lunes, 17 de diciembre de 2018

¡Mirá cómo me ponés!


La frase atribuida a un acusado de abusos y violaciones de mujeres jóvenes, circuló en la prensa argentina de fines del 2018, reportada por al menos dos de sus probables víctimas, que la habrían oído en diferentes ocasiones. Después de que esto toma estado público, porque se encuentran implicados actores famosos, no falta la respuesta de sectores feministas que pasan a identificarse con la frase “Mirá cómo nos ponemos”, para aludir a la organización y denuncia de quienes han sido agredidas o se solidarizan con ellas. 

Son mujeres que dejan de aceptar con vergüenza la experiencia de haber sido sometidas a humillaciones sexuales, en la confianza masculina de que todas ellas preferirían no mencionar esa circunstancia tan penosa, aunque no lograran olvidarla, para no verse degradadas y hasta responsabilizadas por la opinión pública de aquello que sufrieron.
¿Qué habrían hecho las víctimas de abusos y violaciones para merecer ese trato? En su búsqueda de algún justificativo para lo que a todas luces resulta injustificable, la opinión desinformada (prejuiciosa) desanda imaginariamente la genealogía de la agresión. Hubo algo, debió haber algo antes, que no es la ideología machista dominante en la sociedad, que no necesita referirse al contexto patriarcal donde todo ocurrió. Ese algo, entonces, proviene (debe provenir) de la mujer agredida. Ella fue, como Eva en la Biblia, la tentadora, la causante del desastre que involucró a toda la humanidad. También fue su víctima, eso no se niega, pero de no haber existido ella, en las condiciones en que ella decidió manifestarse, el agresor no hubiera sido tentado, lo injustificable no hubiera ocurrido.

De acuerdo a la perspectiva machista, la mujer se exhibía más allá de lo prudente, por ejemplo. Ella provocaba y recibió su merecido, por lo que no debería quejarse. Su cuerpo, origen de tantas fantasías masculinas de posesión, era dejado parcialmente al descubierto, por ropas que permitían atisbar lo que ocultaban. O sus movimientos, al desplazarse por lugares públicos, en actividades cotidianas, alimentaban la imaginación de otras actividades (sexuales) en lugares privados. O sus palabras más inocentes y convencionales, sugerían segundas y terceras intenciones en las que se prometían disfrutes inauditos al hombre que las oyera. Cualquier cosa puede ser vista, oída, sentida por aquel que se encuentra en un estado de sobreexcitación constante, como una invitación perentoria a saltar los límites que plantea el trato civilizado y agredir a la mujer que tiene delante.


Inútil es argumentar es que una mujer pudorosa, cubierta de los pies a la cabeza con ropas sueltas, resguardada en su casa con siete llaves de la vecindad de varones que no sean consanguíneos, como sucede en algunos países islámicos, no aplaca la tentación de abusar en aquellos que se sienten con ganas de intentarlo, dado que después de todo, las sanciones suelen caer sobre las víctimas.

