jueves, 21 de septiembre de 2017

Sufrir o gozar la vida (II): Cegueras voluntarias del Siglo XX

Epicuro

Los seres humanos y los animales buscan el placer y evitan el dolor, determinando lo placentero como bueno y lo doloroso como malo. Por eso decimos que el placer es el principio y fin del vivir feliz. Pues lo hemos reconocido como bien primero y connatural y a partir de él hacemos cualquier elección o rechazo. (Epicuro)

El bienestar que suministran las endorfinas, esas glándulas minúsculas de las cuales depende la convicción personal de que en buena hora uno se encuentra en este mundo, nos vuelve dependientes de situaciones que no resulta fácil controlar cuando se las disfruta. Uno quiere estar muy bien, o al menos no sufrir la existencia que le ha tocado en suerte. La cultura en la que se ha nacido, propone actividades inútiles, ingestas y rituales que permiten gozar la vida y hasta convencerse de que tienen asegurada la felicidad eterna, para quienes comparten ciertos credos religiosos.
Algunas de estas actividades suelen ser privadas, como lo referente al sexo o el consumo de un amplio repertorio de estimulantes, mientras que otras son actividades públicas, como los paseos y la asistencia a espectáculos deportivos o musicales. El siglo XX desplegó una cultura de la diversión, que no tiene precedentes con aquella que lo antecedió y solo puede entenderse por el contexto histórico amenazante en el que surgió. La vieja amenaza de un próximo fin del mundo, que estaba presente hacia el comienzo de nuestra era y después, al llegar al siglo X, nunca estuvo más cerca de concretarse, y la decisión darle la espalda mientras fuera posible, puesto que no se atina a enfrentarlo o impedirlo, nunca estuvo más justificada.

Por cuatro días locos / que vamos a vivir. / Por cuatro días locos / te tenés que divertir. / En esta vida la mescolanza / de diversiones y de pesar / no pierdan nunca las esperanzas / y aprendan todos este cantar. (Rodolfo Sciammarella: Por cuatro días locos)

Alberto Castillo
La voz de Alberto Castillo no anunciaba nada muy alegre. El hedonismo no pasa de ser una máscara del nihilismo. Pasarlo bien es la intención declarada de casi todo el mundo, y solo pasa a un segundo término o se lo cuestiona (y finalmente se lo condena) cuando esa idea tan elemental y sana entra en conflicto con compromisos que se consideran superiores al mero disfrute, tales como la salud del propio cuerpo o la seguridad de otros seres humanos. Intentar lo contrario, subordinarlo todo a la búsqueda del placer inmediato era tradicionalmente una actitud censurada por la sociedad (el epicureísmo nunca fue una filosofía puesta a la altura del estoicismo), que en todo caso los individuos se dedicaban a disimular lo mejor que podían, como si debieran avergonzarse de su aspiración a la felicidad.
Winston Churchill
Hay épocas de inevitable y generalizado sacrificio de todo el mundo, le guste o no, como la era que anunciaba el Primer Ministro Winston Churchill a los ingleses, hacia el comienzo de la Segunda Guerra Mundial: les aguardaban días de sangre, sudor y lágrimas. Hay etapas de esperanzas colectivas, como aquellas que prometía la canción que se hizo popular durante la crisis económica de los años `30, probablemente porque todo en la realidad parecía oponerse a lo que anunciaba la letra, sin aportar la menor prueba de que ningún anuncio optimista fuera a cumplirse:

Happy days are here again / The skies above are clear again / So let´s sing a song of cheer again, / Happy days are here again. (Milton Ager y Jack Jellen: Happy days are here again)

 Hay épocas de obnubilación colectiva, no pocas veces promovida por la industria cultural, que necesita vender sus productos, que se corresponde con despreocupados proyectos personales, no pocas veces fruto del temor a la realidad, en connivencia con el discurso de los dirigentes políticos deseosos de perpetuarse en el poder. Si se los acepta, no habrá carencia que no se resuelva, humillación que no se consuele. ¿Acaso la realidad plantea límites a los deseos? Si eso ocurre, basta con cerrar los ojos y continuar haciendo y creyendo lo que hasta entonces uno estaba convencido de que le correspondía hacer y creer.
Adolf Hitler

Podemos estar felices de saber que el futuro nos pertenece. (Adolf Hitler)

