lunes, 13 de noviembre de 2017

Cultura enferma del Siglo XX (III): El triunfo de la trivialidad


Leni Riefenstahl: Triumph des Willens
Triumph des Willens (Triunfo de la Voluntad) es el abrumador documental de Leni Liefenstahl sobre la multitudinaria aceptación que brindó en Nurenberg, en 1934, el pueblo alemán a los rituales nazis que cinco años más tarde desembocaron en la Segunda Guerra Mundial. Nadie desentona en las calles o estadios abarrotados, tanto de día como de noche, lo mismo da si son trabajadores, soldados, mujeres o niño. Todos los brazos se alzan al mismo tiempo, en el mismo ángulo, para saludar a Adolf Hitler. Todas las voces se oyen coordinadas. Hay allí una falta de conflictos, una uniformidad perfecta que asustaba a los contemporáneos ubicados en el otro bando, como cuenta Luis Buñuel en su autobiografía, Mi último suspiro.
Adolf Hitler y Leni Riefenstahl
El siglo XX no inventó los desfiles, ni las masas organizadas, pero les otorgó una contundencia sobre el resto del planeta que otras épocas ignoraron. Las multitudes pasaron a ser sinónimo de autenticidad y relevancia de las causas que ellas sostenían. También se convirtieron en evidencia de acuerdo, unanimidad, superación de las diferencias internas, que desanima cualquier intento de cuestionarlas. En la gigantesca manipulación de la realidad que documenta Triumph des Willens, todo se simplifica, se vuelve trivial, para que impresione más en el espectáculo audiovisual. Hasta la pretendida trascendencia histórica del régimen de Hitler, que debería perdurar por un milenio, queda al descubierto. 
Matanza de Jonestone

Lo que han logrado armar los nazis en el poco tiempo que llevan en el poder, es impresionante pero también tan falso como el liderazgo de Jim Jones en Guyana, cuando dejó centenares de seguidores muertos, en el momento en que su estafa quedaba al descubierto, gracias a la ingestión de un refresco con cianuro.
El siglo XX fue el escenario de gigantescas imposturas, no por ello menos triviales, que no cesan de reproducirse durante el XXI, como si el aprendizaje colectivo resultara imposible. Una de las visiones recurrentes, es la del aplanamiento de los valores, como si la indiferencia hubiera devorado la conciencia de millones de seres humanos.

Todo es igual, nada es mejor. (Enrique Santos Discepolo: Cambalache)

Stultorum infinitus est numerus (el número de tontos es infinito) rezaba el proverbio atribuido a Cicerón, quien lo habría traducido del Eclesiastés bíblico y expresa un pronóstico desalentador, por lo generalizado, respecto de la condición de la inteligencia humana. No convendría esperar mucho de una especie que cuenta con un historial de irracionalidad, torpeza y crueldad tan extenso, que impide creer que solo sea fruto del descuido o de circunstancias externas.
Las posibilidades de hacer el bien (y hacerlo bien, en el momento oportuno) son muchas y no siempre exigen sacrificios heroicos de quienes lo intentan, pero las posibilidades de abortar esos proyectos tan prometedores, en unos casos por descuido, en otros atendiendo a las consideraciones más egoístas, parecen todavía mayores. 
Robert Musil

Quien hoy en día tenga la audacia de hablar de la estupidez corre graves riesgos; puede interpretarse como arrogancia (…). Por mi parte, hace ya varios años escribí: “Si la estupidez no se asemejase perfectamente al progreso, al talento, a la esperanza o al mejoramiento, nadie querría ser estúpido”. Esto ocurría en 1931 y nadie pondrá en duda que incluso después, el mundo ha visto todavía progresos y mejoras. (Robert Musil: Sobre la estupidez)

