosas o discriminadoras, de acuerdo al criterio del observador) pero en el fondo irrelevantes. Cada uno sabía quién le había tocado ser, quien iba ser (le gustara o no) por el resto su vida y si por casualidad se le olvidaba en el camino o lo disimulaba, era en homenaje a las convicciones de la mayoría. ¡Nada de inyecciones de botox, ni tinturas para el pelo, ni lentes de contacto, ni las imitaciones baratas de costosa ropa de marca, ni el look andrógino, ni una larga serie de sustitutos de lo auténtico!
6. Ayer se caminaba dentro de la ciudad, aunque se tardara más en llegar adonde se iba y resultara en ocasiones aburrido repetir los mismos recorridos, pero también se disfrutaba de la oportunidad de saludar de lejos o detenerse a conversar con los conocidos. Hoy se necesita un auto que permita ganar tiempo, que limita los diálogos y plantea el problema de dónde estacionarse una vez que se llega.
7. Ayer la gente redactaba cartas extensas, en las que tal vez no comunicaba mucho, dado el peso que tenían las inevitables fórmulas de cortesía, empleando una fina letra cursiva inglesa y un vocabulario culto que debió costarle tanto esfuerzo como si fuera otro idioma, aunque tuvieran que romper una infinidad de borradores en el camino y pedir la ayuda de parientes o amigos. ¡Nada de teléfonos celulares, tweets indescifrables o mensajes de texto!
8. Ayer las familias se reunían para comer, después de que al menos las mujeres se reunieran durante horas para cocinar, circunstancia que les permitía socializar fórmulas de cortesía y hablar entre ellos, aunque solo fuera para disimular el incómodo silencio que se denuncia entre aquellos que no se entienden demasiado y tampoco tienen otros interlocutores. ¡Nada de radios o televisores que usurpan el rol de emisores privilegiados que abusan del silencio de los demás, nada de bandejas separadas!
9. Ayer íbamos al cine o al teatro, para encerrarnos durante un par de horas con decenas de conocidos o desconocidos que disfrutaban en compañía de un espectáculo que nos invitaba a emocionarnos, reír o aplaudir juntos. Hoy, cuando estamos solos, nos acompañan las risas grabadas de la televisión, las miradas a la cámara de los periodistas y conductores.
10. Ayer los pobres podían pasarlo bastante mal, como estaban acostumbrados a pasarlo desde que tenían memoria, pero lo hacían discretamente, resignados, de puertas para adentro, de hambres calladas, de ropa teñida y zurcida con esmero, para aguantar otra temporada más, de zapatos con taco de goma y media suela, de empleos vitalicios pero sin futuro. Pensar en alterar situaciones como esas, se encontraba fuera de discusión, lo mismo que exponer sus estrechuras ante la comunidad, que no las ignoraba, ni prometía hacer mucho por mejorarlas. ¡Nada de tarjetas plásticas, aunque en el almacén se tenía una libreta donde anotaban las compras que iban a ser pagadas cuando se cobrara a fin de mes y en algunas tiendas ofrecían créditos de seis cuoatas a sola firma!
11. Que ayer no hubiera pantallas planas de televisión, ni computadoras, ni teléfonos celulares, dejaba disponibles los ojos para la lectura y los oídos para la radio. Oír con los ojos cerrados, imaginando la acción que corresponde a lo que se oye, era una costumbre que rara vez abandonan aquellos que la adquirieron, porque permite concentrarse mejor (y no pocas veces, entender mejor) lo que se oye.
12. Ayer las parejas jóvenes se casaban después de prolongados noviazgos, convencidos de que lo hacían para siempre, con aquellas personas que el Destino les había deparado, no sin antes haber sido conocidas y aceptadas por la familia, de manera tal que si el proyecto derivaba en fracaso tras el matrimonio, afrontaban con evidente resignación el malhumor o los golpes o los cuernos que podían presentarse en el camino.
13. Ayer las mujeres golpeadas por sus parejas, ocultaban su vergüenza, porque probablemente debían tener alguna responsabilidad en la situación que sufrían. En más de caso, podía sospecharse que disfrutaban el rigor, como una forma de cobrarles faltas ocultas, de las que mejor no se hablaba. ¡Quejarse hubiera sido perder el tiempo! En la actualidad, asisten a los reality shows de la televisión, y si lo prefieren de espaldas.