Si las promesas de felicidad duradera no resultaban demasiado convincentes, quedaba el recurso de anunciar el apocalipsis, una estrategia que el pensamiento cristiano adoptó con éxito durante el primer siglo de nuestra era y reactualiza de vez en cuando, gracias a las admoniciones que descubre en los textos sagrados. Si triunfaba el comunismo ateo, planteaba la propaganda capitalista de mediados del siglo XX, quedaría abolida la propiedad privada, no solo de las grandes empresas, porque hasta los niños serían arrancados de sus madres, para someterlos a un adoctrinamiento que los convertiría en autómatas puestos al servicio del Estado.
El fin de los tiempos se acercaba cada vez más, ya no por los pecados de la Humanidad, que era incorregible, sino por obra y gracia de la mortal radioactividad que sumiría al planeta en un invierno de miles de años. Sobrevivirían las bacterias, la vegetación o mutantes que de solo imaginarlos causaban espanto. El futuro se veía oscuro, mientras no se mirara más allá de las narices. Costaba pensar que alguna vez amaneciera.
En oposición a eso, se ofrecía la imagen de una Edad de Oro del capitalismo, libre de penurias y contradicciones, moderna, placentera, que no se sabía cómo llegaría a ser eterna y perfecta, generalizada y sin coste alguno para los participantes. No se trataba de esperar un futuro razonable, sino de cerrar los ojos ante las amenazas del futuro inmediato. Si es difícil ignorar la realidad, porque se vuelve apremiante y resulta imposible marginarse de sus corrientes, cabe la alternativa de concentrarse en cualquier cosa que no resulte conflictiva, de escapar por un rato.
Guerra nuclear
En medio de la Guerra Fría, que anunciaba el inminente fin de la humanidad, como consecuencia de las bombas nucleares que estaban acumulando las grandes naciones, poco después de terminada la Segunda Guerra Mundial, y hasta por descuido iban a estallar, podía cantarse:

La televisión pronto llegará / yo te cantaré y tú me verás.

No fue la televisión sino internet, el medio llegado hacia el fin de siglo XX, el que se encargó de democratizar la comunicación audiovisual, dotándola de una interactividad que finalmente la vuelve trivial. Todo el mundo tendría la oportunidad de convertirse en una celebridad por quince minutos, anunciaba Andy Warhol en los `60 y la tecnología contemporánea respalda esa aspiración, aunque solo sea por los 140 caracteres de un Twitter o los selfies de Facebook.
Andy Warhol
La música popular suele dar cuenta de las tensiones y expectativas nada superficiales de determinado un momento histórico. Primero la gente canta y baila una simplificada visión del mundo, la comparte y difunde; más tarde los estudiosos desentrañan el significado de visión del mundo.  En Argentina, el tango se ha dedicado no pocas veces a describir los vicios de una clase alta que puede pagarse todos los placeres imaginables y carece de escrúpulos cuando trata de disfrutarlos. Tal vez el tango no pretenda moralizar a nadie, enunciando una superioridad de virtudes en las que no cree, pero no suele celebrar ese ambiente, que conoce bien.
Francisco Canaro: Tiempos Viejos

¿Te acordás, hermano, qué tiempos aquellos? / Eran otros hombres, más hombres los nuestros. / No se conocían cocó [cocaína] ni morfina; / los muchachos de antes no usaban gomina. (Francisco Canaro y Manuel Romero: Tiempos viejos)

