jueves, 16 de julio de 2015

El mundo inimaginable, sin los medios de comunicación


Herbert Marcusse
¿Se puede realmente diferenciar entre los medios de comunicación de masas como instrumentos de información y diversión, y como medios de manipulación y adoctrinamiento? (Herbert Marcuse)
Antes de los teléfonos móviles y los mensajes de texto (hace apenas una década, a pesar de la incredulidad de los jóvenes, a quienes cuesta concebir que el mundo existiera antes de nacer ellos) la comunicación a través de los medios se había desarrollado, aunque se encontraba reducida a límites que en la actualidad impresionan como los propios de un paraíso perdido, irrecuperable, en más de un sentido también temible, tal como la vida sobre el planeta es representada en películas de ambientación postapocalíptica.  La inexistencia de la actual tecnología de las telecomunicaciones es equiparada a un virtual fin del mundo, un desastre imposible de tolerar.
Teléfono celular
La gente de hoy supone que debe permanecer disponible para la comunicación instantánea, conectada a las redes sociales todo el tiempo, como si de eso dependieran sus vidas. En los teatros e iglesias, se advierte a los concurrentes que los teléfonos tienen que ser apagados, porque en un caso deterioran la solemnidad del culto y en el otro dispersan la atención de otros espectadores. En las salas de clases, los docentes deben vigilar las miradas nerviosas de estudiantes, que a pesar de las avisos previos, consultan las pantallas de los celulares, al amparo de los pupitres o disimulados entre sus ropas. En los aviones, los tripulantes informan a los pasajeros sobre la prohibición de utilizar los celulares durante el despegue o aterrizaje, para que no interfieran con las comunicaciones con la torre de control, de las cuales depende la suerte de todos.


En Twitter o Facebook importa más entrar en contacto que comunicar contenidos. ¿No es eso lo que muestra el hecho que incluso en las reuniones niños y adultos miren obsesivamente sus Smart phones como esperando una noticia que podría cambiarles la vida? (Carlos Peña: La fantasía de las redes)

La gente que se conoce, ya no se visita como antes, ni se llama por teléfono para entablar un diálogo, cuando le resulta más cómodo mandar un SMS. Muchos no se toman el trabajo de encontrarse con amigos, cuando pueden subir una foto a Facebook. ¿Cómo era el mundo en el que las personas y las instituciones no se creían con el derecho a reclamar nuestra atención en cualquier momento del día o la noche, aparentemente con el objeto de informarnos sobre cualquier cosa que no siempre nos atañe, porque lo habitual es que se trate de campañas políticas, trivialidades o encuestas de marketing?

No nos engañemos, el poder no tolera más que las informaciones que le son útiles. Niega el derecho de información a los periódicos que revelan las miserias y las rebeliones. (Simone de Beauvoir)