¿Por qué no hacerlo, si otros hombres harían lo mismo, de estar en las mismas circunstancias o si tuvieran agallas para afrontar las consecuencias? Los cuentos de varones que abusan de las mujeres (atractivas o feas, lejanas o cercanas, da lo mismo) demostrando que ellos tienen las hormonas activas y ejercen su poder ancestral, incluso en tiempos revueltos como los actuales, donde las hembras osan mostrar su independencia, suelen ser celebrados como chistes por quienes los cuentan o los oyen. Son hazañas, magnificadas por el narrador, no confesiones, ni en ningún caso arrepentimientos.
Don Juan, en la ópera de Mozart, se revela como un personaje notable por la cantidad de mujeres que ha seducido. Leporello, su sirviente, lleva la contabilidad en una libreta, país por país. Han sido 640 en Italia, 231en Alemania, 100 en Francia, 91 en Turquía, 1003 en España. Desde la perspectiva de un gran macho, importa el número de quienes fueron penetradas por él, no la identidad ni otros detalles fastidiosos (como el afecto, las enfermedades venéreas o los embarazos consecuencias de estas relaciones). Poseer a las mujeres, marcarlas con el semen, tal como tantos animales marcan con la orina su territorio, en la esperanza de que nadie más se atreva a disputarlo: esa parece ser la estrategia de alguien que califica como héroe de su género.
 “¡Mirá cómo me pones!” ¿Por qué impresionan tanto esas pocas palabras, que no requieren ningún talento literario para ser combinadas, ningún talento escénico para ser proferidas? En primer lugar, porque invierten la situación en la que objetivamente se encuentran involucrados los personajes: el agresor se presenta como la víctima de la actividad seductora de aquella a quien está agrediendo de hecho. 
Al exhibir su excitación sexual, como prueba del efecto (placentero y no obstante incómodo) que dice sufrir, está intimidando a la otra parte. ¿Cómo reaccionará ella? ¿Conseguirá intimidarla o sumirla en pánico? Desnudándose o tan solo refiriéndose abiertamente a su sexualidad, el hombre demuestra el poder que posee y no dudará en utilizar. Se ha instalado al margen de las normas de urbanidad, que prohíben exhibir los genitales fuera de una intimidad consentida entre personas de parecida edad y condición social.
 En segundo lugar, el agresor se muestra también como la primera víctima de sus propios impulsos, que le traerán problemas y él no es el último en reconocer. Las hormonas despertadas por la cercanía de la mujer lo han desestabilizado emocionalmente, lo han descontrolado al punto de entregarse a una actividad que la opinión pública repudia. Él se presenta como una persona estabilizada, respetuosa de las normas sociales (no es improbable que sea un padre de familia), y ahora, por culpa de ella, se descubre incapaz de poner freno a un cuerpo que ha dejado de pertenecerle, que le impone sus demandas imposibles de ignorar.

Por eso tendría que abusar, para calmarse después de haberse salido con la suya, para recuperar el dominio sobre su cuerpo (aunque la frase de un acusado, que alardea de haber pasado la noche excitado, tras cometer la violación, sugiere precisamente lo contrario). La memoria del abuso, lejos de prometer que no habrá reincidencia, la naturaliza, la anuncia como proyecto futuro, la estimula en otros. El abuso vivido abre la alternativa de disfrutar la narración del abuso ante una audiencia masculina cómplice, de adornarlo con descalificativos a la víctima y endiosamiento del victimario.
TARTUFO: ¡Cúbrete el seno, que yo no pueda verlo! Las almas caen heridas con semejantes visiones, que excitan pensamientos pecaminosos. (Moliére: Tartufo)

sábado, 27 de enero de 2018

La cultura enferma del siglo XX (IV): Amenazas del fanatismo



¡Abajo la inteligencia! ¡Viva la Muerte! (General José Millán Astray)
Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta, pero no convenceréis. (Miguel de Unamuno)
Miguel de Unamuno

El diálogo ocurrido en 1936 en la Universidad de Salamanca, durante la guerra civil española, sigue resonando a pesar del tiempo transcurrido y la disparidad de los interlocutores. Por un lado, un militar del bando franquista, que liquidaba con un gesto la autonomía de una institución centenaria. Por el otro, la indefensión de un hombre la cultura, que solo podía protestar (con no escaso riesgo para su integridad física) y debía ceder ante el empuje del fanatismo triunfante. Gracias al miedo, la resignación y el pragmatismo de una mayoría imposible de ignorar, el régimen autoritario iba a durar cuarenta años, hasta la desaparición previsible y no obstante demorada de su conductor, Francisco Franco.
Josef Mengele
La mayor parte del trabajo sucio de los demagogos, suele estar hecho no por ellos mismos, que se degradarían al involucrarse en tales operaciones al menudeo, sino por sus innumerables seguidores, que dejaron de pensar por sí mismos, y también por los oportunistas, deseosos de mostrar que son dignos de recibir las órdenes de quien admiran (por las evidentes ventajas que esperan obtener a partir de su sumisión). Probablemente el doctor Mengele participó en lo que sus informes presentaba como experimentos científicos y no pasaban de ser torturas refinadas a miembros de una etnia que el régimen nazi había decidido exterminar, pero Adolf Hitler en persona no parece haber hecho otra cosa que ordenar la Solución Final.
Si los responsables de tantos crímenes contra la humanidad, fueron obligados a cometerlos, como fue su defensa posterior a la derrota del proyecto nazi, habrá sido porque dejaron de lado cualquier intento de resistencia ante lo moralmente inaceptable. Pero no lo hicieron, y solo respaldaron al sistema que anunciaba su programa cruel desde sus inicios.