No es un tango escrito hace pocos años, que da cuenta de un país previo a la irrupción de todo tipo de estimulantes y tranquilizantes adictivos, sino en 1926. Por entonces, el mundo contemporáneo era visto como el escenario de una profunda crisis de valores. “Todo es igual / nada es mejor” denunciaba Enrique Santos Discépolo en Cambalache.
Los estimulantes y tranquilizantes adquieren muchas formas y suscitan una diversidad de reacciones en la sociedad donde se los produce, distribuye y consume. Algunos son tolerados socialmente (el chocolate, la comida en general, la ingesta moderada de alcohol), mientras otras pasan de lo aceptado a lo reglamentado (es el caso del tabaco o los ansiolíticos en la actualidad) o de lo clandestino a lo aceptado (como el empleo terapéutico de la marihuana en algunos países) mientras otras quedan confinadas al plano de lo clandestino (las llamadas drogas recreativas).
Publidad: cigarrillos y deporte
En el pasado, las drogas que no fueran el alcohol y el tabaco se consumían discretamente, en los círculos capaces de financiarlas, durante actividades los medios fingían ignorar, excepto cuando desembocaban en algún crimen que despertara el interés de la audiencia masiva alertada por la prensa, hasta generar una condena social focalizada, que pronto se trasladaba a otras circunstancias de la actualidad.
Luego las drogas se descontrolaron. Creció la demanda de una sociedad que no veía futuro, o que solo veía las amenazas del futuro, mientras que paralelamente creció una oferta difícil de resistir. Era más fácil huir de la realidad que intentar algún cambio.
Una sólida tradición de desconfianza respecto de instituciones como los partidos políticos, las Fuerzas Armadas, la Iglesia Católica, la Justicia, que hubieran debido estar fuera de toda sospecha y todos los días quedaban en evidencia como incompetentes, corruptas o discriminadoras, se había acumulado en Argentina durante décadas. No se podía prescindir de ellas, y al mismo tiempo resultaba imposible controlarlas. Conformarse con lo que había, era esperar lo peor y no atinar a evitarlo.
VIH positivo y negativo
Después de la difusión de la píldora anticonceptiva, que liberó a las mujeres del temor a un embarazo no deseado, las últimas décadas del siglo XX condujeron a la idea de que podía (y hasta debía) disfrutarse del sexo como no había sido posible hasta entonces. Todo podía experimentarse sin culpa.
A mediados de los años ´80, el enigma del VIH obligó a despertar de esa fantasía. El sexo tenía consecuencias, más allá de la prevención de embarazos y esas consecuencias incluían la muerte. Los tiempos cambiaban, para ofrecer nuevas maneras de sufrirlos.

sábado, 26 de agosto de 2017

Sufrir o gozar la vida (I): Esperanzas y temores del siglo XX


Bomba Atómica de Hiroshima
El nihilismo estaba de moda en el siglo XX, entre aquellos que se consideraban inteligentes, probablemente para diferenciarse de una mayoría menos pensante, que sobrevivía sumida en la resignación y el optimismo. La crítica del sistema dominante se alimentaba de una sombría esperanza, a medida que transcurriera el tiempo; todo parecía condenado a ir de mal en peor. Los fantasmas del fin del mundo eran cada vez más contundentes, y denunciarlos de mil modos, tanto en las conversaciones triviales, como en el arte y la filosofía, era una misión que la Historia le había conferido a unos pocos iluminados.

¿Pero no ves, gilito embanderado / que la razón la tiene el de más guita? /  ¿Que la honradez la venden al contado / y la moral la dan por moneditas? / ¿Qué no hay ninguna verdad que se resista / frente a dos pesos moneda nacional? (Enrique Santos Discépolo: ¿Qué vachaché?)

Enrique Santos Discepolo
Haber nacido poco antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial, me aseguró un lugar privilegiado para observar (y participar, me gustara o no) en tales cambios de mentalidades, con sus esperanzas  desmedidas y sus decepciones generalizadas, que hoy todavía me pregunto cómo logré sobrevivir.
Mis padres me engendraron bajo la amenaza de la crisis económica internacional de los años `30. Crecí en la posguerra marcada por la inminencia de un enfrentamiento nuclear que prometía poner fin a la vida sobre el planeta. Llegué a la edad adulta, justo a tiempo para experimentar la eclosión de los intentos de liberación del Tercer Mundo, el feminismo, la píldora anticonceptiva, el VIH, la robotización del trabajo… La Historia no termina allí, pero la mera enunciación de eventos notables que presencié se vuelve abrumadora.
El siglo XX fue calificado como un Cambalache por el tango de Enrique Santos Discepolo, y el diagnóstico llegó muy pronto (1932) durante la etapa de transición entre la memoria cada vez más distante de los horrores de la Primera Guerra Mundial y el inicio de proceso que conduciría a los inimaginables horrores de la Segunda Guerra Mundial, mientras Argentina experimentaba las varias modalidades del fraude institucionalizado, que definieron a la llamada Década Infame.
La crisis generalizada de valores que describe Cambalache, podía reconocerse en una pluralidad de situaciones de la vida pública y privada. No había trabajo. El crimen organizado se revelaba impune. Los derechos políticos se encontraban conculcados. La gente aceptaba la visión tenebrosa del tango y las autoridades percibían ese acuerdo incómodo, por lo que no dudaban en censurar la letra de esas canciones en la radio y obligaban a utilizar un léxico que ignorara el lunfardo, probablemente en la esperanza de que al faltar la expresión de la crisis, la crisis dejara de existir.
¿Cómo caracterizar la realidad de hoy, casi un siglo después? Que más de dieciocho millones de personas, en un país de cuarenta millones de habitantes, dependa para subsistir de los planes sociales subsidiados por el Estado, que más de un tercio de la población se encuentre por debajo del nivel de pobreza, no son las evidencias más tranquilizadoras respecto de la sociedad argentina.
Vladimir Jankelevitch

