martes, 5 de enero de 2016

Memoria y Mito de las familias numerosas


Familia numerosa años `30
En la actualidad, la tasa de nacimientos de la Provincia de Buenos Aires es de 1,9 hijos por cada mujer. En otras palabras, la población tiende a disminuir con el tiempo, puesto que dos personas no llegan a engendrar dos. Afortunadamente para el equilibrio demográfico, hay otras provincias del norte que presentan un porcentaje mayor de natalidad, por lo que Argentina no parece estar en riesgo de reducir su población, tal como está sucediendo en Europa y Japón desde hace años. Gracias al conocimiento de los métodos anticonceptivos y la creciente incorporación de las mujeres al trabajo fuera del hogar, las familias numerosas se han vuelto cada vez menos frecuentes.

Los que no tienen hijos ignoran muchos placeres, pero también se evitan muchos dolores. (Honoré de Balzac)

Madre adolescente
La gente considera que no hay en el mundo actual espacio para demasiados hijos, si se pretende criarlos de manera responsable. Los hijos esperan (y reclaman) hoy un trato privilegiado, que en el pasado no se imaginaba siquiera. No es extraño que nazcan de padres adolescentes que no alcanzan a identificar sus obligaciones, y de personas muy pobres y desinformadas, que los consideran una fatalidad y no atinan a evitarlos.
Las familias numerosas han pasado a ser el emblema de la clase alta (ellos pueden darse ese lujo, como tantos otros que suelen serle negados al común de la gente) y el catolicismo tradicional (para quienes la contención de los impulsos sexuales y el improbable método Ogino-Knaus desde los años ´30, son las única formas de eludir la reproducción indiscriminada). Si ellos traen al mundo una familia numerosa, es también porque cuentan con el personal que se ocupa de las tareas pesadas y rutinarias de la crianza, dejándoles la satisfacción de exhibirlos como signo de su prosperidad.
En los sectores populares, tener muchos hijos, por buscarlos, sino por no tomar en cuenta ningún método anticonceptivo, indica tradicionalmente la percepción que la mujer tiene de su propio cuerpo. Embarazarse y parir no suelen ser motivos de orgullo para muchas, sino parte fundamental de la desgracia de haber nacido mujer. Cuando se ha nacido con ese sexo, se supone que no es para disfrutarlo.
En cuanto al hombre de los sectores populares, engendrar la mayor cantidad de hijos, con una mujer o con varias en forma paralela, da testimonio incontrovertible de su virilidad. Él controla a esas mujeres, las preña, podría repoblar el planeta si el resto de los hombres hubiera desaparecido. ¿Cómo poner en duda eso, que otorga sentido a su vida, incurriendo en la torpeza de utilizar preservativos?
La fertilidad de la Naturaleza se presenta habitualmente como un fenómeno digno de admiración, mezclado con no poco temor. ¿Cómo detenerla, para que no aplaste a quienes andan cerca? La imagen de los quíntuples Diligenti, nacidos en Argentina en 1943, como antes la imagen de las quíntuples Dionne en Canadá, nacidas en 1934, planteaba más de un interrogante a los contemporáneos.
Quíntuples Dionne
¿Cómo se lograba organizar la vida de los adultos que los habían engendrado y pasaban a ser dependientes de sus engendros? ¿Cómo sería para los niños crecer entre tantos hermanos, con los cuales se volvía inevitable compartir los juegos y las ropas, que se acompañaban y prestaban auxilio en los malos momentos, pero que también disputaban los juguetes, las golosinas, la atención de los padres y hasta la comida?
Crecer con una hermana dos años menor y obtener una segunda hermana diez años más tarde, planteaba en mi caso limitaciones que no podía superar. La diferencia de género establecía muy pronto una barrera entre los niños y las niñas. Nos vestían y hablaban distinto, nos ofrecían distintas oportunidades, nos exigían distintas respuestas. Todo estaba organizado para que unos y otros siguiéramos caminos separados de formación intelectual, de juegos, de vestuario.
Podíamos ayudarnos en situaciones difíciles, pero vivíamos experiencias paralelas, y al menos en mi caso, yo estaba solo, hasta que llegaron mis primos y los amigos del barrio, entre los cuales adultos animados por la buena voluntad de escuchar a un chico, convertidos en compañeros de juegos e investigación, a pesar de la diferencia de edad.
Quítuples Diligenti
Compartir la vida cotidiana con varios hermanos era una experiencia que se fue volviendo cada vez más rara, a mediados del siglo XX. La familia de los Diligenti, contaba la prensa, consumían 50 litros de leche por semana. ¿Cómo se organizaba ese grupo humano en las circunstancias cotidianas, para no hundirse en el desorden y enfermar de estrés a los adultos? ¿Cuánta ropa había que lavar y planchar? ¿Cuántos platos de comida había que llenar y luego lavar? En esa familia había ya tres hijos y los padres, temerosos de que se duplicara el interés incontrolable que habían despertado las Dionne, se encargaron de ocultar la existencia de los recién llegados. Para eso, los anotaron al nacer en distintas sedes del Registro Civil y luego los inscribieron en distintos colegios y más tarde los mandaron a distintos países. La familia numerosa había dejado de ser el ideal de las parejas que se amaban, para convertirse en una curiosidad circense.