¿Qué mejor suerte que gobernar a hombres que no piensan? (Adolf Hitler)

Pogrom medieval en Frankfurt
El Medioevo y la Edad Moderna europea, presenciaron periódicas explosiones de fanatismo religioso (cristiano) que se dedicaban a la persecución de judíos y musulmanes, paralela al juicio y el exterminio de todos aquellos sospechados de ser adoradores del demonio. Con tal de mantener la uniformidad religiosa de la sociedad, no se dudaba en incurrir en represiones crueles de los disidentes declarados o tan solo sospechados. Encarcelar a los disidentes, despojarlos de sus bienes, torturar, quemarlos en la hoguera, parecían decisiones correctas. Todo lo que se hiciera en esas etapas de locura colectiva, por horrible que se lo considerara más tarde, quedaba justificado ante Dios, porque la gente fanatizada estaba convencida de defender la verdadera Fe, confrontada con la cual todas las demás eran aberraciones.
Voltaire
La llegada de la modernidad supuso un debilitamiento de esas motivaciones que desdeñaban tanto la piedad como la razón.  La tolerancia, que hasta entonces había sido considerada complicidad con el error, que merecía ser castigada, pasó a ser vista como una virtud fundamental por los pensadores del siglo XVIII, que fue conocido también como el Siglo de las Luces (en oposición a una oscuridad mental del Medioevo que se pretendía dejar atrás definitivamente).

Yo no estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a expresarlo. (Voltaire)

¿Quién se atrevería en el pasado o el presente a poner en práctica esa idea, sin que lo consideren insensato? Cándido, el personaje de Voltaire, es un hombre de ideas que no pueden ser más generosas, pero resultan inaplicables en la realidad. Al menos en este mundo, que es único que habitamos hasta la fecha, otras convicciones menos civilizadas se han impuesto.
Concierto de rock
No hay nada reciente en el fenómeno del fanatismo de cualquier tipo, pero el siglo XX le otorgó una característica nueva y más amenazante que nunca: la posibilidad de reunir multitudes dispuesta a actuar como una única entidad, sea durante el transcurso de un concierto de rock, sea en la euforia que conduce a un linchamiento u otros tipos de ajusticiamientos populares, sea para el sostenimiento de un culto religioso que se asume poseedor de la verdad, o la transmisión televisiva de un partido de futbol.
Mientras la gente común retrocede ante cualquier empresa que requiere el sacrificio del interés personal en beneficio de la solidaridad, hay proyectos que obtienen la inmediata adhesión de millones de seguidores, que sin embargo van a verse perjudicados por la obnubilación de su comportamiento.

El fanatismo consiste en redoblar el esfuerzo cuando has olvidado el fin. (George Santayana)

Multitud nazi
Durante los años `20 y `30 se asistió al clímax del fanatismo político, que condujo al Segunda Guerra Mundial. El pueblo alemán, humillado por la derrota sufrida en la Primera Guerra Mundial de 1914 a 1919, que sus líderes habían iniciado, y la inestabilidad de la República de Weimar que sustituyó al antiguo régimen, eligió democráticamente a Adolf Hitler, un dirigente político que prometía terminar con la clase política y enrumbar al país en una era de estabilidad y progreso que duraría mil años.
El III Reich desembocó en la Segunda Guerra Mundial y el exterminio de millones de judíos y gitanos que no tenían lugar en el proyecto nazi, porque se los responsabilizaba de todos los males del pasado, que el ascenso de Hitler al poder afirmaba haber dejado atrás. 