La estupidez se protege de aquellos que podrían denunciarla, para sobrevivir y en lo posible imponerse a sus críticos. Se camufla de algo respetable, como dice Musil, para que no la detecten o para que si lo hacen, consideren que no tiene mayor importancia. Lo trivial es una de esas máscaras. La modernidad es enfática respecto de lo que quiere destacar, valga la pena reparar en ello o no. El marketing ha desarrollado técnicas refinadísimas para seducir a millones de consumidores y promover en cada uno de ellos necesidades que de no haber intervenido, tampoco hubieran llegado a existir.
Las buenas intenciones o lo que se considera intrascendente, irrelevante, enmascaran situaciones bastante menos defendibles. Cuando alguien supone que sus actos se encuentran justificados, levanta la barrera sobre los detalles que pueden contrariar esa imagen difusa pero tranquilizadora. Un gobierno puede ser corrupto, pero también hace obras (como demuestra la propaganda oficial) o protege a los desposeídos (que aceptan cualquier limosna, en lugar de exigir Justicia).
Una gran industria minera o de crianza de cerdos o pollos ofrece empleo a cientos de lugareños que antes de su instalación no lo tenían, pero al mismo tiempo contamina el ambiente y perjudica la salud de toda la comunidad. Un narcotraficante acumula millones con la adicción de sus clientes, pero a la vez colabora con sus vecinos, a los que convierte en sus cómplices y eficaces agentes de relaciones públicas. Rituales vacíos de significado o dotados de un significado engañoso, indescifrable para quienes los practican, ocupan gran parte de la existencia de la gente y dificultan la comprensión de aquello que es relevante.

La idiotez es una enfermedad extraordinaria; no es el enfermo el que sufre por ella, sino los demás. (Voltaire)

Lars von Trier: Idioterne
Ser tonto o al menos comportarse como tal (con el objeto de eludir las numerosas responsabilidades que recaen sobre alguien apto para pensar y tomar decisiones) era el tema provocador de un filme de Lars von Trier, Idioterne (1998) donde un personaje que atraviesa un duelo se suma a un grupo de anarquistas en el que todos simulan ser estúpidos, jugando un juego que conduce a nada, pero que al menos los pone temporariamente al margen de las convenciones sociales.
Participar en una celebración colectiva de la trivialidad, como los certámenes de belleza, los paseos dominicales por un mal, la visión de eventos deportivos o los desfiles de moda, tal vez no consuele demasiado a nadie, pero pone límites a la inevitable sensación de soledad que acompaña a la vida moderna. Se trata de espectáculos vacíos, no obstante atractivos, por la fugacidad de estímulos desconectados de la realidad, por la dificultad que evidencia su factura, por la aprobación no cuestionada que despiertan.

No quiero ser apocalíptico, pero el espectáculo ha tomado el lugar de la cultura. El mundo está convertido en un enorme escenario, en un enorme show. (José Saramago)

Celebración Día de los Enamorados
Casi todo el mundo tiene una madre por quien siente apego y a la que desea retribuir su cariño. Por eso la modernidad instituye el Día de la Madre que se vuelve obligatorio celebrar en una fecha precisa, mediante la entrega de regalos de todo tipo, que reactivan el mercado y calman los conflictos emocionales de los hijos. Aquello que surgía de la espontaneidad y no tenía fecha estipulada, que significaba una respuesta personal y concreta para los involucrados, se convierte en un rito colectivo difícil de eludir, como sucede también con el Día del Padre, el Día de los Enamorados, el Día del Amigo y otras festividades a las que nadie se atreve a oponerse, porque automáticamente se margina como alguien insensible o inhumano.
Trivia
Durante los años `80, poco antes de que la computación invadiera la vida cotidiana de millones de personas para transformarla en lo que es hoy, se difundió un juego de mesa, el denominado Trivia, que consistía en una serie de tarjetas distribuidas al azar, que contenían preguntas sobre temas tan variados que terminaban por ser irrelevantes y ponían a prueba la cultura general de los participantes. Cuando se jugaba, se tenía la impresión de competir con otras personas, del círculo de amigos o familiar, para medir los conocimientos dispersos (triviales) de cada uno de ellos.
Al final de la sesión no se había aprendido nada nuevo, que pudiera ser utilizado en algo concreto, ni se había establecido ningún acuerdo productivo entre los participantes, pero al menos se había experimentado un contacto de ningún modo conflictivo que Internet llegó para destruir. Durante el siglo XXI, las conexiones más demandantes de los usuarios de las redes sociales, son aquellas en las que desaparece la presencia física de quienes participan y el medio adquiere un protagonismo capaz de subordinar cualquier aspecto de la comunicación humana que toque.
La sociedad de los medios uniforma de tal manera a quienes convoca, los solicita con tal intensidad, que la imagen mítica del filme Matrix (un sistema tecnológico automatizado, todopoderoso, eficiente, que ha sustituido a la realidad por una hipnosis colectiva) adquiere el valor de una metáfora de la modernidad. Es el mundo del espectáculo, desprovisto de los límites tradicionales del espectáculo, que incluso denunciaba su falsedad, para sustituir a la realidad y evitar que se los cuestione.
Guy Debord