El lugar donde nacen los niños y mueren los hombres, donde la libertad y el amor florecen, no es una oficina, ni un comercio, ni una fábrica. Ahí veo yo la importancia de la familia. (G,K. Chesterton)

En la escuela primaria se nos repetía mecánicamente que la familia era la célula básica de la sociedad, tal como se nos informaba que los mamíferos se reproducían por yuxtaposición. No era cosa de dar muchas explicaciones, porque los docentes se hubieran encontrado en apuros; tampoco de que nosotros, los estudiantes, solicitáramos aclaraciones, porque no las obtendríamos. ¿Qué pasaba cuando la experiencia nos ponía delante de familias disfuncionales? ¿Qué respuesta dar a los complejos interrogantes del sexo? Sobre las ideas más simples y dogmáticas, se basaba gran parte de la concepción del mundo que transmitía la escuela. Si la realidad planteaba complejidades que no habían sido consideradas, uno tenía que arreglárselas como pudiera.
Cuando veíamos una familia representada en los libros escolares o en las revistas infantiles, había siempre un laborioso papá, una amorosa mamá y al menos un par de hijos ejemplares, según el ejemplo de Marta y Jorge, el texto de Constancio C. Vigil publicado en 1927, que se ofrecía como un modelo de existencia deseable para cualquiera. No se trataba de un proyecto demasiado ambicioso por entonces: dos hijos, uno de cada género (¡el casalito!) como si se tratara de completar una colección modesta de figuras decorativas. El hecho de que se plantearan dos hijos y no media docena, indica que a mediados del siglo XX, la familia argentina se veía controlando drásticamente la natalidad.
A comienzos del siglo XXI, se nos dice, el modelo tradicional de familia, conformado por padre, madre e hijos, pasó del 65% al 37%. Ahora predominan otras modalidades, de las cuales antes nada se decía: familias monoparentales, con un padre o una madre y los hijos, restos del naufragio de una estructura tradicional; o familias ensambladas, con un padre y una madre que aportan los hijos tenidos en relaciones anteriores.
Mi madre tenía nueve hermanos, algunos mayores que ella, otros menores, con quienes ella mantuvo a lo largo de toda su vida, una estrecha relación de confianza y afecto, que derivó en la existencia de un eficiente grupo de apoyo para nosotros, sus tres hijos, cuando intentamos superar las carencias emocionales de mi padre, que no estaba preparado para serlo. Si era difícil dialogar con él, justo cuando más lo necesitábamos, no lo era intentarlo con los tíos, que nos enseñaban a andar en bicicleta, nos armaban barriletes, nos leían las historietas que todavía no éramos capaces de descifrar, nos inventaban apodos que nadie más que ellos empleaban o nos ayudaban a organizar las fogatas anuales de San Juan, en las que se consumían desechos y se daba salida a emociones reprimidas.

Aserrín, aserrán, los maderos de san Juan /  Piden pan, no les dan / Piden  queso, les dan hueso / y les cortan el pescuezo. (Anónimo: ronda infantil)

Ahí había una familia (sustituta), con su diversidad y semejanzas, probablemente porque se trataba de diez hermanos que habían debido apoyarse unos a otros para sobrevivir. Los hombres salían a trabajar como dependiente, matarife, herrero, y traían dinero a la casa, las mujeres se encargaban de las complejidades de la economía doméstica. Si en esas condiciones tan precarias no surge la solidaridad y no se desarrolla el ingenio, la miseria no tarda en imponerse.
Mi madre había quedado huérfana a los veinte años, en una rápida sucesión de desgracias que se llevaron a sus padres, apenas un año antes de su casamiento. Los hermanos mayores quedaron a cargo de los menores, que deben haber tenido cinco y diez años por entonces. Había críticas entre ellos (sobre todo de parte de las mujeres hacia los hombres y viceversa) pero también alianzas y defensas ante los adversarios externos.
Mi tío Juan, que permaneció soltero toda su vida, era un admirable negociador, que nunca perdía la paciencia. Cuando se presentaban problemas en la existencia de cualquier miembro del grupo, él era convocado para evaluarlos y resolverlos.  Su voz era la del sentido común y la razón. Cuando mi madre se sintió defraudada por el matrimonio, me enteré muchos años más tarde, él le advirtió que debía resignarse y asumir sus compromisos. Por eso, supongo, alguna vez oí a mi tía Rosa decir que mi tío Juan hacía diferencias entre sus hermanos. No sé a quiénes privilegiaba, pero mi madre no estaba entre ellos.