14. Ayer los niños abusados por los adultos, que nunca faltaron, ocultaban su vergüenza por el resto de la vida, no fuera que se los estigmatizara de por vida por ese daño que habían sufrido y en ningún caso buscado. Ayer los adultos abusadores tenían por delante un futuro de abusos tolerados y sin castigos, dado el descrédito que acompañaba a los intentos de cualquier menor que se opusiera y pidiera auxilio. ¡Nada de confesiones oportunas o tardías, tampoco nada de denuncias a la Justicia!
15. Ayer los preservativos eran un método anticuado y algo sucio de control de la natalidad, por lo que su expendio se efectuaba discretamente, en los baños de hombres de los bares, junto a los mingitorios, como quien se niega a reconocer una existencia que no enorgullece a nadie. Hoy se anuncian en las farmacias.
16. Ayer los anticonceptivos que a partir de los años ´60 convirtieron a cada mujer en la responsable de embarazarse o no, todavía no calaban en el imaginario femenino. Ellas parecían condenadas a ser siempre las víctimas de las pasiones masculinas. Hoy, que se conocen mejor que nunca los peligros de las enfermedades de transmisión sexual, las mujeres más jóvenes se dan el lujo de descreer en los anticonceptivos o imaginar que mañana resolverán cualquier problema.
17. Ayer la prostitución se ocultaba a la vista de la mayoría, como los gestos de la higiene personal. Si alguien quería disfrutarla, sabía cómo hacerlo, sin hallar otros obstáculos que su disponibilidad financiera. En la actualidad se exhibe en las calles, tanto de noche como de día y hasta pasa a formar parte del patrimonio turístico del lugar donde se ofrece.
18. Ayer las drogas eran consumidas por unos pocos, a los que se miraba con cierta pena, sin demasiada intención de ofrecerles ninguna ayuda, porque después de todo era justo que ellos pagaran con el aislamiento social su desafío a la opinión dominante. Hoy es difícil sustraerse al activo mercado, que parece tener más poder que los poderes públicos.
19. Ayer los alcohólicos no pasaban de ser unos pobres tipos, tolerados por todo el mundo, que en ciertos casos daban risa y en otros lástima. Las mujeres quedaban misteriosamente excluidas del vicio de los hombres. Bastantes problemas tenían ya con las parejas que las deseaban o vigilaban, para que imitaran también las debilidades masculinas. Hoy, lo que el alcoholismo ha pasado a ser visto como una enfermedad crónica, no enorgullece a nadie, aunque todavía se señala con el dedo.
20. Ayer el bailarín exhibía a su pareja durante no más de tres minutos, como un trofeo todavía con vida, reducido a la más completa obediencia, transformada en una continuación de su propio cuerpo, tan atractiva que los demás hombres pudieran observarla sin disimulo y hasta con envidia por el fugaz control facilitado por la música. Hoy, cada uno se las compone por sí mismo, no comparte con nadie la atención que puedan prestarle, sigue buscando compañía hasta cuando no está solo.
21. Ayer los jóvenes afirmaban tomar como modelo de vida a los adultos que tenían cerca, sus padres y vecinos, dejándolos satisfechos con esas declaraciones, aunque les constara que se trataba de modelos que comenzaban a resultar impracticables. Hoy, nos faltan los jóvenes que desprecian a los adultos y los adultos que miran con horror a los jóvenes.
22. No muchos jóvenes ingresaban ayer en la Universidad, la mayoría de ellos decididos a preparar su futuro en la profesión liberal que hubieran elegido. Hoy ingresa casi todo el mundo que se lo propone y en muchos casos la más completa desorientación reina, cuando no el proyecto de demorar por cinco o seis años la entrada en las responsabilidades de la edad adulta.
23. La izquierda y la derecha políticas podían reconocerse ayer sin dificultades. La gente se peinaba y vestía de acuerdo a su militancia política, cargaba debajo del brazo algún semanario o libro que los identificaba, utilizaba un discurso que era el mismo que se le había oído a los de su sector durante generaciones, y no intentaban confundir a su auditorio camuflándose precisamente como el adversario.