La elemental urbanidad de otros tiempos establecía límites prudenciales para solicitar la atención de alguien que estuviera del otro lado de una puerta o un cable. No se llegaba de visita a una casa ajena sin avisar antes, o en todo caso no se pasaba de la puerta, con lo que se dejaba abierta la opción de no atender. Se llamaba por teléfono para dar noticias relevantes a los pocos usuarios que se encontraban conectados al sistema.
Teléfono primitivo
En el pasado, las empresas telefónicas hacían esperar durante años la instalación del servicio, un privilegio que de acuerdo a la opinión generalizada debía manejarse con responsabilidad.
A veces había que pedir al usuario de una línea telefónica que hiciera el favor de llamar a un vecino, para que pudiera comunicarse con quien lo buscaba, una solicitud que nadie negaba, porque se daba por sentado que se trataba de un asunto que justificaba la molestia.
Hoy se hace de todo por teléfono: se compran entradas para un concierto y los artefactos milagrosos anunciados por la televisión, que van a ser entregados a domicilio; se responde a encuestadores que prometen hacer dos o tres preguntas y luego ocupan cuarto de hora, averiguando como sin darse cuenta si tenemos auto, el ingreso del jefe de hogar y la posesión de electrodomésticos. Las voces grabadas de los candidatos políticos nos confían a cualquier hora su oferta electoral. Se nos informa que debemos pagar el peaje (exponiéndonos a sufrir multas desproporcionadas) por transitar autopistas que tal vez no hemos frecuentado. Un sobrino inexistente, al que nos veíamos hace tiempo, una voz desesperada, nos cuenta (en un intento de secuestro virtual) que acaba de sufrir un accidente de tránsito y necesita urgentemente que le alcancemos dinero a tal sitio, para evitar que un policía susceptible de ser comprado, cumpla con su deber.
Demasiada comunicación telefónica que los usuarios no controlan, he llegado a pensar, cuando veo a mis estudiantes que no toleran pasar demasiado rato sin recibir mensajes, porque sin duda se angustian, necesitan hacerlo apenas sienten que el aparato vibra en un bolsillo, tal como Michael Jackson necesitaba palparse los genitales en público, durante sus espectáculos, y había conseguido incorporar ese gesto inadecuado en la coreografía.
Libertad para comunicarse o en el caso de querer lo contrario, incomunicarse al punto de volverse inmune a cualquier asedio malintencionado: esto parece definir el control o la falta de control de los usuarios sobre la tecnología actual. No se trata de encarar la comunicación como una alternativa de abrirse al mundo para dialogar con él, sino como un automatismo o una compulsión, que delata los temores y fantasmas de cada uno. Gracias a las telecomunicaciones se agrede impunemente o se sufre agresiones, se realizan las fantasías más oscuras o se exhibe lo que tradicionalmente se reservaba para la intimidad.
Antes de Internet, recurríamos al correo para enviar cartas comunes, aéreas o certificadas, que podían tardar días o semanas en llegar a destino. También recibíamos publicidad en el buzón de la casa, mandábamos telegramas cortísimos y costosos, que llegaban en mano de mensajeros, tan solo en grandes ocasiones.
Antes de la computación, escribíamos a mano o empleábamos ruidosas máquinas de escribir, como la Remington que me daban dos veces por semana durante las clases de Mecanografía, en la Sección Comercial Anexa al Colegio Nacional de San Pedro. Las teclas, después de algún rato de trabajo, nos adormecían las yemas de los dedos, cansadas por tantos golpes. También calculábamos de memoria o con ábacos las principales operaciones aritméticas, mientras cultivábamos con enorme cuidado la bella caligrafía, usábamos tinta, plumas de acero y papel secante.
Televisores años`50
Antes de la televisión por cable, teníamos que conformarnos en San Pedro con la señal de una repetidora y un cable coaxial, que al menos distribuía la programación de canal 7 de Buenos Aires. No eran muchos los que tenían televisión en su casa, y ese privilegio los obligaba a abrir las puertas a los parientes y vecinos en las grandes ocasiones, como los partidos de fútbol o las novelas de la tarde.
Antes de la televisión herziana (ésta fue una experiencia de tránsito cultural que le tocó vivir a mi generación durante la adolescencia) la radio nos mantenía bien informados respecto del ámbito nacional, aunque con dificultades en la recepción, que intentábamos remediar con ingeniosas antenas de alambre, que cada uno tendía su antojo, también con el ámbito internacional. Sintonizar la radio era un privilegio que cada familia otorgaba a diferentes integrantes, de acuerdo a la hora y los compromisos de cada uno.
Radio 1939
A la hora de las comidas y durante los fines de semana, lo más probable era que el padre decidiera qué iba a oír el resto de la familia, porque había una sola radio en toda la casa, era un artefacto pesado y no se movía demasiado.
Nuestra radio, como la de todos los vecinos que conocí durante mi infancia, se encontraba instalada en la cocina, sobre una repisa o en una mesita que permitía transportarla en otros momentos a los dormitorios o el patio, con el objeto de acompañar las comidas de toda la familia y entretener a las mujeres mientras preparaban las comidas. Encender la radio era la señal para que los chicos tuvieran prohibido cualquier berrinche y los mayores esperaran pacientemente los anuncios, para decir lo que pensaban sobre las noticias del Reporter Esso, el último comentario de Juan José de Soiza Reilly o un chiste de Felipe, el personaje de Luis Sandrini.
Había concursos de conocimientos que nos abismaban por el coraje de algunos participantes, que podían duplicar lo ya ganado o perderlo todo en cada nueva pregunta que respondieran. Al escuchar radio nos convertíamos en “Amigos Invisibles” (de acuerdo a la denominación inventada por Eugenio Félix Milleti) que recibíamos los Rayos de Luz de los Grandes Pensadores y no soñábamos con la posibilidad de comunicarnos entre nosotros, auditores aislados en nuestros hogares, ni en interactuar con los privilegiados que utilizaban el medio.
Jean Sablon
Durante los fines de semana, la radio transmitía grandes programas costumbristas, como Chispazos de Tradición, programas cómicos como La Cabalgata del Buen Humor, los partidos de fútbol narrados por Borocotó, los programas de música bailable y por las noches las transmisiones desde los teatros de Buenos Aires o la dramatización de piezas teatrales en Las Dos Carátulas, el programa de Radio Nacional. En las fiestas patrias y otras grandes ocasiones, la radio nos convertía en participantes ciegos pero emocionados, a quienes los locutores guiaban para alimentar la ilusión de formar parte de movimientos masivos.
Antes de la radio (sucedió en la generación de mis abuelos) se vivía enfocado en un área vecinal casi todo el tiempo. La prensa era ocasional y poco informativa. Los chismes sobre gente conocida, los rumores inexactos circulaban rápido, porque la gente se conocía y esperaba esa comunicación de casa en casa, en las veredas, a través de las medianeras, durante las coincidencias en la calle o la visita a los comercios.
Antes del cine (esto quiere decir, antes de que se iniciara el siglo XX) el teatro era una diversión emocionante, que se encontraba disponible tan solo en ciudades grandes y muy rara vez en los pueblos, cuando llegaba alguna compañía en gira. En Argentina, los circos itinerantes se encargaban de ofrecer espectáculos donde la primera parte incluía la actuación de payasos, equilibristas, ilusionistas y fieras, mientras la segunda consistía en un espectáculo teatral clásico, representado en un pequeño escenario dispuesto en un costado de la carpa.
Antes de la prensa (estoy retrocediendo a los comienzos del siglo XIX) la mayor parte de la gente vivía instalada en el círculo estrecho de la familia, de los vecinos, del oficio, del pueblo. Los hombres podían transitar por un territorio que estaba marcado por su edad, su trabajo, su posición en la sociedad. Comerciantes como mi padre o mi abuelo, estaban obligados a informarse de lo que pasaba en el mundo, no solo en el barrio, para disponer de un repertorio de datos recientes que les permitiera dialogar con su clientela. Al mismo tiempo, debían mantener cierta neutralidad de puntos de vista, para no ofender a nadie y diluir los enfrentamientos de la clientela.
Las mujeres tenían menos libertad de acción que los hombres, si esperaban conservar una buena imagen y no suscitar la censura de la comunidad. Por eso no era raro que estuvieran menos informadas y dependieran en gran medida de los datos y rumores que trajeran al seno de su hogar otras mujeres, sus parientes y amigas. Las noticias de la actualidad llegaban tarde y nunca, filtradas por una prensa ocasional y la comunicación boca a boca tardaba meses o años en entregarla.