Cuando los padres lo han construido todo, a los hijos solo les queda derrumbarlo. (Karl Kraus)

Mi padre era el primer hijo varón y el tercero de los cuatro hermanos nacidos en la misma casa donde yo nací. Las dos mujeres llegaron primero y eran figuras opuestas, a pesar de la buena relación que hubo entre ambas, durante el resto de sus vidas. Mientras mi tía Elvira había estudiado Magisterio, se casó, fue madre y se dedicó a su profesión de maestra y Directora, mi tía Matilde permaneció soltera hasta la madurez, no llegó a estudiar ninguna carrera, exploró diferentes artes, desarrolló una neurosis que la condujo a un cruel tratamiento siquiátrico de la época y fue la rebelde de la familia, capaz de enfrentar y defraudar sistemáticamente a mi temido abuelo.
Los dos hijos varones llegaron más tarde y en diversas ocasiones decepcionaron a mi abuelo. Él esperaba que continuaran la tradición del comercio de la familia. Mi padre no pudo eludir el mandato y solo se atrevió a desafiar la generosidad de su padre, cinco años después de su muerte, cuando liquidó el comercio de sus mayores, establecido casi un siglo antes y se trasladó a otra ciudad, para dedicarse a la hotelería, como si necesitara estar cerca de los hermanos con quienes realmente no se entendía, para demostrarles que no era inferior a ellos, en la misma actividad que ellos explotaban.
Quizás el tamaño de las familias y el dinero disponible no sean los factores que deciden la crianza adecuada o inadecuada que reciben los hijos. Había (hay) algo bastante más complejo, los lazos de afectos que se crean o dejan de crearse entre aquellos que conviven y no siempre se toleran; que aprenden a convivir o compiten ferozmente con aquellos que tienen cerca. Donde hay apego, todo se resuelve mediante la solidaridad y la compañía: donde no lo hay, el rencor y el aburrimiento prosperan.

Los padres deberían darse cuenta de cuánto aburren a sus hijos. (George Bernard Shaw)

viernes, 18 de diciembre de 2015

Promesas y decepciones de la Navidad



Iglesia parroquial de San Pedro
Mi familia y la mayor parte de nuestros vecinos eran católicos, pero dudo que fueran muchas veces a misa. Los niños habíamos sido bautizados. A los ocho años nos enviaban al Catecismo y se preocupaban de que tomáramos la primera comunión. Después, cada uno quedaba librado a sus decisiones. En mi casa no comíamos carne en cuaresma y Semana Santa, pero los adultos no celebraban la Navidad. Recuerdo haber escuchado las campanas que llamaban a misa de medianoche, desde mi casa, probablemente desde la cama, porque no nos reuníamos en torno a la mesa.
Luis Medrano: Almanaque Alpargatas
El 31 de diciembre esperábamos la medianoche para beber sidra, comer pan dulce y turrón de almendras. Mi padre salía al patio y disparaba al aire su pistola niquelada, se escuchaban petardos y bocinazos. Los parientes se reunían para comer juntos en mi casa, el mediodía del primero de enero. Los niños recibíamos regalos dejados por los Reyes Magos el 6 de enero, pero la celebración de la Navidad no importaba mucho. Estoy seguro de que nosotros, los niños de entonces, estimulados por la lectura de Billiken y Selecciones del Reader´s Digest, fuimos quienes introdujimos el pesebre, Santa Claus y el árbol iluminado en el grupo familiar, tal como también nos correspondió difundir la Coca-Cola, la pizza, los bluejeans y otros estandartes de la modernidad, en el grupo del que formábamos parte. Esto me hace pensar en el rol de consumidor modelo que involuntariamente le tocó cumplir a mi generación.

I´dreaming of a White Christmas / Just like the ones I used to know / Where the treetops glisten / and children listen / to hear sleigh bells in the snow. (Irving Berlin: White Christmas)