miércoles, 29 de febrero de 2012

La mala vida


Madame Ivonne / la Cruz del Sur fue como el signo, / Madame Ivonne / fue como el signo de tu suerte… / Alondra gris / Tu dolor me conmueve, / tu pena es de nieve / Madame Ivonne. (Luis Visca y Enrique Cadícamo: Madame Ivonne)

Mujeres perdidas, crucificadas por el comercio sexual y el consumo de drogas, alcanzables para todos aquellos que estuvieran en condiciones de pagarlas, y en ese caso, de todos modos distantes, por provenir de otras culturas. Las prostitutas europeas llegaron a América del Sur traídas por organizaciones mafiosas, francesas en algunos casos, polacas en otros. La “trata de blancas” (de acuerdo a lo que se decía entonces, comparándolo con el tráfico de esclavos negros) y el funcionamiento de los prostíbulos, se legalizó en Argentina hacia 1875, como ha demostrado el estudio de Eva Giberti. Las autoridades municipales y la policía local, quedaban encargadas de definir los límites concedidos a las zonas rojas, el registro de quienes se dedicaba a ese oficio y de las periódicas inspecciones médicas, tal como se acostumbraba en Europa. La prostitución podía ser tolerada, siempre y cuando se restringiera su ejercicio a lugares que lo quitaban de la calle y permitían atender las enfermedades venéreas.


El tango se hace bronco, un espasmo nos retuerce el alma. Se recuerda entonces el placer rojo y terrible de aplastarle a puñetazos la cara a una mujer, o también goce de bailar trenzados con una hembra esquiva en una milonga asesina, o también el dinero que nos dio la mujer que nos inició en la vida, billete de diez pesos que eslla sacó de la liga y que nosotros recibimos con alegría temblorosa porque ese dinero lo había ganado acostándose con otro. (Roberto Arlt: Las fieras)

Explotar mujeres era una actividad tolerada por el Estado. Las actividades de prostitutas menores de edad se encontraban prohibidas… ¡excepto que ellas hubieran sido iniciadas tempranamente! En ese caso, puesto que la recuperación se estimaba impensable, ¿por qué oponerse a que continuaran su carrera de perdición, que después de todo permitía recaudar jugosas comisiones entre los inspectores, distribuir drogas y atender la demanda de una masa de inmigrantes varones que carecían de pareja?
Un obrero podía ganar $ 1,50 por mes. En la segunda década del siglo XX, una prostituta nativa cobraba un peso por sus servicios, una polaca dos, una francesa cinco. Que en gran medida se tratara de víctimas de una explotación despiadada, nadie lo ignoraba, pero al mismo tiempo no se creía posible terminar con una actividad como esa, que producía tanto dinero. La historia de Raquel Liberman, explotada durante años por una organización mafiosa especializada en comprar y vender mujeres europeas, que se atrevió a denunciar la actividad, conmovió al país en 1930, cuando el régimen militar que había derrocado al gobierno de Hipólito Irigoyen prometió moralizar la sociedad.
En diciembre de 1936 se dictó la Ley 12331, llamada Ley de Profilaxis que prohibía el ejercicio de la prostitución en locales dedicados exclusivamente a esa actividad. Se atacaba directamente el desempeño de las mafias, que explotaban a miles de mujeres y sobornaban a las autoridades, mientras se abría el camino para la prostitución encubierta. Desaparecidos los controles sanitarios que habían sido posibles mientras las mujeres estaban reunidas en los burdeles, aumentaron los casos de enfermedades venéreas.
Y así fue en la pendiente fatal, / del cabaret al hospital, / y a ninguno encontró que por su mal / tuviera compasión, / pues sin razón la dejaron sufrir / y a su ilusión la dejaron morir. (Contursi y Cobián: Carne de Cabaret)
Antonio Berni:La gran vida
De uno de nuestros vecinos se contaba que había comprado a su mujer en un burdel de Rosario, para instalarla en una casita donde no se permitía la entrada de los vendedores ambulantes y ella apenas salía al patio para tender la ropa, alimentar al perro o ir al excusado. Esa historia la escuché después de que ella desapareció con las pocas prendas que le pertenecían, imagino que abrumada por los celos de su pareja, que la mantenía desconectada de todo aquello que pudiera relacionarla con el pasado. Él hacía las compras, él le había dado un par de hijos que la mantenían ocupada, él había adoptado un perro que deja suelto e impedía el acercamiento de extraños, cada vez que salía a trabajar.
Supongo que fue el mismo hombre quien divulgó la procedencia de la mujer, cuando ella lo dejó, con el objeto de mancharla a ella y presentarse a sí mismo como la víctima de una desagradecida. ¿Qué podía esperarse de alguien que se había vendido o había permitido que la vendieran? Más que víctima de la mala vida o de aquellos que se consideraban decentes y no iban a perdonarle que resultara tan atractiva, ella no merecía la redención que Jesús otorga a la Magdalena.