El espectáculo se presenta como una inmensa positividad indiscutible e inaccesible. (…) La actitud que el espectáculo exige por principio es esta aceptación pasiva que en realidad ya ha obtenido por su manera de aparecer sin réplica, por su monopolio de la apariencia. (Guy Debord: La sociedad del espectáculo)

Portada Life: We are de the World
Cuando se verifica una crisis humanitaria imposible de ignorar (la hambruna de Etiopía en 1985, la guerra de los Balcanes, las migraciones masivas de Líbano) los artistas populares más famosos se reúnen para grabar canciones, como We are the World, de Michael Jackson y Lionel Ritchie, con el producto de cuya venta (U$ 50 millones) se esperaba aliviar la catástrofe del norte de África. Esta combinación de espectáculo y buenas intenciones llegó a convertirse en un modelo del discurso de los medios.
Figuras notorias de los medios se convierten en portavoces de causas benéficas. La Princesa Diana de Gales inició una campaña para humanizar el trato a las pacientes con VIH a mediados de los `80, cuando no se sabía demasiado sobre las posibilidades de contagio, y luego centró su atención en las víctimas de minas antipersonales de Angola y Bosnia, durante los `90. Muchos de estos encuentros se hicieron a espaldas de los medios, cosa que no puede decirse de otras figuras, cuyos gestos solidarios quedaron cuidadosamente documentados y difundidos.
Lady Di con mina antipersonal
Daniel Radclife, protagonista de la saga fílmica de Harry Potter, apoya una asociación que recibe a adolescentes homosexuales en riesgo de suicidio. La animadora Ellen Degeneres colabora con un hogar para animales maltratados. Victoria Beckham dona a la Fundación Save the Children, 25 vestidos de grandes diseñadores que su hija dejó de utilizar. O el cantante Justin Beaver acepta la propuesta matrimonial de un admiradora de ocho años, que sufre un dolencia hepática que con toda probabilidad no le permitirá continuar con vida, como parte de una campaña de la Fundación Make-A-Wish, que se propone convertir en realidad los deseos de niños. En el mundo actual, de la seriedad a la trivialidad hay solo un paso.
Victoria Beckham e hija
Para los representantes de la inteligencia tradicional, el panorama que ofrece la modernidad suele ser más que desalentador. La pornografía para todos los gustos reemplaza a una práctica sexual informada y tolerante de la diversidad; las selfies irrelevantes ocupan el sitio de las imágenes construidas para comunicar contenidos relevantes; los whatsaps innecesarios distraen de tareas no triviales; las noticias falsas (fake news) dominan espacio de  internet.
La gente dispone de enormes posibilidades para contactarse con el resto del planeta, pero lo más probable es que lo haga solo con el círculo de sus seguidores, tal como en el pasado los habitantes de una aldea solo dialogaban con el estrecho círculo de quienes conocía de siempre y carecían de otras perspectivas.
El cine de Hollywood se ha especializado en abastecer la demanda de la audiencia adolescente internacional, gracias a la escenificación de catástrofes y personajes dotados de poderes excepcionales. Los políticos más votados suelen ser aquellos que explotan los resentimientos colectivos y realizan promesas de mejoras en las condiciones vida que son imposibles de cumplir. En la televisión, triunfan los reality shows que convierten el voyeurismo de la audiencia en su principal justificación.

En la civilización de nuestros días es normal y casi obligatorio que la cocina y la moda ocupen buena parte de las secciones dedicadas a la cultura y que los chefs y los modistos tengan ahora el protagonismo que antes tenían los científicos, los compositores y filósofos.(…) Las estrellas de la televisión y los grandes futbolistas ejercen sobre las costumbres, los gustos y la modas, la influencia que antes tenían los profesores, los pensadores y (antes todavía) los teólogos. (Mario Vargas Llosa: La civilización del espectáculo)

Demasiada información, ofrecida desde una pluralidad de fuentes simultáneas, imposibles de ser contextualizada, las veinticuatro horas del día; espectacularización de la actualidad, que se vuelve cada vez más trivial, para satisfacer la demanda de la audiencia, mientras que reitera la perspectiva más simplista, para convencer de que no hace falta buscar más y ya se lo ha expresado todo, con el objetivo de llegar a la mayor audiencia posible, durante el mayor tiempo posible, en un proyecto ideológico que la equipara con la ficción que ofrecen los mismos medios.