Bing Crosby cantando White Christmas
El bombardeo de sentimentalismo difundido por los medios, entre una tanda de publicidad y otra, comenzó a sistematizarse durante mi infancia. Los adultos fueron convencidos por nosotros, que habíamos sido aleccionados por los medios previamente, para adoptar las nuevas pautas de consumo que iban a caracterizar a la modernidad, tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, cuando se reconfiguraron la política y la economía internacional.
Nosotros leíamos revistas que los adultos ignoraban, oíamos en la radio canciones que los adultos no tomaban en cuenta, veíamos cine destinado a nosotros, donde nos mostraban de manera vívida, tentadora, otros estilos de vida, provenientes de los países más desarrollados del hemisferio norte, y dentro de nuestras posibilidades queríamos imitarlos.
Pesebre recortable de Billiken
Gracias a las páginas centrales de Billiken, casi cualquier cosa podía elaborarse con el auxilio de cartulina, tijeras y engrudo: el Cabildo de 1810, la casita de Tucumán, el pesebre de Belén. No eran representaciones espectaculares, porque estaban calculadas para que las utilizaran como herramientas didácticas en el colegio. Ayudaban a imaginar situaciones distantes en el tiempo o el espacio, pero no lograban suministrar una impresión satisfactoria de la realidad. Tuvimos que esperar a que la tía Matilde nos regalara figuras de terracota compradas en Córdoba, para tener un pesebre corpóreo.
Tuya
Nuestro primer árbol de Navidad fue una rama de tuya, cortada del cerco de la casa de mis tíos, sobre la calle Chivilcoy, que costaba mantener en pie, a pesar de haberla enterrado en una maceta. El pino de las ilustraciones se mantenía enhiesto, mientras que el nuestro se doblaba. Los adornos eran pocos (demasiado costosos para nosotros) y extremadamente frágiles, como no tardamos en comprobar. Las bolas de vidrio azogado y colores intensos, se quebraban apenas uno las manipulaba. Las luces no estaban electrificadas como en la actualidad, por lo que debíamos sujetar de algún modo las endebles velitas de torta de cumpleaños a las ramas del pino.
El resultado podía ser decepcionante. No se parecía demasiado a las imágenes glamorosas que nos habían seducido. A pesar de nuestros esfuerzos, algo faltaba siempre para completar la reproducción del modelo, comenzando por la familia reunida en torno al árbol y el pesebre, los regalos, los villancicos cantados a coro… Conseguir eso, estaba fuera de nuestras posibilidades. En lugar de apreciar lo que teníamos, nuestra exposición a los medios nos había hecho esperar algo inalcanzable, con lo que se deslucía cualquier intento de celebrar la Navidad.
Los Campanelli
Veinte años más tarde, gracias a la televisión argentina, donde reinaban La Familia Falcón y luego Los Campanelli, la celebración ideal de la Navidad se había uniformado. La imagen ritual de armonía colectiva, continuaba siendo alimentada por los medios, pero los destinatarios habían pasado a ser los jóvenes y los adultos por igual. ¿Qué pasa hoy, cuando la estructura tradicional de la familia se encuentra en retirada? ¿Qué ficción permite a los espectadores proyectarse o identificarse?
Si en mi niñez hubiéramos recibido una información menos distorsionada del mundo real, habríamos hallado otros referentes navideños más atractivos. Para citar uno: cuando se acercaba la Nochebuena de 1914, seis meses después de haber comenzado la Primera Guerra Mundial, se interrumpieron espontáneamente los enfrentamientos bélicos, para dar lugar a cánticos, saludos e intercambio de regalos (alimentos, cigarrillos, alcohol) entre los soldados que pertenecían a bandos opuestos. Después de la experiencia, que en ciertos lugares se prolongó hasta Año Nuevo, muchos soldados se negaron a reiniciar el fuego. La descripción que dejaron los participantes conmueve, más de un siglo más tarde.

Creo que hoy he presenciado uno de los espectáculos más extraordinarios que nadie ha visto nunca. Hacia las 10 de la mañana, estaba asomado por encima del parapeto, cuando vi a un alemán agitando los brazos e inmediatamente a dos de ellos saliendo de su trinchera y acercándose a la nuestra. (…) Uno de nuestros hombres fue a su encuentro y en un par de minutos, el terreno entre las dos líneas de trincheras era un hervidero de hombres y oficiales de ambos bandos, dándose la mano y deseándose un feliz Navidad. (…) No sé cuánto tiempo durará. (Alfred Douglas Chater: carta a su madre)
Tregua Navidad 1914

Lo sucedido no impidió que la guerra continuara cuatro años más, porque los mandos británicos decidieron que el diálogo amistoso no volviera a repetirse. Para conseguir sus fines, un año más tarde, ordenaron un bombardeo en vísperas de Navidad, con lo que evitaron cualquier nuevo intento de fraternización que debilitara la moral de los combatientes. El Poder temía que el sentimiento de hermandad llegara a imponerse sobre las artificiales divisiones del patriotismo.
Cuando en la actualidad se acerca el fin de año, los niños de gran parte del planeta son bombardeados con parecidas promesas de los adultos que tienen cerca, y de los medios masivos a los que se encuentran expuestos. Las clases quedan suspendidas, las tareas conectadas con ellas también. Todos parecen ponerse de acuerdo para hacer que los menores aguarden impacientes, la satisfacción de sus deseos, algo que debería ocurrir en una fecha determinada, relacionada con la religión, a diferencia de tantas otras expectativas que de acuerdo a lo que los niños saben, son relegadas para un futuro indeterminado y probablemente no vayan a concretarse nunca.
En ciertas fechas como la Navidad, les está permitido exigir a los adultos que los emparejen en posesiones con otros niños más afortunados, que de acuerdo a lo que muestra la televisión, gozan de privilegios que no deberían serles negados a ellos. De acuerdo al discurso de la modernidad, todos los niños son iguales (a pesar de las evidencias que surgen de la experiencia cotidiana) o al menos tienden a ser igualados gracias a los rituales del consumo.