En Los Isleros (1951) la película que Lucas Demare filmó en San Pedro, adaptando una novela de Ernesto L. Castro, su protagonista, La Carancha, vive inicialmente sola, en un rancho no muy lejos de Las Canaletas. El cine argentino de entonces estaba sometido a una censura que adoptaba ciertas normas del Código Hays, vigentes en la industria de Hollywood. Tita Merello interpretó a lo largo de su carrera, a una serie de prostitutas que no terminan de definirse como tales. En Los Isleros, la prostitución ocasional es una de las motivaciones más probables de esa mujer sola, mal vista por sus vecinos, que sabe defenderse a cuchilladas de los hombres que intentan abusar de ella.
Antonio Berni: Grabado
Por ley, no estaban permitidas las instalaciones llamativas, ni la difusión de anuncios (ni siquiera las discretas tarjetas que podían distribuirse en bares u otros lugares poblados por hombres) como hubieran aconsejado hoy los expertos en marketing. Los zaguanes debían tener dos puertas sucesivas, para evitar la visión o audición de lo que pasaba dentro. Las ventanas que dieran a la calle, tenían que estar protegidas por persianas fijas. No había carteles, ni luces rojas sobre la puerta, como se cuenta en La Maison Tellier de Mauppassant. El burdel no podía estar cerca de templos, escuelas u otras instituciones respetables. Por eso no era raro que se presentara como otra cosa: un bar, una pensión que se encontraba instalada en una ciudad pequeña, donde todos los clientes posibles eran amigos o incluso estaban emparentados, y bastaba la comunicación boca a boca de los hombres, para que al cabo de unas horas todos supieran de su existencia y (más aún) acordaran un pacto de silencio delante de las damas y los menores de edad.
Un burdel se abría en cualquier sitio donde hubiera cierta cantidad de hombres solteros, que dispusieran de algún dinero, necesitados de mujeres y alcohol (no importaba el orden de los factores, porque los dos iban a combinarse tarde o temprano). La pampa argentina era uno de esos paisajes que tardan en ser habitados, primero por hombres que se arriesgan a vivir en medio de las incomodidades de la vida en la frontera, luego por las mujeres dedicadas a mitigar su soledad y solo después por las esposas y el resto de las familias.
A comienzos del siglo XX, San Pedro era un pueblo que no debía temer la sorpresa del malón, finalmente doblegado por la llamada Conquista del Desierto, que había descubierto el potencial económico de la agricultura y la mano de obra de la inmigración europea. Los tangos se encargaron de darle forma perdurable a la imagen de esos míticos antros de la mala vida, que no pasaban de ser lugares de esparcimiento alcohólico, promiscuo y ruidoso, para quienes carecían de instancias más calmadas.
Doña T. (de acuerdo a lo que me informa una amiga de San Pedro) administraba una pensión, a dos pasos del Palacio Municipal y no muy lejos de la Iglesia Parroquial, situación que permite sostener la completa inocencia del establecimiento, que bien pudo ser lo que anunciaba, una residencia para los viajeros que pasaban por San Pedro (representantes de firmas comerciales que negociaban el suministro de mercancías al comercio local, funcionarios públicos en gira de inspección y otros personajes del mismo nivel) aunque también cabe la posibilidad de que la cercanía de las autoridades revelara su absoluta complicidad. Con el tiempo, el establecimiento se mudó hacia el Zanjón de Mora, como si tratara de ocultarse en un lugar menos expuesto para continuar existiendo.
La música, la pintura, el cine, la poesía, se han encargado de mejorar la imagen de la mala vida de otras épocas. De la prostitución de hoy, que ha recuperado la calle (para espanto de los vecinos que se sienten asediados por su proliferación), de la actividad comercial que se anuncia sin el menor disimulo en Internet, mostrando fotos y estipulando tarifas de acuerdo al sexo, la especialidad y el sitio donde se preste el servicio (incluyendo camiones, como informa una página web) no es tan fácil hablar ahora, cuando el tema todavía carece del aura nostálgica que otorgan la distancia y la memoria al comercio infame del pasado.
Por ella conocí el asqueroso aburrimiento complicado con olores de polvo de arroz de los lenocinios de provincias, la regenta en chancletas cuidado un brasero que enceniza el piso del la sala, el mata que rueda lentamente entre las manos de diez rameras pitañosas, el viento que sacude la madera de los postigos porque los vidrios están rotos y se han sustituido los cristales con alambre de fiambrera. (Roberto Arlt: Las fieras)