Debe procurar que solo engendren hijos los individuos sanos, porque el hecho de que personas enfermas o incapaces pongan hijos en el mundo es una desgracia, en tanto que abstenerse de hacerlo es un acto altamente honroso. (Adolf Hitler)

Reverendo Jim Jones
No se trata de líderes únicos, involucrados en circunstancias irrepetibles. En 1978, un predicador carismático del Templo del Pueblo, arrastró a centenares de jubilados norteamericanos y sus familias, lejos de las comodidades y contaminaciones del mundo capitalista, se estableció con ellos en la jungla de Guyana, y al enterarse de que el FBI le seguía la pista y una comisión del Senado llegaba para investigar su manejo de los fondos de los pensionados, consiguió que 918 seguidores tomaran un coctel de Kool-Aid y cianuro que les permitió escapar definitivamente de los problemas de este mundo.

Vendrán fuerzas armadas a matarnos a todos, después de torturar a nuestros hijos y ancianos. No debemos temer a la muerte y nuestra única salida es cometer un suicidio revolucionario. (...) No teman a la muerte, que es nuestra amiga. (Jim Jones)

Matanza de Guyana
La sed de verdades absolutas no se ha calmado a pesar de las reiteradas decepciones que suministró el mundo político a todo aquel que se dejara convencer por el discurso proselitista durante el siglo XX. Para ciertos sectores minoritarios de la sociedad, nunca se dispondrá de suficientes evidencias para someter cada vez la fe, a su puesta a prueba por la razón. Creer en lo que se desea que resulte cierto, sin exigir la menor prueba de lo que se está convencido, involucra emocionalmente al creyente, de una manera tan ajustada que ningún razonamiento conseguirá nunca logrará librarlo.
Aquel que quiere creer, deja de ver los datos contradictorios o reveladores que la realidad le ofrece y se oponen a sus convicciones. Voluntariamente el creyente se ciega, para no perder la confianza en poderes superiores a los suyos, que lo redimen de la experiencia habitual de debilidad y soledad.

Del hecho de que un puñado de creencias o puntos de vista sean abrazados por la mayoría, no es una razón para pensar que, por ese solo hecho, ese puñado de creencias o puntos de vista sea mejor o más verdadero que cualquier otro. Entre las cosas que cree la mayoría o que inspiran la cultura, hay varias que cuando se las mira reflexivamente no son dignas. (Carlos Peña: Preguntas a Francisco)