Los diferentes medios de comunicación, nunca serán un sustituto para la cara de alguien que alienta con su alma a otra persona a ser valiente y honesta. (Charles Dickens)

Mi abuelo, llegado a los siete años a Argentina, desde España, debió perder en ese momento casi todo contacto con su familia. Las noticias de la muerte de uno de sus hermanos después de haber jugado un partido de pelota vasca y beber un vaso de agua fría, o la entrada de una de sus hermanas al convento, lo encontraron en otro mundo, creciendo junto a uno de sus tíos maternos y aprendiendo el oficio de comerciante.
Mi abuelo no se resignaba a cortar los vínculos con el continente donde había nacido, pero los viajes que hizo una vez que se convirtió en adulto, de los que tengo noticia (con el objeto de visitar la Exposición Universal de Paris, por ejemplo) parecen relacionarse más con su mente abierta a las novedades del mundo moderno, que con la nostalgia de la patria perdida o el afecto hacia su familia que lo había exiliado, para no verse obligada a compartir con él, la propiedad que le reservaban al primogénito.
<
Cualquier mensaje escrito se demoraba días o semanas en llegar al destinatario, afrontaba en ocasiones enormes riesgos de extraviarse en el camino, y por lo tanto se cargaba de importancia para el emisor y el receptor. La expectativa de abrir una carta que había superado tantos obstáculos, que había sido escrita nadie sabía cuándo, es una sensación desconocida para los actuales usuarios del instantáneo Whatsapp. Ahora es efectivamente ahora y no importa dónde se encuentren ubicados el emisor y el receptor. Si todos los elementos involucrados en la comunicación dan lo mismo, sin hay tarifa plana para las llamadas telefónicas locales o nacionales, ¿qué importancia adquiere lo que se escriba o fotografíe?
Telégrafo primitivo
Los telegramas que vi en mi infancia, se cobraban por cada palabra que incluían; por lo tanto, se escribían solo en grandes ocasiones y se reescribían minuciosamente, con la atención que un poeta dedica a un poema, hasta conseguir la comunicación más precisa, utilizando la menor cantidad de palabras. En la actualidad, cualquiera puede producir y difundir desde cualquier sitio y sin mayor esfuerzo, palabras e imágenes fijas o en movimiento.

El propósito de los medios masivos no es tanto informar y reportar lo que sucede, sino más bien dar forma a la opinión pública de acuerdo a las agendas del poder corporativo dominante. (Noam Chomsky)

Si se suprime la conexión con las redes sociales, si se anula la televisión, si se deja fuera del aire a la radio, si se corta la suscripción a los periódicos… una situación que era normal hace apenas dos siglos, se descubre una disponibilidad de tiempo y energías que probablemente se dedicaba a otras cosas, más productivas, quizás menos entretenidas.
Los adultos tenían el monopolio de ser los transmisores del conocimiento y a la vez de modeladores de la mente de los jóvenes, que estaban obligados a reconocerlos como la autoridad que les correspondía respetar. La irrupción de los medios masivos, desde la prensa que comenzó a desarrollarse en el primer tercio del siglo XIX, puso en riesgo un sistema que había permanecido sin grandes cambios durante milenios. El horizonte se ampliaba, reduciendo el poder de la comunicación personal y trasladando el centro del proceso a la naciente (y muy rentable) industria cultural.