Hoy en día se habla de una crisis de fe en el humanitarismo (…): se podría incluso hablar de un pánico que está a punto de sustituir a la seguridad, de forma que nos sea posible hacer avanzar nuestros asuntos en libertad y de forma racional. Y no debemos eludirlo: esos conceptos morales (…) ya hacia la mitad del siglo XIX o poco después no estaban en tan buenas condiciones. Lentamente fueron quedando “fuera de uso”. (Robert Musil: Sobre la estupidez)

jueves, 21 de septiembre de 2017

Sufrir o gozar la vida (II): Cegueras voluntarias del Siglo XX

Epicuro

Los seres humanos y los animales buscan el placer y evitan el dolor, determinando lo placentero como bueno y lo doloroso como malo. Por eso decimos que el placer es el principio y fin del vivir feliz. Pues lo hemos reconocido como bien primero y connatural y a partir de él hacemos cualquier elección o rechazo. (Epicuro)

El bienestar que suministran las endorfinas, esas glándulas minúsculas de las cuales depende la convicción personal de que en buena hora uno se encuentra en este mundo, nos vuelve dependientes de situaciones que no resulta fácil controlar cuando se las disfruta. Uno quiere estar muy bien, o al menos no sufrir la existencia que le ha tocado en suerte. La cultura en la que se ha nacido, propone actividades inútiles, ingestas y rituales que permiten gozar la vida y hasta convencerse de que tienen asegurada la felicidad eterna, para quienes comparten ciertos credos religiosos.
Algunas de estas actividades suelen ser privadas, como lo referente al sexo o el consumo de un amplio repertorio de estimulantes, mientras que otras son actividades públicas, como los paseos y la asistencia a espectáculos deportivos o musicales. El siglo XX desplegó una cultura de la diversión, que no tiene precedentes con aquella que lo antecedió y solo puede entenderse por el contexto histórico amenazante en el que surgió. La vieja amenaza de un próximo fin del mundo, que estaba presente hacia el comienzo de nuestra era y después, al llegar al siglo X, nunca estuvo más cerca de concretarse, y la decisión darle la espalda mientras fuera posible, puesto que no se atina a enfrentarlo o impedirlo, nunca estuvo más justificada.

Por cuatro días locos / que vamos a vivir. / Por cuatro días locos / te tenés que divertir. / En esta vida la mescolanza / de diversiones y de pesar / no pierdan nunca las esperanzas / y aprendan todos este cantar. (Rodolfo Sciammarella: Por cuatro días locos)

Alberto Castillo
La voz de Alberto Castillo no anunciaba nada muy alegre. El hedonismo no pasa de ser una máscara del nihilismo. Pasarlo bien es la intención declarada de casi todo el mundo, y solo pasa a un segundo término o se lo cuestiona (y finalmente se lo condena) cuando esa idea tan elemental y sana entra en conflicto con compromisos que se consideran superiores al mero disfrute, tales como la salud del propio cuerpo o la seguridad de otros seres humanos. Intentar lo contrario, subordinarlo todo a la búsqueda del placer inmediato era tradicionalmente una actitud censurada por la sociedad (el epicureísmo nunca fue una filosofía puesta a la altura del estoicismo), que en todo caso los individuos se dedicaban a disimular lo mejor que podían, como si debieran avergonzarse de su aspiración a la felicidad.
Winston Churchill
Hay épocas de inevitable y generalizado sacrificio de todo el mundo, le guste o no, como la era que anunciaba el Primer Ministro Winston Churchill a los ingleses, hacia el comienzo de la Segunda Guerra Mundial: les aguardaban días de sangre, sudor y lágrimas. Hay etapas de esperanzas colectivas, como aquellas que prometía la canción que se hizo popular durante la crisis económica de los años `30, probablemente porque todo en la realidad parecía oponerse a lo que anunciaba la letra, sin aportar la menor prueba de que ningún anuncio optimista fuera a cumplirse:

Happy days are here again / The skies above are clear again / So let´s sing a song of cheer again, / Happy days are here again. (Milton Ager y Jack Jellen: Happy days are here again)

 Hay épocas de obnubilación colectiva, no pocas veces promovida por la industria cultural, que necesita vender sus productos, que se corresponde con despreocupados proyectos personales, no pocas veces fruto del temor a la realidad, en connivencia con el discurso de los dirigentes políticos deseosos de perpetuarse en el poder. Si se los acepta, no habrá carencia que no se resuelva, humillación que no se consuele. ¿Acaso la realidad plantea límites a los deseos? Si eso ocurre, basta con cerrar los ojos y continuar haciendo y creyendo lo que hasta entonces uno estaba convencido de que le correspondía hacer y creer.
Adolf Hitler

Podemos estar felices de saber que el futuro nos pertenece. (Adolf Hitler)

Si las promesas de felicidad duradera no resultaban demasiado convincentes, quedaba el recurso de anunciar el apocalipsis, una estrategia que el pensamiento cristiano adoptó con éxito durante el primer siglo de nuestra era y reactualiza de vez en cuando, gracias a las admoniciones que descubre en los textos sagrados. Si triunfaba el comunismo ateo, planteaba la propaganda capitalista de mediados del siglo XX, quedaría abolida la propiedad privada, no solo de las grandes empresas, porque hasta los niños serían arrancados de sus madres, para someterlos a un adoctrinamiento que los convertiría en autómatas puestos al servicio del Estado.
El fin de los tiempos se acercaba cada vez más, ya no por los pecados de la Humanidad, que era incorregible, sino por obra y gracia de la mortal radioactividad que sumiría al planeta en un invierno de miles de años. Sobrevivirían las bacterias, la vegetación o mutantes que de solo imaginarlos causaban espanto. El futuro se veía oscuro, mientras no se mirara más allá de las narices. Costaba pensar que alguna vez amaneciera.
En oposición a eso, se ofrecía la imagen de una Edad de Oro del capitalismo, libre de penurias y contradicciones, moderna, placentera, que no se sabía cómo llegaría a ser eterna y perfecta, generalizada y sin coste alguno para los participantes. No se trataba de esperar un futuro razonable, sino de cerrar los ojos ante las amenazas del futuro inmediato. Si es difícil ignorar la realidad, porque se vuelve apremiante y resulta imposible marginarse de sus corrientes, cabe la alternativa de concentrarse en cualquier cosa que no resulte conflictiva, de escapar por un rato.
Guerra nuclear
En medio de la Guerra Fría, que anunciaba el inminente fin de la humanidad, como consecuencia de las bombas nucleares que estaban acumulando las grandes naciones, poco después de terminada la Segunda Guerra Mundial, y hasta por descuido iban a estallar, podía cantarse:

La televisión pronto llegará / yo te cantaré y tú me verás.

No fue la televisión sino internet, el medio llegado hacia el fin de siglo XX, el que se encargó de democratizar la comunicación audiovisual, dotándola de una interactividad que finalmente la vuelve trivial. Todo el mundo tendría la oportunidad de convertirse en una celebridad por quince minutos, anunciaba Andy Warhol en los `60 y la tecnología contemporánea respalda esa aspiración, aunque solo sea por los 140 caracteres de un Twitter o los selfies de Facebook.
Andy Warhol
La música popular suele dar cuenta de las tensiones y expectativas nada superficiales de determinado un momento histórico. Primero la gente canta y baila una simplificada visión del mundo, la comparte y difunde; más tarde los estudiosos desentrañan el significado de visión del mundo.  En Argentina, el tango se ha dedicado no pocas veces a describir los vicios de una clase alta que puede pagarse todos los placeres imaginables y carece de escrúpulos cuando trata de disfrutarlos. Tal vez el tango no pretenda moralizar a nadie, enunciando una superioridad de virtudes en las que no cree, pero no suele celebrar ese ambiente, que conoce bien.
Francisco Canaro: Tiempos Viejos

¿Te acordás, hermano, qué tiempos aquellos? / Eran otros hombres, más hombres los nuestros. / No se conocían cocó [cocaína] ni morfina; / los muchachos de antes no usaban gomina. (Francisco Canaro y Manuel Romero: Tiempos viejos)