Nave de refugiados sirios en el Mediterráneo
Si se concuerda en que la llegada masiva de extranjeros (judíos europeos en los años `30, haitianos o venezolanos en la actualidad) a países que gozan de cierta estabilidad social, reduciría las oportunidades de trabajo para los nativos y pondría en grave riesgo las características étnicas o éticas que por tradición han definen a cada territorio, se justificaría impedir que los de afuera continúen entrando, como se justificaría expulsarlos de inmediato si ya estuvieran radicados, o al menos aterrorizarlos mediante atentados de todo tipo, para convencerlos de la urgencia de irse por decisión propia, cuanto antes.
Aquellos que comparten estas ideas simplistas, que en ningún caso suelen ser puestas a prueba, se arriesgan a cometer delitos que habitualmente condenarían durante épocas menos conflictivas, porque saben que no están solos en sus convicciones brutales, y hasta creen ser merecedores de algún reconocimiento, por patriotas, por pensar en el futuro de sus hijos, en la integridad sexual de sus mujeres, en el perfil genético de su nación.
El enceguecimiento grupal es una actitud bastante cómoda, no avergüenza a nadie asumirla cuando está de moda, y mientras son muchos quienes la comparten, reconforta a quienes se identifican con sus planteos, se vuelve una convicción plausible y urgente. En el interior de una cultura donde las instituciones políticas y los medios tienden a aislar a sus integrantes, para encararlos como simples consumidores, no hay demasiadas oportunidades de sentirse acompañado, ni de entender la soledad como fortaleza.
Las religiones lograban satisfacer esa demanda fundamental de comunidad en el pasado, mientras que en la modernidad, una vez perdido el impacto que tuvieron casi todos los credos, adquieren inusitado poder el terrorismo y las sectas, que asumen el desafío de unir a la gente en torno a sus consignas, con resultados tan lamentables como los que registra la Historia contemporánea. Si la gente se conecta, suele ser para perder el tiempo o para destruir aquello que se les designa como el enemigo.
Portada revista
En 1997, cuando resultaba inminente el paso del cometa Hale-Bopp, Marshall Applewhite convenció a sus seguidores, los treinta y ocho participantes de una secta llamada Heaven´s Gates, que se aproximaba el fin de la vida sobre la Tierra y que debían matarse (tomando la precaución de castrarse previamente) para ser aceptados en la nave espacial de otra galaxia que seguía al cometa. Applewhite era un fanático de la serie televisiva Star Trek, donde encontraba mensajes encriptados que habrían sido dejados allí por los extraterrestres y solo él descifraba. Un coctel de fenobarbital y vodka terminó con todos los miembros de la secta. Eliminar al adversario externo, que se describe como implacable, o eliminar al adversario que representa uno mismo: el fanatismo tiene que destruir para demostrarse que aún existe.

domingo, 17 de diciembre de 2017

Salvar las apariencias (II). Lo que va de ayer a hoy


Los modales corteses hacen que el hombre aparezca exteriormente tal como debería ser en su interior. (Jean de la Bruyére)

Heroine chic
Hace unos años, se planteó en el ámbito de la moda el cocaine look o el heroine chic, estilos repulsivos para algunos y probablemente atractivos para otros, que simulaban el aspecto de los adictos a esas drogas: extrema delgadez de las modelos de pasarela, piel muy pálida, ojeras negras, boca roja, pelos en desorden, ropas feas y desgarradas, empleo ornamental de elementos utilitarios como alfileres de gancho, cierres de cremallera y piercings. Los músicos de rock lo adoptaban en sus conciertos multitudinarios; algunos diseñadores de ropas lo imponían en sus desfiles.
Eran tendencias detectadas por los investigadores de marketing en el mundo de la marginalidad de todo el planeta, que los diseñadores reelaboraban y pasaban a ser expuestas masivamente por los medios, donde figuraban como imágenes alternativas (vale decir, como modelos opuestos a la estética oficial) disponibles para ser imitadas por millones de seguidores deseosos de oponerse al sistema.
Modelos anoréxicas
Algo parecido sucedió con la extrema delgadez de las modelos de alta costura de comienzos del siglo XXI. Tras haber sido denunciada por los médicos como una apología de la anorexia, los diseñadores establecieron acuerdos profesionales para evitar esas imágenes tan riesgosas, por la influencia que podían ejercer sobre miles de adolescentes depresivas. En Francia se ha comenzado a exigir un certificado médico que certifique la salud de las modelos, estableciendo multas elevadas a los empresarios infractores.
¿Por qué querría alguien revelar una situación personal como una adicción, que solo puede ser descrita como una enfermedad y no suele ser bien vista por la mayoría? O lo que es todavía más difícil de explicar, ¿por qué querría alguien aparentar una situación que no es la suya, sino bastante peor que la suya? En el caso de los artistas, se entiende que busquen atraer la atención de quienes observan su trabajo, si no con una propuesta original de su arte, por lo menos con algo que no se espera mostrar en público, porque suele ocultarse. Hoy, exaltar la apariencia, volverla digna de atención, por desagradable que sea, es una estrategia que no duda en utilizarse, porque la censura tradicional sobre el adicto parece haberse levantado.
No es que se transforme al adicto en un héroe (o al menos en una víctima inocente de una represión que no respeta las opciones individuales) pero no quedan muchas dudas de que es una presencia frecuente, que cualquiera encuentra en su familia, en su círculo de amigos o incluso en el espejo.