miércoles, 17 de junio de 2015

Niños acusadores que nos miran


No juzguen a nadie, para que nadie los juzgue. Porque así como juzguen a otros los juzgarán, y con la vara con que midan a otros, los medirán. (Mateo 7: 1-2)
Leo en la prensa argentina la historia de la muerte de Agustín, un chico de cinco años, como consecuencia de los golpes de la nueva pareja de su madre, un experto en artes marciales. Valentina, su hermana de ocho años, presenció el maltrato y testimonió con precisión lo sucedido ante la Justicia, a diferencia de la madre de ambos (probablemente una mujer golpeada) que insistía en atribuir el deceso a una caída del niño en la bañera. La imagen es perturbadora para un adulto de hoy. Incluye a un niño víctima (otro más y ya son miles, de acuerdo a las estadísticas) y una niña acusadora, capaz de derribar la complicidad que organizan aquellos que deberían protegerlo.
¿Por qué se ensaña un adulto con un niño? Primero, porque tiene la oportunidad de ejercer su superioridad física, y luego porque es capaz de mentir sistemáticamente, incluso cuando las evidencias lo inculpan, mientras que el niño entra en contradicciones o se calla por vergüenza. Descontrolarse con alguien que no puede defenderse, es una tentación demasiado grande para alguien que haya visto debilitados sus límites morales por la soledad o el uso de drogas. ¿Por qué respetar límites?
Otra razón para el desborde de violencia que se ha vuelto notorio en la actualidad, es la convicción de que si bien se piensa, los niños son temibles, porque la indefensión actual en la que se encuentran hoy, va a revertirse en el futuro, al cabo de unos pocos años. Si un adulto se porta bien con ellos, si los compra, si los corrompe, no los tendrá como enemigos cuando envejezca.
Atemorizar a los niños (o matarlos, si se lo considera necesario) son intentos desesperados de garantizar impunidad respecto de acciones que hoy mismo se sabe condenables. La sensibilidad colectiva ante las agresiones de los adultos contra los menores está cambiando (¡por fin!) y las franquicias que disfrutaron los adultos en el pasado, se encuentran cuestionadas y sancionadas. Hasta el adulto más irresponsable percibe entonces que los niños constituyen una amenaza efectiva, porque se han revelado capaces de articular acusaciones coherentes, que son oídas por la sociedad y abren la alternativa de una condena del agresor, como sucedió en el caso de Valentina.
Apenas se comienza a oír a los niños, comienzan a acumularse las evidencias que cuestionan el descontrolado comportamiento de los adultos, potenciado hoy por el uso y abuso de estimulantes. Así como nadie puede ser demasiado grande para quienes lo conocen en el ámbito doméstico y conocen en detalle sus mezquindades, los adultos que se desbordan dejan de ser inmunes cuando enfrentan a sus niños.
Cuando uno es chico, asiste sin quererlo ni buscarlo, como espectador privilegiado (no pocas veces espantado) al drama doméstico que le brindan los mayores, del cual preferiría no enterarse. ¡Qué bueno sería que el Ratón Pérez se llevara los dientes de leche y dejara dinero a cambio! ¡Qué satisfactorio si los Reyes Magos trajeran los regalos que uno solicitó en una cartita redactada con tanto esfuerzo!
La realidad es otra, se aprende muy temprano en la infancia. Repetidas veces se recibe la misma lección. Un niño se encuentra incómodo, porque no halla la forma de apartarse de las escenas que le brindan los adultos, cuando manifiestan conflictos tan enconados que amenazan su futuro, puesto que implican a las personas más cercanas a él, de las cuales depende su subsistencia, tanto si se las ama como si las detesta. Desconcertado, porque los padres y parientes no suelen dar explicaciones sobre sus enfrentamientos, ni menos aún pedir disculpas por los exabruptos en los que incurrieron.
Vittorio de Sica: I bambini ci guardano
A comienzos de los años `40, Vittorio de Sica produjo en Italia I Bambini ci guardano (Los Niños nos miran) una película que planteaba de manera insólita la perspectiva de los niños ante el proceso de ruptura de una pareja con un hijo. No es que el divorcio fuera un tema inédito para el cine, puesto que desde los ´30 había sido objeto de triviales comedias de Hollywood como The Gay Divorcee, donde Ginger Rogers bailaba con Fred Astaire para olvidar un matrimonio fracasado.  Podían ser también las comedias de enredos producidas por el cine argentino (a pesar de que en el país no existiera por entonces el divorcio) como La señora de Pérez se divorcia y Divorcio en Montevideo. En todos los casos se trataba de personajes adultos, sin hijos, que resolvían entre ellos sus diferencias y llegaban a un final satisfactorio para todos.
Mezclar a los niños en una disputa de adultos, resulta inevitable cuando la pareja que los ha traído al mundo está por separarse. Los hijos plantean las contradicciones más difíciles de resolver. La guerra de los padres deja víctimas, que pueden ser ellos mismos, que planearon una vida en común y fallaron. Aunque la separación resuelva los conflictos de los adultos, el rol de los hijos suele ser el de víctimas. ¿Qué puede hacer un chico cuando asiste a una ruptura como esa? ¿Tomará partido por uno u otro? ¿Intentará mantenerlos juntos, porque así le conviene?
Pricò en I bambini ci guardano
Debo haber visto Los Niños nos miran cuando tenía diez años. Por lo tanto, doblaba en edad a Pricò, el protagonista infantil. Si la historia me emocionó tanto, fue (supongo) porque proyectaba en ella mis propias experiencias y frustraciones. La madre del chico de la pantalla era una adúltera, que primero engañaba a su marido y después del suicidio del hombre, se casaba con su nueva pareja. ¿Qué había pasado entre los adultos?  El niño no lo entendía nunca y finalmente optaba por ser internado en una institución religiosa, antes que continuar viviendo con su madre y el padrastro.
Nada de eso me había sucedido a mí. Aunque mis padres no fueran felices juntos (una situación que venía incluso antes de que yo naciera, por lo que llegué a atisbar medio siglo más tarde) cada uno siguió fiel junto al otro por el resto de sus vidas, honrando el compromiso adquirido, y hasta llegaron a casarse por la iglesia al cumplir 25 años de sufrirse mutuamente.
Fuera de la pantalla, de acuerdo a mi experiencia, el mundo era bastante menos dramático (lo que significa, no que todo estuviera bien, sino que los conflictos no llegaban a exteriorizarse y resolverse). Solo tenía noticias de la ruptura del hogar de uno de mis amigos, a quien su madre había abandonado, y no lograba conectar esa evidencia de una familia rota, con la idea de una situación inaceptable para la mujer. Solo era una circunstancia rara, como la caída de un rayo, que es imposible ignorar, pero a la que no suelen buscársele mayores explicaciones. El drama podía existir, pero desde mi experiencia infantil de hogares formados por gente resignada a cargar con él, me resultaba imposible discernirlo.
Allí donde veía, encontraba familias unidas, no necesariamente felices, pero al menos decididas a seguir adelante. Los niños no solo éramos testigos, sino también garantes de que el comportamiento de los adultos se apegara a las normas aceptadas por la sociedad. Por culpa nuestra, que no teníamos otra que la de haber nacido, los padres no podían decidir su vida tal como hubieran deseado.
¿Qué hubiera hecho mi madre, cargada con sus tres hijos, de intentar separarse de mi padre? Podía trabajar en las tareas domésticas para las que había sido entrenada desde la infancia. Sus hermanos la hubieran ayudado, en la medida de sus posibilidades. Toda su vida lo hizo bien y sin quejarse, pero no habría podido mantenernos a nosotros. Cuando crecimos, continuó ocultando su infelicidad hasta sus últimos años, probablemente para no comprometernos a auxiliarla.
Mis padres
En cuanto a mi padre, más de una vez le oí lamentarse de las restricciones que le imponía mantener una familia (que pudo ser más extensa, por su manera irreflexiva de relacionarse con su esposa) pero tomaba en cuenta la opinión de sus parientes y conocidos. Por lo tanto, no intentó escapar de las obligaciones contraídas, como afirmaba que había sido su deseo. Buscarse otra mujer, que lo hiciera feliz, como cualquier ser humano tiene derecho a esperar, era un proyecto que fue postergando año tras año, supongo que por temor a caer en una situación similar a esa tan lamentable de la que intentaba escapar.
Al quedar viudo, durante los tres años que sobrevivió a mi madre, intentó al menos una vez convencer a una mujer del círculo familiar para que se casaran. Él continuaba necesitando una pareja y ella simuló que era una broma, porque lo conocía demasiado bien y sabía a qué atenerse. Me enteré de la historia algún tiempo después, cuando mi padre había muerto.  Le aterraba vivir solo y depender de los suyos le resultaba humillante.
¿Acaso los hijos lo hubiéramos juzgado? Éramos gente madura y la oportunidad de buscar compañía no puede negársele a nadie, sobre todo a un anciano. Mi padre había logrado superar ese temor al que dirán (de aquellos que no teníamos derecho a decir nada sobre sus decisiones) pero la pretendida no opinaba lo mismo. De algún modo, a pesar de ignorábamos la situación, a través de la negativa de quien hubiera podido asegurarle una existencia menos desdichada, decidimos su suerte, lo medimos con la vara que él había medido a mi madre.