No es un tango escrito hace pocos años, que da cuenta de un país previo a la irrupción de todo tipo de estimulantes y tranquilizantes adictivos, sino en 1926. Por entonces, el mundo contemporáneo era visto como el escenario de una profunda crisis de valores. “Todo es igual / nada es mejor” denunciaba Enrique Santos Discépolo en Cambalache.
Los estimulantes y tranquilizantes adquieren muchas formas y suscitan una diversidad de reacciones en la sociedad donde se los produce, distribuye y consume. Algunos son tolerados socialmente (el chocolate, la comida en general, la ingesta moderada de alcohol), mientras otras pasan de lo aceptado a lo reglamentado (es el caso del tabaco o los ansiolíticos en la actualidad) o de lo clandestino a lo aceptado (como el empleo terapéutico de la marihuana en algunos países) mientras otras quedan confinadas al plano de lo clandestino (las llamadas drogas recreativas).
Publidad: cigarrillos y deporte
En el pasado, las drogas que no fueran el alcohol y el tabaco se consumían discretamente, en los círculos capaces de financiarlas, durante actividades los medios fingían ignorar, excepto cuando desembocaban en algún crimen que despertara el interés de la audiencia masiva alertada por la prensa, hasta generar una condena social focalizada, que pronto se trasladaba a otras circunstancias de la actualidad.
Luego las drogas se descontrolaron. Creció la demanda de una sociedad que no veía futuro, o que solo veía las amenazas del futuro, mientras que paralelamente creció una oferta difícil de resistir. Era más fácil huir de la realidad que intentar algún cambio.
Una sólida tradición de desconfianza respecto de instituciones como los partidos políticos, las Fuerzas Armadas, la Iglesia Católica, la Justicia, que hubieran debido estar fuera de toda sospecha y todos los días quedaban en evidencia como incompetentes, corruptas o discriminadoras, se había acumulado en Argentina durante décadas. No se podía prescindir de ellas, y al mismo tiempo resultaba imposible controlarlas. Conformarse con lo que había, era esperar lo peor y no atinar a evitarlo.
VIH positivo y negativo
Después de la difusión de la píldora anticonceptiva, que liberó a las mujeres del temor a un embarazo no deseado, las últimas décadas del siglo XX condujeron a la idea de que podía (y hasta debía) disfrutarse del sexo como no había sido posible hasta entonces. Todo podía experimentarse sin culpa.
A mediados de los años ´80, el enigma del VIH obligó a despertar de esa fantasía. El sexo tenía consecuencias, más allá de la prevención de embarazos y esas consecuencias incluían la muerte. Los tiempos cambiaban, para ofrecer nuevas maneras de sufrirlos.

sábado, 26 de agosto de 2017

Sufrir o gozar la vida (I): Esperanzas y temores del siglo XX


Bomba Atómica de Hiroshima
El nihilismo estaba de moda en el siglo XX, entre aquellos que se consideraban inteligentes, probablemente para diferenciarse de una mayoría menos pensante, que sobrevivía sumida en la resignación y el optimismo. La crítica del sistema dominante se alimentaba de una sombría esperanza, a medida que transcurriera el tiempo; todo parecía condenado a ir de mal en peor. Los fantasmas del fin del mundo eran cada vez más contundentes, y denunciarlos de mil modos, tanto en las conversaciones triviales, como en el arte y la filosofía, era una misión que la Historia le había conferido a unos pocos iluminados.

¿Pero no ves, gilito embanderado / que la razón la tiene el de más guita? /  ¿Que la honradez la venden al contado / y la moral la dan por moneditas? / ¿Qué no hay ninguna verdad que se resista / frente a dos pesos moneda nacional? (Enrique Santos Discépolo: ¿Qué vachaché?)