El porvenir es ambiguo, en primer lugar porque es a la vez cierto e incierto. Lo cierto es que el futuro será, que advendrá un porvenir, pero cuál será es algo que queda envuelto en las brumas de la incertidumbre. De todos modos, el Aún-no, con el tiempo, será un Ahora; de todos modos, el porvenir será presente y será un Hoy, estemos o no ahí para verlo. (Vladimir Jankelevitch: La aventura, el aburrimiento, lo serio)

Me tocó crecer durante la segunda posguerra del siglo XX, una época de renovadas esperanzas y todavía mayores temores. El futuro que nos anunciaban, después del fin de una guerra que había dejado millones de víctimas en casi todo el planeta y sembrado la destrucción por donde pasaba, tenía que ser mejor, menos cruel, más constructivo, aunque solo fuera porque costaba imaginarlo igual a lo que acababa de concluir o incluso peor. Se lo suponía un mundo menos serio, distante de la solemnidad del discurso político, como anunciaban el boogie-woogie y el mambo, dos bailes que no pretendían ser tan serios como el tango, ni tan elegantes como el fox-trot. El scatting del jazz de Ella Fitzgerald, Sarah Vaughan o Cab Calloway, prescindía de las palabras reconocibles y utilizaba tan solo sílabas sin sentido para dar forma al ritmo bailable. Ningún contenido que no fuera el ritmo apto para moverse en compañía. Trivialidad, pasatiempo, disfrute de estar con otra persona. ¿Para qué buscar más?
Pesticidas
Expectativas razonables sobre lo que ocurriría durante una paz que se confiaba duradera, podían ser compartidas por grandes sectores de la población, sin importar la edad, el género o la condición social. Los regímenes totalitarios de Alemania, Italia y Japón habían sido vencidos definitivamente por la democracia. Nazismo y Fascismo no regresarían, puesto que sus inspiradores habían muerto. La penicilina llegaba para liquidar las infecciones que hasta entonces había sido difícil controlar. El DDT acabaría para siempre con las plagas de la agricultura, con lo que las hambrunas colectivas pasarían a ser cosa del pasado (¿cómo prever que quedaría incorporado a los alimentos que arruinan la salud humana?).
Contaminación oceánica
Los plásticos reemplazarían a la loza y el vidrio en la vajilla doméstica (nadie podía imaginar que setenta años más tarde, los desechos plásticos pulverizado, contaminaran en dos grandes áreas el Océano Pacífico, poniendo en peligro la vida submarina). Las medias de nylon de las mujeres ya no tendrían molestas corridas. Todo el mundo tendría un auto (aunque le costara pagarlo y se viera obligado a vivir cada vez más lejos de su empleo, por lo que necesitaría dedicarle cada vez más tiempo a viajar por carreteras atestadas) generando gases dañinos).
Congestión de tránsito
No conviene descuidar el enorme poder de una sociedad satisfecha pero aburrida, que no se resigna a subsistir con los recursos que le fueron asignados, y se dedica a buscar (no importa dónde) más diversión de la que había imaginado en épocas de crisis. Puesto que la imagen de una revuelta que trastorne los ejes de la sociedad, tras los excesos del estalinismo, causa un temor que paraliza a muchos, les ofrece una barrera que consideran indeseable de franquear. Tal vez los participantes de ese colectivo carezcan de proyectos comunes, tal vez disipen sus energías en actividades que objetivamente se revelan inútiles o incluso autodestructivas, a pesar de que las encaren con tal dedicación, que al menos en esos momentos en que las disfrutan, parecen estar coordinados.
El sexo es uno de esos ámbitos. Habitualmente se lo disfruta en privado, en compañía de parejas estables o eventuales, porque revela demasiado sobre aquel que se expone a compartirlo. La vida en sociedad exige la adopción de máscaras respetables, convencionales, que el sexo derriba. El sexo puede ser temido por muchos y sin embargo promete disfrutes difíciles de resistir para el común de la gente. Pocos son aquellos que intentan desoír su llamado y todavía son menos quienes consiguen dejarlo de lado.