jueves, 28 de mayo de 2015

Promesas de vida ostentosa vs. amenazas de vida restringida


Thorstein Veblen
Las personas sufren un grado considerable de privaciones de las comodidades o de las cosas necesarias para la vida, con objeto de poderse permitir lo que se considera como una cantidad decorosa de consumo derrochador. (Thorstein Veblen)

Veblen describía la situación de una sociedad desarrollada, tal como se presentaba en el primer tercio del siglo XX. El tiempo que ha pasado desde entonces, solo ha demostrado la universalización de esas tendencias, que hoy parecen tan naturales y difíciles de erradicar. ¿Hubo vida civilizada antes de la proliferación de las tarjetas de crédito, de los cómodos planes de pago en cuotas fijas, de la pluralidad de marcas que solicitan el favor de los consumidores, de las modas que todos los años exigen la renovación del vestuario y cada cuatro o cinco la renovación de los artefactos por otros más modernos?
Vitrola
La sociedad tradicional ofrecía muy pocas alternativas de comportamiento a quienes crecían bajo su amparo y vigilancia combinados. Los consumidores solicitaban durante décadas la misma marca, convertida en denominación genérica (vitrola, puloil, maicena, gillette, gomina, biógrafo, birome, lavandina, cafiaspirina, Imparciales, Hesperidina, Quilmes, Ca-Si) que no planteaba ninguna mejora o cambio substancial y de todos modos resultaba satisfactoria, o bien se conformaban con productos sin marca.
Anuncio Puloil
Uno cuidaba la ropa y el calzado, como cuidaba los muebles o la radio. Si era inevitable que se desgastaran con el tiempo y el uso, reparaba con paciencia lo que tenía, o recurría a los servicios de hábiles artesanos capaces de componer cualquier desperfecto. A los zapatos desgastados se les cambiaba en unos casos la media suela y en otros la capellada. Los puntos corridos de las medias de mujer se zurcían con paciencia. La loza trizada se pegaba, aunque luego la juntura se notara. La ropa desteñida por el tiempo, se tenía de oscuro. Los pulóveres unicolores que se habían roto en los codos, se destejían y lavaban, para combinar a continuación varios colores en nuevas prendas jaspeadas.
Anuncio Gomina
La existencia sustentable no era el eslogan de una vanguardia ecologista que trataba de convencer a una mayoría entregada al despilfarro, como sucede en la actualidad, sino una actitud de elemental prudencia, que uno aprendía en la familia y en la escuela, con la intención de no arruinar el sitio donde le tocaría moverse el resto de su vida y la de sus hijos.
Resultaba más fácil obedecer las reglas enseñadas a los niños por sus mayores, que intentar cualquier innovación que mereciera la reprobación o el escarnio de quienes se sentían depositarios de la verdad. La ortodoxia en el comportamiento era premiada con la aceptación callada del colectivo, a diferencia de lo que pasaba con aquellos que por descuido o estupidez causaban escándalo. A ellos les caía el peso de la Ley (escrita o no).
Hoja de Gillette
Si alguien tenía un hijo fuera del matrimonio o se permitía “tirar una cana al aire”, ¿cómo podía ser que no tomara las precauciones necesarias para evitar que la infracción se conociera y todos lo señalaran por el resto de su vida? La debilidad humana era disculpable, en última instancia, porque nadie es perfecto y el sincero arrepentimiento suele hacer milagros para restaurar la confianza, pero la exhibición de la falta era imperdonable. El descuido en ocultar esa debilidad, sentaba un pésimo ejemplo, porque alentaba a pensar que todo en este mundo era relativo, incluyendo los valores inamovibles de la comunidad.