En cualquier comunidad donde los bienes se poseen por separado, el individuo necesita para su tranquilidad mental poseer una parte de bienes tan grande como la porción que tienen otros, con los cuales está acostumbrado a clasificarse; y es en extremo agradable poseer algo más que ellos. (Thorstein Veblen)

Juguetes rotos
El consumo iguala y diferencia a quienes involucra. Por un lado estaría la masa de consumidores felices, que comparten el privilegio uniformador, mientras que por el otro queda la masa indiferenciada de aquellos que no calificaron como consumidores. Ver defraudadas esas expectativas resulta inevitable para un gran sector de la sociedad y tiene efectos difíciles de controlar. No todos se resignan a perder la oportunidad de ser felices. Más probable es que el deseo frustrado permanezca y en ciertos casos busque satisfacerse por cualquier medio, incluyendo aquellos que la sociedad considera ilícitos.
Cuando se acerca las celebraciones navideñas, la publicidad promete demasiada felicidad a los consumidores, más de la que después se obtiene en la realidad. Esas imágenes tan vívidas y eufóricas de familias sonrientes, no dejan espacio para la resaca. Los fabricantes de armas de juguete o muñecas muestran en sus anuncios a niños que nunca están solos, sino en compañía de sus iguales, felices, amistosos, jugando, libres de conflictos, tal como los productores de comida chatarra muestran a niños hermosos, bien vestidos y saludables, acompañados por sus padres que no se separan de ellos, disfrutando todos por igual, de sabrosas hamburguesas, ricas en adictivos como grasas y cloruro de sodio, o refrescantes bebidas carbonatadas.
No es descuido asociar el consumo con esa mitología (inalcanzable, pero motivadora) de la satisfacción individual en el seno de un grupo humano que acoge y contiene. De acuerdo a un proyecto tan vacío de contenido como seductor, la felicidad de la Navidad se encuentra al alcance de cualquiera, siempre y cuando la pague (aunque el pago ocurra en un futuro impreciso, como alientan a imaginar las tarjetas de crédito).
Después de adquirido el objeto o servicio que ha de suministrar la satisfacción, pasa a depender de las habilidades o la buena suerte de cada uno que la obtenga. El niño tiene el arma intergaláctica que lo alentaron a desear, pero no por eso obtiene los agradables compañeros de juego que mostraba la publicidad. La niña tiene la muñeca vestida a la moda, pero no las amigas con las que esperaba socializar.
La resaca de los regalos navideños no suele ser agradable. Algunos defraudan de inmediato. No son tal como los mostraba la ingeniosa publicidad audiovisual (o por lo menos, uno no es tan atractivo como los modelos de la pantalla). Los juguetes son más pequeños, menos brillantes, o carecen de la autonomía que suministra la animación digital, que los iguala a escenas de películas. Algunos quedan inactivos cuando se gastan las baterías, o revela ser tan frágiles que se deterioran apenas los niños los maltratan, cuando no resultan nocivos para su salud.
En Suecia y otros países nórdicos, la publicidad de objetos y alimentos destinados a los niños, se encuentra prohibida para la televisión. En España y Francia, se restringe toda publicidad audiovisual que se dirija a los niños y pueda ser cuestionada moral o éticamente. Por lo tanto, los niños no pueden ser utilizados como consumidores modelos, ni pidiendo a los adultos que les suministren los objetos que se anuncian.
Publicidad de armas de juguete
En los EEUU y otros países donde rige el modelo de televisión financiada por la publicidad, lo habitual es que los niños aparezcan en la pantalla, promocionando el consumo de comida chatarra, costosos juguetes (por ejemplo, armas de fantasía) que promueven comportamientos agresivos o visiones ilusorias del mundo real (como es el caso de los muñecos destinadas a las niñas). Involucrarse en esos juegos, como se observa en la programación de canales de cable destinados exclusivamente a los niños, plantea un estilo de vida carente de informaciones confiables y responsabilidades, prejuicioso, sobrestimulado pero sumiso, que resulta imposible aplicar en la realidad.
Que haya paz en el mundo, que se perdonen las ofensas, que reine la buena voluntad, son propósitos maravillosos, que es imposible no suscribir, y al mismo tiempo resultan tan difíciles que se postergan ´para el futuro, sin desecharlos del todo, como suele hacerse con el inicio de alguna penosa dieta para adelgazar. No está mal tener ideales bastante superiores a la voluntad de quienes deberían convertirlos en algo real, pero no por eso conviene concederles demasiado valor práctico.
Durante las fiestas de fin de año, los adultos quedan convertidos en rehenes de los niños. La opinión dominante, amplificada por la maquinaria publicitaria de la sociedad de consumo, obliga a los adultos a complacer a los menores, comprar su buena voluntad por un rato, convencerlos de que no son ni han sido nunca un estorbo, sino el verdadero, el único centro de sus preocupaciones, capaz de unir (contra todos los cálculos) a la familia que hace tiempo se dispersó. De buenas intenciones, por frágiles que sean, nace la convivencia.