Prácticamente no existe ninguna otra actividad o empresa que se inicie con tan tremendas esperanzas y expectativas, y que no obstante, fracase tan a menudo como el amor. (Erich Fromm: El Arte de Amar)

Fiebre de los teléfonos celulares
Durante la primera mitad del siglo XX, probablemente por influencia de las dos guerras mundiales y las grandes crisis económicas, no se consideraba correcto abandonarse a ningún disfrute. A los niños se nos pregonaba desde muy temprano la moderación en todos los aspectos. No debíamos comer demasiado, ni pedir regalos imposibles a los Reyes Magos, ni sobresalir en una reunión de adultos. Tampoco estaba permitido no comer lo que se nos presentaba, ni revelar que no nos gustaban los regalos, ni quedarnos callados cuando los adultos esperaban que nos luciéramos con recitados u otras habilidades.
Aurea mediocritas es la locución latina que expresa ese ideal de medianía, de discreción, de contención, que hoy parece referirse a otro universo, paralelo y desconectado del actual, donde el exceso es la norma y hasta se lo celebra. Los nuevos héroes de la modernidad, los millonarios músicos de rock, se drogan en público, se desnudan en el curso de sus shows, destruyen instrumentos, insultan a sus admiradores, cuando lo deseable, medio siglo antes, era que fueran un modelo de elegancia, hicieran música, halagaran a quienes pagaron por ver su desempeño. Durante la sicodelia de los años `60 y `70 se revivió la enigmática frase de William Blake que probablemente se refería a otras situaciones: “El camino del exceso conduce al palacio de la sabiduría”.
Sifones
La presencia del sifón de soda aseguraba en las mesas argentinas la moderación en el consumo de alcohol que se pregonaba desde el mundo antiguo. Un vaso de vino era en realidad un vaso de agua con vino (y burbujas, para darle un carácter menos trivial a la bebida). El abandono al vino bebido sin atenuantes, con el propósito de embriagarse y perder el contacto con la realidad, era mal considerado por la gente.
El ebrio era un vicioso, a veces un participante incómodo de las reuniones sociales, no un enfermo que debiera compadecerse o someterse a un tratamiento desintoxicante. La copa del olvido (de los compromisos familiares y buena educación) era eludida mediante la incorporación del sifón al consumo de la bebida alcohólica, relegada a la categoría de inocente refresco.
Había que disfrutar moderadamente los placeres de la vida, casi como si hubiera que disculparse de intentarlo, cuando había tantas cosas más urgentes. Si no quedaba otra alternativa que sufrir, se esperaba que se contuvieran las efusiones de dolor mientras resultara posible. Una cultura de la contención permitía que una existencia probablemente poco placentera, se volviera sin embargo tolerable.

lunes, 17 de julio de 2017

Cultura enferma del Siglo XX (II): Tiempo de slogans



¡Alpargatas sí, libros no! (Anónimo)

Juan Domingo Perón
El slogan peronista que escuché durante mi infancia, después de concluida la Segunda Guerra Mundial, me desconcertaba por más de un motivo. Primero, me costaba entender la confrontación que establecía entre dos objetos tan desconectados habitualmente. Las alpargatas no podían ser consideradas como el calzado más eficiente al que debiera aspirar el proletariado, ni los libros podían ser vistos como un instrumento perjudicial, bajo ningún aspecto. ¿Por qué había que optar entre unas y otros? La idea de que la gente letrada tuviera que oponerse a los pobres, condenados a calzar alpargatas, en lugar de acceder a un calzado más durable y protector, debía ser el mensaje que se intentaba fijar. La cultura no solo era sospechosa, sino que se planteaba como responsable de las injusticias educativas.