Enrique Santos Discepolo
Haber nacido poco antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial, me aseguró un lugar privilegiado para observar (y participar, me gustara o no) en tales cambios de mentalidades, con sus esperanzas  desmedidas y sus decepciones generalizadas, que hoy todavía me pregunto cómo logré sobrevivir.
Mis padres me engendraron bajo la amenaza de la crisis económica internacional de los años `30. Crecí en la posguerra marcada por la inminencia de un enfrentamiento nuclear que prometía poner fin a la vida sobre el planeta. Llegué a la edad adulta, justo a tiempo para experimentar la eclosión de los intentos de liberación del Tercer Mundo, el feminismo, la píldora anticonceptiva, el VIH, la robotización del trabajo… La Historia no termina allí, pero la mera enunciación de eventos notables que presencié se vuelve abrumadora.
El siglo XX fue calificado como un Cambalache por el tango de Enrique Santos Discepolo, y el diagnóstico llegó muy pronto (1932) durante la etapa de transición entre la memoria cada vez más distante de los horrores de la Primera Guerra Mundial y el inicio de proceso que conduciría a los inimaginables horrores de la Segunda Guerra Mundial, mientras Argentina experimentaba las varias modalidades del fraude institucionalizado, que definieron a la llamada Década Infame.
La crisis generalizada de valores que describe Cambalache, podía reconocerse en una pluralidad de situaciones de la vida pública y privada. No había trabajo. El crimen organizado se revelaba impune. Los derechos políticos se encontraban conculcados. La gente aceptaba la visión tenebrosa del tango y las autoridades percibían ese acuerdo incómodo, por lo que no dudaban en censurar la letra de esas canciones en la radio y obligaban a utilizar un léxico que ignorara el lunfardo, probablemente en la esperanza de que al faltar la expresión de la crisis, la crisis dejara de existir.
¿Cómo caracterizar la realidad de hoy, casi un siglo después? Que más de dieciocho millones de personas, en un país de cuarenta millones de habitantes, dependa para subsistir de los planes sociales subsidiados por el Estado, que más de un tercio de la población se encuentre por debajo del nivel de pobreza, no son las evidencias más tranquilizadoras respecto de la sociedad argentina.
Vladimir Jankelevitch

El porvenir es ambiguo, en primer lugar porque es a la vez cierto e incierto. Lo cierto es que el futuro será, que advendrá un porvenir, pero cuál será es algo que queda envuelto en las brumas de la incertidumbre. De todos modos, el Aún-no, con el tiempo, será un Ahora; de todos modos, el porvenir será presente y será un Hoy, estemos o no ahí para verlo. (Vladimir Jankelevitch: La aventura, el aburrimiento, lo serio)

Me tocó crecer durante la segunda posguerra del siglo XX, una época de renovadas esperanzas y todavía mayores temores. El futuro que nos anunciaban, después del fin de una guerra que había dejado millones de víctimas en casi todo el planeta y sembrado la destrucción por donde pasaba, tenía que ser mejor, menos cruel, más constructivo, aunque solo fuera porque costaba imaginarlo igual a lo que acababa de concluir o incluso peor. Se lo suponía un mundo menos serio, distante de la solemnidad del discurso político, como anunciaban el boogie-woogie y el mambo, dos bailes que no pretendían ser tan serios como el tango, ni tan elegantes como el fox-trot. El scatting del jazz de Ella Fitzgerald, Sarah Vaughan o Cab Calloway, prescindía de las palabras reconocibles y utilizaba tan solo sílabas sin sentido para dar forma al ritmo bailable. Ningún contenido que no fuera el ritmo apto para moverse en compañía. Trivialidad, pasatiempo, disfrute de estar con otra persona. ¿Para qué buscar más?
Pesticidas
Expectativas razonables sobre lo que ocurriría durante una paz que se confiaba duradera, podían ser compartidas por grandes sectores de la población, sin importar la edad, el género o la condición social. Los regímenes totalitarios de Alemania, Italia y Japón habían sido vencidos definitivamente por la democracia. Nazismo y Fascismo no regresarían, puesto que sus inspiradores habían muerto. La penicilina llegaba para liquidar las infecciones que hasta entonces había sido difícil controlar. El DDT acabaría para siempre con las plagas de la agricultura, con lo que las hambrunas colectivas pasarían a ser cosa del pasado (¿cómo prever que quedaría incorporado a los alimentos que arruinan la salud humana?).
Contaminación oceánica
Los plásticos reemplazarían a la loza y el vidrio en la vajilla doméstica (nadie podía imaginar que setenta años más tarde, los desechos plásticos pulverizado, contaminaran en dos grandes áreas el Océano Pacífico, poniendo en peligro la vida submarina). Las medias de nylon de las mujeres ya no tendrían molestas corridas. Todo el mundo tendría un auto (aunque le costara pagarlo y se viera obligado a vivir cada vez más lejos de su empleo, por lo que necesitaría dedicarle cada vez más tiempo a viajar por carreteras atestadas) generando gases dañinos).
Congestión de tránsito
No conviene descuidar el enorme poder de una sociedad satisfecha pero aburrida, que no se resigna a subsistir con los recursos que le fueron asignados, y se dedica a buscar (no importa dónde) más diversión de la que había imaginado en épocas de crisis. Puesto que la imagen de una revuelta que trastorne los ejes de la sociedad, tras los excesos del estalinismo, causa un temor que paraliza a muchos, les ofrece una barrera que consideran indeseable de franquear. Tal vez los participantes de ese colectivo carezcan de proyectos comunes, tal vez disipen sus energías en actividades que objetivamente se revelan inútiles o incluso autodestructivas, a pesar de que las encaren con tal dedicación, que al menos en esos momentos en que las disfrutan, parecen estar coordinados.
El sexo es uno de esos ámbitos. Habitualmente se lo disfruta en privado, en compañía de parejas estables o eventuales, porque revela demasiado sobre aquel que se expone a compartirlo. La vida en sociedad exige la adopción de máscaras respetables, convencionales, que el sexo derriba. El sexo puede ser temido por muchos y sin embargo promete disfrutes difíciles de resistir para el común de la gente. Pocos son aquellos que intentan desoír su llamado y todavía son menos quienes consiguen dejarlo de lado.