Después de tantos años estudiando la ética, he llegado a la conclusión de que toda ella se resume en tres virtudes: coraje para vivir, generosidad para convivir y prudencia para sobrevivir. (Fernando Savater)

Quedar fuera de la crítica era la aspiración máxima de mis familiares y vecinos. No les importaba tanto el imperativo ético, del que probablemente no habían oído hablar, como el juicio concreto de aquellos con quienes se veían obligados a convivir. Por eso resultaba tan temible la lengua de las mujeres, bien informadas o prejuiciosas, que al reunirse fuera del alcance de los hombres, amenazaban con no dejar títere con cabeza. Ellas conocían el otro lado de las relaciones controladas por sus maridos, padres y hermanos. Por lo tanto, disponían de argumentos demoledores, que comunicaban oralmente a sus iguales y formaban la opinión de la comunidad.
Puede verse este control difuso como una limitación de la libertad individual, pero es evidente que también servía como un factor de contención. Cuando existían códigos tan estrictos, aunque no estuvieran escritos, era más fácil que se los respetara.
Durante mi infancia, recuerdo a gente que habitualmente (y sin demasiado esfuerzo) hacía lo correcto. No sé si esta corrección se encontraba vigente todo el tiempo, o si en la intimidad (allí donde era menos probable causar escándalo) se resquebrajaba. Tampoco creo que me tocara nacer y crecer en el contexto de una comunidad de familias perfectamente constituidas, que disponían de pocos recursos, a pesar de lo cual había alcanzado cierto nivel de vida modesto, sin demasiadas pretensiones, gracias al trabajo sostenido de todo el mundo.
Los adultos hacían su parte y los niños la suya en la economía de la casa. Nadie esperaba vacaciones, ni fiestas de cumpleaños rumbosas. La ropa que le quedaba chica al hermano mayor, pasaba al que le seguía en edad (y con cierta frecuencia, la del padre pasaba a ser la del hijo). Los uniformes escolares se parchaban en los codos, cuando al cabo de un par de años uso, la tela cedía. Los adultos reservan las mismas prendas de buena calidad, que habían utilizado en ocasiones tales como matrimonios y funerales, para esas grandes ocasiones, que exigían lo mejor de cada uno, y disponían de otra muda de ropa de trabajo para el resto del tiempo. Cambiar de ropa porque la moda lo exigiera o se deseara representar un bienestar irreal, eran situaciones impensables.
Escuela comienzos siglo XX
Cada uno se sentía satisfecho o resignado de ser, no sin esfuerzo, quien era efectivamente y consideraba a la gente a la que en algún momento “se le hubieran subido los humos a la cabeza” como un ejemplo de torpeza indigno de imitar. Por un lado, eso indica que las posibilidades de rápidos cambios de fortuna quedaban fuera del imaginario colectivo. Tal vez alguien recibiera una herencia inesperada, fuera descubierto como futbolista prodigioso, ganara el Premio Gordo de la Lotería o hiciera un matrimonio de conveniencia con un millonario, pero todo eso quedaba relegado al plano irreal de los cuentos de hadas.

Mamita querida, ganaré dinero / seré un Baldomero, un Martino, un Boyé; / dicen los muchachos de Oeste Argentino / que tengo más tiro que el gran Bernabé. / Vas a ver qué lindo cuando allá en la cancha / mis goles aplaudan, sré un triunfador. (Juan Puey y Reinaldo Yiso: El sueño del Pibe)

Pastillitas Sen-Sen
Hacerse ilusiones, “armar castillos en el aire”, “vivir en las nubes” eran defectos que convenía ocultar, como el mal aliento con las pastillas Sen-sen (hubiera sido más prudente consultar al dentista), si uno era propenso a tal debilidad. El ahorro y la frugalidad eran actitudes que no resultaban excepcionales y tampoco era necesario mencionarlas en público, para solicitar el elogio de los amigos o la burla de los envidiosos, porque todos las practicaban diariamente en el ámbito privado. ¿Para qué destacarlas, entonces?

Hoy no se fía, mañana tampoco. (Cartel anónimo en los comercios)

El endeudamiento de la gente común se mantenía en niveles prudentes, porque la mayoría se responsabilizaba de los modestos compromisos financieros contraídos, y en el comercio solo se concedía crédito a quienes eran conocidos desde hacía varios años, disponían de un empleo fijo y estaban en condiciones de afrontarlo.
Los vecinos que conocí en mi infancia, tenían una libreta de compras en el almacén de mi padre, otra en la carnicería de los Boccardo y conseguían crédito en alguna de las tiendas del centro de San Pedro, pero su consumo estaba controlado por la confianza que pudieran despertar sus antecedentes. La posibilidad de endeudarse para acceder a un estilo de vida que no pudieran costear, se encontraba muy limitada por la realidad. ¿Acaso la gente era más desdichada, porque se conformaba con poco?

Cualquiera que no tenga más cultura que esta monocultura global, está completamente jodido. Cualquiera que crezca viendo la televisión, que nunca ve nada de religión o filosofía, se críe en una atmósfera de relativismo moral, aprenda ética viendo escándalos sexuales en el telediario, y vaya a una universidad donde los posmodernos se desviven por demoler las nociones tradicionales de verdad y cualidad, va a salir al mundo como un ser humano bastante incapaz. (Neal Stephenson)

viernes, 1 de mayo de 2015

Juegos y adoctrinamiento infantil (I): Jerarquías de antaño



Todo lo que hemos aprendido en Occidente ha sido la mezcla de géneros, pecados, el matrimonio homosexual Todo lo contrario a la Ley islámica. [Si mi padre estuviera vivo] le pediría permiso para llevar a cabo una operación martirio y volver a Francia para hacerlos estallar y vengar a los musulmanes. (Abu Musab, 12 años)