En la Nueva Argentina, los únicos privilegiados son los niños. (Juan Domingo Perón)

República de los Niños (La Plata)
Este era otro slogan que aparecía en los carteles de los parques de juegos infantiles distribuidos por todo el país, en la Ciudad de los Niños del barrio de Belgrano Chico, en Buenos Aires; en la República de los Niños de La Plata (que anunciaba las características de Disneyland, varios años antes de que Disneyland existiera). Este slogan tenía como respaldo registros fotográficos o fílmicos de lugares existentes. Tranquilizaba comprobar esa correspondencia, porque resultaba frecuente en el discurso de los personajes públicos que la realidad y el discurso no coincidieran demasiado; que el discurso sustituyera en muchas ocasiones a la realidad; que el mapa ocultara al territorio, como planteaba la Semántica General de Alfred Korzybski.
Cuando uno descubría esa discrepancia reiterada, convertida en sistema, tendía a interpretar el discurso ajeno como el signo o la huella de algo distinto, incluso opuesto a lo que se planteaba, aunque también podía ser la representación de algo inexistente, fruto exclusivo de una propaganda que se volvía desconfiable. A partir de esa experiencia temprana, al enfrentar cualquier slogan uno se preguntaba: ¿Quiénes están detrás de esto? ¿De qué tratan de convencerme? ¿Qué salen ganando si lo acepto?
Gary Cooper
Me costó entender que me había tocado vivir en una época de slogans pegadizos y exitosos, obra de especialistas bien entrenados; discursos que eran repetidos sin grandes cambios por los medios masivos, aunque mintieran o dieran la espalda a la realidad. De acuerdo a los artículos de Selecciones del Reader´s Digest o los programas radiales de La Voz de América, los países socialistas de Europa sufrían detrás de una Cortina de Hierro (que podía denominarse también Telón de Acero) que impedía simultáneamente la penetración del gran capital depredador, y evitaba la huida de las víctimas de un sistema colectivista y ateo, que había sido impuesto contra la voluntad de esos pueblos. La Guerra Fría que se había declarado entre los dos mundos, resultaba inevitable y hasta debía saludarse con esperanza, porque indicaba que Occidente, bastión contradictorio de la democracia, no entregaría sus valores fundamentales sin ofrecer batalla.
Perón votando
El peronismo se definió muy pronto como un régimen fértil en slogans. Utilizaba la radio, el cine y la prensa gráfica, para difundir mensajes, y eso otorgaba gran peso a las formulaciones breves y dogmáticas, aptas para ser reproducidas en vallas, memorizadas por millones de personas y coreadas en las grandes manifestaciones. El régimen se proclamaba sostenedor de una doctrina de la Tercera Posición que se diferenciaba por igual del Comunismo y el Capitalismo, con lo que Argentina se incorporaba a los países No Alineados, que reunía a regímenes tan diferentes entre ellos como la Yugoslavia del Mariscal Tito, el Egipto de Gamal Abdel Nasser y la Indonesia de Sukarno.

En medio del caos que opera en el mundo fluctuante entre el individualismo y el colectivismo, nosotros adoptamos un sistema intermedio, cuyo instrumento básico es la justicia social. (Juan Domingo Perón)

Bastaba que la maquinaria estatal pusiera un slogan en circulación, se sabía desde el uso de la propaganda soviética o alemana de los años ´30, para que adquiriera algo parecido a la realidad. Pasaba a incorporarse como un automatismo, que algunos reproducían por convicción, otros por inercia y muchos por temor. Ese momento del siglo XX era propicio para la elaboración y difusión de slogans, utilizando los medios masivos, como hacía el Subsecretario de Prensa y Difusión, Raúl Apold, o en privado, bajo la forma de rumores imposibles de controlar para el Estado.
Los rumores anónimos eran una herramienta eficacísima de la actividad opositora, y el gobierno los denostaba públicamente, como instrumentos desestabilizadores, que causaban un daño no inferior al sabotaje. Dando la espalda a una prensa administrada por funcionarios de confianza del régimen o preocupada de no irritar demasiado a quienes detentaban el poder, el rumor podía ser desinformado, indemostrable o malintencionado, pero no perdía por ello su eficacia desmoralizadora. ¿Cómo se podía luchar contra eso? Con más propaganda. 