Prácticamente no existe ninguna otra actividad o empresa que se inicie con tan tremendas esperanzas y expectativas, y que no obstante, fracase tan a menudo como el amor. (Erich Fromm: El Arte de Amar)

Fiebre de los teléfonos celulares
Durante la primera mitad del siglo XX, probablemente por influencia de las dos guerras mundiales y las grandes crisis económicas, no se consideraba correcto abandonarse a ningún disfrute. A los niños se nos pregonaba desde muy temprano la moderación en todos los aspectos. No debíamos comer demasiado, ni pedir regalos imposibles a los Reyes Magos, ni sobresalir en una reunión de adultos. Tampoco estaba permitido no comer lo que se nos presentaba, ni revelar que no nos gustaban los regalos, ni quedarnos callados cuando los adultos esperaban que nos luciéramos con recitados u otras habilidades.
Aurea mediocritas es la locución latina que expresa ese ideal de medianía, de discreción, de contención, que hoy parece referirse a otro universo, paralelo y desconectado del actual, donde el exceso es la norma y hasta se lo celebra. Los nuevos héroes de la modernidad, los millonarios músicos de rock, se drogan en público, se desnudan en el curso de sus shows, destruyen instrumentos, insultan a sus admiradores, cuando lo deseable, medio siglo antes, era que fueran un modelo de elegancia, hicieran música, halagaran a quienes pagaron por ver su desempeño. Durante la sicodelia de los años `60 y `70 se revivió la enigmática frase de William Blake que probablemente se refería a otras situaciones: “El camino del exceso conduce al palacio de la sabiduría”.
Sifones
La presencia del sifón de soda aseguraba en las mesas argentinas la moderación en el consumo de alcohol que se pregonaba desde el mundo antiguo. Un vaso de vino era en realidad un vaso de agua con vino (y burbujas, para darle un carácter menos trivial a la bebida). El abandono al vino bebido sin atenuantes, con el propósito de embriagarse y perder el contacto con la realidad, era mal considerado por la gente.
El ebrio era un vicioso, a veces un participante incómodo de las reuniones sociales, no un enfermo que debiera compadecerse o someterse a un tratamiento desintoxicante. La copa del olvido (de los compromisos familiares y buena educación) era eludida mediante la incorporación del sifón al consumo de la bebida alcohólica, relegada a la categoría de inocente refresco.
Había que disfrutar moderadamente los placeres de la vida, casi como si hubiera que disculparse de intentarlo, cuando había tantas cosas más urgentes. Si no quedaba otra alternativa que sufrir, se esperaba que se contuvieran las efusiones de dolor mientras resultara posible. Una cultura de la contención permitía que una existencia probablemente poco placentera, se volviera sin embargo tolerable.