La ONG Save the Children, ha calculado que miles de niños han sido llevados por sus padres cuando se incorporaron a las filas de Daesh en Siria, donde esperaban imponer a sangre y fuego un califato islámico. Durante su estadía, ellos memorizaban el Corán, asistían a clases de la Sharia (Ley Islámica) y aprendían a disparar armas de fuego. Em 2014, la fotografía de un niño de siete años, hijo de un militante australiano, que sostenían sonriendo la cabeza de un ajusticiado, recorrió el mundo como prueba de la eficacia del adoctrinamiento al que eran sometidos desde temprano los niños entregados por sus padres al movimiento donde ellos militan. ¿Acaso el niño fotografiado entendía el sentido de sus actos? ¿Lo veía como un juego más?
Tú no piensas como yo, pero tus hijos ya me pertenecen. (Adolf Hitler)
Los niños resultan demasiado atractivos para los pedófilos, los fanáticos religiosos y para quienes sostienen ideologías políticas extremas, por los mismos motivos. Todos confían ejercer sobre ellos su poder, que se encuentra cuestionado en el mundo de los adultos que tienen criterio formado y advierten su peligrosidad. Al dedicarse a los niños, esperan convertirlos en sus seguidores incondicionales, imaginan que en su inocencia  (ignorancia) los niños confirmarán sus delirios y les permitirán concretar cada una de sus fantasías.
Los niños desinformados, sorprendidos en su buena fe, suelen oponer poca o ninguna resistencia al discurso delirante. Más aún, se convierten en seguidores fieles de quienes llaman su atención con promesas irrealizables. De los niños sería fácil obtener todo lo que un adulto sin límites morales se proponga, aprovechando el descuido de otros adultos, aquellos que se supone encargados de velar por la suerte de los niños, y sin embargo están convencidos de que no hace falta vigilar demasiado a los menores, porque solo son un estorbo.

Las experiencias a las que los adultos someten a los niños, no se imprimen en los niños como una placa fotográfica, sino que son asimiladas, son incorporadas a l sustancia propia de su ser. (Jean Piaget)

Periódicamente se denuncian los casos de profesores fanáticos, que aprovechan la discutible impunidad que disfrutan en la sala de clases y el temor de los estudiantes a recibir una mala evaluación (si no responden lo que se espera de ellos). No es nada nuevo en el mundo contemporáneo y poco cuesta hallar situaciones similares en cualquier época y lugar. Si en las aulas de Cataluña, hoy los docentes nacionalistas inculcan críticas acerbas a la monarquía española y desde hace una generación obligan el uso de la lengua vernácula, en el pasado los niños soviéticos memorizaron las consignas socialistas y durante los tiempos de Stalin fueron alentados a denunciar a los enemigos de la Revolución, tal como los niños japoneses, durante la Segunda Guerra Mundial, fueron acostumbrados a pensar que debían sacrificarlo todo para servir al Emperador, tal como los niños alemanes de las Juventudes Hitlerianas llegaban a considerar normal el sacrificio de sus jóvenes vidas para mantener al Führer en el poder.

En festejos y eventos musicales tenemos una excelente oportunidad de lograr un efecto político más allá de la formación típica. Las canciones tienen el más amplio poder para construir comunidades. Por lo tanto, las usaremos deliberadamente en los momentos en que queremos despertar la conciencia de ser parte de una comunidad, para profundizar el poder de dicha organización. (Memo interno de las Juventudes Hitlerianas)

Cantando y jugando colectivamente, actividades que nadie podría creer más inocentes y adecuadas para desarrollar valores como la solidaridad, los jóvenes se sumaban a quienes sostenían un régimen dispuesto a sacrificarlos cuando se hubieran agotado los uniformados adultos. Gracias a los enormes recursos que disponían las Juventudes Hitlerianas, los niños alemanes no podían dudar demasiado en el momento de escoger: la tutela del Estado era preferible a la tutela de la familia.
Durante el ceremonial de ingreso a las Juventudes Hitlerianas, se incluía el juramento de lealtad al régimen nazi, que incluía la denuncia de los traidores, todos aquellos que se le opusieran, sin importar que fueran los mismos padres.
Menos comprometidos en decisiones tan peligrosas, los niños argentinos de mediados del siglo XX, debían leer en clase La Razón de mi Vida de Eva Perón y se les evaluaba por su capacidad para memorizar o parafrasear ese texto, que no podía ser analizado ni cuestionado. Si algo importaba y se premiaba, era la lectura unilateral, sacralizadota de esas páginas abrumadoramente distribuidas (del mismo modo que se estudiaba el Catecismo de la Iglesia Católica) con el objeto de verificar la conformidad ideológica de esas mentes jóvenes, respecto de un régimen político llegado para quedarse.
Los docentes confían obligar a los estudiantes a repetir como loros las consignas políticas o religiosas que ellos sostienen, hasta grabarlas para siempre en sus mentes. Un adoctrinamiento tan descarado como éste, probablemente sería resistido por cualquier audiencia menos cautiva que la de esos chicos entregados por sus padres. Los docentes confían que comprometiendo a los jóvenes en la repetición de slogans, que para ellos probablemente no llegan a tener demasiado sentido, terminarán convenciéndolos de que se trata de una verdad incuestionable, que deben defender no importa cómo.