Nosotros no pretendemos que todos nos amen, pero tenemos el derecho de exigir que nos obedezcan. (Juan Domingo Perón)

Ser esquemático era una forma válida de vivir y expresarse. Aquel que reciclara el discurso proveniente del poder, obtenía recompensas de todo tipo, mientras que el intento de eludir el esquematismo resultaba sospechoso y exponía a la marginación a quien lo planteara. Las afirmaciones perentorias recibían mayor atención, aunque no pasaran de ser palabras sin fundamento, como demostraba la realidad a cada rato.

Por cada uno de los nuestros que caiga, caerán cinco de ellos. (Juan Domingo Perón)

Tapa de Clarín, 1955
¿Acaso alguien creía que la amenaza pudiera convertirse en realidad alguna vez? Probablemente no imaginarían nada parecido los seguidores, ni tampoco los adversarios. Solo algunos incautos, se negaban a reconocer la distancia insalvable que existía entre la bravata y la actividad práctica. La caída del peronismo en 1955 no significó el fin del esquematismo discursivo que había tenido tanto peso en el régimen. La llamada Revolución Libertadora se inauguró con un bombardeo a la Plaza de Mayo donde se habían reunido los anónimos partidarios del régimen que habían decidido defenderlo (¿Con qué armas? ¿Aprovechando qué tipo de entrenamiento?).
No obstante el slogan de “Ni vencedores ni vencidos” del general Eduardo Lonardi, el peronismo fue proscripto durante años, tal como había pasado con el radicalismo una generación antes, en el curso de la Década Infame. Los slogans intentaban, entonces como ahora, tapar el sol con un dedo, aplastar las evidencias de una realidad que no coincide con el discurso oficial o simular un discurso que no tenía nada propio.
A veces, una frase no meditada, incluso involuntaria, pero ingeniosa o reveladora, llegaba a ser recordada y repetida, por el acierto (o el desacierto) con que interpretaba la realidad:

Tenemos que dejar de robar por dos años. (Luis Barrionuevo)

El peronismo triunfará conmigo o sinmigo. (Herminio Iglesias)

Se puede callar el absurdo del mundo cotidiano, se puede reír de él, como hacía (sistemáticamente) la revista Tía Vicenta (o por descuido, como en el caso de los dirigentes políticos que se exponen ante los medios) puesto que ni siquiera tiene mucho sentido indignarse o reclamar una actitud racional, porque no se conseguirá nada. A la gente de mediados del siglo XX le tocó vivir, sin duda, una época de repetidos desengaños e incredulidad generalizada, que se manifestaba no solo en áreas del pensamiento tan elevadas como el arte y la filosofía, sino en los actos menos trascendentes de la vida cotidiana, por el común de la gente.

Hay que pasar el invierno. (Álvaro Alsogaray)

La gente nunca tuvo más plata que ahora. (Martínez de Hoz)

1984
George Orwell, militante inglés anarquista que participó en la Guerra Civil Española (léanse las crónicas de Homenaje a Cataluña) escribió una década más tarde 1984, una novela de anticipación que imagina el futuro de Occidente, a partir de la experiencia de la Guerra Fría que ya estaba instalada en 1948. Para Orwell, la mentalidad soviética de entonces (hoy sería la del fundamentalismo islámico) representaba una amenaza que terminaría por imponerse en Occidente, no por las armas, sino a través de una contaminación interna capaz de pervertir las instituciones, que continuaría utilizando el lenguaje tradicional de la democracia occidental, solo que desprovisto de su sentido original o (con mayor frecuencia) convertido en caricatura de lo que alguna vez llegó a significar.
Cada vez que Winston Smith, el protagonista de 1984 mira la fachada del Ministerio de la Verdad (en realidad, Ministerio de Propaganda) donde él trabaja, encargado de funciones subalternas, tiene que leer las consignas del Partido único que ha llegado al poder y por ningún motivo está dispuesto a perderlo:
LA GUERRA ES LA PAZ.
LA LIBERTAD ES LA ESCLAVITUD.
LA IGNORANCIA ES LA FUERZA. (George Orwell: 1984)

Los opuestos se han equiparado en esta ficción, más allá del Todo da igual / Nada es mejor que incluye la letra del tango Cambalache de Enrique Santos Discépolo o el Anything goes de Cole Porter, un par de canciones que grafican de manera insuperable el escepticismo de los años `30, nacido de una crisis económica internacional, que desembocaría en la Segunda Guerra Mundial. El absurdo impone slogans que derriban los estrechos límites del pensamiento racional. Supone que habrá de aceptarse aquello que ofrece opciones, sin tomar en cuenta que sea falso, y precisamente porque es falso y no sostiene el menor análisis. 