martes, 1 de diciembre de 2015

Discriminación y tolerancia de la diversidad: un lento aprendizaje (II)



Cuando yo era niño, hablaba, pensaba y razonaba como un niño; pero al hacerme hombre, dejé atrás lo que era propio de un niño. (Pablo de Tarso: Corintios 12: 11)

Kaneto Shindo: Genbaku no ko
El siglo XX no fue una época de feliz inocencia, fácil de preservar, porque gran parte de los medios que hoy conocemos se encontraban activos e impregnaban de información, desinformación, publicidad, propaganda y diversión a todos los que se encontraban expuestos a su discurso. Si la diversión inyectaba amnesia, con la información adquirían demasiada visibilidad los conflictos contemporáneos. El planeta que mostraban los medios, no era nada amable, ni parecía destinado a mejorar en el futuro.
Como las comunicaciones no eran tan eficientes como en la actualidad, los grandes enfrentamientos tardaban en ser conocidos y llegaban filtrados por la palabra, en lugar de depender de las evidencias instantáneas y gráficas que hoy se emplean y suelen generar tanta ansiedad y angustia.
Ruinas de Hiroshima
Antes de cumplir los diez años me había enterado de los bombardeos atómicos sobre Hiroshima y Nagasaki por la prensa, pero no atinaba a medir las terribles consecuencias de la radioactividad  sobre la gente, hasta siete u ocho años más tarde, cuando me topé con Genbaku no ko, la película de Kaneto Shindo, que dramatizaba de manera contundente esos datos. Conocía el establecimiento del Estado de Israel en Palestina, me parece recordar que por una aventura del Pato Donald, pero no entendía las consecuencias de los enfrentamientos militares, ni conseguía relacionarlos con el Holocausto judío de la Segunda Guerra Mundial, hasta que vi Nuit et Brouillard, el documental de Alain Resnais sobre los campos de concentración nazis, que por la crudeza de la imágenes de archivo costaba mirar, y luego ya no podía ser olvidado.
Durante mis primeros veinte años de vida, me informaba de acuerdo al interés que me despertaban ciertas situaciones puntuales, como la invasión de Guatemala y el derrocamiento de Jacobo Arbenz por la CIA, o los recambios en la cúpula del poder en la URSS, tras la muerte de Stalin. Debo reconocer que nunca me informaba de manera suficiente,  objetiva, ni oportuna, pero eso lo comprendí bastante más tarde. Por eso quizás no percibía los efectos de la discriminación de los judíos en la vida cotidiana. Probablemente me faltó curiosidad, o me sobró indiferencia. Prestaba atención a los sucesos internacionales, por ser destacados en los titulares de la prensa y la radio, pero no alcanzaba a ponerlos en contexto, ni distinguir las repercusiones podían darse en aquellos que tenía cerca y hubieran podido suministrarme datos más efectivos, si se me hubiera ocurrido mencionar mi curiosidad.
Al menos una de mis compañeras de estudios debió ser judía, según lo que prometían su apellido y hecho de que se retiraba de clase, con otra que debía ser evangélica, cuando llegaba la hora de Religión (Católica, antes de que Perón se ganara la enemistad de la Iglesia, con iniciativas tales como la Ley 14394, que permitía el divorcio). Nunca pregunté a mis compañeras qué hacían en el ramo paralelo de Moral. Probablemente algo tan aburrido como esa versión más enjundiosa del catecismo que sobrellevábamos nosotros, los católicos. Nunca me pareció que la religión o la nacionalidad fueran asuntos capaces de enfrentar a la gente.
Entrada al campo de concentración de Auschwitz
Si los judíos que conocí más tarde, en la Universidad, se sentían amenazados como individuos o comunidad, no solían mencionarlo. Dudo que se sintieran ajenos a lo que sufrían otros como ellos, pero jamás hablamos del Shoah (el Holocausto), a pesar de que uno de ellos, Peter R. había nacido en Europa, durante la Segunda Guerra Mundial, y su padre había sido ahorcado en un campo de concentración, apenas un día antes de la liberación. ¿Valía la pena, sin embargo, que mi amigo mencionara eso, para conmover a quienes ya sentíamos afecto por él, tomando en cuenta lo que él era en el presente? No lo hacía nunca. ¿Qué hubiera pasado de no recibir la solidaridad que merecía, sino el rechazo de alguien con quien compartía clases, como el compañero que había leído y creía la denuncia de Los Protocolos de los sabios de Sión?
Una de las alternativas era que los judíos fueran acusados de exagerar sus problemas, en un país que al menos nominalmente los había recibido con los brazos abiertos, revelando que a pesar de tantas muestras de generosidad, continuaban siendo quejosos y resentidos. De Sirotta se llegó a decir que se había autoinfligido las agresiones que mostraba su cuerpo. Norma Penjerek fue presentada como cómplice de su horrible muerte. Aquellos a quienes se discriminaban, no podían solicitar piedad, porque eso era lo primero que se les negaba.
Shylock
Shakespeare podía ser antisemita, como era frecuente entre los intelectuales de su tiempo, y no obstante llegó a crear en Shylock, no solo la figura del judío desalmado, cuyas maquinaciones son finalmente derrotadas por Portia, sino también la de un ser humano acorralado, indefenso, que se revela contra un sistema que lo ha marginado y reducido a un rol odioso de prestamista.