Mediados siglo XX: Familia de clase media.
En el pasado, se trataba de salvar las apariencias de normalidad, evitando a cualquier precio que las convenciones establecidas por la sociedad se derrumbaran. La compostura, la dignidad lograda no sin esfuerzo, la hipocresía también, lograban imponerse en los ambientes más opuestos. Los pobres tenían a buen recaudo un único traje bueno, generalmente negro (el del domingo, el de las ceremonias solemnes como bodas, bautizos y funerales) que usaban tan solo en contadas ocasiones, a lo largo de su vida adulta, para no avergonzar a los suyos con la visión de su pobreza.
Esas prendas se guardaban, se restauraban, se fotografiaban para dar la mejor impresión del usuario. Eran el equivalente de sí mismos que la gente mostraba en las fotografías (cuando no le faltaban piezas dentales) con el objeto de demostrar una felicidad que no siempre se correspondía con su situación real.
Los ricos no se avergonzaban de exhibir su existencia envidiable, tan opuesta a la existencia de la mayoría de la gente, compitiendo entre ellos para demostrar quién tenía más poder que sus iguales, sin preocuparse de la obscenidad inocultable de tal ostentación, mientras que ahora prefieren ser discretos (al menos en público) no sea que exciten la respuesta indignada de quienes son sus adversarios y pueden agredirlos.
Abrigo de pieles, años `40
Vestir pieles era el orgullo de las mujeres adineradas durante el siglo XX. Las focas del Ártico y los monos de la jungla africana fueron exterminados para satisfacer la demanda de peludos abrigos femeninos y masculinos. Serpientes, cocodrilos y otros animales no menos temibles cuando gozaban de vida, pasaban a suministrar materia prima para carteras y calzado. Hasta las damas de clase media aspiraban a un cuello de zorro, donde los ojos habían sido reemplazados por cuentas de cristal, o abrigos de retorcida lana caracul. Nada parecido a la conciencia ecológica de la actualidad existía en ese momento.
Hacia fines del siglo XX, en cambio, lucir pieles en público se convertía en un acto de provocación, que estimulaba el rechazo de los ecologistas y sectores cada vez más amplios de la población.
Hay algo admirable en el proyecto de buenos modales de Manuel Carreño y es la decisión inquebrantable de aparentar corrección (el llamado buen tono) a cualquier precio, en las peores circunstancias, sin avergonzarse de los intentos fallidos que pueden deparar burlas, indiferencia o humillaciones a quienes lo intenten, porque él considera ese simulacro no pocas veces ridículo, como lo mejor que puede dar de sí mismo un ser humano.
Carreño había elaborado una imagen de la conducta en sociedad que poco le debía a los reclamos de la Naturaleza y casi todo a la voluntad de ser aceptado por aquellos que controlaban el Poder y bajo ninguna circunstancia aceptaban ser cuestionados. Los empleadores exigen buena presencia de quienes postulan para trabajar con ellos, aunque no lleguen a definir los parámetros de esa apariencia deseable.
Cirujía plástica
Mucho antes de las siliconas, de las dietas adelgazantes, de las tinturas del pelo y el lifting que hoy obsesionan a millones de seres humanos, la imagen construida deliberadamente, para causar buena impresión, se apoyaba en el empleo de un vestuario capaz de esconder las imperfecciones del cuerpo y un comportamiento correcto, aunque antinatural. Nada de esto parece conectarse con la mentalidad del mundo contemporáneo, que afirma apreciar la sinceridad por encima de los buenos modales.