Los profesores que tratan de convencer a sus alumnos de su particular posición ideológica o política, están desempeñando de forma incorrecta su rol como docentes. El adoctrinamiento en las aulas es una práctica antidemocrática. (Andrew Hargreaves)

Recuerdo a mi padre enseñándome a jugar a las damas, cuando tenía cuatro o cinco años, y probablemente poco después al ajedrez (el mismo tablero tenía pintadas las dos cuadrículas por un lado y otro). Jugar con mi padre hubiera debido ser un momento privilegiado en nuestra  deficiente comunicación, pero en la práctica no pasaba de confirmar su concepción arcaica, desactualizada, del rol formador que le tocaba ejercer.
A mi padre le disgustaba perder, debía sentirse humillado por esa alternativa que los jugadores expertos minimizan, cuando dicen que lo fundamental es competir, y aunque mis posibilidades de ganarle fueran tan escasas como le correspondía a un aprendiz, no recuerdo que celebrara las raras oportunidades en que sucedía eso.
No puedo acusarlo de hacer trampas (si lo hacía, mi superficial conocimiento de las reglas del juego me hubiera impedido descubrirlas, y sobre todo mi acatamiento de las normas de respeto de los mayores hubiera truncado cualquier intento de reclamar justicia). En esos momentos, yo sabía de algún modo que una cosa era el juego y otro el mundo real.  No podía ganarle a mi padre, porque él me alimentaba, me mandaba al colegio, me había dado un apellido. Yo estaba en deuda con él y algún día debería pagárselo con los intereses acumulados (en realidad, ya estaba haciéndolo a los siete u ocho años, al dejar que él me ganara).
Después de todo, pienso tantos años más tarde, mi padre me había enseñado a jugar y más de un padre en su situación se siente orgulloso de que su hijo sea capaz de aprender aquello que él aprecia, que lo diferencia de las relaciones entabladas por otros padres e hijos, ignorantes de las reglas del juego. Enseñar a jugar, en esa perspectiva, era demostrar que alguien no está de más en el mundo. El ganar o perder un juego puede ser visto como un detalle irrelevante. Debo suponer, en cambio, que por no compartir esa visión, ni mi padre ni yo disfrutábamos demasiado de los juegos que compartíamos.  Para que la comunicación funcionara, necesitábamos la vecindad de otras personas que garantizaran la imposibilidad de cualquier trampa, como cuando jugábamos a las cartas en familia (la escoba de 15, el Chinchón). Solo entonces, la amenaza de la autoridad paternal se disolvía y pasábamos a ser todos iguales, participantes de un juego cuyas reglas debían ser respetadas.
Ese mundo jerarquizado, sin resquicios para ser ocupados por la rebeldía infantil, aparecía visualizado en la rutina de la escuela, en las normas inapelables del Catecismo y hasta en los espacios considerados como válvulas de escape de la imaginación infantil, las historietas de Walt Disney, donde los sobrinos del Pato Donald personificaban a los infractores conformistas.

Los niños no sugieren que deba desvirtuarse la subordinación, solo que se cumpla con justicia. Ellos son “buenos, diligentes y estudiosos”; él debe ser caritativo y recto. La rebelión de los pequeños es para que los padres sean auténticos y cumplan con su lado del contrato. Quien rompe la norma sacra no solo pierde el poder, sin incluso la capacidad de percibir unívocamente la realidad. (Ariel Dorfman y Armand Mattelart: Para leer el Pato Donald)

Donald era un adulto y por lo tanto los sobrinos le debían subordinación, pero al mismo tiempo Donald era un personaje inmaduro, sujeto a impredecibles ataques de rabia y los sobrinos eran testigos de esa imperfección que cuestionaba su rol de ordenador de la existencia infantil. Se estaba definiendo el perfil del adulto incompetente, necesitado de una guía, suministrada por los jóvenes que a su vez se habían formado al amparo de los medios, como los nuevos consumidores líderes del sistema, a quienes los adultos se verían obligados a seguir.
Si había algo confiable en el universo Disney, habitado por los personajes ficticios y los lectores del mundo real, era la posibilidad de que todos los sueños se cumplieran en su interior. Ese ámbito en constante desarrollo incluía inicialmente las películas de dibujos animados que debían verse en las salas de cine, luego las revistas de historietas que debían comprarse todas las semanas, a continuación los programas de radio o televisión que se sintonizaban diaria o semanalmente, los parques de diversión que podían frecuentarse en familia, el abundante merchandising que cabía incorporar a la vida diaria de cada uno de los seguidores.
El Manual de Cortapalos de Huey, Dewey y Louie, los sobrinos de Donald Duck, marcó la mente de una generación de jóvenes lectores, a partir de su creación en 1951 por Carl Banks. Es un texto pedagógico que nace de la ficción, pero a todas luces aspira a plantearse como un modelo de vida para sus jóvenes lectores. Siguiendo el esquema de los Boy Scouts y otras organizaciones juveniles militarizadas del siglo XX, plantea una estructura jerárquica, competitiva, ritualística, marginada del control de los padres, en la que inicialmente no participaban las chicas, donde los miembros progresan hacia el disfrute de poderes cada vez mayores, a medida que derrotan a los pares y ganan el reconocimiento de los superiores.
Hay que divertirse, es el mensaje, bajo los auspicios de Walt Disney, que a pesar de ser un notorio anticomunista, colaborador asiduo del Senador McCarthy durante la caza de brujas que aterrorizó a la industria de Hollywod de los `50, plantea un modelo de comportamiento infantil, que no difiere mucho del preconizado por las organizaciones, que nazis o comunistas había desarrollado durante los `30, para captar a la juventud.

La diversión connota infancia y juventud. Si alguien es capaz de divertirse, aún posee parte del vigor y la alegría de sus años mozos. (…) Ser divertido es, en cierto sentido, ser libre. Cuando una persona es divertida, desdeña momentáneamente las restrictivas necesidades que la compelen en los negocios y la moral en la vida doméstica y comunitaria. (Harry Overstreet: Influyendo en la conducta humana)