SHYLOCK: Soy un judío. ¿Es que acaso un judío no tiene ojos? ¿Es que un judío no tiene manos, órganos, proporciones, sentidos, afectos, pasiones? ¿Es que no se alimenta de la misma comida, no es herido por las mismas armas, ni sujeto a la mismas enfermedades, ni curados por los mismos medios, ni calentado y enfriado por el mismo verano y el mismo invierno que un cristiano? Si nos pinchan, ¿no sangramos? Si nos hacen cosquillas, ¿no nos reímos? Si nos envenenan, ¿no morimos? Y si nos ultrajan, ¿no nos vengaremos? (William Shakespeare: El Mercader de Venecia)

Klos y Kadar: Obchod na korze
¿Cómo vivían los judíos las explosiones aisladas de discriminación que se daban en Argentina durante la primera mitad del siglo XX? No había situaciones extremas, que justificaran reacciones viscerales, como la de la anciana protagonista de Obchod na korze (La tienda en la calle mayor) el filme checo de Klos y Kadar, que entraba en pánico al oír la palabra pogrom. En Europa Central, las operaciones represivas patrocinadas por el Estado eran periódicas y temibles. Durante un pogrom, los judíos eran despojados de sus propiedades, se los encarcelaba, se los obligaba a emigrar y eventualmente  se les daba muerte. En España, tras la derrota de los musulmanes por los Reyes Católicos, se les ofrecía la opción de convertirse al cristianismo o morir. De todos modos, la condición de cristiano nuevo continuaba despertando sospechas. En cualquier momento podían perderlo todo, por lo que no era extraño que decidieran trasladarse al Nuevo Mundo, donde esperaban hallar un ambiente menos prejuicioso.
Convención nazi en el Luna Park de Buenos Aires, 1928
La represión había sido durante más de mil años la actitud del cristianismo respecto de los judíos, a quienes se consideraba culpables de la muerte de Jesús de Nazaret. Poco importa si esto se correspondía con la verdad o era falso, porque desde hace siglos se utiliza el mismo argumento para despojar a los judíos de sus medios de vida, en beneficio de aquellos que detentan el poder.
Muchos años después entendí el peso de la discriminación, cuando en los países donde residí tuve que tolerar, por ejemplo, chistes ofensivos sobre mi nacionalidad, que probablemente no se referían a mí, como persona, pero que tampoco se hubieran hecho si yo no hubiera estado presente. ¿Cómo reaccioné? Era mejor reírse ante las ofensas, demostrando que no importaban, o simular que no se había percibido la mala intención que se manifestaba detrás de una ocurrencia trivial, porque después de todo se trataba de alguna estupidez que no merecía recordarse.
Durante la adolescencia, aprendí que nunca me iban a discriminar por ser negro, ni chino, ni mujer, ni gordo, ni petizo, ni víctima del acné, porque el azar me había librado der tales humillaciones. Bastaba que fuera tartamudo. En tal caso, de acuerdo con mi experiencia, uno comenzaba por automarginarse de manera preventiva, con el objeto de evitar humillaciones que prometían ser penosas. Yo no hablaba demasiado, ni interactuaba más de lo necesario con gente de mi edad. Eso me llevaba a buscar la compañía de gente adulta y a pensar bastante lo que iba a decir, para estar seguro de los recursos verbales que utilizaba. No era casual que prefiriera escribir o dibujar, antes que hablar en público.

Puesto que yo soy imperfecto y necesito la tolerancia y la bondad de los demás, también he de tolerar los defectos del mundo hasta que pueda encontrar el secreto que me permita ponerles remedio. (Mahatma Gandhi)