Que usted será lo que sea / -escoria de los mortales- / un perfecto desalmado / pero con buenos modales. / Insulte con educación / robe delicadamente / asesine limpiamente / y time con distinción. / Calumnie pero sin faltar / traicione con elegancia / perfume su repugnancia / con exquisita urbanidad. (Joan Manuel Serrat: Lecciones de Urbanidad)

Preocuparse por el qué dirán los demás, no es un esfuerzo inútil, cuando se depende de la opinión ajena para sobrevivir, como le sucede a la mayor parte de la gente. Oponerse a la opinión dominante (la doxa de los griegos) acarrea no pocas amenazas para quien lo intenta. A veces, ni siquiera hace falta tomar partido contra la mayoría. Exhibirse tal como uno es, carecer de filtros, lejos de considerarse una virtud, que prestigia a quien la muestra, se evalúa como el indicio de una grave incapacidad para vivir en sociedad.
Kevin Spacey
Es significativo que Kevin Spacey, el actor que protagoniza la serie televisiva House of Cards, en la que se muestra el desempeño de un político inescrupuloso, que utiliza magistralmente el doble estándar para ascender en su ambiente, quede al descubierto como un abusador de jovencitos en la realidad. Esa revelación pone fin a la grabación de la serie y hace que el director de un filme ya concluido y con fecha de estreno inminente, lo reemplace de apuro por otro actor. Lejos de convertirse en portavoz de una minoría sexual como tantas que hoy se toleran, Spacey se ha vuelto en pocos días en una figura inaceptable para la mayoría.
Manifiestación de víctimas de acoso sexual
Una cultura que ha convertido en ideal no discriminar a la gente por sus preferencias sexuales, lo mismo que por su género, etnia o edad, condena sin embargo que se utilice el sexo para controlar a subordinados (eso explica la enorme repercusión que alcanza la campaña Me Too, donde las víctimas que hasta hace poco se avergonzaban de lo que habían sufrido, proclaman que ellas también denuncian la agresión). Se condena sobre todo que a pesar no ser un secreto, se mirara para otro lado, durante años, cuando se manifestaba esa conducta impropia.
La modernidad en cuestiones de moral, se definiría por la mayor o menor transparencia a la que todos quedan sometidos, comenzando por aquellos que detentan algún poder y ya no puede aceptarse que aprovechen sus privilegios para causar daño a quienes no consiguen defenderse. En el pasado, con tal de defender a las instituciones respetadas (como la Iglesia, la escuela, la familia) se aceptaban los comportamientos más inadecuados de algunos individuos. En el presente, la idea de la Rochefoucault se ha devaluado al punto de volverse inaceptable:

Hipocresía es el homenaje que el vicio brinda a la virtud. (François de la Rochefoucault)