Estamos mal, pero vamos bien. (Carlos Saúl Menem)

Orwell no fue un clarividente (Inglaterra no es un Estado fascista hasta la fecha y acaba de separarse de la Unión Europea, por desconfiar de los países vecinos) pero sus advertencias sobre el auge del autoritarismo en medio de la modernidad, que se anuncia liberal y democrática, pero dista de serlo, son imposibles de ignorar. Las palabras del discurso oficial, que llega a todos simultáneamente gracias a los medios, confunden y seducen a quienes se sienten acosados por las apreturas de la vida cotidiana, probablemente no le encuentran mucho sentido a nada y supone que algún milagro sucederá. Pueden ser aceptadas, finalmente, por simple inercia, porque se reiteran, como argumentó Joseph Goebbels, el Ministro de la Ilustración Pública y Propaganda nazi.
Gran Hermano (reality show)
Hoy, más de treinta años después de 1984, el Gran Hermano de su novela ha dejado de ser un dictador que puede vigilar a cada ciudadano de un Estado totalitario, que ante los ciudadanos se presenta como la mayor democracia posible, para ser reconocido como un show de televisión, donde los espectadores comunes y corrientes, gracias a la combinación de teléfonos y televisores, son los encargados de nominar a quienes deben abandonar el encierro y permitir el disfrute del encierro para quienes han decidido premiar (provisoriamente) con la permanencia en los medios.
Los ganadores de estos certámenes, por atractivos que hayan sido en algún momento para la audiencia masiva, de todos modos se encuentran condenados al olvido al cabo de un tiempo muy corto. Protagonizan un momento, durante el cual exponen su intimidad, revelan sus secretos, y luego son desechados por los mismos medios que los convocaron, porque las mediciones del rating demuestran han agotado su potencial de entretener y se vuelve urgente reemplazarlos. Para la modernidad, no hay nada que pueda considerarse sagrado, ni digno de respeto; no hay acuerdos ni promesas que no se traicionen, cuando haya ganancias de por medio.
Tapa de Clarín
Un militar y abogado designado durante los años ´70, por sus colegas uniformados entonces en el poder, como gobernador de la provincia de Buenos Aires, era capaz de plantear sin atisbos de eufemismos, los objetivos de su cargo y probablemente los de su vida entera. Son ideas precisas, claras, irrebatibles.

Primero vamos a matar a todos los subversivos; después, a sus colaboradores; después, a los simpatizantes; después a los indiferentes. Y por último, a los tímidos. (General Ibérico Manuel Saint Jean)

Los nazis habían utilizado la expresión “Solución Final” para referirse con un eufemismo la decisión de exterminar a millones de judíos durante la Segunda Guerra Mundial. El doctor Josef Mengele había puesto la excusa de experimentos científicos para lograr el mismo objetivo, aunque en menor escala. A medida que el siglo XX avanzaba, ese pudor en el tratamiento del adversario, que no logra disminuir el horror del crimen, no dudó en ser puesto de lado por quienes debían estar convencidos de la trascendencia de la actividad sucia que emprendían y tarde o temprano sería reconocida por la comunidad. Para Saint Jean el exterminio de aquellos a quienes designaba como los enemigos de la patria, era posible, necesario y no requería de mayores justificaciones.

A mi juicio, el destino de la especie humana será decidido por la circunstancia de si (…) el desarrollo cultural logrará hacer frente a las perturbaciones de la vida colectiva emanadas del instinto de agresión y de autodestrucción. En este sentido, la época actual quizás merezca nuestro particular interés. Nuestros contemporáneos han llegado a tal extremo en el dominio de las fuerzas elementales, que con su ayuda les sería muy fácil exterminarse mutuamente, hasta el último hombre. (Sigmund Freud: El malestar en la cultura)

No conviene despreciar el poder de un slogan. Tampoco conviene esperar demasiado de él, porque tarde o temprano la realidad lo confronta y no siempre sale bien parado. Un par de palabras pueden resumir el estado de ánimo de gran parte de un país, como sucedió en Argentina en 1983, tras el fin de una dolorosa etapa de gobierno militar: “Nunca más”.