Nadie hablaba a mediados del siglo XX de inteligencia emocional, ni de educación para la tolerancia de la diversidad. Más bien se lo hubiera considerado una injustificable pérdida de tiempo, que no correspondía ventilar en un colegio, cuando había que pasar tanta materia más urgente, exigida por los programas del Ministerio de Educación.
En tercer año del secundario se sumó a nuestro curso un estudiante nuevo, que acumulaba dos hándicaps temibles, cada uno por su lado: el acné juvenil que enrojecía su cara siempre sonriente, y ser hijo de un profesor que acababa de incorporarse al plantel y residía en las afueras de la ciudad. Tanto el padre como el hijo se convirtieron en víctimas de una mayoría circunstancial, formada por aquellos que ya nos conocíamos, aunque no tuviéramos tanto en común entre nosotros. La llegada de desconocidos bastaba para establecer una coherencia agresiva.
¿Qué podía hacerse para hostilizar a ambos? Nada concreto, dada la disciplina que por entonces regía en el sistema educativo y prodigaba amonestaciones y expulsión a quienes no respetaran las reglas de convivencia.
André Gide
Ambos recibieron sobrenombres que a pesar de circular a sus espaldas, tarde o temprano llegarían a su conocimiento y deberían molestarlos. Hoy no recuerdo si el padre o el hijo era conocido como “el Chacra”, pero estoy seguro de que fue al padre a quien alguien decidió anotar en el pizarrón, poco antes de que entrara en la sala de clases, el nombre Coridón, cosa que lo afectó al punto de increparnos a todos, incapaz de individualizar quién lo agredía. Yo no entendía qué estaba pasando, no había leído los poemas de Teócrito y Virgilio, en los que un pastor griego se enamora infructuosamente de un chico. Tampoco sospechaba que André Gide hubiera publicado con ese título, un libro de ensayos que defiende la homosexualidad. Aún hoy me pregunto si alguno de los estudiantes disponía de algún dato concreto sobre el docente, o si el rumor había surgido de los mismos colegas del docente, pero lo cierto era que la alusión tenía un sentido inequívoco para él, que nos miró en adelante como a sus enconados adversarios.
Cuando comparo este episodio con los recursos que disponen hoy los adolescentes en las llamadas redes sociales, advierto que tal vez no hubiera menos crueldad e inconciencia entonces, pero por suerte nos faltaban los medios para causar más daños por venganza o diversión. Ahora, los jóvenes viven permanentemente conectados a sus teléfonos celulares, que los acompañan a todas partes, incluyendo las escuelas, de donde parece imposible desterrarlos, porque los ocultan o no pueden evitar consultarlos, desatendiendo el aprendizaje.
El bullying (un término desconocido hace medio siglo, que se ha instalado en el vocabulario cotidiano de la gente) puede hacerse de manera presencial o utilizando la complicidad de las redes sociales, que facilitan la distribución de textos e imágenes capaces de documentar y perpetuar lo sucedido. Cuando se decide agredir a alguien, ahora se disfruta, desde muy temprano en la vida, de un anonimato y una repercusión que a mediados del siglo XX resultaban impensables. Los escolares se acosan para divertirse, para ser aceptados por el grupo de acosadores. Eso incrementa en forma paralela la fragilidad de los victimarios, que se vuelven dependientes de las redes sociales y temen recibir un trato parecido en cualquier instante.
Hinchas de futbol
La desconfianza cohesiona a un grupo humano, mientras dura el enfrentamiento de la mayoría con una minoría real o imaginaria, que puede ser designada como culpable de todos los males que experimenta la sociedad. Es la imagen del chivo expiatorio que permanece desde hace miles de años. Alguien debe ser sacrificado, para beneficiar a la mayoría. ¿Por qué no comenzar con un extranjero o con alguien que por cualquier motivo no llega a reconocerse del todo como parte del colectivo? Digamos un homosexual, un gitano, un gordo, el miembro de un culto religioso minoritario. Que sufra aquel que no puede resistirse al tormento al que será sometido para exorcizar los demonios de la mayoría.
Probablemente el temor no suministra ninguna base demasiado sólida para intentar empresas humanas de cierta complejidad, pero es motivador y después de manifestarse se vuelve cada más difícil volver atrás, porque se han tomado decisiones injustificables, basadas más que nada en prejuicios y el miedo.
En el mejor de los casos, a medida que pasa el tiempo, la desconfianza y discriminación inicial cede, los prejuicios se revelan infundados, y aunque solo sea por aburrimiento de las posiciones extremas, gracias al efecto desgastador de la rutina, casi todo el mundo termina aceptando aquello que antes rechazaba.

Imagina que tu gobierno te dice que hay un conjunto bastante numeroso de inmigrantes que van a venir a tu país. Ante esa noticia, lo primero que quieres saber cuáles son sus intenciones y van a participar o no en la economía, o si, por lo contrario, lo hacen con la intención de competir con nosotros. Los colectivos que están vistos como explotadores, no nos gustan, y si además son de fuera, no nos caen bien. Tampoco nos agrada la gente pobre. Es algo generalizado, que se da en todo el mundo. En cambio, los estereotipos concretos dependen de cada cultura. (Susan Fiske)

Encontrarse en minoría, expuesto a la discriminación, no resulta una situación cómoda, cuando por cualquier motivo la mayoría se siente insegura de aquello que tradicionalmente consideró sus posesiones.  Aquellos susceptibles de ser discriminados ven cómo proliferan las actitudes defensivas, que comienzan por designar al de afuera como un probable competidor, en enemigo, alguien que les arrebatará los escasos empleos, que tendrás más seguidores en Facebook y cortejará a las mujeres más atractivas, que los otros, los llegados antes, creían reservadas para ellos y nadie más, como si Dios les hubiera indicado esa misión. Hagan lo que hagan esos intrusos, los miembros de la mayoría no van a tolerar siquiera que piensen en estorbar  su camino.