Hipocresía es hoy, por lo menos, la complicidad que la virtud brinda al vicio. Salvar las apariencias es dar nueva vida a lo que se afirma detestar.
Los fundamentos de la Urbanidad pueden discutirse. No son los mismos en diferentes sociedades, ni en distintos momentos de desarrollo de cada una de ellas. Para los chinos, japoneses y coreanos, que Manuel Carreño no llegó a conocer, eructar después de haber comido, es un gesto de buena educación, porque indica la satisfacción del comensal y elogia el esfuerzo de quienes elaboraron los alimentos.
Interior de Versailles
Para los refinados franceses de la corte de Luis XIV, los perfumes intensos (no la higiene) eran la solución escogida para enmascarar los olores corporales inevitables de la escasa frecuentación del agua y el jabón. En cuanto a los hedores de las habitaciones, ¿qué podía esperarse de un palacio como Versailles, epítome del lujo y sin embargo carente de baños?
Mi experiencia personal de un teatro de centro Europa en invierno, hace medio siglo fue tan contradictoria como inolvidable. Por un lado, un espectáculo culto y una audiencia conocedora, que repletaba la sala. Por el otro, un intenso olor corporal, proveniente de centenares de cuerpos que no se bañaban más de una vez a la semana y tampoco se cambiaban de ropa interior todos los días. ¿Cómo separar una evidencia de la otra? Mis parámetros de urbanidad no eran los que utilizaban ellos y nada hubiera estado más equivocado que pretender imponer los propios de mi cultura.
Hay en todas las sociedades un comportamiento público, fuertemente codificado, al punto de desembocar en rituales, como hay un comportamiento privado, que se ha impuesto en el interior de un grupo familiar o una pareja. Las reglas que dan sentido a ese comportamiento no son transferibles de un contexto al otro.
Napoleon y Josefina
Napoleón Bonaparte le escribía una carta a su amada Josephine Beauharnais, avisándole que en los próximos días regresaba de una prolongada campaña militar… para que no se bañara. Eso nos dice bastante sobre el efecto que la transpiración de la mujer tenía sobre la libido de ese personaje histórico.
Sudar, en cambio, horrorizaba a Carreño, que escribía su Manual en un país tropical, y a pesar de ello no aceptaba que bajo ninguna circunstancia, delante de testigos al menos, nadie sudara. Él exigía que se utilizaran guantes, que impidieran mostrar esa humedad impropia de los seres humanos civilizados, sin importar el clima reinante en una zona del planeta donde el sudor es inevitable y necesario para la salud. A mediados del siglo XX, esa prohibición continuaba vigente, como indicaba el uso generalizado de antisudorales, que prometen eliminar cualquier olor corporal. Edna Murphey se hizo millonaria gracias a un producto denominado Odorono, que suprimía el sudor por varios días (irritando la piel sensible de las axilas, de paso). Algunos de los indeseables efectos secundarios del desodorante eran las manchas rojizas dejadas en la ropa, que las mujeres intentaban eliminar con recursos tan variados como el vinagre, el jugo de limón y el bicarbonato de sodio.
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La publicidad se encargó de estigmatizar el sudor como una enfermedad vergonzante. La higiene corporal hubiera debido ser la alternativa más confiable para evitar gran parte de ese problema. Los publicistas desecharon esa noción, que no requería de grandes inversiones, ni grandes preocupaciones de los usuarios, para ofrecer desodorantes más costosos que resolvían la dificultad de inmediato.

En el interior del brazo de una mujer, hay una discusión franca de un tema que se evita con demasiada frecuencia. El brazo de una mujer. Los poetas lo han cantado, los grandes artistas han pintado su belleza. Debería ser lo más bonito del planeta, y sin embargo, por desgracia, no lo es siempre. (Texto publicitario de Odorono, 1920)

Los comportamientos colectivos se imponen cuando resultan rentables, de acuerdo a la óptica de la modernidad. Si las mujeres norteamericanas (y a continuación los hombres y las mujeres del área de influencia de las multinacionales jaboneras) se avergüenzan de sudar y aspiran a oler a flores, comprarán el antisudoral que promete librarlos de un síntoma al que hasta poco antes no le concedían la menor urgencia. Odorono y otros productos similares basaron sus negocios multimillonarios en esa capacidad para sentirse culpable de provocar una duradera mala opinión de los pares.
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Todo el comportamiento humano puede ser reglamentado por Carreño, para que armonice con las normas del buen gusto y el respeto de las jerarquías sociales existentes.  No importa cuán incómoda o artificiosa pueda ser una norma, con tal que la sociedad reciba la impresión de que se está haciendo lo correcto. ¿Por qué se debería prestar tanta atención a las apariencias, cuando los conflictos más graves de la sociedad suelen ser de otra índole, que Carreño esconde bajo la alfombra?

La base de la urbanidad, de la buena educación, es moral: no hagas a otros lo que quieras que te hagan a ti. (Amando de Miguel: Cien años de Urbanidad)